El camino de México

Marcelo Ebrard

Fragmento

Título

PRÓLOGO

Cada persona puede verse como una serie de palabras. Es por eso que decidí escribir varios cientos de palabras sobre mí mismo y la vida que he llevado hasta ahora: mi carrera, familia, ideales, aciertos, situaciones difíciles y, sobre todo, mis metas para un país al que (como decía José Emilio Pacheco) daría la vida por 10 lugares suyos, ciertas gentes, puertos, bosques de pinos…

En este libro encontrarán mi autorretrato, con los colores que yo he ido tiñendo con el paso del tiempo. Quiero compartir quién soy esencialmente y qué pienso para México en los próximos años.

Siempre los textos de terceros, las biografías que escriben otras personas sobre algún personaje, terminan siendo la mitad de una historia. Y los huecos de información, de contexto y de detalles poco conocidos muchas veces se llenan con dudas, con datos inexactos o con conjeturas.

Hay jirones de mi vida que me atrevo por primera vez a mostrar, persecuciones que he vivido, traiciones y también momentos muy emotivos desconocidos. Quienes me conocen saben que soy muy hermético y me cuesta muchísimo hablar de mí mismo.

Me ha gustado más que mis resultados, proyectos, ideas y planes hablen por mí. Porque a los políticos (como bien dice Jesús Silva Herzog) se les juzga por sus hechos, no por sus intenciones.

Escribir este libro en un momento muy único de mi vida personal y política me ayudó incluso a explicarme a mí mismo. Revolver cajones con archivos viejos, fotos ajadas, recortes de periódicos y hasta apuntes de la secundaria ha sido un viaje que me debía. Este ejercicio me ayudó a reflexionar sobre vivencias pasadas, a recordar a personas que me apoyaron (con su asistencia o su obstáculo) para ser quien soy y situaciones a lo largo de mi vida que me permiten hoy, a mis 63 años, ser un hombre muy resuelto, buen padre y pareja, que siempre ha tratado de ser un buen ciudadano y que valora y honra a su familia más que a nada.

Estamos en una época donde todos —me incluyo— necesitamos conocer las historias de primera mano, las versiones en voz propia de quienes tenemos, por nuestro rol en la sociedad, el privilegio de poder lograr cambios en este maravilloso país.

La transparencia es necesaria. No solo reclamarla en las comparecencias año con año, en las declaraciones patrimoniales o en las cuentas públicas, sino que también es necesaria en la historia de quienes conformamos la órbita política nacional.

El pueblo quiere saber quiénes somos en todas nuestras facetas, no solo en la del funcionario que está en un evento dando un discurso ensayado o contestando preguntas en una entrevista.

Hoy todos los mexicanos estamos en una coyuntura donde la verdad necesita de muchos pilares para sostenerse, un momento donde, sobre todo en la política, la mezquindad y la voracidad del poder pueden en una sola decisión aplanar carreras completas de funcionarios o dinamitar trayectorias de personas con un papel importante en el país.

No es ninguna novedad que quiero ser el próximo presidente de los Estados Unidos Mexicanos. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora? Soy el mejor candidato en función a mi preparación y mi experiencia. Y sé que mi momento es ahora.

Llevo 40 años de carrera política, fogueándome y aprendiendo sin descanso en diferentes responsabilidades públicas (algunas más visibles que otras), llenas de retos y enseñanzas que me han dejado como herencia una experiencia singular: saber cómo hacerlo, cómo lograrlo. Soy un nacionalista nato, un demócrata que cree que la política es el camino para lograr cambios profundos. Soy metódico, constante, workaholic, dispuesto a la crítica y alérgico a los golpes bajos, a los insultos a funcionarios cercanos u opositores. Quiero ser presidente para culminar la transformación del país.

Desde los 22 años trabajo en puestos públicos. Desde la Secretaría de Programación y Presupuesto (SPP) y la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda (Seduvi) hasta llegar a ser secretario de Gobierno del DF.

Con 26 años, me tocó pisar los escombros del brutal sismo de 1985, arremangarme y mover piedras, participar en el diseño de la reconstrucción de la ciudad y ponerla de pie con el apoyo de más de 500 organizaciones sociales y miles de personas. El resultado fueron 90 000 viviendas1 nuevas en poco más de un año.

Vi resurgir desde el polvo, la piedra y el dolor a la Ciudad de México, esta megalópolis tan compleja como fascinante que tuve el inmenso privilegio de gobernar dos décadas más tarde. Hoy la veo desde los ventanales de mi oficina en el piso 22 de la Secretaría de Relaciones Exteriores y aún sigue tan vibrante, vertiginosa y pasional como cuando la veía de niño a través de las ventanas de un tranvía, en los paseos domingueros con Mamágrande.

