CAPÍTULO 1
El silencioso peso de elegir
Cuando pasa algo malo, tienes tres opciones.
Puedes dejar que te defina, dejar que te destruya
o dejar que te fortalezca.
Dr. Seuss
Uno de los mayores poderes que tenemos es el de la decisión: la capacidad de elegir conscientemente un camino en lugar de otro. Con él, tenemos el poder de darle un giro a nuestras vidas en un instante, algo que pocos, o tal vez ningún otro ser vivo, parece hacer como nosotros.
Pero este gran poder supone un gran sufrimiento.
Con gran facilidad, nos vemos atrapados en la indecisión, una parálisis causada no por la limitación, sino por la posibilidad infinita. Y la culpa de ello no es la falta de alternativas, sino el exceso de ellas. Entonces terminamos sufriendo, no porque nos falten opciones, sino porque nos ahogamos en ellas.
Es grande el peso de la corona de la decisión.
La presión de tomar la decisión correcta puede resultar abrumadora, no porque la elección sea imposiblemente compleja, sino porque el costo de equivocarnos parece muy alto. En estos momentos lo que sentimos no está determinado por la magnitud de la decisión, sino por la gravedad de nuestras emociones. Cuando la mente da vueltas, hasta la elección más pequeña puede parecer una pesada carga, como si todo dependiera de ella.
Lo que comienza como una simple decisión no dura mucho tiempo. Al contemplar los diferentes posibles resultados, nuestra mente se centra en lo negativo. Nos damos cuenta de que basta una mala decisión para que todo se venga abajo: el trabajo por el que tanto hemos luchado, el amor en el que empezábamos a confiar, la frágil paz que luchamos por encontrar, la oportunidad que creíamos que podría cambiarlo todo.
Pero no solo tememos los malos resultados, sino también cómo nos perciben los demás. El silencio en la habitación. El sutil cambio en el tono de voz de alguien. La mirada en sus ojos cuando ya no nos ven igual que antes.
¿Y si perdemos su respeto? ¿Y si perdemos su amor? ¿Y si las personas que más nos importan dejan de creer en nosotros?
Podemos verlo desarrollarse en nuestra mente con total claridad: elegimos “mal” y, de repente, el trabajo desaparece, la relación se desmorona, nuestra reputación se hace añicos y la voz en la cabeza se burla: “¿Ves? No lo merecías”.
Ese es el riesgo que sentimos más grave: no la consecuencia práctica, sino la forma en que una mala decisión parece servir como prueba de nuestros miedos más profundos sobre nosotros mismos. Una “mala” decisión no solo se percibe como un error, sino como una confirmación. La confirmación de que no somos lo suficientemente capaces. No somos lo suficientemente inteligentes. No somos suficientes.
Y antes de que nos demos cuenta, la preocupación se ha salido de control y lo que comenzó como una pequeña decisión es ahora una crisis existencial.
Y así, nos encontramos buscando consejo, no necesariamente para aclarar las cosas, sino para tranquilizarnos. Tal vez si suficientes personas nos dicen qué hacer, el peso de la elección desaparecerá. En silencio esperamos, probablemente sin siquiera darnos cuenta, que otra persona decida por nosotros. Porque si termina siendo una mala decisión, no será culpa nuestra, sino suya. Después de todo, es mucho más fácil vivir resentidos por la decisión de otra persona que soportar las consecuencias de la nuestra.
Pero cuanto más dependemos de estas opiniones, más difícil se vuelve la decisión. Ahora, además de necesitar tomar la decisión “correcta”, debemos lidiar con la presión de complacer.
De esta forma, la carga aumenta. Mides tus deseos frente a las expectativas de los demás, sintiendo la culpa silenciosa de todo lo que te han dado. ¿Cómo podrías elegir un camino con el que ellos no están de acuerdo? ¿Cómo podrías arriesgarte a decepcionar a las personas que te han apoyado? Es fácil convencerte de que es egoísta priorizar lo que te parece correcto.
Y, sin embargo, si hacer felices a los demás fuera la clave de tu propia felicidad, ¿no habría funcionado ya?
La verdad es que cuantas más voces invitamos a entrar, más silenciosa se vuelve nuestra voz interior.
Cada opinión, por muy bienintencionada que sea, nos aleja más de la serena sabiduría interior que ya sentimos. Todos nos ofrecen lo que creen que es mejor, pero ninguno puede decirte qué es lo mejor para ti. Cuanto más dependemos de los demás, menos confiamos en nosotros mismos y más empezamos a vivir una vida enfocada en la aprobación, no en la alineación.
