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La melodía del deseo

Veronica Wings

Fragmento

Creditos

Título original: Melodie der Sehnsucht

Traducción: Irene Saslavsky

1.ª edición: junio 2015

© Ediciones B, S. A., 2013

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal: DL B 12325-2015

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-120-5

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Ariège, año 1246

—Sabine, la joven parfaite, también llamada «la perfecta» o «la pura» entre los cátaros, es preciosa —le susurró a su esposo la mujer regordeta sentada junto a Fleurette—, y sus palabras son realmente edificantes. Pero podría ponerle fin a la misa de una vez.

El hombre asintió con la cabeza y Fleurette sintió cierto consuelo. Hasta entonces no solo se había muerto de frío sino que, además, había sentido vergüenza por asistir a esa misa secreta, pero, al parecer, a los demás creyentes les ocurría lo mismo que a la pequeña doncella: por más buenos cristianos que fuesen, acudir a la iglesia por la noche tras realizar sus tareas cotidianas suponía un gran esfuerzo, por no hablar de los temores que dicha asistencia les provocaba. Al menos Fleurette detestaba tener que abandonar la cama en medio de la noche y escabullirse a tientas y en secreto a lo largo de escaleras mal iluminadas y expuestas a las corrientes de aire hasta las bóvedas del castillo. Y después estaban esas plegarias interminables en las gélidas bodegas... Fleurette aborrecía esas reuniones; ansiaba regresar a su habitación, a su tibio lecho frente a la chimenea.

Pero en su caso, Sabine de Clairevaux, su ama, habitualmente muy comprensiva y amable, la obligaba a asistir. Es más, la joven esperaba esa misa nocturna con regocijo y daba por sentado que Fleurette compartía sus sentimientos. Además, tampoco parecía sentir frío. Al contrario: tenía las mejillas encendidas al tiempo que recitaba salmos y citas bíblicas ante las personas reunidas en la capilla secreta y no dejaba de darles ánimo una y otra vez.

—Dios comparte nuestras preocupaciones, percibe nuestro temor y sabe cuán difícil nos resulta volver a renegar de nuestra fe día tras día. Muchos temen que nos desprecie por ello, que quizá reniegue de nosotros, ¡pero dicho temor es infundado, amigos míos! Solo los mal encaminados creen en un Dios duro y castigador. En cambio, nosotros sabemos que Su bondad y comprensión no tienen límites. Hemos de creer que el bien vencerá. Que triunfará sobre todas las hogueras. ¡No debemos temer las llamas de la mentira!

La joven que recitaba las plegarias contempló a sus feligreses con mirada brillante, y sus palabras eran alentadoras y apasionadas, ¡pero Fleurette ya las había oído miles de veces! Y de vez en cuando se permitía dudar de su sentido. Para Fleurette, las hogueras resultaban aterradoras y consideraba que morir en una de ellas no tenía nada de glorioso. Ya moría mil veces cada vez que recorría secretamente los pasillos y se dirigía a la capilla situada en las bodegas y, aún más, cuando acompañaba a Sabine en sus visitas para prestar apoyo espiritual a los miembros más ancianos y enfermos de la comunidad. Si las autoridades las atraparan y descubrieran que profesaban la fe cátara encontrarían una muerte segura, tanto Sabine como la buena de su doncella.

Para dejar de pensar en esas ideas inquietantes la muchacha miró por encima del borde del misal hacia las primeras filas de los creyentes. Philippe de Montcours, un caballero joven y delgado, captó su atención. El conde, de gran estatura, estaba arrodillado ante el sencillo altar y el púlpito ocupado por Sabine, sumido en sus plegarias. La mirada atenta de Fleurette recorrió su abundante pelo rubio y rizado que le cubría los anchos hombros. El atuendo de Philippe era sencillo pero bien cortado. Por debajo de la sobrevesta —una amplia prenda superior de finísimo paño— se adivinaba su cuerpo musculoso, las anchas mangas ocultaban sus brazos, duros como el acero gracias a la práctica de la espada. Fleurette se imaginó que la abrazaban y que sus suaves pero fuertes manos la acariciaban. Deslizó una mirada lasciva por encima de sus muslos bien formados, y cuando el conde cambió de posición vislumbró los movimientos de los músculos bajo la sobrevesta.

Durante unos momentos Fleurette soñó con ocupar la posición de Sabine, su señora. Debía de ser muy bonito admirar a un caballero de frente y tal vez ver el brillo de la pasión y del deseo reflejado en sus ojos de un claro color azul...

