Querido Scott, querida Zelda

Zelda Fitzgerald
F. Scott Fitzgerald

Fragmento

PREFACIO

La relación más importante que conocieron tanto F. Scott como Zelda Sayre Fitzgerald fue la que mantuvieron el uno con el otro; fue el catalizador y el tema principal de la mayor parte de su ficción. Las cartas que intercambiaron nos cuentan la historia de esta relación central en las propias palabras de sus protagonistas; aquellas que se han publicado en ediciones anteriores de la correspondencia de Scott y en los Collected Writings de Zelda no han aparecido nunca reunidas en un único volumen. Existen además numerosas cartas inéditas en la Biblioteca de la Universidad de Princeton, las cuales también merecen formar parte de la colección. El noviazgo y el matrimonio de los Fitzgerald se han convertido en un capítulo fascinante e imborrable de nuestra historia literaria. Las cartas nuevas, insertadas cronológicamente entre las que ya se habían recopilado, nos permiten tener una visión más imparcial de su relación de la que ha sido posible hasta ahora.

La descripción más detallada y precisa de la relación de los Fitzgerald sigue siendo el popular texto de Nancy Milford Zelda: A Biography (1970). Milford fue la primera que exploró las muchas cartas que Zelda escribió a Scott, y también la primera que trató de establecer algún orden entre ellas. En el prólogo de Zelda Milford recuerda que ella y su marido se leían las cartas en voz alta el uno al otro «como si acabaran de llegar, sin saber en qué período de sus vidas se habían escrito o qué diría la siguiente. Estaban caóticamente mezcladas y sin fecha, en la mayoría de los casos sin siquiera sobres que ayudaran a fecharlas… De forma algo inocente… me había metido en algo que no podría ni querría abandonar durante seis años…» (XIII). Buena parte de la biografía de Milford se basa en estas cartas, que aparecen citadas con frecuencia; sin embargo, en el contexto de una biografía apenas se podía introducir una pequeña muestra, y solo en una forma muy fragmentaria. Ahora, por primera vez, podemos leer por nosotros mismos esas intrigantes cartas de Zelda a Scott.

Han pasado más de treinta años desde la aparición de la biografía de Milford, y como sociedad hemos aprendido mucho (aunque todavía no lo suficiente) sobre la naturaleza de las enfermedades mentales (como la que padeció Zelda) y el alcoholismo (como el que padeció Scott). Sin embargo, este conocimiento no se ha visto reflejado en lo que se ha escrito sobre los Fitzgerald. La tendencia general ha sido tratar sus vidas y sus enfermedades desde el sensacionalismo.

Las vidas de Scott y Zelda fueron indudablemente dramáticas y trágicas, y en consecuencia muy fáciles de distorsionar. Tal vez el mito más sensacionalista de todos sea la persistente idea de que Scott, celoso de la creatividad de su esposa, reprimió su talento y la llevó a la locura. La visión del matrimonio de los Fitzgerald que propone Koula Svokos Hartnett en Zelda Fitzgerald and the Failure of the American Dream for Women (1991) es lamentablemente representativa de este mito: «Como apéndice suyo, [Zelda] iba a convertirse en la víctima de su afán autodestructivo [de Scott]. Al negarle el derecho a ser ella misma… al impedirle que usara su propio material… al reprenderla por intentar crear una vida propia, le causó una progresiva degradación y finalmente la muerte emocional» (187). Una afirmación como esta desafía tanto al sentido común como a las nociones más básicas de lo que es una enfermedad mental, a pesar de lo cual ha ganado cierta aceptación general. Para comprobar que esta idea persiste efectivamente solo hace falta echar una mirada a la biografía más reciente de los Fitzgerald, publicada en 2001 y supuestamente definitiva, en la que Kendall Taylor declara:

[Zelda] había dedicado su vida a proporcionar material a un marido escritor a quien todavía hoy se considera uno de los más grandes de Estados Unidos y que sin embargo, como hombre y como marido, era insidiosamente controlador. Cuando por fin trató de crearse una vida propia, separada de su matrimonio, era demasiado tarde. Le quedaban escasos recursos. La única salida posible era a través de la locura, a la que su familia tenía tendencia. Al escribir el epigrama «A veces la locura es sabiduría»1 estaba revelando el paradigma de su vida (Sometimes Madness is Wisdom, 372-373).

