El Club de los Abandonados

Gisela Leal

Fragmento

1

1

Hola, muy buenas tardes tengas tú, mi estimado y seguramente único lector. Yo sé: en estos momentos estás pensando que este libro seguramente va a estar igual de jodido que la vida de Camilo —todavía no lo conoces pero próximamente te lo presentaré, no te preocupes— o la de Roberto —ditto— o la de un chino promedio o la del imbécil con la vida más jodida que hayas conocido o pinche Nick Drake o pinche Elliott Smith o pinche Virginia Woolf. No, perdón, tienes toda la razón: me retracto totalmente de haber dicho pinche Virginia Woolf; mis respetos, Virginia, perdón por la inintencionada ofensa. Es sólo que, aceptémoslo, tu vida nunca fue un cuento de hadas con opción a ser contado a los niños antes de irse a la cama; tu biografía fuera recreada en E! True Hollywood Story, más que por querer demostrarle al mundo lo grande que fuiste, por tener un alto rating gracias al interés que los personajes con vidas tristes y suicidas como la tuya causa en las personas; tu biografía fuera transmitida en E! exclusivamente con esa intención, claro, si la audiencia de canales donde sólo se transmiten reality shows de lo que sucede en la mansión Playboy tuviera la más remota idea de quién fuiste. Total que el caso es que en estos momentos el lector tan respetado por mí —tú— está pensando ¿qué chingados estaba pensando al tomar prestado este libro y empezar a leerlo? (porque nunca pagarías por él). Tienes razón, mi inteligente, aún desconocido, futuramente querido lector: si yo fuera tú, en este momento estaría leyendo Money de Martin Amis en vez de esto. O Catch 22. O algo de Wilde. O cualquiera de Fitzgerald. Nunca a Stephen King —sin intención de ofenderte, King, pero nadie que te lea sería amigo de alguien que prestó este libro—. Jamás, ni por error, ni aunque nos amenacen de muerte, a Kundera; sí: primero muertos antes que quemar nuestros ojos leyendo a Kundera. Rulfo: tampoco a Rulfo; lo respetamos mucho y todo eso pero no es nuestro estilo. Nunca a Orwell, tampoco —y es que quien hubiera pagado por este libro no tendría como amigo-aquien-prestárselo a alguien que le gusta ver animales hablando o monitores que persiguen a las personas las veinticuatro horas del día; quien pagara al menos tres pesos por estas hojas que aún no tienen derecho a ser llamadas libro no es muy fanático del futurismo-que-ya-no-es-futuro y de que expongan la realidad de tu mundito en forma de una granja, así como los comportamientos naturalmente humanos recreados por animales; quien lea esto prefiere que le digan las cosas clara y directamente, sin sátiras ni metáforas interminables—. Definitivamente a la antes mencionada y disculpadamente ofendida Virginia. O Lolita, Lolita, Lolita. Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta. Nosotros también tuvimos lo nuestro, Lolita y yo; créeme: entiendo todas y cada una de las palabras escritas por Vladimir como si las estuviera escribiendo por mí. O el legendario Capítulo 7 de Rayuela. No sé si todo Rayuela, ya que dudo que la persona a la que originalmente le regalaron esto —te digo que ni la Madre del escritor pagaría por leer este puño de hojas— tenga como amigo-a-quien-desea-atormentarprestándoselo a alguien que disfrute de mutilar su cabeza tratando de tomar una iniciativa sobre un asunto tan de vida o muerte como decidir la forma en la que prefiere leer a Cortázar; sin embargo, no es nada pendejo para no disfrutar algo tan disfrutable como lo es un Capítulo 7 en las rocas. O muchos otros más que aún no han sido descubiertos por los críticos del New York Times y que por eso no han llegado al conocimiento público y probablemente nunca lo harán. Pero no, estás aquí, leyéndome a mí. Me presento: me llaman Semi, no tengo edad, soy hombre, mujer, bi, homo, emo, trans, asexual: lo que quieras. Sé todo y de todo. He hecho más de lo que han hecho tus papás, sus abuelos, los tatarabuelos de los abuelos de sus bisabuelos, tus tíos, primos, vecinos, hermanos y lo que harán sus futuros hijos en toda su vida. He ingerido siete veces siete la cantidad de psicotrópicos que Janis, Kurt, Sid, Hendrix, Dee Dee, Edie, Doherty, Ringo, John, George, Paul, Morrison y tú juntos. He ido a la Luna y regresado. He estado en el fondo del Atlántico o en la misma estratósfera. He jugado a Los Carritos y a La Casita, al mismo tiempo que veo cómo un padre le dispara a una madre. Te digo que, en conclusión, soy la vida, la muerte y la inexistencia del ser. Y bueno, comenzaré por hablarte de las influencias. Sí, caray: soy híper influenciable por lo que mis sentidos experimenten y eso te va a influir a ti también. Por ejemplo, te digo, algo que tengo en común contigo es que la música —como a todo mortal— me puede influenciar a morir. Por eso te conviene que, mientras te esté contando esta historia, en mis oídos esté sonando tu papi Radiohead o, definitivamente, Explosions In The Sky o Mogwai o Film School o Shearwater, Portishead puede funcionar también o simplemente Chopin o Vivaldi o Wagner o Tchaikovsky. Neta, te conviene. Otra cosa que te conviene es que esté muy down. O que esté muy high. O que me esté tomando una botella de champagne rosada —Moët & Chandon Grand Vintage Rosé, para ser más precisos— mientras veo, no sé, One Flew Over the Cuckoo’s Nest, por ejemplo, o Alicia en el País de las Maravillas (la única película con la que puedo alucinar sin necesidad de psicotrópicos), lo cual es el caso de hoy. Bueno, igual y no te conviene mucho porque me relaja tanto que termino quedándome dormido y bah, que te quedas sin historia. Pero no te preocupes, que ya voy a dejar de decir tantas pendejadas que en este momento te parecen aburridas porque Semi —yo— todavía no te parece tan interesante —aunque te adelanto que eventualmente me amarás y querrás saber todo de mí—, por eso mejor me voy a poner a contarte la historia que realmente te tiene aquí. Mira, la cosa es que aquí, durante el desarrollo del escrito, soy como tu mami: te explico, te guío, te digo y te saco de él para que te pongas a analizar junto conmigo todo el desmadrito que está pasando por la mente y la vida de los protagonistas. Ponle tú, estás leyendo un capítulo de Camilo, otro de Roberto, otro de a-quien-se-le-ocurra-hablar y pues, quieras o no, te embotas en la historia y terminas sin sacarle ningún pensamiento crítico propio; entonces digo yo: ¿de qué chingados te sirve? Pues de nada, y ese no es el caso, porque yo quiero que de aquí aprendas algo, mi aprendiz lector, que no pienso invertir mi valioso tiempo en algo que tiene como único fin el distraer tu hiperactiva mente mientras esperas aburrido a que por fin aterrice el avión que te llevará del D.F. a Las Vegas. Lo que quiero es que tú también analices y des tu punto de vista, digas lo que piensas, lo que sientes, lo que crees —aunque nadie te vaya a oír, tú comoquiera hazlo, te vas a sentir bien—, porque no me creo tanto como para pensar que nunca me equivoco al sacar conclusiones y teorías e hipótesis sobre los eventos —aunque he de adelantarte que, por mi naturaleza, por más que quiera nunca me equivoco—. Al mismo tiempo te puedo contar cosas que nada tienen que ver con la historia pero de mucho te pueden servir en la vida, como por ejemplo que para salir negativo en el antidoping de heroína lo único que necesitas hacer es comer cinco poppy seed bagels; diez litros de jugo de arándano cien por ciento natural y sin diluir en caso que sea de cocaína. Otra cosa con la que te puedo distraer del curso principal de la historia es cómo me fue el día de hoy o a quién me tiré y qué tal estuvo o de malviajadas que me dan o críticas hacia ustedes, los mortales, o noticias cotidianas que estarás escuchando en los noticieros de las diez o leyendo en la primera plana del Wall Street Journal o el Reforma. También puede darme por contarte realidades que me hacen vivir los honguitos del Nintendo (no me digas que no te acuerdas de Toad, el honguito más tierno y personaje más lindo del Super Mario Kart 64). Bueno, los hongos son tan adorables que cuando los tomo, como o simplemente mastico, me imagino la cara de Toaddy en ellos y me repito: Semi, tu licuado hecho de los hermanitos de Toad es algo así como un Yakult: sano, bueno para la digestión y natural; lo que pienso después de que lo tomo no son alucinaciones, sino realidades: una vez que lo tomas eres capaz de abrirte a la realidad que la surrealidad del mundo no te deja ver. Y bueno, la neta es que mi vida es muy divertida: all that drugs and all that sex and all that fuckin’ alternative indie music (¿qué pensabas?, ¿que diría el típico slogan del hardcorero de los ochenta y cerraría con un all that fucking rock and roll? No, jamás: me caga el puto rock’n roll). Excesos: mi vida es un exceso con jeans y Ferragamos (siempre y cuando ande caminando por las calles de tu mundito; cuando estoy en mi Casa —coloquialmente conocida por ti como Cielo, Paraíso, Nirvana, El Jardín del Señor y ve tú a saber qué otros nombres se han encargado los pentecostales de ponerle— prefiero evitar usar cualquier tipo de prenda que esconda los regalos que Mi Papi me dio). Dicen que si el exceso se midiera en calorías sería un pinche obeso, algo así como un Oprah en sus peores tiempos. Pero bueno, basta, que no quiero que me conozcas por completo en el primer párrafo en el que me toca hablar; ¿luego cómo chingados te entretengo? Yo sé que ya estás empezando a morirte por conocerme, y lo harás, no te preocupes, mi curioso lector. Sólo que todavía no. Por el momento, lo único que tienes que saber es que me llaman Semi por el diminutivo de Semidiós: soy Semidiós Almighty y seré tu guía turística por la travesía que estás apenas comenzando al leer estas hojas. Provecho, mi degustativo lector, I’ll be back in a few chapters.

