Un perro está bajo la mesa, me abraza la pierna, me cubre desde la rodilla hasta el tobillo, tiene tres hocicos que quedan adheridos con todo y su baba a mi espinilla, son como ventosas de las que brotan colmillos de fierro oxidado que se encajan en la parte interna de mi tibia. El perro no me está destrozando la pierna, no aún, sólo mantiene presionada mi espinilla, gruñendo, para hacerme saber que en el momento que quiera, me morderá.
—Ya pedí de cenar —me dice el Dany, mi compañero de mil aventuras, y con su interrupción me saca de la pesadilla.
—¿Qué pediste, carnal?
—Unos fideos de arroz, un pollo a la naranja con verduras y unos dumplings.
—Yo quiero lo mismo —le contesto.
Me toco la pierna izquierda, me aprieto con el pulgar, me presiono la tibia para comprobar si ahí sigue el perro, y sí, aún hay dolor, es muy leve, quizá no sea dolor, no lo sé, tal vez ni siquiera sea real, ¿y si sólo es la memoria del dolor?, ¿y si nada más se trata de un fantasma y no de una lesión? Ojalá sólo sea mi imaginación.
Son las 6 p.m. de una tarde de diciembre, fría y con tormenta en la ciudad de Monterrey, Nuevo León, en México. Mañana correré por décima vez una carrera de 42 kilómetros, bueno, eso espero. El plan es cenar algo ligero, aquí, en un restaurante chino, mientras esperamos a que unos periodistas me entrevisten por mi nuevo libro.
Me dan nervios cuando me van a entrevistar, pero son muy poquitos si los comparo con la locura que me ataca, casi siempre, un día antes de hacer un maratón. Correr es una de las cosas que más me apasionan, me gusta sentir que mi cuerpo derriba límites, trascender el cansancio y la asfixia, alcanzar ritmos que creía inalcanzables, tener esa sensación de gloria.
Si correr fuera una guerra, podría decir que en las primeras batallas apenas y sobreviví, terminé mis siete primeros maratones destruido, siendo preso del enemigo. Unas veces me conquistó el cansancio y en las otras fui víctima de una mala estrategia. Pero las dos batallas más recientes las empaté, por así decirlo. En esos maratones no logré la meta que me planteé, pero resistí con dignidad, acabé entero y con mejores tiempos. Eso me ha dado confianza para mañana.
Mañana voy por una hazaña que valga la pena contar.
Mañana quiero hacer historia, no me refiero a la historia de un corredor profesional que participa en una Olimpiada o un semidiós que rompe el récord del mundo, porque sólo soy un corredor mortal. Cuando digo hacer historia hablo de un logro que, dentro de algunos años, si la vida me permite llegar a viejo, podré contar como si fuera una leyenda. Me gustaría contar a mis nietos la historia de un niño que era muy malo para los deportes, pero que después de 10 maratones, encontró una forma de sacarse la espina.
Mañana debo salirme del guacal, romperla, experimentar esa gloria que hasta ahora no he podido probar en un maratón. Ya me toca, porque los fracasos son los mejores cimientos del éxito.
En aquellos primeros siete maratones, además de corredor mortal, fui un ignorante infinito, entrenaba sin apoyo, consultando mis rutinas en una plataforma y aprendiendo sólo de libros y videos de YouTube, ¡como si hacer un maratón fuera cualquier cosa! Pero para mi octavo maratón entendí que necesitaba un maestro, un señor Miyagi para Daniel San, un Dumbledore para Harry Potter, un Gandalf para Frodo. Entendí que, cuando quieres un logro digno de ser contado, es importante tener un guía. ¿Qué habría logrado Alejandro Magno sin Aristóteles o Luke Skyrunner sin Yoda? Llevo ya dos años entrenando con el maestro Margarito Alonso, un corredor que hoy entrena atletas élite y populares; los populares somos mortales y los élite me parecen semidioses. Por supuesto que estoy a millones de kilómetros de su nivel, pero desde que entreno con ellos mi rendimiento ha cambiado, ahora corro con un método, con un equipo y mucha constancia, por eso sé que mañana es momento de capitalizar todos los aprendizajes, me siento más fuerte, más rápido, casi mejor que nunca, casi y digo casi-casi-casi, porque desde hace dos meses este demonio me persigue, es un perro que tiene tres colmillos clavados en mi tibia y no quiero dejar que me venza… Pero cuando uno se quiere salir del guacal, demonios reales e imaginarios siempre te acecharán.
