La manopla de Karasthan

Filipe Faria

Fragmento

La manopla de Karasthan

NOTA DEL AUTOR

«EL ARTE NUNCA ESTÁ
CONCLUIDO, SÓLO ABANDONADO».

LEONARDO DA VINCI

Con la gravedad de este preámbulo asegurada con la obligatoria cita de alguien más famoso que yo, me resta ahora explicar el porqué de esta reedición que, más que una mera edición conmemorativa, más que una «versión del realizador» es, sobre todo, el rascarse una valiente comezón. Una comezón decenal que sólo se fue agravando con el paso de los años y que solamente ahora pude rascar, sirviéndome del décimo aniversario de La manopla de Karasthan como pretexto.

Las Crónicas de Allaryia no son ajenas a alteraciones y, como cualquier otra obra, estuvieron sujetas a una serie de correcciones y ajustes a lo largo de las sucesivas ediciones de cada uno de los volúmenes. Pero La manopla siempre fue diferente, y no sólo por haber sido escrita durante el siempre turbulento periodo entre los dieciséis y los veinte años de edad. En ella había siempre algo que faltaba, algún pormenor que corregir, una pieza que no engranaba en el contexto global de la saga. Es una historia con principio, medio y final, pero siempre pecó de una cierta lasitud de trama y de aquello que definí como el «efecto de manta de retazos» en una entrevista diez años atrás. Todo debido a un hecho muy simple: al contrario que los otros seis volúmenes, La manopla de Karasthan no fue originalmente concebida como parte de una saga. De hecho, realmente ni siquiera había sido pensada como un libro, razón por la cual sólo tuvo derecho a un título cuando envié la obra a concursar. Durante los cuatro años de su elaboración, el documento sin nombre (el propio título parecía arbitrario, como varios lectores lo han notado) no tuvo más ambiciones que poblar con una sucesión de eventos el mundo que había creado. Se trataba de una historia cuyo fin ya conocía pero que no tenía una conclusión a la vista, pues mi intención era simplemente ir escribiendo y escribiendo hasta no tener más ideas. Después vino el premio Branquinho da Fonseca, la publicación, y el asunto cambió de aspecto.

Que esto no se entienda como un repudio o un lavar de manos. Nunca oculté que, tal como muchos otros autores, había cosas que hoy escribiría de forma diferente en mi primer libro, pero insistí en resguardar el orgullo que sentía por él, a pesar de todas sus fallas e imperfecciones. De hecho, quisiera aún ser capaz de reproducir la energía pura e inocente con que el manuscrito inicial fue elaborado, investirme de esa dinámica sin bridas que casi hacía que las páginas reventaran por las costuras y que a tanta gente contagió, pero el paradigma ya había cambiado y las cosas siguieron su propio rumbo. Así, fui haciendo algunos cambios por aquí y por allá al manuscrito a medida que iba escribiendo los libros restantes, con la intención de pulir el camino de entrada a las Crónicas de Allaryia y de esa forma darle más cohesión a la saga. No era algo que yo imaginara que podría ver la luz del día, pero hoy, con la serie ya terminada y aún a tiempo de celebrar el décimo aniversario de la publicación de La manopla de Karasthan, creí que era el momento ideal. Sería ahora o póstumamente; opté por que fuera ahora.

Y el resultado es éste: una reedición trabajada y refinada del manuscrito original después de un largo proceso de arqueología literaria, que también implicó el corte de mucha grasa. No obstante, la consigna fue conservar el mayor número posible de pasajes, injertándolos en las partes del texto más alteradas a modo de darles autenticidad y construyendo alrededor de ellos los elementos nuevos que agregué. Se trató de una tarea tardada que me llevó bastantes años, pues fue curiosamente llevada a cabo de la misma forma que el manuscrito original; o sea, se iba haciendo a su propio ritmo, sin un final a la vista ni un plazo definido. Me permitió revisitar los ya lejanos tiempos de mi escritura adolescente y de cierta forma reproducir la energía y dinámica a las que más arriba me referí, moldeándolas a la que es hoy mi forma de escribir y a aquel que hoy sé que es el ámbito de Crónicas de Allaryia, lo que por sí mismo me provocó mucho placer.

Me resta esperar que el lector obtenga igual placer con la lectura de esta obra, que hoy puedo afirmar que es el verdadero pivote de la saga que a su vera creció, y no un mero punto de entrada indefinido. Lejos de pensar que la concluí, tengo por lo menos la seguridad de que no la abandoné…

FILIPE FARIA

La manopla de Karasthan

PREFACIO

Así dio inicio la Octava Era, en la que actualmente nos encontramos.

El Flagelo cayó y la Era del Hombre parece por fin haber llegado, dado que se verificó una nueva expansión humana y las restantes razas se retiraron nuevamente. Aun así, los que se oponen a la sombra perdieron a su héroe Aezrel Thoryn y será difícil mantener el orden. Actualmente, Aereth Thoryn —el mayor de los hijos del héroe— reina en Ul-Thoryn, que se separó forzosamente de las restantes provincias de la antes poderosa nación de Nolwyn. El primogénito de Aezrel se mostró desinteresado en empuñar Ancalach, la Espada de los Reyes, alegando que estos son tiempos de paz y convalecencia, en los que hoces y no armas deben ser empuñadas.

Sin embargo, la verdad es que estos son tiempos en los que el pueblo y la propia Allaryia necesitan héroes, hombres y mujeres valerosos que se dispongan a luchar para imponer justicia y orden, y para impedir que alguien como Seltor emerja de las tinieblas.

Tanto el pueblo como Allaryia siguen a la espera…

Nota: será aconsejable la escritura de una crónica abreviada de las eras precedentes, a pesar de haber seguido la sucesión de eventos del presente a través del Cronoscópio Extemporáneo. No me parece una tarea complicada, a pesar de la inevitable sobreposición del pasado con los acontecimientos actuales, además de que esta será una buena forma de ocupar el tiempo mientras espero que el siempre evasivo futuro se revele; el futuro de Allaryia, mundo que fue mi hogar. El mundo que ahora tengo el deber de observar. El mundo que ahora solamente puedo observar, incluso sabiendo que se encuentra a la orilla de un desastre que nadie está preparado para enfrentar, en caso de que se confirme la peor de las hipótesis… pero estoy adelantándome. Hay que evitar comentarios de índole personal, con miras a salvaguardar un relato objetivo…

Pearnon, el escriba

Crónicas de Allaryia

La manopla de Karasthan

PRÓLOGO

La hoja bajó como un relámpago dirigido a la cabeza de Aewyre Thoryn. El joven cerró los ojos cuando las chispas resultantes del impacto entre las dos espadas sin filo le ofuscaron la vista obstruida por el visor del yelmo. Aewyre dejó que el arma de su oponente se deslizara por el lado plano de la suya, de modo que la fuerza del golpe lo desequilibrara. El adversario perdió el equilibrio y el joven transformó su defensa en un contraataque, giró su espada en un arco y alcanzó los riñones del hombre arrodillado, postrándolo.

