Puerto Plátano
De este lado del río, sobre el barranco y entre los pastizales salvajes que atraen las lentas bandadas de los cebúes, está Puerto Plátano. Dos hileras de ranchos sin terminar se alargan sobre un sendero que parte de las húmedas escalinatas del desembarcadero y se pierde en el otro extremo del caserío. Las barracas se van alineando una tras otra en la medida en que van llegando sus habitantes. Siguen el curso de las rápidas aguas de La Miel, que bajan desde las montañas del oeste para entregarse en el oscuro torrente del Magdalena.
La primera enramada, cerca de una pequeña colina, fue plantada por quienes arribaron entre el silencio del verano de diciembre. Basta caminar paralelamente al río para conocer el afán de los que sembraron sus viviendas en la primera fila, al borde del barranco, y la tardía y mascullada decisión de los que formaron sus ranchos en la segunda hilera, bajo los imprecisos cielos de enero, cuando ya todos los hombres sufren la tensión que provoca el soñar con los apurados bancos de peces que comienzan a remontar el lecho del río.
Un aire desmadejado flota sobre los lomos resecos de las barracas. Todo en el lugar está inacabado y ningún esfuerzo parecería intentar sobrevivir más allá de un breve tiempo. Al fin y al cabo Puerto Plátano sólo puede existir, cada año, apenas tres meses. Bajo el designio de esta condena, sus habitantes procuran no desperdiciar sus energías. El corte y el aserrado de las maderas son torpes y bastos y la trabazón de los ranchos escuálida. Las hojas muertas de las palmas fueron tendidas apresuradamente en el techo y cubren un piso de tierra. Cien días, piensan ellos, no son aliciente que valga la pena para gastarlo en realizar un sueño que es para gozarlo toda una vida.
No pasan del medio centenar las construcciones que hacen que tome dimensiones Puerto Plátano. En 1979 sumaban unas treinta y cinco, según se consideraran algunas como una sola caseta o como dos techos separados. Se levantan a menos de tres metros del suelo, la mayoría sin paredes externas, apenas amparadas por el esterillado de la guadua abierta y desastillada. Adentro el espacio lo ocupan o bien un amplio porche, donde se agrupan los hombres a remendar sus herramientas o a jugar cartas, o una pieza en la que el único mueble, empotrado contra las cuatro paredes, es un camastro de guadua sin colchones ni sábanas, cubierto con una colcha de algodón, de proporciones tan grandes como el tamaño de la familia, que duerme toda allí. Aunque en las riberas del río abundan frondosos guaduales y maderas, los hombres enmarcan apenas los espacios justos para sobrevivir. No les importan mucho los resquicios de los tendidos de palma o de la esterilla por donde empujan el sol, los vientos, la lluvia y los angustiosos sonidos de la noche.
Se podría afirmar que cuando los habitantes llegan todos los años a reconstruir el puerto, sólo desmontan de los camiones sus curtidas canoas calafeteadas con brea negra. El resto de los haberes es tan poca cosa, que bien pudieron esperar el retorno enterrados entre la tierra amarillenta o simplemente abandonados en los pastizales. Dentro de las enramadas lo único que capturan los sentidos es esa primitiva contienda entre la tufarada amarga del sudor y el aroma blanco de la humedad. En el apretado vacío de las rústicas edificaciones, las sombras flotan con la palpable densidad de ser el objeto más valioso de la casa. Después de las duras jornadas bajo el sol, los hombres se sumergen en la opalescencia de la penumbra, cierran los ojos y se marchan para otro mundo en donde, sin necesidad de cambiarse el partido del cabello ni afeitarse el bigote, son otros hombres luego de acertar los cuatro números del retazo de lotería que acaban de comprar, aquí, a la entrada de la casa.
