Yo no sería, si no fuera este castillo
en ruinas que ronda tu fantasma47
Mario Benjamín Eugenio Castellanos, el hermano menor de Rosario, llegó al mundo el 12 de octubre de 1926 a las 3:35 de la tarde en San Cristóbal de las Casas. Nació dueño de un privilegio que nadie le disputaría: ser varón,48 escribió Rosario. Con el fin de matizar las posibles rivalidades entre ellos, sus padres establecieron comparaciones y relaciones de supuesta “equivalencia”: si bien Benjamín era simpático, inteligente y dócil, aunque moreno, Rosario poseía un color de piel blanco y la primogenitura; no obstante, era mujer.
Una visión durante un desayuno familiar constituyó el presagio de los hechos funestos por venir. Rosario tenía ocho años y Benjamín siete cuando una amiga de su madre irrumpió en el comedor, despavorida, como una especie de medusa, con el pelo blanco, todo así parado, sin peinar,49 y profirió su vaticinio: uno de los hijos de Adriana Figueroa iba a morir. La respuesta de su madre fue: ¡pero no el varón! ¿verdad?50 Tras echar de la casa a la mujer, Adriana tomó a sus dos hijos y fue visitando los hogares de familiares a quienes narraba lo ocurrido y preguntaba repetidamente: ¿es posible que ese tipo de brujerías o de anticipaciones o insinuaciones existan? ¿Pero verdad que lo que no es posible es que sea el varón?51
Con todo y el pánico que sentían por las conversaciones que escuchaban, Rosario y Benjamín tomaron clases de catecismo para su primera comunión, como una suerte de antídoto. Cuando la catequista les hizo saber de la existencia del infierno, los hermanos no se inmutaron. Fue más bien la descripción de Dios lo que les hacía sudar las manos de miedo: el diablo, qué nos importaba, nosotros ya lo teníamos dominadísimo.... pero Dios... era horrible. Dios en cualquier momento se podía aparecer.52
Rosario evocó ya en su adultez, y durante una sesión de psicoanálisis, el hecho de que por esos días Benjamín y ella hablaban todo el tiempo de quién de los dos se iba a morir.53 Jugaban entonces a contar sus sueños y en una ocasión Benjamín afirmó haber soñado con la Virgen y que la Virgen le había dicho que no, que a él no, que a él no le iba a pasar nada.54 Rosario contestó entonces que ella había soñado con Dios y que Dios le había dicho que sí, que él sí se iba a morir.55 Una semana después, Benjamín despertó con un fuerte dolor en el vientre. Mientras sus padres discernían si lo llevaban a México, si lo operaban o qué podía hacerse, agravó y murió. En el acta de defunción constó que Benjamín Castellanos falleció por una obstrucción intestinal en su domicilio a las 6 horas y 30 minutos del 7 de julio de 1933. Rosario presenció cómo, ante los pésames y las condolencias del velorio, la respuesta de sus padres era: ¡sí! Que se haga su voluntad, pero... ¿Por qué en el varón, por qué en el varón?56
En tus cartas de 1950 confesarás: aunque nunca me lo dijeron directa y explícitamente, de muchas maneras me dieron a entender que era una injusticia que el varón de la casa hubiera muerto y que en cambio yo continuara viva y coleando.57 Dirás que siempre te sentiste un poco culpable de existir, que todos esos años hubieras querido pedir perdón a todos por estar viviendo.58 Tus padres te reclamaban que quizá de no haber estado tú, ellos podrían haber terminado con su existencia, que tú los atabas a una vida que no deseaban y que soportaban sólo por su sentido del deber.59 Hablarás de esa raíz que te habitaba: una raíz amarga y difícilmente extirpable.60
Déjame hablar, mordaza, una palabra para decir adiós a lo que amo,61 escribirás en un poema diecisiete años después de la muerte de tu hermano menor. ¿Es el nombre de Benjamín, dibujado en las paredes de cal de tu casa con tu propia mano y con letra infantil, el gesto desesperado y amoroso de quien intenta conjurar la despedida?