—¿Entonces qué? —me insiste el Dany—. Estás ido, despierta, traes cara de susto, cabrón, ¿te vas a poner la inyección o siempre no?
—No sé, Dany. En la mañana fui a una farmacia y no me la quisieron poner, me dijeron que sin receta no, entonces le llamé al doc.
—¿Al doc?
—No lo conoces. Es un amigo que es médico general, el Charlie, le pedí que me echara la mano con una receta y me dijo que me la mandaría por Whats, pero no me ha llegado y ya es tarde. Mira, cinco minutos me duele la tibia y luego se me quita, viene otra vez ese demonio, me ladra, me aprieta y se vuelve a ir. Ya no sé si hacerle caso.
—Andas muy bien, mi George, te vi ayer que trotamos, estás a punto de entrar a otro nivel. Te he visto romperte, como aquella vez que fui a Guadalajara que ibas como avión y te dio un calambre durísimo subiendo por Fidel Velázquez y llegaste destrozado, ¿te acuerdas?, pero ahorita andas desatado, traes todo, ¿no? Chécate, hiciste trabajo de montaña, entrenaste en la pista de atletismo con los corredores del maestro Margarito, ¿verdad? No la hagas, si lo que necesitas es un antiinflamatorio para que te baje el dolor, dejes de hablar de perros demonio y estés tranquilo, pues a darle, si no te quieren inyectar en la farmacia, no importa, yo te inyecto y te hago el paro sin receta.
—¿Cómo? ¿Sabes inyectar?
—Claro, cabrón, sin problema. Mira, en lo que nos sirven voy a la farmacia a comprar algodón y alcohol, la ampolleta ya trae la jeringa, ¿verdad?
—Sí, pero…
—Ya, ya estuvo, deja de pensar, de veras que piensas mucho, piensas de más, piensas un chingo. Te duele, pero no hay ningún demonio, el perro está en tu mente, sólo son tus historias. Inyectarte te va a calmar la cabeza, a veces esa imaginación tuya te juega en contra, carnal.
—Ándale pues, pinche Dany.
—Sólo es un pequeño pinchazo, ya no habrá más y eso te ayudará a acabar el maratón, ¡venga!
No es la primera vez que Dany me impulsa. Hace siete años me inscribió a mi primer medio maratón sin avisarme; ahora me va a poner mi primera inyección. Por eso le digo que es mi run-dealer. Le agradezco el empujón, porque es momento de arriesgarme y no ser timorato. Para animarme, en mi mente tarareo una de mis rolas favoritas:
I was born to run, I was born for this.
Whatever it takes.
(Nací para correr, nací para esto,
cueste lo que cueste.)
Dany se lanza a la farmacia.
De todos modos, no es que sólo sea mi imaginación. Este demonio sí existe, se llama Perios Cerberus Tibial. La periostitis es una lesión que taladra la membrana que está adherida al hueso de la tibia. Es dolorosa porque la inflamación no es en un músculo o un tendón que puedas tratar con masaje o con una pomada, el periostio es una capa membranosa que cubre el hueso y eso es lo que se te inflama por el desgaste de los impactos al correr, sobre todo en cemento y más cuando estás aumentando tu velocidad. Si llegas al límite, te dolerá hasta al caminar, y si a pesar del dolor insistes en entrenar, te encajará sus tres colmillos en la pierna, te morderá y lo que te provocará se llama fractura por estrés.
Si te excedes, Perios Cerberus Tibial no perdona.
Eso dicen.
Brenda, una pupila del maestro Margarito, empezó a correr muy duro y a ganar podios y hasta dinero, pero la atacó este demonio canino.
El maestro le dijo que debía bajar el ritmo y trabajar en la recuperación antes de ir por más podios, pero ella estaba engolosinada con el triunfo y no iba a aceptar que nadie le dijera qué hacer; dejó el grupo y entrenó por su cuenta, sin atender la advertencia. Un día, a pesar de que Perios la atenazaba con sus tres colmillos, hizo una carrera de 21 kilómetros en una ruta muy agresiva, en cemento y con subidas, la hizo a toda velocidad y ganó el podio, pero al terminar ya estaba fracturada. Tardó ocho meses en recuperarse, y aunque Perios terminó cediendo, ya era tarde: Brenda no volvió a correr duro y decidió retirarse.
