Por el placer de vivir

Dr. César Lozano

Fragmento

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Índice

Portadilla

Índice

Introducción

Por el placer de vivir ante la adversidad

Supera el fracaso

¿Existe verdaderamente la felicidad?

Aumenta tu autoestima: ¡aumenta tu felicidad!

¿Tus pasos dejan huella?

Dependencia emocional

Alegría instantánea

¡Emociónate sólo porque sí!

¡Blindaje emocional para la felicidad

El poder de los pensamientos para lograr el placer de vivir

Pensamientos que influyen en tu estado de ánimo

Estrategias para no ser víctima de pensamientos relacionados con el pasado

Lo que puede ocurrir y no depende de mí

Convierte tu mente en tu mejor amiga

Agrega inteligencia a la emoción

Cuando el amor se apaga

El poder de la visualización

Por el placer de hacer lo que te gusta para aumentar tu autoestima

Tus decisiones marcan tu vida

El arte de vivir el momento: el aquí y el ahora

Algún día seré feliz…

Tres recomendaciones para vivir en el presente

Espantemos al fantasma de la rutina

El matrimonio: ¿felicidad o suplicio?

La ira como fuente de infelicidad

Cuando las situaciones impredecibles nos hacen predecibles

La indiferencia: un tóxico peligroso que impide el placer de vivir

¡Digo lo que siento!: ¿honestidad o imprudencia?

¿Por qué razón nos enfadamos?

Los chismes y la ira

Pasos adicionales para controlar la ira

El perdón, un paso fundamental para lograr el placer de vivir

Aprende a vivir sin preocupaciones

Por el placer de comer: somos lo que comemos

Palabras finales

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

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A ti, güerita preciosa,

por tu amor incondicional

y por acompañarme en este viaje

tan especial llamado vida.

A mis hijos, César y Almita,

por enseñarme, con su alegría,

lo maravilloso que es vivir.

A quienes han sufrido y han demostrado que,

aun con el dolor y la incertidumbre,

vale la pena luchar por el placer de vivir.

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Somos un breve instante en el universo del tiempo.

Hay una gran diferencia entre estar y vivir.

No permitas que pase el tiempo sin que hayas vivido, disfrutado, ¡amado!

Que los recuerdos te lleguen sólo para aprender de lo vivido y atesorar los buenos momentos, no para entristecer tu presente. Resérvate el derecho de admisión de tus pensamientos.

Que tus malas decisiones y tus malas relaciones del pasado no atormenten más tu presente; tienes derecho a equivocarte y a perdonarte.

Aprende de tus aciertos y de tus errores, son parte de tu vida y gracias a ellos siempre querrás ser mejor.

Deja siempre un legado de fortaleza, disciplina y esperanza, para que quienes te rodean deseen imitarte, igualarte y superarte.

Encuentra siempre una lección en tus errores, que te haga vivir con intensidad tu presente, sin amargarte ni amargar a quienes te tratan, te quieren o te admiran.

Que en tu presente siempre esté una sonrisa, una palabra de aliento, una muestra de afecto y un valor añadido. Plasma tu esencia en todo lo que toques, digas y hagas.

No dejes que la incertidumbre del futuro te haga perder el entusiasmo y el amor por el presente, que es lo único que verdaderamente tenemos.

Vive con intensidad tu presente para que tu futuro esté lleno de anécdotas dignas de compartirse y disfrutarse.

Al final de nuestros días nos pedirán cuentas: ¿Cuánto amor y felicidad tuviste? ¿Compartiste estas bendiciones y los momentos maravillosos?

Disfruta el verdadero placer de vivir.

CÉSAR LOZANO

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Introducción

Existe una gran diferencia entre vivir y estar. Hay gente que está, pero literalmente no vive, y mucho menos vive con alegría; se preocupa por basar su vida en encontrarle un sentido de trascendencia.

Si en teoría todos creemos que la vida es un regalo, ¿por qué pocos lo vemos como tal? Vivimos por vivir, mientras avanza el tiempo, y el hastío y la rutina se apoderan poco a poco de nuestros actos.

Agregar a nuestros días el sentido del placer de vivir es todavía un reto mucho mayor. No hay verdad más grande que constatar el paso del tiempo. Mientras más pasan los años, más rápido se va la vida. Las decisiones que tomemos hoy para disfrutarla se verán reflejadas en años de calidad.

