Prisionera en esta isla, diría yo. Prisionera en esta isla. Sin embargo, ni estaba prisionera ni ésta era una isla.
Durante el día vagaba cerca de la orilla, sin rumbo, deliberadamente y en busca de digresiones. Los perros. Una choza. Rocas. Turistas desnudos. Otros con poca ropa. Palmeras. Palapas. La arena colándose ocre y adrenalina. El agarre ascendente de las olas. Alguna lancha en la distancia con la garganta destellando bajo el sol. Los antiguos griegos crearon historias con la sencilla yuxtaposición de las características de la naturaleza, me contó alguna vez mi padre, otorgando a rocas y cuevas algún significado, pero aquí, en Zipolite, yo no contaba con que naciera ningún mito.
Zipolite. La gente decía que significaba playa de los muertos, si bien se debatían los motivos; ¿era por el número de visitantes que encontraban la muerte en sus traicioneras corrientes o porque los nativos zapotecas traían desde lejos a sus muertos para enterrarlos en estas arenas? Playa de los muertos: aquello tenía un timbre antiguo, ancestral, algo que despertaba tanto temor como respeto, y tras oír sobre las almas desafortunadas que cada año quedaban atrapadas en la contracorriente, decidí nunca meterme más allá de donde podía estar parada. Otros decían que Zipolite significaba lugar de caracoles, una idea más atractiva ya que las espirales son prolijos acomodos del tiempo y el espacio, y qué son las playas si no una conversación entre elementos, un movimiento constante hacia adentro y hacia afuera. No obstante, mi explicación favorita, obtenida de una única persona, era que la palabra Zipolite no era más que la corrupción de la palabra zopilote, y que cada noche un buitre muy negro envolvía la playa entre sus oscuras alas y se alimentaba de cualquier cosa que hubieran dejado en la playa las olas. Es más fácil reconciliarse con los lugares soleados si es posible imaginar sus contrapartes nocturnas.
Cuando caía la tarde me dirigía al bar y pasaba horas bajo aquel universo de paja, una gran palapa en la orilla del Pacífico amueblada con bancos, mesas y palmeras miniatura. Ahí era donde todos los barcos llegaban a recargar combustible, con jarabe en los cocteles para aumentar la dulzura, y yo imaginaba que todo era tan artificial como aquella bebida de color azul eléctrico, que las palmeras miniatura se volvían artificiales con el crepúsculo mientras la clorofila luchaba y la vida abandonaba al verde, que los bancos de madera se convertían en laminado. A veces bajaban la intensidad de las luces de las lámparas colgantes y subían el volumen de la música, la señal que esperaban los borrachos y los medio borrachos para subirse a bailar a las mesas. La costa atravesaba cada rostro, destruyendo algunos y mejorando otros, y había momentos en los que, tras suficientes recordatorios de la humanidad, buscaba a los perros quienes, como todos en la playa, iban y venían según su estado de ánimo. Aparecía algún hocico curioso o un par de ojos brillantes se asomaba desde la orilla de la palapa, observaba la escena a su alrededor y entonces, con frecuencia, al no encontrar nada de interés, se internaba de nuevo en la oscuridad.
Al poco tiempo fue evidente que aquel bar en Zipolite era lugar de encuentro de fabuladores y todos parecían inventar alguna historia conforme avanzaba la noche. Una chica pintora, con labios como de caricatura y ojos entrecerrados, dijo que su novio había tenido un infarto en el yate y que había tenido que dejarla en el puerto más cercano ya que su esposa estaba a punto de llegar en helicóptero con un médico. En un tono más sereno, un alemán muy alto explicó a todos que era representante de la Asociación Alemana para la Protección contra la Superstición o Deutsche Gesellschaft Schutz vor Aberglauben —el nombre lo escribió en una hoja de papel de fumar para que lo leyéramos— y que había sido enviado a México tras un periodo de trabajo en Italia. Una actriz zacatecana de la que nadie había oído hablar insistía en ser tan famosa que habían nombrado en su honor un teatro, un planeta y un cráter en Venus.
¿Y tú? preguntaba alguien al verme escuchando tan atentamente. ¿A ti qué te trajo aquí?
Yo me escapé, les decía. Yo me fui de mi casa.
¿Tus padres son malvados?
No, en absoluto…
… Estaba en Zipolite con un chico. Me fui de casa, principalmente, por un chico.
¿Y dónde está ese chico?