Roberto

Mi relación con Fer empezó hace años, más por acuerdo de mis papás que por decisión propia; sus papás son amigos de toda la vida de los míos y desde niños han sabido —han decidido— que estamos hechos el uno para el otro. Sí: para mis tres años ellos ya sabían quién sería el amor de mi vida y por quién me cortaría las venas y por quién lloraría noches enteras y con quién formaría mi familia y me haría viejo y me enterrarían cuando muriera. Lo bueno es que la decisión no fue tan mala; Fer siempre ha sido la niña más guapa de todo el colegio, la verdad. Le ves su carita de niña buena, niña bien, niña buena-regia-bien, y no puedes quejarte de que tus papás te la hayan impuesto como novia. ¿Por qué te imponen con quién andar, Roberto? Buena pregunta. La cosa es que, a estas alturas, todo se maneja así. No necesitas el dinero, no necesitas las influencias, no necesitas nada y, aun así, no las puedes dejar ir. La avaricia te ciega al punto en que quieres más de lo que te sobra. Ese es el problema: yo no puedo andar con cualquiera; no me dejan andar con cualquiera. Pero bueno, decía yo de Fer. María Fernanda Scott Landeros, veinte años —sí, es mayor que yo—, uno setenta, ojos miel verdosos, facciones perfectas, pelo obscuro cortito con fleco, cuerpo tipo… ¿quién te digo?, ¿… Portman? Sí, una Natalie Portman. En un día casual la verías vestida con unos jeans que te harán dudar en si es una mortal cualquiera o simplemente una más de las Victoria’s Secret Angels —pero no sería ni una ni otra; su belleza jamás le permitirá ser una mortal cualquiera, y sus padres nunca le dejarán usar tal belleza como razón para exponer su cuerpo a cualquier tipo de público— y una t-shirt blanca, sin nada impreso, de cuello uvé que… Je. Su. Cris. To: no puedo con ella. Nunca usa tenis. En el finde, seguramente va a estar en un vestido sumamente sexy, cool, ¡Ah!, ya sabes, pero seguirá viéndose como niña decente. Digo, lo es, así que no hay por qué no seguirse viendo como niña decente; es sólo que, bueno, la palabra sexy no va muy de la mano con decente y por eso quería aclararlo: Fer es de esas niñas que pueden verse hipersexis y de todas formas las puedes confundir con la Virgen de Fátima; le puedes poner una minifalda de cuero y una blusa blanca sin bra de under y aun así la sigues confundiendo con la Virgen de Fátima. La puedes poner en una esquina de Cuauhtémoc a las tres de la mañana de un viernes cualquiera con mallones de rombos negros, labios rojos y zapatos de leopardo y ni por error te pasaría por la mente que es una prostituta; seguirá confundiéndose con la Virgen de Fátima. Así es Fer. Siempre la verás vestida cual si fuera a conocer a tus papás: perfecta. ¿Qué más te digo de Fer? Estudia Comunicación, le gusta leer a Danielle Steel y Dan Brown y cosas así, ya sabes, no muy de tu estilo y el mío; le gusta llorar con las historias. Escucha Madonna y Brian Adams y John Mayer y ese tipo de música; Michael Buble, de vez en cuando Jamie Cullum. Toma sólo vino blanco cuando cenamos y cosmos cuando salimos. Nunca la he visto borracha. Cumplimos los siete de cada mes. Tiene dos hermanos mayores y una hermana un año menor. Y ya: eso es básicamente todo lo que te interesaría saber sobre Fer. Y bueno, una vez hecha una mini biografía de Fernanda, es hora de que te cuente cómo comenzó la serie de hechos que cambiaron mi vida y mi concepción sobre el resto de ella para siempre. Como cualquier historia, todo empieza con algo y la mía empezó con el cumpleaños de Diego, los papás de Pepe de viaje por Asia y con Fer de shopping con sus amigas en Houston; había mucho potencial para esa noche. Y bueno, el pre oficialmente empezaba a las once, pero nosotros siete, a los que la neta sí nos importaba que el Diego cumpliera años, los que fuimos hermanos desde párvulos, los que lo queremos, decidimos festejarlo desde la hora de la comida. Salimos del colegio y nos fuimos a mi rancho, que queda por alguna parte lo suficientemente alejada de la ciudad como para nunca poder llegar solo. Nos llevamos los instrumentos necesarios para agarrarla a gusto desde temprano y empezamos el maratón. Eso ponle que empezó a las dos de la tarde; ya te imaginarás como estábamos para las once, cuando te digo que oficialmente empezaba el pre en casa de Pepe. ¿Cómo nos fuimos de mi rancho a su casa? De sobra queda que te diga: no tengo la más remota idea. Yo sólo me acuerdo de que me aventaron trescientas ochenta y cuatro veces a la alberca, que como a las seis llegaron unas mujeres de moral bastante distraída —por no decir que literalmente eran unas prostitutas (pendejo de Andrés, no entiende lo que gonorrea significa)—, que tenía tantas llamadas perdidas de Fer en mi celular como vasos de whiskey en mi cuerpo, que llegaron otras amigas de Fer y que blackout total. Bye conciencia, bye memoria, bye decencia y toda educación y moral que mi familia y colegio me hayan brindado a lo largo de la vida. Calculo que eran como las ocho y media cuando mis neuronas y mis movimientos perdieron comunicación. Te repito que eso fue un viernes. Ahora visualízame despertando el sábado a las cuatro de la tarde en una suite del Quinta Real, en la cama con tres personas desconocidas y Renata, la hermanita de Fernanda, mi novia.

Camilo

Cuando me toque hablar a mí te vas a emocionar porque la neta va a ser la mejor parte que te toca leer. La verdad es que mi vida es la más pinche interesante de todas las de aquí; interesante puede significar muchas cosas, así que eventualmente sabrás si te gusta o no. Sea lo que sea, definitivamente es la más interesante de todas. En este momento, el otro puñetas es un pijo recién sacado de Hugo y Prada. Yo soy su antítesis. Pero bueno, para que entiendas todo este desmadrito es necesario que te cuente de mi vida desde tiempo atrás, algo así como una breve autobiografía para que puedas ver por qué pasará lo que pasará a continuación. Me da una puta flojera, no creas, pero no me queda de otra, ya que no quiero verme en la necesidad de andar explicándote cosas en el futuro y, si no lo hago, no vas a entender nada, te vas a cansar y vas a cerrar esta cosa; francamente a mí no me importa, lo hago por Semi, que se toma tan a pecho este trabajo que se propuso.

— BIOGRAFÍA DE CAMILO SANTIBÁÑEZ ALONSO —

Camilo Santibáñez Alonso nació el siete de noviembre de mil novecientos ochenta y siete en el Hospital San José, en la regia ciudad de Monterrey, Nuevo León. Hijo de Camilo Santibáñez Sanz y María Luisa Alonso Torres, formaron durante poco tiempo una feliz familia sampetrina. La imposibilidad de su papá para pegarle al gordo de nuevo hizo que Camilo fuera hijo único.

La infancia. Económicamente hablando, la familia Santibáñez Alonso es considerada uno de los pilares de la industria tabacalera en México. Desde pequeño, el niño Camilo fue consentido por todos y cada uno de los integrantes de la familia —tíos, primos, abuelos, jardineros, choferes, cocineros—. Sin embargo, la distancia entre Camilo hijo y su padre era tan marcada que llegó a ser tema de discusión entre la madre y el antes mencionado: ¿Por qué no van tú y Camilo al juego, en vez de tú y tus amigos?, Porque entiende, Malusa, por Dios: estoy todo el día trabajando como para que no tenga derecho de ver jugar a mi equipo con mis amigos, en mi palco. En serio, quiero descansar y así es como yo siento que descanso, Pues es tu hijo, Pues también el tuyo, llévalo tú si quieres, No es posible que te pongas a jugar soccer con los hijos de nuestros amigos y en cambio no puedas jugar media hora Monopoly con tu hijo, Ya te dije que no soy bueno en el Monopoly, Camilo, por Dios. Perfectamente sabes que ese no es el punto, Ya voy tarde al partido, acuérdate de que tenemos cena. Así empezó todo, con discusiones propias de un hombre normal y una esposa exagerada. La notoria falta de atención del padre de Camilo por su hijo orilló a la madre a acercarse más a él. A falta de pan, agua, y así fue como le tocó al pobre protagonista de la presente biografía. Para los cinco años, Camilo sabía que en la casa estaba mamá para todo y papá para el dinero, los castigos y las órdenes. Estudió kínder, primaria y secundaria en el Irlandés. No, no, no: no te equivoques, mi católico lector, con todo respeto no te equivoques pensando en que desde la página dieciséis vas a lograr entender la razón de por qué Camilo está tan fuckedupeado, porque no es así de simple: gracias a Mi Adorado Señor Padre, Camilo nunca fue tan pendejo como para creer en quien fuera el Bernard Madoff para la industria católica: Marcial Maciel. De niño se vio obligado a estar muy apegado a la figura materna, a ser solitario y un tanto antisocial. Disfrutaba las lecturas complejas. Según testimonios, a sus diez años su novela favorita era Crimen y castigo de Dostoyevski, obra nada parecida a un cómic de Supermán o a un contemporáneo Harry Potter. Era un alumno con calificaciones perfectas y un genio para el ajedrez, lo que hace pensar que fue un niño con una inteligencia que sobresalía del promedio. Hasta el momento, no se sabe a ciencia cierta por qué el señor Santibáñez siempre mantuvo tanta distancia con su hijo; lo que sí se sabe es que así no era con las demás personas: amaba a su esposa, siempre trató muy bien a sus empleados y fue una figura pública envidiable. De la infancia de Camilo hijo también se sabe que contaba con un número bastante reducido de amigos, lo que preocupaba a la señora de Santibáñez, ya que, como a toda madre regia, le importaba mucho la reputación que su hijo tuviera en la sociedad, y no es de genios el saber que no tener muchos amigos no es de gran ayuda para contar con un buen currículum vitae regio. Pero esto no preocupaba para nada a Camilo. Físicamente hablando, siempre fue alto, con cabello rizado castaño oscuro, con unos ojos negros muy penetrantes, muy intensos; unos ojos que podían captar la atención de cualquiera, parte por su belleza, parte por la intimidación que podían provocar en quienes los veían. Como deportes siempre jugó los que eran propios para su personalidad; deportes que, por su naturaleza, eran tan independientes y antisociales como él: golf, natación y tenis, los cuales le ayudaron a desarrollar un cuerpo atlético y tonificado. Como todo buen Santibáñez, era perfeccionista en cuanto hacía, y eso lo llevó a ganar un considerable número de torneos y campeonatos, a los cuales no iban a verlo más que Pepe —su chofer— y, muy ocasionalmente, su mamá. La intención de llegar lejos en los deportes que practicaba era sólo por el arte de hacer bien las cosas. Nunca tuvo el ideal de ser campeón nacional ni el de ir a las Olimpiadas, como cualquier niño de su edad hubiera deseado. Desde pequeño aprendió a ser alguien independiente y autónomo. Como todo niño issuético (issuético: adj. Derivado de issue. Palabra de origen sajón que describe cuando se presentan actitudes propias de una persona desbalanceada psicológicamente), Camilo hacía y decía cosas fuera de lo establecido como común denominador entre él y sus supuestos homólogos: bañarse en tinas llenas de leche de soya, leer libros en reversa cual si fuera el hijo de Da Vinci, tomar única y exclusivamente tinto y Perrieres desde los nueve años, ser vegetariano por convicción e intercambiar el Cartier que a sus ocho años le regaló su mamá por la Tutsi-Pop de cuatro pesos que le vendían afuera del colegio son ejemplos de por qué, desde pequeño, Camilo fue considerado como una persona diferente y difícil de entender. Su papá, en cambio, no lo veía como alguien así, sino como la maldición de la familia, el responsable de toda desgracia que pudiera caer sobre la dinastía —reducida a tres personas— de los Santibáñez.