Dejando su arma, el hombre dio a entender que el combate había terminado. Aewyre se permitió un aullido de triunfo y se quitó el yelmo. Era un joven guapo, alto y bien constituido, con el cabello negro ligeramente ondulado, ahora empapado de sudor que le escurría abundante por la cara, pegándole madejas a la frente. Aewyre le extendió la mano a su maestro caído y lo ayudó a levantarse, mostrando una sonrisa que exhibía su dentadura blanca y perfecta, una perfección rota sólo por un incisivo inferior ligeramente saliente, consecuencia de un golpe durante los entrenamientos años atrás. Ésta era la única falla visible en las facciones regias que el muchacho había heredado de su madre: Adelayne, la princesa siruliana exiliada que se había casado con su padre y que había muerto del disgusto cuando le dijeron que Aezrel Thoryn había perecido en Asmodeon.

Daveanorn, su maestro, un barbudo veterano de guerra con los cabellos coronados de blanco por sus cincuenta años, sonreía con satisfacción por el progreso de su alumno.

—¡Tan dotado como tu padre! Aezrel estaría orgulloso si te viera.

Al observar la súbita tristeza en los ojos oscuros del joven, que normalmente irradiaban la energía de un chiquillo, a pesar de tener más de veinte inviernos, Daveanorn puso una mano en el hombro de su alumno y cambió de tema.

—Finalmente dejaste de hacerte el bravucón. No siempre tienes que medir fuerzas con tu adversario. ¿Ves ahora cómo es mucho más útil usar su fuerza para tu provecho?

—Sí, maestro, ahora lo veo, pero…

Al presentir que Aewyre quería volver al tema que habían discutido el día anterior —un asunto que el maestro de armas creía que ya había sido enterrado—. Daveanorn se apresuró a interrumpirlo.

—Entonces qué me dices si comemos algo y vamos a visitar a las chicas de la corte, ¿eh? —enfatizó la propuesta con un jovial guiño y un codazo en el brazo de Aewyre.

—Maestro, ya sabe que no vale la pena que lo pospongamos…

Más serio, Daveanorn respondió:

—Aewyre, piensa bien. Seamos honestos, tu hermano, nuestro señor, es un buen hombre y rige bien la provincia, pero empuña la espada tan bien como un caballo y ensucia los pantalones cada vez que hay problemas. Ul-Thoryn necesita, además de un regente justo y con habilidad para las cosas de dinero, de un brazo fuerte y una buena espada. Tú sabes que ya estoy viejo y alguien de confianza tiene que estar cerca por si algo le llegara a suceder a tu hermano. Ese alguien no serán las serpientes codiciosas de la corte, con seguridad, ni un mago loco con una gema en la frente…

El joven jugueteaba con su incisivo saliente, pero con la boca cerrada, removía la lengua mientras pensaba, era un hábito que había adquirido.

—Maestro, no debería hablar así de nuestro señor… —lo amonestó Aewyre con una sonrisa algo forzada—. De cualquier forma, ¿de qué le sirvo yo a mi hermano? Él es el mayor y yo me paso los días entrenando, no sé dirigir una provincia. ¿Qué le puede suceder en estos días que corren, morir de tedio?

—Tan obstinado como el padre… —murmuró Daveanorn, levantando la voz de inmediato—. Ya veo que no vale la pena. De acuerdo entonces, haz lo que te parezca.

El maestro de armas envainó la espada y se retiró con pasos firmes y decididos, pero Aewyre no se dejó engañar: Daveanorn estaba poniéndolo a prueba, atribuyéndole más instinto del deber y buen sentido de lo que el joven realmente alguna vez hubiera creído tener. ¡Si él no poseía ninguna responsabilidad con Ul-Thoryn! Aereth era el primogénito, a él le correspondía regir la provincia, a él le fue encomendado el fardo de su padre. Aewyre nunca se había llevado bien con su hermano, ni tampoco se llevaba mal, pero decir que la relación entre ambos era de tolerancia sería suavizarlo educadamente. De cualquier forma, eso no lo persuadiría.

Con los labios apretados y los puños crispados de forma casi petulante, caminó en dirección al palacio, atravesando el polvoso patio de entrenamiento de tierra apisonada. Era una tarde calurosa y el calor hacía que la armadura de cuero hervido resultara muy incómoda. El interior de paño de la coraza estaba mojado de sudor, el exterior tenía una inmunda costra de suciedad y el propio Aewyre estaba empapado y con manchas oscuras en la cara. Varios hombres lo saludaron mientras caminaba, soldados de la guarnición que dejaban los gruñidos que el esfuerzo del riguroso entrenamiento les exigía para saludar al joven guerrero con movimientos de cabeza y palabras de camaradería. No había formalidades con el más joven de los hermanos Thoryn y los hombres de la guarnición lo sabían lo suficiente para que no les causara confusión. A todos, Aewyre les respondió con un movimiento de cabeza, sin dejar de caminar y el estrépito de los embates de madera contra madera se renovaba a medida que avanzaba.

«Será mejor ponerme un poco más presentable…», pensó al pasar debajo del arco de mármol con una panoplia de armas al centro, el cual demarcaba el patio de entrenamiento.

La tierra se transformó en un empedrado y el guerrero se dirigió a la caserna para depositar la espada mellada y la inmunda armadura de cuero. Hecho esto, continuó hacia Allahn Anroth, el palacio real de Ul-Thoryn, el corazón de la majestuosa ciudad renombrada en honor a la memoria de su padre, Aezrel Thoryn. Atravesando varios corredores suntuosamente decorados con tapicerías de lana fina, mosaicos y frescos en las paredes que retrataban escenas de batallas, pasó también por la Sala de los Reyes, una extensa cámara circular de la que cuatro corredores se proyectaban.

Como el nombre lo decía, los reyes de Ul-Thoryn, de todo Nolwyn, antes de las recientes proclamaciones de independencia de las restantes provincias, descansaban en ella encima de pedestales. Sus cuerpos embebidos en oro, el metal que el tiempo no lograba deslustrar, portaban las resplandecientes armaduras dentro de las que habían combatido en defensa de su nación y mantenían la expresión noble de sus semblantes. Una enorme claraboya de vidrio colorido retrataba el blasón de Nolwyn, simbolizado por un águila roja levantando el vuelo ante un sol amarillo de ocho puntas, cada una en representación de los condados de la región, cuando Nolwyn no estaba dividido. El blasón se proyectaba en el suelo de mármol gracias a la luz del sol que pasaba por el vitral y al brillo de la luna durante la noche, en memoria de esos tiempos idos, de unión.

Aewyre se detuvo un momento en la sala, asaltado, como era habitual, por el pensamiento de que su padre también debería estar ahí. Sacudió la cabeza ante la inutilidad de seguir removiendo el mismo asunto y continuó. El guardia ocasional lo saludó, ataviado con una armadura metálica completa que ostentaba el blasón de Nolwyn en el pecho. Igual que la claraboya, el escudo databa del tiempo en que Ul-Thoryn había sido la capital de todo Nolwyn, no la presente ciudad-estado. Finalmente, llegó a sus suntuosos aposentos, donde un baño tibio lo esperaba junto al fuego de la chimenea.

Aewyre se sentía bien sin lujos, pero ya había aprendido hace mucho tiempo que no importaba cuántas sillas laqueadas tirara, cuántos espejos rompiera o cuántas vasijas de plata usara para alimentar perros, los siervos del palacio conseguirían siempre más. Su suspiro se ahogó cuando se quitó la camisa sucia, tirándola enseguida encima de una silla con tapiz de oro brocado. Quitó el paño de un jarro plateado de boca estrecha y se sirvió un poco de vino fresco en una copa que era una obra maestra, también de plata. Lanzó el resto de la ropa sucia encima de las sábanas del lino fino de su cama con dosel y patas adornadas, y se metió al agua caliente con una placentera exhalación.

