Persigue tus sueños

Ricardo Zárate

Fragmento

Título

1

Caminamos un ratote por las cerradas curvas del Támesis, un río que pasa por Londres, la capital de Inglaterra. Hacía frío, como siempre. Y cerca del río, el frío se sentía más intenso todavía.

Éramos un grupito de cinco estudiantes de diferentes países y estábamos buscando la locación perfecta para filmar un cortometraje. El director del corto era un chavo con una concepción de sí mismo bastante alucinante: él creía que pasaría, tarde o temprano, a los libros de historia de cine. A nosotros nos daban igual sus delirios, sólo queríamos llegar a la locación prometida. No aguantábamos los pies.

Aquella tarde nos acompañaba nuestro protagonista, un viejo actor inglés, espigado, de carne pegada al hueso, que iba vestido ya con unas túnicas mugrientas con las que daría vida a un profeta persa: lo que el director pretendía era adaptar Así habló Zaratustra, el libro de Friedrich Nietzsche, un filósofo alemán del siglo XIX. Es una obra maestra de la literatura de todos los tiempos, ¡y el director quería adaptarla en un cortito de cinco minutos! Cuando nos enteramos de sus intenciones creativas, todos pusimos la misma cara de estupor.

Avanzábamos a la contra de un viento que comenzaba a arreciar. Yo cargaba el tripié de la cámara en silencio. Finalmente encontramos la ansiada locación: un barco chatarra amarrado a un muelle. Para que nos dejaran grabar ahí, tuvimos que convertir en extras a los dos tozudos marineros que custodiaban el barco. No eran ingleses y no dominaban el idioma, por lo que nos tardamos un poquito en darnos a entender.

Alistamos todo. El actor ensayaba sus líneas y el joven director daba indicaciones moviéndose de aquí para allá. Como en Super 8, la película de J. J. Abrams. Hay una escena en que el niño director da frenéticas indicaciones a su crew antes de filmar una escena de su película de zombis. Así, tal cual. Teníamos que aprovechar la luz del día, que empezaba a debilitarse. Además, el barco no iba a estar a nuestra disposición cada vez que quisiéramos, de modo que tuvimos que apurarnos.

Cuando yo terminé de instalar el tripié de la cámara, miré el cielo. Unos espesos nubarrones se acercaban. Me enfundé la chamarra de la escuela de cine y encogí el pecho, llovería en cualquier minuto. A nadie parecía importarle, todos tenían dónde resguardarse más tarde. No era mi caso. A diferencia de mis amigos, yo tendría que ocuparme de encontrar un sitio dónde dormir. No había comido en días (sólo tenía en la panza un Snickers), pasaba la noche donde podía, no tenía dinero ni para el autobús, todos mis desplazamientos eran a pie. En aquella época, yo era una ruina humana, la verdad. Pero, así como me lees, sin techo, insolvente, en los huesos y con los ojos hundidos como un zombi de Super 8, me sentía feliz porque estaba cumpliendo una parte fundamental de mis sueños: estudiar cine en Londres. Aunque ninguno de mis compañeros sospechaba que yo era un intruso, un polizón, como se dice. ¿Por qué era un intruso? Porque yo no estaba inscrito en la escuela. Ese era mi gran y terrible secreto. Y casi nadie lo sabía.

Estamos hechos de trillones de células. Contamos con más de 600 músculos en nuestro cuerpo, poco más de 200 huesos, muchas tripas y muchos órganos. Pero creo que también estamos hechos de historias. Hay una especie de tejido narrativo en todos nosotros que es importantísimo para nuestra sobrevivencia, para poder relacionarnos los unos con los otros y vivir en el mundo. Es una necesidad antiquísima, tan fundamental como comer. Necesitamos contarnos historias y que nos las cuenten para convivir civilizadamente con los demás: nuestras historias tienen la facultad de entretejerse con otras historias. Esa es la magia.

Después de muchos años de la experiencia en Londres, pude transformarme en quien siempre había querido ser: un escritor. Debuté en el cine al escribir el guion de una película de misterio. Y poquito más tarde, publiqué mi primera novela, un thriller juvenil muy alocado. Ya hablaré de eso luego. El punto es que cuando me preguntaban: “Oye, ¿y tú de qué alcantarilla saliste?”, terminaba contando todo lo que me había pasado en Londres. Descubrí que cada vez que lo hacía era como si regresara a aquella ciudad, me emocionaba, me desbocaba, me llenaba de entusiasmo. Al relatar mi viaje y lo que aconteció en él, me percaté de lo importante que había sido en mi vida

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