La adolescencia. (Por cuestión del research se va a considerar que mi adolescencia empieza a partir de los diez años. Sí: siempre fui precoz.) Si se piensa que la infancia de Camilo fue poco convencional, se puede decir entonces que su juventud fue tan excéntrica como la versión contemporánea de Warhol. Sí: era cada vez más notorio que el hijo de don Camilo Santibáñez difícilmente sería una de las portadas de la Quién —a diferencia de su familia—. De hecho, a lo más que podía aspirar la pobre madre era a que su hijo pasara desapercibido por el mundo. Era tan poco normal que lo que la Sra. Malusa más deseaba era que su Camilito no fuera objeto de algún tipo de análisis psiquiátrico o que, simplemente, no fuera tachado como anormal. El Sr. Santibáñez y su hijo, por su parte, no podían estar de acuerdo ni en qué horas eran; sin embargo, aun entre tanta diferencias, existía una cosa sobre la que podían entablar una conversación e, incluso, llegar al punto de disfrutarla: la pintura. Si Camilo pudiera recordar algún lugar en donde hubiera sido feliz, aun con su papá en la misma superficie territorial, este sería el MoMA en su primera visita; decir que el joven de once años tuvo un orgasmo mental sería algo así como poner palabras en su boca, ya que para esa edad él no tenía idea de la esencia de la palabra orgasmo, y no sabía cómo expresar ese éxtasis. A partir de ese momento reconoció lo que es el clímax de las emociones y trató de experimentarlo cada vez más seguido, siempre con cuidado de no convertirlo en cotidiano. Cada clímax, cada orgasmo mental producido por visitas a museos, exposiciones, revistas, libros de pintura, etcétera, era una experiencia sumamente distinta a la anterior. Por eso, la vida de Camilo empezó a basarse en la creación de dichas experiencias, en la ansiosa búsqueda de alimentar esa necesidad interior tan grande, ese vacío que, desde que tenía uso de razón, le había jodido la existencia. Sí: necesitaba satisfacer ese vacío, y sentía que con la pintura había encontrado cómo. Se fue haciendo cada vez más adicto a su apreciación y poco a poco fue invadiendo los huecos de su vida con arte: arte en lectura, música, películas, teatro, escultura, pero sobre todo, pintura. Llegó el verano del dos mil y con él la oportunidad de volver a experimentar la fantasía de visitar su Nirvana: The Museum of Modern Art de New York. La primera vez que visitó el MoMA, por cosas del destino, la sección en la que se exponían las obras de Andrew Warhola estaba cerrada. Pero en ese verano del dos mil, en el que por fin conoció la obra de su gran ídolo, fue cuando empezaron a sucederse una serie de eventos que lo irían definiendo cada vez más como la persona que sería. Amó a Warhol, visitó la exhibición todos los días durante su estancia en la ciudad; su estancia duró tres meses. Cuando regresó a Monterrey de su verano en NYC la gente no entendía por qué un niño de trece años tenía el pelo del mismo color que el de su abuelo: blanco puro. Él se limitaba a contestar que sufría de un problema severo de canas prematuras, producto del estrés, falta de melanina y uno que otro defecto genético, pero obviamente que sus papás no se iban a tragar semejante burla como explicación, y al siguiente día de su llegada, justo después del desayuno, tenían a doña Tere y a Julieta tiñéndole el pelo lo más parecido a su color natural. Sin embargo, para la noche de ese mismo día, Camilo traía el pelo justo igual que la noche anterior: blanco. En la cena se discutió el tema y don Camilo tuvo que dar el brazo a torcer ya que la excusa era suficientemente buena: Le quiero rendir un homenaje a Andy Warhol y creo que esta es una buena manera de hacerlo, Déjalo, le doy una semana para que se le pase, ¿Tú crees?, Claro, ¿a poco crees que va a aguantar ser el foco de atención durante tanto tiempo? Aparte de que en el colegio no lo van a permitir. Después fue lo del tatuaje. Y es que resulta que en el cumpleaños número catorce, aparte de una fiesta que el cumpleañero no quería y un curso de francés en París que había pedido desde que llegó de New York, le volvieron a regalar el reloj que años atrás había catafixiado por una Tutsi Pop, sólo que ahora en tamaño grande y con carátula negra. Escúchame muy bien, Camilo, le dijo su papá al cual ya no le decía papá, Yo no estaba de acuerdo en que se te regalara de nuevo este reloj. De hecho, yo no estaba de acuerdo en que se te regalara nada. Acepté únicamente por tu madre. Solamente te quiero avisar que si no veo este reloj pintado en tu muñeca todos los días, desde el desayuno hasta la cena, voy a cancelar tu cursito en París y te voy a obligar a pasar el verano trabajando como peón en la fábrica. Debes enseñarte a valorar lo que te dan, aun cuando no te lo merezcas (para que te imagines mejor la escena, haz de cuenta que la voz que dijo todo esto era la misma que la de Scar en The Lion King. De hecho estoy casi seguro de que fue él quien hizo el doblaje al español). La mayoría de los psicoterapeutas que analizan esta situación coinciden en que si el padre no se hubiera puesto en la arrogante posición de amenazarlo, Camilo simplemente hubiera usado su reloj como cualquier otro artefacto que tiene que usar en su vida diaria. Pero no: sin la necesidad de hacerlo, su padre lo retó a cumplir una orden y, por consiguiente, mandó una señal totalmente contraria a la deseada: Si lo usas, pierdes. Es por eso que, a la semana siguiente, cuando iba saliendo del colegio, sólo que ahora por la puerta en que salen los niños de secundaria, se fue al mismo puesto de donde obtuvo su Tutsi años atrás y volvió a cambiar su reloj, pero en esta ocasión por una cajetilla de Marlboro. Se subió a la camioneta, escuchó a Pepe decir que su papá lo iba a crucificar, guardó la cajetilla en su mochila y se fue a la casa a comer en familia. ¿Dónde está el reloj?, ¿El reloj? Ah, no te preocupes, para la noche me lo ves en la muñeca. Cuando llegó la hora de irse a su clase de pintura, le pidió a Pepe que se desviara un poco, que se fueran para el centro. ¿Al centro? ¿Qué vamos andar haciendo en el centro, Camilo?, Yo sé. Tú dale. Y que para la izquierda, avanza dos cuadras, Ah, pinche taxista jodido, ahora a la derecha, pégate a la lateral, frena, güey, frena, vuelta en U, cuidado con la señora que se atravesó. Aquí es, ¿Aquí es qué?, Ritual, güey, a donde venimos, ¿Y se puede saber a qué venimos a este lugar?, Ay, no mames, Pepe. Estás en el lugar más seguro de tatuajes de todo pinche Monterrey, ¿Tatuajes?, Sí, Insisto, Camilo, ¿se puede saber a qué venimos a este lugar?, ¿Qué no te estoy diciendo? A ver, ¿a qué vas a un lugar en donde ponen tatuajes? a) A jugar a las escondidas, b) A la junta de un club de lectura de las obras de Vargas Llosa, c) A ponerte un tatuaje. Escoge a ver si le atinas, O también está la opción d) A infectarte de sida y e) A que tu papá te mande a un internado de una vez por todas si le llegas con la novedad de que la respuesta correcta a la pregunta antes formulada es c), Uhm, sí, también están esas opciones, pero no, en esta ocasión la respuesta correcta es c) A ponerte un tatuaje y la e) es la incorrecta, En serio que no puedo contigo, ¿qué le voy a decir a tu papá cuando me pregunte por qué te traje aquí?, No te preocupes, yo le digo que me dejaste en la clase, me salí y agarré un taxi, ¿Qué te vas a tatuar?, Ahorita ves. Al día siguiente en que pasó lo de la amenaza por parte de su papá, Camilo se tomó la tarea de mandar diseñar un tatuaje que fuera exactamente igual que la figura del recibido reloj, Desde el desayuno hasta la cena, hasta la cama y hasta en la regadera, papi, a ver si así estás contento, pensó. Ahora se encontraba ahí, frente al Fresco, diseñador oficial de tatuajes artísticos. ¿Que si dolió? No a Camilo; la simple idea de imaginar la cara de su padre cuando le enseñara su muñeca le hacía gozar todos y cada uno de los picoteos de la aguja en su piel. Después de casi tres horas la obra de arte quedó completa. ¿Qué tal?, ¿te gustó?, Sí, gracias. (Auditorio: como lo hice yo, por favor disfruta la escena.) Nueve pe eme, baja al comedor el niño Camilo, cargando esos catorce años de edad, que cada uno vale por cinco, con su pelo canoso, su t-shirt de under blanca de cuello uvé y sus jeans, descalzo, como nunca lo dejaban sentarse en la mesa. Baja, se sienta y sonríe a sus padres. ¿Me pasas la ensalada, por favor? (Nótese que lo que en verdad quería era que, al pasarme el esposo de mi madre el bowl de ensalada, yo tuviera que alzar la mano izquierda para sujetarlo, dejando al descubierto la muñeca, mofándome totalmente de su autoridad como supuesto jerarca. Yo sólo quería darle una guerra tan silenciosa que lo ensordeciera, una bofetada tan sutil que le picara, antes que dolerle. Ahora imagínate el momento en que don Camilo sujeta por un lado el recipiente y yo lo tomo por el otro, creándose una imaginaria cadena de rechazo, de repulsión, de reclamo, cual si fuera el bowl el medio, el vínculo por el cual yo le transmitiera toda esa energía negativa que tenía contenida gracias a él, cumpliéndose así la Ley de la Causa y el Efecto, la Ley del Boomerang, la Ley del Karma, Todo se paga en esta vida, papi, y todo te lo voy a regresar.) ¿Se puede saber qué es ese rayadero que tienes en la muñeca?, ¿Qué? ¿esto? Ah, no. No es un rayadero, es mi reloj. Ya sabes cómo soy, todo pierdo y después de lo que me dijiste el día de mi