Gracias a esa ensoñación Fleurette por fin entró en calor, pero entonces se llamó al orden. ¿Qué era eso de fantasear con el amor carnal, y encima allí, durante la misa? Seguro que era pecado... ¿O quizá no? Lentamente, la nueva fe y la antigua empezaron a sumirla en la confusión.

Sin embargo, hasta hacía unos meses todo había sido muy sencillo. Sabine de Clairevaux, su familia y por supuesto también su fiel doncella habían profesado la religión de los cátaros. El castillo de Clairevaux se encontraba a escasa distancia del de Montségur, el centro de su comunidad. Y hasta allí también se había retirado el conde de Claireveaux cuando el rey de Francia y la Iglesia de Roma declararon que los cátaros eran herejes y empezaron a combatir su fe. Hasta entonces, Fleurette no había comprendido muy bien por qué debía ser así, puesto que a fin de cuentas todos eran cristianos que creían en Dios y en la resurrección de Jesucristo, pero de algún modo se había iniciado una discusión sobre si Dios era omnipotente o no lo era, si era bondadoso y amable o si también podía ser castigador y severo. También se trataba de los cargos ocupados por los sacerdotes, del sometimiento a la Santa Madre Iglesia y de toda clase de aspectos formales: la señora Sabine podría haberlo explicado mejor que ella. En todo caso, un buen día Fleurette volvió a encontrarse en el séquito de Sabine, en el castillo fortificado de los cátaros, alojada en una diminuta habitación junto con Sabine y otras mujeres y muchachas temerosas. Para Fleurette, la lucha en torno a Montségur no era de carácter heroico: fue una serie interminable de días y noches aterradoras que le costaban la vida a un joven caballero tras otro, de privaciones, hambre y miseria. Finalmente, en un último y desesperado intento, los cátaros se lanzaron al ataque y en medio del tumulto los dignatarios de la fe, los parfaits, lograron huir. Después la fortaleza cayó... y sus defensores se hundieron en un mar de sangre, que secaron las llamas de las hogueras.

Los vencedores no mostraron la menor misericordia: quienes no abjuraban de la antigua fe morían como herejes en la hoguera. Al recordar cuán cerca de convertirse en víctima había estado su señora Sabine, Fleurette todavía se estremecía. La joven era profundamente creyente y solo las desesperadas súplicas de su padre, de Philippe y, en última instancia, de la trémula Fleurette impidieron que muriera debido a sus convicciones. También fue Sabine quien entonces, meses después de la caída de Montségur y del indulto de los guerreros sobrevivientes, empezó a celebrar esas misas secretas desafiando el peligro que suponían.

Entre tanto, Fleurette llegó a la conclusión de que sus sueños libidinosos quizá no fueran un pecado, al menos no uno muy grave, sobre todo porque no existía la menor posibilidad de que Philippe alguna vez descubriera sus anhelos o los correspondiera. Es verdad que Fleurette era una muchacha bonita de rojizos cabellos rizados, de tez blanca y verdes ojos vivaces, pero hasta entonces el caballero nunca la había contemplado más de unos instantes. Philippe de Montcours solo tenía ojos para su señora Sabine e incluso en ese momento Fleurette dudó de que su devoción solo estuviera dedicada a Dios y no a la bella Sabine. Pero el aspecto del ama era arrobador: su pesada y lisa cabellera se derramaba como un torrente de lava negra por encima de su vestido blanco. La llevaba suelta y con raya al medio, revelando su frente alta y blanca como la nieve. Unas cejas negrísimas y unas pestañas curvas enmarcaban sus resplandecientes ojos azules, un contraste que no podía resultar más encantador. El rostro de Sabine era suavemente ovalado, la nariz pequeña y recta, y el ligero rubor del éxtasis religioso cubría sus mejillas. Tenía los labios carnosos y cincelados... y a Fleurette no le parecía sorprendente que Philippe no despegara la vista de ella, como si la joven lo hubiera hechizado. Pero la mirada de Sabine solo estaba dirigida a su interior y no parecía notar con cuánta pasión el joven caballero la contemplaba. Si de vez en cuando le lanzaba una sonrisa, solo se trataba de la misma sonrisa bondadosa que les ofrecía a todos los miembros de la comunidad.

Ello podría haber sido considerado una pose, un juego con el fin de no dejar escapar al posible amante. Fleurette no conocía muchas jóvenes —tanto pertenecientes a la nobleza como al pueblo llano— a las que hubiera creído capaz de semejante inocencia. Pero en el caso de Sabine las cosas eran distintas. El ama de Fleurette era una muchacha muy modesta que se habría espantado si hubiera sabido que Philippe la adoraba como a una diosa.