La insinuación de que la enfermedad mental podía servir como vía de escape («[l]a única salida posible») recuerda el siguiente pasaje de Zelda, en el que Milford propone la misma idea en relación con la primera crisis de Zelda, en 1930:

Por delante tenían [Scott y Zelda] la lenta agonía de volver a encajar las piezas de sus vidas… A ella le diagnosticaron… esquizofrenia, no una simple neurosis o histeria. Era como si, una vez que Zelda se había derrumbado, no le quedara más escapatoria que entrar en una espiral hacia la locura… Escribir la historia de su crisis es dar testimonio de su indefensión y su terror, y al mismo tiempo volver a explorar los lazos que unían inextricablemente a los Fitzgerald (161).

A pesar de esta vaga insinuación, la biografía de Milford sigue siendo el estudio más completo y fiable realizado hasta la fecha sobre la relación de los Fitzgerald vista desde el lado de Zelda, mucho más cuidadoso y preciso que el de Taylor, que está plagado de errores en cuanto a los hechos y de afirmaciones inaceptables.

Tal vez la nueva biografía de Taylor no sea tan importante en sí misma, pero sí constituye el primer estudio de fondo basado en un punto de vista que ha guiado la crítica contemporánea durante los últimos treinta años. El matrimonio de los Fitzgerald fue caótico, pero no es más razonable decir que Scott volvió loca a su mujer que pretender que fue Zelda quien empujó a su marido a la bebida. Aunque Zelda y Scott se casaron jóvenes, su predisposición a la enfermedad mental y al alcoholismo, respectivamente, ya estaba presente. Tales rasgos eran aparentes ya en el comportamiento impulsivo que caracterizó su noviazgo y que de hecho alimentó su atracción recíproca desde el principio. Por más excitante que sea leer historias sobre caídas en la locura y derivas alcohólicas, aportan poco a nuestra comprensión y apreciación de estos dos seres humanos conflictivos y llenos de talento que han captado y mantenido durante todos estos años nuestra atención como lectores.

Más alarmante aún resulta la pretensión de Taylor de que su argumento viene avalado por las cartas de Zelda y que su biografía presenta el punto de vista de la propia Zelda sobre su matrimonio:

En ningún lugar se hace tan evidente la realidad de la situación matrimonial de los Fitzgerald como en las cartas soberbiamente elaboradas que Zelda envió a Scott, que se cuentan por miles. Buena parte de mi libro se basa en ellas, ya que nos dan la mejor perspectiva sobre el carácter de Zelda (XIV).

Esta afirmación resulta alarmante porque es errónea. La cifra total de las cartas que Zelda escribió a Scott y que se conservan en Princeton se acerca más a quinientas que a varios miles, y aunque estamos de acuerdo en que son soberbias, lo cierto es que no son «elaboradas»; Zelda escribía deprisa, de forma espontánea, impresionista. Querido Scott, querida Zelda presenta prácticamente todas las cartas de Zelda ya publicadas, así como una importante selección de cartas hasta ahora inéditas, y permite a los lectores comprobar por sí mismos la visión que Zelda tenía de su matrimonio con Scott en cada fase de su relación.

En ocasiones los Fitzgerald se acusaban el uno al otro de lo que iba mal en su vida, como por ejemplo de los problemas de su matrimonio. Entre 1932 y 1934 mantuvieron con frecuencia amargas discusiones sobre quién tenía derecho a utilizar material tomado de sus vidas para la ficción. Tales cartas reflejan sin duda estos períodos de enfrentamiento, pero en su mayoría expresan preocupación por los problemas del otro, así como elogios por los éxitos logrados a pesar de los formidables obstáculos que se oponían a ellos. Aunque el conflicto constituye un aspecto importante de su relación que no debe minimizarse, cuando contemplamos la relación en conjunto vemos que su matrimonio no se caracterizó tanto por la competición como por el amor y el apoyo mutuo, dificultados sin embargo por las graves enfermedades con las que tuvieron que luchar los Fitzgerald, las cuales, por desgracia, dominaron sus vidas.

