El infierno tan temido: El secuestro en México

Saskia Niño de Rivera Cover
Manuel López San Martín

Fragmento

Título

Prólogo

El secuestro en México y la cruda realidad
de un México destrozado

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Escuchar la voz, la historia, el porqué y el cómo de un secuestrador y de una víctima es una de las mejores formas de entender uno de los delitos que más lacera, que mayor daño causa y que más secuelas deja. Secuelas permanentes en las víctimas y en la sociedad.

Son los contextos y realidades los que nos pueden aproximar a los hombres y mujeres de carne y hueso, reales, que han hecho del secuestro su forma de vida. Son las historias de las víctimas, de su cautiverio y de los daños irreversibles que marcan con dolor su vida por este delito. Atrevernos a escuchar estas historias nos lleva a entender la crueldad que hay detrás de este terrible delito que aterroriza a una sociedad entera. Pero queremos insistir: un delito tiene una historia de vida detrás del secuestrador y su víctima: ¿Cómo vivió el delincuente? ¿Cómo fue su niñez, su familia, su ambiente cotidiano? ¿Qué sucesos soportó la víctima, qué marcas quedaron en su cuerpo y en su memoria?

“Odia el delito y compadece al delincuente” es una frase que tenemos como bandera desde hace una década, los mismos años que Saskia tiene ingresando a las cárceles del país, y que Manuel ha hecho suya también, al comunicar hechos atroces en los diversos medios de comunicación donde tiene la titularidad y la responsabilidad de informar con veracidad. Resulta de vital importancia entender que tenemos que separar el acto delictivo de la persona, no para deslindar la responsabilidad, sino para entender la raíz de lo que, como sociedad, hemos construido de forma errónea hasta convertirnos en la cuna de actos delictivos como el secuestro. Al ser más conscientes y estar más informados de cómo se dan estos delitos podremos negarnos a cometerlos, entender las circunstancias sociales, denunciarlos y apostar por la construcción de un México en paz.

Entender, analizar y perfilar al secuestrador es la base para prevenir este delito que durante tantos años ha cimbrado al país y cuya comisión no se detiene. Escuchar las historias de las y los sobrevivientes de secuestro es volver a humanizarnos como sociedad y entender que los delitos tienen gran impacto dentro de nuestras comunidades y van más allá de una cifra que podamos comparar mes a mes. Un caso de secuestro es suficiente para romper la esperanza de una sociedad entera, por su crueldad y violencia, por sus consecuencias terribles y a veces mortales. Las cifras del día a día nos dan una percepción de inseguridad o seguridad, pero las historias de lo vivido por quienes hoy están para contar sus experiencias como víctimas reflejan un dolor que tendría que estremecer en lo más profundo, pues pone en riesgo los cimientos de cualquier sociedad: el contrato social.

En las últimas décadas, año con año, el secuestro ha registrado un aumento. Pero cabe insistir: detrás de las cifras, hay hombres y mujeres con historias, vidas trastocadas y secuelas. Las voces de las víctimas y victimarios son esenciales para comprender no sólo frente a qué estamos, sino cómo frenar lo que luce como una ola imparable.

¿Cómo llegaron los secuestradores a este delito? ¿Por qué se dedicaron a este ilícito? ¿Qué elementos incidieron en ellos? ¿Qué pensaban mientras ejecutaban un secuestro? ¿Qué ven hoy en
retrospectiva? También es necesario reflexionar: ¿Fallamos como país? ¿Fracasaron las instituciones? ¿Hay algo que como sociedad podamos hacer? De seguir con una estrategia reactiva de seguridad, ¿hay esperanza de un México en paz?

No hay una fórmula que nos permita acercarnos con precisión científica a las causas y, por tanto, erradicarlas. Pero sí es posible trazar un perfil y una radiografía de factores y condiciones comunes que puedan ayudar al análisis, estudio y, por qué no, a la prevención de este delito.

El secuestro en México se ha diversificado. Pasamos de que fuera un tema exclusivo de los “ricos”, de casos sonados —de alto impacto—, a un asunto tan común como cotidiano, que no discrimina sexo, nivel socioeconómico o perfil demográfico. Pasamos de escuchar historias del secuestro de los hombres y mujeres más acaudalados de nuestro país a observar que la cantidad de dinero que una persona posee ya no es necesariamente un factor determinante para ser víctima de este delito.

Aclaremos lo siguiente: “Odia el delito y compadece al delincuente” no tiene nada que ver con renunciar a la búsqueda de justicia, mucho menos aceptar la impunidad. Tampoco tiene que ver con el perdón. Al contrario, se trata de comprender para aprender. De entender para prevenir y erradicar. Es fundamental estudiar, analizar y contextualizar por qué México ha sido —y es— tierra fértil para quienes creen que pueden tomar el destino de una persona en sus manos, e intercambiarlo por dinero; para quienes ponen precio a la vida de cualquier persona.