Tampoco le dirigió la mirada cuando finalmente acabó su sermón, invitó a la comunidad a elevar otra silenciosa plegaria y abandonó el podio. Sumida en su recogimiento, apenas notó que, al igual que Fleurette, la mayoría de los presentes solo dedicó unos instantes a la oración. Seguro que la pequeña doncella no era la única que había aguardado tiritando que la misa llegara a su fin. Procuró que su ama, aterida de frío, entrara en calor envolviéndola en un manto de lana, pero la joven solo salió de su ensimismamiento cuando el conde Roman de Montcours, el padre de Philippe, le dirigió la palabra.

—Una misa maravillosa, condesa, muy conmovedora. ¡Henriette se hubiera enorgullecido de vos!

Sabine se volvió, pero solo alzó la vista brevemente.

—No es verdad —dijo en tono modesto—. Solo hubiese compartido mi pena, la pena que siento debido a que la comprensión de los últimos secretos de la fe me será eternamente vedada.

Henriette de Montcours, la hermana de Roman y una de las parfaits más influyentes de los cátaros, había sido la guía espiritual de Sabine. Al igual que todos los creyentes que aspiraban al puesto de predicador, Sabine también había elegido una maestra en cuyo hogar encontró acogida durante algunos años, con el fin de recibir instrucción sobre los secretos de la comunidad. Pero antes de que Henriette diera por finalizada la formación de Sabine, la desgracia cayó sobre los cátaros. Henriette de Montcours había huido de Montségur junto con los otros parfaits pero no logró ponerse a salvo en Lombardía.

Si bien la comunidad no averiguó las circunstancias, sabía que, poco antes de embarcarse a Italia, Henriette fue apresada e inmediatamente condenada a morir en la hoguera por un eclesiástico de pueblo excesivamente fervoroso. Para Sabine casi supuso un alivio: la muerte en la hoguera era atroz, pero cuando un parfait caía en las manos del rey, antes encima era sometido a horrendas torturas. Tanto el monarca como la Iglesia estaban absolutamente convencidos de que los «puros» albergaban secretos, pero en realidad, el rey sentía un interés menor por los tesoros de la fe que por los mucho más reales de oro y joyas. El «tesoro de Montségur» —¡algunos incluso hablaban del Santo Grial!— daba alas a la fantasía de los asediadores del castillo. Sin embargo, no lo encontraron aunque los conquistadores apenas dejaron piedra sobre piedra.

Al pensar en la muerte atroz de Henriette los ojos de Sabine volvieron a llenarse de lágrimas y la culpa no dejaba de atenazarla: ¡ojalá hubiera acelerado el ritmo de sus estudios! Porque entonces ya se hubiese encontrado en un estado de pureza y de gracia durante la huida y hubiera abandonado el castillo junto con los demás parfaits.

—Ay, hija mía, no lo sé —contestó Roman, un caballero fornido y recio que no compartía la espiritualidad de su hermana—. A lo mejor es bueno que aún no te hayas comprometido completamente con la fe, puesto que entonces te resultará más fácil conformarte con tu destino.

Roman casi no se dio cuenta de que al pronunciar esas palabras de consuelo había tratado de «tú» a Sabine, como cuando era una niña. Henriette había vivido en su castillo, así que durante sus años de aprendizaje Sabine había formado parte de su familia.

Sabine no se lo tomó en cuenta.

—¿Mi destino, monsieur? —preguntó, desconcertada.

—Bien, Sabine, creí que tu padre ya había hablado contigo al respecto —dijo Montcours, visiblemente incómodo: era evidente que había hablado más de la cuenta—. Pero ahora... en estos tiempos... no puedes seguir viviendo como hasta ahora, desde luego. No me malinterpretes: supones un apoyo y un modelo para todos nosotros si continúas llevando la vida de una parfaite en este lugar. Pero a la larga llamará la atención si un conde Clairevaux no casa a su hija.

—¿Casarme? ¿Yo? —exclamó Sabine, contemplando a Montcours como si este hubiera perdido el juicio—. ¡Una parfaite vive en castidad, monsieur!

Debido a la confusión, la joven olvidó bajar la vista y Montcours cayó bajo el hechizo de su mirada. Los ojos de Sabine eran inmensos: lagos profundos y azules en los que se reflejaban los sueños de quien la contemplaba. La belleza de filigrana de la fortaleza de Montségur, el cielo por encima de las montañas en el cual, según su fe, habitaba todo lo bueno y lo puro, el anhelo de paz y amor.