Ya limpio, se colocó la armadura, una camisa de cuero de manga corta con una coraza para el tronco y dos espalderas para los hombros. Se colocó los brazales cubiertos de bronce, se ató los dos quijotes a los muslos, las grebas a las botas y la vaina vacía al cinto. Al final, se enredó un largo pañuelo rojo al cuello. Debidamente equipado, salió discretamente de su cuarto y caminó, sigiloso, por los corredores aparentemente vacíos del palacio. Lo que iba a hacer era probablemente un disparate, pero en fin… dudaba de que su hermano se enojara demasiado.

Aewyre rumió sus pensamientos hasta llegar a una puerta vigilada por dos estoicos guardias de palacio con mirada átona, que portaban armaduras completas y empuñaban lanzas. Los dos irguieron el puño al pecho como deferencia, pero tan deprisa volvieron a sus posiciones originales que nadie diría que se habían movido. Aewyre respiró hondo.

—Su señor los llama, buenos hombres. Aereth Thoryn requiere la presencia de ambos en el Salón Real.

Ninguno de los dos parpadeó, pero ambos se miraron. Aewyre sabía muy bien que tenían órdenes explícitas de nunca abandonar sus puestos. Aun así, reunió toda la sangre azul que creía tener y se esforzó por parecer majestuosamente autoritario. Parecía que lo había logrado, pues los guardias saludaron a Aewyre una vez más y se retiraron a paso rápido.

Mirando hacia atrás, el joven abrió la gran puerta y la cerró cuidadosamente detrás de sí, recargándose en ella para contemplar lo que estaba en un estrado en el centro de la lúgubre sala, iluminada apenas por una antorcha de luz que incidía en un bien más precioso que todo el oro del palacio: Ancalach, la espada de su padre, Aezrel Thoryn, el héroe de Allaryia, el rey ilegítimo. La moribunda Sarea había traído el arma de la fortaleza de Asmodeon, donde Aezrel había, supuestamente, perecido, y ahora se encontraba clavada en la grieta de un simple pedestal de mármol con el nombre y el epitafio de Aezrel inscritos en oro. Aewyre avanzó reuniendo coraje, subió los escalones del estrado y admiró la hoja.

La Espada de los Reyes era una magnífica obra de arte y un arma poderosa. El puño decorado tenía un centro largo que se estrechaba en dirección al pomo adornado, lo que permitía un control excepcional con una o con dos manos, protegidas por una cazoleta bañada en oro (que parecía nunca desvanecerse o rayarse) que se curvaba hacia arriba. La impresionante hoja de doble filo hecha con mineral trabajado por Ištegard y después vuelta a forjar por el propio Tharobar era ligera como madera y más dura que el diamante; tenía aguzada punta y un filo siempre agudo, como el pulgar de Aewyre había atestiguado después de una de sus varias sesiones secretas con la espada.

El joven guerrero aún no había descubierto el secreto de la espada, que su padre se había llevado con él, pues a pesar de ser un arma de una calidad que sobrepasaba de lejos los criterios de los mejores herreros thuragar, parecía no tener ninguna cualidad fantástica. En las manos de Aezrel, sin embargo, había sido una fuerza destructora imparable. Aereth, su hermano mayor, la guardaba en memoria de su padre, pero Aewyre sabía que Ancalach no había sido hecha para ser exhibida, sino para usarse. Inspiró profundo una vez más y crispó los dedos lenta pero firmemente en el puño de la espada. Haciendo acopio de toda su resolución, jaló con fuerza y la hoja silbó al deslizarse fuera de la grieta del mármol.

Listo. Estaba hecho. No se permitió pensar más y, como un niño que rompe algo y quiere huir antes de que alguien lo descubra, envainó a Ancalach en su funda decorada y se dirigió a la puerta con pasos largos. Constató que los guardias aún no habían vuelto y corrió por los pasillos, apoyando la mano en el puño de la espada para evitar que se moviera hacia las piernas. Para su sorpresa, se encontró con un grupo de muchachitas siervas de la corte. Linnoa, una sirvienta que siempre había llamado la atención de Aewyre debido a su cabello rubio y ojos azules, cosa poco común en Nolwyn, fue la primera en hablar.

—Lord Aewyre, ¿son verdaderos los rumores de que nos dejará?

Aewyre miró alrededor nerviosamente y deseó que sus dedos crecieran lo suficiente para cubrir el puño y la cazoleta de la espada. ¿Cómo sabían ellas que iba a partir? No sólo las paredes del palacio sino también las piedras del patio parecían tener oídos. Irguió la mano libre como para detener y sosegar al grupo de mujeres que avanzaba inexorablemente en su dirección como una marea subiendo.

—Pero, bellas doncellas… ¿dejarlas, yo?

Una mujer morena de brillantes cabellos negros y una tiara de flores se abrió camino entre las otras y se lanzó a los brazos de Aewyre.

—Quédese, lord Aewyre. Prometo que haré que su estadía valga la pena…

—No lo dudo, bella doncella, pero… —tartamudeó, esperando que se le ocurriera cualquier pretexto.

Una joven de cabello castaño y labios pintados empujó a la morena hacia un lado y besó a Aewyre. El joven se desembarazó de ella, pero abrió la boca sólo para recibir el beso de la limpiadora de letrinas, una mujer gorda y cacariza. Aewyre la alejó enojado, pero mantuvo la compostura asumiendo una galante posición de discurso, sin quitar la mano izquierda de Ancalach.

—Queridas doncellas, hubo un malentendido. Sí voy a partir, pero sólo porque el deber me llama a la Ronda Exterior —era una buena disculpa—. Salteadores rondan por los arrabales de nuestra ciudad y bellacos malintencionados vigilan en las sombras de nuestras murallas. Es mi deber unirme a nuestros valerosos hombres y ayudarlos a proteger Ul-Thoryn para que ningún mal se abata sobre ustedes, las más preciadas joyas que Allahn Anroth aloja.

Los ojos de las muchachitas centellearon como si fueran realmente gemas, incluso aquellas cuyo único contacto con piedras preciosas fuera a través de un trapo de limpiar. Aewyre se permitió un suspiro de alivio, que fue ahogado por los sonoros gemidos de encanto.

—Por esa razón debo ausentarme. Pero volveré, pueden estar seguras —les garantizó, añadiendo una sonrisa maliciosa—: Y cuando vuelva, cuento con la debida recepción de héroe.

Recuperando la postura confiada con la que había abordado a los guardias, Aewyre le guiñó un ojo al grupo de muchachitas y aprovechó la oportunidad para escapar, satisfecho de saber que al final las clases de retórica con el mago Allumno no habían sido inútiles. Como si los pensamientos de Aewyre lo hubieran invocado, el hechicero apareció frente a él al girar por el corredor en cuanto dejó las risitas atrás.

Era un hombre de estatura mediana, de unos cuarenta años. Su cabello negro y lustroso tenía canas en las sienes, era liso y lo llevaba con una línea en medio, que hacía que le escurriera por ambos lados de la cabeza, con algún mechón colgando frente a la cara, lo que hacía que pareciera extrañamente joven para su edad. Allumno tenía pocas arrugas y la mayor parte de ellas se debía a la gema escarlata que tenía incrustada en la frente.

