Oaxaca de mis amores

Guadalupe Loaeza

Fragmento

Una batalla entre caballeros

Una batalla entre caballeros

El 30 de abril de 2006, Fidel Herrera Beltrán, gobernador de Veracruz, presidió los festejos del 142 aniversario de la batalla de Camarón. En compañía del embajador de Francia, Richard Duqué, y de autoridades civiles y militares, el Ejecutivo Estatal depositó ofrendas florales en los mausoleos de los combatientes franceses y mexicanos de la batalla de 1863, cuando Francia intervino en México.

En esta ceremonia se recordó la fecha simbólica en la que un batallón de la legión extranjera francesa llevó a cabo una de las acciones más heroicas de su historia, cuando dos compañías del primer regimiento de la legión destacado en México, compuestas por poco más de sesenta hombres, confrontaron un ataque de dos mil soldados del Ejército mexicano.

¿Cuáles fueron los acontecimientos que desencadenaron dicha batalla? Recordemos los antecedentes: el 17 de julio de 1861, el presidente Benito Juárez, líder del Partido Liberal, decretó una moratoria en los pagos de la deuda externa mexicana. Las razones de esta medida eran consecuencia de la cruenta Guerra de Reforma entre 1857 y 1860, y que concluyó con la derrota de los conservadores. Aquellos recursos eran necesarios para la reconstrucción del país. Sin embargo, en octubre de ese año tres potencias acreedoras, Gran Bretaña, Francia y España, protestaron contra la medida tomada por Juárez. El emperador francés Napoleón III se comprometió con los monárquicos mexicanos, residentes en Europa, en el proyecto de instaurar una monarquía en México. Soñaba con construir un imperio latino que sirviera de muro de contención a la expansiva república de Estados Unidos, por lo que la suspensión de pagos le venía como anillo al dedo para intervenir y crear en México una monarquía al frente de la cual estaría un príncipe católico europeo. Napoleón III convocó a España y Gran Bretaña para llegar a un acuerdo. Se reunieron en Londres para asumir una posición conjunta con respecto a la decisión del gobierno mexicano. Los tres países firmaron una alianza y organizaron una expedición armada a México para obtener el pago de la deuda por la fuerza, sin intervenir en la política interna.

A fines de diciembre de 1861, las primeras fuerzas europeas llegaron a Veracruz. Se trataba de un contingente español al mando del general Juan Prim. En enero, arribaron los franceses y británicos, al mando de Dubois de Saligny y sir Charles Wyke, respectivamente. Juárez ordenó no oponer resistencia para evitar el estallido de una guerra y propuso negociaciones para buscar una salida a tan compleja coyuntura y consiguió, mediante los Tratados de la Soledad, que se retiraran los ejércitos inglés y español. Pero el francés, no. Francia se quedó sola, pero resuelta a imponer una monarquía en México. Contaba con un numeroso ejército expedicionario, del cual el general Charles Ferdinand de Lorencez, como comandante en jefe de las fuerzas francesas en México, declaró: “Somos tan superiores a los mexicanos por la raza, la organización, la disciplina, la moral y la elevación de los sentimientos que a la cabeza de seis mil soldados ya soy el amo de México”.

El general galo cometió un gravísimo error de apreciación. En la mañana del 5 de mayo de 1862, el mejor ejército del mundo fue derrotado en Puebla. El humillado Lorencez tuvo que solicitar refuerzos y más armamento a París. Entre las nuevas tropas que llegaron de Francia a Veracruz se encontraban tres batallones de la legión extranjera al mando del coronel Jeanningros, quien había participado en la batalla de Moulay-Ishmael en Argelia. Los mexicanos disponían de un ejército de veinte mil hombres en el norte, al mando del presidente Juárez, y otros veinte mil en el sur, comandados por Porfirio Díaz. Estas tropas ejecutaban constantes ataques a la línea de comunicaciones francesa entre Veracruz y las afueras de Puebla, por lo cual la legión tenía como misión asegurar la circulación y la seguridad del envío de provisiones y municiones.