No obstante, al conde la expresión extasiada del rostro de ella le provocó otros sentimientos. El anciano caballero reconoció la belleza mundana que avivaba el ardor en la entrepierna de todos los hombres que no sintieran una vocación monacal. Y quizás incluso a esos... A Roman casi se le escapó una sonrisa al recordar la decepción de Henriette cuando últimamente su hijo Philippe manifestó que renunciaba a la carrera de predicador a pesar de que ya habían decidido enviarlo a estudiar con un maestro, algo que sucedió en cuanto Sabine llegó a la casa de los Montcours. A partir de ese momento, Philippe solo tuvo ojos para la beldad de cabellos oscuros. ¡Y su padre no podía reprochárselo! Si volviera a ser joven...

No obstante, entonces desvió la mirada de los rasgos claros de Sabine, pero que no dejaban de expresar temor y desconcierto. Era necesario que la joven empezara a enfrentarse a los hechos. Esas oraciones nocturnas eran peligrosas y no solo para Sabine, sino también para los demás miembros de la comunidad cuyos sueños la muchacha no dejaba de alimentar. Tanto Montcours como el conde De Clairevaux, el padre de Sabine, estaban completamente de acuerdo al respecto, pero resultaba evidente que Clairevaux se sentía incapaz de hablarle con claridad a su hija. Montcours suspiró: al parecer, él tendría que hacerlo.

—¡No eres una parfaite! —dijo en tono casi brusco y estuvo a punto de cogerla de los hombros y zarandearla, pero cambió de idea en el último instante: decirle la triste verdad y encima sacudirla... la sensible muchacha se habría sentido muy ofendida—. Ya no hay más parfaits en Aquitania. La comunidad de los cátaros está destruida, Sabine, ¡es hora de que te conformes con ello!

—Pero resulta que no puedo conformarme —replicó ella, obstinada, y echó la cabellera hacia atrás—. Soy...

—Eres una superviviente, Sabine. Como todos nosotros. Cuando Montségur cayó, Dios se complació en protegernos. Y ahora es imposible que Su voluntad sea que nosotros nos pongamos en manos de la plebe celebrando misas secretas. ¡No debemos llamar la atención, Sabine! Y en tu caso, eso significa que debes casarte y pronto, dentro de lo posible, y con una gran fiesta. Tu padre ya tiene planes al respecto, Sabine, solo que no se ha atrevido a contártelos.

Conturbada, la muchacha bajó la vista. ¡Casarse! ¡Era imposible! De momento ni siquiera había pensado en contraer matrimonio: una parfaite de los cátaros dedicaba toda su vida a la espiritualidad, pero Montcours tenía razón. Si la hija de un conde permanecía soltera suscitaría comentarios en la corte del duque de Aquitania. Incluso si ingresaba en un convento —en caso de que Sabine lograra tomar esa decisión—, ello sería visto con desconcierto. Sabine era la única hija del conde De Clairevaux y por tanto la heredera de sus propiedades. Semejante muchacha era valiosa, uno no la encerraba tras los muros de un convento. Sabine notó que el corazón le latía deprisa y el desconcierto dio paso al miedo, casi al pánico.

¡Casarse! Abandonar a su familia y su comunidad... Quizá verse obligada a vivir en la corte de un seguidor de la Iglesia, alguien que no comprendía lo que ella era y el motivo por el cual había vivido... ¡No, era imposible! Su padre no le haría algo así, en el peor de los casos la casaría con un cátaro...

Mientras Fleurette envolvía a su ama en el manto y la conducía a lo largo de los fríos adarves y pasillos del viejo castillo, Sabine reflexionó febrilmente. ¿De quién podría tratarse? ¿Quién tendría el valor y la fuerza de casarse, honrar y proteger a una parfaite... bien, a una cuasi parfaite?

Sabine tomó asiento en un sillón al tiempo que Fleurette encendía la chimenea. Solo quedaban unas cuantas brasas, pero el criado había preparado un montón de ramas secas y leña, de modo que la doncella no tardó en volver a encender el fuego, pero sin dejar de hablarle a su ama en tono insistente. No solo las llamas de la chimenea habían encendido a la pequeña doncella, también los comentarios de Montcours.

—Claro que os casaréis, condesa. Seréis una novia bellísima, adornaré vuestros cabellos con lirios o, mejor no, los lirios son tristes, tal vez mejor con rosas, rosas blancas. Solo hemos de evitar que parezcáis demasiado pálida con vuestro blanco vestido de novia. Quizá sería mejor que fuera de seda de color crema o tal vez celeste. ¡Resaltaría el brillo de vuestros ojos! Y vuestras mejillas arderían, como ahora, condesa... ¿Ya estáis pensando en vuestro futuro esposo? ¿Quién será? ¿Es verdad que vuestro padre aún no os ha revelado nada, condesa?

Sabine se quitó el manto y tironeó de los lazos de su atuendo. Tenía calor, no tiritaba como antes lo había hecho su doncella.