Fui asesor de grandes políticos y funcionarios dentro y fuera del país, he sido legislador, fundé un partido y me enfrenté al Partido Revolucionario Institucional (PRI) cuando aún era poderoso. He sido un gran tejedor de encuentros, pero también un polemista duro e implacable cuando fue necesario.

Una de mis habilidades es saber negociar, lograr pactos que sumen, construir desde la pluralidad de necesidades e ideales, encontrar soluciones creativas y siempre pacíficas a problemas complejos. Negociar sin comprometer principios. Actuar con resolución.

Así empecé a actuar desde los 15 años en un aula de la preparatoria y me sigo manteniendo igual ahora en espacios donde las variables son globales y afectan a millones, como en los salones de la Casa Blanca, sentado frente a frente con Donald Trump o Joe Biden en Washington.

Justo así, negociando y defendiendo mis convicciones, fue que conocí a Andrés Manuel López Obrador. Yo era secretario de Gobierno del DF y él había llegado desde Tabasco a tomar el Zócalo apoyando a pescadores y extrabajadores de Petróleos Mexicanos (Pemex) a quienes se les debía dinero. Era finales de agosto, a pocos días de las fiestas patrias de 1993: hubo acuerdo y el tema se solucionó de manera pacífica y transparente porque tenía razón y lo que me dijo resultó ser verdad.

Quién diría que luego volveríamos a trabajar juntos y que sería mi jefe tanto en el gobierno capitalino como trabajando frente a ese mismo Zócalo y ahora en el gobierno federal.

Pero hay otro componente en los acuerdos que muchos olvidan y yo nunca: ser consistente, respetuoso y cumplir los puntos aprobados en un consenso.

Soy un estratega social, convencido de que crear comunidad es la clave del éxito de cualquier país. Me tocó muy de cerca manejar crisis de hondo calado: la reconstrucción de la Ciudad de México en 1986, como diputado independiente crear un frente opositor al Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa) y también un Consejo Nacional de Ahorradores contra la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), reducir la delincuencia en la ciudad, superar la amenaza de los aranceles que quería imponer Donald Trump y resolver la urgencia para conseguir y reservar vacunas durante la pandemia de covid-19.

Rosy, mi esposa, dice que soy un ave fénix, porque he superado dos persecuciones del poder en turno, la última de ellas de gran impacto familiar.

Si algo tengo, es persistencia ante la adversidad. La adversidad siempre ha sido un común denominador en mi carrera: desde la crisis por el sismo del 85 a la crisis ambiental, la crisis en Chiapas, luego la crisis política… Todo mi itinerario político de 40 años ha sido de superar dificultades.

Nadie me ha regalado nada, he tenido la suerte de haber sido reconocido por lo que logré gracias a mi esfuerzo.

Estamos en una coyuntura histórica para México, una ventana de oportunidad que muy pocas veces tienen los países en su historia, un momento preciso para lograr eso que me obsesiona desde la adolescencia: cerrar la enorme desigualdad del país, que siempre ha sido su debilidad principal. Hay un nuevo orden mundial basado en la trampa de Tucídides: Estados Unidos y China en rivalidad y competencia.

En esa tensión, los mexicanos estamos ante la oportunidad más importante de los últimos años. La búsqueda de seguridad nos favorece. Podemos atraer de manera masiva inversión extranjera al país y con ello crecer más rápido y ensanchar la clase media, que es el gran motor del desarrollo. Mi objetivo es que pasemos a ser un país con más de 50% de la población en ese segmento.

Esto cambia la morfología de un país y la capacidad de crecer: aumentaría la cohesión social, disminuiría la desigualdad y ayudaría a mejorar la seguridad interior. Pero para tomar esta gran oportunidad se necesitan resolver grandes retos y desplegar un intenso proselitismo en el exterior, algo que la pandemia dificultó desde 2020.

El timing humano también es finito: tenemos ahora los recursos humanos en la edad justa para ser capacitados y sumarse a la enorme demanda que generará esta reorganización global de negocios e inversiones derivada del estrés geopolítico actual.

