Medianoche en México

Alfredo Corchado

Fragmento

Medianoche en México

Introducción

Antes de que yo escribiera las primeras palabras de este libro, John D. Feeley, un veterano diplomático estadounidense orgulloso de sus profundas raíces irlandesas e italianas y que tiene un gran amor por México, me preguntó de qué se iba a tratar. Yo me arranqué con la lista de temas que esperaba cubrir, desde la inmigración a Estados Unidos hasta la actual violencia y corrupción de un país que antes creía conocer, hasta el papel que Estados Unidos juega en el destino de México.

Feeley sonrió. Vas a hacer un mole, dijo, refiriéndose al sinnúmero de ingredientes y variedades de este platillo tradicional, que puede llevar desde almendras hasta chocolate hasta pipián, todo mezclado para crear un sabor único de México. Yo le dije a John que no tenía ni idea de cómo hacer mole, pero que iba a vaciar toda mi alma en estas páginas.

—Estupendo —dijo—. Las historias ayudan a sanar, a ti y a los demás.

Medianoche en México es un intento por investigar las complejas cuestiones que enfrentan a mi país. Estos retos me marcaron, primero como niño y luego como reportero. Éste no pretende ser un estudio exhaustivo o histórico de la que tal vez pueda considerarse la época de mayor transformación en México desde la Revolución de 1910. Pero en el medio siglo que tengo de vivir en territorio mexicano y estadounidense he tenido un asiento de primera fila para ver grandes cambios. Este libro ofrece un vistazo a algunos momentos en que el pueblo de México ha estado entre la esperanza y el miedo.

En mi carrera de periodista he sido muy afortunado. Cuando mi base de operaciones era Estados Unidos, reportaba lo más que podía de México. Pero en 1994 me vine a vivir y trabajar a la Ciudad de México de manera permanente. Desde entonces, cinco presidentes —Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto— han gobernado el país. Los he conocido a todos, a unos mejor que a otros. Tres hitos marcaron la época y definieron mi trabajo: el Tratado de Libre Comercio en 1994, las elecciones del 2000 que dieron paso al primer cambio de poder en siete décadas, y la actual batalla contra los cárteles y la cultura de violencia que han engendrado. Esperanza y miedo. Miedo y esperanza.

Para cuando este libro se publique, alrededor de 100 000 personas habrán muerto o desaparecido desde que el presidente Calderón declaró la guerra a los cárteles. Al iniciar su sexenio en 2006, el nuevo presidente prometió que México, cada vez más violento, sería al fin un país de leyes. La situación era grave. Menos de 20% de los detenidos por cargos de narcotráfico eran condenados. La policía estaba mal pagada y mal entrenada, y tenía que recurrir a sobornos para poner comida en la mesa. La desigualdad dañaba el futuro del país y dejaba a demasiada gente viviendo con demasiado poco. Las bajas tasas de recaudación fiscal de México dejaban fondos limitados para infraestructura y programas sociales. El sistema educativo estaba en manos de un sindicato corrupto. Había millones de hombres y mujeres jóvenes listos para ser reclutados por narcotraficantes.

Medianoche en México se basa en mi trabajo de reportero de 1986 al presente, empezando con el ahora extinto El Paso Herald-Post; aún culpo al Herald-Post de haberme infectado con la enfermedad incurable del periodismo. También he recurrido a los reportajes que hice fuera de México —a menudo en mis vacaciones— para el Wall Street Journal. La mayor parte del trabajo representa los 19 años en que tenido el honor de reportar para los lectores del Dallas Morning News. En 1994 el diario me contrató para trabajar de lo que llamaron corresponsal extranjero. A la fecha, aún me parece un sueño hecho realidad. Pero el término “corresponsal extranjero” es un poco engañoso. Para mí, México nunca ha sido el extranjero. México siempre ha sido algo personal; no necesariamente una historia de dos países sino de un pueblo.

Yo soy hijo de México. Provengo de una familia mexicana típicamente numerosa: soy el mayor de nueve hermanos. La tradición de mi pueblo, San Luis de Cordero, Durango, dictaba que nuestros antepasados enterraran el ombligo de los recién nacidos para recordarnos —sobre todo a aquellos destinados a partir— el lugar de nuestros primeros amaneceres y atardeceres: por lejos que viajara, nunca lo olvidé. Más de la mitad de esa población de 2 000 habitantes trabajó en Estados Unidos en algún momento —entre ellos, mi padre, un bracero, parte de una generación de trabajadores temporales invitados cuyo sudor transformó lentamente el rostro de Estados Unidos—.

