Nueve disparos

Javier Garza Ramos

Fragmento

Título

Nota sobre identidades y fuentes

Para escribir este reportaje hablé con decenas de personas que vivieron de cerca el tiroteo del Colegio Cervantes, sus secuelas y su investigación, así como especialistas en trauma y violencia.

Cubrir hechos violentos es un desafío. Los periodistas de la Comarca Lagunera, donde las noticias de homicidios y balaceras eran una dieta informativa constante durante un lustro, lo sabemos bien. Poco a poco fuimos aprendiendo a ser rigurosos con la información, cuando cualquier traspié podía repercutir en una amenaza o una agresión. Lo ocurrido en el Colegio Cervantes fue muy distinto a la violencia que estábamos acostumbrados a cubrir, pero aun así las lecciones de aquellos años turbulentos nos sirvieron mucho. Los errores en esta cobertura provocarían confusión en el público, alimentarían la desinformación o agravarían el trauma de las víctimas o testigos. Evitamos dar por buenos rumores no verificados. Tratamos con escepticismo las versiones circulando en redes sociales. Cuidamos de no revictimizar a quienes fueron traumatizados.

Recuperar la memoria de esos días ha sido un ejercicio difícil. ¿Cuánto puede acercarse un reportero a la verdad oculta detrás de muchas paredes? ¿Cuánto puede contar una persona que ha sufrido un trauma y cuánto de lo que recuerda es fiel a los hechos y no a su propia versión? Encontrar los datos precisos en recuerdos ya vagos no es fácil.

Las redes sociales también tienden a distorsionar la memoria y las cosas a veces no son como ocurrieron sino como creemos que las leímos. Por eso muchos periodistas deploramos las redes sociales por la forma en que distribuyen mentiras, desinformación o visiones distorsionadas.

Pero hay un aspecto de ellas que para un reportero las vuelve, verdaderamente, benditas. En este caso, una tabla de salvación fue WhatsApp, pues en los teléfonos de varias fuentes quedaron registros de datos precisos que pudieron reconstruir a detalle dónde estaban o qué hacían —incluso qué pensaban—, en varios momentos de ese 10 de enero, gracias a que los mensajes que recibían y enviaban en esa aplicación guardaron la cronología fiel.

De igual forma, la manera en que José Ángel Ramos Betts empezó a pensar en sus intenciones está nítidamente expuesta en los mensajes de texto que intercambió con un compañero de su salón con quien platicó detalles de la masacre de Columbine. Los mensajes permiten adentrarnos en lo que hizo el niño en los días anteriores al tiroteo.

Algunos de los mensajes que aquí se reproducen fueron obtenidos directamente de los teléfonos de los entrevistados. Otros (en particular los de José Ángel, su padre y su abuelo) fueron obtenidos por parte de diversas fuentes con acceso a la investigación y fueron observados personalmente por el autor. En todos los casos los textos se reproducen tal cual se redactaron, respetando la gramática y sintaxis originales.

Por el trauma que habían experimentado, varias personas accedieron a hablar conmigo bajo la condición de guardar el anonimato. De la misma manera, algunas personas que participaron en la investigación y fueron parte de los peritajes psicológicos, criminalísticos y forenses del caso aportaron información con el cuidado de no entorpecer las investigaciones y con la solicitud de que su identidad también se mantuviera anónima. Hubo datos, particularmente sobre la reconstrucción de los hechos y las posteriores investigaciones, que fueron verificados con dos o más fuentes para tener la versión más fiel.

Otros testigos del tiroteo declinaron mis peticiones de entrevista, de manera que los hechos que se les atribuyen tienen como fuente las entrevistas que dieron a investigadores y que éstos a su vez compartieron. Cuando se trata de atribuciones, así queda establecido. Los que aceptaron aportar información a su nombre están identificados entre las fuentes de cada capítulo.

El desafío de cubrir la violencia es aún mayor cuando ésta involucra a niños y su identificación se torna delicada por razones legales y éticas. En el caso del autor del tiroteo, José Ángel Ramos Betts, su nombre se describe completo porque las identidades de sus padres han quedado establecidas en registros periodísticos previos al 10 de enero de 2020 y su nombre fue identificado en una esquela publicada tras su muerte. Resultaría una farsa nombrar al niño como “José Ángel N” cuando su padre y madre están mencionados con nombre y apellido.