—Calla, Fleurette, déjate de chácharas, me estás provocando dolor de cabeza —reprendió a la muchacha—. De momento no hay nada decidido. ¿Quién querría casarse conmigo? Yo era... soy...

Fleurette había logrado encender el fuego, se acuclilló ante su ama en la piel dispuesta ante la chimenea y le dedicó una sonrisa pícara.

—Medio mundo querría casarse con vos, señora —dijo, riendo—. Sois tan bella, dulce y noble...

Fleurette no dejaba de pensar en el castillo y en la considerable dote de Sabine, pero prefirió no mencionarlo.

—Claro que nadie osó pedir vuestra mano mientras vos... vaya, mientras pretendíais dedicar vuestra vida a Dios. Pero ¿ahora? Vuestro padre no sabrá qué hacer con tantas peticiones de mano. Empezando por la del conde Philippe...

—¿Philippe? —exclamó Sabine, interrumpiendo la cháchara de la doncella.

¿De dónde sacaba la idea de que Philippe de Montcours pediría su mano? ¡El muchacho era como un hermano para ella!

Fleurette rio.

—Philippe en primer lugar —dijo en tono arrobado—. Hace tanto tiempo que está enamorado de vos... Es emocionante ver cómo os contempla, pero vos debéis de haberlo notado, ¿verdad, condesa?

La inocencia de su señora volvió a desesperar a la pequeña doncella.

—¡Es imposible! —dijo Sabine, frunciendo el ceño—. ¡Dices tonterías! El propio Philippe de Montcours quería convertirse en predicador, ha aceptado lo que soy. ¡Jamás albergaría pensamientos libidinosos por una parfaite!

Fleurette se encogió de hombros.

—Pero resulta que eso es incontrolable —dijo, dándose importancia—. Lo de los pensamientos, quiero decir. Ocurren, uno los piensa y después no sigue reflexionando al respecto...

Cuando se dio cuenta de que estaba diciendo tonterías, la muchacha soltó una risita.

—¡Precisamente los hombres, condesa! Mi madre siempre decía que no les gusta pensar con la cabeza sino con el bajo vientre, si es que sabéis a qué me refiero.

Sabine se ruborizó y le lanzó una mirada severa.

—Fingiré no haber oído lo que acabas de decir, Fleurette, y sobre todo no en referencia a un señor tan noble como el conde Philippe. Un caballero domina sus ideas y sus sentimientos, créeme, hay cosas sagradas para él. ¡Pero todas estas sandeces han hecho que se me ocurra una idea! Puede que un matrimonio con Philippe de Montcours no sea un mal arreglo. Él siempre ha vivido en el hogar de una parfaite, respetará su posición especial, sabrá qué le espera y es lo bastante creyente y sumiso como para ocupar un lugar a su lado y aceptar su castidad. Aunque es verdad que jamás se le ocurrirá pedir mi mano, debe de considerar que sería una impertinencia, él...

—Entonces pedídselo vos —dijo Fleurette, astuta—. Pedidlo en matrimonio.

Sabine volvió a sonrojarse, avergonzada.

—¡Pero, Fleurette! Yo no puedo...

—¿Por qué no? —preguntó la doncella—. Puesto que no tiene nada de indecente. Solo se trata de... vaya, de la solicitud de una parfaite dirigida a un... eh... creyente, una solicitud de protección —dijo Fleurette, encantada con su ocurrencia.

Sabine asintió. Su bello rostro de pronto pareció cansado.

—Una solicitud de protección. Tienes razón, eso es lo que es. Hablaré con él, mañana mismo. Antes de que mi padre siquiera empiece a considerar otros pretendientes. ¡Pero ahora hemos de dormir, Fleurette! ¡Ha sido un día muy largo al servicio de Dios!

«Y al servicio de la condesa Sabine», pensó Fleurette sin el menor respeto. Confiaba en que Philippe no tardaría en conseguir que su ama dejara de pensar en sacrificarse por su fe. Seguro que era lo bastante apasionado y, además, ¡estaba enamorado! Otra vez, la doncella casi sintió envidia de su bella señora. Pensando en el cuerpo fuerte y musculoso de Philippe, se enrolló en las mantas ante la chimenea, y soñó con el abrazo nada casto de un esposo amante.

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2

La casa señorial y los viñedos de la familia Montcours se encontraban a escasas millas del castillo de Clairevaux y Sabine podía emprender una excursión hasta allí sin grandes preparativos previos. Su padre demostró su agrado cuando esa mañana ella le informó de sus planes.