Yo llegué a Estados Unidos en 1966, dando gritos y sombrerazos, y les juré a mis padres —Juan Pablo y Herlinda— que algún día regresaría a México y les probaría lo mucho que se equivocaban sobre la promesa de Estados Unidos. Estaba repitiendo las palabras de mi tío Delfino, quien se negaba a irse para el norte. Él nos recordaba que la maldición de México no ha sido la historia, sino la traición. Mis padres me demostraron lo equivocado que estaba yo en desconfiar de Estados Unidos, al darnos la posibilidad de reinventarnos en una nueva tierra.

En el valle de San Joaquín en California, mi padre manejaba un tractor y mi madre andaba encorvada con un azadón corto desyerbando campos de betabel y lechuga. Mis hermanos y yo trabajamos con ella, pizcando todas las cosechas imaginables para ayudar a alimentar a Estados Unidos. Crecimos apretujados en un remolque en medio de campos de melones. Tiempo después, mis padres llevaron nuestros sueños a El Paso, una ciudad en la frontera de Estados Unidos y México, del otro lado de Ciudad Juárez.

La emoción de ese lugar fue un catalizador para un aspirante a periodista, la profesión que allanó mi camino a casa. Desde el pequeño restaurante de mis padres, Freddy’s Café, a tres cuadras del puente internacional, empecé a tramar mi regreso a México. Como estudiante del El Paso Community College, seguido por la Universidad de Texas en El Paso, y luego como reportero del Herald-Post, cruzaba la frontera de ida y vuelta, y temblaba de emoción al ver lo que, a lo largo de los años 1980, parecía una revolución popular sucediendo a escasos metros del territorio estadounidense. Me inspiraban los hombres y las mujeres dispuestos a todo con tal de recuperar una nación sitiada por un gobierno de un solo partido, una poderosa oligarquía y monopolios inamovibles.

Incluso cuando me fui al norte de Estados Unidos para avanzar con mi carrera, México se mantuvo cerca. En Filadelfia, donde trabajaba en la oficina regional del Wall Street Journal, pasaba las largas noches de invierno con mis nuevos amigos Ken Trujillo, David Suro y Primitivo Rodríguez. En aquella época pensábamos que éramos los únicos cuatro mexicanos en la zona centro de la ciudad, donde hablábamos de las mismas ideas de grandeza de lo que podría ser México, mientras saboreábamos nuestros tequilas. Nos daba nostalgia pensar en nuestros “paisanos” en casa, en su aguante, sus saludos diarios de “Buenos días”, “Buenas tardes”, “Buen provecho”; el aroma inolvidable de una mazorca de maíz y los sonidos de Javier Solís.

Así como las esperanzas de México se desplomaron con la nueva devaluación del peso, las mías despegaron con mi nuevo trabajo en el Dallas Morning News en 1994. Por fin estaba en casa. Mamá estaba orgullosa de que su hijo, desertor de high school, finalmente hubiera logrado hacer algo de su vida, aunque ella hubiera preferido que fuera otra cosa —y desde luego en otro lugar—. Le había dado horror pensar en el día en que habrían de llevarme al Aeropuerto Internacional de El Paso, a tomar un avión con destino a mi nuevo hogar, la Ciudad de México. Cuando nos despedimos, me miró con los labios apretados y ojos que decían: “Ya perdí a una. No voy a perder a otro”.

Mi llegada a ese hogar fue agridulce. Me encantaba la fuerza que veía en las calles, la exigencia de un cambio democrático; jóvenes y viejos, hombres y mujeres marchando por las calles de Ciudad Juárez, Guanajuato, San Luis Potosí, Monterrey y, desde luego, la Ciudad de México. Pero ya perdí la cuenta de cuántas veces me he regresado caminando del Zócalo o el Ángel de la Independencia, lleno de esperanza en el futuro de México, sólo para ver cómo el país se va sumiendo más en la oscuridad.

Yo llegué cuando el Partido Revolucionario Institucional —o PRI, como se conocía al régimen— iba en picada, igual que el peso. El partido se había creado en respuesta a la inestabilidad y los asesinatos políticos que siguieron a la Revolución mexicana. Funcionó tan bien que el PRI gobernaba México desde 1929, aplacando cualquier agitación, ya fuera aplastando o cooptando a sus rivales.