Hay dos niños nombrados con seudónimos. Uno es el primo de José Ángel y otro es el compañero de salón con quien intercambió mensajes sobre Columbine. A pesar de que la investigación ha establecido sus identidades, sus nombres han sido cambiados para evitar que queden estigmatizadas por su rol en esta tragedia. El nombre de un tercer niño, que aparece en un mensaje de texto, también fue cambiado por seudónimo.

En el caso de los niños lesionados, se identifican sólo por sus nombres de pila. Otros niños mencionados, cuyos testimonios se obtuvieron gracias a sus padres, aparecen con sus nombres con consentimiento de sus mismos padres.

De cualquier forma, los nombres no importan tanto como el trauma que han vivido.1

Título

Introducción

Una leyenda cuenta que un rey persa encargó a los sabios de su corte que pensaran una frase que fuera cierta en cualquier situación y tiempo, ya fuera bueno o malo. La respuesta fue: “Y también esto pasará”.

Pocas frases hay tan ciertas cuando se trata de las noticias. Los acontecimientos que una semana abruman, a la siguiente se olvidan, reemplazados por otros. Las redes sociales, ubicuas e inmediatas, vuelven las noticias aún más importantes y efímeras a la vez. Es una contradicción, pero ocurre cuando nos parece que no hay otro asunto más importante que el que nos ocupa un día, sólo para que al siguiente ya estemos pensando en otra cosa.

Durante días a principios de 2020 no se habló de otra cosa en la Comarca Lagunera, y a veces parecía que también en el país, más que de los disparos que un niño de 11 años hizo contra maestros y compañeros en el Colegio Cervantes de Torreón el viernes 10 de enero, hiriendo a seis personas y matando a una maestra de inglés antes de suicidarse. Fue una noticia de alto impacto, pues a pesar de las decenas de homicidios todos los días en el país, que un niño lo hiciera en una escuela era extraordinario. Sólo había un precedente conocido, un adolescente en Monterrey que tres años antes había disparado una pistola en su salón. Además de la novedad, el tiroteo se desdobló en dos historias, una sobre la sociedad, la educación, la forma en que vive la niñez mexicana, el uso de la tecnología, la violencia del país. Otra sobre una familia cuyas actividades presuntamente criminales habían pasado desapercibidas en la comunidad de la escuela y de la ciudad. Las dos historias se fundieron en una narrativa que incluía la reciente historia de violencia de La Laguna, ampliamente conocida más allá de sus fronteras.

Como muchas tragedias, ésta no tenía una clara explicación inmediata, a pesar de los intentos por encontrarla, porque está en la naturaleza humana buscarle sentido a lo incomprensible. El periodismo intentó encontrar algunas explicaciones, también la psicología, la sociología y la criminalística y los valores o prejuicios de todos los que fueron impactados por la noticia. Pero las piezas emergieron poco a poco sin alcanzar a formar una imagen completa y nítida.

Algunas claves nunca se habían hecho públicas hasta ahora, como las conversaciones que tuvo el niño autor del tiroteo con un amigo en los días previos, o la forma en que su padre y su abuelo trataron de encubrir su responsabilidad.

El tema dominó la agenda noticiosa y conversaciones cotidianas en las ciudades de La Laguna. A nivel nacional la noticia retumbó durante días. Pero en un breve tiempo, esto también pasó. Y la atención mediática se fue a otros temas. Un mes después la atención se puso en la escasez de medicamentos en el país, tema que fue desplazado en un par de semanas por los asesinatos de Ingrid Escamilla y la pequeña Fátima en la Ciudad de México, y la violencia de género fue el tema más comentado y difundido cuando febrero se convertía en marzo y miles de mujeres mexicanas salieron a la calle en las marchas del día 8 y luego se hicieron invisibles en el paro del día 9. Menos de una semana después, la violencia de género cedió el espacio a la pandemia del coronavirus, que se convertiría en el asunto más importante de ese fatídico 2020.

Y eso fue antes de que el año cumpliera 90 días y antes de que la vida cambiara por una emergencia sanitaria y una crisis económica como nunca nadie antes había visto. Al paso de los meses, con las escuelas paralizadas, la historia de un niño que disparó dos pistolas en el patio de su colegio era una memoria distante.