No podemos perder el tren. La oportunidad está ahí. A nuestros hijos y nietos les decimos: lo haremos, tomaremos el tren que va al futuro a tiempo, ese que está por pasar frente a nosotros. Esa es la meta: un México más justo y con un estado de bienestar adecuado al tamaño de país que tenemos, que somos y merecemos. Conseguir una justa distribución de la riqueza, bajar los niveles de pobreza y elevar la calidad de vida (en educación, salud, seguridad y empleo) permitirá el acceso a todos los derechos tal cual se propuso la Cuarta Transformación en curso.

Este libro es mi argumento: quién soy, mi trayectoria, lo que sé hacer, lo que he hecho y lo que me conmueve. Este libro es mi voz.

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Marcelo Luis Ebrard Casaubon


1 https://www.dof.gob.mx/nota_detalle.php?codigo=4770605&fecha=14/10/1985#gsc.tab=0 y https://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S2007-91762016000100069#:~:text=El%20Programa%20de%20Renovaci%C3%B3n%20Habitacional%20Popular%20benefici%C3%B3%20a%20miles%20de,y%20sus%20formas%20de%20vida

Mi ayer

Título

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LAS VENTAJAS DE UNA ABUELA FEMINISTA Y VASCONCELISTA

Trata a un ser humano como es y seguirá siendo lo que es.
Trata a un ser humano como puede llegar a ser
y se convertirá en lo que puede llegar a ser.

GOETHE

—¿Por qué no haces tu solicitud para ingresar a El Colegio de México [Colmex]? —me contestó mi Mamágrande cuando le dije que ya tenía mi profesión y alma mater elegida: Sociología en la Universidad Autónoma Metropolitana. El estudio de la sociedad me parecía cautivador.

Mi abuela, María de la Luz Maure y García del Valle, mi Mamágrande (como le decía de cariño), conocía el Colmex muy bien porque era un lugar al que iba muchos fines de semana a escuchar conferencias y charlas cuando la sede aún estaba en la colonia Roma.

—Pero si solo entran 20 al año, es un examen muy difícil —le dije dando por sentado lo inalcanzable de su idea.

—¿Y por qué no pruebas? —insistió con la seguridad de siempre.

Ella no sabía (¿o sí?) que con su sugerencia iba a cambiar mi vida.

Sin duda debía probar lo que me proponía, porque la suya era una opinión relevante para mí. Mamágrande me conocía bien.

Hay un concepto en psicología que se conoce como el efecto Pigmalión (gracias a la feminista obra homónima de George Bernard Shaw), que refiere a algo tan simple como poderoso: el hecho de que otra persona te vea capaz de hacer algo hará más probable que acabes siendo capaz de hacerlo. A mí me gusta más como se lo conoce en foros actuales: “la mirada apreciativa”. Y es ni más ni menos que ese efecto que causa en cualquiera de nosotros una persona que ha tenido una enorme influencia positiva en nuestra existencia. Una persona que nos dio mucha fe en nuestras alas y nos brindó un lugar seguro donde usarlas. Fue mi abuela quien generó confianza en mí y su mirada apreciativa la que, en buena medida, me convirtió en quien soy.

Porque tuve dos grandes influencias en mi personalidad, en la persona en la que me convertí: mi educación y mi formación. La primera sin duda se la debo a las escuelas y a mis maestros. Pero la formación empezó con Mamágrande y en mi casa.

Ella y yo fuimos los primeros y los únicos en la familia, hasta ahora, que entramos al mundo de la militancia política.

Para el resto de los Ebrard y Casaubon, los políticos eran un sector difícil de entender y la política era un ambiente riesgoso y poco recomendable.

Mamágrande era en realidad una mujer de baja estatura, pero de una gran dimensión humana, resuelta como una roca y de convicciones que en ocasiones rayaban en la intolerancia.

La acompañaba frecuentemente a misa, a la parroquia del Purísimo Corazón de María, que está en la avenida Gabriel Mancera 415, a unas cuadras de su casa, al lado de la glorieta Mariscal Sucre, la misma que fue destruida luego por los ejes viales que levantó Carlos Hank en la década de los setenta.

Como todavía se daban las misas en latín, ella me susurraba al oído el significado de los sermones. Con el tiempo entendí que su fe era el clavo que la sostenía frente a un mundo adverso y peligroso.

Ella era hija de Camilo Maure, un inmigrante francés que llegó a México como muchos de sus paisanos de un pueblo en los Alpes franceses llamado Barcelonnette en la década de 1880, que hoy es una “petite Mexique” en Francia.

Mamágrande era muy tradicional, pero a la vez fue parte de uno de los círculos feministas más activos del país a finales de los años veinte, una espléndida generación de mujeres educadas, libertarias y resueltas que le dieron un perfil femenino a una época turbulenta.

Procatólica y muy cercana a Antonieta Rivas Mercado. Ávida lectora, conocía de memoria la historia de México. Tuvo una activa participación en favor de la candidatura de José Vasconcelos en 1929 y respaldó a la Iglesia católica contra la persecución de Calles en los años veinte.

Era una auténtica vasconcelista y me contaba cómo recorrió la ciudad defendiendo los votos en las casillas contra el fraude. Pero, como muchos otros de su generación, también se alejó de la militancia después de la derrota y exilio de Vasconcelos, al calor de uno de los más escandalosos fraudes electorales de los que se tenga memoria en un país donde han habido no pocos eventos similares.

Aquel fraude de 1929 fue monumental. Se llegaron a contabilizar en algunos pueblos más votos al candidato ganador, Pascual Ortiz Rubio, que el total de habitantes del municipio.

Vasconcelos partió a Estados Unidos. Sus seguidores se sintieron traicionados y Mamágrande también. Su amiga Antonieta fue mucho más drástica: la hija del arquitecto Antonio Rivas Mercado, autor de la columna de la Independencia (el ángel más famoso de la capital), tras esa derrota electoral y una serie de situaciones emocionales difíciles se suicidó con un revólver, que era de Vasconcelos, sentada en una banca dentro de la catedral de Notre Dame en 1931. Desde entonces, Mamágrande se alejó completamente de la política para no volver nunca más.

Mi abuela era católica, apostólica, romana, y los jesuitas eran su referencia esencial. Yo no sé cómo convivían en el mismo cuerpo ideales profundamente feministas con tanto arraigo religioso.

Si bien ella se alejó de la política activa, nunca abandonó su pasión por los temas sociales, por la filosofía, los libros y su otra gran devoción: la historia.

Me inculcó esos amores y me convirtió en un lector tan voraz como ella. Si yo le comentaba que me gustaba un libro, ella me lo compraba. La clave era leer de todo y saber un poco de latín. Crecí en un ambiente de profundo amor a México.

Hasta el día de hoy, siempre tengo en mis manos uno o dos libros por semana (siempre en papel, nunca logré acostumbrarme a los e-books). Ahora estoy terminando de manera simultánea dos obras que me han fascinado: la novela histórica El conde negro de Tom Reiss, que es la biografía del poco conocido padre de Alejandro Dumas, y Los cañones de agosto, una de las más lúcidas explicaciones de la Primera Guerra Mundial, de Barbara Wertheim Tuchman.

Muchos fines de semana asistía a conferencias o salía de excursión con mi abuela. Por 20 centavos tomábamos el tranvía para ir a la calle Colima, donde nos subíamos a algún autobús escolar en el que los maestros mostraban las maravillas de la ciudad y sus alrededores. Recuerdo que fuimos al exconvento de San Agustín en Acolman, a las pirámides de Teotihuacán y al reducto otomí en la Sierra Gorda de Querétaro.

Con ella conocí y recorrí hasta la última baldosa del Castillo de Chapultepec. Me explicó la invasión estadounidense y repetía siempre que el principal riesgo para México era la división interna, puerta abierta “a la ambición del coloso del Norte”, decía. Nunca perdía oportunidad para explicarme que había que estar siempre alerta, al alba, para defendernos y cuidar nuestro futuro. Mi abuela decía siempre que vivíamos en un gran país, una gran civilización y que tendría un gran futuro, pero había que luchar intensamente por ello.

Crecí en ese entorno alimentado por ella con una seguridad en mi país que rayaba en la arrogancia. A pesar de que éramos ocho hermanos, esos momentos de debates, charlas, hobbies y paseos eran solo de nosotros dos. Y yo era feliz.

Entre sus 65 y 75 años es cuando más convivimos, y me compartió por tradición oral numerosas anécdotas y experiencias de su juventud.

Dotada de un carácter muy fuerte, era, a la vez, la más dulce compañía si tenías la paciencia y el cariño para entrar en su mundo y entender sus claves y señales.

Me la imagino todos los días en esa difícil representación de nuestro México, la síntesis única de la que provenimos como familia, y que en buena medida determina nuestro destino.

Ella creía en la invencibilidad de la resistencia y la voluntad por encima de todo. Si hubiese podido, el suyo sería un premonitorio manifiesto anti-Maquiavelo que puedo recitar de memoria con solo traerla a mi mente: el fin no puede justificar los medios, son estos los que determinan el fin y la ética lo explica y lo determina todo.

Ahora entiend

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