Ninguna de las barracas tiene puertas con hojas que abran y cierren, y existen cinco construcciones donde cualquier vecino o extraño llega y se acomoda y pide que le sirvan algo. Son cuatro asistencias, como las llaman, que venden las tres comidas del día. También hay una proveedora. Las asistencias tienen una estufa de barro donde crepitan los fogones y una larga mesa de esterilla que hace de comedor. Unas cuantas cajas de gaseosas completan el decorado. Allí sirven platos de los que nunca desaparecen el arroz blanco, el plátano maduro muy frito, una ensalada de repollo y remolacha y un pequeño trozo de carne de res hervida en un caldo que se hace con el agua enlodada del río. Una pálida taza de aguadepanela y unas gotas de limón sirven para acompañar la masticación. Como la vajilla de pedernal pintado con vívidas flores es escasa, los comensales deben esperar a que terminen los que llegaron primero. En ninguna de las asistencias existe un solo vaso. Cuando alguien solicita una gaseosa fría, se la sirven en una profunda ponchera de orejas de cobre con un trozo de hielo del que a veces se desprende el ripio de la madera.
La proveedora es un escaso y triste mercado extendido sobre un mostrador de esterilla: unas cuantas libras de arroz, de chocolate, de sal y de azúcar, unos manojos de garbanzo y varios paquetes de fideos y cubos de caldos sintéticos. Una ración que apenas alcanzaría para mantener vivo unas semanas al recién nacido que flota desnudo en el aire sancochado del cuarto, como si se tratara de un milagro, sostenido apenas por una telaraña de invisibles cordeles.
Mientras comen, los hombres miran el paso del río y entablan fogosas y concupiscentes conversaciones. No disponen de mucho tiempo para la charla porque deben apurarse a ir a dormir. Iluminados por el parpadeo de las velas o de una Coleman, oyen las historias que cuentan hombres taciturnos que sólo hablan cuando caen las primeras sombras de la noche. Uno relató que había llegado aguas arriba de La Miel a tierras lastradas de oro, cerca de donde fluyen las aguas del río Manso, hasta las ruinas de Nuestra Señora la Victoria la Antigua, una ciudad de vallados de piedra y sólidas tapias. Allí le habían mostrado los restos de la muralla que envolvía a Victoria la Antigua, que tenía una sola puerta a la que le echaban candado día y noche para protegerse de las embestidas de los indígenas. Otro hombre contó durante varias noches las guerras de los españoles y sus perros salvajes contra los nativos, y de cómo al saberse vencidos nueve mil de ellos se habían ahorcado para evitar ser esclavizados en las minas de oro y plata de Mariquita.
Tras la estrechez de los tres meses que dura Puerto Plátano acosa la penuria de los nueve meses restantes. La mayoría de sus moradores vienen desde Bugalarrial, unos cuatrocientos kilómetros hacia el suroeste, un pueblo cargado de tradiciones y donde unas cuantas factorías se lucran de la única cosecha segura de la región, el desempleo. De allí parten, agotados de no hacer nada, los negros y mestizos de voces espesas y metálicas que erigen sus ranchos en las playas de La Miel. No guardan ningún resentimiento contra los pequeños caseríos de los que vienen porque, entre otras cosas, a ellos deberán volver. Por el contrario, pronuncian sus nombres con el mismo orgullo con el que se proclaman los de las grandes ciudades: se llaman Yotoco, Guavas, Guacarí, Puerto Iza, Puerto Mallarino, Mediacanoa. Figuran como corregimientos o perdidas inspecciones de policía en las contabilidades de los burócratas del gobierno, pero son pueblos que madrugan todos los días a librar un encarnizado combate para poder poner a hervir algo en los fogones. En ellos se refugian los pescadores que trabajan sobre las aguas del río Cauca y de ciénagas menores como la de Sonso.
Antonio Aurelio Tigreros llega sin falta desde hace cinco años a agregarle un techo más a Puerto Plátano. Su piel es una resistente argamasa de sol y de polvo arañada por los vientos durante cuarenta años. No lo acorralan los recuerdos pero al hablar del Cauca tiene que retornar al pasado, «antes de que envenenaran el río, cuando había pescado y se sacaban bagres de cinco arrobas con anzuelo». Antonio Aurelio esperaba todavía respuesta al memorial dirigido al gobierno para que se prohíba a ingenios y fábricas arrojar desechos y cargamentos de soda al Cauca, cuando Marino Barona Bocanegra resucitó del olvido y lo invitó a tomarse una cerveza.
Una hora después, Antonio Aurelio se había desentendido de los memoriales y decidió abandonar el pueblo. Ignoraba que tendría que regresar a esperar nueve meses para volver a salir de Bugalarrial, y que desde entonces, todos los años, estaría haciendo lo mismo. Junto con centenares de pescadores, a finales de noviembre comenzaría a sopesar las lluvias y a pensar en las aguas transparentes de La Miel que, a lo lejos y tras las montañas, se levantaban y se volvían un torrente de lodo. Aprendió a confrontar la presión de sus propios presentimientos y los de los demás con el alud de rumores sobre la llegada de los enormes cardúmenes que platean la superficie del río. Supo el momento preciso en que debía montar la canoa en un camión y partir con un puñado de herramientas y una sola muda de ropa para cambiarse. Desde entonces Antonio Aurelio no es ni de los primeros ni de los últimos en arrimar a Puerto Plátano.
¿Quiénes más conocen de Puerto Plátano? Muy pocos. Los perplejos habitantes de San Miguel, un caserío de tablas de madera, de ladrillo y de boñiga, donde los propietarios de las proveedoras y las cantinas aprecian que se levante cada año el caserío. Los choferes que partiendo de La Dorada luchan por alcanzar a San Miguel en una hora y media, transitando al comienzo por un camino de cascajo, que se asegura que por algún lado sale a Medellín, y luego por una trocha de tierra cruzada por franjas de pedruscos y arroyos cristalinos. Los dueños de varios camiones que vienen desde Bogotá, Ibagué, Girardot o Neiva, cargados de enormes bloques de hielo y de montañas de aserrín. Y tal vez conocen también de Puerto Plátano los viajeros que languidecen y despiertan cuando el jeep se detiene ante el rancherío, justo a tiempo para que, deslumbrados ante la dorada alucinación de las empalizadas que se amontonan sobre el barrancal, alcancen a preguntar qué es eso o cómo se llama, cuando ya el pegajoso y repulsivo sentimiento de la goma del pescado que envuelve el aire se revuelca entre sus vísceras.
Según las leyendas de la región, Puerto Plátano existió en el pasado, cuando era el embarcadero de los miles de racimos de cambures y hartones que se cosechaban de manera silvestre en las fértiles mejanas del río. Después, cuando la estéril ganadería extensiva asoló los esfuerzos de los agricultores, un pescador de Bugalarrial contratado por unos turistas conoció el hermoso cauce de La Miel. Sorprendido por la sorda corriente de peces que subía bajo las aguas enlodadas desde el Magdalena, el forastero rememoró en aquella riqueza el vacío de las redes que se lanzaban en el Cauca. Después de convencer a sus paisanos del prodigio, repitió el regreso y con ellos fundó y destruyó de nuevo a Puerto Plátano durante tres o cuatro años, hasta que un carro se lo llevó por delante y lo convirtió en la ausencia que más se lamenta hoy en el caserío. Era Marino Barona Bocanegra.
A partir del hallazgo de Marino, a la caravana de pescadores se han sumado tractoristas, conductores, obreros de la construcción y los que nunca consiguen empleo en ninguna parte. Todos ellos saben que, de alguna manera, en Puerto Plátano sobrevivirán por tres meses. Los veteranos de la pesca sueñan con mayores propósitos. Si logran formar una buena pareja y contar con el oscuro pero poderoso favor de la suerte, la corta temporada puede darles un fondo para sobrellevar los largos días en que no pueden hacer nada.
Se dice que cuando el pescado es abundante, los mejores equipos se ponen un promedio de tres mil pesos por día. En 1978 una pareja vendió pescado por cien mil pesos. Sin embargo el promedio de la mayoría está entre los ingresos más bajos, de quince mil a veinte mil pesos, y los más altos, de treinta mil a cuarenta mil. Los primeros apenas sacan unas veinte a treinta sartas de pescado por día. Una sarta son cuatro peces de un tamaño que promedia los veinticinco centímetros cada uno. Los últimos capturan hasta ciento cincuenta sartas diarias. La mayoría de los peces que caen en las atarrayas son bocachicos, revueltos con sardinatas, patalós, jetudos o mueludos, y muy rara vez, cuando se está en un verdadero día de suerte, pesados bagres de más de cien libras. Cuando el sólido metro y medio de músculos tironea para zafarse de las piolas, los pescadores deben recurrir a toda su experiencia para conducir delicadamente al bagre hasta la orilla, donde de un solo envión lo arrojan sobre la playa y lo apalean. Luego lo llevan triunfalmente hasta el desembarcadero de Puerto Plátano, donde esperan los compradores de pescado con bolsas de polietileno llenas de billetes.
Les pagan a cuarenta pesos el sartal de cuatro bocachicos. En 1978, cuando subió tanto pescado que hasta se podía agarrar con las manos en los bajíos empedrados del río, los comerciantes les ofrecían apenas hasta quince pesos por sartal. Los pescadores amarraron entonces las embarcaciones al barranco y se acostaron a dormir las veinticuatro horas del día, hasta que la subienda amainó y el sartal recuperó valor y se cotizó a setenta pesos. El enervante trabajo entre el río, piensan los viejos pescadores que sienten cómo se aflojan las cuerdas de sus músculos y cómo el dolor se posesiona de sus huesos, nunca ha tenido buen precio.
Las jornadas de la pesca parten en la oscuridad de la noche o del amanecer. El sol es un enemigo demasiado poderoso para desafiarlo en la intensidad del mediodía. A esa hora la humedad se oculta bajo las piedras y los vientos dejan de correr. Cuando el invierno se prolonga La Miel se vuelve un río aguatado, de agua aumentada, que invade los montes y los guaduales de las orillas, en las que el pescado se empaliza buscando refugio entre las raíces y los arbustos. Entonces se hace difícil pescar y los hombres deben elegir la hostigante claridad del día a la dulce penumbra del alba o del atardecer. Por eso los habitantes de Puerto Plátano prefieren la época «cuando el río se merma en lo limpio, en el centro, y se pesca más fácil».
Hay ocasiones en que las parejas de pescadores deciden vencer la soledad y el mutismo del trabajo solitario. Formados en filas que marchan una a cada lado del río, como las barcas que pescan en bou, protagonizan entonces un espectáculo formidable. Con los sincronizados desplazamientos de un experimentado cuerpo de ballet, desde las canoas salen disparadas hacia el centro de la corriente, girando entre el veloz sisear que corta el viento, decenas de atarrayas. A un mismo tiempo también, las piolas y el plomo chasquean como látigos sobre el suave oleaje del río y se sumergen hasta siete metros, tras las huellas del bocachico. Las risas y las exclamaciones de los hombres rematan el final de cada movimiento. Después de haber vaciado con sus manos, que hacen de salabardos, los peces atrapados en las redes, se quedan en silencio, hasta que, sin palabras y sin señales que los orienten, de la entraña de sus músculos aflora la fuerza que arroja de nuevo las atarrayas. Ellos lo llaman, con palabras muy simples, pescar en las topas.
Es este el sistema de pesca que más les rinde y el que provoca una admiración sin límites en San Miguel. Mineros y campesinos habituados a las aventuras individuales ven como un extraño portento el paso de aquella infatigable máquina colectiva. Sin embargo, casi siempre las parejas salen a pescar solas. La índole de su trabajo alienta más las estrechas esperanzas artesanales que los esfuerzos mancomunados. Y como cada hombre está abandonado a su propio destino, de repente irrumpen las pequeñas enormes diferencias. Por ejemplo, quienes le compraron a un par de japoneses motores fuera de borda están ahora a leguas y horas de distancia de los que continúan moviendo sus canoas a remo. Por los cincuenta mil pesos que cuesta con financiación un motor, un pescador puede desplazarse por el canal navegable de La Miel en sólo dos horas y media. Algunos de los que no tienen motor han preferido vivir lejos del puerto, entre los bosques de guaduales y de maleza, para estar cerca de los mejores pozos del río.
Pocos años atrás, en Yotoco, Puerto Iza y Puerto Mallarino, los hombres quisieron organizarse en agremiaciones, entre otras cosas para oponerse a que siguieran envenenando las aguas del Cauca. «Pero nos engañaron», dice con rabia Antonio Aurelio Tigreros. Perdido y volatilizado en la inmensidad de la opresión, encadenado a la desolación de un mundo donde ni sus amigos ni sus conocidos pueden decidir nada, Antonio Aurelio recuerda: «Una personería jurídica es un asunto muy difícil para nosotros». Por eso envidia a los pescadores de Honda, de La Dorada y de Puerto Boyacá, que no se identifican con una cédula del Estado sino con los carnets de sus sindicatos.
Alguna tarde los visitó en Puerto Plátano un hombre poseído por el aplomo de centenares de espinosos litigios, el delegado de un sindicato que abarca a todos los pescadores del río Magdalena. Cuando Antonio Aurelio refunfuñó sus quejas, el forastero de ojos de esmeralda le replicó: «Con personería o sin personería tenemos que organizarnos porque si no nos jodemos». Y con una mirada inquebrantable añadió: «La voluntad de unirnos no reposa en una oficina del gobierno: ella duerme aquí con nosotros y debemos rebullirla y despertarla». Aquella conversación cayó como una semilla en la cabeza de Dorancé Londoño, un moreno fornido de vientre redondo con un ombligo como taponado a mano con greda.
Pero Dorancé es un diáfano pozo de bondad y el embrión de sus ideales no ha podido romper la cáscara para echar tallo y raíces. Aunque él mismo palpa a veces, estancado en la más profunda oscuridad de su calma, el fiero gigante de la desesperación, listo a saltar afuera y a no resignarse más. En la terraza de una proveedora de San Miguel, mientras veía cómo la noche colocaba una linterna en la mano de cada habitante, precavidos creyentes de la ineficacia de la planta de ACPM, Dorancé se vio formando filas en un ejército de millones de trabajadores. En la ansiedad metálica de su estómago un minero que venía de las hondonadas de Sonsón había depositado un presentimiento irremediable: «Colombia no va a aguantar más y en Colombia va a haber una guerra mundial».
En la segunda semana de abril, grupos de turistas atraídos por la pesca y hippies que vienen tras los hongos alucinógenos que brotan entre los excrementos del ganado contemplaron los restos de Puerto Plátano. Varios de los pescadores se habían marchado ya y los que quedaban estaban destruyendo las casetas y arrojando la guadua y la esterilla y los espesos tendidos de las hojas de palma al río.
Acuclillado sobre un trozo de madera, Antonio Aurelio remendaba una atarraya de punto cuatro y tres rayas, una medida que se toma en los tejidos rombales con los dedos de la mano. Arriba arreglaba el cáñamo, la parte más grande del esparavel y que avanza más rápido en el agua, y abajo el nylon, que es más lento pero que sostiene más el peso del plomo. Un tablero donde se anotaban los números ganadores de las loterías había sido olvidado y señalaba las mismas cifras que ya habían sido jugadas semanas atrás. Más allá de varios solares desnudos y abandonados, el rancho de Dorancé Londoño aún se mantenía en pie. Dorancé confiaba en vivir de transportar a los turistas en su barca con motor por las aguas de La Miel, que poco a poco iban recobrando su limpidez. Antonio Aurelio mascullaba sus ganas de no regresar, a pesar de que sus dos hijos se habían ya marchado. «El año pasado yo me quedé marginado para experimentar a ver si este pescado se iba. Se va, pero no todo. Se va el que se llevan en los camiones», dice con ironía, como discutiendo con alguien que le impugnara su derecho a quedarse.
Ellos dos, algunos, muchos, todos quizás, lo que quieren es quedarse y erigir definitivamente a Puerto Plátano. Tal vez han soñado con el pueblo cuando comparten esos enmarañados silencios que acostumbran amasar en el interior de los jeeps las gentes del lugar. Durante aquellos viajes su caliginoso revestimiento de forasteros quiere romperse para preguntarle al descuajador de montañas, que va sentado en la banca del frente, por qué bajo la manga de su camisa asoma una mano sintética, o para pedirle a una despabilada muchacha, que dice que le gusta mucho «redactar narraciones», que les muestre una hoja escrita y adornada con dibujos de palomas que tienen por alas unos mantos de corazones flechados.
La adormilada y tímida entraña de Dorancé y el agresivo y rudimentario convencimiento de Antonio Aurelio aún se mantienen sobre el barranco. Un día de estos posiblemente romperán el silencio. Mientras tanto la delicada brisa que corre por el valle del Magdalena mece sus atarrayas, colgadas como banderas rotas y sucias sobre altos mástiles. Ellos tratan de olvidarse de un permiso, que ya nadie recuerda si fueron unas palabras escritas o dichas por alguien que posee las márgenes del río, y que les concede a los pescadores apenas tres meses para quedarse en Puerto Plátano a cambio de que en el último día destruyan el pueblo y lo arrojen al río.
(1979)
Un pueblo de bandoleros
En el camino de Aguazul a Maní, aletargadas iguanas miran con sus tres ojos la bola de fuego que se precipita sobre las nieves del Púlpito del Diablo. Los viajeros que alcanzan a distinguirlas entre el parduzco balasto de la carretera las señalan, pero cuando sus acompañantes se voltean para mirarlas, ya han huido y se han camuflado en los pastizales.
También Maní aparece y desaparece como un espejismo en la rojiza llanura del Casanare. Los patios de las haciendas, las ruinas de viejas construcciones y los prados lisos entre los bosques crean la falsa sensación de haber llegado a las afueras del pueblo. Se trata de una ofuscación propia de las planicies orientales de Colombia. Luego de recorrer una parte del trayecto, los tiempos y las distancias se confunden, los relojes dejan de ser consultados y la hora de arribo se sortea entre contradictorios presagios. En medio de las nubes de polvo y la enceguecedora lluvia solar, los forasteros terminan girando sobre un paisaje simétrico que se repite como el telón de fondo de una película trucada. En los Llanos la vegetación serpentea tras los ríos y por eso los húmedos y oscuros meandros se cruzan una y otra vez con las rectas de los carreteables.
Hace apenas quinientos años, los más primitivos habitantes de esta región vivían desnudos en los árboles y se alimentaban de maní y hormigas crudas. Eran gente bien dispuesta, de talle gallardo, se pintaban el cuerpo con dibujos de variados colores y usaban cabelleras dilatadas casi hasta la cintura. En la guerra de Independencia seguían descalzos y desnudos pero cabalgaban a horcajadas sobre caballos salvajes y formaron una legión que aterrorizó a los rufianes y bárbaros españoles. Obedecían a un joven corpulento de pelo lacio y bermejo y ojos pardos que desató una guerra de guerrillas con la que «hizo rechinar las lanzas en las orillas de las cañadas». Lo llamaban Hombre de Pluma pero su nombre era Francisco José de Paula. Un caudillo venezolano, Páez, quiso mandarlos, pero resignó. Están endemoniados, hierven en convulsiones, escribió. Es una provincia miserable, sin recursos, sin hombres y sin nada, que sólo puede servir para desacreditar a un hombre. Una provincia enviciada en revoluciones, no sé cómo pueda desempeñar a un jefe, agregó. Sin embargo, el joven Santander había nacido para contradecirlo y con esos endemoniados casanareños formó el Ejército de la Niebla, ganó la llanura y luego los trepó a los páramos andinos para que trajeados de mujer y profiriendo feroces alaridos lancearan españoles hasta el trompetazo triunfal.
Las tropas españolas nunca pudieron controlar aquella llanura y sus comandantes Sámano y Toirá, ciegos de ira y temor, ordenaron arrasar las aldeas y pasar por las armas a centenares de rebeldes que se habían levantado bajo las banderas de comuneros socorranos. Ni las mujeres se salvaron. A Juana Escobar la enlazaron y atravesaron a lanzazos junto con treinta y siete llaneros en los corrales de Gámeza, y a sable y perdigón mataron a Inés Osuna en Garagoa, y en otros pueblos a Justina Estepa, a Ignacia Medina, a María de los Ángeles Ávila, a Genoveva Sarmiento, a Salomé Buitrago, y la lista es interminable.
Ya en 1781, durante la revolución de los comuneros, miles se sublevaron en los algodonales de Morcote y en los cañaduzales de Tame, propiedad de los agustinos calzados, y proclamaron rey de América a Túpac Amaru. Juraron que no tolerarían más el adoctrinamiento y la condición de siervos de la gleba con que los habían subyugado en las reducciones, como llamaban a las ilimitadas haciendas que detentaban jesuitas y dominicos.
En nuestra farragosa época, ya usaban camisas y pantalones de lanilla pero seguían descalzos. Ahora tuvieron que combatir no a un ejército extranjero sino al de su propio país. Maní y otras aldeas ardieron en llamas y sus pobladores se refugiaron en los bosques. Comían carne insípida y para no olvidar el placer de la sal ponían a hervir la leche hasta que casi toda se evaporaba y se convertía en una salmuera gelatinosa.
Cuando los extenuados viajeros dejamos de pensar a dónde y cuándo llegar, en un confuso paraje la carretera se partió en dos senderos de tierra anaranjada que limitan un parque de cemento, sin árboles ni escaños, cubierto de maleza y de polvo. A lo lejos, reverberando entre el aire caliente, flota un pesado tanque de agua. Sólo una sombra se mueve en el infernal mediodía, bajo un hombre que pedalea llevando una niña en su bicicleta.
El hombre me mira con asombro cuando le pregunto si este es Maní. Y como el silencio y el desamparo de la plaza tampoco revelan a un pueblo en vísperas de fiesta, me dice que los festejos se iniciarán esta noche, tal vez, al amanecer quizás, o de pronto al mediodía de mañana.
—El alcalde le puede informar más —añade, mientras señala a otro hombre también de sombrero negro que se acerca en una motocicleta—. Yo apenas soy el personero del pueblo —me aclara con su cara ceniza empegotada de sudor.
Luego de presentarnos, el alcalde me guio por el pueblo. Al avanzar hacia el otro costado del parque, apareció Maní, alineado sobre una ancha calle de tierra gris. En el trayecto hacia un rústico hotel familiar, oculto tras la fachada de una tienda y una cantina, el funcionario me hizo una revelación que frustró todo el propósito de mi viaje. Mientras me pormenorizaba los descalabros y el abandono que agobiaban a su municipio, y cuando al mismo tiempo otros hombres lo interrumpían para informarle sobre algo que marchaba mal en la organización de las fiestas, yo lo sometía a un áspero interrogatorio.
—¿Pedro Flórez va a estar en las fiestas?
—Tal vez no.
—¿No está en Maní, en algún lugar de Casanare? ¿O se quedó en su finca?
—…
—¿Vive lejos?
—Su casa queda a unas dos horas de aquí a caballo.
—¿Pero él vendrá a las fiestas? Se dice que él nunca ha dejado de tocar su bandola en una sola fiesta de Maní.
—Hasta este año era cierto.
—¿Por qué?
—De pronto él no podrá estar presente.
—¿Está enfermo?
—No.
—¿Entonces?
—Está en la cárcel.
—¿Preso? ¿Por qué?
—Lo han acusado.
—¿Quiénes?
—Lo han acusado.
—¿De qué? Pueden ser simples calumnias…
—Por cachilapeo…, abigeato.
—Es muy grave. ¿No serán sólo rumores?
—Algunas personas…
—¿Con pruebas?
—…
—Puede ser muy complicado llevar a alguien a la cárcel sólo por ser señalado por unas personas.
—No fue sólo por unas declaraciones.
—¿Entonces por qué?
—En su casa se encontró el cuero del animal sacrificado.
En el programa de ferias, la lista de funcionarios, invitados especiales, directivos honoríficos, coordinadores y organizadores ocupaba más páginas que el calendario de eventos. Como resultaba fácil suponerlo, nada bueno podía salir de una tarea dirigida por tantos jefes. Este desgobierno acosaba al alcalde hasta en su hamaca de la pensión, donde trataba de hilvanar una siesta. El primer día la corrida de toros casi no se celebra porque no habían ido a recoger las reses. Muchos decidieron tachar en los volantes la hora fijada para los actos y agregarle una hora más. De esta manera se libraban de caminar bajo un sol rechinante hasta lugares desolados en los que parecía que nunca iba a suceder nada.
Además de las corridas de toros, las carreras de caballos y las riñas de gallos, la atención se centraba en cabalgar potros salvajes y en el coleo. Este parece una broma irrespetuosa en la que los vaqueros galopan tras una res para cogerla del rabo y derribarla. Hay otras pruebas imposibles, como la de levantar en los brazos una marrana afeitada y enjabonada, y una misteriosa carrera de gatos. Varios turistas cruzaron apuestas tratando de adivinar el sistema que se utilizaría. Nadie había visto una competencia de gatos y las soluciones que se daban distrajeron durante un buen rato a los forasteros.
Bajo el girar de un destelleante universo de fuego, en las noches el pueblo acudía a los enormes playones del río Cusiana. Allí se quemaban los castillos y la pólvora y tronaba una banda de músicos, espectáculos que venían desde algún pueblo de las montañas.
Las fiestas de Maní se celebran con el sencillo esplendor que se puede permitir una comarca donde la mayoría de sus habitantes practica una agricultura de subsistencia. Desde 1982 han venido adquiriendo una creciente importancia. Un año antes, un forastero descubrió uno de los recursos más valiosos del pueblo, que se escuchaba hacía tiempo pero que sólo alguien ajeno podía sopesar en toda su originalidad. El advenedizo, un constructor de arpas llamado Germán Tovar, más conocido como Guachamarón, había sido invitado a las fiestas por un estudiante de leyes, Tirso Caycedo, nacido en Maní.
Tovar, también llanero, de San Martín, se encontraba con Caycedo bebiendo cerveza fría y escuchando las canciones que interpretaba Pedro Flórez. De repente llegaron al local otros campesinos pobres, a pie limpio, de pantalón arremangado y franelilla. Venían atraídos por la música y la charla. Pero no sólo se acomodaron para escuchar y hablar y beber. Ellos también se pasaron el tiple de mano en mano y todos, sin excepción, tocaron con maestría. El forastero quedó deslumbrado.
—¡Inventémonos un festival de bandola! —exclamó maravillado.
—No se puede —le observó alguien—. Aquí la plaga es muy mierda.
—No importa. Organicémoslo desde Bogotá. ¡Como sea! —replicó Guachamarón.
El tamaño de las emociones que sembraron aquellos labriegos de pies desnudos en el fabricante de arpas se puede medir por lo que sucedió después. Él mismo se tomó el trabajo de organizar una colecta para financiar el que se iba a llamar Primer Festival de las Bandolas Llaneras. Y aunque el tesorero se robó la plata recolectada, Guachamarón construyó con retazos de madera unos requintos para darlos como premios. Volvió al pueblo en los primeros días del enero siguiente. Entusiasmó a todo el mundo, ató cabos sueltos y como pudo realizó el encuentro de los bandolistas, o bandoleros, como también aceptan que los llamen, desafiando una pequeña tormenta política local. Aunque los sabotearon y una noche les quitaron la luz, el festival fue un éxito. La gente lo respaldó y varios comerciantes y agricultores aportaron para sufragar los gastos.
Para el segundo festival, Guachamarón se inventó una rifa que casi le cuesta