Buena pregunta.
Y ¿quién era ese chico?
Otra buena pregunta.
Pero aquello era también una verdad a medias. También vine aquí por los enanos. Por inverosímil que parezca, vine aquí con Tomás, un chico al que casi no conocía, en busca de una comparsa de enanos ucranianos. Y si me detenía a pensar en ello más de un instante la situación era casi enteramente mi culpa. Por tanto, no era de sorprender que tener pensamientos reconfortantes fuera poco habitual. No sentía calma, pero sí un adormecimiento profundo, como si estuviera atorada a la mitad de un sueño, un sueño del que parecía no poder salir y, no obstante, darme cuenta de ello no me molestaba.
La palapa contenía la promesa de una cosa al tiempo que la animada conversación y los cocteles de mal gusto entregaban otra cosa distinta y, una vez que me hartara, volvería a mi hamaca por la playa oscura y observaría sombras avanzando y replegándose, sin estar nunca segura de quiénes o qué eran. A veces veía pasar a Tomás, su sombra fácil de identificar entre el resto y, aunque mantenía cierta distancia, lo reconocía instantáneamente: alto y delgado, de andar gallardo, casi como un títere de madera y tela encasquetado sobre una mano gigante.
En ocasiones me veía obligada a explicarme a mí misma y a algún testigo la forma como había terminado en Zipolite con él.
Él había aparecido como un imprevisto, como un imprevisto en la composición; en un instante, no hubo otra manera de expresarlo, había comenzado a aparecer en mi vida en la ciudad. Y ya que todas las apariciones son perturbaciones, ésta en particular necesitaba ser investigada.
Al principio ni siquiera me gustaba gran cosa. Sería más exacto decir que me intrigaba. Era una tajada de oscuridad en la llamada calma de la mañana. Aún recuerdo gran parte de los detalles: la luz rosada que bañaba la calle, pintando las puntas de los árboles y las ventanas superiores, las tiendas cerradas y las cortinas corridas, y la única persona con la que me había encontrado en medio de la quietud, que era el organillero anciano con el uniforme caqui, sentado en una banca puliendo el organillo con un trapo rojo antes de partir hacia el centro de la ciudad. “Harmonipan Frati & Co. Schönhauser Allee 73 Berlin”, se leía en letras doradas en un costado del instrumento, pero el organillero en realidad vivía en La Romita, la zona más pobre de la colonia Roma, aunque siempre iba a la plaza cerca de mi casa a pulir el instrumento, preparándose para pasar el día frente a la catedral. Ninguna persona como él había estado jamás en Europa, pero llevaban aquel continente en el instrumento, en el uniforme y en los modales nostálgicos y anticuados.
Y fue mientras estaba ahí sentada comenzando el día que vi aparecer otra figura: un joven vestido de negro, alto y delgado, pálido y despeinado, que se acercó al organillero y le dio una moneda —asumí que era una moneda, ya que lo único que vi fue el destello de un objeto pequeño que cambiaba de mano— y siguió su camino. El anciano asintió con sorprendida gratitud; probablemente estaba acostumbrado a recibir limosnas cuando producía música, no silencios, y ahí, a aquella hora de la mañana, había aparecido aquella ofrenda.
A pesar de tener que tomar el camión de la escuela a las 7:24 seguí a aquella persona que caminaba de prisa por las calles paralelas a las que yo normalmente tomaba, frente a los mozos que barrían la calle antes de que sus patrones despertaran, y los indigentes acurrucados en los pórticos de las casonas que comenzaban a desperezarse. Pero cuando di la vuelta en la calle de Puebla mi mapa interior gritó y apurada desanduve la ruta, para llegar justo a tiempo a abordar el camión en la esquina de Monterrey y la avenida Álvaro Obregón. Las calles silenciosas se desvanecieron al instante en que subí en aquel vehículo de los despiertos, despiertos gracias a la New Wave. Eran cuatro, tres chicos y una chica —hermana de uno de ellos— y colonizaban las últimas filas con su pelo rubio y los peinados asimétricos, siempre con un mechón eclipsando un ojo, los pantalones enrollados para mostrar sus zapatos puntiagudos de agujetas, pero las colonizaban sobre todo con su estéreo, porque se reafirmaban y se comunicaban casi exclusivamente a través de la música —Yazoo, Depeche Mode, The Human League, Soft Cell y Blancmange—, y fue así, tras un primer vistazo a Tomás, que empezó mi día.