Si la dolorosa lucha de Zelda contra su enfermedad mental ha recibido una comprensión general, no puede decirse lo mismo del alcoholismo de Fitzgerald (así como del progresivo deterioro que provocó en su salud), que a menudo se ha visto como un comportamiento vergonzoso por su parte, no como la devastadora enfermedad que hoy sabemos que es. El propio Scott, naturalmente, tampoco comprendía la enfermedad, sino solo la humillación que le causaba. Además de mostrarse insensible ante el alcoholismo de Scott, la idea de que reprimió cruelmente la creatividad de Zelda no tiene en cuenta la difícil posición en que se encontraba, en su esfuerzo por pagar las facturas (incluidas las de los doctores y las hospitalizaciones de Zelda) con la única profesión que conocía: escribir. A pesar del declive de su reputación y de su salud, consiguió de algún modo seguir escribiendo, de la misma manera que Zelda, pese a la paralizante desintegración de su personalidad, continuó escribiendo y pintando, y soñando con la posibilidad de conseguir un trabajo y ser capaz de mantenerse por sí misma. Irónicamente el valor central que esta célebre pareja tenía en común era la ética del trabajo; como demuestran sus cartas, tal era el principio que valoraban en último término por encima de todos los demás. Tal vez la impresión más duradera sobre los Fitzgerald que transmiten sus cartas es el coraje, la belleza y la comprensión nacida de su profundo y atormentado amor.

NOTA DEL EDITOR

Una de las peculiaridades de la edición de estas cartas es que Zelda utiliza guiones de diversa longitud, de forma más generalizada en su primera correspondencia y más limitada en las cartas que escribió en los años treinta. Hemos optado por conservar muchos de ellos (adaptados a una longitud estándar) y convertir otros en puntos cuando aparecen al final de una frase. Todas las palabras subrayadas por los Fitzgerald, sea con una o varias líneas, se señalan en cursiva. En el encabezamiento de cada carta se indican la fecha y la dirección del remitente; tal información aparece casi siempre entre corchetes y se basa en indicios internos, ya que en la mayoría de los casos no figura en la carta original. Hemos utilizado las siguientes abreviaturas en los encabezamientos para indicar la forma original de la carta: CMs, carta manuscrita sin firmar; CMs (borrador), carta manuscrita encontrada únicamente en formato borrador; CMsF, carta manuscrita firmada; NMs, nota manuscrita sin firmar; CMg, carta mecanografiada sin firmar; CMg (CC), carta mecanografiada encontrada únicamente en copia de papel carbón; CMgF, carta mecanografiada firmada, y telegrama. El número de páginas que aparece en el encabezamiento de cada carta se refiere al número de caras de papel sobre las que estaba escrita. Las copias originales de casi todos los textos reunidos en esta edición se encuentran en la Biblioteca de la Universidad de Princeton, sea en los archivos de F. Scott sea en los de Zelda Fitzgerald; también se señalan aquellos que proceden de los álbumes de recortes de los Fitzgerald, que se hallan asimismo en Princeton. La procedencia de los escasos originales que no están en Princeton se indica en las notas al final del libro.

En estas notas se ha intentado mantener un equilibrio entre ofrecer informaciones necesarias y agobiar al lector con un aparato crítico excesivo. No hemos identificado a las personas que hemos considerado familiares para la mayoría de los lectores; tampoco lo hemos hecho cuando el contexto proporciona ya una identificación general, como ocurre por ejemplo con los muchos amigos de Montgomery que Zelda menciona en sus primeras cartas. En general, cuando se identifica a una persona, lugar o hecho a través de una nota, se hace una única vez; si ha sido identificado ya en las introducciones o pasajes narrativos, no vuelve a comentarse en las notas. Solo se da la nacionalidad de una persona cuando no es estadounidense.