No obstante, a 12 años de la devaluación de 1982, el régimen no podía seguir ocultando los gravísimos problemas de la economía, la impunidad en el sistema judicial ni la desigualdad social generalizada. Vi el reloj marcar la medianoche el Año Nuevo de 1994, con la que entonces era mi mejor amiga, Ángela. La ansiedad se sentía en el aire. La Ciudad de México estaba como paralizada, con una quietud espeluznante, al igual que el resto del país.

Yo estaba convencido de que mi cobertura serviría de puente entre las dos naciones. Estados Unidos llevaba mucho tiempo presionando a México para que pusiera la casa en orden, que enfrentara la corrupción, fortaleciera sus endebles instituciones judiciales y frenara la marea de los cárteles. Pocos escucharon. Desde luego que yo no. No era la nota que me tocaba cubrir. Uno de nuestros mejores reporteros cubría el narcotráfico y todos sus males. Pero el periodismo impreso iba a la baja. El equipo de 12, encabezado por Tracey Eaton, nuestro reportero de la nota del narco, se estaba reduciendo. De pronto me vi arrojado a una historia más oscura de México, cuando empecé a reportar sobre los cárteles.

Como muchos en la sociedad mexicana, yo me había convencido de que el país iba por buen camino, pero ahora observábamos impotentes cómo un pequeño y poderoso grupo de hombres muy bien armados, protegidos por funcionarios corruptos, tomaba a la nación de rehén. Las condiciones —pobreza, impunidad, corrupción— estaban tan profundamente arraigadas, que cualquier región que enfrentara la amenaza de los traficantes era devorada por la violencia.

No me quedó de otra más que agarrarme lo mejor que pude. Este libro es un recuento de las historias que encontré y del país sobre el que traté de decir la verdad.

Fue doloroso hacer el trayecto desde mi casa en la Condesa hasta la sede nacional del PRI, el 1º de julio de 2012, día de las elecciones. El cielo estaba gris, amenazaba con más lluvia. El PRI había vuelto y Enrique Peña Nieto, ex gobernador del Estado de México, sería el nuevo presidente. Su rostro juvenil y su copete no daban indicios del pasado. Su enfoque estaba puesto en el futuro, insistía.

Unos días después, lo entrevisté. Le daba curiosidad saber si yo me consideraba mexicano o estadounidense, y también cómo podían ayudar los migrantes en el extranjero a transformar México. Depende de dónde me encuentre, le dije. Yo llegué a Estados Unidos cuando unos cinco millones de mexicanos llamaban a ese país su hogar. Hoy en día se calcula que esa cifra es de 35 millones —más de 10% de la población de Estados Unidos—, y que pronto serán 50 millones.

¿Su familia votó por mí?, me preguntó el presidente electo. Unos sí y unos no, le respondí. Algunos sí lo apoyaron, agregué, pero fue más por su esposa. Se rió; su esposa es Angélica Rivera, una actriz que el público quiere, conocida como la Gaviota por su papel en una telenovela sumamente popular. Peña Nieto juró no decepcionar a mi estado natal, Durango, ni a México. Prometió reducir la violencia, seguir fortaleciendo las instituciones judiciales, mejorar la economía, reformar el trabajo, privatizar segmentos de la industria petrolera y trabajar para mejorar la igualdad.

Me le quedé viendo, asentí con la cabeza y me di cuenta de que en realidad ya no importaba que éste fuera el nuevo y mejorado PRI. México había cambiado. No era sólo una nueva generación sino un nuevo país. Ese cambio, sin embargo, fue puesto a prueba como nunca antes.

En estas páginas espero responder una de las preguntas que me hacen amigos de ambos lados de la frontera, mi padre, mis hermanos y hermanas, pero sobre todo mi madre: ¿por qué rayos habría de escoger el título Medianoche en México, si lo único que hago todo el tiempo es hablar sobre el potencial de México?

Quizá resulte asombroso que un corresponsal veterano, entrenado para ser escéptico, pueda esperar tanto de su asediado país. A mí me ha admirado mi propia ingenuidad. Claro, a veces me enojo y juro que me voy y que nunca más volveré a poner un pie en México. Pero mientras más secretos descubro, más complicada se vuelve esta historia, y más curiosidad me da.

