¡Dilo ahora! ¡Dilo bien!

Mary J. Nestor

Fragmento

Agradecimientos

Agradecimientos

A lo largo del camino para la creación de ¡Dilo ahora! ¡Dilo bien!, me ha ayudado mucha gente a quien debo mi gratitud. Este libro está dedicado a mi primer mánager y mentor, Dave Lotoki, que una vez me dijo que tenía el talento de “hacer enojar a la gente”. ¿Quién iba a decir que ese “talento” se convertiría más tarde en la base de este libro? A Charlene Rothkopf, entonces directora de Beneficios de Marriott Corporate, que se sentó conmigo en más de una ocasión para hacerme saber que no estaba diciendo bien las cosas como nueva supervisora en Marriott Corporation. A la Organización Dale Carnegie, que me enseñó a decirlo ¡ahora! y a ¡decirlo bien!, así como a superar el miedo paralizante a hablar en público y a ganar la pluma del “Premio especial por logros” al finalizar el Curso Básico de doce semanas (creo que la quinta sesión fue el momento decisivo).

A los grandes mentores y compañeros Toastmasters de Savannah, el Club 705 Toastmasters, quienes confiaron en mí como su presidenta y me enseñaron muchas lecciones sobre cómo ¡decirlo ahora! y ¡decirlo bien! como líder, en especial a Grant Washington, un evaluador amable pero despiadado que siempre encontraba algo en lo que yo podía mejorar. Y a Dave Newman, quien “pateó mi trasero” durante una sesión formativa en un seminario web en vivo cuando estaba a punto de perder el enfoque y renunciar a la idea de cambiar de marca y relanzar mi negocio de conferencias, coaching y consultoría ¡Dilo ahora! ¡Dilo bien! Ellos fueron mis modelos para ¡Dilo ahora! ¡Dilo bien! (aunque el jurado todavía no ha decidido si Dave es el mejor en la categoría de ¡decirlo bien!).

Gracias a todos por realmente preocuparse por decir lo que había que decir en el momento indicado y de forma que yo escuchara el mensaje. Como pueden constatar en esta introducción, no he olvidado sus enseñanzas.

Índice

Prólogo

SECCIÓN I

¡DILO AHORA!

Capítulo 1. Encontrar mi voz

Capítulo 2. ¿Ser amable?

Capítulo 3. Antes de decir todo, analiza tus motivos

Capítulo 4. Dilo a destiempo… y asume las consecuencias

Capítulo 5. ¡Dilo ahora! es una herramienta de la caja

Capítulo 6. ¡Dilo ahora! para líderes

Capítulo 7. Reconocer las oportunidades

Capítulo 8. ¡Dilo ahora! o mantén por siempre los pedazos (de tu vida)

SECCIÓN II

DILO BIEN

Capítulo 9. Ahora sé amable... ¡Dilo bien!

Capítulo 10. Mucha conexión, poca comunicación

Capítulo 11. ¡Dilo ahora! ¡Dilo bien! Dilo frente a frente

Capítulo 12. Si debe ser ahora, no lo envíes por texto. Ni por correo electrónico. Tampoco dejes un mensaje de voz

Capítulo 13. Si vas a decirlo, por el amor de Dios, ¡dilo bien!

Capítulo 14. Construir una cultura de ¡Dilo ahora! ¡Dilo bien!

Capítulo 15. ¡Dilo ahora! ¡Dilo bien! Cómo transmitir un mensaje propositivo en el trabajo

Capítulo 16. Zona de peligro: cuidado con la pendiente resbaladiza

SECCIÓN III

¡Dilo ahora! ¡Dilo bien! En acción

Capítulo 17. Tú eres el jefe. No todo el mundo es genial

Capítulo 18. Con un compañero, no te contengas

Capítulo 19. Con un compañero de trabajo ayuda, no entorpezcas

Capítulo 20. Con un cliente, no te andes con rodeos

Capítulo 21. Gestión efectiva hacia arriba. ¡Dilo ahora! ¡Dilo bien! a tu jefe

Capítulo 22. Contrátame y no te arrepentirás. ¡Dilo ahora! ¡Dilo bien! en una entrevista de trabajo

Capítulo 23. Con tus hijos: ¡Yo mando aquí! ¡Escucha!

Capítulo 24. La hora de callar

Capítulo 25. “Tú no eres mi jefe”. Enfrentarse a los acosadores

Capítulo 26. ¡Dilo bien! para ti mismo

Capítulo 27. ¡Dilo ahora! y dilo alto #NotMeToo

Capítulo 28. “¿Me veo gorda?”

Capítulo 29. ¡Dilo ahora! ¡Dilo bien! Déjate llevar... Y prepárate para lo imprevisible

SECCIÓN IV

Para terminar

Capítulo 30. ¿Adónde vamos ahora?

SECCIÓN V

Ahora es tu turno. Encuentra tu propia voz

Capítulo 31. Ahora es tu turno

Capítulo 32. ¿Qué es eso que tú necesitas decir ahora y bien?