En México hemos normalizado la violencia como factor que paraliza e impide la reconstrucción del tejido social, el camino despejado hacia el proceso de paz. El horror cotidiano ha hecho que como sociedad perdamos la capacidad de indignación que debería llevarnos a pensar en justicia. Como mexicanas y mexicanos, ¿cómo vamos a sacar a este país adelante garantizando un Estado de derecho, justicia y paz?

Pocas cosas resultan más desgarradoras que escuchar los testimonios de quienes han pasado por este delito y son sobrevivientes. Desafortunadamente, ellas y ellos son testimonio de una realidad de carne y hueso, disfrazada de cifras y expedientes a los ojos de las autoridades; carpetas de investigación que se apilan en la montaña de pendientes y rara vez alcanzan la justicia. No podemos permitir que nuestra esencia como mexicanas y mexicanos normalice las historias de terror que genera la ola de violencia por la cual estamos pasando. Normalizar la violencia que vivimos se ha vuelto el peor mecanismo de defensa y nos aleja de la posibilidad de reparar y construir un camino de paz.

La recopilación de testimonios para integrar este libro fue dolorosa. Dolorosa por decirlo de alguna manera, ante la ausencia de palabras que realmente describan la desesperanza de escarbar en el nido de actos tan atroces. Detrás de cada palabra se acumulan las tristezas. Escuchar a quienes hoy siguen su vida, marcada por una pausa que los puso al límite de la sobrevivencia, horroriza y no alimenta demasiadas esperanzas en el porvenir; no anima a creer que la pacificación de nuestro país sea posible.

Y la otra cara de la moneda ofrece una realidad no menos triste y desgarradora: escuchar las historias de vida de quienes hoy —desde una celda en alguna cárcel del país, vulnerables— se confiesan y hablan, abre la posibilidad de entender para transformar; de ser sensibles desde la compasión para asimilar los múltiples factores por los que como sociedad también somos corresponsables.

Es cierto, sentimos rabia al oír sobre la corrupción e impunidad que rigen nuestro sistema de justicia, así como impotencia al aceptar la maldad injustificable que rige las personalidades generadas a consecuencia de la suma de fallas de un tejido social fracturado, tal vez completamente roto.

Ver, escuchar y leer las noticias, consumir las cifras de crimen e inseguridad se ha vuelto el pan de cada día. Transmitir, desde los medios, una comunicación asertiva que construya, sin caer en el amarillismo morboso que se ha vuelto el veneno de consumo diario, es obligación de medios y periodistas.

El miedo con el que salimos de casa, nos despedimos de un ser querido y emprendemos el camino al trabajo o a la escuela se ha anestesiado para sobrevivir, sin siquiera percatarnos, en ocasiones, de que vivir así no es vida.

Los siguientes párrafos de este libro son las historias de los causantes del dolor y de las y los sobrevivientes. No podemos tratar de entender el delito sin realmente dimensionar el dolor que viven, de por vida, quienes sobrevivieron. Este libro busca humanizar. Humanizar lo inhumano porque sólo así podremos rescatar a México de las garras de la violencia y aproximarnos al país en paz que la mayoría anhela. Tenemos que dejar de pretender que la seguridad reactiva es la solución a la construcción de un México donde el miedo a sobrevivir sea algo inexistente. Tenemos que atrevernos a hacer las cosas distintas. Dejar de politizar la seguridad y entender también que los cambios reales, los cambios que reparan a largo plazo, vienen de nuestra capacidad resistente de desentender la justicia como sinónimo de venganza.

Nadie se convierte en secuestrador de la noche a la mañana. El secuestrador no nace, se hace. El contexto familiar, las condiciones sociales, la corrupción dentro de nuestro sistema de justicia, el fallido sistema penitenciario y la impunidad que campea en nuestro país se han vuelto la mezcla perfecta del secuestro en México.

The Carstens Institute, encabezado por el experto en negociación de secuestros, Pablo Carstens, ha clasificado el secuestro, según su duración y dinámica, en cinco tipos:

1. Exprés: no dura más de 24 horas, jamás hay un lugar fijo de cautiverio y no se cobra más de lo que alguien puede sacar de una tarjeta o tener en efectivo a la mano.

2. Transitorio: inicia como un secuestro exprés, sin embargo, se convierte en un secuestro de corto plazo.

3. Corto plazo: no dura más de dos semanas y quienes lo realizan tienen poca estructura organizacional. Se cobran decenas de miles de pesos en rescate.