La verdad es que siempre he estado —y sigo estando— enamorado de México. Aun con las lecciones aprendidas, las fallas descubiertas, no he dejado de creer. Este libro, Medianoche en México, trata de la búsqueda de una luz parpadeante en la noche más oscura, y sobre todo de creer en la promesa de un nuevo día.

Medianoche en México

Uno

Quizá la medianoche es más luz de lo que creemos

Y en el delirio de sus horas se gesta el sueño de lo que siempre,

sin intuirlo, pudimos ver.

GEMA SANTAMARÍA

2007

Salí al balcón de mi departamento en un sexto piso en la Condesa y me quedé viendo la fina llovizna que caía en la tarde de verano. En el centro de una glorieta, abajo en la calle, estudiantes de teatro ensayaban sus papeles. Un joven valet que estaciona autos a cambio de propinas, vestido de sudadera gris con capucha y jeans color beige, batallaba para encender un cigarro. En medio, los actores se movían ágilmente alrededor de una fuente azul pálido que, normalmente seca, ahora se estaba llenando de agua de lluvia. A la distancia en alguna parte, el silbato de vapor del camotero atravesó el aire húmedo.

Dentro de mi departamento, los Eagles cantaban en las bocinas, dándome la bienvenida al Hotel California. Mi novia de más de una década, Ángela, y una amiga estaban platicando, tomando un Malbec y un tequila antes de irnos a cenar con unos colegas periodistas. Un florero alto de alcatraces en la mesa en medio de ellas me recordaba los frescos atemporales de Diego Rivera de las mujeres indígenas con los brazos cargados de flores.

Mi celular vibró en el bolsillo de mis jeans.

Titubeé. Seguro iba a ser de trabajo. Pero no quería perderme de algún pitazo. Dejé mi tequila y abrí el teléfono.

Era julio de 2007. La última vez que me sentí a salvo en México.

Reconocí la voz grave del otro lado: una fuente confiable de hacía mucho tiempo, un investigador de Estados Unidos con informantes metidos en algunos de los cárteles de narcotráfico más brutales de México. Agarré pluma y libreta, y me metí a mi recámara. Cerré la puerta. La silueta de los edificios aún se veía por las ventanas. Anochecía.

Dije su nombre clave secreto, bromeando:

—Hola… ¿Qué onda? ¿Qué hay?

Fue al grano:

—¿Dónde estás?

—En México.

—¿Exactamente en dónde?

—En mi departamento. ¿Por qué?

—Planean asesinar a un periodista estadounidense en las próximas 24 horas —dijo—. Salieron tres nombres. Creo que eres tú. Yo me iría de ahí.

—¿Qué? ¿Quiénes son?

—No puedo decirte más porque no sé más. Pero esto puede ser grave: es cosa de los Zetas.

Los Zetas, un grupo paramilitar de México que estaba en la nómina de un poderoso cártel, habían obtenido un control sin precedentes de las principales rutas de drogas a Estados Unidos, aterrorizando la ensangrentada región del noreste mexicano. Torturaban a sus enemigos, los cortaban en pedazos, echaban los cuerpos en barriles de ácido y captaban los horrores en video para mandarlos a las televisoras o subirlos a YouTube. Las matanzas se extendieron rápidamente. Eran terroristas sin fines políticos. Y ahora, al parecer, me estaban persiguiendo a mí.

—¿Quiénes son los otros dos reporteros? —pregunté, sin poder dar crédito.

—Puede ser cualquiera, pero yo apostaría a que eres tú. Sólo escóndete.

What? ¿Dónde? ¿Por qué? —le dije en espanglish, mi idioma natural, mientras anotaba frenéticamente cada palabra que me había dicho.

—Hablemos mañana. Aún no sé suficiente.

—Espérate, espérate… mañana puede ser demasiado tarde.

—Carnal —me regañó—. Ya deja de hacerlos encabronar. Déjalos en paz.

Colgó. Como de costumbre, había sido una llamada muy corta; siempre tenía miedo de que su teléfono pudiera estar intervenido. Mi propio celular casi se me cae de las manos. Los ventanales de piso a techo que me daban una hermosa vista de la Ciudad de México, ahora me hacían sentir expuesto. Volteé a ver la nueva Torre Mayor, de 55 pisos, que resplandecía a la distancia. Abajo, seis calles angostas convergían en la glorieta Popocatépetl. Dos perros callejeros se habían unido a los actores cerca de la fuente y estaban chapoteando en la lluvia. Tuve un fugaz impulso de encerrarme en el clóset más cercano o esconderme en la tina. Pero mis pies no se movían.