Yo no he dejado que me venza, lucho todos los días desde que apareció. Me pongo una bolsa de hielo en la pierna al terminar de entrenar, porque resulta que el hielo es la debilidad de este perro.
No he logrado desaparecerlo por completo, pero lo he debilitado, sin duda, o cuando menos no lo he dejado crecer, porque no me ha podido parar. Bueno, una vez me hizo parar tres días, porque de plano ya no podía apoyar bien el pie, pero con ese descanso aflojó la mordida. Y ahora en esta semana previa al maratón ha aumentado un poco su presencia. Como buen canino que es, huele el miedo, por eso me está gruñendo y dicen que en estas situaciones, si sigues corriendo, te quiebra. Por eso mejor le hablé al doc Charlie esta mañana. Le dije que me echara la mano, le pedí que me recetara una inyección que me ayudara a dormir al perro. Yo mismo le sugerí un antiinflamatorio con complejo B, porque era una recomendación que encontré googleando y el doc me dijo que era una buena opción, porque aunque eso no acabaría con la lesión, sí podría dormir el dolor, ayudarme a ignorarlo y entregarme a correr mi décimo maratón. “Con gusto te mando la receta, hermano, cuídate”, me escribió el buen Charlie.
Una parte de mí tiene la sensación de estar haciendo algo malo, pero al mismo tiempo hay otra voz que me dice que sólo es miedo, que es ese pánico que me atrapa antes de los maratones, pero que inyectarse antiinflamatorio con complejo B es cosa de niños, que no estoy tocándole la puerta al diablo ni pasándome al lado oscuro del atletismo; de hecho, el mismo doc me aclaró que esa sustancia no aplicaría como doping, aunque fuera yo un atleta profesional. Sólo estoy echándome una manita química, ¿no?, porque no se puede lograr nada glorioso sin un poco de riesgo, ¿verdad?
Afuera sigue cayendo una tormenta, Dany aún no regresa, pero el doc por fin me hace llegar la receta por WhatsApp. ¿Será una señal? Una voz insiste en que no soy sensato; la otra, en que sin audacia no se logran proezas.
Intento negociar conmigo: “En el maratón no hay atajos”, argumenta una de las voces. “Esto no es un atajo, ¿qué atajo se puede tomar si llevo 3,000 kilómetros de entrenamiento en el año?”, responde un poco irónica la otra.
Poco a poco, la voz de la gloria se impone: “Vamos, después podrás descansar”, “nunca se llega perfecto a una competencia”, “gloria y duda no riman”, “acabando el maratón descansamos muchas semanas y Perios Cerberus Tibial no regresará nunca, ya verás”.
Por fin, cuando le ofrezco un pacto, la otra voz cede.
Éste es el acuerdo: primer paso, ponerme la inyección, segundo, dar todo en el maratón. A cambio, el tercer paso será descansar y recuperarme a conciencia. ¡Trato hecho, carajo! Por fin las voces se callan, no podría ni dormir con esa discusión en la cabeza.
El maratón no empieza mañana con el disparo de salida, el maratón es el trabajo de todo el año o de varios años, y mañana sólo se trata de cosechar lo sembrado. El maratón no son los 42 kilómetros del día de la batalla, sino las decisiones que vas tomando a cada minuto. Empezó la madrugada que estaba cansado y no quería ir a entrenar; el domingo que me levanté a las 5 a. m. para ir a la montaña a mejorar mi resistencia… Hacer un maratón es tomar decisiones y esta tarde decido inyectarme, porque hay que ponerle tamaños, ¿o no?
Dany ha regresado con una bolsita de la farmacia.
—Listo, mi George, ya traje todo lo que se necesita. Falta media hora para que lleguen los periodistas, ¿verdad? ¿De una vez te inyecto?
—¿Aquí? ¿Cómo crees, pinche Dany? Ya que lleguemos al hotel, ¿no?
—¿Por qué no? Obvio que aquí en la mesa no, pero ¿qué tal en el baño?
—No chingues.