En aras de una mayor concisión, en los pasajes narrativos se indican las fuentes de los materiales citados entre paréntesis y en forma abreviada. Las referencias completas (y la correspondiente abreviatura) de tales fuentes son las siguientes:*

Bruccoli, Matthew J., Some Sort of Epic Grandeur: The Life of F. Scott Fitzgerald, Harcourt Brace Jovanovich, Nueva York, 1981: Some Sort of Epic Grandeur.

—, ed., F. Scott Fitzgerald: A Life in Letters, Scribners, Nueva York, 1994: Life in Letters.

—, ed. con la colaboración de Jennifer McCabe Atkinson, As Ever, Scott Fitz—: Letters Between F. Scott Fitzgerald and His LiteraryAgent Harold Ober 1919-1940, J. B. Lippincott, Filadelfia, 1972: As Ever, Scott Fitz—.

— y Margaret M. Duggan, eds., con la colaboración de Susan Walker, Correspondence of F. Scott Fitzgerald, Random House, Nueva York, 1980: Correspondence.

—, Scottie Fitzgerald Smith y Joan P. Kerr, eds., The Romantic Egoists: A Pictorial Autobiography from the Scrapbooks and Albums of Scott and Zelda Fitzgerald, Scribners, Nueva York, 1974: Romantic Egoists.

Fitzgerald, F. Scott, Afternoon of an Author: A Selection of Uncollected Stories and Essays, Scribners, Nueva York, 1958: Afternoon of an Author.

—, F. Scott Fitzgerald’s Ledger: A Facsimile, NCR/Microcard, Washington, DC, 1973: Ledger.

—, The Great Gatsby, Scribners, Nueva York, 1995; publicado originalmente en 1925. [Hay trad. cast.: El gran Gatsby, Plaza & Janés Editores, Barcelona, 2000.]

—, The Notebooks of F. Scott Fitzgerald, editado por Matthew J. Bruccoli, Harcourt Brace Jovanovich/Bruccoli Clark, Nueva York, 1978: Notebooks.

—, The Stories of F. Scott Fitzgerald, Scribners, Nueva York, 1951: Stories.

Fitzgerald, Zelda, The Collected Writings, editado por Matthew J. Bruccoli, Scribners, Nueva York, 1991: Collected Writings.

Hartnett, Koula Svokos, Zelda Fitzgerald and the Failure of the American Dream for Women, Peter Lana, Nueva York, 1991.

Hemingway, Ernest, A Moveable Feast, Scribners, Nueva York, 1964. [Hay trad. cast.: París era una fiesta, Seix Barral, Barcelona, 2001.]

Kuehl, John, y Jackson R. Bryer, eds., Dear Scott/Dear Max: The Fitzgerald-Perkins Correspondence, Scribners, Nueva York, 1971: Dear Scott/Dear Max.

Lanahan, Eleanor, Zelda: An Illustrated Life, Abrams, Nueva York, 1996.

Milford, Nancy, Zelda: A Biography, Harper & Row, Nueva York, 1970: Zelda. [Hay trad. cast.: Zelda, Ediciones B, 1990.]

Mizener, Arthur, The Far Side of Paradise: A Biography of F. Scott Fitzgerald, edición revisada, Houghton Mifflin, Boston, 1965.

Taylor, Kendall, Sometimes Madness Is Wisdom—Zelda and Scott Fitzgerald: A Marriage, Ballantine, Nueva York, 2001.

Turnbull, Andrew, ed., The Letters of F. Scott Fitzgerald, Scribners, Nueva York, 1963: Letters.

Wilson, Edmund, ed., The Crack-Up, New Directions, Nueva York, 1964; publicado originalmente en 1945 como Crack-Up. [Hay trad. cast.: El crack-up, Anagrama, Barcelona, 1991.]