4. Mediano plazo: su duración es de entre dos semanas y tres meses. Existe mayor estructura y una banda organizada. Se pretende cobrar cientos de miles o millones de pesos.

5. Largo plazo: dura más de tres meses. Se trata de una banda bien organizada —incluso pueden existir células con labores específicas dentro de la misma—, secuestran a personas de alto impacto. Requiere estudio y planeación. También puede llevarse a cabo con fines políticos. Los rescates que se piden son en millones de dólares.

El común denominador, como en toda cadena criminal, pasa por los exorbitantes niveles de corrupción e impunidad que vive México y se alimenta de las condiciones de desigualdad, marginación y pobreza que rompen el tejido social y acrecientan los contrastes. Así que, por más que conozcamos e investiguemos, mientras la brecha de desigualdad no decrezca, apostar por la disminución de este cáncer es casi apostar por un milagro. Hay que ir a la raíz.

La comisión de un delito no es justificable. Tampoco lo son las condiciones de desigualdad. Sin embargo, ciertos factores ayudan a entender por qué hay quienes, en medio de adversidades sociales, educativas o económicas, optan o se ven arrinconados a comenzar una carrera delincuencial.

El contexto violento al interior de la familia o dentro de la comunidad a la que se pertenece, así como las condiciones sociales marginales y precarias, la carencia de valores y la fragilidad educativa, son el común denominador de quienes se inician en la vida delictiva.

Los resultados de la primera encuesta realizada por el CIDE en 2012 a la población interna de los Centros Federales de Readaptación Social son contundentes: 87% de los presos en penales federales no terminaron la preparatoria o el equivalente en educación técnica. Además, más de 50% tuvo que dejar la escuela por la necesidad de trabajar, mientras que la mayoría de ellos se autoempleaba —antes de ser trasladado al penal— como chofer o comerciante. En cuanto a la escolaridad, 53.7% de los varones y 60% de las mujeres no lograron completar la secundaria, y 90% de los hombres y 87% de las mujeres ya trabajaban antes de los 18 años.

La desigualdad y falta de oportunidades son la llave que abre la puerta a la delincuencia. Es el punto de partida, pero no de llegada. Como veremos, quienes cometen el delito de secuestro se iniciaron en la cadena delictiva llevando a cabo otros crímenes y, por factores que en las siguientes páginas analizaremos, escalaron en la pirámide de la delincuencia.

Si bien cada delito tiene características particulares —y quienes lo cometen también—, en el secuestro es el resentimiento social y las carencias emocionales y económicas lo que predomina.

Andrea X, integrante de la Mara Salvatrucha, recluida por el delito de secuestro en un penal estatal de Oaxaca, nos habla de su única hija:

—¿A qué edad la tuviste? —preguntamos.

—La tuve a los 11 años.

¿Quién es el papá?

—El marido de mi mamá.

¿Ella creció contigo? ¿Tu mamá te ayudó a cuidarla?

—Yo, cuando la tuve le ponía el pañal al revés. Te soy sincera. Yo no sabía ni cambiar el puto pañal, no sabía nada… Imagínate que yo dormía con ella en el piso porque tenía miedo de que se me cayera de la cama.

¿Y cuando creció se te quitó el miedo? ¿O aparecieron nuevos miedos?

—Desde que ella nació yo he tenido mucho miedo de que a ella le pase lo mismo que a mí.

¿Qué?

—Que la violen igual que lo hizo mi padre conmigo.

¿A qué edad te empezó a violar?

—Él me empezó a violar desde que tenía yo 9 años, y me acuerdo que por eso cuando yo empecé andar en cosas malas yo decía: “Un día lo voy a matar, algún día se va a dar el momento, algún día, algún día, algún día…”, ésa era una meta para mí.

¿Y lo mataste?

—Sí, lo mandé matar.

Otro botón de muestra: platicamos con Óscar X, quien se encuentra compurgando una sentencia de 80 años por el delito de secuestro y delincuencia organizada en el Centro Federal de Readaptación Social de Máxima Seguridad, “Altiplano”. Él comenzó robando coches a los 13 años, para los 15 asaltaba bancos y a los 19 realizó su primer secuestro.

—Cuando era pequeño mi familia no tenía dinero. No tenía dinero, pero tampoco hacía mucho por conseguirlo. Trabajo y la voluntad de Dios es lo único que los mantenía saliendo día a día. Eso a mí no me gustaba y nunca me gustó —nos dice Óscar.

¿No te gustaba no tener dinero?