Esa joya había sido el último hechizo de Zoryan, el archimago, quien antes de morir había transferido su alma a la piedra de su collar, la cual buscó un huésped apropiado, y escogió a Allumno. A través de ella, el mago se volvió un gran hechicero cuya energía latente aumentaba cada día, además de contribuir al buen estado de su cara, como él siempre comentaba. Tenía un hoyuelo en la barbilla y utilizaba una capa roja con capucha sobre una camisa y unos pantalones blancos, ambos holgados, y éste último metido en unas botas con polainas de fieltro. Tenía un amuleto al cuello que representaba la cabeza dorada de una serpiente con un rubí pulido entre las fauces; llevaba un voluminoso saco de cuero cruzado al hombro. También un bastón de madera ribeteado de extraños caracteres en la punta nudosa, en la que tenía incrustado un rubí pulido.

—Viva, Aewyre. Veo que dejas atrás varios corazones esperanzados. ¿No te dan pena las muchachitas?

La boca del guerrero estaba abierta, pero Aewyre no logró hablar. Allumno fingía no ver a Ancalach, pero Aewyre sabía muy bien que el mago la había visto.

—¿De quién te estás escondiendo? ¿Qué disparate hiciste esta vez?

—Yo…

—No, no digas nada más. Aún recuerdo muy bien tus fantasías de chiquillo. Pensé que habías crecido lo suficiente para sacártelas de la cabeza, pero parece que sólo tratabas de escondérmelas… No me digas, te llevas a Ancalach y partes rumbo a Loried, ¿cierto?

Aewyre suspiró.

—¿Cómo supiste?

—Tengo un fragmento de la Lanza de Ištegard, ¿recuerdas? —le comentó el mago con una palmadita en el saco en el que había guardado uno de los pedazos del arma a partir de la que Ancalach había sido vuelta a forjar—. En cuanto sacaste a Ancalach del pedestal, el pedazo se puso más frío y me di cuenta de que algo iba mal. Después de eso sólo dejé que me llevara a ti. ¿Crees que no supe que la sacabas de ahí para entrenar a hurtadillas?

—No hay manera de esconderte cosas, ¿cierto?

—Tomé algunas precauciones. No queremos perder la más valiosa reliquia de Ul-Thoryn, ¿verdad?

—Bueno, de cualquier modo… —interrumpió Aewyre, ya recuperado de la sorpresa—. Mi decisión está tomada. Iré a Loried a ver la Manopla de Karasthan en el templo de Gilgethan. Rezaré para obtener orientación y, si el dios de la guerra así lo desea, iré a Asmodeon a descubrir qué le sucedió a mi padre. Y llevaré a Ancalach conmigo. ¿Me lo impedirás?

El mago miró al joven pausadamente. Aewyre habría jurado que la gema de Allumno brillaba a medida que sus ojos se perdían como si estuviera recordando acontecimientos pasados.

La Manopla de Karasthan era un artefacto sagrado de la iglesia de Gilgethan, una reliquia bendecida de un santo de la fe del dios de la guerra. Karasthan había sido un gran general que nunca había perdido una batalla y que, incluso con la muñeca atravesada por una flecha durante su última contienda, logró defender él solo un pasaje que habría dado acceso al flanco desprotegido de su ejército. Las leyendas decían que el cuerpo de Karasthan se había seguido moviendo y derribando enemigos después de que su última gota de sangre hubiera caído de la herida mortal, cada golpe suyo era un espadazo fatal contra todos los enemigos que atacaban su cuerpo muerto, pero imbuido de energía divina. El ejército de Karasthan emergió victorioso ese día y el sacrificio del general le mereció un entierro santo. Su manopla, atravesada también, fue santificada y desde entonces se volvió un icono religioso de la fe, una reliquia que se decía era capaz de indicarles el rumbo a aquellos que Gilgethan consideraba dignos en tiempos atribulados.

—Igualito a tu padre —dijo al fin—. Fueron esas las palabras de Aezrel cuando el alma de Zoryan trató a través de mí impedirle ir a Asmodeon… ¿Es eso lo que piensas hacer entonces?

—Si Gilgethan así lo decreta… —respondió Aewyre de forma evasiva.

—Estás realmente decidido a hacerlo, ¿verdad? —adivinó Allumno con los ojos reducidos a un par de rendijas perspicaces.

—Si la espada de Gilgethan apunta en la dirección de Asmodeon, no lo pensaré dos veces.

—Hablando de espadas, porque llevas, ciertamente, contigo a Ancalach.

El joven pareció irritarse y espetó el pulgar en su pecho.

—Sabes bien por qué. Tanto como las personas lo saben, no paso de un fanfarrón mujeriego que nació en cuna de oro —dijo Aewyre con un cierto tono de amargura en la voz—. Tengo poca o ninguna autoridad en Nolwyn, cuanto menos en Thýr, y el santuario de la Manopla está reservado a guerreros natos. Pero si llevo a Ancalach, nadie me vedará la entrada.

Allumno movió la cabeza pensativamente.

—Entonces vas a Thýr, a Loried, donde esperas que te sea concedida la entrada a uno de los santuarios del dios de la guerra en virtud del arma que empuñas… ¿Y pretendes orar allá a Gilgethan para que él te diga si debes o no recorrer media Allaryia rumbo a Asmodeon?

—Sí.

—Considero que debo enfatizarlo: vas a preguntar al dios de la guerra si te considera o no digno de embarcarte en una petición que con certeza acarreará discordia, derramamiento de sangre y muerte. La tuya, probablemente.

El mago tenía talento para hacer que las ideas de los demás sonaran siempre estúpidas, pero Aewyre no estaba dispuesto a dejarse disuadir por la retórica de su mentor.

—Sí, es exactamente eso lo que pretendo hacer. Repito: ¿me lo vas a impedir?

Allumno no respondió de momento, sólo miró a Aewyre con aire pensativo mientras éste se impacientaba, expectante.

—Voy contigo —dijo Allumno al fin, golpeando con el bastón el suelo, que produjo un sonido seco que resonó en los largos corredores.

—Tú… ¿Vienes conmigo…?

—Aunque sea sólo por la posibilidad de hacerte cambiar de ideas.

—Pero… ¿Y mi hermano?

—Se las arreglará muy bien sin mí. Y me lo agradecerá más tarde, si yo por casualidad te impidiera hacer algo perjudicial para su reino.

Aewyre rio de sorpresa e incredulidad, y en su momento de alivio ni siquiera ponderó las repercusiones de la compañía de su mentor en lo que él había idealizado como un viaje solitario.

—Haz lo mejor.

—Así lo haré… Supongo que informar a tu hermano de la partida, siguiendo los patrones mínimos de cortesía y reglas de buena conducta está fuera de duda.

—Si ya sabías, ¿por qué preguntaste? —retrucó el joven, riendo al ver al mago mover la cabeza.

—Muy bien. Vamos, entonces, antes de que cambie de idea —dijo desatándose la capa—. Y, por el amor de Assana, cubre a Ancalach con esto, si no, ni siquiera pasaremos del portón.