—¡Es bueno que salgas a cabalgar, Sabine! Desde que recibimos la desgraciada noticia de la muerte de tu maestra casi no has salido a tomar el aire. ¡Limitarse a cavilar y rezar no es bueno para una jovencita como tú! Pero hazte acompañar por un mozo de cuadra, los caminos son inseguros desde que los mercenarios del rey holgazanean en las tabernas. Sería de suponer que resultan necesarios en otras partes tras arrasar Montségur y en cambio siguen acechándonos como si practicásemos nuestra «herejía» en plena calle, ¡o agitásemos el Santo Grial ante sus narices!

Sabine asintió, obediente. No hubiera salido a cabalgar sola, incluso sin la advertencia de su padre, pese a que no confiaba demasiado en la capacidad combativa del pequeño mozo que la seguía montado en uno de los caballos más viejos de las caballerizas de Clairevaux. Al parecer, era la primera vez que el muchacho cabalgaba y que supiera manejar una espada resultaba más que dudoso. Sabine suspiró. Los caballeros no fueron los únicos diezmados en la lucha por Montségur, también sus fieles criados murieron por su fe y, montada en su noble yegua, Sabine se vio obligada a ponerse a la par del viejo poni, algo que le desagradaba profundamente, pues era una amazona elegante y osada. De hecho, cabalgar era la única diversión mundana de la que disfrutaba, y antaño, cuando nadie se «escandalizaba» al ver a la pequeña Sabine galopando a pelo a través de las tierras de su padre, aún le agradaba más. Se sentía curiosamente despierta y excitada al percibir el cuerpo cálido y vivo del caballo entre sus muslos y disfrutaba armonizando sus movimientos con los de la criatura fuerte y amistosa que montaba. ¿Acaso serían pensamientos «impuros»? El concepto del pecado le resultaba tan poco claro como a su doncella Fleurette. Solo se confesaba de manera regular desde que se vio obligada a adoptar la fe de la Iglesia, y en realidad nunca sabía exactamente qué quería oír el severo sacerdote. Pero hacía unos días había regañado a una muchacha de la aldea en su presencia por subirse a su mula sin silla de montar, afirmando que hacerlo con las piernas abiertas sobre el lomo huesudo fomentaba «pensamientos impuros». Sabine se limitó a menear la cabeza: montar a pelo en la mula le parecía más bien incómodo. Pero eso no significaba que no disfrutara de la sensación de mecerse en el lomo de la yegua y del roce suave y rítmico de la silla contra sus muslos.

Así que, sosegada y de buen humor, condujo a la yegua a través de los viñedos entre las fincas. Lucía el sol, como casi siempre en las benditas tierras de Aquitania, y las verdes colinas cubiertas de viñas anunciaban el verano y la fertilidad. Sabine se apresuró a elevar una plegaria de agradecimiento por la vida, el vino y la luz del sol: esa maravillosa y extraña luz que caracterizaba Aquitania y extendía un hechizo resplandeciente por encima de las montañas, los campos, los castillos y casas señoriales, en su mayoría viejas, románticas y soñadoras.

Y entonces también parecía iluminar la finca de los Montcours: Sabine vio los muros de piedra de numerosos rincones de la casa señorial parecida a un castillo y las nuevas caballerizas pintadas de blanco. Hacía siglos que los Montcours se dedicaban al cultivo de la vid y también el amor por su tierra hizo que abjuraran de la fe de los cátaros. Seguro que Roman de Montcours había previsto el peligro; su familia pudo huir a tiempo a Lombardía en vez de atrincherarse con los otros en Montségur. Entonces Henriette aún estaría viva, pero Sabine se prohibió seguir pensando en el pasado. Ese día su misión era otra muy distinta, una que hacía escasas semanas jamás se le habría ocurrido.

En todo caso, al conducir su caballo hacia el patio de los Montcours, se sentía optimista. Era de suponer que al principio la conversación con Philippe resultaría un tanto incómoda, pero no cabía duda de que él la comprendería. Sabine sentía una gran simpatía por el joven caballero y confiaba en él absolutamente.

—El señor está en la bodega —le dijo un criado al tiempo que su pequeño acompañante llevaba los caballos a las caballerizas. Al ver que el muchacho caminaba con las piernas muy abiertas, Sabine sonrió: al día siguiente le dolería todo el cuerpo al pobre. Bien, al menos entonces disfrutaría de una pausa mientras ella se reunía con Philippe y rechazó el ofrecimiento del criado de acompañarla. Sabine estaba muy familiarizada con la finca de los Montcours. Se apresuró a cruzar el patio, entró en las dependencias de servicio y recorrió las abovedadas estancias hasta la bodega donde estaba almacenado el vino que ellos elaboraban en enormes toneles de roble. Philippe se encontraba en uno de los largos pasillos con uno de sus viticultores, observando la cata de un vino joven. Sabine notó la expresión seria y concentrada de su rostro al tiempo que llenaba una copa y contemplaba el color del caldo a la luz de una vela.