—Venga, pinche George. Hay que ganar tiempo, para que te haga efecto de una vez, duermas sin dolor y mañana estés al cien.
—Ándale pues. Whatever it takes, whatever it takes mil veces, pero whatever it takes en chinga, porque si no, cambio de decisión.
No sé por qué acepté inyectarme aquí en el restaurante, me digo, pero lo hago. ¿Qué pasaría si los meseros se dan cuenta de que me están inyectando en el baño y nos regañan? O ¿qué tal si traen a la policía porque creen que me estoy metiendo alguna droga?
Pocas cosas me dan vergüenza.
Casi nada.
Esto sí.
¿Podría arrepentirme? Posiblemente, pero quizá eso hace la decisión más osada, ¿o no? Mañana estaré riendo, brincando de gusto y celebrando mi hazaña. Me sentiré agradecido de haberme inyectado.
Entramos a los baños y nos metemos al privado donde está el mueble para cambiar pañales. Dany prepara la inyección, pone el líquido, qué digo líquido, el aceite espeso en la jeringa.
—¿Parado o sentado, mi George?
—Siempre me han inyectado acostado, pero nunca en un baño, y aquí no hay dónde acostarse.
—¿Entonces qué?
—Parado, pues.
—Entonces bájate los pantalones.
—Cierto.
—Relájate.
Pero me estreso el doble. Ya tengo los pantalones abajo, se escucha el rechinar de la puerta, alguien entra, está en los mingitorios, es más que alguien, son dos personas, están conversando.
Puta madre.
Son los periodistas. ¿Por qué llegaron antes?
—¿Qué hacemos?
—Espera —dice Dany—. Silencio.
Los periodistas se lavan las manos, siguen conversando, salen de los baños.
—Ya estamos aquí, ya dale pa’ delante. Inyéctame.
Siento el pinchazo. Es leve.
—Relájate, ahora voy a pasar la sustancia.
—La neta no me dolió, tienes buena mano, Dany, ¿dónde aprendiste?
—En YouTube, vi un tutorial ahorita en lo que fui a la farmacia.
—No mames… chinga tu madre… pero gracias.
Me atacan pensamientos catastróficos. Me imagino mañana en alguna red social o en un diario: “Autor de Guadalajara es encontrado drogándose en el baño de un restaurante oriental. Visitaba nuestra ciudad intentando dar a conocer su libro en la expo del maratón. Luego iba a hacer los 42 kilómetros, pero tristemente lo pensaba hacer con la ayuda de estupefacientes”.
Qué fiasco.
Qué vergüenza. Seré viral por primera vez, pero no porque a la gente le guste mi libro, no por un mérito o una virtud, seguro me convertiré en #LordTrampitas o algo así.
No quiero que me condenen en la hoguera digital.
Salgo y saludo a los periodistas. La entrevista comienza.
—Jorge, leí tu libro —inicia la charla—. Yo no soy corredor, pero me emocioné porque creo que el periodismo también es una carrera de resistencia, ¿qué te llevo a querer escribir un libro sobre el maratón?
Respondo apresurado, como queriendo llegar rápido al inevitable momento en que me preguntarán si me estaba drogando o qué estaba haciendo en el baño.
—¿Qué nos puedes decir a quienes no corremos?
Les explico que el maratón no es una carrera de 42 kilómetros, que es más que eso, es un símbolo, un ícono de resistencia, que correr esa distancia y no abandonar es parecido a vencer una enfermedad, terminar un grado escolar o hacer que un negocio perdure; es una hazaña que permanece en la memoria de quien lo logra.
“Pero ¿qué hacías en el baño?, ¿qué te estabas metiendo?, ¿el uso de drogas también puede ayudar a escribir libros sobre maratones?”, son las preguntas que imagino aparecerán en algún momento.
Pero la conversación fluye entre personajes, ciudades y risas, mientras yo construyo en mi mente el argumento del porqué me inyecté, cuando me ataquen sabré cómo justificarme.
Los periodistas se despiden. No hubo hoguera ni ninguna señal de preguntas sobre la inyección.
Pasamos mucho tiempo preocupados
por infiernos que nunca llegaron, y los que
realmente llegaron no los vimos venir.
Llego al hotel.
No han pasado ni dos horas después de la inyección y Perios Cerberus Tibial ya duerme en su guarida.