Allumno parecía estar ya equipado con todo lo que necesitaban, por eso Aewyre fue con él a la cocina, donde una sierva aparentemente lo esperaba. Del otro lado de la puerta se oían voces y el tintineo de platos y cubiertos, y la jovencita miraba nerviosamente a su alrededor.

—Hola, Calina. Finalmente descubrieron mis planes, por eso me tengo que ir ahora.

—Sí, lord Aewyre. Aquí tiene su comida.

La jovencita morena y rolliza le entregó un saco que Aewyre enseguida colocó en su mochila, entre cuyas correas escondió la Espada de los Reyes envuelta en la capa roja de Allumno, preparado para marcharse.

—Lord Aewyre, ¿no se está olvidando de algo?

El joven sonrío forzadamente y se restregó la nuca, pero la sierva puso las manos en jarras, comenzó a golpear con un pie y puso una expresión de amonestación en la cara. Aewyre suspiró, tomó a la jovencita por los brazos y la besó, soltándola enseguida y dejándola dando suspiros mientras se alejaba.

—Realmente indecente de tu parte —dijo Allumno.

—Lo sé —respondió Aewyre con tono despreocupado.

El mago movió la cabeza. El hecho de que su madre Adelayne hubiera muerto del disgusto parecía de alguna forma haber hecho que Aewyre creciera sin afecto, todavía más su hermano Aereth, que no se había casado aún.

En el palacio comenzaba a servirse la cena y los dos llegaron al patio sin sobresaltos, desde donde se encaminaron a la ciudad para después salir por sus puertas. Fue entonces cuando oyeron un leve repicar de campanas.

«Oh, no, él no…», pensó Aewyre.

—¡Buenas tardes, Aewyre! —escuchó una irritante voz detrás de él.

El guerrero se volteó y miró a quien le dirigía la palabra: Dilet, el bobo. Era un hombre delgado y de baja estatura, de nariz afilada y con una fosa nasal más alta que la otra, lo que le daba un aspecto cómico. Sus ojos curiosos con los lagrimales muy visibles parpadeaban repetidamente debajo de las largas y siempre arqueadas cejas. Sus orejas anchas apuntaban al frente y su boca ostentaba dos hileras de pequeños dientes, con excepción de un par de incisivos parecidos a los de un conejo. Vestía un tradicional traje de bobo, colorido, chillón, con listones rojos y amarillos predominantes, zapatos y bonete llenos de campanillas en las puntas. El hombre era una auténtica amalgama de características físicas que no armonizaban, y había sido nombrado bufón por su hermano, precisamente por eso.

—Para ti soy lord Aewyre, gusano.

—Mil perdones, lord Aewyre —dijo Dilet haciendo una venia claramente burlona—. Disculpe a mi humilde persona por faltarle al respeto. Entonces, ¿nos deja? ¿Qué hará el palacio sin su viril y tranquilizadora presencia?

—Tendrán que conseguir otro para que te corte la lengua bífida, bobo.

—Oh, sí, le gustaría cortarme la lengua con esa espada que ni le pertenece. ¿Qué diría Aezrel de tan impropio uso de tan noble arma?

Aewyre se enfureció repentinamente, tanto por la mención del nombre de su padre, como por el hecho de que el bobo de alguna forma hubiera reconocido a Ancalach, a pesar de estar envuelta por la capa, por lo que tomó a Dilet de la colorida gorguera.

—No quiero oír nunca más el nombre de mi padre saliendo de tu inmunda garganta, bufón. Su nombre no será difamado por gusanos como tú, ¿entendiste?

—Pe-perfectamente, lord Aewyre… —tartamudeó Dilet, dándose cuenta de que había ido demasiado lejos.

El joven lo empujó bruscamente al suelo y se retiró con Allumno, quien miró al bobo y negó con la cabeza antes de partir.

—Un día, maldito, pagarás por todo. Lo juro —amenazó Dilet silenciosamente mientras se levantaba y se sacudía el polvo de la ropa—. Y tú también, mago. Pagarán tarde o temprano…

Un bulto solitario yacía sentado en un trono de basalto tallado toscamente, iba ataviado con una túnica gris de mangas amplias y respiraba de forma audible en el silencio de la lúgubre cámara en la que se encontraba.

Tenía la cabeza gacha y las facciones escondidas por una melena de desaliñadas madejas negras y grises, permanecía perfectamente inmóvil en su trono, cuyos brazos agarraba con unas manos pálidas de uñas roídas. Ante él se erguía un pedestal de ónix con bordes, sobre el que se encontraba un espejo de cuarzo ahumado con una moldura intrincada de hierro irregular; fue una refracción casi imperceptible en la superficie de éste lo que hizo que la figura sentada se moviera. Los dedos apretaron la piedra con más fuerza y el cabello se movió, entonces la figura irguió repentinamente el torso con un jadeo de ansia, levantando la cabeza para revelar una boca zurcida con tiras de su propia piel cadavérica.

—Por fin… ¿será… posible? —indagó el hombre con una voz áspera, cada palabra suya tensaba las tiras de piel, algunas ya a punto de manar sangre. Antorchas flamearon alrededor de la cámara, como encendidas por la agitación de la voz del personaje, que entonces se irguió del trono.

Sus zapatos de cuero gastado se arrastraron por el piso irregular cuando se dirigió apresuradamente al pedestal y se detuvo ante él con manos ansiosas que tanteaban el aire. El espejo oscuro fue el escenario de un indescifrable juego de reflejos de las antorchas a lo largo de su superficie, pero la refracción que había despertado al hombre había sido inconfundible. Él la había sentido en el centro de su propia alma.

—La Espada de los Reyes… parte… —dijo, saboreando la sangre de los labios cuando estrías rojas escurrieron de los pequeños rasguños que se iba infligiendo alrededor de la boca.

Incapaz de contener su excitación, el hombre puso las manos delante del espejo, dejando que la luz de las antorchas moldeara la sombra de éstas en la superficie pulida antes de ejecutar una serie de elaborados gestos con los dedos.

—Despierta… inquisidor. La hora… llegó por fin…

En algún lugar, en una cámara oscura, un par de puntos luminosos lucían con un intenso brillo escarlata, dos fuentes de luz alimentadas por un odio desmesurado, inconmensurable. Una manopla envistió violentamente contra la dura roca que cercaba el cuerpo poseedor de los dos ojos, seguida por el golpe de otra. Los embates se sucedieron un sinnúmero de ocasiones, e incontables veces el tono seco y metálico había resonado por la cámara, en una sinfonía de metal tintineante. El tiempo era inexistente e inútil en este espacio confinado, medido sólo por los golpes y desprovisto de significado para la criatura aprisionada.

Súbitamente, rompiendo la monotonía del indeterminado tiempo, algo sucedió. Por primera vez la piedra había cedido. El brillo rojo se intensificó y las manoplas comenzaron nuevamente a golpear, con fuerza redoblada.

—¡Sí… sí!

Pero algo iba mal… los golpes irregulares asestados comenzaron a ser acompañados por otros provenientes del exterior. La roca se desmoronaba. La odiada luz del astro dorado, que significaba dolor y sufrimiento fue bienvenida para la criatura cuando pasó por las recién creadas grietas polvorientas en la piedra. Los rayos, sin embargo, lo quemaban. Profiriendo un sonido por primera vez desde hacía demasiado tiempo como para poderlo recordar, la criatura aulló de rabia y dolor.