Capítulo 33. Mi estrategia personal para decirlo ahora y bien

Reconocimientos

Sobre la autora

Sobre este libro

Semblanza

Créditos

Prólogo

¡Dilo ahora! ¡Dilo bien! puede ser el libro más valioso que jamás hayas leído. Haz una pausa y considera lo que acabo de decir: “el más valioso”. Muchos de los problemas más grandes del mundo se han suscitado por personas que no han hablado cuando debían hacerlo, o por personas que han hablado de forma equivocada, complicando con ello la situación. Han iniciado guerras y otras han terminado por el uso inadecuado o adecuado de estas técnicas comunicativas. Aprender las habilidades que se proponen en este libro te ayudará a eliminar muchos obstáculos en tu vida y en tu negocio, lo cual podría, en serio, “sacudir tu mundo”.

Basta con que revises el índice para recordar al instante situaciones en las que tú o alguien más podrían haber empleado estas excelentes habilidades.

El valor de comunicar y la habilidad para hacerlo de forma clara y adecuada pueden catapultarte por encima de cualquier competidor en circunstancias que impliquen relaciones humanas.

Incluso, en algunos casos, “hablar bien” puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

En marzo de 1953, William J. Coughlin escribió un artículo en Harper’s Magazine titulado “Mokusatsu, el gran error. ¿Fue éste el error más mortífero de nuestro tiempo?”.*

La siguiente descripción procede de la Biblioteca Digital alsos para Cuestiones Nucleares: Este artículo examina las graves consecuencias de un error en la traducción de una respuesta enviada por el gabinete de Japón a la Declaración de Potsdam de los Aliados, un ultimátum de rendición durante la Segunda Guerra Mundial. Emitida por el primer ministro japonés Kantaro Suzuki, la contestación anunciaba que el gabinete había adoptado una postura de mokusatsu, término que puede traducirse como “no externar ningún comentario” o “ignorar algo”. De acuerdo con el artículo, en el momento en que el documento fue remitido, los medios de comunicación japoneses interpretaron que el gabinete estaba ignorando el ultimátum, cuando, en realidad, el mensaje que se pretendía transmitir era que se estaba reservando el comentario a la espera de un anuncio posterior. El artículo investiga los infructuosos intentos de Japón para que la Unión Soviética mediara por la paz, el debate interno en el Gobierno japonés sobre la rendición y la intención del mensaje del gabinete. El autor afirma que la ambigua redacción elegida por Suzuki condujo directamente al uso de la bomba atómica contra Japón por parte del Gobierno de Estados Unidos.

Ese horrible ejemplo implicaba la traducción de una lengua y una cultura a otra. Sin embargo ¿no ocurre lo mismo cuando un amigo o compañero habla en lenguaje emocional y tú respondes en lenguaje lógico? ¿Acaso no se involucran las creencias cuando una familia o una empresa supone que sus normas y prácticas internas también son asumidas por otro grupo?

Cada día nos enfrentamos a diferencias culturales y de lenguaje, muchas de las cuales ni siquiera percibimos; así, avanzamos a ciegas como si ya supiéramos lo suficiente sobre ellas como para garantizarnos el éxito en nuestras interacciones. No obstante, este libro te dará el valor para hablar cuando debas hacerlo, la sabiduría para saber cuándo permanecer callado y las habilidades para hablar bien cuando lo hagas. Aprenderás a llegar a la gente de la forma adecuada.

Ahora, permíteme apartarme para que puedas comenzar a descubrir estas poderosas herramientas.

Con el espíritu de crecimiento,

Jim Cathcart, csp, cpae

Expresidente de la Asociación Nacional de Oradores.

Autor de Relationship Selling.

Fundador de Cathcart.com

* Este artículo se encuentra disponible en http://alsos.wlu.edu/information.aspx?id=1699.

SECCIÓN I ¡DILO AHORA!

Capítulo 1 Encontrar mi voz

Crecí en una familia numerosa en Gary, Indiana. Éramos ocho: mis padres, cinco hijas y un hijo. Probablemente, entre todos tuvimos un total de diez conversaciones significativas. Claro, había discusiones animadas en la mesa durante las cenas dominicales sobre el sermón de la mañana, pero, aparte de eso, no platicábamos entre nosotros. Ni siquiera entre hermanos. Era como si no tuviéramos de qué hablar, o nada que decir de nosotros mismos, o sobre lo que sucedía en nuestras vidas… nuestros pensamientos, sueños y aspiraciones. O qué ocurría en general. Como la menor de todos, yo era la más callada y observadora. Quería decir muchas cosas, pero a temprana edad aprendí que expresar mi opinión u observaciones no era aceptable o apreciado. “Mejor guárdatelo”, podría haber sido el lema familiar.

Sin embargo, como no siempre acataba las normas, a veces hacía caso omiso del lema familiar. Recuerdo a mi madre diciéndome, al tiempo que sacudía la cabeza: “¡Nunca sé lo que va a salir de tu boca!”. En otras palabras, me decía que me callara. Guárdate tus opiniones. No hagas olas. No digas lo que piensas. Lo que tienes que decir no es necesario ni importante. Nadie quiere escucharte. Así que no tardé en recibir el mensaje de que lo que se valoraba y apreciaba era el silencio... y reservarse las opiniones para una misma. Si te aventurabas y te atrevías a hablar, te ridiculizaban, te regañaban y te miraban con desdén. Mensaje claro. Entendido.