Un convoy compuesto por sesenta y cuatro carretas que llevaban varios cañones destinados a demoler las defensas de Puebla, además del oro para pagar a los soldados, debía partir desde Veracruz. El coronel Jeanningros ordenó que la tercera compañía del regimiento extranjero fuese a la vanguardia con el capitán D’Anjou al mando. La inteligencia mexicana era buena y pronto tomaron conocimiento de la existencia de este convoy. Se desató una batalla feroz entre las tropas mexicanas y la legión extranjera francesa. De hecho, el 30 de abril de 1863, miembros del Ejército mexicano derrotaron a los legionarios franceses. Sobrevivieron unos cuantos, entre ellos un oficial francés. Imaginamos la carta escrita por uno de ellos a su hermano en Francia.

Veracruz, 12 de agosto de 1863

Querido Ferdinand

Te escribo después de haber salido de un caos, de las tinieblas del delirio y de la inconsciencia. Nunca podrás imaginar lo que he pasado. He vuelto a nacer. Apenas puedo detener la pluma para escribir estas líneas. Si no fuera por los cuidados que he recibido por iniciativa del capitán Talavera del Ejército mexicano, después de la derrota que sufrimos, ya estaría yo en el Valle de Josafat en espera del juicio divino.

Como recordarás, te anuncié en mi última misiva que Napoleón ordenó que se enviaran refuerzos militares para la conquista y regeneración de este país. Tuvieron que recurrir a la legión extranjera y por eso me encuentro aquí. Nuestra ayuda, en un principio, fue bienvenida, pues las tropas de infantería francesa habían sufrido muchas bajas. Después, como esperábamos, los franceses tomaron mucha distancia y si había algún trabajo sucio se lo confiaban a la legión. Nos mandaron a la zona más insalubre, la zona tropical de Veracruz, en donde reina la malaria. Un verdadero infierno. El calor es insoportable y los insectos son peores que un tigre al ataque. Para colmo de males, nos asignaron tareas menores como resguardar convoyes. Yo trataba de remontar la moral a todos esos pobres muchachos aislados de su hogar y que se sentían rechazados por la gente a la que venían a ayudar. A consecuencia de este rechazo, nos unimos mucho más y se creó un extraordinario esprit de corps entre nosotros. Los legionarios, como sabes, hemos servido a Francia desde hace muchos años, pero legio patria nostra, la legión es nuestra patria. Ya está probado que la legión es igual a cualquier cuerpo de infantería, pero déjame decirte que aquí, en México, probamos ser el mejor del mundo. Te cuento.

Para apoyar al general Forey, que se encontraba en Puebla el 15 de abril, los franceses mandaron desde Veracruz un convoy compuesto por sesenta y cuatro carretas con varios cañones, municiones, provisiones y cofres cargados de oro. Como la seguridad de este convoy era de particular preocupación para los franceses, nuestro comandante en jefe, el coronel Jeanningros, recibió órdenes el 29 de abril en su cuartel general en Chiquihuite (no trates de pronunciarlo) de escoltar el convoy mientras recorriera el área bajo su responsabilidad. El coronel decidió que la tercera compañía del primer regimiento debía llevar a cabo esa tarea. Pero la mayoría de los oficiales se encontraban enfermos. Tres oficiales nos ofrecimos como voluntarios: Napoleón Villain, D’Anjou y yo. Permíteme decirte que D’Anjou era un tipo formidable. Se distinguió en Argelia, Italia y Crimea. Ahí perdió una mano y la reemplazó por una de madera. Nuestra compañía sólo contaba con sesenta y dos hombres. D’Anjou propuso que saliera una avanzada y el 30 de abril nos integramos al convoy.

Habíamos caminado unos veinte kilómetros, cuando nos detuvimos para tomar la ración del desayuno, a un kilómetro y medio de la aldea de Camarón, o como decimos los que no hablamos español, Cameron, en donde estaba la Hacienda de la Trinidad, una pequeña vivienda. De pronto, vimos que un contingente de caballería mexicana se acercaba hacia el lugar. D’Anjou dio la orden de preparar los rifles. Nos colocamos estratégicamente y al grito de “¡Viva el emperador!”, abrimos fuego. Justo es decir que causamos algunas pérdidas del lado mexicano. Pero cuando D’Anjou ordenó una retirada hacia el único lugar donde podríamos resistir, o sea, la Hacienda de Camarón, se desató el infierno. Tiroteos por todos lados. La mayoría logró llegar al patio de la destartalada propiedad, con muros exteriores de tres metros de altura pero, a costa de perder las mulas con las municiones y las raciones. Se fueron dejándonos sin agua y comida. Varios compañeros cayeron muertos o heridos y otros fueron tomados prisioneros.