Hay muchas formas de querer o de amar la vida, pero ¿sabes cuál es la más importante? Es cuando disfrutamos cada momento, cada instante, cada sonrisa, cada abrazo, cada palabra, todo, intensamente, incluyendo los momentos de dolor; cuando valoramos lo que tuvimos, lo que éramos y ya no somos, lo que vivimos y se fue. Si nuestra mente no está en paz, es porque está revisando en el pasado algún evento que puede despertar una emoción no placentera, como enfado, nostalgia o tristeza. Añoramos lo que no se puede cambiar, o quizá sufrimos ausencia de paz por pensar siempre en un futuro incierto que nos deparará un sinfín de posibilidades, y nos preocupamos por situaciones que en esencia no dependen de nosotros o que probablemente nunca ocurrirán.

Tomar conciencia del presente, del aquí, del ahora, de lo que en este momento hacemos, es la mejor alternativa para disfrutar la vida. Desafortunadamente, a veces nos enfrascamos en alternativas que la mente nos ofrece y muchas de ellas no son nada esperanzadoras. Perdemos una gran cantidad de tiempo y energía si no vivimos en el presente.

¿Te has puesto a pensar en lo breve que es la vida y en lo rápido que pasa el tiempo?

Te invito a que analices lo siguiente: ¿cuántos años pasaron antes de que tú nacieras? Miles y miles de años. Y ¿cuántos años pasarán después de que te vayas de este mundo? Bueno, eso sólo Dios lo sabe, pero yo espero que falten miles de años más. Aunque es necesario afirmar que muchas personas, cuyas vidas están llenas de hábitos destructivos: (mala alimentación, alcoholismo, ira incontrolada, preocupaciones constantes, ingesta de productos nocivos para la salud, vida sedentaria y rutinaria, estrés) pueden pronosticar que su existencia no será muy duradera. Me duele afirmarlo pero es la verdad. El estilo de vida que llevamos puede ser un termómetro para medir la duración y la calidad de vida que tendremos.

Hay que reconocerlo, somos un breve instante en el universo del tiempo. La vida es relativamente breve: ¿no crees que es muy corta como para complicarla con situaciones, momentos o visiones fatalistas que no hemos vivido y que probablemente no viviremos como nuestra mente las crea?

Deseo que disfrutes este libro, que encuentres en él las respuestas que estás buscando sobre tantos conceptos mal aprendidos; por ejemplo, creer que venimos a este mundo sólo a aprender lecciones dolorosas, que la vida está llena de sufrimiento y es parte de nuestro existir. De verdad deseo que, cuando termines la última hoja de este libro te quedes con la sensación de que vale la pena no sólo estar, sino llenar de momentos memorables tu existencia: sólo ¡por el placer de vivir!

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Por el placer de vivir ante la adversidad

Por supuesto que nuestra vida vale más que todos nuestros problemas. Dificultades siempre habrá. Motivos para afirmar que la vida no es justa, también.

Es cierto, la vida no es justa y las alternativas que tenemos para responder a las injusticias son las siguientes:

1. Ser parte de la injusticia como ejecutor o como víctima.

2. Ser sólo un observador. Quejarse amargamente de lo que vemos, criticar constantemente lo que ocurre a nuestro alrededor sin cambiar ni mejorar.

3. Ser un sujeto de cambio que transmita amor por medio de acciones y contrarreste de alguna forma la injusticia, la falta de luz y de armonía con quienes nos rodean.

Mi primer aprendizaje sobre lo injusto de la vida me ocurrió cuando era estudiante de primaria: injustamente fui acusado por el profesor de algo que no cometí. Recuerdo con claridad esa mañana. Hacíamos un examen de matemáticas y quien estaba detrás de mí me dijo en voz baja: “¡La cuatro!”. Me di la vuelta y le dije: “¿Qué?”. “Pásame la respuesta cuatro”, me contestó.

En ese momento el profesor me quitó el examen y me puso un horroroso y espantoso ¡CERO! con color rojo, escrito con saña, así, con un lápiz rojo y marcado con más fuerza que de costumbre, como poniendo todo su coraje en la calificación, con los bordes claramente delimitados y la mala energía implícita en ese cero. El cero más espantoso que he visto en mi vida, y más porque me lo pusieron a mí.