He anestesiado al perro completamente.
Me aprieto la tibia con fuerza y no siento dolor, no me duelen ni los pensamientos; además, sé que los periodistas no van a publicar nada malo. Dany tiene razón: la imaginación a veces me mata.
Pongo en el buró la camisa negra sin mangas con el número 6627, los tenis, las medias oscuras, el short gris muy corto; me gustan los shorts de maratonista clásico, los cortos, me hacen sentir libre y ligero.
El restaurante del hotel no abre temprano como para ir a desayunar, pero aquí tengo café para hacer en la cafetera, pan tostado, mermelada y un plátano.
El Dany ha venido a Monterrey para correr este maratón también. Él vive a una hora en coche, en Saltillo; yo a una hora en avión, en Guadalajara.
—Te va a ir de lujo, carnal —me dice—. Mañana festejaremos, vendrá mi familia a vernos. También vendrán otros amigos, Armandito y Adriana, que estarán apoyando en la ruta.
Dany apaga su lámpara. Se queda dormido.
Antes de conciliar el sueño, agrego un par de rolas a mi playlist. La música es doping psicológico para correr.
Cierro los ojos, me imagino mañana llegando a la meta, entero, fuerte, rompiéndola, con mi récord soñado; visualizo que desde mi casa en Guadalajara la Yazz, mi compañera de vida, la Sofi, mi chamaca de 12 años, y Lungo, nuestro cachorro, de apenas tres meses, me acompañarán y festejarán. Los veo gritando, saltando juntos a 700 kilómetros de distancia, porque nadie como ellos sabe cuánto deseo romper esta marca.
Mañana será otro día.
Más bien, mañana será el día.
Mañana será mi décimo maratón.
Se escuchan personas haciendo desmadre afuera del hotel, en la Macroplaza, en el mero centro de la ciudad, están cantando.
¿Qué antiinflamatorio se estarán inyectando estos amigos?
Pero no me molestan, en mi mente ya se escucha otra música.
Whatever it takes, cause I love the adrenaline in my veins.
I do what it takes.
(Cueste lo que cueste, porque amo la adrenalina en mis venas.
Haré lo que sea.)
Apago la lámpara y me quedo dormido sin ninguna dificultad.
EPISODIO 1
MONTERREY. De las glorias
del Olimpo a las de Linares
Playlist del episodio 1

El Olimpo de los Mortales

As everybody knows,
I may be slow but I never quit.
(Como todo el mundo sabe,
puedo ser lento pero nunca me rindo.)
DEEP PURPLE, “All the Time in the World”
Son las 5:30 de la mañana, dormí bien.
Me asomo por la ventana, aún está oscuro, muy nublado, pero sin tormenta. Según la aplicación del tiempo, hay nueve grados centígrados. Para caminar podría ser un poco frío, pero en un maratón el cuerpo eleva su temperatura, por eso es el clima perfecto.
Buenos augurios.
Ya estoy con el Dany en la Macroplaza, estamos del lado de la avenida Zaragoza, unos metros adelante de la Fuente de Neptuno, aquí quedamos de vernos con el Pupilo Olguín del equipo de corredores del maestro Margarito.
Para llegar al arco de salida son casi cuatro kilómetros, poco más de media hora caminando. Aún es temprano, pero de todos modos preferimos ir en Uber. Es mejor invertir el tiempo que traemos de colchón en calentar bien en el parque donde será la salida de la carrera. Pido el vehículo en la aplicación y ya tenemos conductor.
Han pasado cinco minutos, la aplicación me dice que el conductor ha cancelado, pero que ya buscan otro. Lo bueno es que falta mucho tiempo, por eso estoy tranquilo, aunque además de calentar, quiero llegar pronto para ir al baño. Sin excepción, llego al baño antes de empezar un maratón, a veces porque tengo ganas y la mayoría nada más porque me cago de miedo.
Otra vez el conductor cancela, pero que ya están buscando otro. Rápido un nuevo conductor acepta el viaje, pero también cancela.
Ya me estresé.
Intentamos tomar un taxi verde de la calle, luego otro, pero todos van llenos.
El Pupilo Olguín pide otro Uber; Dany, también.
La misma historia: aceptan y cancelan. Buscamos en otras plataformas, pero ya ni siquiera aceptan el viaje.