cumpleaños, eso de que si no traía todo el tiempo el reloj pintado en mi muñeca me ibas a cancelar mi curso en París, preferí no arriesgarme, y ya ves, ahora sí puedo —y puedes— estar seguro de que siempre lo tendré aquí, ¿Qué tipo de broma es esta?, ¿Cuál?, ¿Cómo que cuál?: ¿dónde está tu reloj?, Ya te dije, aquí. Mira, hasta se me ve mejor que el otro. Bueno, lo único son las manecillas; no se mueven, Camilo, te lo advierto, no juegues conmigo. ¿Dónde está?, ¿Qué te hace pensar que quiero jugar contigo?, ¿a estas alturas? Sin intención de ofender, francamente siempre me has parecido un tanto aburrido, o al menos no dentro de mi estilo de diversión. Esto no es ningún tipo de broma, ya te dije que aquí está mi reloj, Párate de la mesa y lárgate al baño a quitarte ese estúpido dibujo de tu muñeca. Cuando regreses quiero que traigas el reloj en su caja listo para ser devuelto, Si lo tuviera, con mucho gusto lo haría. La verdad es que ese reloj nunca me gustó, no sé por qué insistían tanto en regalármelo si nunca lo pedí. En cuanto a lo del dibujo, lo siento, pero ni con Clorálex se va a poder quitar, ¿qué no lo notas? Es un tatoo, papi. Con su permiso, mañana me quiero levantar temprano, buenas noches. Y así quedó. Pasaba el tiempo y Camilo iba profundizando aún más en su amor al arte. Fue después de su última visita al MoMA cuando empezó a tener un conflicto: ya no sentía esa experiencia nueva cada que hojeaba un libro, cada que veía una exposición, cada que analizaba una pintura. Ya no sentía esa fascinación que lo hacía sentirse vivo y que le daba el alimento necesario para que, sin tener a nadie a su alrededor que lo hiciera sentirse alguien querido, le gustara el buen arte de vivir. Y de pronto se encontraba en el dilema de no saber cómo hacerle para volver a sentir lo que sintió en el inicio, redescubrir la fascinación que lo alimentaba desde hacía ya tiempo. Para Camilo no había una explicación lógica; no entendía por qué le pasaba eso y por eso mismo se puso a pensar en cuál habría sido la causa de dicho trance tan negativo. Después de cuarenta y ocho horas de meditación en su habitación, sin salir ni a la cocina, sin desayuno, sin comida ni cena, pensó que por fin había encontrado la respuesta, No hay mayor éxtasis que Warhol. Llegué al clímax total y único que mi persona habría podido explorar. No hay Más allá, no hay Nada más. Seguir buscando algo que me llene va a ser tan en vano como reclamarle a mi mamá por qué no para a su esposo cuando el muy imbécil se pone a pelear con una persona treinta años menor que él; sería tan estúpido como pretender que me gusta la gente que me rodea; sería tan inútil como seguir viviendo. Y esta fue la primera vez que Camilo presentó una de sus doscientas noventa y ocho características principales —sus tendencias suicidas—, justo cuando pensó que no habría forma de revivir su única razón de vivir. Y caminaba durante noches enteras por el infinito jardín que adornaba la parte trasera de su casa, pensando, buscando porqués inútilmente. So, this is it?, ¿me adelanté a conocer lo que se suponía me mantendría ocupado el resto de mi vida?, ¿viviré los años que me quedan en este fondo gris y aburrido del mundo real? Ni madres, yo me voy, ¿A dónde?, No sé, pero me voy, ¿Cómo?, ¿Cómo? Eso es lo más fácil: como Van Gogh, como Cobain, como Judas, como Presley, como la vecina de la cuadra de allá, como el de la colonia Independencia que salió ayer en el periódico que se voló los sesos porque tenía una deuda impagable de consumo de marihuana (impagable: trescientos noventa pesos), como Freud. Como ellos y millones de personas que lo han hecho antes porque, como yo, se han adelantado a recibir todo lo que la vida les puede dar y, como ya no hay más que ofrecer ni más que recibir y como no nos gusta perder el tiempo, preferimos tomar el poder divino de decir Me voy. Y yo me quiero ir porque ya me aburrí. (Soy la voz de alguien. No soy ni Camilo ni Semi: soy simplemente La Voz. Yo sé que esto es un desmadre por tantas personas que se meten a comentar sus opiniones, es sólo que es imposible no tomar la palabra para dar puntos de vista. Catorce años y te quieres ir. ¿Qué la vida es tan simple como para a unos míseros catorce años querer algo diferente? Se puede entender si a la persona de la cual estamos hablando en la presente biografía le han sucedido hechos trágicos, fuertes y tristes tales como muerte de padres, divorcio, secuestros, cosas realmente traumantes que hacen de una infancia algo muy distinto a los toboganes y Disney y Mickeys y paletas Payaso. Vemos que este no es el caso. Sí: en efecto, el padre no muestra un afecto grande; de hecho, es todo lo contrario. Pero eso no es suficiente. El amor de la madre y la vida estable —al menos económicamente hablando— que lleva, lo puede amortiguar. ¿No es entonces la mente de una persona —si es que se le puede llamar persona a alguien de catorce años— un mundo demasiado pequeño para poder calificar lo aguantable y lo que realmente no se puede cargar por el peso tan fuerte que cae sobre la espalda? ¿Cuándo se puede considerar un problema como algo sin solución, como algo digno para empacar las maletas y decir Me voy? ¿Está siempre equivocada la persona que comete un suicidio? Hablemos pues, de los umbrales de dolor: por ejemplo, el joven de la colonia Independencia que se dio el tiro de gracia por deber trescientos noventa pesos en marihuana. No es para que suene nefasto, pero eso es lo que me acabo de gastar en mi cena. Es decir que si yo no hubiera ido a cenar hoy al Kampai y en vez de gastarme mi dinero en hedonismos momentáneos se lo hubiera dado a él, entonces éste no hubiera cometido lo que cometió, válgame la redundancia. Falso: las cosas no se arreglan así de fácil. Puede que para mí trescientos noventa pesos no sean más que los trescientos noventa pesos que me gasto en las cenas que en cierta manera me pueden provocar placer, pero eso no significa que lo sean igual para el tío éste que te digo que vivía en la Independencia. Para él, esos casi cuatro billetes amarillorrojizos significan la solución a sus problemas, significan dejar de temer salir a la calle porque se va a topar con el Barajas, dealer oficial de la colonia más peligrosa de Monterrey. En su mente existen dilemas y problemas que no lo dejan dormir, que lo tienen en un constante miedo y que no sabe cómo solucionar. No hay forma de salirme de ésta, piensa. ¿De dónde voy a sacar trescientos noventa pesos en dos días? ¿De dónde si ya le debo a doña Lupe, la de la tienda de la cuadra; a mi suegra, que realmente me odia pero como es para que su nieto coma, no le queda de otra; a mi hermana que no está muy lejos de mi situación, y a FAMSA que no sé en qué estaba pensando cuando le aceptó el crédito a un pobre bastardo como yo? Si no les pago me van a matar. No les voy a pagar. Mejor me mato yo. Y pensar que todo esto se pudo haber solucionado si yo no me echaba el vino hoy en el Kampai. Así es esto. Cada cabeza es un mundo y en cada mundo hay una guerra. La mía no es por dinero; la de Camilo tampoco. La del pobre junkie de la Independencia sí, y ni modo. Eso no significa, pues, que una guerra tenga menor peso que la otra: cuando te quieres dar el tiro, todos los problemas son del mismo nivel, todos valen lo mismo y todos tienen el mismo peso: el cáncer de tu hijo, la muerte de mi madre, la falta de coca, la depresión post parto, el truene de Estadística Administrativa en cuarto semestre, el corte con tu novia, la falta de razones, trescientos noventa pesos, el placer por lo desconocido, etcétera. ¿A qué quieres ir con todo este speech que viene cortando el ritmo de la narración?, me preguntas tú, interrumpido lector. A lo que quiero ir es a que Camilo y sus ideas tienen suficiente peso y razón para querer hacer lo que quiere hacer. El que tenga catorce años no significa que es un idiota que no sabe nada del mundo. Él sufre igual que Juan Luis Pedraza, fallecido el pasado lunes por la falta de dinero y de marihuana.) Camilo sabía muy bien que hacer eso de irse del mundo cuando el niño quisiera no estaba muy bien que digamos, sobre todo para su mamá. No quiero que mami llore, pero, ¿qué quiere que le haga si de plano me estoy muriendo? ¿Para qué me quiere vivo físicamente si por dentro estoy más muerto que Lennon? Y nadie lo notaba; de todas formas Camilo era reservado y pocas personas podían saber de la secuencia de sus días como para notar que algo estaba cambiando, aparte de que realmente nada estaba cambiando mas que dentro de él. Aun cuando es una persona catalogada como egoísta, Camilo no podía dejar de pensar en lo que pasaría con su madre si él hiciera lo que quería hacer. Dejar una nota explicando el porqué de las cosas no iba a dejar de hacer sentir mal a quien le dio la vida. ¿Escapar y que nunca se enteren de que morí? ¿Fabricar un secuestro? Al final de cuentas eso era una opción bastante factible —lo del secuestro—, y su mamá no sufriría más que lo normal, Secuestraron a mi hijo y lo mataron (chá la lá la lá, violines y kleenex, please). Muy diferente a decir: Soy una mala madre, mi hijo se suicidó a los catorce cortos y míseros años. ¿Qué hacer, pues? Y un día, pocas semanas después de haber empezado su travesía para abajo y más allá, acompañó a Pepe a Plaza Fiesta a buscar el nuevo cidí de Luis Miguel, el cual le encantaba a Pepe escuchar mientras esperaba afuera del colegio todos los