La localización de las cartas ya publicadas de Scott y Zelda es la siguiente:

The Letters of F. Scott Fitzgerald (1963), de Andrew Turnbull, contiene 35 cartas de Scott a Zelda, muchas de las cuales no se reproducen de forma íntegra; Correspondence of F. Scott Fitzgerald (1980), de Matthew J. Bruccoli, incluye 23 cartas de Scott a Zelda y 62 cartas de Zelda a Scott; The Collected Writings of Zelda Fitzgerald (1991), de Bruccoli, reedita las mismas cartas de Zelda que aparecen en Correspondence, más una adicional, y F. Scott Fitzgerald: A Life in Letters (1994), de Bruccoli, contiene 24 cartas de Scott a Zelda, lo que eleva el número total de cartas publicadas de Scott a Zelda a 58, y las de Zelda a Scott, a 63.

En la Biblioteca de la Universidad de Princeton hay 22 cartas hasta ahora inéditas de Scott a Zelda, 11 telegramas hasta ahora inéditos de Scott a Zelda, y aproximadamente 430 cartas hasta ahora inéditas de Zelda a Scott. Todos ellos merecen formar parte de su historia. Este libro recoge todas las cartas y los telegramas de Scott a Zelda e incluye 189 nuevas cartas de Zelda.

Tal como indican estas cifras, es indudable que se han perdido muchas de las cartas de Scott a Zelda. Esta circunstancia no sorprende si se tiene en cuenta que Zelda, nunca demasiado organizada, estuvo entrando y saliendo de diversos hospitales durante los años treinta y cuarenta, y que su vida se vio extrañamente puntuada por los incendios: el de la casa de los Fitzgerald en Baltimore en 1933; el del hospital Highland en el que perdió la vida en 1948, y el fuego en el que su hermana Marjorie quemó buena parte de las posesiones de Zelda (incluidos varios cuadros suyos) en la casa de su madre en Montgomery después de su muerte. Scott, en cambio, conservó meticulosamente toda la correspondencia relacionada de un modo u otro con su vida, y las cartas que recibía de Zelda ocupaban sin duda un lugar central en ella. A pesar de que se hayan perdido algunas dirigidas a Zelda, conocemos el lado de la historia correspondiente a Scott por las cartas conservadas que envió a amigos suyos, a los editores y a Scottie, todas las cuales se han publicado. Es la perspectiva de Zelda sobre la vida de ambos la que se ha visto escasamente representada, y una de las finalidades de este libro es poner de manifiesto su talento como escritora de cartas.

La organización y división de las cartas es la siguiente:

PRIMERA PARTE. Noviazgo y boda: 1918-1920 (cartas 1-49). Hay ocho telegramas de Scott a Zelda y seis cartas de Zelda a Scott correspondientes a este período que ya se habían publicado. Las cartas de Scott a Zelda de estos años se han perdido, pero hemos incluido doce telegramas adicionales suyos, que Zelda había pegado en su álbum de recortes. También hemos incluido en este período treinta y tres cartas hasta ahora inéditas de Zelda a Scott.

SEGUNDA PARTE. Los años compartidos: 1920-1929 (cartas 50-51). Durante la década de los veinte los Fitzgerald vivieron juntos y por lo tanto no mantuvieron correspondencia. Sin embargo, en 1930 escribieron dos extensas cartas en las que pasaban revista a los años veinte, en un intento por descubrir por qué se enfrentaban a la nueva década en medio de tan terribles penurias. Hemos optado por incluirlas en esta sección por tratarse de dos cartas extensas, de carácter retrospectivo y que contienen referencias a muchos de los acontecimientos y las personas que fueron importantes en la vida de los Fitzgerald durante el decenio precedente.

TERCERA PARTE. Los años de crisis: 1930-1938 (cartas 52-209). Hemos incorporado dos cartas hasta ahora inéditas que Scott escribió a Zelda durante los ocho primeros años de la década de los treinta, y hemos seleccionado 106 de las 260 cartas inéditas hasta el momento de Zelda a Scott para incluirlas en esta sección. Tales textos ofrecen una imagen mucho más rica de la vida de Zelda en sus intermitentes estancias en diversos hospitales y en su hogar de Montgomery (Alabama).