Aunque resguardados, estábamos en una posición muy complicada. Éramos unos cuarenta y sólo contábamos con sesenta balas por hombre. Nos dimos cuenta de que los mexicanos eran más de mil. No temíamos por nuestras vidas, sino porque nos abandonara el valor para soportar los ataques. Nos atacaron desde las alturas. ¿Qué podíamos hacer? Sin embargo, matamos a muchos de ellos, porque hay que reconocer que de cada doce balas que disparábamos una la poníamos en el blanco. Los legionarios somos muy buenos tiradores. Pero una lluvia de balas pasó silbando por encima de nosotros. A cada momento se desplomaban mis compañeros. D’Anjou no podía hacer nada para neutralizar al enemigo, pero no le faltó valor para seguir la defensa. De pronto, los mexicanos dejaron de disparar sobre aquel espacio cubierto de muertos y heridos. Un mexicano, el Coronel Milán, se presentó para exigir nuestra capitulación. D’Anjou contestó con un rotundo ¡no! Y agregó: “¡Aún tenemos cartuchos y no nos rendiremos!” Levantando su mano de madera juró defenderse hasta la muerte.

Aproximadamente a las 11 horas, vi como D’Anjou se llevó las manos a una de sus piernas, luego vi cuando una bala le pegó en el corazón y la mano de madera voló por los aires. No sabes la tristeza de perder a un hombre cuyo valor siempre será mi ejemplo. Villain asumió el mando, pero pronto cayó muerto. Sólo yo quedaba a la cabeza de unos cuantos valientes.

Cerca de mediodía escuchamos unos clarines, los zuavos ubicados en los techos nos avisaron que se trataba de refuerzos del ejército francés. Pero eran refuerzos mexicanos, tres batallones de infantería: el Guardia Nacional de Veracruz, el de Jalapa y el de Córdoba. Me invadió el horror y la compasión hacia mí mismo al verme rodeado de cadáveres. Comprendí que todo estaba perdido. Estábamos sedientos, hambrientos, adoloridos, heridos, bajo los rayos de un sol implacable. Una vez más, Milán nos propuso la rendición garantizándonos la vida. Una vez más rehusamos rendirnos. Nuestros enemigos emprendieron un asalto frontal, pero nuestros certeros disparos e implacable disciplina los contuvieron un buen rato. Los mexicanos, aunque aguerridos, son desordenados e insubordinados. Hacia las seis de la tarde sólo quedábamos doce legionarios dispuestos a morir. Una hora más tarde, sólo éramos cinco. Disparamos nuestra última andanada de balas y preparamos nuestras bayonetas para morir con honor. Dos más cayeron muertos. Wensel, un polaco; Berg, un alemán, y yo retrocedimos hasta ponernos frente a una de las paredes de la hacienda, presentando nuestras bayonetas como única y última defensa. Ante este espectáculo, los mexicanos no sabían si acabarnos o perdonarnos la vida. “Ahora supongo que sí se rendirán”, dijo el coronel Ángel Lucio Cambas. Es de lo último que me acuerdo.

Los veracruzanos nos brindaron las mayores consideraciones, son la mar de generosos. Yo, junto con otros legionarios heridos, fui atendido en un hospital en Huatusco. Posteriormente me trajeron a casa de doña Juana Marredo de Gómez, por órdenes del Capitán Talavera. (Curiosamente, esta señora no deja de fumar ni de tocar piano.) ¿Qué te puedo decir? No puedes imaginarte el respeto y la admiración que los mexicanos nos han manifestado por la batalla de Camarón. Nos consideran muy hombres y muy machos, lo cual significa un gran elogio en este país.