—Se está haciendo tarde, ¿por qué no nos vamos a pie?
—Caminando ya no llegamos, el tiempo de colchón se nos acabó.
—Vámonos trotando.
—Pues sí, ya no hay de otra.
—Denle, denle.
No llevamos ni 400 pasos cuando nos alcanza un taxi verde.
—¿Quieren taxi?—nos pregunta.
—Sí. Vamos al Parque Fundidora, por la entrada de Cintermex —le dice el Pupilo Olguín.
—Son 90 pesos por persona.
—Ah caray, ¿ahora se cobra por persona?
—Serían 270 pesos, primo.
—Oiga, este traslado normalmente sale en 50, pero por todos —discute el Dany.
—Como ustedes gusten, primos —nos responde con indiferencia, con una mirada que nos dice que le vale madre, que los urgidos somos nosotros, que no nos queda de otra que aceptar, porque, de hecho, aun corriendo, llegaríamos apenitas. No hay tiempo para enojarme, sé que trotar con tanta antelación podría despertar a Perios, mejor aceptamos el abuso de este señor que nos llama primos. “Cueste lo que cueste”, es mi mantra, whatever it takes.
Ya arriba del taxi le pregunto al Pupilo Olguín:
—¿Cuál es tu estrategia para hoy?
—La que me repitió cada semana el maestro Margarito: empezar muy suave, tranquilo, ir tomando ritmo poco a poco y luego duro y constante. Tratar de hacer una carrera pareja, muy bien trabajada, porque si le bajo cuatro minutos a mi anterior maratón, hoy puedo hacer una marca que me califique a Boston. Ésa es mi meta. ¿Y a ti qué te dijo el maestro?
—Casi lo mismo, pero a mi nivel. Me dijo que llegara con tiempo al lugar de la carrera, que calentara muy muy bien, pero que no demasiado; que no salga como cabra loca, emocionado por el ambiente y la adrenalina de todos los corredores, que en el arranque debo ir a ritmo suave para que mi corazón se adapte y luego, tipo al kilómetro tres, acelerar de a poco, acelerar y acelerar y acelerar, siempre ir de menos a más. Pero mi meta es muy diferente, porque en mi caso, Boston es algo que veo muy lejos, no entra en mis posibilidades.
—Entonces, ¿cuál es la meta? —interrumpe el Dany con ese tono suyo de sonsacador.
—Romper mi marca personal, como todo corredor mortal. Creo que, de acuerdo con el físico, los antecedentes, e incluso la genética, cada quien nos tenemos que plantear un objetivo alcanzable.
—Hueles a pánico, pinchi George, y tu imaginación encuentra cómo justificarte, ¿verdad? No le saques. ¿A poco no te gustaría calificar a Boston, cabrón?, ¿por qué no? Yo te he visto mejorar un chingo —insiste Dany.
—¿Que si me gustaría? Claro, no mames, mucho más que eso. Me encantaría, me volvería loco, pero estamos hablando de un sueño guajiro, Dany. Tú sabes que Boston es la gloria de los corredores mortales, es el maratón organizado más antiguo del mundo. Claro que lo sé. Mira, he leído la historia no una sino varias veces, ahí te va: en 1896, en los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna, se corrió un maratón por primera vez, apenas un año después, inspirados en lo sucedido en Atenas, la asociación deportiva de Boston organizó su propia carrera, pero a diferencia del maratón del año anterior, al que sólo fueron atletas olímpicos, en 1897 el Maratón de Boston fue el primero abierto al público, el primer maratón para corredores mortales ¡como nosotros! Setenta años después, era tal la cantidad de personas que querían participar que los organizadores decidieron que había que clasificar para poder participar.
”Se establecieron marcas para poder participar y funcionó tan bien, que la demanda no paró, cada vez más personas querían estar ahí, y entonces las marcas para clasificar se volvieron más exigentes, o sea, Boston se convirtió en el único maratón popular al que no puedes ir así nomás porque sí, porque te inscribiste, pagaste o saliste en un sorteo. Para estar en Boston debes demostrar que eres veloz y resistente, debes convertirte en un Boston qualifier.