Un fantasma pequeñito62
Un jardín enorme y abandonado; unos corredores desiertos; unas alcobas clausuradas; la cripta, húmeda, oscura, fragante de flores y ceras, resonante de sollozos y alaridos.63 Tras la muerte de Benjamín, Rosario empezó a pensarse a sí misma como un ser en la categoría de las criaturas solitarias. Durante un buen tiempo sus padres dejaron de mirarla, abatidos por la pérdida y la nostalgia. Todos los viernes Raúl llevaba, junto con la familia, una charola de flores blancas al panteón. Abajo, en la cripta, mientras en las pequeñas manos de Adriana se sucedían las cuentas del rosario,64 César se dedicaba a llorarle, a leerle cuentos, historias, chistes, cosas de niño.65
Me crie en el ambiente de una familia venida a menos, solitaria, aislada: una familia que había perdido el interés por vivir,66 evocó Rosario con el paso del tiempo. En una de sus cartas de 1950, escribió que adquirió la costumbre de sentirse inexistente en la infancia. Que como era tan flaca que casi no tenía cuerpo, se sentía vagando por el aire como un puro fantasma.67 A punto de desvanecerse.
Rosario fue entonces la niña que por saberse niña escondía las manos detrás de la espalda y los pies debajo de las sillas.68 La que hablaba sola, porque era géminis y la pertenencia a este signo la hizo estar continuamente dividida, ser una que siempre parte: la que se despide, la que se va;69 y otra que permanece, la que escribe, la que continúa el diálogo, la que se queda.70 La que no asistió a la escuela de manera constante en sus primeros años, por lo cual no pudo forjar amistades duraderas en esa etapa. La que de grande quiso ser maestra, porque las maestras eran delgadas y usaban botines de charol y decían cosas importantes desde una tarima de madera.71 La que, además, tenía muy claro que no quería ser una maestra soltera, como todas las que conocía. Quería ser maestra, pero con hijito.72 La que prefirió leer a salir a pasear.73 La que trató, en muchos sentidos, de ser el suplemento de su hermano.74
No estoy segura de si tú también vas al panteón, Rosario. Asumo que sí. ¿Qué haces mientras Raúl deposita las flores, tu madre reza y tu padre le deja a Benjamín moneditas de plata para el gasto del domingo?75 ¿Hablas, quizá, de fantasma a fantasma con tu hermano menor? ¿Se deshacen tus palabras en el aire y por eso empiezas a sentir la necesidad de fijarlas en la escritura?
Quiero decir, entonces,
que me fue necesario crecer pronto76
Para Rosario los libros eran una especie de refugio.77 En ellos encontró en todo momento las exaltaciones más intensas, los hallazgos más fecundos.78 Sus padres le obsequiaron como recompensa por su buen desempeño escolar los cuentos de Charles Perrault y en ellos encontró lobos engullendo a caperucitas, castillos fastuosos propiedad de estrambóticos ogros y héroes cuyas misiones de rescate terminaban en barriles llenos de filosos punzones y cayendo hacia abismos insondables.
Por esos días, Rosario se enfermó y, aunque el diagnóstico médico fue resfrío o indigestión, ella lo atribuyó al miedo que le provocó el descubrimiento de la existencia del mal y de sus innumerables disfraces y encarnaciones79 en esas historias. Para entretenerla en su convalecencia, le compraron una edición expurgada (pero no lo suficiente) de Las mil y una noches.80 César Castellanos se sentaba en la orilla de su cama y al iniciar la lectura en voz alta Rosario presenciaba una serie de acontecimientos insólitos: repentinamente las alfombras se echaban a volar, los árboles hablaban y al destapar un frasco se liberaba un genio.81 Había esclavos convertidos en mármol de la cintura para abajo y sultanes que hacían su ronda nocturna en traje de mendigos. Había visires que pronunciaban sentencias crueles y esposas decapitadas al amanecer y príncipes que languidecían de amor y leprosos que se curaban por una receta mágica.82 Al llegar a ciertos párrafos, su padre comenzaba a tartamudear y a sonrojarse. Rehacía la narración con invenciones para que no se notara el remiendo. Sin embargo, cuando César se marchaba, Rosario acudía cautelosamente al libro para desentrañar aquello que le había sido recortado de las historias.