—Muy claro, señor, muy puro. Será una cosecha excelente.

Era evidente que el viticultor estaba muy satisfecho y también Philippe, que asintió con la cabeza. Ese día el joven conde llevaba sencillas prendas de trabajo: una modesta bata de color pardo por encima de pantalones de cuero. Casi no se diferenciaba de su viticultor, si no fuera por sus rasgos nobles, los fuertes músculos y su elevada estatura, que delataban al caballero experto en combates, y el permanente y recto interés. Mientras que el viticultor centraba toda su atención en el vino, Philippe había percibido los pasos ligeros de Sabine en la escalera. Se volvió hacia ella y el brillo de sus ojos reveló sorpresa y alegría.

—Cuánto me alegra verte, Sabine —dijo y dio un paso hacia ella.

Dado que por fin no la veía ataviada con el severo vestido de predicadora sino con su traje de amazona de un profundo color azul, especialmente escogido por Fleurette para la ocasión, utilizó el «tú» de la infancia de ambos. Quiso cogerle la mano con gesto cortés para besarla, pero en el último momento se controló.

Sabine lo notó, complacida. Philippe respetaba las reglas: a una parfaite no se la trataba como a una cortesana habitual, uno no la tocaba de manera casual e instintiva: Henriette de Montcours solo le hubiese tendido la mano a un monarca o a un importante dignatario para que se la besaran. Sabine también se limitó a sonreírle y a inclinar la cabeza ante el joven caballero que la saludó con una profunda reverencia.

—Buenos días, Philippe. ¿Ese ya es el vino joven? Claro, he olvidado que estamos en mayo y pronto en junio. Me parece que vivo demasiado aferrada al pasado.

Sabine solo había alzado la vista un instante para saludar a Philippe y entonces dirigió la mirada al vino ligeramente burbujeante dentro de la noble copa. Eso no la comprometía, puesto que una parfaite jamás hubiese mirado fijamente a un hombre.

—Estabas de luto, Sabine, al igual que todos nosotros, así que me alegro doblemente de que por fin hayas vuelto a salir de casa. La vida debe continuar.

Como siempre cuando se dirigía a Sabine, Philippe se sentía un tanto incómodo. Tenía la sensación de que solo decía sandeces, que las conversaciones cotidianas eran demasiado profanas para la muchacha cuyas charlas con su tía Henriette siempre habían tratado de temas mucho más elevados. Frente a Sabine, Philippe se sentía tosco y torpe, pese a que, en realidad, le hubiera agradado demostrarle que era capaz de albergar sentimientos profundos y de mostrarse muy cariñoso. La belleza y la pureza de Sabine lo afectaban profundamente, pero también despertaban otros pensamientos y anhelos en él, hasta entonces severamente prohibidos. Lleno de admiración y deseo, registró su delicada figura bajo el traje de amazona —de terciopelo y del mismo color que sus ojos—, su mirada casta pero reservada que hubiera preferido que le dirigiera, sus cabellos brillantes, recogidos para la cabalgada y la línea curva de su nuca. Se imaginó cómo sería recorrerla con los dedos, alisar los rizos humedecidos por el sudor y depositar un beso tierno en la piel blanca como la nieve.

Pero entonces se llamó al orden. Sabine nunca se aproximaría lo bastante como para que él pudiera apreciar el delicado vello oscuro que cubría la piel de alabastro, por no hablar de ver cómo se erizaba, excitada, y, una vez más, Philippe se reprendió por sus ideas. ¿Cómo podía soñar con acariciar y besar a Sabine, si ni siquiera era capaz de acercarse un par de pasos a ella? La muchacha permanecía de pie en el último peldaño de la escalera como envuelta en un aura secreta que la protegía de cualquier acercamiento. Cercada en el capullo de su espiritualidad y su castidad, que ella misma había elegido. Por centésima vez, Philippe se dijo que eso era lo que ella deseaba. Nadie la obligaba a apartarse del mundo de ese modo, entonces, ¿por qué a Philippe le parecía tan conmovedoramente solitaria y perdida?

—Sí, la vida debe continuar —dijo Sabine con voz monótona, jugueteando con las puntillas de las mangas de su traje de amazona—. Por eso... por eso estoy aquí. Quiero... quiero pedirte un favor.

—Sea lo que sea, Sabine, está concedido.

Philippe se alegró de que confiara en él y, casi imperceptiblemente, se acercó un par de pasos a ella.