La mayoría de las personas dan consejos basados en sus propios miedos, remordimientos y limitaciones. Ven el mundo a través del prisma de su pasado, no de tu futuro. Sus dudas no son tu destino. Sus heridas no son tu camino. Sus creencias no son tu verdad.
Nadie te conoce mejor que tú mismo. Nadie tiene las mismas pasiones, deseos o sueños que tú. Los demás te dirán lo que ellos harían, pero no pueden decirte lo que es correcto para ti.
El costo de intentar hacer felices a todos los que te rodean es tu propia felicidad.
Pero aquí está la buena noticia: no porque las cosas hayan sido de una determinada manera significa que tengan que seguir siendo así.
Frank Sonnenberg dijo: “Las lecciones de la vida se repetirán hasta que se aprendan”. Pero ¿cómo podemos aprender la lección si nadie nos muestra otro camino? No podemos elegir un nuevo camino hasta que nos demos cuenta de que hay un rumbo.
Mi esperanza con esta guía es que te ayude a ver la vida de otra manera, que dejes de darle vueltas a tus decisiones, que confíes de nuevo en ti mismo y que encuentres el valor para crear una vida que se sienta auténtica para ti.
CAPÍTULO 2
¿Por qué pensamos tanto?
Una decisión tomada por miedo siempre
es una decisión equivocada.
Tony Robbins
No piensas demasiado porque algo esté mal contigo. Piensas demasiado porque algo resulta importante para ti.
Porque te importa. Porque hay un significado implícito en ese momento. Porque en algún lugar dentro de ti sientes que esa elección podría determinar tu futuro: tu identidad, tu seguridad, tu conexión con los demás.
Pero la raíz de pensar demasiado no es el interés. Es el miedo.
No el tipo de miedo que hace latir tu corazón y se expresa como pánico. Es un miedo sutil. Es el que se disfraza de responsabilidad. El que te susurra en el fondo de tu mente: “¿Y si tomas la decisión equivocada? ¿Y si no puedes manejar las consecuencias? ¿Y si esto al final te expone como alguien insuficiente?”.
Si las elecciones fueran solo lógicas, no experimentaríamos indecisión. Valoraríamos los pros y los contras, tomaríamos una y seguiríamos adelante sin darle más vueltas. Estas no son solo cálculos, son espejos. Nos muestran quiénes creemos que somos y quiénes tememos ser.
Nunca se trata solo de ¿qué camino debo tomar? Se trata de ¿qué dice de mí si elijo esto? ¿Me seguirán queriendo, respetando? ¿Seguiré estando a salvo y siendo exitoso?
El hecho de pensar en exceso, sin importar cuál sea la explicación superficial, se puede remontar al miedo. Miedo al fracaso. Miedo al arrepentimiento. Miedo a decepcionar a los demás. Miedo a no ser quienes creemos que deberíamos ser.
Sin embargo, no hay nada malo en tu mente por pensar demasiado. Es solo la evidencia de que trata de protegerte de esos miedos.
Crea simulaciones mentales, reproduce cada escenario y calcula cada ángulo, no para encontrar la verdad, aunque eso parezca, sino para encontrar el control.
Control sobre el dolor. Control sobre la pérdida. Control sobre cómo te ven los demás.
Pero el atractivo de tener el control es una ilusión. He aquí la paradoja: cuanto más tratamos de controlar, más miedo tenemos y menos libres nos sentimos. Como si fueran arenas movedizas psicológicas: cuanto más luchamos, más rápido nos hundimos en el miedo, la duda y la parálisis.
Por lo tanto, la salida no está en aferrarse al control, sino en la aceptación. Cuando reconoces y enfrentas el miedo, no le das poder. Lo recuperas. Porque una vez que ves el miedo con claridad, no como una verdad, sino como un patrón de tu mente, se debilita y te suelta.
En el momento en que dejas de huir del miedo, este deja de controlar tu vida.
Para dejar de pensar en exceso no hace falta otro plan, otra lista de pros y contras, ni otra ronda de malabarismos mentales. Hace falta tu presencia. Tu voluntad firme y lúcida de sentir lo que has estado evitando.
Este es el punto de quiebre.
En cuanto te das cuenta de que todo el exceso de pensamiento no es más que miedo disfrazado, puedes dejar de luchar contra cada pensamiento y simplemente abordar la emoción raíz.
Y es entonces cuando surge una nueva posibilidad: ¿y si todo lo que nos han enseñado sobre el miedo fuera al revés? ¿Y si el miedo no significara que algo va mal, sino que estás a punto de hacer algo bien?