días. Total que van, Pepe feliz, Camilo con el semblante tan frío e indiferente que pareciera estaba en su clase de Catecismo antes que en un centro comercial y se paran en el Sanborn’s en busca de Mis romances. Mientras su chofer mantenía una guerra mental entre si comprar el paquete completo de la romanceada de Luismi: Romance, Segundo romance, Romances y Mis romances por tan sólo trescientos cuarenta pesos, o simplemente comprar el que originalmente quería en ciento veintiocho —difícil decisión, toma tiempo—, y mientras eso pasaba, Camilo hojeaba revistas. La Rolling Stone. Página setenta y dos. Artículo que habla de la música y de cómo ésta alimenta el alma de miles de personas. Era, básicamente, un artículo de alabanza a la música cual si fuera la religión de muchos y que describía cómo cientos de los artistas actuales eran tan miserables como aburridos antes de que lograran encontrar a la música como su trabajo. En pocas palabras, decía que para los buenos artistas no hay un antes y un después de la música; antes de la música no existían, después, tampoco. La música, según decían los entrevistados, era su vida, su religión y su dios. La música lo era todo, sin música no hay más que vacío, decía el artículo de la página setenta y dos. Y compró la revista y unos libros y se los llevó a la casa y se puso a leer. Y pensaba. Y esa semana corrió más vueltas a la cancha de tenis que lo normal y duró más tiempo en cama y durmió menos horas que las de siempre. Y pensaba. Y se comenzaba a preguntar si esa era la respuesta, si su situación era como la de los que hablaban de la página setenta y dos a la setenta y nueve de esa revista, Tal vez sí, tal vez me puedo salvar. Al día siguiente, un miércoles, por cierto, muy bonito, con un cielo muy soleado, obligó a Pepe a que se desviara al Centro de nuevo. Quiero ir a una tienda donde vendan lienzos, pinturas, brochas, todo. Llévame, Camilo, tienes clases, No me importa, llévame, No puedo-, tu papá, Mi papá me vale madres y a ti también te debería valer. Como el niño siempre gana, se fueron hasta el Centro a una tienda donde Pepe había escuchado vendían lo que Camilo andaba buscando. Lo que el único retoño de los Santibáñez Alonso llegó a concluir era que, así como los que amaban la música —con fuerza, pasión y adicción— no fueron completamente felices sino hasta que explotaron todo su potencial y lo materializaron en canciones, él, que amaba tanto la pintura, podía ahora explayar todo lo que tenía adentro pintando. Voy a pintar, es la única esperanza de vida que me queda. Si eso no funciona, me voy. Total que compró todo lo necesario y llegó a su casa y se encerró en su cuarto. Toma su iPod y le pone play a su nuevo encuentro con el Yo, How to Disappear Completely del Kid A de Radiohead (público —una persona—, te recomiendo que tú también lo hagas: ponle play ahora mismo al track cuatro del cuarto cidí de la mejor banda de todas; eso te ayudará a entender el trance). Camilo encontraba cierta fascinación en la tranquilidad que le embargaba cada vez que escuchaba esa canción; no importaba qué acabara de pasar, fuera bueno, emocionante, malo, pésimo, terrible… no importaba porque esa canción lo ponía en un grado de stand by, de pausa, de total estabilidad. Y le puso play y cerró los ojos y pasaron por su mente miles de Polaroids volando tan veloces como sentía que iba pasando la canción. Estaba encontrando la inspiración que necesitaba; estaba en un total trance. Y agarra el negro y pinta todo el cuadro del mismo color: black. Cada pincelada —o se debería decir brochazo, porque lo hacía con coraje y le era dificil controlarlo— le hacía sentir que tenía poder, que podía recuperar algo de emoción en su vida. Cada movimiento le hacía sentir que estaba reviviendo. El primer brochazo revivió sus brazos; el segundo, sus piernas; el tercero, su torso; cuarta pincelada —como ya se había logrado relajar ahora eran pinceladas y no brochazos, y las partes del cuerpo que se revivían eran más sensibles y delicadas—, el cerebro; quinta, el plexo solar, y cierra los ojos y siente que todo el cuerpo se le ilumina como si adentro llevara ocho soles sincronizados a las doce pe eme. Y de pronto no puede con tanta vida contenida en su cuerpo. Respira profundo y trata de controlarse porque de nuevo se salió de control y, de tanto éxtasis, ya está dando brochazos que salen del cuadro y manchan la pared y su cama y hasta el retrato que hicieron de él cuando tenía tres años. Para ese entonces la canción ya no es la cuarta de Kid A, sino la de Exit Music (For a Film) del Ok Computer (y esa te la recomiendo aún más que la anterior. A ver: ponme el separador, ciérrame y ve a comprar esa canción en iTunes o donde sea que consigues tu música; no te preocupes, que aquí te esperamos. En serio, ve. Staff, ¿no tienen por ahí alguna de esas canciones que ponen en los teléfonos cuando dejan esperando a quien llama? Algo así como, no sé, la canción más cliché de Beethoven —¿el Himno a la alegría, por ejemplo? No sé: lo que sea que pueda mantenernos en pausa mientras Lector cumple nuestra petición, ¿la tienen? Ok, pónganla mientras Lector busca y yo voy al baño. Si do re re do si la sol la si si la si do re re do si la sol la si la sol la si sol la si do si sol la si do si la sol la la re si do re re do si la sol sol la si la sol. La si sol la si do si sol la si do si la sol la re si do re re do si la sol sol la si la sol. Play again. Si do re re do si la sol la si si la si do re re do si la sol la si la sol la si sol la si do si sol la si do si la sol la la re si do re re do si la sol sol la si la sol. La si sol la si do si sol la si do si la sol la re si do re re do si- stop, por favor ya párala que con escucharla una sola vez me basta para querer meterme en la cinta y no responder por mis actos. Lector, me imagino que tu Internet es lo suficientemente rápido como para que ya tengas la canción en tu computadora —o tienes tan buen gusto que ya contabas con esta canción—, por eso continuamos) y cuando está a punto de aventar la pintura sin importar si cae dentro o fuera del lienzo es la parte en la que Thom Yorke canta —¿grita?— now… we are one… in everlasting peace. Cuando terminó la canción aventó el pincel y empezó a llorar, a gritar, a estrellar sillas contra el óleo que habían hecho de él cuando tenía tres años, hasta que terminó agotado, sudando en pleno invierno, cansado y por primera vez listo para dormir sin tener que masacrar borregos en su cabeza durante horas antes de conciliar el sueño; así le encontró remedio al insomnio. Y así volvió a la vida, ahora más que nunca. Estaba vivo. Y así fue como empezó a pintar todas y cada una de las noches. Nadie lo sabía, parte porque a nadie le interesaba y parte porque él no quería que a alguien le interesara. Para esta edad —catorce años—, Camilo ya era todo un consumidor de marlboros y un catador de vinos que se podría respetar, hijo de Radiohead y adorador de Warhol y Wilde, paciente de los martes y jueves del doctor Pérez-Reverte y dolor de cabeza de don Camilo Santibáñez. Es verano del dos mil dos y el niño se va a Londres a un curso de fotografía en la School of Cinema and Performing Arts. Recuerda el verano del dos mil dos como los tres meses que marcaron lo que sería su persona el resto de su vida. Fue ahí donde conoció a Miss Andrea, maestra de fotografía diez años mayor que él y quien le hiciera saber de qué otra manera podía sentir esa emoción que sentía cuando pintaba, de qué otra forma podía recrear lo que las pinturas de Warhol causaron en él cuando las conoció. Fue ella quien se acercó a él y él no hizo nada más que acceder al acto. Fue ese verano, también, cuando conoció el efecto de los fármacos recreacionales y descubrió un mundo desconocido, una herramienta más para expresar, de manera fácil, lo que su interior quería decir al pintar. Cada cuadro nuevo era más complejo, menos cotidiano, más expresivo. Cada día que pasaba lograba encontrarse más con su Yo. Es un lunes cualquiera y hay clase de fotografía. Son las tres de la tarde, lo que indica que la clase ya acabó porque dura una hora y media y empieza a la una. Sin embargo, Camilo sigue ahí, con Miss A en el salón de Photography. Cuando Mister Wells se dio cuenta de que necesitaba un rollo extra para uno de sus alumnos, decidió ir él mismo a recogerlo. Los rollos estaban almacenados en el salón de Photography. El salón de Photography cuenta con una cerradura que nunca funcionó correctamente; el más débil empujón podía hacer que se abriera. Camilo sabía eso —cosa que lo hacía aun más divertido—; sin embargo, Miss Andrea no. Cuando Mister Wells empujó la puerta, lo que sus ojos encontraron lo remontó a esa noche de mil novecientos sesenta y ocho cuando por primera vez vio la película que siempre anheló vivir y sin embargo, nunca pudo: The Graduate, The Sexiest Affair Ever. Entonces Mister Wells prende la luz para confirmar lo que su mente había fantaseado y cuando eso sucede Camilo simplemente se ríe; los expulsaron a los dos. Expulsado de la academia, sin cuentas que rendirle a nadie y sin coraje por haber perdido casi la mitad del curso, pues consideraba que ahí ya le habían enseñado más de lo que esperaba aprender. Por eso tomó su mochila, su pasaporte y se fue de trip por Europa. Solo, sin saber a qué país dirigirse ni hotel a dónde llegar. Eso era lo de menos: tenía el Viejo Continente para comérselo él solito.