En Zipolite el sol abrasaba la arena y las partículas de calor, libres para vagar a su gusto, se disipaban en el aire. Pero nuestra Ciudad de México se sitúa en un valle rodeado por montañas. Sistemas de alta presión, corrientes de aire debilitadas, altísimos niveles de ozono y de dióxido de azufre y una cuenca geográfica: una convergencia perfecta de factores favorables a la inversión térmica, según los expertos. El nuestro era un mundo de refracción en el que se curvaba la luz produciendo espejismos, y el sonido se curvaba también amplificando el rugir de los aviones cerca del suelo. Y cada vez que algún evento en México retaba el orden natural de las cosas, algo que ocurría con frecuencia, mis padres y yo lo llamábamos inversión térmica.
Inversión térmica cada vez que algún político se robaba millones y el gobierno lo ocultaba, inversión térmica cuando un narcotraficante infame escapaba de alguna prisión de alta seguridad, inversión térmica cuando el director del zoológico resultaba ser traficante de pieles de animales exóticos y desaparecían dos cachorros de león. Pero la verdadera inversión térmica también existía y algunos días la contaminación del aire era tan feroz que regresaba de la escuela con los ojos ardiendo y todos, desde los taxistas hasta los titulares de los noticieros, se quejaban del esmog, y el gobierno no hacía nada. Las nubes sobre nuestra ciudad eran una pizarra inamovible, granito y plomo, y apenas el año anterior las aves migratorias habían caído muertas desde el cielo; agotamiento, dijeron los funcionarios, murieron de agotamiento, pero todos sabíamos que el aire envenenado había acabado con su viaje antes de tiempo, plomo en forma de moléculas dispersas, más que compactadas en forma de bala.
Al principio pensé que la inversión térmica sólo era posible en la ciudad, y luego me pareció que era posible en Zipolite en forma de un motociclista suizo vestido de cuero negro: sus movimientos restringidos por los apretados shorts y el chaleco de piel, pasaba todo el día tomando cerveza en la arena, y su gorra de cuero negro seguramente era un imán para el calor y nunca se metía al agua. Pero pronto comencé a soñar con otras formas de inversión, por ejemplo, en reemplazar a Tomás por Julián, mi mejor amigo. Sí, si Julián estuviera aquí, de alguna manera tendría una mejor perspectiva de la situación actual o, por lo menos, un verdadero cómplice ya fuera conversando o en silencio.
Pero Julián estaba en la ciudad. Estaba en la ciudad, en el último piso del Covadonga; ésa era su dirección, el elegante billar cerca de la esquina de Puebla y Orizaba. Los meseros del Covadonga se verían muy graciosos en Zipolite, como pingüinos en la playa con sacos y corbatas de moño y la imperturbable expresión de los hombres que han visto muchas cosas a lo largo de décadas. Aquel lugar existía desde los años cuarenta y algunos de ellos, según mi padre, trabajaban ahí desde la juventud. En la planta baja estaban las mesas de billar, en el primer piso había un restaurante, en el segundo, un salón de fiestas. Julián vivía en el tercer piso, reservado para las bodegas y para los músicos invitados. Se había hecho amigo de Eduardo, uno de los meseros, y como no tenía a dónde ir después de abandonar la universidad y pelearse con su novio, su hermano y su padre, aceptó la invitación a vivir en aquel lugar con la condición de salir de ahí cuando el dueño, que vivía en España, visitara México, o si había que hospedar a algún trio o dueto o solista que estuviera de paso.
Los cuartos del último piso tenían una serie de cosas medio vivas: sillas y mesas plegables, algunas en filas contra la pared, una bombona de gas conectada a una estufa de cuatro hornillas con una estructura de metal que parecía hecha de vértebras, y una hielera roja con las letras CERVEZA CORONA en azul. La última habitación tenía un catre en el que dormía Julián bajo una montaña de manteles, rodeado de cajas con mantelería doblada y lámparas tubulares fluorescentes. Del techo colgaba una difunta bola de disco a la que le faltaban casi todos los espejos; la única luz que había entraba por las ventanas en forma de ojo de buey. En esos cuartos pasé muchas horas con Julián y su estéreo marca General Electric que devoraba las baterías D que requería. En un rincón estaba la guitarra con el logotipo de Camel por la que su madre había fumado doscientas cajetillas de cigarros; con los cupones obtenidos de las cajetillas y algo de efectivo, la había comprado para regalársela a su hijo en Navidad. Pero Julián casi nunca la tocaba, ya que le parecía que su madre había muerto por aquella guitarra.