El trato que he recibido, la atención y sobre todo la belleza de Adela (yo le digo Adelita), la sobrina de Madame Marredo, me han conquistado a tal grado que tengo toda la intención de establecerme en Veracruz. Creo que alguien debe decir a Maximiliano que si viene aquí no es por voluntad de la nación mexicana. Pero sé que es demasiado tarde y que en unas semanas desembarcará en Veracruz. Sorpresa la que se llevará, porque no todos los mexicanos lo recibirán muy bien, muchos de ellos piensan que Benito Juárez sigue siendo su presidente.

Por lo pronto, regresaré a Francia a recibir la Legión de Honor. Pero Adela me habla mucho de una bella ciudad llamada Tlacotalpan. Pronúnciala despacio, muy despacito, para que se escuche con más musicalidad: Tla-co-tal-pan. Este pueblo está ubicado en la ribera del Papaloapan, que quiere decir “río de las mariposas”. Te fijas qué hermosos nombres. Parece que es un lugar encantador, en medio de la selva. Te extiendo una invitación formal para que regreses conmigo. Podríamos dedicarnos a lo que queramos, aquí todo crece, todo se da y todo florece con un brillo especial. Ya conociendo más a fondo este lugar y a su gente tan simpática, acogedora y gentil, puedo decirte que esto es lo más cercano al paraíso. ¿Será que estoy enamorado de ma belle jarocha? Esta mujer que no deja de peinar su cabello largo y abanicarse como si fuera una reina.

Con todo mi afecto,

Robert

P.D. La mano de madera del capitán D’Anjou fue encontrada en las ruinas de Camarón y ahora es guardada como reliquia. El convoy llegó a Puebla y la toma de esa ciudad se debió en gran parte al uso de los cañones que transportaba.

Carta a la bisabuela

Carta a la bisabuela

Querida bisabuela

Nada me hubiera gustado más que haberte conocido y llevarte el día de hoy un ramo de alcatraces por el día de las madres. En la fotografía que tengo en donde apareces al lado de mi bisabuelo, advierto a una mujer de carácter y de mirada sumamente bondadosa. Llevas un vestido oscuro largo de tafeta, en cuyo jaccard se dibujan algunas flores. Tus hombros están cubiertos con un velo de fino encaje. Tu peinado es como de la época de Eugenia de Montijo, y tus accesorios, tal vez de oro, son una leontina larga que da varias vueltas alrededor de tu cuello y un par de aretes muy discretos. Tus manos, que reposan sobre el respaldo de una silla de estilo imperio, son bellísimas. Sé que pertenecías a una de las familias más ricas de Durango, sé que tu padre, el señor Vargas Flores, era dueño de varias recuas de mulas que transportaban todo tipo de mercancías que venían de Europa. Sé que en tu casa había una vajilla de porcelana preciosa con las iniciales de la familia. Y sé que te casaste con mi bisabuelo, tres días antes de que ejecutaran a Maximiliano. Lo sé, a ciencia cierta, porque don Benito Juárez le escribió una carta con su puño y letra a su amigo, el doctor Juan Antonio Loaeza Caldelas: “A la que en efecto conozco porque fui presentado a ella en el baile, con el que se me obsequió cuando estuve en Durango. Doy a usted las gracias, lo mismo que a su señora por la fina atención que han tenido en participarme su matrimonio, en el que les deseo todo género de felicidades. Ya le escribí a mi familia (que estaba en Nueva York) para participarles de este suceso…”