CUARTA PARTE. Los últimos años: 1939-1940 (cartas 210-333). Hay siete cartas de Scott a Zelda y cuatro cartas de Zelda a Scott posteriores a 1939 que ya se habían publicado. Hemos incluido once cartas adicionales de Scott a Zelda y 69 cartas hasta ahora inéditas de Zelda a Scott. Hay 37 cartas posteriores a 1940 que ya se habían publicado, y hemos localizado nueve cartas más. Sorprende que no se hubiera publicado ninguna de las cartas de Zelda a Scott posteriores a 1940 —solo una tarjeta de San Valentín sin firmar—, lo que hacía pensar que ya no le escribía. Tal impresión está lejos de corresponder a la realidad; hemos encontrado 57 cartas y telegramas que Zelda escribió a Scott durante el último año de su vida, de los que hemos seleccionado 33.

Para seleccionar las cartas que debían componer el presente libro hemos seguido dos principios. En primer lugar, hemos incluido todas aquellas que ayudan a mantener el hilo narrativo: las que explican lo que pasaba. En segundo lugar, queríamos incorporar todas aquellas que expresan la variada y compleja naturaleza emocional de la relación de los Fitzgerald. Las cartas que intercambiaron para hablar del presente y revaluar el pasado transmiten en ocasiones estos lazos emocionales difíciles de describir en pasajes de turbadora belleza y claridad.

NOTA DEL TRADUCTOR

El carácter informal y muchas veces apresurado de estas cartas explica que en los manuscritos originales abunden los errores ortográficos, los vacíos de puntuación e incluso las frases incompletas o mal construidas. Como no parece que sea posible traducir un error —más bien sería simularlo—, se plantea el problema de encontrar un equilibrio entre la fidelidad al texto original y la voluntad de evitar un aparato crítico que pudiera dificultar la lectura. En este sentido, hemos optado por corregir e interpolar los errores más claros, e indicar únicamente aquellos que pudieran dar pie a variaciones en el sentido del texto.

Por otro lado, el estilo de Zelda resulta personal y heterodoxo hasta el punto de quedarse a menudo al límite de la gramaticalidad. La traducción ha intentado reproducir en lo posible los giros originales, aunque siempre dentro de lo que sería un texto gramatical y con sentido en castellano. En este capítulo llama la atención el uso generalizado del guión largo en las primeras cartas de Zelda, que llega a sustituir a cualquier otro signo de puntuación. Aun cuando esta forma de utilizar el guión debe considerarse un anglicismo impropio del castellano, lo cierto es que rebasa con mucho también lo usual y admisible en la lengua original, razón por la cual hemos optado por considerarlo un recurso de estilo y mantenerlo en la traducción. A medida que el uso del guión va remitiendo y acercándose a su empleo estándar en inglés, hemos pasado a sustituirlo por una puntuación estándar en castellano.

INTRODUCCIÓN

Mencionar a F. Scott y Zelda Fitzgerald es invocar los años veinte, la era del jazz, el romanticismo y un éxito escandaloso obtenido a una edad temprana, con todos los peligros que eso supone. Los nombres de Scott y Zelda hacen pensar en taxis al anochecer, evocan relucientes vestíbulos de hoteles y bares clandestinos cargados de humo, flappers, descapotables amarillos, vestidos blancos, propinas exorbitantes, expatriados y la nostalgia por la Generación Perdida. Y aunque sean mis abuelos, no puedo dejar de señalar que el alcoholismo de Scott y la locura de Zelda son una parte importante del mito.

Las vidas de mis abuelos resultan para mí tan fascinantes como sus logros artísticos. Siempre me ha impresionado su capacidad de expresar el amor que sentían el uno por el otro de formas originales y conmovedoras. A pesar de la brevedad y el nomadismo de sus vidas —Scott nació en 1896 y murió en 1940, a la edad de cuarenta y cuatro años, ocho antes que Zelda—, ambos dejaron una abundante correspondencia que nos abre la puerta a una extraordinaria historia de amor. Sus cartas revelan a dos personas poseídas por una increíble fuerza vital y la necesidad imperiosa de desarrollar al máximo sus capacidades. Las de Scott son asombrosamente íntimas, prueba de su sinceridad, generosidad y extraordinario virtuosismo y oído para el inglés. Las de Zelda son poéticas, llenas de metáforas y descripciones. ¡Qué emoción debían de sentir al abrir el sobre enviado por el otro! A veces.