¿Alguien me habría traicionado?

Siendo periodista en México, ya había sido amenazado anteriormente en tres ocasiones: una vez, una fuente tuvo que esconderme en la caja de su camioneta después de que recibí una llamada telefónica amenazante; otra vez, un hombre misterioso se me acercó en un bar y me dijo que los Zetas me iban a cortar la cabeza si seguía haciendo preguntas, y Ángela y yo en una ocasión tuvimos motivos para temer que un alto funcionario del gobierno o del ejército, o ambos, nos estaba persiguiendo por un reportaje que hicimos sobre el primer video que mostraba a criminales soltando confesiones para luego ser ejecutados. Cada ocasión me había dejado aterrado.

Pero había algo sobre el plazo definido —24 horas— que se sentía más real, más inminente. El reloj ya había empezado a correr.

Hojeé mi trabajo reciente, un altero de libretas rotuladas “Ciudad Juárez”, “La Línea”, “Nuevo Laredo” y “Zetas” con mis patas de araña, buscando el artículo que pudiera haberlos hecho enfurecer —quienesquiera que fueran—. Algunos de mis artículos habían vislumbrado que la influencia de los Zetas se estaba extendiendo a ciudades del suroeste de Estados Unidos. Había artículos sobre la masacre de mujeres jóvenes en Ciudad Juárez, sobre un informante renegado, sobre estadounidenses desaparecidos en las ciudades fronterizas de Laredo y Nuevo Laredo.

En realidad podía ser cualquiera de ellos, o todos juntos.

Una cosa me daba vueltas en la cabeza. El pitazo para mi último artículo me lo había dado este mismo investigador de Estados Unidos.

El artículo exponía a grandes rasgos un pacto de paz entre funcionarios del gobierno mexicano y cárteles del narcotráfico. Hacía unos días, el investigador y yo nos habíamos visto en un bar de la frontera. En los últimos dos años habíamos desarrollado cierta afinidad. Yo tomaba un avión para reunirme con él en algún lugar de México o Estados Unidos, y él me daba información que se convertía en primicia. Era bien parecido, de nariz afilada y abundante cabellera peinada hacia atrás, y siempre vestía informalmente con pantalones de algodón y mocasines. Tenía una mirada penetrante, enmarcada por profundas ojeras. Sin importar la ocasión, siempre mantenía una expresión impasible.

Empezamos a comer nuestros jugosos filetes a la pimienta salpicados de chiles toreados, mientras un mesero impaciente nos servía más y más tequila. Sospechando que el mesero era un “halcón”, un espía de los cárteles, el investigador dejaba de hablar cada vez que se acercaba, y se mantenía con la espalda a la pared, mirando todo y a todos. Finalmente se relajó, gracias al tequila.

—La violencia está a punto de parar —dijo, mirándome intensamente.

—Sí, cómo no —dije, y lo molesté—: Ni un tequila más para ti.

Hizo una pausa y empezó a tamborilear en la mesa. El mesero se fue.

—Sigue —dije.

Desde el 2000, la dinámica del narcotráfico había cambiado. Los dos cárteles más fuertes de México —el de Sinaloa y el del Golfo— habían entrado en guerra. Existían algunas rencillas personales, pero aun así la pelea era cuestión de negocios. Los de Sinaloa querían una mayor participación del redituable comercio de cocaína, cuya ruta subía desde Colombia a los estados de la costa del Golfo, hasta la frontera sur de Texas. Para repeler la invasión sinaloense, el cártel del Golfo había enviado a su recién formado brazo paramilitar, los Zetas. Fuertemente equipados y bien entrenados para el combate urbano, los Zetas se crearon para defender los territorios o “plazas”, al personal y las operaciones del narcotráfico.

Los Zetas a menudo eran personal militar que había sido entrenado por el ejército de Estados Unidos para combatir a los cárteles. Ninguno de los dos gobiernos sabía cuántos desertores del ejército —atraídos por los sueldos más altos que ofrecían los señores del narco— acabaron convertidos en Zetas. Pero la cifra en realidad no importaba, porque los conocimientos del entrenamiento estadounidense ya se habían transmitido. Se decía que los Zetas sabían 43 formas de matar a una persona en tres minutos o menos.