Hoy, mi querida bisabuela, quiero festejarte con dos muy buenas noticias. En primer lugar, permíteme contarte que el 5 de mayo de 2012 se cumplieron 150 años de la Batalla de Puebla. Para conmemorar una fecha tan importante, el gobernador de ese estado, Rafael Moreno Valle, organizó una serie de festejos verdaderamente espectaculares; desde un espléndido congreso de historiadores de diferentes partes del mundo, que vinieron para hablar con diferentes enfoques respecto a la intervención francesa, hasta una extraordinaria escenificación de la batalla con diez mil soldados uniformados, entre zuavos, juaristas y zacapoaxtlas con la presencia de la caballería. Había cañones de verdad, fusiles que no dejaban de disparar y muchas banderas mexicanas y francesas. Al fondo se escuchaban los himnos tanto de México como de Francia. Por momentos, aparecían humaredas como en una verdadera batalla. En medio de toda esta puesta en escena, estaban el general Zaragoza y el coronel Porfirio Díaz dando órdenes a sus respectivos batallones. Cuando apareció el de Oaxaca, me imaginé a los seis hermanos Loaeza que combatieron bajo las órdenes de Díaz; allí estaban el bisabuelo, su hermano Francisco, general de Brigada; Domingo, coronel de Caballería; Joaquín, teniente coronel; Félix, quien era mayor y hasta imaginé a mi tocayo, al más joven de los hermanos, a Eleazar Florentino Guadalupe Loaeza, no obstante, él pertenecía al grupo llamado “los inmaculados” que guerrearon con sus mentes y que eran los fieles seguidores de Juárez pero que nunca empuñaron un fusil y jamás lo traicionaron. Pero eso sí, cuando la República venció al Imperio estuvieron al lado de Juárez para reconstruir el concepto de Estado-Nación. Todo esto lo imaginé con el corazón en una mano y, en la otra, con la medalla de plata con la efigie de Zaragoza, la cual me fue entregada un día antes en una recepción elegantísima, junto con un reconocimiento, por el presidente de la República, el señor Felipe Calderón.

Ya te podrás imaginar, bisabuela, lo orgullosa que me sentía, como de seguro se hubieran sentido cada uno de los hijos de tu nieto, Enrique, es decir, mi padre. Esa noche, con la medalla pegada a mi camisón, no dormí por la emoción. Mentalmente les daba las gracias a los seis hermanos Loaeza por haber peleado con tanta valentía por la patria. Quiero que le platiques todo esto al bisabuelo. Pero sobre todo, quiero que le cuentes que a su bisnieto, el doctor Manuel Cárdenas Loaeza (hijo de tu nieta Emilia, tu tocaya, y el mejor cardiólogo de México), le entregaron una medalla de oro por sus 55 años de servicio académico en la UNAM.

No sé si conoces esta anécdota, querida bisabuela. Fíjate que un día iban por la calle tu hijo, el doctor Antonio Loaeza, y su sobrino. De pronto se encontraron al militar y político Sóstenes Rocha. Mi abuelo le presentó a su sobrino. “Si es un Loaeza, es raza de valientes”, le dijo. Pero cuentan que el más valiente de todos, sin duda, era Joaquín, jefe de las armas en Tampico. Una noche se encontraba jugando dominó, de repente llegó su asistente y anunció: “En el cuartel están gritando muera Juárez y viva Maximiliano.” En un dos por tres, se levantó Joaquín, se fajó la pistola y exclamó “¡cabo de guardia!”. “¡Muera Juárez!”, gritó al mismo tiempo que mi tío bisabuelo lo tendió de un balazo. “Oficial de guardia”, volvió a decir con su vozarrón, y también éste dijo desde su ronco pecho: “¡Muera Juárez!” Lo mata. En seguida los soldados bajaron los rifles contra él y lo acribillaron. De todos los hermanos Loaeza fue el único que murió en plena guerra.

A Juárez, de una chismosa

A Juárez, de una chismosa

Estimado Licenciado Benito Juárez

Cementerio San Fernando

Con todo respeto me permito escribirle para ponerlo al corriente de una situación que, sin duda, le concierne directamente. No sé si sepa que desde que usted murió —aunque, como dice la canción oaxaqueña, “nunca debió de morir”— el l8 de julio de l872, se ha tomado como costumbre bautizar a muchas calles del país con su nombre. Créame que no hay ciudad, municipio, pueblo o ranchería que no tenga una avenida o calle que no se llame Benito Juárez. Por ejemplo, en la Ciudad de México, la Avenida Juárez que prolonga la Alameda Central y que se encuentra a unas cuadras de la Catedral, es una de las más importantes del Centro Histórico. De hecho, allí está usted, perdón, su escultura en el famosísimo Hemiciclo a Juárez. Su nombre nos es tan institucional e imprescindible para el conocimiento de la historia de los mexicanos, que esta costumbre además de aplaudirla, siempre nos ha parecido justa y necesaria.

