El poder de reinventarte

Lucy Lara

Fragmento

Título

Introducción

Tengo un cuerpo, una mente, un corazón y un espíritu, pero no siempre han sido habitados cabalmente. En la infancia, me parecía que mi cerebro no daba para mucho, no sólo por mi bajo rendimiento escolar, sino también porque todo el aprendizaje era un esfuerzo cuesta arriba. Recuerdo que una mañana, durante el desayuno, un tío me preguntó qué pensaba estudiar, a lo cual respondí, muy despreocupada, que “no sería necesario hacerlo porque me iba a casar”. No había pasado la primaria y ya había descartado la posibilidad de progresar en los estudios. Dudaba de mí y de mis posibilidades. Quizá influenciada por los cuentos de princesas o por las múltiples telenovelas que veía con las abuelas, mi esperanza se fincaba en convertirme en una mujer bonita, casarme y ser feliz para siempre.

Mi cuerpo tampoco ofrecía las ventajas de la fortaleza, agilidad o salud necesarias para ser hábil en los deportes, destacarme en el baile o, cuando menos, gozar de los juegos infantiles. Por el contrario, después de poco más de un mes de nacida quedó claro que había sido contagiada de pulmonía viral durante los tres días que permanecimos en el hospital mi madre y yo, una vez pasado el alumbramiento. Esa enfermedad dejó secuelas que pusieron en riesgo mi vida constantemente: provocaron que no tuviera suficiente fortaleza en las piernas para caminar y fuera necesario usar unos fierros hasta las rodillas y las botas ortopédicas para dar mis primeros pasos. Tener fiebre era ya una rutina, incluso solía avisar a mi mamá cuando subía mi temperatura, interrumpiendo el café con sus amigas, al verme llegar con el termómetro y la caja de medicinas. Los problemas de salud me llevaron varias veces al hospital y en más de una ocasión estuvieron a punto de operarme para tratar de investigar qué pasaba con ese pequeño ser que no pasaba de los 15 kilos, por más vitaminas que tomara. Me coqueteaba la muerte y mi infancia estuvo poblada por el desaliento.

Mi corazón, en cambio, era viejo. Desde que recuerdo, mis valores eran como de un adulto responsable y conservador. Mis noviazgos fueron siempre tan formales que parecían cosa de otra época: visitas por las tardes, cartas románticas, flores cuando se celebraba el aniversario, anillos de promesa y convivencias familiares con sus parientes y los míos. Todas esas relaciones me llevaban hacia el destino que yo misma me había planteado en mi infancia: repetiría el patrón de mis padres con un matrimonio tradicional y una vida entregada a mi marido y a mis hijos. Sin embargo, ese corazón viejo debe de haber hecho un pacto extraño con el Universo, pues se ha ido rejuveneciendo hasta el punto de ser inmaduro, locuaz y tan vagabundo que ahora resulta difícil de domesticar.

Pero cuando se trata del espíritu, entonces o ahora, está claro que hablamos de mi fortaleza. Mi carácter sólido y decidido, la pasión por lo que me interesa, los esfuerzos que puedo realizar para alcanzar mis metas, me han llevado hasta donde estoy y me han hecho quien soy. Pero mi resiliencia no se ha desarrollado sin que mi cuerpo, mente, corazón o espíritu se hayan fracturado y, en más de una ocasión, hayan tenido que pasar por una restauración lenta y dolorosa. Algunos de esos procesos me han hecho abandonar mi espíritu y encontrarme sin un norte ante una batalla perdida. Desahuciada y con el espíritu como un puñado de cenizas después de una gran hoguera, he tenido que reconstruirme y de a poco volver a desplegar mis alas. Alas que, al estar rotas, no siempre me han llevado al destino indicado. Alas que he intentado enmendar, pero el mero esfuerzo no ha sido suficiente para lograr enderezarlas a su forma original. Digamos que las he tenido que rediseñar.

Empecé este libro en plena cuarentena provocada por la pandemia del coronavirus, la cual afectó la salud mental, física y económica del mundo. Me encerré el 16 de marzo de 2020 sin salir por nada que no fuera indispensable. Me encontraba recluida con mi hijo, tres perros, la empleada doméstica que iba y venía de su casa, y las plantas que, hasta ahora, dan vida a mi jardín. Hacía home office para editar la mejor revista Harper’s Bazaar que las circunstancias nos permitían, practicaba yoga con mayor frecuencia que nunca, me mantenía estimulada dando cursos y participando en charlas para conservar robusto el músculo de productividad. La alimentación saludable que llevaba y el tener una hora más de sueño me habían sentado de maravilla. Pero mientras veía que la gente estaba ansiosa, temerosa, pesimista, enojada, frustrada y con insomnio, algo me estaba ocurriendo que no podía dejar de extrañarme: en ese contexto de crisis, en el cual habían bajado considerablemente mis ingresos, mi trabajo estaba vulnerable, mi hijo había partido a vivir al extranjero y en medio de un permanente riesgo de enfermar, o incluso de morir, yo me sentía inusualmente plena, agradecida, tranquila y abundante. Todo aquello no era un estado que respondiera a las circunstancias, ni una negación de ellas, sino un proceso de años que logré tejer con varios fracasos y algunos destellos de éxito, a través de la exploración de miles de recursos y algunos caminos que finalmente me llevaron a situarme en un remanso de paz.

No obstante, a medida que los meses pandémicos se prolongaban, terminé por perder mi trabajo en la revista, sentí desgarrarse mi corazón cuando mi hijo consolidó su futuro en el extranjero y me dejó en un nido vacío, comencé y terminé una relación amorosa, una de mis hermanas enfermó de un padecimiento grave que amenazaba con dejarla inmóvil, asaltaron a mi hermano y también a una amiga con su familia en su propia casa, donde los dejaron cautivos por varias horas, y vi cómo la economía de todo el mundo se desplomaba.

Como es lógico, yo también tuve que enfrentar mis propios demonios, darles la bienvenida a mis herramientas y reubicar no únicamente el motor de mi vida, sino también el propósito de mi trabajo. Pasé largas madrugadas en vela, me encontré sola, me sentí bloqueada, me contagié de coronavirus, escuché la declaración de guerra de Rusia pensando que mi hijo podía irse a defender Ucrania, confundí la autocompasión con la lástima y retorné a dolores pasados para recuperar la valentía con que supe salir adelante de otros momentos oscuros, a sabiendas de que lo importante era estar atenta en el presente y darme permiso de soñar con mi futuro. Busq

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