Para 2007, los Zetas daban señales de una creciente independencia del cártel del Golfo. Expandieron sus operaciones, apoyándose en bandas de Texas que servían de mercenarios pagados y operaban desde San Antonio, Houston y Dallas, puntos clave para el traslado de todo tipo de bienes, legales y no. Sus víctimas aparecían incluso del lado estadounidense de la frontera. Los titulares eran malos para el negocio, y los cárteles habían acordado reunirse en secreto.

El investigador de Estados Unidos bajó la voz. Tenía inteligencia profunda de esas reuniones, la primera llevada a cabo en casa del narcotraficante Arturo Beltrán Leyva en Cuernavaca, cerca de la Ciudad de México. Líderes de cárteles rivales y funcionarios corruptos se habían reunido para poner fin a la violencia desmedida y volver al negocio de traficar drogas y ganar dinero. El plan era dividir las rutas de distribución de drogas en partes iguales y realinearse, como lo habían hecho hacía décadas. Los hombres hablaron, bebieron y quedaron en volverse a ver. La tensión entre los cabecillas Édgar Valdez Villarreal, conocido como la Barbie, y Miguel Ángel Treviño Morales era profunda. Treviño Morales sospechaba que la Barbie había ordenado el asesinato de su hermano. En la reunión se insultaron y se retaron a una pelea a balazos. Sus jefes, sobre todo el anfitrión, se interpusieron y les advirtieron severamente que no estaban allí para arreglar diferencias personales sino para hablar de negocios. El gobierno de Estados Unidos tenía a un soplón allí metido, recabando información de quién asistió.

El zar antidrogas de México, los mandos militares de alto nivel, los agentes de inteligencia y los policías federales, todos sabían sobre el pacto, dijo el investigador. Los principales funcionarios no habían ido en persona, pero habían mandado representantes para proteger sus intereses y respaldar a uno u otro cártel. Todos esos intereses tenían que recibir su tajada para que los cargamentos llegaran al norte sin complicaciones. En las reuniones había tantos portavoces codeándose con los líderes de los cárteles que era difícil distinguir quiénes eran los buenos y quiénes los malos. En otras palabras, ¿quiénes eran del gobierno y quiénes pertenecían al crimen organizado?

La vieja guardia de los cárteles quería que las cosas volvieran a ser como antes de que México pasara por su llamado proceso de democratización. Durante décadas desde la Revolución, el régimen autoritario del PRI, el Partido Revolucionario Institucional, gobernó al país. En su apogeo, los miembros del PRI obligaban a los cárteles a compartir las ganancias, sobre todo con ellos.

Cuando había un solo partido político, una autoridad, era fácil negociar. Pero el poder político se había descentralizado cada vez más desde el cambio de guardia en el 2000, cuando el conservador Partido Acción Nacional, o PAN, finalmente llegó a la presidencia. Los políticos estatales y locales ya no recibían órdenes simplemente de una jerarquía unipartidista. Muchos políticos se aprovecharon de su nueva autoridad e independencia.

La descentralización política también creó un vacío de poder. Los cárteles estaban listos para depredar las frágiles instituciones nacientes que ahora quedaban expuestas en la nueva democracia. Los expedientes se perdían, los investigadores eran asesinados y los testigos desaparecían, con una impunidad casi total para los responsables. Casi de la noche a la mañana, el llamado Estado de derecho cayó ante los conquistadores del México actual: los cárteles de la droga.

Después de su elección en 2006, el presidente mexicano Felipe Calderón habló de construir un país de leyes, de recuperar el territorio perdido ante los grupos criminales. Mandó al ejército a controlar a los cárteles, pero no supo calcular plenamente las consecuencias, ni la capacidad de las instituciones existentes.

Algunas regiones enfrentaban un candente conflicto entre facciones de lealtades cambiantes, en ciudades y pueblos —muchos cerca de la frontera— con historias complicadas y dinámicas variables. Cada comandante, funcionario y comunidad local tenía que llegar a un arreglo con los cárteles y sus miembros. La corrupción por sí misma no explicaba la violencia. Tener la cabeza prensada en un torno de banco no te deja muchas opciones. El gobierno estaba indefenso o cooptado. Más de 430 000 agentes de la policía estatal y local, y una policía federal que pronto rebasó los 35 000 elementos, algunos más corruptos que otros, no podían hacerles frente a los billones del narco. Pero la creciente cobertura de la prensa ponía en riesgo un delicado balance.