Para los periodistas de Torreón, 2020 empezó tranquilo, en contraste con lo que vendría después. Así pasa en las redacciones cada inicio de año, con pocas excepciones. Por eso parte de la atención estaba enfocada en el pasado, más que en el presente: el décimo aniversario de un año traumático. El 31 de enero se cumplía una década de la llamada “masacre del Ferrie”, un tiroteo que dejó 10 muertos y decenas de heridos cuando sicarios del Cártel de Sinaloa atacaron un bar propiedad de operadores de Los Zetas. Era, hasta ese momento, el mayor asesinato de personas en la Comarca Lagunera desde el inicio de la ola de violencia criminal unos años antes.

Se trataba de la violencia que la comunidad de La Laguna, una zona metropolitana formada por Torreón, Coahuila, y Gómez Palacio y Lerdo, Durango, conocía al terminar la primera década del siglo. El 2010 quedaría marcado como un año traumático, identificado por nombres como Ferrie, Juanas y Quinta Italia, escenarios de ataques en la guerra de los cárteles en La Laguna. Era el tipo de violencia a la que los laguneros nos acostumbramos y que dejaría casi 4 mil víctimas de homicidios entre 2007 y 2013.

De modo que, en las redacciones de periódicos, estaciones de radio y televisoras, los reporteros empezaban el año preparando los recuentos de ese año fatídico, aunque ya lejano. La notable caída de la violencia en los cinco años previos había permitido a la ciudad respirar tranquila de nuevo. De un promedio de tres asesinados diarios en 2012, La Laguna vivió un asesinato cada tres días en 2019. El trauma se había suavizado.

Pero ni en los momentos más espeluznantes de esa ola violenta, de balaceras en las principales avenidas, de grupos armados que circulaban por la zona metropolitana, cruzando sin problemas la frontera entre Coahuila y Durango, reclutando jóvenes en las colonias marginadas para que sirvieran de sicarios, halcones, secuestradores y vendedores de droga, se llegó a pensar que la violencia llegaría al interior de una escuela.

Cierto, muchos niños laguneros vivieron el impacto de un tiroteo afuera de su escuela, aprendieron a tirarse pecho a tierra y supieron reconocer el sonido de los balazos cuando grupos armados se enfrentaban entre sí o con militares y policías a unos metros de sus salones o de los parques o de sus casas. Hubo niños y jóvenes que querían convertirse en sicarios y narcotraficantes por el atractivo del dinero y la vida con el poder que dan las armas y supimos que cada vez más niños y jóvenes estaban consumiendo más drogas y alcohol a una edad cada vez más temprana. Pero a nadie nunca se le ocurrió cuidarse de que alguien empezara a disparar en el patio de su escuela.

Hasta el viernes 10 de enero de 2020.

Dos días antes, unos 400 mil estudiantes de primaria y secundaria en la zona metropolitana de La Laguna habían regresado a clases después de las vacaciones de Navidad y Año Nuevo. La vida en la ciudad transcurría en calma. El Santos Laguna, orgullo de los laguneros, iba a jugar esa noche de viernes el primer partido del torneo de Clausura con una esperanza renovada porque un mes antes había fracasado en su intento de lograr el séptimo campeonato de Liga.

En otras noticias, los medios locales empezaron a dar cuenta del impacto local del desabasto de medicamentos que era noticia en el país, pues comenzaron a darse los primeros casos en hospitales de la región. En rincones pequeños de los periódicos locales se hablaba de un extraño nuevo tipo de virus que apareció en China.

Mientras las redacciones preparaban los reportajes del décimo aniversario de la matanza del bar Ferrie, otras noticias daban cuenta de que la tragedia de años atrás todavía nos alcanzaba. Los colectivos de familiares de personas desaparecidas preparaban una nueva jornada de búsqueda el siguiente lunes, para continuar el “barrido” de parajes del desierto lagunero, donde sospechaban que criminales habían asesinado y quemado a sus hijos, padres, hermanos o hermanas. Dos días antes un nuevo reporte del gobierno federal había provocado la furia de los colectivos porque informó que la cantidad de personas desaparecidas el año anterior en Coahuila era menor a la que decía la Fiscalía General del Estado (FGE).

Ésa era la ciudad el décimo día de enero, el segundo viernes del año.

Era un día tan tranquilo que en la noche previa ni siquiera se habían registrado accidentes, una ocurrencia común cualquier madrugada de viernes.

En la mañana del 10 de enero, en el Bosque Venustiano Carranza, uno de los parques más grandes y emblemáticos de Torreón, corredores le daban vueltas como de costumbre, aprovechando que no era una mañana fría. Muchos de ellos se preparaban para las carreras de 5 o 10 kilómetros que se organizan en La Laguna a inicios del año, como preludio del Maratón Lala el primer domingo de marzo, no sólo una de las carreras atléticas más importantes del país sino también una fiesta anual en las calles de la ciudad.