—A mí también me obsesiona Boston, pienso que para los corredores que no somos profesionales es un honor poder participar, por eso quiero calificar —comenta el Pupilo Olguín—. Fíjense, en México somos más o menos dos millones y medio de corredores y al año, cuando mucho, 400 corren Boston.1
—Déjenme ver de qué porcentaje estamos hablando —responde Dany con el celular en la mano—. Ni el uno por ciento; es el .016 por ciento del universo de corredores, y si lo calculamos de acuerdo con la población total del país, corre Boston el .0004 por ciento al año.
Yo empiezo a soñar despierto. Me veo en la línea de salida de ese maratón, en el pequeño pueblo de Hopkinton, sueño que de ahí correré 42 kilómetros hasta la ciudad de Boston.
Me imagino llegando con laureles y olivos como un atleta de la Grecia clásica, porque hacer Boston sería lo más parecido a ir una Olimpiada de la antigüedad, no por nada a Boston le dicen la Atenas de América. Hace 3,000 años a los corredores no les pagaban ni un centavo por competir, pero podían dar su vida por estar en una Olimpiada, lograrlo era el honor más grande que podían obtener. Hoy, para una persona que trabaja, que tiene una familia y otros compromisos, es una hazaña calificar a Boston, pero bueno, uno sube los escalones que puede. Yo de niño nunca fui bueno en los deportes, ¿por eso me dediqué a escribir? No sé. El fut me encantaba. A los 10 años quise jugar de portero, pero cuando me inscribí en el equipo de fuerzas básicas de la Universidad de Guadalajara fui casi siempre suplente. Sólo en dos partidos tuve la oportunidad de ser titular, porque el portero estaba lastimado. En el primer partido me metieron cinco goles. Me la pasé preocupado por que no se me viera el trasero, ya que se me reventó el short, en vez de estar atento al balón; en el segundo juego que me tocó participar, en una salida me estrellé con el delantero. Recuerdo que me llevaron en coche al hospital, con la pierna estirada. Las calles de la colonia donde se jugó el partido estaban empedradas y cada que avanzábamos la pierna me vibraba, literalmente hasta el tuétano; yo aullaba. Con esa fractura expuesta de tibia y peroné se acabó mi carrera de portero.
Duré medio año en recuperación física y dos años asustado, no volví a jugar hasta la secundaria, y no regresé a la portería sino al campo. Ya no intenté jugar en fuerzas básicas, jugaba en el equipo de la escuela, le entendía bien al juego, según yo, pero era un jugador del montón, sobre todo por mi falta de explosividad. El problema no era de actitud ni de entendimiento, sino de capacidad física, siempre muy lento. Eso sí, podía jugar tres partidos al día y nunca me rendía, porque era matraca, pero lo mío lo mío nunca fue la potencia sino aguantar. En ese entonces yo no lo veía así, yo sólo sabía que era lento. No tenía idea de que la resistencia fuera un talento que se pudiera explotar en algún lado. De hecho, mi aguante se hizo famoso en la secundaria federal en la que estudié. Cuando iba en primero, conocí a una chica de tercero, Elizabeth, nos besábamos públicamente en el recreo, nunca me dijo que tenía un novio en tercero, pero de prepa. Un día saliendo de la secundaria, por la puerta lateral, en la calle Velázquez, llegó corriendo un tipo alto y mamado y me descontó en la cara, intenté defenderme, pero además de lento, yo no sabía pelear. Me levanté, pero me volvió a tumbar y terminó pateándome junto con otros de sus amigos en el piso. Media secundaria observaba. Me paré, tenía vergüenza, así que agaché la cabeza y con la dignidad extraviada me puse los walkman. Quizá puse The Cure, siempre lo escuchaba, de la rola no me acuerdo pero sí de que cuando llegué a la casa mi mamá me preguntó que qué me había pasado y le dije que me habían asaltado, pero no me creyó.
Ahí hubiera quedado todo, pero unas semanas después, Alex, un alumno de tercero de secundaria, me daba sopapos en la cabeza cada que me veía, ¿la razón?, no la supe con certeza, pero probablemente era para estarse luciendo con sus amigos y yo no contestaba. Un día me harté y me propuse detener a ese imbécil, por edad y estatura supongo que yo tenía el síndrome del chihuahua ladrándole a un dóberman, por eso lo reté a unos chingadazos: “A la salida nos vemos, perro”, le dije.
Quedamos de vernos e