Ya se han publicado varias colecciones de cartas de Scott, entre ellas volúmenes sueltos de las que escribió a su editor Maxwell Perkins y a mi madre, Scottie. Scott y Zelda no tuvieron necesidad de mantener correspondencia durante los diez años más famosos de sus vidas, y la idea de reunir las cartas de ambos en un único volumen ha planteado siempre un problema. Los editores de este libro, Jackson R. Bryer y Cathy W. Barks, han realizado un trabajo minucioso e inteligente para cubrir este vacío con cartas, intuiciones e informaciones tomadas de fuentes muy diversas.

La presente recopilación llega en un momento oportuno. Ahora que podemos comprender mejor el papel de Zelda como esposa, como artista y como persona que tuvo que luchar contra una enfermedad mental, su talento se ha ganado un creciente respeto. Scott, por su parte, pareció apreciarlo desde el principio. Tal vez el presente libro contribuya a devolverle cierto rango entre sus detractores. Las cartas confirman que ofreció apoyo y aliento a Zelda en sus esfuerzos como escritora. También compartió con ella sus habilidades editoriales, su sentido crítico y su ánimo cuando más se necesitaba. Lejos de la imagen habitual que se tiene de él, Scott se revela como un hombre con un profundo sentido de la lealtad y la responsabilidad.

Lo que queda patente en esta colección de cartas es el talento natural de los Fitzgerald, su encanto personal y sus inmensas reservas de amor, ternura y devoción. Se trata de una biografía emocional, una relación de sus éxitos y de sus tragedias, y un testimonio directo sobre la primera mitad de los años veinte a través de los ojos de dos personas que se hallaban en el centro de su vida artística.

Yo tenía dos meses cuando mi abuela murió en un incendio que se declaró en el hospital Highland, en Asheville (Carolina del Norte). En la última carta que escribió a mi madre, en 1948, Zelda decía que tenía muchas ganas de ver al bebé. Para mí, esta carta ha significado un importante lazo de unión con el pasado, un vínculo casi accidental entre generaciones; es un consuelo saber que mi abuela llegó a conocer mi existencia.

Las cartas de Zelda están llenas de metáforas. El cielo se cierra sobre un lago «como una concha gris de ostra». Las montañas se cubren «el cuello con un tul rosa, como viejas damas coquetas». Su prosa es exuberante y polisensorial, como por ejemplo cuando recuerda a Scott los olores del mes de julio junto al mar. En ocasiones su identidad se confunde con la de Daisy Buchanan, que aparece en El gran Gatsby como una lánguida y despreocupada representante de la ociosa clase rica. Nótese sin embargo que en la novela Scott reservó todo su desprecio para los Buchanan, cuyos vastos recursos les permitían tener a otras personas para que les resolvieran sus asuntos. Scott también es confundido a menudo con su propia creación, el apabullantemente rico Jay Gatsby. Sin embargo, la novela es un cuento moralizante en el que Gatsby intenta utilizar su mal ganada fortuna para recrear su pasado. Aunque Scott escribió a menudo sobre la alta sociedad, conservó hasta el fin de sus días una firme creencia, muy propia del Medio Oeste, en la honradez y el trabajo, así como un saldo bancario desesperadamente bajo.

Estas cartas revelan el poco dinero que tenían para vivir, resulta milagroso lo mucho que lograron hacer con unos medios tan escasos. Cuando tenían dinero, lo gastaban. La necesidad de conseguirlo movió a Scott a escribir buena parte de sus cuentos. No se apartó de su verdadera vocación hasta que llegaron los rigores de la Depresión, momento en que se vio obligado a aceptar un trabajo en la maquinaria productora de guiones de Hollywood. Cuando le llegó la muerte, había terminado cuatro novelas, 160 cuentos (incluido un buen número de textos escritos por encargo, previsibles y llenos de fórmulas, que aportaban la mayor parte de su sustento), numerosos artículos y reseñas, y una obra de teatro completa, The Vegetable, por no mencionar los centenares de cartas que consumieron buena parte de su energía creativa, así como su novela inacabada, El último magnate.