Mientras bebíamos a sorbos nuestro tequila, no pude ocultar mi sorpresa por lo del pacto de paz. Aun para México, era algo muy descarado. Mi reacción sorprendió y molestó al investigador.

El gobierno tiene largos e históricos vínculos con los cárteles, sobre todo el de Sinaloa, dijo, y conoce bien a los cárteles, en especial a los Zetas. Después de todo, los Zetas eran del ejército antes de desertar. Los funcionarios tienen expedientes de ellos, conocen a sus familias, sus historias, sus direcciones y hasta sus apodos. Alguien tiene que estar protegiendo a los Zetas desde dentro a cambio de decenas de miles de dólares al mes. ¿Si no, cómo pueden traficar drogas y migrantes y secuestrar víctimas con tanta facilidad?

—Esta mierda nunca ha funcionado sin que al gobierno le toque su tajada —dijo, a la defensiva—. Los dos coexisten, paralelamente. Tienen que hacerlo. Confía en mí: las matanzas van a parar cualquier día de éstos. Tú observa…

”Y otra vez van a empezar, así —agregó, tronando los dedos.

El investigador acabó de cenar, se limpió la boca, se puso de pie y echó su servilleta a la mesa.

—Ten cuidado allá —dijo—. Y recuerda mis consejos.

Asentí con la cabeza. Claro que los recordaba. La ciudadanía de Estados Unidos no bastaba para protegerme. No debía relajarme mucho. Para los cárteles, me veía igual de mexicano, y desechable, como cualquiera.

El investigador prefirió irse solo del oscuro bar. Lo vi cruzar la calle y meterse a un parque enfrente del bar; vestido de pantalón negro, mocasines y guayabera, volteaba para atrás cautelosa y constantemente. Topé su mirada por la ventana y rápidamente desvié la vista.

Le pedí la cuenta al mesero. Me la trajo con una sonrisa irónica. En la frontera todos se habían vuelto sospechosos. Pagué y me retiré rápidamente a mi cuarto de hotel del lado de Estados Unidos, tan cerca de México que se oían las sirenas.

Después de que publiqué la primicia de lo del pacto de paz, los medios de México la difundieron. La información comprometía tanto al gobierno como a los cárteles y ponía en riesgo millones de dólares en futuros sobornos. En un país donde los ricos y poderosos rara vez, si acaso, son objeto de escrutinio, el artículo debió molestar a más de unas cuantas personas, gente con “los güevos” —y la impunidad— para matar a un periodista estadounidense.

Respiré profundo y miré a través de las cortinas. Ángela y nuestra amiga Cecilia, una escritora, estaban platicando en la sala y venían hacia el balcón, donde ahora me parecía que llevaba horas parado. Yo tenía 47 años, era soltero, sin hijos. Había vivido para mi trabajo, que ahora tal vez me metería un balazo en la cabeza.

¿Habría sicarios abajo en el vestíbulo? ¿Vendrían subiendo por la escalera? ¿Debía salir corriendo al aeropuerto? Los sustos anteriores me habían hecho salir cuanto antes a Estados Unidos. Pero estaba cansado de huir sin saber por qué ni de quién. No había dónde esconderse… mucho menos en ese departamento.

Carajo. El investigador había jugado un papel en uno de mis artículos más importantes. Era la mejor fuente que tenía, y ahora también la más peligrosa.

Él andaba con tres —a veces hasta cinco— celulares, cada uno dedicado exclusivamente a contactos clave en las distintas organizaciones criminales. Cuando no podía responder alguna de mis preguntas, recurría a los números guardados en alguno de los celulares y llamaba a alguien muy adentro del cártel que pudiera responderla, proporcionando detalles cruciales mientras yo murmuraba las siguientes preguntas o las apuntaba en mi libreta. Las llamadas no duraban más de 30, 45 segundos.

Yo apenas lo conocía. Había confiado en él, compartido detalles de mi vida. Él sabía dónde vivía mi familia. Sabía nuestra historia, cómo habíamos llegado de México a Estados Unidos a trabajar en el campo. Sabía dónde había crecido yo, de mi lucha por pertenecer a uno u otro lado de la frontera. Hasta había conocido a Ángela.

Algunas de sus fuentes —todos traidores de los cárteles— habían sido asesinadas en el último año. Una ta

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