La hielera de CORONA siempre estaba bien abastecida, casi siempre con Sol o Negra Modelo, y nos sentábamos en las sillas plegables y dibujábamos el futuro, cambiándole los detalles cada vez, mientras nos paseábamos juntos por un paisaje de quizás. Quizá él sería escultor, o músico de rock. Quizá yo sería astrónoma o arqueóloga. Quizá se asociaría con el dueño del Covadonga y algún día podría heredar los cuatro pisos. Varios días a la semana iba ahí después de la escuela, sobre todo cuando mis padres no estaban en casa, y me parecía que aquello era lo más cercano que estaría de tener una hermana. A veces llevábamos dos sillas hasta el angosto balcón desde el que se veían la aguja y el rosetón de la Sagrada Familia, la iglesia de la colonia, aunque, como ocurría con muchas vistas de la ciudad, estaba atravesada en diversos ángulos por marañas de cables. Si el día estaba lluvioso o muy contaminado metíamos las sillas y oíamos el radio. Una estación tocaba canciones inglesas y Julián la tenía sintonizada siempre, si bien de vez en cuando buscaba la estación pirata que daba noticias no oficiales, un rápido vistazo a la realidad antes de volver a nuestras fantasías, y ocasionalmente poníamos un casete y oíamos la misma canción una y otra vez, normalmente “Fade to Grey” de Visage, o “Charlotte Sometimes” de The Cure, y dejábamos de hablar y sólo escuchábamos, dejando que todo lo hundido volviera a surgir.
Cuando era más niña teníamos un acuario, una rebanada de mar en un rincón del estudio de mi padre. Vivía medio en la sombra porque las cortinas siempre estaban casi cerradas: la luz solar incentivaba el crecimiento de algas, además de que era por las noches cuando cobraba vida. Cuando no podía dormir me sentaba enfrente y observaba a la araña acuática escribir sueños en el agua y al pez payaso nadando en zigzag por todo el tanque, y el pulso de los otros peces a los que les latían los atavíos azul platinado. En momentos de ansiedad extrema me reconfortaba el hecho de que no existe la total inactividad, incluso a las tres de la mañana algo se mueve, se pone en marcha algún plan hasta en niveles microscópicos. Alguien dijo alguna vez que el sueño es el acuario de la noche, pero en mi mente la noche era el acuario del sueño, en el que se enmarcan nuestras visiones. Entonces, murió el último pez que quedaba. Mi madre intentaba sacarlo con una red verde. Mientras la observaba desde el sillón, todo se desató y, por un instante, pareció que el universo entero estaba concentrado en nuestra casa. Sonó el teléfono. Tocaron a la puerta. Gorjeó el fax. Se oyó un maullido en la casa de Yolanda, la vecina. En las azoteas aullaban los perros. Se oían cláxones y sirenas a lo lejos. Todo habló al mismo tiempo, como si fuera un canto fúnebre por el pez muerto.
Cuando me sentía desanimada o derrotada recordaba las palabras de mi padre, aquellas que repetía hasta mucho después de haber guardado la pecera al fondo de un clóset y llenarla de papeles. Recuerda, decía, que la sociedad es como una pecera, pero menos hermosa. No obstante, la estructura no es muy diferente: hay peces tímidos que se pasan la vida escondidos entre las piedras, perdiéndose momentos importantes y triviales; hay peces más gregarios que nadan por todas partes en busca de compañía y aventuras, siempre moviéndose sin saber a dónde van, y hay peces curiosos que están siempre cerca de la superficie y son los primeros en la fila de la comida, pero que también están en la primera línea cuando se sumerge alguna mano o garra en la pecera.
Sin embargo, sus palabras perdían todo significado cuando estaba frente al mar, aquí no había ningún orden o estructura visible, sólo una gran matriarca, enorme e indiferente como una catedral. Y había que enfrentarse a esa indiferencia, había que medirla y atajarla para que pudiera haber interacción entre la gente y el mar. Desde mi primer día en Zipolite detecté el sistema de banderas —verde, amarilla, roja—, un código impuesto a los movimientos del mar: el océano produce olas y nosotros respondemos con triángulos de colores para mediar, elevándose como extrañas flo