— HACEMOS UNA BREVE INTERRUPCIÓN —

Por necesidades del staff, hago una breve interrupción en esta biografía de nuestro querido Camilo. ¿Te acuerdas que te había dicho que yo era algo así como tu guía por la vereda larga que recorre este camino?, ¿que de repente me iba a poner a hablar de cosas cotidianas y de política y mil madres de ésas? Muy bien, como no quiero que empieces a caer en depresiones por extrañarme tanto, hoy te toca recibir una pequeña parte de moi. No te pienso hablar ni de política ni del sobrecalentamiento global —el cual se está poniendo cada día más divertido—. Con todo y eso, la neta es que no me importa, al fin y al cabo, yo ni vivo en su mundito. Equis, al punto. Te voy a hablar de mi día de hoy. Estuvo fuerte, denso. Bueno, no así que tú digas denso denso, pero sí estuvo medio denso. La cosa es que hoy tuve una cita, ¿Y ahora a quién te agarraste, Semi? No, Lector, a nadie, caray. Tuve una cita medio que compleja y medio que difícil y medio que confusa. Fui con mi psicóloga. Y has de decir tú, ¿Y eso qué? Todo mundo va. Y yo te he de decir que sé que todo mundo va, pero la diferencia es que yo no soy Todo Mundo. Acuérdate: yo soy la vida, la muerte y la inexistencia del ser. Se supone que yo no me puedo andar con mamadas de ese tipo de ir a sentarte a un pinche sofá y comenzar a hablarle a la pared como imbécil. Padre, qué fuerte es esto de los demonios y la infancia. Tener que abrir tu cajita de recuerdos de la niñez y ver todo lo que nunca te gustó y te hizo ser el hijo de la chingada que ahora eres. Todo eso que ni contigo mismo quieres hablar y que ahora tienes que decirlo en voz alta. Hazme el puto favor: ¿cómo quieren que lo diga en voz alta si ni dentro de mí lo puedo escuchar? Es como pedirle a un niño que tire su helado de chocolate por la taza del baño sin siquiera haberlo probado. Es torturador. ¿Entonces por qué fuiste? No sé, no sé por qué fui. Tal vez porque pensaba que así iba a tener una historia chistosa que contar, pero ahora resultó que la historia está chistosa para todos, menos para mí. Dime tú, ¿qué haces, ahí, sentadito frente a una extraña que en diez minutos ya supo la razón de tus problemas sin siquiera haberle dicho tu nombre? Cabrón, te quedas callado. Pasmado. Freeze. ¿Cómo le hizo para llegar en tan sólo un cuarto de hora a preguntarme semejante verdad que insisto en negar? ¿Quién llegó a darle mi expediente y a hacerle saber que soy tal o cual cosa? Qué fuerte, tío, qué fuerte. Y te decía que estás ahí, sentadito frente a una persona que antes de inspirarte confianza te intimida y, al mismo tiempo, te gusta. Y es que tiene buen gusto mi doctora, a decir verdad. Pero bueno, eso es lo de menos. Yo no sabía qué decir. Nunca tartamudeé, pero me mordía los labios como si los trajera embarrados de Häagen Dazs y no pudiera aceptar que ya se había terminado, realmente los mordía con tal fuerza que me llegó a preocupar el que fueran a sangrar y se diera cuenta de que por dentro de mi boca estaba teniendo una guerra campal por culpa de mi nerviosismo. Obviamente lo notó, pendeja no es; al contrario: es tan inteligente que te da miedo, y mira que para que yo te diga eso, es porque está out of your league. Sudé como si estuviera corriendo el maratón de NY en Egipto, en meses de verano, envuelto en pants y chaqueta. Sudé hasta quedarme pegado al sillón… y eso que era de tela. Sudé como imbécil. No fue hasta el punto en que me preguntó, Semi, ¿no recuerdas si en tu infancia blah blah blah (no quiero hablar de eso)? ¿No tienes algún remoto recuerdo de que haya pasado algo así? Y yo, bueno, con Kola-loca en los labios, ¿cuántos te gustan? Diez, quince segundos y me carcajeé. Acepté mi derrota con una simple risa y un, No como respuesta. Algo así como, Doctora, usted sabe que le voy a contestar que, No, y yo sé que usted sabe que es mentira y que usted sabe que yo sé que usted sabe que es mentira, pero que me tiene que tener un poco de piedad y comprenderme y saber que no puedo aceptar así de fácil, así de rápido, así con la voz tan en alto que Sí, sí lo recuerdo, que lo recuerdo tanto como si fuera ayer y tenía años de no recordarlo y ya juraba que lo había sepultado six feet under en mi cajita de recuerdos y fantasmas (¿o debería decir sólo de fantasmas?, porque al final de cuentas eso son todos los recuerdos —mis recuerdos—: fantasmas) y ya había cantado victoria años atrás y nunca quise agarrar la pala para desenterrar lo que tanto tiempo me costó meter bajo la tierra. No es fácil esto de aceptar tu realidad. No es fácil, y menos cuando lo tienes que aceptar frente a un desconocido y cuando te mueres de la pena y cuando tienes mil y un miedos en tu cabeza. Por más que me repetía que en ese cuarto, en su consultorio minimalista y bonito donde estábamos, no había prejuicio alguno, no había ni bien ni mal, no había nada de eso que te hace quedarte callado, mientras más me lo repetía, decía yo, menos podía decir lo que realmente sentía. Y me sentía tan jodidamente desesperado que tenía ganas de correr, como siempre me pasa, largarme corriendo, sin destino, con un buen soundtrack de fondo, de esos que te hacen sentir hasta la fibra más sensible de tu cuerpo y querer gritar y explotar, algo así como 30 Seconds to Mars de The Kill (se recomienda que se escuche esta canción para que se pueda entender más o menos el sentimiento que despierta en mí; de otra forma se ve medio sin fuerza). Me quería largar de ahí en ese mismo instante, irme corriendo de ese monstruo gigantesco que estaba reviviendo palabra a palabra en ese consultorio bonito y minimalista. Estamos de acuerdo en que no lo podía hacer, primero por respeto y segundo por masoquista. ¿Cómo cuarenta minutos pueden pasar tan lentos y despertar tanto desmadre en tu interior?

— CONTINUAMOS —

(Vamos a jugar a que te pongo a pensar, ¿ok? Muy bien, dime: ¿qué haces de catorce años, solo, libre de responsabilidades, expulsado, con dinero, en Europa?

a) Le hablas a tus papás y les confiesas que te corrieron de la academia por andar tomando clases particulares de sexualidad en el salón de Photography.

b) Te pones a llorar y le ruegas al director que te crea, que lo que sus ojos vieron no era un acto sexual entre un alumno y una maestra, sino un acto heroico del mismo por salvar a su miss de ahogarse por un trago de agua mal encaminado, lo cual llevó a que la misma se sintiera sofocada y él actuara de manera correcta al quitarle la blusa para que se sintiera más libre y menos asfixiada.

c) Agarras tu mochila, tu pasaporte, tu American Express y te vas de trip por Europa. Regresas a Londres un mes y medio después para tomar tu vuelo a México y bah, todos felices.

Entonces, decía yo, ¿qué haces? Y realmente espero que a estas alturas del juego ya seas capaz de contestar mínimo esa trivia correctamente; si no, significa que de nada está sirviendo que me parta la madre aquí tratando de ponerte en letras lo que por mi vida ha pasado —pero tranquilo, que de todas formas te pienso ayudar un poco—. Haciendo un análisis multivariante podemos deducir que la alternativa a) muy lejos se queda de mi realidad —¿y como por qué habría de reportarle a ellos justo ahora qué está pasando en mi vida si ni cuando estaba en la casa lo sabían?—, así como la b) se me hace prácticamente una ofensa a mi persona, al verme obligado a disculparme con alguien a quien no le debo absolutamente ninguna disculpa; aparte, llorar y rogar son dos verbos que no existen en mi diccionario. Definitivamente la c) es la que gana aproximadamente mil novecientos ochenta y cuatro puntos arriba de las demás. Bien hecho; te felicito.)