Si hubieses visto mi cara de asombro cuando me devolvió el examen, con un: “César, puedes salir de clase”. Le respondí angustiadísimo: “¡Maestro! ¡No es justo! No me estaba copiando”. Obviamente, quien ocasionó esta crisis (bueno, así la interpreté en ese momento) se quedó callado, sin expresar la verdad ante la situación injusta.

“Maestro, no es justo”, dije en voz baja, claro, con acento de víctima incomprendida y producto de las circunstancias que se confabulaban en mi contra. Peor me sentí al ver la cara de todos mis compañeros con mirada de asombro y de reproche.

Llegué a mi casa muy enfadado; recuerdo que le conté a mi padre lo que había pasado; entonces él me contestó con claridad: “Efectivamente, hijo, la vida no es justa. Habla con el profesor mañana e intenta llegar a un acuerdo”. “¿A un acuerdo?”, le dije, “qué acuerdo! ¡Yo no hice nada!”. Claro que lo anterior lo expresé con el mismo gesto de víctima que en general no sirve para nada.

De esta anécdota aprendí dos cosas:

1. En efecto, la vida no es justa. Desde el momento en que somos del selecto grupo que tiene salud aparente, acceso a una educación y un hogar lleno de amor mientras otros no, vemos la injusticia. Si analizamos que no siempre se le facilitan las cosas a un gran sector de la población mundial y a otros sí, ya vemos que la justicia no es igual. Por ejemplo, la injusticia hacia las mujeres predomina actualmente en muchos países. También abunda la forma arbitraria en que se imparte eso que llamamos “justicia”, y constatamos a diario las grandes diferencias que surgen por el uso y abuso del dinero y la impunidad.

2. Que cada problema, en su momento, lo podemos convertir en una verdadera tragedia. Cada circunstancia que vivimos puede ser considerada una desgracia, y cuando pasa el tiempo y echamos la vista atrás, nos damos cuenta de que exageramos en la importancia que le dimos a determinado hecho, y hasta nos produce risa la forma en que reaccionamos ante lo sucedido. Es muy cierto que los problemas que nos aquejan en estos días no significarán nada dentro de diez o veinte años.

¿No crees que la vida vale más que todos nuestros problemas?

Nadie dijo que íbamos a vivir sin ellos. Nadie dijo que naceríamos para no sufrir jamás.

Los problemas siempre se presentarán. Y motivos para sufrir, estoy seguro de que también.

Lo que en verdad complica la vida no es lo que nos pasa, sino cómo reaccionamos a lo que nos pasa.

Te invito a que analices brevemente el último problema de cualquier tipo al que te hayas enfrentado: laboral, familiar o personal. Algún problema que para ti haya sido grave o muy fuerte. ¿Qué sucedió? ¿Cómo reaccionaste? Piensa en si estás de acuerdo en que los problemas más grandes a los que nos hemos enfrentado tienen que ver con algo que hicimos, pero también por algo que dijimos, por algo que expresamos aunque no debimos hacerlo, y es cuando reflexionamos: “¿Por qué abrí mi boca? ¿En qué momento se me ocurrió decir lo que pensé?”. No conectamos el cerebro con la lengua y por eso nos metemos en graves problemas.

Reitero: lo que a veces sucede no es tan grave. Lo que complica las circunstancias es la forma en la que respondemos a lo que nos pasa, porque lo que te ocurre a ti en este momento le puede ocurrir a miles de personas en el mundo, y verás qué diferente reaccionan.

Un problema que puede constituir un verdadero infierno para ti, para otra persona será algo tan simple que analizará de manera diferente a la tuya. Todo depende de la experiencia de vida que tenga esa persona, de su temperamento, de los tipos de pensamientos que predominen en su mente, de su fe, o de la confianza que demuestra en la solución del problema.

Es posible que a la otra persona le resbale el problema, y ahí estas tú, dándole vueltas y vueltas a la misma situación, dejando libre cuanto pensamiento fatalista se presenta ante ti, atrayendo con esos mismos pensamientos negativos y derrotistas más adversidades.