Frente al bosque, el histórico Colegio Cervantes recibía a más de 300 alumnos que atravesaban la reja de tubos grises resguardada por tres enormes eucaliptos de más de 10 metros de altura, y el tronco cortado de un cuarto, arrancado quizá en uno de los legendarios ventarrones que azotan a La Laguna. Los alumnos entran por una fachada de ladrillo rojo en el segundo piso, con el escudo del colegio al centro.

El Cervantes es uno de los colegios privados más reconocidos de Torreón. Justo en dos meses, el 10 de marzo, celebraría el 80 aniversario de su fundación en 1940 por un grupo de españoles que llegaron con el exilio republicano, encabezados por Antonio Vigatá Simó, un educador catalán que había dirigido una escuela en Lérida. Con él llegaron otros intelectuales españoles que ampliaron la oferta educativa privada en La Laguna, a tono con la prosperidad del esplendor algodonero de La Laguna en las décadas de los treinta y cuarenta del siglo XX. En esos años los jesuitas fundaron la escuela Carlos Pereyra y los lasallistas el Instituto Francés, abrieron el Colegio La Luz y el Colegio Americano, escuelas emblemáticas de la región.

La ciudad se enriqueció con la energía y creatividad de los republicanos españoles. Otro que llegó fue el gran poeta de la Generación del 27, Pedro Garfias, y dejó en Torreón una oda al espíritu de los laguneros.

Hombres de La Laguna, desde años encorvados
bajo el látigo fiero e implacable del sol,
peleando a la tierra sus entrañas recónditas
—no hay lluvia tan fecunda como la del sudor—
haciendo Patria, Historia, Leyenda y Aventura,
México con España dentro del corazón.

Ése era el espíritu de Antonio Vigatá, que en 1959 amplió el Colegio Cervantes de una casa en la avenida Morelos del centro a una escuela en forma ubicada en el corazón de la expansión de la mancha urbana de Torreón hacia el oriente, cuando se desarrolló el fraccionamiento Torreón Nuevo. Años antes se habían construido en esa zona espacios públicos que rápidamente se habían vuelto íconos de la ciudad, como el Bosque Venustiano Carranza y el Estadio de la Revolución, a donde el mismo año de la fundación del Cervantes llegó el beisbol profesional con el equipo llamado, no podía ser de otra forma, Los Algodoneros.

La zona era un polo de educación, con varias escuelas alrededor: la Universidad Autónoma de Coahuila tenía cerca el primer plantel de su preparatoria Venustiano Carranza, que luego se convirtió en la Lázaro Cárdenas, y la secundaria Juan de la Cruz Borrego. A unas cuadras del Cervantes estaban la escuela España, también pública, y el Colegio La Paz, fundado por monjas de la Caridad del Verbo Encarnado. Atrás del Cervantes, en la misma manzana, se construyó en la década de los sesenta una unidad de vivienda del Ejército y en la cuadra siguiente la Casa del Anciano Samuel Silva, uno de los principales hogares de adultos mayores de la ciudad. Conforme la ciudad crecía hacia el oriente, esta zona era el punto medio entre el centro de Torreón y nuevos desarrollos residenciales y comerciales.

Vigatá Simó y después su hija Dolores se convirtieron en presencia constante en la vida social, cultural y educativa de La Laguna. A finales de los años setenta Vigatá dejó la conducción del colegio en su nieto Jaime Méndez Vigatá, quien junto con sus hermanos Antonio y Heriberto emprendió en la década de los noventa la construcción de un plantel más amplio hacia el oriente de la ciudad, cuando el edificio del Bosque se quedó chico. Al nuevo campus, bautizado con el nombre del fundador, trasladaron la mayoría de los grupos de primaria, secundaria y preparatoria, pero el antiguo plantel mantuvo grupos de jardín de niños, primaria y secundaria, para dar servicio a familias que vivían más cerca, pues en los últimos años esa zona prácticamente se había convertido en el centro geográfico de la mancha urbana de La Laguna.