París, Madrid, Barcelona, Roma, Milán. Un giro raro y llega a Ámsterdam y se pasa a Praga y Alemania. Dicen que en esos viajes es donde conoces lo que es la vida real: cargando un bulto sobre tu espalda todo el tiempo, en lugares poco amables tales como hostales y metros y cosas de bajo presupuesto, McDonald’s en el desayuno, la comida y la cena, cansancio, soledad y peleas con tus acompañantes por el hartazgo que todo esto de no tener las comodidades de tu casa provoca; sinfín de variables poco favorecedoras para la experiencia en sí. Camilo discrepó totalmente con este contexto; andar en esos ambientes nunca fue ni sería lo suyo. Siempre que llegaba a alguna ciudad contrataba a un taxista para que fuera su chofer durante toda la estancia y no tuviera necesidad de estar esperando a que uno se dignara a pararse. Solo, siempre solo. Ya había ido a Europa antes en dos ocasiones con su familia. Si se busca la definición de aburrido en el diccionario de la Real Academia, seguramente se citaría, ej.: Viajar por Europa con la familia Santibáñez Alonso es letalmente aburrido. Sí, pero qué diferencia fue hacerlo solo a los catorce años y sin limitante alguna que no sean los deseos hedonistas de tu cuerpo. En este viaje desarrolló profundamente su capacidad de admiración y su conocimiento general sobre arte y cultura y demás temas interesantes para su persona. Fue en París que visitó el Centre Pompidou y conoció muestras alternas de la apreciación del arte. Fue en Ámsterdam que fumó hachís y le gustó y pintó varios cuadros en pocas horas bajo su efecto y los vendió a buenos precios en ese mismo día en el mismo bar donde los creó. Fue en Londres, antes de irse de tour, donde por fin le tocó un concierto de sus padres de verdad, Radiohead. Sí, había encuentros sexuales en uno que otro lugar, siempre con mujeres mayores y siempre con mujeres muy guapas. Camilo siempre aparentó ser más grande y por eso caminaba por el mundo teniendo dieciocho años a los catorce; nadie lo cuestionaba. Tomó experiencia. Tomó champagne. Tomó merlot. Tomó inspiración. Tomó energía. Tomó todo lo que la vida le podía dar. Él sólo tomaba. Él sólo vivía y poco a poco se iba olvidando de que tenía catorce años y de que su casa estaba en Monterrey con una familia que no era familia, con un papá que era todo menos papá, que no aguantaba a la gente en general y que, si por él fuera, ya hubiera hecho sus maletas y se hubiera largado a un lugar donde no tendría que lidiar con nadie ni con nada; iba olvidando de todo lo que le hacía odiar estar Aquí. Olvidaba de que forzosamente tenía que visitar a un psiquiatra tres veces por semana el cual no le ayudaba de nada, que necesitaba algo y no sabía qué. Eso, todo eso se le estaba olvidando. Él sólo tomaba. Remontarse a ese verano en su mente era remontarse a un parteaguas en su vida: Camilo fue uno antes y fue otro después de ese verano. (¿Pues qué tanto hizo el chingado Camilo como para que fuera tan increíble dicho verano?, has de estar tratando de preguntarme vía telepática tú, que estás frente a este mundo de letras y papel. A lo que yo te contesto: Francamente, no cuento con la fuerza necesaria como para andarte explicando detalle a detalle cada día de ese viaje cual si fueras niño de kínder al que se le está enseñando a leer. No tengo la memoria ni las ganas como para alargar más esta originalmente corta autobiografía. Se suponía, oh sí, se suponía que la autobiografía sería algo así como una simple presentación de quién soy, algo breve sólo para que se tuviera una idea de mi background. Sí, desgraciadamente se me salió de control y esto no puede llegar más lejos, por eso trato de evitar contar todo explícitamente, como lo hacía al principio, quebrando así el ritmo de la narración y la secuencia, el orden y la pulcritud de tono, cosa que, honestamente, me vale una rejodida madre.) Después de cuarenta y cinco días de libertad, Camilo regresa a Londres y de Londres toma su vuelo a Monterrey. Al suceder eso lo llenó una pereza inundable, inaguantable y desgarradora. Ipsofacto cayó en una absorbente depresión. Back to basics. Remedio: pintura. El resto de su vida fluía como siempre, sin mínimo interés de su parte por prestarle atención. Malusa, su madre, llegó a estar segura de que su hijo era semiautista. Y es que él cada vez pasaba más tiempo en su cuarto, hablaba menos y, según ella, dormía más. Todo parecía indicar que no había mucho futuro para el único fruto que la pareja de los Santibáñez Alonso había engendrado. Como siempre, todo mundo estaba equivocado. Un día Camilo conoce cierta academia de artes regiomontana, y es ahí donde diversas personas comienzan a reconocer el potencial que hasta ese momento era invisible para el mundo. De ahí en adelante empiezan las exposiciones mediocres y locales, luego las regionales, luego las estatales & so on. En un año, los A.W. by C. (pseudónimo utilizado para Andy-Wilde’s by Camilo: Andy por Warhol, Wilde por Oscar; siempre pensé que lo que pintaba era influenciado tanto por uno como por el otro; Andy en lo estético, Oscar en el contenido) ya tenían la fuerza como para lograr ser el atractivo principal en exposiciones nacionales. Para esas alturas, nadie que conociera a Camilo sabía en lo que estaba metido. Ni su familia, ni su aquí-se-acaba-la-lista porque no hay a quién más nombrar como conocidos. Y al mismo tiempo cada vez era mayor el desconocimiento que existía entre sus padres y él. No le encantaba la idea, más por su mamá que por su papá; de hecho, no le encantaba la idea sólo por su mamá —su papá ya era simplemente un ente más en este mundo lleno de entes—. Estaba consciente de que su mamá sabía que el camino por el cual su único hijo estaba dando la vuelta no era el que más le fascinaba, de hecho, no le gustaba para nada. Era de esperarse, y sobre todo de una familia con bases tan cotidianas, tradicionales y propias de comportamientos socialmente aceptados. Y es que Camilo hacía todo menos eso: comportamientos socialmente aceptados. Cumple quince años y entra a prepa, pero lo que hiciera en ella era lo último que pasaba por su cabeza. De hecho, todo era lo último que pasaba por la cabeza de Camilo con excepción de sus exposiciones. En una de tantas, resultó ser que J.D. Harrison, el reconocido crítico de arte y favorito de la casa inglesa de subastas Christie’s, pisó, por cosas de la vida, la impisable ciudad de Monterrey; algún retraso en el vuelo, un error logístico, una tormenta eléctrica, una escala muy prolongada o alguna razón fuera de lo normal provocó que dicho personaje tocara tierras regias. No se sabe cuáles hayan sido las razones reales, el caso es que llegó y, para no aburrirse de por vida encerrado en su cuarto o verse en la necesidad de rentar pornografía, se contactó con un viejo amigo que había conocido años atrás en París, en una de las subastas de la casa Drouot. Y terminaron conociéndose porque ambos —el viejo amigo y él— morían por un cuadro de Robert Delaunay y pelearon por él hasta el punto en que fue otro quien al fin se lo llevó en una compra anónima. Los dos, después de haber incrementado la suma a cantidades estúpidas con tal de ganar, se dieron cuenta de lo que una obsesión podía llegar a cegar a alguien y terminaron burlándose de ellos mismos y de cómo habían terminado. Al sentir la empatía de su rival, Jorge Betancourt se acercó, se presentó e invitó a Harrison a echar una copa de vino después de tal escena. Así se conocieron y así nació esto. Ahora que Harrison estaba en la ciudad de su antes rival, recordaba que le había jurado hablarle cualquier día que llegara a pisar su país. En esta ocasión no era simplemente México, sino su ciudad de residencia (pero no nos desviemos que, a decir verdad, sabemos perfectamente que se nos puede ir la vida plantando semillas de girasol o contando la romántica vida rosa de nuestro querido Harrison, cosa que en estos momentos está dentro de la lista de las quinientas noventa y ocho mil cuatrocientas cincuenta y seis cosas que no nos importan en la vida. Así, por todo este laberinto de información del todo intrascendente para intereses futuros, Harrison llamó a Betancourt y el primero terminó acompañando al último a una exposición de arte alterno; por fin, ahí está, de verdad pensé que esa parte que a nadie le interesa nunca iba a terminar). Desde ahorita te digo que no tengo idea de a dónde te estoy llevando: a mí sólo me invitaron y yo, como buen boy scout dispuesto a explorar, me di permiso de venir. No te asustes, mi Gerry, de todo se puede encontrar en este giro, le dijo Jorge a su acompañante. Hey, relax, you know my way. What’s the fun in it if you don’t explore? I mean, it’s art, for Christ’s sake, it has to be hard to find, it has to be underground to be something new, You’re right, Yeah, I know. Y llegaron al callejón que en estos momentos no se cuenta con el dato de cómo se llamaba y entraron a la galería. En el fondo está Camilo (por fin regresé a escena; Ego ya estaba histérico porque dice que no es posible que mi papel de protagonista se diluya en mi propia biografía), admirando sus obras. A ese punto llegó: a no ser capaz de admirar nada que no fuera su propio mundo, un mundo que estaba formado únicamente por sus cuadros. Y mientras el mismo A.W. by C. admiraba los A.W. by C’s se acercan Betancourt y su acompañante y se paran justo frente a Lola. Camilo estaba en el centro, Harrison a su izquierda y Betancourt a su derecha. Parecía que los tres hablaban el mismo idioma sin necesidad de vocalizar una palabra: los tres entendían claramente el concepto de ese lienzo, tenían la capacidad de leer el dolor, el silencio, el abandono y una dosis muy pequeña, casi irreconocible, de llanto. Después de estar en la misma posición por más de diez minutos, Betancourt creyó prudente presentarse, Mucho gusto, Jorge Betancourt. Camilo lo volteó a ver, no se movió durante diez segundos y reaccionó en el onceavo. Después de que lo analizó rápidamente y pensó en que igual y podía sacar algo interesante de esa persona, Camilo Santibáñez, Él es Jerry Harrison, Hi, nice to meet you. Uhm, how do you feel this guy? This A.W. by… what does it say? C.? Who is this guy? Y así empezó su conversación, la que los llevó a que terminaran cenando y hablando de temas de interés común. Ya estaban en la sobremesa y era hora que no sabían que el A.W. by C. que llevaba por nombre Lola, ese que tanto les había fascinado, era nada más y nada menos que de Camilo, el mismo que estaba sentado frente a ellos. Y eso lo hacía feliz. Le encantaba la idea de por fin encontrar personas con las cuales pudiera conversar de temas que a él, en lo particular, le interesaban; le encantaba la idea de escuchar en silencio cómo criticaban sus cuadros y de que, aun ignorando que eran de él, sólo recibiera buenas críticas. But that picture, you know, the dark one, Lola, I think there’s an exquisite touch of pain in it, Sí, yo encontré algo parecido: algo así como si al verlo tú también te sintieras solo y perdido. Lo que aún no entiendo es por qué su nombre; me imagino que alguna razón debe tener el artista. ¿Tú qué opinas, Camilo?, ¿Lola? Me parece normal. Creo que existen pinturas más fascinantes, Eso lo sabemos. No decimos que sea la última obra del siglo (y cuando Jorge dijo eso, tengo que aceptar que sentí algo en el pecho, no sé cómo nombrarlo pero, definitivamente, no me gustó), pero yo sí creo que quien lo pintó cuenta con el potencial suficiente como para no quedarse aquí, pintando con cubetas de Comex las bancas de la Macro por veinte pesos al día. Eso sería una verdadera lástima. De hecho, estoy pensando en algo. Voy a proponerle a Romo que me contacte con él y le voy a decir que me muestre más de sus obras. Si ese Lola no fue sólo un golpe de suerte, lo podría recomendar para buenas exposiciones. I don’t know, there’s always room for novices in R.H. Love Galleries, don’t you think, Gerry?, Which one? The one in Chicago? Yeah, I think so, ¿Quién es?, ¿lo conoces?, ¿A quién?, A A.W. by C., La verdad es que no suelo pintar en esa galería, no conozco a nadie de los que exponen ahí, Voy a hablar con Romo, sería una gran oportunidad para su alumno, Francamente, dudo mucho que se le pueda considerar como su alumno. No creo que el talento que tanto aplauden ustedes sea aprendido de cátedra de Romo, Sí, yo sé: a Romo le falta mucha madera, pero bueno: con que me contacte con él me basta. Y así quedó. Hacía tiempo que Camilo no tenía tantas ganas de correr como en esa noche. Realmente quería, necesitaba correr. Mucho, veloz y frenéticamente. Lejos, perdido, solo. Así quería estar. Lo hacía sentir muy bien; nunca se sentía tan bien como cuando estaba solo. Pasados los días, Betancourt cumplió su palabra y Romo le hizo una cita con el creador de Lola. Se acordó una cena en La Leche, dos días después, a las diez de la noche. Hola, Camilo. Qué coincidencia toparnos aquí, ¿cómo estás?, Bien, ¿tú?, ¿qué haces aquí?, Hablé con Romo, como te dije, voy a cenar con A.W. by C. Lo estoy esperando, ¿tú con quién vienes? ¿Con tu novia? Se podría decir que sí: la cita que tengo es con mi novia, pensó Camilo. ¿Yo? No, me gusta mucho la comida de aquí, vine solo, Ah, pues excelente. Toma asiento un rato, mínimo mientras llega mi acompañante, o mejor, cena con nosotros, estoy seguro de que te gustará la plática, Gracias. No llegó. A.W. no llegó nunca. Qué falta de respeto, ¿cómo que dejar plantado a alguien que lo que busca es darle apoyo? Qué decepción —a estas alturas ya eran tres las botellas de shiraz que llevaban entre los dos—, ¿En verdad te sientes decepcionado, Jorge?, Sí, realmente tenía esperanzas en él; tengo una frustración de que lo que más ame sea lo que menos da mi país y por eso me emociona tanto encontrar talento mexicano que creo puede llegar más lejos que simples galerías locales. No he dejado de pensar en su obra; me transmitió algo que ha logrado mantenerse conmigo desde entonces, no sé, muy fuerte, ¿Qué ves en él?, o más bien, ¿qué esperas ver en él el día que lo conozcas?, ¿por qué crees que haya tanto qué descubrir en esta persona?, En eso nunca me he puesto a pensar; alguien peculiar, me imagino, Soy yo, ¿Eres tú qué?, Soy yo. A.W. by C. soy yo: Andy Wilde by Camilo, eso significan esas tres letras. Como te había dicho, esos dos son mis artistas favoritos en lo general, ¿Por qué no lo dijiste desde el principio?, No sé, ¿Cómo que no sabes? He hablado de ti todo el tiempo, ¿y tú no dices nada?, ¿no te doy confianza, no quieres apoyo, no te caigo bien o me quieres ver la cara de pendejo mientras te jactas por dentro de ser un chingón?, Me incomodan los halagos, por eso. Cuando terminaron de cenar, se fueron a casa de Camilo para que Jorge conociera sus otras pinturas. Le fascinaron. Y así se empezaron a exponer las obras de nuestro personaje en el D. F., Monterrey y Guadalajara. ¿Que qué pensaban sus papás al respecto? Nada; como siempre (vete acostumbrado a esto porque créeme que el resto de la historia será así), ellos no sabían absolutamente nada de lo que Camilo estaba haciendo. Había veces en las que ni el mismo Camilo sabía en dónde se estaban exponiendo sus cuadros. Y en una ocasión recibió una llamada mientras estaba en Física. Se salió del salón para contestar, ¿Camilo?, Jorge, Buen día, socio, ¿cómo estas?, Mal, estoy en clase de Física, hazme el puto favor, ¿tú dónde estás?, ¿Yo? Caminando por la Michigan Avenue, en un local que está arriba de Salvatore. Desde aquí se puede ver una Crate & Barrel bastante surtida; de hecho puedo distinguir un sillón que le quedaría perfecto a mi loft de New York. También alcanzo a ver un maniquí del aparador de Zegna que no deja de gritarme, I know YOU want this suit, you have to get it. Buy me! Buy me!, ¿A qué hora te fuiste a Chicago? ¿Qué haces?, ¿Qué hago? A ver, estoy en una exhibición en la R.H. Love Gallery. Estoy frente a un cuadro; no alcanzo a leer muy bien el nombre del autor, pero que está muy chingón, ¿Quién exhibe?, Novatos: ya sabes, ésta es una galería cero rentable, de esas que existen sólo por amor al arte, Cool. Oye, dime, ¿qué ves?, Veo este cuadro que te digo, que por cierto se llama Lola, Pero vaya que soy patético, ¿no le pude haber puesto un nombre más común? Le hubiera puesto Guadalupe e igual y ahí sí me vería original, Sí, socio: a veces eres patético; pero este no es el caso. Sí, Lola es un nombre muy cliché para cualquier obra artística —me imagino que por las fantasías que Nabokov sembró en cada mente que lo leyó, no sé—; sin embargo, por algo es un cliché y eso es porque al final de cuentas es bueno. El título, digo yo. Total, el caso es que no estoy frente a otro Lola que no sea el mismo que tú creaste. Estoy frente a tu Lola, Camilo. Felicidades, I don’t get it, Sí: hay tres cuadros tuyos exhibiéndose aquí. Te lo dije, sabía que iba a conseguir algo bueno para ti, Jorge, no me vayas a salir con una mamada, que con esto no se juega, Me ofende tu falta de autoestima, pero no importa. ¿Dónde dices que estás?, En el colegio, ¿Dónde exactamente?, Afuera del edificio, en los ventanales que dan al estacionamiento principal, ¿Ves una camioneta negra con placas del D.F. parada por ahí?, ¿Una Cayenne?, Sí, Sí, la veo, Súbete, ¿A dónde?, A la pinche camioneta, cabrón. El avión ya está de regreso en Monterrey. El de la camioneta es Fermín, él te va a llevar al aeropuerto. Te necesito aquí, hay decisiones que no puedo tomar yo solo; Oye, yo no sé qué se pueda o no se pueda vender o whatever, Jorge-, Te veo a las cinco frente a tu Lolita.