Estoy seguro de que hay muchas razones para ser feliz, pero es común que nos centremos en encontrar razones para no serlo. Tendemos a recordar personas, hechos, circunstancias que nos impiden ser felices, en lugar de hacer una lista de razones por las cuales deberíamos estar felices y agradecidos.

Todos deseamos ese maravilloso tesoro llamado felicidad, todos buscamos ser felices algún día.

En muchos seminarios que he impartido sobre liderazgo y desarrollo personal, me agrada preguntar a los participantes: “¿Para qué nacisteis? ¿Cuál es el motivo o la razón por la que sentís que vinisteis a este mundo?”. Sin duda, estas preguntas constituyen uno de los cuestionamientos existenciales más fuertes. Hay quienes de forma inmediata y automática contestan: “Nací para ser feliz”.

Y cuando pregunto si verdaderamente lo son, muchos de los participantes agregan: “Bueno, pues eso intento…”. Entonces, me pregunto: de verdad será tan complicado ser feliz?

Mis creencias me dicen que cuanto más se nos dé, más se nos pedirá. Que cuando sea llamado ante la presencia del Creador, se me pedirán cuentas de cuánto amé, cuánto compartí, cuánto ayudé… Se nos va a juzgar en el amor.

¿Qué cuentas le vamos a dar al Creador?

Evitemos un terrible presagio que dice: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”.

¡Imagínate!, llegar al final de nuestros días con una lista de reclamaciones a Dios por las injusticias que vivimos y por la gente difícil e insoportable que él permitió que se atravesara en nuestro camino.

No faltará la mujer que llegue diciendo: “¿Cómo, Señor?, ¿cómo querías que fuera feliz con ese hombre que me tocó como marido? Ya viste lo ojo alegre (entiéndase coqueto) que fue”. ¡Siendo ella la que tomó la decisión de compartir su vida con esa persona! Olvidamos que detrás de muchas adversidades estuvo nuestra decisión.

Algunos se atreven a decir: “¿Cómo querías que fuera feliz, Señor, si nací con muchas carencias?”. Cuando la historia está plagada de personas que vencieron las adversidades y lograron trascender en lo que desearon. Para muchos de ellos el no puedo no existió.

Concluir que no fui feliz en todo el tiempo que viví sería mi peor castigo.

El presagio del que hablé líneas arriba agrega la palabra “pecado”. De todos los significados que encontré de “pecado” hay uno que dice: “Es todo lo que hacemos en contra de uno mismo o en contra de los demás. Es perder el camino”. Por supuesto que no haber sido feliz es el peor de los pecados que podemos cometer, pues no sólo es un daño irremediable a nuestra persona, sino también a quienes nos rodean. Una persona amargada y desdichada, generalmente afecta con sus acciones y actitudes a quienes la rodean. Una persona amargada contagia con su pesimismo y amargura a los demás. Muchas veces, su mala energía nos impide encontrar la paz y la felicidad.

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Supera el fracaso

“Fracasé en mi intento por lograrlo…”.

“Estuve a punto de obtener el puesto, pero fracasé en el examen final…”.

“Confié tanto en esa persona para hacer el negocio pero

me defraudó y para mí fue un tremendo fracaso…”.

“Fracasé en mi matrimonio…”.

“Fracaso” ¿no se te hace una palabra muy agresiva y determinante? Tan determinante es que puede ser la razón fundamental de la infelicidad durante mucho tiempo, incluso para siempre. Esta palabra se hace presente en el vocabulario de muchas personas que esperaban o deseaban que algo sucediera y no fue así.

El problema se agudiza cuando ponemos un adjetivo tan apabullante a algo que no sucedió como deseábamos. Es precisamente en ese momento cuando juzgamos con rapidez una situación aislada y la calificamos como un fracaso.

El hecho de que te haya ido mal en un examen no significa que estés fracasando en tu carrera profesional; si te fue mal en un proyecto laboral, no significa que seas un fracasado en tu trabajo; si alguien no valoró tu confianza y amor, no significa que ya no creas en las personas. En el amor este sentimiento es más común. La ruptura dolorosa de una relación no significa que la vida ya no tenga alguna sorpresa destinada para ti.