Los golpes del exterior cesaron. La criatura, sin embargo, no se detuvo, abría las grietas más y más, hasta que un gran pedazo finalmente cedió y cayó. Se precipitó hacia afuera con rabia, pasando con su pesada armadura a través del cascajo y las piedras que caían y golpeaban desordenadamente el suelo. Oyó un sonido que le pareció extraño al no asemejarse en nada al tintineo metálico al que se había habituado, pero le removió los recuerdos del sufrimiento y el dolor que había causado hace mucho tiempo. Irguió la cabeza y vio tres figuras, cuya mezcla cromática le causó confusión, habituado como estaba a la oscuridad total. Pero había una figura curvada en el suelo, su rodilla tenía una mancha roja. Un color le despertó algo en el centro de su ser… rojo… recuerdos de dolor… y sangre, mucha sangre. Sí, sangre. ¡Eso era!

Instintivamente llevó la mano a su espada, la desenvainó y la levantó. Las tres figuras estaban petrificadas, inmovilizadas por el miedo que la criatura inspiraba. Sangre…

—¡Sangre! —aulló la criatura con una voz del más allá, cortando y tallando los cuerpos salvajemente con su espada negra, regocijándose con los escupitajos de líquido vital que empapaban su armadura y bañándose inmediatamente en la esencia de sus víctimas.

Fue entonces cuando el color de la sangre le avivó la memoria. Sangre… roja… todo le parecía de repente tan familiar… acero… espada… ¡Espada! ¡Sí, eso era!

—¿Ancalach? —musitó, no comprendiendo totalmente lo que decía.

Sin embargo, la palabra estaba grabada en su cabeza y cada sonido usado para pronunciarla se avivó en llamas en su mente casi vacía.

—Aezrel —dijo, por fin, levantándose.

La luz del sol le incomodaba, llegaba incluso a causarle dolor, más aún por haber pasado tanto tiempo bajo tierra. Miró alrededor y vio paredes de piedra irregular que lo cercaban y subían de forma pronunciada. Siguió la pendiente y vio que tenía fin, por lo que envainó la espada y comenzó a escalar las paredes, ajeno al elevador de madera que se encontraba cerca de las pilas de carne sanguinolenta, a las cuales las moscas ya acudían.

En la cima de la estructura desconocida, un bulto negro se escondía en las sombras, observando a la criatura con unos ojos realzados por ojeras oscuras.

—Las vidas de ellos por su regreso… —dijo, recogiéndose en la penumbra.

La manopla de Karasthan

LIBRO PRIMERO

Todo comenzó de Nada, la nada absoluta e inconcebible de la pura no existencia. Sin embargo, para que haya nada, tiene que haber alguna cosa que la pueda definir como tal, un algo que exista como antónimo de la nada.

Ese algo era, en realidad, dos algos, dos cosas concretas cuya existencia justificaba la no existencia de Nada. Esos dos algos eran dos fuerzas opuestas cuya conjunción creaba ese algo antes dicho. Sin embargo, la constante oposición de los dos era fuerte, y acabó por crear inevitablemente otra cosa, la propia fuerza entre las dos, o por decirlo de algún modo, un intermedio de los algos. La oposición no sólo creó ese intermedio, sino que también causó otras reacciones, que se propagaron por Nada, como la ondulación en la superficie de un río alcanzada por una piedra. En ese instante, algo sucedió, algo que se impuso y se sobrepuso a Nada, que tuvo una vasta porción suya convertida en algo concreto y existente.

A partir de este momento, se desencadenó una secuencia de eventos que vinieron a crear la inmensidad cósmica y los dos algos y su intermedio siguieron su inconsciente tarea durante un inconmensurable espacio de tiempo que comenzó a tener significado. Terminado este periodo, surgió vida en una de las incontables creaciones, un pequeño grano en medio de la inmensidad cósmica, nutrido por la luz de las llamas de un astro ardiente originado de manera inconsciente por la oposición de dos algos, pero que bastó para que los tres fueran imbuidos de su esencia, volviéndose seres vivos y conscientes. Así nacieron Sirul, Luris y Siris, las omnipotentes entidades. Sirul fue el opuesto de Luris y Siris la entidad neutra, el eterno intermedio. Juntos eran el Delta.

Pearnon, el escriba

Crónicas abreviadas de Allaryia

«Génesis»

La manopla de Karasthan

ENCUENTROS INESPERADOS

Después de casi cinco semanas de viaje fuera de los caminos, Aewyre y Allumno pasaron la frontera entre Lennhau y Vaul-Syrith. Las relaciones diplomáticas entre Ul-Thoryn y Vaul-Syrith siempre habían sido buenas, pero por esta misma razón los compañeros se desviaron del camino, al mando de Allumno, quien había aconsejado a Aewyre no hacer conocido el hecho de que prácticamente había huido del palacio, pero no le había explicado la razón, diciendo que las «sutilezas políticas» le harían mal a su cabeza.

Los dos avanzaron por la planicie ondulante, cuya abundante vegetación se mecía al ritmo de la suave brisa, lo que hacía que el terreno pareciera vivo. El mago comenzó a quejarse por no haber traído caballos, pero Aewyre estaba alegre por la súbita sensación de libertad y caminaba con pasos largos y decididos, sin facilitar en nada el andar del mago que se veía forzado a marchar con la ayuda de su bastón para lograr acompañar al irreverente joven.

—Aewyre, desacelera un poco. Tu compañero de viaje es viejo y mis piernas, además de que no son tan largas como las tuyas, ya no son lo que eran.

—¡Anda, Allumno! Ya sabes que eso de fingirte viejo y frágil no funciona conmigo —respondió el joven sin siquiera mirar hacia atrás.

—Si no suavizas el paso, ¡te transformo en caracol! —lo amenazó.

—De acuerdo, de acuerdo. No es para tanto…

—Oye —interrumpió el mago—, veo personas a la distancia.

Aewyre miró en la dirección que Allumno señalaba y reconoció una figura montada a caballo y otra, más pequeña, que caminaba a su lado.

—Parecen estar armados. ¿Qué hacemos? —preguntó el prudente hechicero.

—No son ninguna patrulla y ésta es una región segura. No vale la pena evitarlos, anda.

El mago no pudo refutar los argumentos de Aewyre, por eso lo siguió, pero se bajó la capucha para ocultar la gema de su frente, pues compartía con el joven la intención de no dejar rastro, por lo menos en Nolwyn. A medida que las personas se acercaban, Aewyre pudo ver que la figura montada era una mujer rubia con el blasón de Vaul-Syrith en el escudo, un caballo amarillo sobre dos rosas blancas, que giró hacia adentro en señal de paz.

Su acompañante era un viejo thuragar con bacinete y una pesada armadura por encima de una cota de malla que cubría todo su cuerpo. Traía al cinto un temible martillo de guerra de cabeza pesada con un pico de cuervo atrás y una lanza encima, así como un escudo, que era parte de su manopla izquierda.

—La mujer es noble. Cuida cómo te portas —le advirtió Allumno.

—No te preocupes. Sé tratar con mujeres —aseveró Aewyre.

—Es precisamente eso lo que me preocupa —agregó Allumno.

Cuando estaban a la distancia de un golpe de lanza, las dos parejas se detuvieron.