Sabine meneó la cabeza y retrocedió.

—No, yo... Bien, en realidad es algo más que un favor, Philippe, es un sacrificio —dijo, y un profundo rubor le cubrió el rostro. Tenía un aspecto muy bello iluminada por la tenue luz de las antorchas que ardían en la bodega.

Philippe le dedicó una sonrisa para animarla.

—Estoy dispuesto a hacer cualquier sacrificio por ti, Sabine —dijo, haciendo una amplia reverencia como un caballero ante su dama escogida—. Dime qué deseas y cabalgaré por ti a la batalla, ¡aunque me cueste la vida! —añadió, hincando la rodilla con gesto teatral.

—Eso no tiene gracia —le regañó la joven, visiblemente incómoda—. Yo... yo...

Sabine le echó una mirada incómoda al viticultor, que aún permanecía de pie junto a Philippe, aguardando nuevas órdenes. Philippe comprendió el gesto.

—Puedes irte, Jerome —le dijo al criado—. Como verás, he de servir a una dama, y ello es más importante que el más noble de los vinos —insistió, volviendo a inclinarse ante Sabine.

Antes de abandonar la bodega, el viticultor también hizo una profunda reverencia, y Sabine suspiró, aliviada: sería más fácil manifestar su solicitud sin la presencia de un tercero.

—Bien, Sabine, ¿cómo puedo servirte? —volvió a preguntar el joven en tono más serio—. Habla sin temor, sabes que puedes confiar en mí.

Sabine asintió.

—Por eso me dirijo a ti. Philippe... tú... yo... ¿Quieres casarte conmigo?

Philippe contuvo la respiración. Había contado con cualquier cosa, ¡pero nunca con una petición de mano tan sincera y sin rodeos! ¿Acaso Sabine compartía sus sentimientos? ¿Podía albergar la esperanza de que ella también ardía en deseos por él, que sentía amor y ternura y estaba dispuesta a ceder ante el anhelo compartido? ¿Es que se había cansado de esperar a que él se atreviera a pedir su mano?

Ruborizada, Sabine permanecía de pie ante él, dudando visiblemente de cómo él se tomaría su proposición, ¡pues al fin y al cabo era bastante incorrecto y poco convencional que una muchacha le pidiera la mano a un hombre! Pero ello se correspondía con la educación recibida por Sabine de su tía Henriette: las mujeres de los cátaros siempre mostraron una mayor autodeterminación que las muchachas criadas bajo la férula de los monjes o sacerdotes y que siempre vivían atenazadas por el temor al pecado original. Y, además, Sabine estaba destinada a ser una parfaite y por ello ocupaba una posición más elevada que cualquier hombre de su comunidad, así que por descontado no se limitaría a aguardar humildemente en su habitación hasta que un hombre pidiera su mano.

Pero entonces Philippe tenía que contestarle; la mirada de ella ya reflejaba una sombra de duda e inquietud y, presa de la felicidad, el joven notó que ella —tal vez por primera vez— lo miraba directamente a la cara.

—¡Pero eso no es ningún sacrificio! —soltó él—. Al contrario. Casarme contigo, amarte... es lo más hermoso que podría imaginar.

—No, déjate de frases caballerescas, Philippe —lo interrumpió ella—. Claro que es un sacrificio. Puesto que te estoy pidiendo que renuncies a toda relación mundana. Nunca alcanzarás la felicidad con una mujer normal ni criarás hijos. No soy tonta, Philippe. Sé por qué optaste por no convertirte en un parfait: deseabas formar una familia, querías cuidar de las tierras de tus antepasados y en algún momento cedérselas a tus hijos. Y ahora vengo yo y...

Philippe frunció el entrecejo.

—Pero ¿por qué nuestro matrimonio no habría de estar bendecido con hijos, Sabine? Nosotros...

Sabine lo miró, incrédula.

—¡Soy una parfaite, Philippe!

¿Acaso era posible que él no lo comprendiera? Turbada por sus sentimientos, descendió los últimos peldaños y casi se hubiera acercado más al joven, más de los dos pasos habituales, la distancia que debía separar a una parfaite de los demás, pero al final lo esquivó a tiempo y dirigió la mirada a la copa de vino.

—¿Es que has olvidado lo que tu padre solía decirle a Henriette? «Acoger y proteger a una parfaite en mi casa es como la preocupación por la mejor de mis viñas, por el vino más puro de mis bodegas.» Eso es lo que te estoy pidiendo.

Sabine cogió la copa con un ademán nervioso y la sostuvo a contraluz, como si ella también quisiera comprobar la calidad del vino, al igual que

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