Sin embargo, licenciado, no faltan los necios e ignorantes que osan poner en tela de juicio su memoria. Éste es el caso de un triste individuo, que de seguro siempre se sacó cero en historia de México y que se llama Noé Aguilar Tinajero. De allí que se haya desatado en la Cámara de Diputados una discusión sumamente acalorada a propósito de posibles cambios de nombres a las calles de algunos municipios gobernados por el Partido Acción Nacional (el PAN es un partido de oposición de tendencia centro-derecha que existe hace más de cincuenta años y que, beleive it or not, ha gobernado varios estados de la República), ya que dicho personaje se atrevió a afirmar que se debería de quitar el nombre de Benito Juárez a una de las calles porque según él era un “traidor a la patria”.

¿Se da cuenta? ¿Llamar de esa forma al “presidente de la República Universal” como en Italia se refería a usted José Mazzini? Encuentro tan aberrante la torpeza de Aguilar Tinajero que hasta pena ajena me da. Por otro lado, no me sorprende, tenía que venir de un panista cuyo partido, aquí entre nos, suele pecar de un enorme conservadurismo y cerrazón. Ahora que se acercan las elecciones (6 de julio) para elegir, por primera vez, gobernador del Distrito Federal, muchos votantes me han comentado que jamás votarían por el PAN precisamente por su conservadurismo y su “mochismo” (porque son muy clericales). Fíjese, licenciado, muchos de ellos están en contra del condón (le escribiré otra carta explicándole de qué se trata y para qué sirve); no toleran que las mujeres usemos minifaldas (no se asuste licenciado, pero ahora las faldas se usan mucho más arriba de la rodilla. Si supiera qué bien nos vemos…); odian el “Wonderbra” (éste es un sostén muy práctico ya que levanta todo, incluyendo la imaginación…), y se oponen al aborto (antes de que frunza el ceño, permítame decirle que éste es otro asunto que, por su complejidad, me gustaría comentarle en otra oportunidad). Sin embargo, debo decirle que hubo algunos de este partido que por fortuna reaccionaron en contra de Aguilar Tinajero. Por ejemplo, Eugenio Ortiz Walls lo reconoció a usted como “un mexicano de excepción y prócer de la República.” Asimismo, Gonzalo Altamirano, líder del PAN en el D.F., desaprobó a Aguilar Tinajero y el cambio de nombres de las calles. Como para deslindarse, sugirió “guardar prudencia”. Más tarde, su partido mandó un comunicado y subrayó que todo debate y esclarecimiento sobre las figuras históricas debe darse sobre bases objetivas para “coadyuvar al fortalecimiento de la identidad de México como pueblo.”

Los que están fu-ri-bun-dos por lo que dijo el dirigente panista, son los priistas (el Partido Revolucionario Institucional [PRI] lleva en el poder más de sesenta años y ya no lo aguantamos. Si usted supiera de todo lo que son capaces los del PRI, se lo juro que no me lo creería. Otro día, prometo escribirle una carta larga, larga, en donde le contaré hasta dónde han llevado el país). Pues bien, el priista José Antonio Hernández Fraguas dijo en la tribuna de la Cámara que las acciones y declaraciones de los panistas tienen el claro propósito de “trastocar la identidad nacional.” Asimismo, Carmelo Soto, también del PRI, llamó al PAN, partido del campanario y de la reacción y los calificó de narcisistas por querer poner sus nombres a las calles (el alcalde Alfredo Reyes Velázquez cambió en Aguascalientes el nombre de la calle de Juárez por el suyo), a lo que el panista Eugenio Ortiz Walls contestó furioso: “No me vengan de patriotas liberales, son gente (los priistas) que en realidad sirven a lo peor de las reacciones y de los peores grupos conservadores del país. Y lo malo es que han hecho su dinero de robar, de engañar al pueblo, asesinos hasta de sus propios compañeros como en el caso Colosio.” (Luis Donaldo Colosio, ex candidato a la Presidencia por el PRI, fue asesinado y hasta la fecha no se sabe quién es el verdadero culpable.)