Conforme crecí, aprendí bien la lección; no obstante, continuaba observando el mundo que me rodeaba. En muchas, muchas ocasiones, quise expresar mi alegría, felicidad, miedo, tristeza, enojo o cualquier otra emoción, pero siempre me contuve para seguir las “reglas familiares” no escritas.

Excepto una vez. No recuerdo mi edad, pero sí que tenía una muy buena amiga. Se llamaba Julie y vivía a un par de casas de distancia de Ethel, mi hermana mayor, ya casada. Julie venía de una familia numerosa, muy parecida a la nuestra. No había mucha conversación, pero sí muchos gritos. El padre de Julie bebía mucho, como el mío; sin embargo, cuando ese señor bebía, se enojaba.

Las cosas más insignificantes lo alteraban, como los platos sucios en el fregadero o el polvo en los muebles. A pesar de que su casa era una más, igual que las demás de la cuadra, y los muebles eran viejos y no combinaban entre sí, el padre de Julie se quejaba de que no relucía como las mansiones más grandes de Morningside Drive. Fue un día en el que Julie estaba a punto de convertirse en el objeto de la ira de su padre cuando yo estuve a punto de encontrar mi voz.

Fui a visitar a mi hermana, trece años mayor que yo, casada y con hijos. Decidí ver si Julie podía pasar un rato conmigo. Ella estaba en casa, pero tenía tareas pendientes. Cuando entré, estaba lustrando los muebles con cera líquida y un trapo viejo. Podía oír que en la cocina hablaban en voz alta y, por la mirada triste de Julie, comprendí que algo iba mal. Me susurró que debía pulir todos los muebles antes de poder salir a jugar, y que su padre no estaba “de humor”, así que realmente debía hacer un buen trabajo. Le ofrecí mi ayuda para que pudiera terminar antes; entonces, me dio un trapo y empezamos a pulir con ahínco.

Los muebles raspados y viejos ya no brillaban como antes, pero hicimos lo que pudimos. Al cabo de un rato, el padre de Julie entró en la habitación y observó nuestro trabajo. Enseguida se enfureció: “¡Esto es una porquería! ¡El lustrador está embarrado en esta mesa! Están desperdiciando el producto y el tiempo”. Julie estaba aterrorizada y yo miraba a su papá con asombro. Nadie en mi familia hablaba así, ni para bien ni para mal. Estaba impactada y asustada por Julie. La vio y le dijo: “Vete a tu habitación”. Mi amiga, obediente, se dirigió hacia las escaleras, y su padre iba tras ella. Tardé sólo un minuto en comprender que Julie estaba en serios problemas y que algo malo estaba a punto de suceder.

Cuando empezaron a subir lentamente las escaleras, algo se apoderó de mí. Me acerqué, miré a su padre a los ojos y le dije: “Si va a hacerle algo a Julie, más vale que me lo haga a mí también, porque yo estaba puliendo los muebles con ella”. No sé quién se sorprendió más. Yo, por hablarle a un adulto de una forma tan atrevida; Julie, quien se detuvo en mitad de la escalera y nos observó a mí, a su padre y luego nuevamente a mí con la boca abierta, los ojos desorbitados y sin respirar; o el papá de Julie, que estaba siendo desafiado por una niñita malcriada.

El resto de la escena es confusa. Julie no sufrió ningún castigo terrible aquel día. Yo, en cambio, recibí un buen regaño de mi mamá por hablarle así a un adulto. (Mi madre se enteró del incidente con el papá de Julie a través de mi hermana Ethel). Julie y yo consolidamos nuestra amistad gracias a mi acto de valentía. Me sentí un poco como una heroína. Encontré mi voz y me arriesgué a consecuencias desconocidas por defender a mi amiga y salvarla de aquella amenaza. Daba miedo y era osado, pero en ese momento supe que debía decir algo. Si esperaba o guardaba silencio, estaba segura de que sería desastroso. No sabía cuál sería el resultado de mi decisión. ¿Cumpliría el padre de Julie su amenaza de castigo? ¿Me castigaría a mí también, como yo misma le había sugerido? ¿Mi papá también lo haría por haber sido grosera con un adulto? ¿El padre de Julie se percataría del error de su conducta? ¿Dejaría de beber, de amedrentar a toda su familia, y se convertiría en un padre ejemplar? No tenía suposiciones ni respuestas en mente. Sólo sabía que debía ¡decirlo ahora!

Me gustaría decir que ese día conquisté mi voz y seguí hablando. Sin embargo, un fuerte regaño y la vergüenza de mi mamá bastaron para renovar el lema familiar. Hubo momentos en los que hablé, pero sin los grandes resultados de aquella escena en casa de Julie.

En nuestra cotidianidad, dejamos pasar muchas oportunidades para decir aquello que debe decirse. No sólo en situaciones personales —como en esta historia—, sino en los negocios, en el trabajo, en roles de liderazgo, de administración, de organizac

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