Tendemos a globalizar el fracaso. Estoy convencido de que esto es una de las causas más frecuentes de depresión y baja autoestima. Y más porque somos nosotros mismos quienes ponemos el adjetivo.

Es imposible desligar el fracaso del éxito. Por eso quiero compartir contigo, desde mi punto de vista, la mejor definición de éxito: es saber lo que quiero, poner mi mejor esfuerzo para lograrlo y disfrutar en el camino de esa búsqueda, sembrando amor y armonía con quienes convivo.

Sería muy arriesgado afirmar que el fracaso es la ausencia de éxito. Digo esto por las veces en las que tú y yo hemos expresado lo mal que nos fue por algo que no obtuvimos pero que, gracias a ello, aprovechamos una mejor oportunidad y, en consecuencia, nos fue mucho mejor.

Te pongo un ejemplo. Agradezco hasta hoy que no se me diera la oportunidad de trabajar en mis inicios en una clínica donde siempre quise ejercer. Desde que me acerqué allí, encontré obstáculos que en su momento llegué a aborrecer, pero que hoy agradezco. Cuando era estudiante, yo soñaba con entrar en esa institución de salud. Me veía una y otra vez recorriendo sus pasillos y consultando a cientos de pacientes en ese lugar.

No me dieron la oportunidad y sufrí al enterarme de que el puesto fue para otra persona que entró por “enchufes o recomendaciones”. Durante ese tiempo analicé dos opciones: seguir estudiando o buscar un empleo en otro hospital.

Decidí seguir con mis estudios. La especialidad que elegí me abrió muchas puertas y aumentó mi visión de lo que en verdad podía hacer con base en mis fortalezas, aunque yo no sabía que las tenía. Sin embargo, con el tiempo las descubrí, y esto me permitió llegar adonde me encuentro ahora. Además, gracias a que no tuve ese trabajo que tanto deseaba, conocí a quien es mi esposa y ahora tengo a la familia que tanto amo. ¡Y todo por una situación que en su momento llamé fracaso!

Adversidades y cambio de planes siempre estarán presentes en la vida de cada uno de nosotros. Habrá algunos que solucionaremos y otros no, pero los errores o caídas no nos convertirán nunca en fracasados.

Según una exhaustiva investigación realizada por la doctora Luisa Amos, catedrática de la Universidad de Tulane, el promedio en que los hombres de negocios fracasan antes de llegar al éxito es de 3.8 de diez ocasiones; no se desalientan por problemas, fracasos o errores. Están convencidos de que tres pasos hacia delante y dos hacia atrás equivalen a un paso hacia delante.

Si en la infancia tuviste la gran fortuna de saber y entender esto, y gracias a tus padres o profesores aprendiste que el fracaso es parte del desarrollo, habrás obtenido uno de los mejores aprendizajes de vida. La mayoría de los padres queremos que nuestros hijos no sufran y por eso los sobreprotegemos, pero con ello sólo logramos que no aprendan a manejar la frustración.

Recuerdo la historia de un hombre que, al ver cómo una oruga batallaba para abrirse, se compadeció y la ayudó a convertirse en mariposa. Efectivamente, la mariposa salió, extendió sus alas, pero nunca logró emprender el vuelo. Por naturaleza, la mariposa necesita batallar para que las alas y las patas se desarrollen de forma correcta y esté saludable. Esto mismo hacemos con la gente que queremos: buscamos evitarles el fracaso y el sufrimiento, y lo que hacemos es volverlos dependientes y vulnerables al dolor.

En Texas se hizo común un adagio que dice: “No importa cuánta leche derrames, lo que importa es no perder la vaca”.

Lo bueno cuesta, y mucho. Avanzamos notablemente cuando entendemos que el fracaso es aprendizaje, y que todos los caminos al éxito pasan por la tierra del fracaso. En otras palabras, el fracaso es simplemente un precio que debemos pagar para llegar al éxito.

He sido testigo de dos conductas que se toman ante los problemas o fracasos de nuestra vida: las personas se hunden en una crisis, o el fracaso los impulsa hacia delante.

No olvidemos que la historia está llena de personajes célebres que vivieron múltiples fracasos antes de llegar al éxito. Por mencionar algunos, el coronel Sanders, creador de la receta secreta de ese pollo tan conocido. ¡Nadie le hacía caso en sus inicios! Tocó muchas puertas y en todas partes encontraba rechazos, hasta que alguien creyó en su receta original.