—Saludos, viajeros —dijo el thuragar con una voz ronca y nada amigable, a pesar del saludo—. Soy Worick, hijo de Taramon de las Vetas de Oro y acompaño a Lhiannah Syndar, hija de Sunlar Syndar, regente de Vaul-Syrith.

Allumno se preparó para cumplir su función de diplomático, pero Aewyre intervino antes de que pudiera proferir una palabra.

—Saludos, Worick de Taramon y saludos, bella Lhiannah… —dijo Aewyre, haciendo una venia cortés. —Yo soy Aeren y mi compañero es Alleno. Somos dos viajeros sin casa y erramos por estas regiones.

—Van muy bien armados para ser viajeros —observó Lhiannah, con tono perspicaz.

Era una bella mujer rubia, cuyos largos cabellos resplandecían al sol como hilos de oro. Sobre una camisa de fino lino rojo traía una coraza engalanada con relieves dorados que realzaban las protuberancias que tenía la placa para no apretar el pecho y una gargantilla ajustada con un botón en forma de rosa blanca. Sus brazos eran firmes y bien definidos por el esfuerzo de manejar espadas de entrenamiento, llevaba en las manos mitones negros de piel acoplados a los brazales y un amuleto plateado alrededor del brazo izquierdo. Su espada estaba enfundada en una vaina decorada con piedras preciosas y el puño tenía forma de rosa. De su silla pendía una aljaba con flechas para un arco corto que traía en un estuche de cuero, colgado también de la silla.

Aewyre se acercó y el thuragar crispó la mano en el mango de su martillo. Tenía todo el aire de un veterano de guerra, con la cara marcada por cicatrices de diferentes formas, algunas que se cruzaban entre sí, y los dientes desportillados. Tenía la típica nariz de papa de su raza y ojos pequeños y negros debajo de unas tupidas cejas. Su inusual barba espesa le llegaba al pecho y era gris con un mechón blanco que comenzaba debajo del labio inferior. Del mismo color era su cabello, que le llegaba a los hombros, decorados por dos pequeñas trenzas del lado derecho. Aewyre se apresuró a extender las palmas de las manos hacia el thuragar en señal de paz y miró a la princesa. A esa distancia, pudo ver que sus ojos tenían un color inusual: eran azules, con manchas amarillas que parecían pepitas de oro.

Al ver que el viajero no hablaría tan pronto, la princesa continuó.

—¿Qué hacen en esta región tan bien armados? ¿No serán, por casualidad, bandidos?

—Señora, le pido que no nos ofenda. Venimos en paz y estamos sólo de paso. Claro que, ahora que vemos el paisaje, somos capaces de quedarnos aquí por más tiempo…

Allumno torció los ojos y la princesa también parecía haber percibido la discreta insolencia de Aewyre, pero mantuvo la compostura.

—¿Y por qué razón habrían de quedarse?

—Bueno, ahora que tuve el placer de saber su nombre, me gustaría conocerla mejor —Allumno lanzó los brazos al aire y Worick volvió su mirada hacia él, desconfiado, pero Lhiannah no quitaba los ojos de Aewyre.

—Entonces te gustaría conocerme… —se burló la princesa, espoleando al caballo, que comenzó a caminar alrededor del guerrero. El corcel lo rodeó una vez, después dos y a la tercera, Aewyre quiso asir la silla del animal para obligarlo a detenerse, pero en vez de eso agarró la pierna de Lhiannah. Los músculos del muslo se tensaron de inmediato y cuando Aewyre volvió la cara, sólo pudo ver la suela de la bota venir contra su cara y golpearle la quijada. Allumno hizo un gesto negativo con la cabeza mientras Aewyre caía en la densa hierba de la planicie. Lhiannah desmontó, desenvainó su espada y con una señal le ordenó a Worick que se alejara. El thuragar ya empuñaba su martillo, pero obedeció y mantuvo la mirada fija en el mago, quien levantó los brazos y bajó la mirada, dando a entender que no intervendría.

—Nadie me toca de esa forma —dijo la princesa.

Aewyre se limpió el hilo de sangre que le escurría de la comisura de la boca y se río mientras se levantaba, desenvainando su espada. Un duelo hasta que brotara la primera sangre, al buen estilo nolwyna, entonces. No era un modelo de pelea en el que las mujeres acostumbraran participar, pero la princesa parecía saber lo que hacía.

—Sin escudo —la desafió, analizando el arma de Lhiannah: una larga espada triangular que terminaba en una punta en forma de diamante, buena para dar estocadas. Vio a la princesa meter el índice en uno de los anillos metálicos que unían el capacete a la hoja y colocar la espada en guardia.

—Si eso hace que te sientas más seguro, está bien —replicó la princesa, lanzando el escudo al suelo; se aproximaron.

Los dos oponentes se estudiaron uno al otro, cada uno asestando estocadas desordenadas a modo de obtener una idea de la velocidad del adversario. Entonces Lhiannah tomó la iniciativa asestando un golpe lateral en arco que Aewyre detuvo fácilmente, respondiendo con un golpe desde arriba, que Lhiannah bloqueó. Aprovechando el cuerpo expuesto de Aewyre, la princesa intentó un ataque a la ingle, pero su adversario, con un movimiento poco ortodoxo, dejó caer las rodillas y atrapó el pie que se dirigía a sus partes bajas. Los dos oponentes se alejaron y comenzaron el verdadero ataque.

Aewyre era un excelente espadachín, pero Lhiannah parecía una serpiente cuando atacaba con su arma, más rápida que la del guerrero. Primero alejaba a Aewyre con furiosos golpes circulares para después embestir con estocadas que podrían empalar a un hombre, y Aewyre tuvo que esforzarse mientras intercambiaron muchos golpes, defensas y contragolpes, y al cabo de algún tiempo tenían ambos algunos cortes superficiales.

Lhiannah asestó otro ataque en arco dirigido a la cabeza y Aewyre lo paró, dejando la espada deslizarse por su hoja. El arma de Lhiannah, sin embargo, no era tan pesada como la de Daveanorn, por lo que quedó sólo ligeramente desequilibrada, y Aewyre aprovechó para girar y asestarle una zancadilla en vez de un espadazo, provocando la caída de Lhiannah. Aewyre se lanzó encima de la princesa, tratando de inmovilizarla, pero recibió inesperadamente un fuerte puñetazo en la quijada, que permitió que Lhiannah invirtiera la posición.

Apretando los brazos de Aewyre con las rodillas, la princesa se preparó para aniquilar al joven con el puño de su espada, pero Aewyre la sorprendió con sus largas piernas, ejecutando una tijera al cuello y golpeando el suelo con la cabeza de la princesa.

Lhiannah dio una voltereta hacia atrás después del impacto y Aewyre se levantó. Viendo a su adversaria arrodillada y aparentemente aturdida, embistió, siendo sorprendido por un golpe repentino y fulminante que podría haberle atravesado el abdomen si éste hubiera estado desprotegido; los reflejos del joven estuvieron, a la altura, y él giró las caderas y permitió que la espada rozara su armadura para penetrar la defensa de Lhiannah. Una expresión de horror cruzó los ojos desorbitados de la princesa al ver que estaba totalmente expuesta, pero Aewyre jaló el brazo hacia atrás y asestó un codazo en la cara de la mujer, que cayó aturdida. Aewyre apoyó la punta de su arma en la garganta de ella, sin embargo, al oír que la hierba era pisada por pesadas zancadas apresuradas detrás de él, se volvió a tiempo para ver al pequeño pero macizo thuragar que se lanzaba contra su costado.