Fue producto de ese esfuerzo que el Cervantes se convirtió en un referente de educación de excelencia en primaria, secundaria y preparatoria. Cuando iniciaron las pruebas Enlace en el sistema educativo nacional era común ver a alumnos de este colegio entre los de mejor puntaje en La Laguna. A lo académico incluyeron un empuje en los deportes, las artes y las ciencias. Cerbotics, su equipo de robótica, está entre los más duros competidores en concursos locales. El violinista armenio Tatul Yeghiazaran, concertino de la Camerata de Coahuila, formó un coro que pronto se distinguió por su calidad. Sus casi 2 mil alumnos tienen acceso a programas deportivos, de matemáticas, teatro, baile, debate y literatura.

Nunca en sus 80 años de historia el Cervantes había estado en el ojo público, ni era mencionado más allá de las fronteras de La Laguna.

Hasta el viernes 10 de enero de 2020.

Ese día uno de sus alumnos, un niño de 11 años estudiante del 6º B de primaria, llegó a clases con una mochila que cargaba, además de libros, los símbolos de una tragedia que le fascinaba y dos pistolas que había sacado de la casa de sus abuelos. Era un alumno de buenas calificaciones, que nunca había dado problemas, si bien algo retraído. Cargaba también una historia de abandono, tragedia familiar y privación emocional que ni el colegio ni sus compañeros conocían completa.

No esperó a que terminara la primera clase del día. Veinte minutos después de sonada la campana para iniciar las actividades pidió permiso para ir al baño.

Lo que hizo José Ángel Ramos Betts al regresar del baño fue conocido en todo el país, y más allá, en cuestión de minutos. Nueve balazos, uno de ellos en el ojo izquierdo de su maestra de inglés, otro más en su propio ojo derecho y el resto en los cuerpos de cinco niños y otro maestro resonaron con la fuerza que tiene lo que nunca había pasado y lo que nunca se había esperado que pasara.

Al menos en México. Porque a pesar de las decenas de asesinatos que ocurren cada día en el país, sólo en una ocasión anterior se habían dado adentro de una escuela, por parte de un estudiante empuñando un arma.

Fue casi tres años antes a la fecha, en el Colegio Americano de Monterrey, el 18 de enero de 2017. Lo que en Estados Unidos ocurre con una pasmosa frecuencia, en México se conoce como un tiroteo “estilo gringo”, algo que les pasa a otros, en otro país, por sus propias y retorcidas razones. Al menos aquí atribuimos la violencia homicida a delincuentes “matándose entre ellos” y eso nos da una explicación fácil que, extrañamente, tranquiliza. Pero las masacres sin sentido ni razón, perpetradas por jóvenes o adultos que deciden desahogar odios o frustraciones con balazos en una escuela, un centro comercial o un lugar de trabajo, son locuras del otro lado de la frontera. No encuadran en nuestras concepciones de la violencia, al menos no las que tenemos en México o en La Laguna.

No todo tipo de violencia tiene una explicación y, aun así, cuando surge una nueva forma, siempre tratamos de encontrarle el sentido. En los días que siguieron al tiroteo en el Colegio Cervantes se intentaron varias teorías. Se habló de los antecedentes familiares de José Ángel Ramos Betts, la pérdida de su madre, la ausencia de su padre, los antecedentes criminales de su padre y abuelo, que fraguaron en una hipótesis atractiva porque enlazaba la tragedia de 2020 con la historia de narcoviolencia de la región una década atrás. Se habló de las influencias de su consumo de contenidos digitales, como páginas de internet donde desarrolló una obsesión con la masacre en la preparatoria Columbine de Estados Unidos en 1999, que quiso replicar en su propia escuela. Se habló de su afición a los videojuegos violentos y de sus colecciones de armas de juguete.

Todas las teorías tienen algo de verdad, pero todas tienen también el defecto de la premura.

No apresurar conclusiones es lo más importante y lo más difícil ante hechos violentos que en apariencia no tienen sentido. Es la advertencia que ese mismo 10 de enero de 2020 me hizo el periodista estadounidense Dave Cullen, quien se ha dedicado a estudiar el fenómeno de los tiroteos escolares en su país. Cullen es autor del libro considerado el reportaje definitivo sobre la masacre de la preparatoria Columbine, el modelo de José Ángel. En conversaciones durante los días que siguieron al tiroteo, me previno: las explicaciones resultarán escurridizas si lo enfocamos con nuestros lentes.

“Lo que ocurrió es totalmente incomprensible desde nuestro punto de vista. Pero es completamente lógico desde el punto de vista del niño”, me dijo.

Este libro no busca la ex

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