Piénsalo bien: ¿cuántas veces el miedo fue más intenso justo antes de elegir algo que te cambió para mejor? El miedo no era el problema, solo era tu alma indicándote lo que habías estado buscando y para lo que estabas preparado desde el principio.
¿Y si el miedo fuera solo una señal de que algo importante está saliendo a la luz, una parte de nosotros que todavía se aferra a la ilusión de que nuestro valor es condicional?
¿Y si fuera tu alma la que te estuviera indicando qué es lo que más te ayudaría a crecer?
CAPÍTULO 3
Tu enfoque determina tus decisiones
Que tus elecciones reflejen tus
esperanzas, no tus miedos.
Nelson Mandela
Mucho antes de que existieran la terapia, el coaching o la neurociencia, los seres humanos entendían algo esencial: que la mente contiene muchas voces. Algunas ofrecen claridad, otras, confusión.
Y aquello que determina nuestro camino no es cuál de esas voces es más fuerte, sino a cuál de ellas decidimos escuchar. No se trata solo de una metáfora, así es como funciona la mente. En especial en momentos de incertidumbre, cuando el miedo y la esperanza hablan al mismo tiempo.
Hay una historia que suele atribuirse a la tradición cherokee y que describe esta experiencia humana universal que se ha transmitido de generación en generación. Vive en momentos como este, cuando el miedo y la confianza luchan dentro de nosotros por el control.
UN ANCIANO LE ENSEÑA A SU NIETO SOBRE LA VIDA…
—Una terrible lucha se libra dentro de mí —le dice al niño—. Es entre dos lobos. Uno es el miedo, la envidia, la tristeza, el arrepentimiento, la avaricia y la duda. El otro es la alegría, la paz, el amor, la esperanza y la confianza. La misma lucha se libra dentro de ti, y también dentro de todas las personas.
El nieto reflexiona un momento y pregunta:
—¿Cuál de los dos lobos ganará?
—El que tú alimentes —responde el anciano.
Para superar el miedo no hay que luchar contra él. Cuanto más te resistes o lo evitas, más avivas sus llamas. Porque la resistencia sigue siendo una forma de atención, y la atención es combustible. Tratar de dominar el miedo es como echar leña al fuego que intentas apagar desesperadamente: solo consigues que arda con más fuerza.
El miedo es como el fuego: no se apaga luchando contra él. Se extingue cuando eliminas lo que lo mantiene vivo.
Lo que el oxígeno es para el fuego, tu atención lo es para el miedo.
Quita el oxígeno y las llamas se apagarán.
Retira tu atención del miedo y comenzará a extinguirse.
No es necesario resolverlo. Solo hay que verlo tal y como es.
No necesitas luchar contra el miedo. Solo deja de alimentarlo.
La realidad es que la emoción desde la que tomamos una decisión es la emoción que reforzamos. Esto se debe a que hacia donde se dirige nuestra atención, fluye la energía. Y donde fluye la energía, las cosas crecen.
Cuando elegimos desde el miedo, el fracaso, el rechazo o la pérdida, no escapamos de él, lo perpetuamos.
Cuando nos centramos en lo que no queremos, en lugar de evitarlo, lo alimentamos. Crece hasta que somete el proceso de toma de decisiones, y nos mantiene atrapados en un estado reactivo de lucha o huida.
No obstante, aunque pueda resultar tentador pensar que la solución consiste en minimizar las emociones en general, no queremos eliminar por completo las emociones de la toma de decisiones. Si las eliminamos, perdemos también las emociones “buenas”, las cuales son fundamentales cuando decidimos: las esperanzas, los sueños, los deseos y el entusiasmo.
Por eso, el objetivo no es eliminar las emociones, sino cambiar el enfoque. Así, la decisión no consiste en evitar lo que no queremos, sino en avanzar hacia lo que sí.
Para aprender a esquiar, los mejores instructores enseñan una regla sencilla: mira hacia donde quieres ir, no los obstáculos que deseas evitar. En el momento en que te enfocas en los árboles, te desvías hacia ellos y aumenta la probabilidad de chocar contra uno. No porque te atraigan por arte de magia, sino porque tu atención te lleva hacia allí. Tu atención es un imán mental. Te acerca silenciosamente a aquello en lo que centras tu atención, ya sean las barreras que temes o el camino que deseas seguir.
Lo mismo sucede con las decisiones. Cuando gastas toda tu energía tratando de evitar el peor de los escenarios, no avanzas, sino que te acercas precisamente hacia aquello de lo que intentas escapar. Solo