Las lecturas que siguieron fueron desde Tomás de Kempis y su Imitación a Cristo, pasando por Oscar Wilde y El retrato de Dorian Gray, José Eustasio Rivera y La vorágine, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou y Alfonsina Storni, Chesterton, Nietzsche y Huxley, hasta Homero. Cuando cumplió trece años recibió como regalo dos libros más: uno de poemas, Serenidad, de Amado Nervo y la novela Tú eres la paz de Gregorio Martínez Sierra. Así, leer se convirtió en lo que Rosario denominaría un vicio impune.83
Hay que ir por este mundo, como quien no va por él, dice uno de los versos de Serenidad, un poemario que representa para ti la satisfacción de compartir con Nervo la certidumbre sobre la fugacidad de la dicha y la perennidad del dolor.84 Después de tus lecturas de piratas y aventuras, la poesía llega hasta ti para deslumbrarte. Hay muchas palabras que desconoces, pero tras ellas puedes atisbar una sustancia más misteriosa y compleja: musical, absoluta, perfecta.85 Este encuentro con la belleza lo describirás como una aguda punta que hería tus nervios,86 como la anunciación definitiva de la poesía. ¿Te imaginas a tus trece años que harás de la poesía una manera de esclarecer las cosas que no entiendes de este mundo?
Escribo porque yo, un día,
adolescente, me incliné
ante un espejo y no había nadie87
Al término de su primaria en la escuela particular de Vicenta Román,88 un plantel en que nadie sabía a ciencia cierta el año que cursaba, porque las lecciones abarcaban a todas las alumnas,89 Rosario estudió el primero de secundaria en la escuela inglesa Helena Herlihy Hall y el segundo en la Escuela Secundaria de Comitán. Durante esos años, sus padres oscilaron entre la continuidad de su duelo, que implicaba el descuido de una Rosario esmirriada que crecía y demandaba atención,90 y una generosidad y procuración excesivas que abrumaron a la casi adolescente. Rosario, que atribuyó esa sobreprotección esporádica a los remordimientos por sus largos abandonos, empezó a pensar en la escritura como el único modo de exorcizar los fantasmas en torno suyo.
Antes de dejar la infancia, Rosario empezó a escribir versos y ya estaba perfectamente instalada en poetisa,91 o poetastrisa92 —como ella misma se denominó años más tarde, haciendo mofa—. El resultado de su primer enamoramiento fue la escritura de un diario íntimo que surgió primero como un instrumento para acercar al objeto amoroso, pero que acabó por sustituirlo y suplantarlo por completo.93 Dicho cuaderno terminó transformándose en la crónica de los chismes y acontecimientos que ocurrían en Comitán y, a la postre, fue de utilidad para su escritura de cuentos, novelas y poemas.
La compra de una suscripción a una revista infantil fue un regalo que marcó una honda impronta en su infancia. Se trataba de Paquín. Semanario Infantil Ilustrado, de la Editorial Sayrols, la primera revista mexicana de historietas exitosa comercialmente. Se publicó todos los miércoles entre los años 1934 y 1947. Costaba diez centavos y reproducía cómics importados de Estados Unidos. También incluía tramas donde alternaban personajes de la Edad Media con vaqueros del Oeste y hadas con médicos enloquecidos de maldad.94 En las últimas páginas de los números de Paquín había un espacio para que los pequeños lectores se convirtieran en colaboradores. Esta publicación trazó definitivamente el rumbo de su futuro: desde el primer momento supe que allí, en esas páginas, tenía yo reservado un lugar.95
Rosario escribió entonces un par de versos en los que hizo rimar a su revista favorita y a su personaje más querido, Paquín y Rin-tin-tin:*
me gusta leer Paquín
porque sale Rin-tin-tin.96
A su corta edad, Rosario se percató de que esas palabras que había escrito ya no existían más en su interior, sino que eran algo externo, autónomo, independiente: tenían una vida propia, la del lenguaje que se ofrece a la mirada de cualquiera. Mandó el sobre a la dirección que se proporcionaba y en uno de los siguientes números Rosario leyó pasmada el par de líneas —ahora fijas en letra de imprenta y repetidas en un número infinito de copias97— que llevaban por firma su nombre. Soy la autora de eso que otros leen,98 pensó. A partir de ahí tuvo muy claro que quería dedicarse profesionalmente a la literatura y comenzó a escribir por encargo lo que sus compañeritas de salón le solicitaban: composiciones de amor, declaraciones de desdén, confesiones de secretos.
Me asombra cómo desde tan pequeña sabes que el lenguaje, una vez fijado en la escritura e impreso, deja de pertenecerte para convertirse en asunto público. Rosario, ¿de qué maneras experimentas, a tan corta edad, este ejercicio de ser la escriba de lo que les sucede a otras?
* Un perro policía, héroe de múltiples aventuras.