La vida de Benjamin Franklin estuvo llena de calamidades y, después de muchos problemas, grandes y pequeños, fue uno de los presidentes más queridos en la historia de Estados Unidos.

Los hermanos Orville y Wilbur Wright lograron emprender el primer vuelo en aeroplano, el 17 de diciembre de 1903, después de múltiples fracasos. Tiempo atrás, fueron objeto de burlas de quienes se reunían a ver los intentos de dos personajes que catalogaron como locos por querer volar.

No dudo de que tú hayas padecido algunos fracasos o sinsabores en la vida, pero son precisamente esos problemas los que hacen que valores más lo que logras.

No olvides las palabras que muy acertadamente escribió John Maxwell: “Las personas cambian cuando sufren tanto que tienen que hacerlo; aprenden lo suficiente que desean hacerlo, y/o reciben tanto que están en condiciones de hacerlo”.

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¿Existe verdaderamente la felicidad?

Reconozco que no es fácil entrar en el tema de la felicidad. Se ha escrito tanto, y a la vez conocemos a tan poca gente que verdaderamente sea feliz, como para que lo demuestren con sus actitudes, su forma de hablar y las muestras de aprecio ante todo lo que les ocurre. Cuando se le pregunta a alguien qué es lo que más desea en la vida, casi siempre contesta de forma automática que su anhelo más grande es ser feliz.

Deseamos ser felices y, por lo tanto, no escatimamos en el esfuerzo por vivir en plenitud. Es algo que buscamos durante mucho tiempo y que se convierte en un raro espejismo que se aleja conforme llegamos a eso que consideramos la verdadera felicidad.

Lo afirmo porque lo he vivido. He creído que una meta determinada era para mí el significado de la felicidad. Me emocionaba cuando creía que me faltaban sólo unos años para convertirme en médico, así lograría mi anhelo más grande y sería inmensamente feliz. Cuando llegué a esa meta y estuve frente a mi familia con el título de médico, efectivamente, sentí una enorme felicidad. Mi euforia estuvo presente durante varios días. Recibir las muestras de alegría de quienes me rodeaban acrecentaba mi nivel de felicidad, pero, conforme avanzaba el tiempo, mi dicha disminuía. Poco a poco me acostumbré a esa nueva condición que era la de ser médico. Increíblemente, esa aparente felicidad se esfumó, pues de pronto iba surgiendo otra meta que lograr: creí que la verdadera felicidad consistía en conseguir una especialidad dentro de la medicina.

Al terminar mi especialidad, me sentí nuevamente muy contento y satisfecho. Pero terminé por acostumbrarme, una vez más, a un nuevo estado como médico especialista en salud pública. Lo mismo sucedió cuando imaginé que mi verdadera felicidad consistía en conseguir un trabajo.

En ese momento aprendí que no era un título, ni una especialidad, ni un trabajo, lo que me daría la felicidad, sino encontrar a una persona muy especial con quien compartir mi vida, esa persona me ofrecería toda la felicidad que merecía. Así que tiempo después encontré a la persona especial y era mejor que como la había imaginado. Varios años de noviazgo nos llevaron a fijar una fecha para la boda. Ambos consideramos ese día como el inicio de la verdadera felicidad.

Estoy seguro de que esta creencia se consolida desde niño; cuando al finalizar un cuento, el príncipe se casa y el narrador afirma: “… y vivieron felices para siempre”. ¡Qué! ¡Qué! ¡Cómo que vivieron felices para siempre! ¡Si el reto apenas acaba de empezar! Todos los que estamos casados lo podemos afirmar. Unir tu vida con alguien y adaptarte a esa persona no es fácil. Nos acostumbramos a cada estado que vivimos. Por eso muchos escritores han afirmado que la felicidad es un estado que no existe.

Un día leí la siguiente frase: “La felicidad completa no existe, sólo los momentos felices”. De verdad esto fue lo que creí durante mucho tiempo. Hay momentos felices, tristes, de incertidumbre, de dolor, de temor y con muchas emociones más. Con el tiempo descubrí que hay dos tipos de felicidad:

El primer tip

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