Y bueno, para no hacerle el cuento largo, Licenciado Juárez, fíjese que desde la tribuna, ¿qué creé?, que comenzaron a decirse cosas horribles: que si tenían madre y que si no la tenían y que sí, que sí tenían y que tenían mucha, mucha madre (¿Habrá existido esta expresión en su tiempo? Me imagino que sí. De lo contrario, créame que sería demasiado largo explicárselo. Además por el respeto que se merece, no me atrevería). Lo curioso de todo es que entre estos diputados ya se había firmado un acuerdo dizque de “paz”, con relación al cambio de los nombres de las calles. “No se vale, nos hicieron firmar el acuerdo y ahora se echan para atrás”, decía muy exaltado desde su curul el panista Ricardo García Cervantes.

Unos días antes, el presidente del PRI que se llama Humberto Roque Villanueva (el más mal educado de todos los priistas. Nunca se imaginaría todos los ademanes que sabe hacer), dijo en una entrevista: “Entendemos por qué les molesta el origen humilde de Juárez a quienes nacieron (los panistas) en élites perfumadas; les molesta el origen indígena de Juárez a quienes (sic) no quieren cruzarse con los indígenas en su camino.”

¿Se da cuenta de todo el relajo (confusión, desorden, desconcierto, lío, revoltijo, embrollo, olla de grillos) que se ha provocado? ¡Qué barbaridad, se me olvidaba decirle! ¿Con qué nombre cree que muchos diputados y dirigentes del PAN en el Estado de México quieren sustituir la calle de Juárez? Estoy segura de que si se lo digo, se va a ir de espaldas. Con el nombre de Porfirio Díaz, ¿se da cuenta? Por otro lado, debo reconocer que yo sí estaría de acuerdo en que se cambiara el nombre de la Avenida Hank González (un priista súper, súper, súper, súper corrupto) por el de Manuel Gómez Morín (gran mexicano y fundador del PAN); pero de allí a cambiarlo por el de Agustín de Iturbide, me opongo mil por ciento. Estoy segura de que Noé Aguilar Tinajero quiere cambiar el nombre de la Avenida Juárez por el de Maximiliano.

Por último, licenciado Benito Juárez, le diré que el PRI ha convocado a los indígenas del país y al pueblo “juarista” a iniciar una campaña para “defender los valores y símbolos patrios”, igualmente llamó a los demás partidos a “clarificar sus ideas y a guardar mesura respecto a los valores y símbolos nacionales.” Asimismo quiero reiterarle (ya se habrá dado cuenta) que su “servilleta” (servidora) es sumamente “juarista” (como lo era mi papá), a tal grado que en una de las paredes de mi comedor tengo una pintura de usted (preciosa), donde aparece con una expresión de hombre inteligente y muy sensible a la vez. No hay duda de que “el respeto al derecho de llamarse las calles Benito Juárez es la paz”.

Con todo respeto y absoluta admiración.

Suya: Guadalupe

P.D. Por cierto, nunca apareció su retrato pintado a óleo en 1948 por Diego Rivera y que se encontraba en uno de los salones más importantes de Los Pinos. ¿Quién de todos los priistas se lo robó? A saber…

Juárez y su familia

Juárez y su familia

Querido don Benito

Con todo respeto me dirijo a usted para comunicarle puras buenas noticias que tienen que ver con su familia. Una familia, oiga usted, obsesionada por mantener vivo su recuerdo, pero sobre todo su enorme legado a los mexicanos. ¿Por dónde empezar? Tal vez por decirle que desde hace aproximadamente seis meses he tenido el privilegio de estar en contacto directo con algunos de sus tataranietos y choznos, Obregón Santacilia. Además de ser personas de bien, son “gente bien”, todos ellos son “bien nacidos”, educados, cultos, sensibles, inteligentes y con un corazón totalmente juarista. Gracias a ellos, don Benito, lo he redescubierto ya no tanto como nuestro Benemérito sino como un hombre de carne y hueso. No hubo reunión de trabajo, en las oficinas del historiador Enrique Márquez para afinar los preparativos de la presentación oficial de la Fundación de la Familia de Benito Juárez García en Palacio Nacional, en que no termináramos por habla

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