En los momentos críticos, cuando ya no le quedaba dinero, Scott pedía prestado a su agente, a su editor y a sus amigos, lo que le llevaba a un círculo vicioso de escribir para pagar las deudas y pedir prestado para poder escribir. En 1923 comentó que había tenido que trabajar jornadas de doce horas durante cinco semanas para «ascender de nuevo desde la pobreza más abyecta hasta la clase media».

Mi madre, su única hija, conocía bien este círculo vicioso. Describió la relación de Scott con el dinero del siguiente modo: «El dinero era algo que adoraba, despreciaba, reverenciaba, dilapidaba, algo que “lo inhabilitaba por su incapacidad de manejarlo” (según él mismo decía), algo por lo que trabajaba como un perro y con lo que mantuvo siempre una relación de amor-odio… el dinero y el alcohol fueron los dos grandes adversarios con los que luchó durante toda su vida».

Como los libros de Scott estaban incluidos en una lista de obras prohibidas, las autoridades de la iglesia católica St. Mary de Rockville (Maryland) se negaron a permitir que se le enterrara en el panteón de su familia. Sus restos fueron inhumados en el cercano cementerio Rockville Union. Ocho años más tarde, cuando murió Zelda, la familia decidió que debían reposar juntos en una misma sepultura. Poco después del funeral de Zelda mi madre envió la siguiente carta a su abuela Sayre:

Me hizo feliz que decidieras enterrarla con papá, ya que verlos juntos allí da una especie de unidad clásica a la tragedia de sus vidas, y fue muy emotivo y reconfortante para mí pensar que sus dos espíritus, generosos y audaces, por fin reposaban juntos en paz. Mamá era una persona tan extraordinaria que si las cosas hubieran seguido siendo tan perfectas y románticas como al principio la historia de su vida hubiera parecido más un cuento de hadas que una historia real.

El cuento de hadas comenzó cuando Scott y Zelda se conocieron, en 1918, en un baile celebrado en un club de campo de Montgomery (Alabama). El alférez F. Scott Fitzgerald era uno de los muchos soldados que habían sido destinados al cercano Fort Sheridan, en espera de la orden para ir a combatir al otro lado del océano. Zelda, dotada de belleza, gracia, alegría de vivir y experta en el arte del flirteo, era una de las beldades más populares de la región. Las primeras cartas que escribe a Scott son claramente las de una quinceañera. Zelda parece estar inundada, derretida de amor. Las jóvenes sureñas, apenas emancipadas de sus carabinas victorianas, cultivaban todavía una femineidad extrema, lo que Zelda llama un «desvalimiento rosa». También se recrea hablando de su deseo de fundir sus identidades, de que Scott marque el sentido de su existencia. Al tomar el nombre de un hombre la mujer asumía por completo su identidad, incluidas su profesión y su posición social, una abyecta dependencia de la que hoy recelarían ambos sexos. Las declaraciones de Zelda en el sentido de sentirse sola, de no ser «nada sin él», pueden resultar alarmantes para el lector moderno, pero son reflejo de su tiempo. La Decimonovena Enmienda, que garantiza a las mujeres el derecho al voto, no fue ratificada hasta agosto de 1920.

En Montgomery la proporción entre soldados y mujeres jóvenes era muy favorable a estas, y la competición entre los jóvenes galanes era feroz. La inseguridad de Scott ante la posibilidad de perder a la mujer que le había robado el corazón se refleja en las cartas de Zelda. Como el lado masculino de la correspondencia se halla escasamente representado, me tomaré la libertad de incluir el poema con el que se abre El gran Gatsby, del que poca gente sabe que es obra del propio Scott, ya que lo atribuyó a un poeta ficticio, Thomas Parke d’Invilliers.

Pues lleva el sombrero dorado, si eso la conmueve;

si puedes brincar alto, brinca para ella también,

hasta que grite: «Amante del sombrero dorado, amante delos altos brincos,

¡debo tenerte!».

Para conquistarla Scott ciertamen

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