Yo me crie en el sur de México,
en el seno de una familia feudal99
El 1 de diciembre de 1934 Lázaro Cárdenas del Río tomó posesión como presidente de México. Duró en el cargo hasta el 30 de noviembre de 1940. Una de sus acciones de gobierno en política social más significativas para la vida de Rosario y su familia fue la reforma agraria. Castellanos recordó aquellos años como los tiempos heroicos en que el general Cárdenas intentaba destruir los latifundios en una zona en que esta política se consideraba impracticable y dañina.100 En ocasiones, la adolescente escuchó las conversaciones de los adultos, todos dueños de grandes extensiones de tierra, de haciendas de ganado o de café;101 desde el corredor o el patio oyó cómo su padre, familiares y amigos maldecían a ese gobierno que pretendía arrebatarles sus tierras para dárselas a quienes no consideraban siquiera personas: los indígenas.
La finca El Rosario, propiedad de César Castellanos, estaba ubicada al noreste de Comitán, pasando por Altamirano, a cuarenta kilómetros de Ocosingo y se extendía por unas 3600 hectáreas.102 En El Rosario vivieron y trabajaron treinta familias103 indígenas que se dedicaron a labores de agricultura y principalmente de ganadería. Llegar hasta ahí desde Comitán implicaba una travesía de cinco días de camino en la que los hombres viajaban a caballo, los bultos y enseres en mulas, y las mujeres y los niños cargados por los indios en sillas de mano.104 Por su parte, el rancho Chapatengo, que César compró a tres primas hermanas suyas, se localizaba al suroeste de Comitán, cerca de La Concordia.105
Raúl Castellanos narró que, en 1934, cuando él tenía 14 o 15 años, su padre fue notificado de que El Rosario estaba siendo invadido por agraristas. Trató de frenar la ocupación mediante un proceso legal, fraccionando la propiedad para que no se catalogara como latifundio. Sin embargo, su abogado no lo consiguió. La comunidad ya había bajado y tomado ciertas zonas de El Rosario, y personas estaban viviendo allí.106 El caso de Chapatengo fue distinto al ser un territorio mucho más reducido, bajo decreto, tenía diez años de “inafectabilidad”, lo cual significaba que no podía ser invadido,107 es decir, se hallaba bajo una suerte de amparo. Como otros tantos latifundistas chiapanecos, quienes a causa del reparto vieron disminuido su poderío económico y social,108 al cabo de unos años, César Castellanos tomó la decisión de emigrar a la Ciudad de México.
Raúl describió que un día antes de marcharse de Comitán la familia hizo algo inusual. Los Castellanos no eran proclives a los festejos, pero organizaron uno en su casa: el único y último, al que llegaron muchos compañeros de la secundaria109 y en el que hubo bocadillos con copitas y música.110 Ya desde la capital del país, César logró vender El Rosario a alguien de apellido Solórzano, un señor ocosinguero, de Ocosingo, un chiclero111 que esperaba poder expulsar a los ocupantes, pero acabó vendiendo el predio al gobierno, que en su momento lo donó a los campesinos, a los invasores, como parte de la reforma agraria.112
En el principio era el movimiento,113 escribirás en uno de tus primeros libros de poesía. Esta es tu segunda migración en la vida. La de retorno al lugar donde naciste. A ésta seguirán muchas más mudanzas de casas, de territorios y, sobre todo, de pensamiento. Rosario, ¿qué suceso hace que empieces a preguntarte si ser trasladada en sillas de mano es un trato justo para los indígenas?

Yo recuerdo una casa que he dejado. Ahora está vacía114
Rosario llegó a la Ciudad de México en 1941 con sus padres, María Escandón y Raúl Castellanos, a habitar un pequeño departamento en las calles de Bajío de la colonia Roma.115 Tenía 16 años y conoció a Dolores Castro cursando tercero de secundaria en el Colegio Luis G. León, también ubicado en la Roma. Ahí mismo estudió el Bachillerato en Derecho y Ciencias Sociales, que duraba dos años.116 Ambas extrañaban sus terruños: Comitán y Zacatecas. Ambas realizarían increíbles viajes juntas y llegarían a ser dos de las escritoras más importantes de su tiempo y de la literatura mexicana.
De ese momento en que empezaron a forjar amistad mediante el hábito por las conversaciones literarias, nos queda la mirada con que Dolores trazó la imagen de esa Rosario adolescente aún: una jovencita muy delgada, con el pelo largo que le caía sobre los hombros, con sus pestañas un poco lacias.117 Para Dolores, un halo de tristeza y desamparo caracterizó la estampa de la que sería su amiga durante más de tres décadas: esa chica inicialmente tímida y nerviosa se convirtió en una integrante más de su familia, a quienes siempre hacía reír con sus historias y su precoz ironía. Dolores describió que en la casa a la que tiempo después se mudaron los Castellanos, construida por el padre de Rosario en Constituyentes 171 —antes Avenida Mataderos—, a espaldas del Bosque de Chapultepec, se reservó en el centro de la propiedad un sitio especial para albergar aves chiapanecas.
¿Qué sonidos y colores de tu infancia en Comitán te evocan, Rosario, el aleteo y los trinos de esos pájaros preciosos118?

Hay días, hay caminos119
A pesar de que sus padres insistieron en que estudiara química, al término de su bachillerato, Rosario solicitó, el 18 de febrero de 1944, su inscripción a la Escuela de Jurisprudencia para cursar el primer año de la carrera de Derecho.120 Pensó estudiar letras, pero asistió a un par de clases y salió, según sus propias palabras: horrorizada de las perplejidades.121 Rosario decidió abandonar leyes y reinscribirse en filosofía, carrera que la formó en el hábito socrático de preguntar y preguntarse.
En la década de los cuarenta, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México tuvo su sede en la Casa de los Mascarones, un edificio del barroco novohispano que data de 1562 y se ubica en la avenida Ribera de San Cosme, en la colonia Santa María la Ribera. Ahí dieron cátedra Samuel Ramos, José Gaos, Eduardo Nicol, Leopoldo Zea, José Luis Martínez, Julio Torri y Agustín Yáñez, entre otros. Rosario fue haciéndose de un grupito con quienes compartía la amistad y las conversaciones, la exigencia implícita y explícita de superación, los hallazgos compartidos, las predilecciones contagiadas, los tanteos sometidos a crítica122 y que incluía por supuesto a Dolores Castro, pero también a Ernesto Cardenal, Ernesto Mejía Sánchez, Augusto Monterroso, Emilio Carballido, Sergio Magaña, Luisa Josefina Hernández, Jaime Sabines, Miguel Guardia y Sergio Galindo.
Rosario era una joven alegre, simpática, divertida,123 inteligente e irónica. De figura fina, no muy alta, de pelo negro, ojos grandes y expresivos, piel clara y hoyuelos en las mejillas.124 Solía decir que habitaba en Nepantla, una palabra de origen náhuatl que significa “en medio”, porque aseguraba que entre los estudiantes de filosofía pasaba muy bien por una retrasada mental y entre los de letras (muchos de los cuales apuntaban ya como escritores) como una extraña.125
Me gustaría tomarme un café contigo en la cafetería de Mascarones. Charlar acerca de las materias que estás cursando, sobre los libros que estás leyendo, criticar un poco a los profesores y volarnos una que otra clase para seguir con el chisme. Me gustaría saber cómo eres de alumna, cómo te comportas en el salón: ¿eres de las aplicadas que siempre saben todas las respuestas, hacen su tarea y salen bien en los exámenes? ¿O más bien de las que no necesitan estudiar ni poner tanta atención para aprender? ¿Te sientas en los bancos de enfrente o en los de hasta atrás?
Las imágenes llamaban a las imágenes
como los abismos a los abismos126
La señorita Castellanos es escritora incipiente, pero será gran poeta de Chiapas. En sus versos campea una emoción muy honda.127 Eso se lee en una nota que acompañó, el 20 de marzo de 1942, la aparición de los poemas “Un verso” y “La muerte” en El estudiante, una publicación semanal estudiantil editada y dirigida por el profesor Agripino Gutiérrez, autor de dicha introducción. El editor añadió en su comentario que, sin duda, la escritura de Rosario pertenecía a aquellas almas exquisitas que anhelan, siempre, mucho más de lo real.128
A partir de 1946, Rosario publicó algunos de sus poemas en Acción, un periódico también chiapaneco. En ese mismo año, se aventuró a dos experiencias inéditas: se inició en el magisterio, dictando cursos introductorios a la filosofía, en las ramas de lógica, ética y doctrinas filosóficas en los bachilleratos del Colegio Miguel Ángel y la Universidad Motolinía129 y salió del país por primera vez con Dolores Castro y un grupo de compañeros universitarios a un ciclo de conferencias organizado por la Universidad de San Carlos130 en Guatemala.
Mientras tanto, una variada serie de lecturas siguió nutriendo su escritura. Por esos años leyó a Jorge Guillén, Salvador Novo, Pablo Neruda, César Vallejo, Gabriela Mistral y Gerardo Diego. Particularmente, Muerte sin fin, de José Gorostiza, le produjo un efecto que ella misma describió como: una conmoción de la que no me he repuesto nunca.131
De tus años universitarios hay una fotografía en la que vas por la calle del brazo de Dolores Castro. Llevas el pelo recogido, una blusa blanca con cuello de solapa, un blazer dividido por colores claros y oscuros, una falda negra que te llega abajito de la rodilla y unos zapatos de tacón medio. En la otra mano sostienes un cuaderno. Tal vez sonríes o estás a punto de hacerlo. Hay un joven que camina a tu izquierda, de cabello ondulado y anteojos, corbata y traje café o gris y un libro en la mano. Él sí que está esbozándote una sonrisa. No es una foto posada, más bien infraganti, en movimiento. Los tres parecen caminar decididos y al mismo tiempo despreocupados quizás a tomar un café, quizás a clases. ¿Hacia dónde te diriges? ¿Sabes que te estás encaminando, en esa, tu temprana juventud, hacia dos de tus vocaciones vitales: la escritura y la docencia?
¿Quién dirá los silencios
de mis muertos? ¿Quién llorará
la ruina de mi casa?132
Después Rosario tuvo dos penas grandes,133 dijo Dolores Castro, para referirse a la súbita orfandad de la escritora. Adriana Figueroa de Castellanos falleció, a los 51 años, el 1 de enero de 1948 a las 3 de la tarde en el Sanatorio Español, a causa de un cáncer metastásico en pulmón y cráneo. Rosario relató que el cáncer de su madre fue dolorosísimo y que lo paliaban a base de morfina. Fue María Escandón quien atendió a Adriana durante su enfermedad y, por el cariño entrañable que le profesaba, prometió que cumpliría su último deseo: hacerse cargo de cuidar a Rosario.
César Castellanos murió apenas veinte días después, a los 67 años, el 21 de enero, a las 12 horas, debido a una insuficiencia cardiaca. El paro ocurrió mientras manejaba su automóvil por la avenida 5 de mayo134 en compañía de Rosario, quien tuvo que conducir el vehículo para llevar a su padre a casa. Castellanos describió, al paso de los años, que su repentina orfandad significó, ante todo, la brusca ruptura de un nudo de afectos y relaciones patológicas en las que fungía, al mismo tiempo, como víctima y como verdugo y en las que se agotaba en remordimientos estériles, inútiles, promesas de enmienda y rebeldías.135
Del matrimonio de sus padres no recordaba haber visto que se tocaran la mano, ningún contacto físico.136 De César reprobaba su creencia en la obligación que tenían los demás a rendirse a su voluntad, y de demostrarle un afecto que él no era capaz de corresponder ni demostrar. Su incomprensión. Su falta de flexibilidad.137 Con Adriana logró reconciliarse y comprender su sufrimiento, su situación de inferioridad en la casa138 apenas tres años antes de su muerte. En una de sus cartas escribió que la vida de familia no había sido sino un apretado infierno sin grandeza y sin mérito.139
Rosario asumió la responsabilidad de administrar su herencia y como no era cuantiosa era indispensable proceder con cautela y con acierto.140 Decidió, además, trasladar los restos de Benjamín a la capital del país. Según su hermano Raúl, los mandó sacar para llevarlos a México y juntarlos con los dos padres.141 De modo que actualmente se encuentran en las catacumbas de la catedral.142 Raúl trabajaba en una oficina aduanal en Nuevo Laredo, pero renunció a su puesto y regresó a la Ciudad de México para ayudar en los asuntos de la familia.143 Posteriormente se marchó a Comitán a hacerse cargo, previo acuerdo con su hermana, de la única propiedad que les quedaba a los Castellanos: Chapatengo.
Rosario declaró haber vivido más tranquila y feliz sin las tensiones familiares, haber podido entonces dedicarse profesionalmente a la literatura. Sin embargo, la soledad era, al mismo tiempo, un fardo demasiado pesado.144 Su desarraigo se condensó en la imagen de ser una intrusa en cualquier casa a la que fuese, un bicho raro, un estorbo.145 Se sintió entonces muy frágil, algo que con el viento se iba a deshojar.146 Le faltaban cinco meses para cumplir los 23 años cuando murieron sus padres y, en sus propias palabras, no era entonces capaz ni de prender