Worick alcanzó a Aewyre en las costillas, los dos cayeron y se debatieron en el suelo, cada uno luchando para mantener el control. Entonces Aewyre se dio cuenta del peligro en el que se encontraba, al recordar cuán terrible podía ser un thuragar en el combate cuerpo a cuerpo. Allumno se acercó a Lhiannah para acabar con aquella lucha absurda antes de que Aewyre pudiera hacerles más daño a ellos o a sí mismo. Se inclinó para ayudar a Lhiannah a levantarse, pero ella le dio un doloroso puntapié en la entrepierna, agarró la cabeza del mago, colocó los pies en su pecho y jaló hacia atrás, cayendo con las rodillas encima de él y apoyando la punta de su espada en la garganta de Allumno con la intención de impedirle usar la Palabra.

—Un sonido que yo no comprenda y te rebano el pescuezo, mago —lo amenazó.

La explosión de dolor en su entrepierna continuaba y Allumno se vio incapaz de responder. Mientras tanto, Aewyre se debatía furiosamente con Worick, pero el thuragar lo mantenía firme en el suelo y los dedos fríos de su manopla ya habían alcanzado su garganta, comenzando a apretar con una compresión férrea. Aewyre lo golpeó una, dos, tres veces, haciéndolo sangrar de la nariz y abriéndole una herida en la sien derecha, no obstante, Worick no lo soltaba. Comenzó a pensar si sería verdad que, cuanto más cerca está un thuragar de la tierra, más fuerte se vuelve…

—Ya estás… —le susurró Worick.

El aire comenzaba a faltarle cuando oyó las palabras de Lhiannah.

—Quieto, vagabundo, o tu amigo hechicero muere.

Aewyre logró voltear la cabeza y vio a Allumno en una situación más peligrosa que la suya. Las cosas no iban bien…

Inesperadamente, el mago chasqueó los dedos con algo que había sacado furtivamente de su alforja; cegando a Lhiannah, comenzó a recitar un encantamiento, pero antes de que pudiera terminar la frase, la princesa le asestó un golpe ciego desde arriba. Allumno desvió la cabeza y oyó cómo la tierra era perforada por la espada. Lhiannah improvisó y empujó la hoja hacia un lado, como una palanca, para poder degollar a Allumno. El mago fue lo suficientemente rápido para agarrar el puño del arma, quedándose con el filo peligrosamente cerca de la garganta.

—Si me matas, princesa, con mi último suspiro transformaré tu sangre en plomo —dijo el mago fríamente.

Lhiannah recuperó la visión y lo miró. Ya había visto hechiceros antes, y éste parecía ser uno de ellos. También había visto lo que tales hombres eran capaces de hacer y no dudó que su vida corría peligro. Miró a Worick y vio que tenía ventaja, pero aún no había logrado inutilizar al insolente espadachín. Reflexionó sobre su propia situación y llegó a la conclusión de que sería mejor considerar la pelea como un empate.

—¡Worick! —gritó—. ¡Deja a ese vagabundo!

El thuragar miró a su princesa, incrédulo, y continuó con la ardua tarea de estrangular al joven que se debatía como si estuviera acostado sobre clavos.

—¡Haz lo que te digo! ¡Déjalo!

A regañadientes, Worick alivió la presión del cuello y fue lentamente dejando a Aewyre, quien estaba procediendo de la misma manera. Lhiannah volvió a mirar a Allumno.

—¿Una tregua, mago?

—Una tregua… —respondió Allumno, esforzándose por contener un suspiro de alivio. La princesa comenzó a levantar la espada y Allumno bajó el brazo lentamente. Cuando se vio fuera de peligro, pronunció una sola palabra.

Lhiannah se lanzó instintivamente al suelo, reparando enseguida que estaba siendo acariciada por las peludas semillas de los dientes de león a su alrededor. Aewyre fue incapaz de contener una sonora risotada, sofocada mientras Allumno cruzaba los brazos y esbozaba una media sonrisa burlona. El rostro de Lhiannah estaba rojo y sus ojos ardían mirando a Allumno, pero se relajó enseguida y se levantó.

—Muy astuto —admitió con un ligero temblor en la voz—. Puede que no sea especialista en magia, pero debía haber calculado que tan poderoso encantamiento no podría ser conjurado con un sólo puñado de palabras.

—Así es, de hecho —admitió Allumno—. ¿Deseas continuar esta inútil y peligrosa querella o podemos parlamentar como personas civilizadas?

—Atento a cómo le hablas a la princesa —musitó Worick.

—A menos que desees que te crezcan ortigas en la lengua, te sugiero que te calles mientras yo hablo con ella.

El thuragar se llevó la mano al martillo, lanzando una imprecación en garogar, la escabrosa lengua de su raza, pero Lhiannah levantó una mano. Worick se limpió la sangre de la nariz, cruzó los brazos y miró al mago con ojos amenazadores. Ignorando al thuragar, Allumno sabía que ahora no les permitirían seguir simplemente su camino, por lo que decidió apaciguar las sospechas de la pareja. Con ese fin, comenzó a revolver en una de sus muchas bolsas, levantando la mano para transmitir sus intenciones pacíficas, y sacó de una de ellas un sello dorado que le lanzó a Lhiannah. La princesa atrapó el anillo en pleno aire y miró con atención la pieza en la palma del mitón de cuero negro. No se trataba evidentemente de una baratija de vagabundo, pues era de oro macizo, pero fue el blasón gravado en él lo que más sobresalía: un águila de jaspe con las alas orgullosamente abiertas sobre un sol de ocho puntas, ambos en un campo de cobre esmaltado.

—Allumno de la Gema Roja, consejero real de Aereth Thoryn, regente de Ul-Thoryn —dijo con tono imponente, llevándose la capucha hacia atrás—. Y Aewyre Thoryn, hijo de Aezrel Thoryn, héroe de Allaryia —hizo una venia—, a su disposición.

Worick se golpeó la frente con la mano, pero Lhiannah permaneció impasible.

—¿Y qué hace el hermano de Aereth Thoryn tan lejos de casa? —indagó.

Aewyre no parecía nada contento con que Allumno hubiera revelado sus identidades, pero creyó que no valía la pena disimular más.

—Mi destino es el templo de Gilgethan en Loried, princesa. Deseo comulgar con la Manopla de Karasthan —explicó frotándose las marcas rojas que los dedos del thuragar habían dejado en su cuello.

—¿Con qué fin? —indagó Lhiannah vacilantemente, aunque no tuviera duda de la pericia de Aewyre como guerrero.

Aewyre miró a Allumno con aire incierto, que se limitó a encogerse de hombros como si ya no tuviera importancia.

—Para decidir si debo o no ir a Asmodeon.

—Están locos entonces, pero no se los impediremos. Pueden pasar por las tierras de Vaul-Syrith si se mantienen al margen de pugnas.

El thuragar quería que se fueran lo más deprisa posible, ya había notado hacía mucho tiempo la inquietud de Lhiannah y los problemas de ella en Vaul-Syrith. Las patrullas regulares ya no le bastaban y estaba seguro de

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos