El Ballet Azul

Luis Urrutia O´Nell (Chomsky)

Fragmento

Creditos

1.ª edición: agosto, 2013

© Luis Urrutia O’Nell, 2013

© Ediciones B Chile, S. A., 2013

Avda. Las Torres 1375-A Huechuraba - Santiago, Chile

www.edicionesb.cl

Registro de Propiedad Intelectual: 228798

ISBN DIGITAL: 978-956-9339-08-0

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Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

 

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

La película del Ballet Azul

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Prólogo

Una década en la cúspide

La Barquillita, le decían al equipo de Universidad de Chile a comienzos de los años 50.

Y se explicaba: un rato arriba de la ola, y al otro bien abajo. La irregularidad era la tónica, y se reflejaba en las tablas finales de los 12 equipos: quinto en 1949 (junto con Unión Española y Everton); décimo al año siguiente; quinto otra vez en 1951 (con Santiago Morning); octavo un año después (con Universidad Católica); cuarto en 1953 (con Everton), décimo (con Rangers y Unión Española, y salvado a última hora en un campeonato con 14 equipos) en 1954.

La “U” buscaba el título que le era esquivo desde 1940, y no daba con la tecla afinada. Un año se descuidaba, y al siguiente rompía sus bolsillos. Llegó a tener por esos años una delantera temible, tal vez la más cara del medio, y no consiguió nada: Braulio Musso, seleccionado nacional; Miguel di Pace, figura en el Racing de los buenos tiempos y leyenda en el Belenenses portugués; Passeiro, apodo de un español gallego que se llamaba José Fernández y que era un gran luchador y cabeceador insigne; Héctor Cerioni, que había dejado huella en Gimnasia y Esgrima de La Plata y en Nacional de Montevideo, y Jaime Ramírez, por entonces la mayor revelación del fútbol chileno en muchos años.

Fue la casi milagrosa salvada del descenso lo que impulsó a los dirigentes de Universidad de Chile a pensar en un modelo nuevo.

Una larga conversación con el entonces jugador y encargado de cadetes Luis Álamos comenzó a cambiar el destino del club. Fue como el último bostezo antes de un sueño que se llamaría Ballet Azul.

Fútbol más ciencia

No eran muchos los titulares acaparados por la “U” después de esa sorprendente estrella de 1940. Cambiaban los nombres, asomaban las expectativas, y todo seguía igual. La parcialidad, constituida fundamentalmente por alumnos, ex alumnos de la Casa de Bello y parientes de los anteriores, se conformaba con jornadas alegres, sin exigir campañas exitosas. Sus ídolos eran jugadores que se asomaban a la Selección Nacional, pero que raramente conseguían la titularidad: los arqueros Eduardo Simián y Mario Ibáñez; los zagueros Adelmo Yori y Juan Negri; los volantes Miguel Busquets, José Sepúlveda y Ulises Ramos; los delanteros Musso y Pedro Hugo López. Sobraban dedos…

Profesor primario (inquieto) y nortino (tozudo), Luis Álamos masticaba desde que jugaba en las canchas terrosas de Chañaral y Copiapó que el fútbol requería de método y ciencia. La habilidad y la capacidad de gol que mostraba en sus tierras llamaron la atención de Luis Tirado, entrenador de la “U” que lo trajo a Santiago, pero esas cualidades resultaron insuficientes en el plano profesional y terminó siendo un rústico zaguero central.

Lesionado, y a punto de terminar su carrera, se hizo cargo de las series menores (cadetes, en ese tiempo). Y lo que vio reafirmó sus ideas: esos pequeños de grandes condiciones futbolísticas necesitaban un complemento.

Lo bueno para Álamos (y para la historia que viene) es que todos los dirigentes de la “U” eran profesionales egresados de esa universidad, y varios de ellos médicos connotados. Cuando el Zorro planteó que el deporte avanzado mezclaba aptitudes físicas y técnicas con ciencias, esos directivos lo entendieron. Los médicos Antonio Losada, José Ercole y Víctor Sierra sabían de qué se estaba hablando, y comprometieron su apoyo a lo que se les proponía: “…que la ‘U’ expresara un fútbol capaz de identificar a la institución y desarrollar integralmente a jóvenes deportistas con el objetivo de conformar, en un periodo de ocho o 10 años, un equipo para vencer a los grandes”.

Fútbol y ciencia, era la receta. Y se empezó a aplicar de inmediato: una rigurosa prueba técnica para optar al ingreso. Y una vez aprobada, examen de las condiciones fisiológicas, sociales, educativas y sicológicas de los postulantes. Los aceptados eran sometidos a juegos o situaciones en las que pudieran poner a la vista no sólo su técnica y su habilidad, sino su carácter, su velocidad mental, su paciencia y su autocontrol.

Hoy es algo normal, pero lo que hizo la “U” hace 60 años revolucionó lo conocido en nuestro fútbol: los médicos y dentistas examinaban periódicamente a los chicos; visitadoras sociales se encargaban de comprobar las condiciones en que esos muchachos vivían (y los “internaban” en casas del club si esos ambientes no eran propicios); los ayudantes del técnico revisaban el rendimiento escolar (y el que sacaba rojos no jugaba el domingo); se les reforzaba la alimentación y se vigilaba que nadie entrenara sin desayuno.

En el verano se les llevaba a una “colonia”, a la casa de los scouts del Instituto Nacional en Quintero. Y allí, más tareas para progresar: preparación física en la mañana, perfeccionamiento técnico en la tarde, introducción a la táctica al anochecer, reforzamiento sicológico antes de dormir.

Protagonistas de esa etapa recuerdan lo duro que era correr en la arena, lo grandes que se sentían cuando jugadores del equipo superior se convertían en sus tutores y les ayudaban a mejorar sus cualidades técnicas, lo mucho que aprendían cuando les dibujaban los movimientos que harían al día siguiente y lo divertido que era cantar, recitar o participar en sainetes para vencer el miedo escénico.

Cuando crecieron y entraron a la cancha, esos jugadores tenían todo lo que se le puede exigir a un profesional del fútbol y no le temían a nada. Esas condiciones los llevaron a convertirse en el club de más larga duración en el primer nivel local. Y esa personalidad los convirtió en los más “pesados” del campeonato chileno.

Del gusto al amor

Al cumplirse tres años desde la inauguración de la nueva era, la “U” tenía un equipo mayoritariamente formado en casa. Algunos de los pichones (Leonel Sánchez y Leopoldo Cazenave) contribuyeron a que la “U” se salvara del descenso. Y en los años siguientes se les habían agregado otros que venían pidiendo rienda: René Pacheco, Sergio Navarro, Carlos Campos y Manuel Astorga. Y mucho antes del plazo acordado, casi fue campeón. En 1957, al terminar la primera rueda, compartía el primer lugar con Audax Italiano después de borrar una significativa ventaja lograda por los verdes en las fechas iniciales y después de apabullarlo por 4-0 cuando se enfrentaron. Los azules terminaron en el segundo lugar. Y probablemente habrían sido campeones si Osvaldo Díaz, uno de sus valores destacados en esa campaña, no se hubiese lesionado defendiendo a la selección en las clasificatorias para el Mundial de Suecia.

El título llegó en 1959. Y a la “U” se la engloba desde entonces como Ballet Azul. Para esta fecha ya eran grandes los chicos. Y en el equipo titular figuraban siete “canteranos”, como les llamarían ahora: Luis Eyzaguirre, Hugo Lepe, Sergio Navarro, Carlos Contreras, Alfonso Sepúlveda, Carlos Campos y Leonel Sánchez. En la suplencia ya asomaban varios más que después darían de qué hablar: Humberto Donoso, Hugo Villanueva y José Moris.

Un periodista, cuyo nombre me reservo, contaba su identificación con ese equipo: “Mi papá, que era el cajero de un fundo perdido en la actual Sexta Región, era colocolino, y mi padrino de confirmación, que era el mecánico jefe del inmenso taller en que se mantenían y reparaban camionetas, tractores, arados y cuanta máquina se usara en la hacienda, era hincha del Audax Italiano. Y los convencí para que viéramos el partido de Colo Colo con la “U” de la segunda rueda, una fecha antes de que terminara el campeonato. Papá tenía la plata para las entradas y el padrino ponía el camión para el traslado. Ganaron los azules 3-2, y con eso alcanzaron al Cacique en la tabla… Hasta ahí el equipo me gustaba, y esa noche me enamoré”.

Muy pronto serían muchos los enamorados de ese equipo. Sobre todo luego del título logrado días después en el partido de definición con Colo Colo (2-1). Y esa noche, entre paréntesis, comenzó la rivalidad de azules y blancos.

Los años siguientes fueron de consolidación. No había mucho plantel en 1960, y la “U” ocupó el tercer lugar. En 1961 fue vicecampeón, después de perder la definición con la Católica. Y en 1962 fue campeón otra vez.

Y es en este torneo cuando se adjudica el nombre de Ballet Azul que lo identificaría hasta el final de la década.

Había cambiado muy poco ese equipo en relación al de 1959: Manuel Astorga en vez de René Pacheco en el arco; Humberto Donoso por Hugo Lepe como zaguero central, y Rubén Marcos por el Yunga Díaz.

Una de las gracias de ese equipo es que siempre varió muy poco. Y el que llegaba era casi calcado al que se iba. Si no estaba Sepúlveda, lo reemplazaba Roberto Hodge; si se había despedido Álvarez, ahora estaba Óscar Coll; si se iba quedando Navarro, aparecía Hugo Villanueva; si no funcionó Osvaldo Rojas, traído de Palestino, ahí se consagraba Pedro Araya. Y después, sin Contreras, pasó Musso como defensa; debutaron los hermanos Manuel y Juan Rodríguez; y sin Coll, llegó Guillermo Yávar.

La siembra de Álamos daba frutos de primera calidad: jugadores fuertes, veloces, resistentes, tácticos, luchadores y agrandados.

Entre 1959 y 1969 logró seis títulos. Un detalle inadvertido: pudo –tal vez debió– ganar nueve: en 1961 despilfarró el primer partido de definición, cuando mostró abierta superioridad sobre la UC y Leonel perdió un penal, y se le escapó el segundo partido definitorio, que perdió 3-2 con un penal convertido por Alberto Fouillioux, al lesionarse Carlos Campos que había anotado los dos goles en el 2-1 parcial. Si empataban, el campeón era la “U”.

En 1963, Colo Colo lo superó por muy poco. Los hinchas azules recuerdan que la “U” quedó un punto arriba al vencer a O´Higgins en el partido preliminar y a los albos les quedaba una tarea muy difícil ante Universidad Católica. Y no olvidan la genialidad de Cua-Cuá Hormazábal, que sorprendió adelantado al arquero cruzado, Francisco Fernández, y con un remate perfecto le dio el triunfo a su equipo.

En 1966, 10 titulares de la “U” estaban en el plantel del seleccionado nacional que participó durante junio en el Mundial de Inglaterra. Y el torneo nacional comenzó en mayo. Con un equipo de suplentes y juveniles, perdió partidos que con sus estelares probablemente habría ganado.

Y en 1968, una desgracia del arquero uruguayo Roberto Sosa, que regaló un gol en el partido final con Palestino, le impidió compartir el primer puesto con Santiago Wanderers, que fue campeón.

Si contamos los “casi”, pudo ser campeón seis veces consecutivamente: hexacampeón, le dirían.

Los pasos del Ballet

En cifras, la “U” de mejor rendimiento fue la de 1967: con Alejandro Scopelli en la dirección técnica, ese equipo ganó el torneo con 12 puntos de diferencia sobre el segundo (hoy serían 18). Pero el más brillante fue el de 1962.

Cuenta el periodista ya mencionado: “Para llegar al pavimento, a Pelequén, había que recorrer unos 70 kilómetros. De esos, siete los hacía en carretela. Y de ahí hacia adelante, todo a dedo. Y de vuelta, lo mismo. La cosa es que tenía que llegar al partido. A veces no había plata para la entrada. Solución: saltar las rejas. Y si no se podía, esperar el segundo tiempo, porque –si había cupo– abrían las puertas del estadio. Una noche me colé por las canchas de tenis. Una pareja de carabineros amenazó con soltar el perro que me mostraba los dientes, y tuve que saltar hacia la calle de nuevo”.

Ese fervor despertaba ese equipo.

Cuando la “U” aportó ocho jugadores al plantel chileno del Mundial de 1962, Luis Álamos decidió darles descanso. El torneo local comenzó a mediados de julio, y los titulares retomaron sus puestos bastante después.

En octubre, los azules estaban en el décimotercer lugar. Y lo que hizo de ahí en adelante es inigualado: en los 19 partidos que le faltaban, ganó 17 y empató dos. Con eso consiguió igualar en el puntaje a la UC, que era holgado puntero. Anotó 74 goles (poquito menos de cuatro por partido como promedio) y recibió 23 (poquito más de uno por encuentro). En total convirtió 100 goles (sin contar los cinco de la definición de la UC).

Son cifras apabullantes: ese equipo le hizo nueve goles a Magallanes; ocho a Everton; seis a Unión La Calera, Colo Colo y San Luis; cinco a Unión Española; cuatro a O´Higgins, Audax Italiano, Universidad Católica, Palestino y Deportes La Serena…

Lo que nadie ha podido explicar hasta ahora es por qué un equipo tan poderoso no tuvo jerarquía internacional. Su única campaña decente en la Copa Libertadores fue cuando el Ballet ya se extinguía y en 1970 logró llegar a semifinales con el equipo campeón de 1969.

Hubo descuidos, en todo caso. A la primera Copa, la de 1960, no le dio importancia. Los jugadores pasaron directamente de sus vacaciones a la cancha. Y Millonarios de Colombia ganó 6-0 en el Estadio Nacional.

En participaciones posteriores, con la “U” en su esplendor, la eliminó el Boca Juniors de José Sanfilippo una vez y el Santos de Pelé en otra. Ya no era tan poderosa cuando le tocó con equipos más normales del concierto sudamericano. E igual le fue mal.

En amistosos, en cambio, mostró poderío. Frecuente ganador de los torneos de verano, en uno de los cuales le metió 6-1 a Peñarol, hizo noticia con una gira a Europa en la que venció a casi todos los campeones que se le pusieron al frente: el Standar de Lieja belga, el Grenoble francés, el Internazionale italiano y el Botafogo brasileño (en Casablanca, escala en el regreso). También empató con el Colonia alemán y el Panathinaikos griego. Su gran orgullo en esa época fue su victoria sobre el Santos, que era algo así como ganarle al Barcelona en estos días.

Se ha discutido mucho si el que equipo de Jorge Sampaoli fue igual, superior o inferior. Lo mismo sucedió con el bicampeonato de los 90, con Jorge Socías en la banca y Marcelo Salas en el ataque.

Son épocas y condiciones distintas. Lo indiscutible es que el Ballet Azul es la expresión más prolongada de un proceso serio. Colo Colo tiene más títulos en su historia. Pero ningún equipo se mantuvo en la cúspide, sin bajar del cuarto puesto durante más de una década.

Ahí está el mérito.

Julio Salviat Wetzig

Premio Nacional de Periodismo Deportivo 1996

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Capítulo 1

Un equipo histórico

La noche del miércoles 11 de noviembre de 1959, Universidad de Chile le ganó 2-1 a Colo Colo la definición por el título y no solamente se adjudicó la primera estrella de las seis del Ballet Azul; también fue el inicio de la rivalidad en serio entre el Chuncho y el Cacique.

El forjador de ese grupo de Universidad de Chile fue Luis Álamos, conocido como el Zorro por su astucia, sus dotes de estratego y táctico, su rostro de perfil agudo y sus ojos vivaces y pequeños. Dos años y medio después, con ocho jugadores, su plantel sería la base de la Selección Nacional que dirigió Fernando Riera y que obtuvo el tercer lugar en la Copa del Mundo Chile 1962: Luis Eyzaguirre, Carlos Contreras, Sergio Navarro (capitán), Jaime Ramírez, Leonel Sánchez, Carlos Campos, Manuel Astorga y Braulio Musso. El noveno, Alfonso Sepúlveda, quedó fuera de carrera al no alcanzar a recuperarse de una doble fractura sufrida en Monterrey, México.

Cuatro actuaciones de jerarquía en 1963 le valieron su apodo de Ballet Azul a Universidad de Chile. El 19 de enero se impuso por 6-3 a Colo Colo ante 74.436 personas; el 8 de febrero, superó por 4-3 al Santos de Pelé (75.008); el 16 de marzo, ganó por 5-3 la definición con Universidad Católica (74.163), y el 3 de abril, goleó 6-1 a Peñarol de Montevideo (33.691). Fue bautizada así por el Ballet Azul de Millonarios de Colombia, que en 1950 brilló con los argentinos Alfredo di Stéfano, Adolfo Pedernera, Néstor Rossi, Antonio Báez y Julio Cozzi, el arquero.

Otras presentaciones de jerarquía en una gira a Europa, como las victorias por 2-1 sobre Internazionale de Milán y 3-2 sobre el Botafogo de Garrincha en Casablanca (Marruecos, África), confirmarían que el Ballet Azul sólo triunfaba en partidos amistosos, porque en la Copa Libertadores era tempranamente eliminado. Según sus jugadores, Universidad de Chile se equivocó al no privilegiar ese torneo, y siempre llegó a esa competencia sin preparación o recién de vuelta de vacaciones.

Después de cuatro vueltas olímpicas, la relación de Álamos con sus futbolistas se desgastó a partir del fracaso de la Selección Nacional que él dirigió en la Copa del Mundo 1966. El Zorro llevó 10 azules a Inglaterra: Luis Eyzaguirre, Hugo Villanueva, Rubén Marcos, Leonel Sánchez (capitán), Pedro Araya, Guillermo Yávar, Humberto Donoso, Roberto Hodge, Carlos Campos y Jaime Ramírez.

Álamos: “Luego del Mundial 1966 dije que algunos jugadores habían cumplido su ciclo. A muchos eso no les gustó. Yo podía decirlo porque los había formado y los conocía mejor que nadie. Sin embargo, me tildaron de dictador, cuando mi único interés era que el equipo se fuera renovando”.

Los siguientes jugadores integraban la formación titular:

Manuel Astorga, un portero de notable agilidad que, pese a su contextura delgada y baja estatura para el puesto (1,75 m), cortaba los centros con gran plasticidad, evitando el choque con adversarios y compañeros. Por ello el plantel lo llamaba Goma. Había sido suplente de René Pacheco.

En la derecha de la defensa jugaba Luis Eyzaguirre. Fue el primer lateral que subía con comodidad por su orilla. Tieso de mechas, marcaba muy bien y sobresalía por su velocidad y fútbol. Por ello sería nominado a la Selección Resto del Mundo que el 23 de octubre de 1963 enfrentó a Inglaterra en el estadio Wembley de Londres, en el centenario del balompié inglés. A partir de ese día, Eyzaguirre dejó de ser llamado Negro y pasó a ser el Fifo. Dice: “Los zagueros laterales llegaban hasta la mitad de la cancha, no más. Fui el primero en subir hasta la otra área. Era ganador y tenía fuelle para ir y venir. ¿Qué me iba a decir el técnico si yo volvía en seguida?”.

En el centro de la zaga se paraban Carlos Contreras y el ariqueño Humberto Donoso Bertolotto, futuro constructor civil. El primero, Pluto, tenía fuerza y era un gran cabeceador. El segundo, Beto, imponía su fiereza en silencio. A veces iban los dos a la misma jugada y Contreras recibía las caricias de su compañero. Los delanteros rivales lo pensaban dos veces antes de enfrentar a la dupla, que además se encargaba de vengar a los compañeros de arriba que eran golpeados.

Contreras: “El Beto Donoso pasaba la lustradora: pegaba igual de abajo hacia arriba como de arriba hacia abajo. Dos veces recibí patadas de él en el estómago por no hacerme a un lado en sus rechazos”.

Do

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