—No. Yo por eso me fui de mi casa muy pequeño, y eso a mis papás no les gustó. A mí lo que me gustaba era juntarme con gente con dinero. Y por azares del destino conocí a los 12 años a personas que se dedicaban al robo de autos.

¿Cómo los conociste?

—En la calle donde viví. Ellos no trabajan, cosa que yo sí hacía. Yo estudiaba y trabajaba en las tardes repartiendo tortillas, cocía muñecos de peluche y así… Eso lo hacía para tener dinero para mí porque mis papás no me compraban cosas. Yo me compraba mis tenis ya que en la escuela no me dejaban traer tenis rotos. Muchas veces me regresaron de la escuela por las condiciones en las cuales se encontraba mi ropa y mis tenis.

¿Te daba satisfacción comprar tus cosas?

—Sí, pero mis amigos que no trabajaban tenían más dinero, dinero fácil, dinero rápido… mucho más dinero que yo.

Uno de los secuestradores más sanguinarios de todos los tiempos, Daniel Arizmendi, el Mochaorejas, dice tener la fórmula para terminar con el delito que lo volvió tristemente célebre:

Todos sabemos cómo se puede acabar el secuestro. En países de primer mundo no existe el secuestro. Aquí también podría suceder eso, pero no de hoy a mañana. ¿Por qué no empiezan con los niños, les empiezan a dar de comer bien, les dan buena escuela para que tengan una academia y otra cultura, y se acabe todo esto? Aquí en México lo que queremos son esclavos, para tener mano de
obra para las empresas, para los gabachos y para los mexicanos. Nace un niño y dicen: “Qué bueno, ya nació más mano de obra”. Aquí no ayudan a los mexicanos.

Nadie se convierte en secuestrador de la noche a la mañana. Son contados los casos de quienes se inician en la cadena delictiva participando en un secuestro o siendo parte de una banda dedicada a este crimen.

Las causas que llevan a una persona a escalar en la pirámide de la delincuencia son multifactoriales, pero se engloban en dos conceptos cruciales: corrupción e impunidad.

Dentro del trabajo realizado en distintas cárceles, y particularmente con diferentes secuestradoras y secuestradores, la constante es que llegaron a este delito luego de escalar peldaños en una pirámide delictiva; y esos saltos se acompañaron de corrupción, impunidad y —cuando fueron detenidos— de un deficiente sistema penitenciario.

Por ejemplo, Arizmendi fue detenido por robo de autopartes y encerrado en el penal de Barrientos, en el Estado de México, en 1991. En aquella ocasión, mucho antes de que comenzara a incursionar en el secuestro, pagó 100 mil pesos a un juez y salió libre. Así nos lo cuenta:

¿Cuánto tiempo estuviste en Barrientos?

—Uy, así como entré salí.

¿Pagaste por salir? ¿Te acuerdas de cuánto te costó eso?

—Sí, en esos tiempos como 100 mil pesos. O creo todavía era un millón, no, algo así. En el 91. No sé si ya había pasado a pesos. Bueno… 100 mil pesos.

Si bien, activistas como María Elena Morera, Alejandro Martí e Isabel Miranda de Wallace, entre otros, se han enfocado no sólo en el combate directo, sino en limpiar los cuerpos policiacos y
fortalecer las Unidades Especiales Antisecuestro, la corrupción
y la línea tan delgada que no pocas veces se rompe entre autoridades y delincuentes han impedido su labor. La corrupción en nuestro sistema de justicia penal hoy garantiza la impunidad para quienes optan por la delincuencia como un estilo de vida.

Dado que 97% de los delitos en México no se denuncian, y de los que sí, sólo la mitad se soluciona, hoy ser un delincuente en el país es rentable.

El Mochaorejas, sentenciado a cientos de años de cárcel, lo explica sin pudor y con una frialdad tan nítida como la realidad:

—Yo tenía a la policía comprada. Fíjese, cuando empezó a salir mi nombre en los medios y dizque me estaban ya buscando todos, el famoso dizque “superpolicía” que le decían me hablaba a mi celular y me daba el pitazo: “Sabe qué, pélese ya estamos en Morelos y lo estamos buscando”. Así fue desde el 95 hasta el 98 que me agarraron. Si yo no hubiera tenido comprada a toda la policía, no le cuento, me hubieran agarrado desde años antes.

Al escuchar las palabras de Arizmendi es inevitable no pensar en las decenas de víctimas y familias que entre 1991 y 1998 fueron blanco de sus crímenes, que a su vez fueron posibles gracias a la corrupción e impunidad.

Pero también vienen a la mente preguntas obligadas: ¿Qué habría pasado si el Mochaorejas hubiera cumplido su sentencia por robo de autos? ¿Cuánto daño se habría evitado si el dinero no

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