Datos curiosos (por si alguna vez te topas con una trivia de mi vida, para que seas capaz de contestar todas las preguntas correctamente o también para que nadie te trate de sorprender sacándose un Sabías que… de la manga):

+ Conforme avanzaba el tiempo, la relación con su padre fue cada vez más hostil. Pasaban semanas en las que no se veían; entablar una conversación era pedir un milagro.

+ En una hermosa tarde del otoño del dos mil tres, su padre le gritó en la mesa porque Camilo se sentó a comer descalzo. Esto le provocó tanta rabia que prefirió pararse de la mesa e irse. Su padre le ordenó que regresara y terminara. Él se negó y le dijo, No vuelvo a comer en la misma mesa que tú. Gracias a eso y para descargar el coraje que le dio que le gritaran de esa manera, Camilo se propuso un ayuno de dos semanas. Ayuno total. En el doceavo día, se desmayó y tuvo que ser hospitalizado.

+ El domingo veintitrés de noviembre de ese mismo y desgastante —al menos para sus progenitores— dos mil tres, Camilo amaneció y, sin más preámbulos, salió de su cuarto rumbo al balcón que daba a su jardín. La casa estaba vacía, dado que los desgastados progenitores se fueron a un crucero por Alaska —deducimos que a tratar de curar tanto desgaste—. El clima era fresco, el cielo nublado y la soledad le pesaba cual si llevara un millón de almas en la espalda. En la mano izquierda traía un crucifijo. Sí, uno igual al que tenía Sarah Michelle Gellar en Cruel Intentions, con todo y coca de relleno. El balcón se encontraba en el tercer piso de la casa y su vista era realmente hermosa. Se podía ver toda la ciudad desde ahí, a lo lejos, bulliciosa, pero al mismo tiempo ajena. Era una decisión que había tomado hacía cinco minutos, justo cuando abrió los ojos en su cama y no pensaba cambiar de idea: al levantarse se dirigiría al balcón y subiría la barda de cantera, estando ahí tomaría su crucifijo y una buena cantidad de polvo blanco de su interior para llevarlo directo a su nariz. Terminado eso, saltaría. Y así lo hizo. Cayó, destinado a morir, sobre el mármol de la terraza que estaba abajo. No sintió la caída; estaba demasiado high como para sentirla. Su cabeza sangró, se quebró el pie izquierdo y quedó muy dañado del oído derecho. Fuera de eso, no le pasó nada. Eso sucedió el domingo a las doce del mediodía. Permaneció ahí, en la misma posición —no por dolor, sino por huelga contra su fracasado intento de suicidio— hasta el día siguiente que llegaron las sirvientas y los mozos para, contra su voluntad, mandarlo al hospital. Ya estaban acostumbrados a los arranques de Camilo.

+ A sus catorce años ya contaba con un expediente de veintiséis psiquiatras y psicoanalistas distintos; su récord máximo de duración fue de tres meses.

+ En el dos mil dos, cuando Camilo tenía quince años, su mamá sufrió un ataque al corazón. Sufría de nervios y cualquier emoción fuerte le podía causar impactos desfavorables. El ataque pasó después de que la mamá entrara al baño de Camilo y viera la tina llena de leche de arroz manchada de sangre con su hijo dentro, cuchillo en mano derecha y cortes profundos en muñeca izquierda. Su hijo llevaba horas ahí, por eso se tomó la libertad de entrar sin haber recibido contestación alguna cuando le tocó la puerta. Fue tal el impacto que la imagen le causó que en ese momento sufrió un shock y le dio un ataque. Los dos fueron hospitalizados de inmediato. ¿Qué chingados te pasa por la cabeza? Si lo que buscabas era matarte, no me vengas con la mamada de que cortándote las venas lo ibas a lograr. Por si no lo sabes, desangrarse es la forma más estúpida de suicidio, aparte de que ni hiciste las cortadas de la manera correcta: se deben hacer verticalmente, sólo para que lo sepas a la próxima y nos ahorres esto. ¿Qué ni eso puedes hacer bien? Eso y más le dijo su padre mientras Camilo estaba en la cama del cuarto cuatrocientos doce del Hospital Santa Engracia. Y mientras él decía eso, Camilo se reía. Más estúpido es él al pensar que lo que intentaba hacer era suicidarse. Moría de ganas de callarlo y decirle, Autoflagelación, papi: te la presento. En ese momento no buscaba matarme, sino tener una terapia de relajación. Por eso lo hice en mi tina, con mi leche de arroz y mi iPod en los oídos. Pero no importa, piensa lo que quieras, que yo disfruté mucho de mi terapia y no la voy a dejar de hacer sólo porque ustedes no la puedan entender. Todo eso pensó, pero decírselo a su padre era más cansado que lidiar con todos los procedimientos que tenía que hacer en el hospital para que lo dejaran salir de una vez por todas. Por eso, precisamente, prefirió quedarse callado, dibujar una sonrisa en su cara y admirar el paisaje que la ventana de su cuarto le brindaba.

Roberto

Y te digo que me levanté en la cama de la suite dos cero dos del Quinta Real, la cual apestaba a una mezcla de Moët con traición y una pizca de remordimiento, con una cruda espantosa y sin saber ni cómo ni cuándo mi cabeza decidió meterme en tan gran pinche problema. La cruda, como digo, era horrible, pero más la moral que la física. Duré diez minutos pasmado, tratando de entender el cuadro. En primera, estaba desnudo. En segunda, las otras cuatro niñas también. Había cantidades estúpidas de botellas de champagne regadas por la habitación. La televisión estaba encendida sintonizando Sony, That 70’s Show. Nadie había despertado todavía. En la mesa del comedor había restos de un platillo de salmón, un pedazo de atún sellado, un tazón a medio llenar de All Bran con leche y una caja del Red Spot con sobras de pizza de peperoni. El cuarto era un asco. Pensé en tomar mis cosas —¿cuáles eran mis cosas?— y desaparecerme de ahí. Eso era lo más inteligente que pude haber hecho, pero al pensar en si había traído o no mi coche, en si había pagado con mi tarjeta y ésta estaba secuestrada en la recepción o simplemente en lo mal que me vería al dejar a las niñas ahí, me arrepentí. De todas formas, aun si hubiera querido largarme, no lo hubiera podido hacer porque, justo cuando pensaba en eso, una de ellas se despertó, eliminando —ahora sí— toda posibilidad de huir de la escena del crimen. Hola Robbie, ¿cómo amaneciste?, Hola extraña, ¿quién chingados eres?, pensé en contestarle. Bien, ¿tú?, Pues cruda, ¿cómo más? Cruda: odio esa palabra y más si emana de la boca de una mujer. Su vulgaridad me hizo sentir contaminado y sucio; me moría por largarme de ese cuarto con olor a naco. Poco a poco se fueron levantando las demás y todo parecía indicar que no había sentimientos de culpa en ninguna. En ninguna: ni en Renata, mi cuñada. Cuando se levantó Renata lo primero que hizo fue verme a los ojos y reírse, Hola baby, ¿todo bien?, ¿Cómo madres va a estar todo bien si me acosté contigo, la hermana de la niña

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos