ÍNDICE
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- Introducción
- 1. Un lugar llamado Badiraguato
- i. La culpa es del Estado
- ii. La democracia del narco
- 2. Follow the money
- i. Capital del contrabando
- ii. La herencia del Chapo
- 3. Negocios de familia
- i. Emprendedores y mafiosos
- 4. El Chapo®
- i. El Chapo, el mito, mi padre
- ii. El adiós de Alejandrina
- 5. Culiacanazos
- i. Boda fastuosa
- ii. Entre negocios y amores
- iii. El asesinato de Kristen
- 6. En la sombra del Cártel
- i. De peluquera a narcotraficante
- ii. Una extraña obsesión
- iii. La patrona del narco
- iv. La traición del Chapo
- 7. El rancho de Jesús María
- i. Mi encuentro con Ovidio
- ii. Entrega especial
- 8. La ruta del fentanilo
- i. En busca de la hegemonía criminal
- 9. De Badiraguato a Wall Street
- Sobre el autor
- Sobre este libro
- Créditos
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Crecieron en Badiraguato y Jesús María, pero prefirieron establecerse en Culiacán, y algunas personas los han visto en Dubái. Usan prendas Louis Vuitton y marcan el paso con mocasines Christian Louboutin. Intentaron forjar una vida alejada del hampa, pero se sintieron cómodos en las sombras. El ejemplo lo puso su padre y ellos no renegaron. La sangre llamaba. Se rodearon de los más buscados y, muy pronto, adoptaron su papel. La herencia fue criminal. Saben usar rifles, escopetas y pistolas. Sus favoritas son el cuerno de chivo, la AR-15 y el lanzagranadas. Sin que hayan leído a Sun Tzu, lograron salir avantes de una guerra. En diversas ocasiones, han tenido que emprenderla. No son militares pero sí estrategas. Innatos. A temprana edad, formaron parte de una federación que ya no existe. Hoy en día, hay más cárteles que cuando comenzaron. Pudieron haber ejercido alguna profesión, quizás un oficio honesto, pero no quisieron. Más bien no les interesó. Han establecido rutas en las carreteras, pistas clandestinas en la sierra; han ocupado algunos aeropuertos para fines comerciales. La ilegalidad es su mejor arma. Pasean en automóviles lujosos y a caballo. Cambiaron los sombreros por gorras New Era. Caminan a plena luz del día, aunque viven al extremo cuando cae la noche. Aseguran deambular en la clandestinidad, aunque poblaciones enteras saben dónde duermen. Son protegidos por ciudadanos atemorizados y por políticos corruptos. Tienen contactos en el gobierno de México y en el de Estados Unidos. Ya sobornaron a diputados, senadores, agentes de la Guardia Nacional y altos mandos de la Defensa. Se han apropiado de comunidades enteras; compran el silencio y, a cambio de ello, brindan cuantiosas remuneraciones. Despensas, juguetes y billetes cada mes de diciembre. Tienen gustos simples, desde un pastel de queso hasta caviar. Se pasean en centros nocturnos de la Ciudad de México, donde custodian grandes centros de operaciones. Sinaloa está en la capital. Son economistas, empresarios, mercadólogos. Distribuyen la demanda y fijan nuevamente la oferta. Nunca lo hacen al revés. Venden un producto. No es novedoso pero sí letal para los gobiernos. Para poblaciones enteras. Hablan en kilos, dólares y también en clave. Las marcas comerciales pueden ser Tesla o Prada, pero se trata de gomas o pastas; también las conocen como brown sugar, white lady o, simplemente, marihuana, cocaína y, muy recientemente, fentanilo. Tienen familia pero distan de ser leales. Se han alejado de amigos e, incluso, han preferido acallar sus voces. No profesan alguna religión pero han bautizado a la mayoría de sus hijos. Les apasionan las fiestas y la música regional mexicana, en especial, los corridos. Son narcisistas si su nombre suena en cada nota de un trombón. Eso lo saben Mario Quintero y Julión. Juegan golf y disfrutan el futbol. Son discretos, pero en su intento por llevar una vida normal, han sido capturados y, los de peor suerte, extraditados. Algunos asesinados. A la mala, aprendieron a no tomarse fotos. Adiós a las actrices, adiós a los famosos. Se han enfrentado a tiros con las autoridades, pero también con gente de su tío el Guano. Confiaron en dos licenciados que después los traicionaron. No son ajenos a la delincuencia. Fueron secuestrados en un bar y el rescate representó más pérdidas que ganancias. Aunque han formado familias, su gusto por las mujeres es innegable. Siguen sorprendiendo por su romanticismo, pues lo mismo regalan flores que camionetas de lujo. Los que han querido alejarse de lo despótico han estirado la mano para recibir recursos económicos. Todo lo que brilla es narco. Los negocios son variados, desde máquinas tragamonedas hasta expendios de alcohol, tiendas de cannabis, autolavados, hoteles, antros… incluso una marca de ropa y accesorios. En su intento de emprender de forma lícita, explotaron la imagen del patriarca. La apología del delito también tiene su marca registrada. Las oficinas en Guadalajara y las operaciones en Altata. Algunos descansan en Jardines del Humaya y otros beben Tecate en Eldorado. No son políticos pero atienden las aspiraciones de los funcionarios públicos. Financian la nómina y después cobran caro las utilidades. No pagan impuestos. El estado en el que radican tiene claros dueños. Sus casas son modestas desde el exterior. Las más fastuosas cuentan con grandes jardines, albercas olímpicas y hasta animales exóticos. El despliegue de seguridad que tienen es más que evidente. Están a la vista de todos, más bien nadie los quiere ver. Protegen zonas estratégicas, mausoleos familiares y el rancho de La Tuna. Visitan constantemente a sus madres, pues los consejos del viejón se esfumaron. Las botellas de Buchanan’s ya se acabaron. Los tildan de adictos y violentos. Son tranquilos, dicen algunos; son de peligro, refieren otros. Se apropiaron del apodo de su padre, que ahora yace en una celda de tres por dos. Las operaciones llevan el sello del Panu, sin importar que ya no esté el Nini. Puede desaparecer el Mago, pero siempre estará Archivaldo. El atentado contra el R22 es impensable para Jesús Alfredo. Tienen bajo su mando a más gente que daría la vida por ellos. Han publicitado el crimen en redes sociales, también han escogido a sus mensajeros. Relaciones públicas en cadena nacional. Ellos controlan. Ellos mandan. Su capacidad de cambio es sorprendente. Surgieron en Sinaloa, pero brincaron a Jalisco; de pronto, aparecieron en Morelos, Tamaulipas, Guerrero y Michoacán. Son los señores de Cancún y los barones de Guanajuato y Zacatecas. Dondequiera hay un Cessna marcada con las letras “CH”. Manifiestan su creatividad hasta en la crueldad. Descuartizados, cadáveres colgados o disueltos en ácido. Entre ellos circulan cantidades enormes de dinero. Los billetes se recogen hoy en la capital y mañana ya están en Panamá. Reclutan a jóvenes y los convierten en halcones. Los más astutos alcanzan una ficha en el sicariato. Siempre hay más peones que alfiles en el ajedrez. El de la muerte. Sus apodos son más que conocidos. El Chapito, el Alfredito, el Ratón, el Gato Negro, el Güero, Moreno, Güero Moreno, Ratón Nuevo. Sus nombres son temidos. Iván Archivaldo, Jesús Alfredo, Joaquín, Ovidio. Llámalos como quieras. Son los integrantes de Los Menores, La CH, La Chapiza, Los Chapitos; y tienen como aliados a Los Machetes de la Chapiza, Gente Nueva Salazar, Los Paredes, Gente Nueva, Cártel de Cancún, La Barredora, Los Salgueiro, Los Sinaloas, Los Cázares, Los Viagras, Cárteles Unidos, Los Chucky’s y, por lo menos, 20 organizaciones más. Ha quedado demostrado que, con ellos y sin ellos, nada cambia. El narcotráfico es pujante. Hay sociedades enfermas, hundidas en la debacle. La caída de sus líderes no importará. Los que cuentan el dinero portan los mejores trajes. El negocio no tiene una fecha de caducidad. En este momento, se está cocinando una nueva droga. Lo que pase mañana, solo será un registro ominoso más de la justicia. Selectiva. Una sacudida política pasajera. Un cataclismo. Un evento mediático con gran cobertura. Y, al final, la música seguirá a pesar de esta radiografía criminal…
José Luis Montenegro
Diciembre 2023
INTRODUCCIÓN
“¡Chinga tu madre!”, fue lo último que dijo Joaquín Guzmán Loera, el Chapo, cuando la bala atravesó el cráneo de un integrante del Cártel de Los Zetas, entre los años 2006 y 2007. El capo sintió una extraña paz, aseguran quienes presenciaron el evento. Horas antes, el narcotraficante sinaloense preguntó lo que tenía que preguntar. No se andaba con rodeos. El hombre de 1.68 metros de estatura lo miró y analizó sus respuestas. No estaba convencido de la veracidad de estas, así que cogió un madero y lo golpeó sin parar. El interrogatorio seguía. Una vez satisfecho con las confesiones, que incluían rutas de trasiego, operadores financieros, lugartenientes activos y aliados del gobierno, procedió a matarlo con un disparo en la cabeza. ¡Pum! El silencio reinó en aquella zona serrana.
El relato forma parte de un testimonio real. No es ficción.
El exlíder del Cártel de Sinaloa ultimó a varios de sus enemigos de la forma más sanguinaria y dolorosa posible, según reveló un guardaespaldas del capo, quien colaboró en el denominado “juicio del siglo” contra Guzmán Loera, celebrado entre 2018 y 2019, en la Corte del Distrito Este de Nueva York, en Estados Unidos. El suceso habría ocurrido en un rancho del Chapo, en las montañas de Sinaloa.
El testigo colaborador, identificado como Isaías Valdez Ríos, alias el Memín, fue un desertor del Ejército mexicano y trabajó durante 10 años en el círculo de seguridad más cercano del Chapo. Según su conocimiento, cuando asesinó a su presunto rival, les pidió a sus trabajadores que cavaran un hoyo y le prendieran fuego hasta que el cuerpo quedara reducido a cenizas. Los subordinados de Joaquín Guzmán hicieron lo mejor que sabían hacer: acatar órdenes. Bajo el mismo modus operandi, el capo asesinó a más de 30 personas, según el Memín.
Una de las primeras torturas y asesinatos que presenció el excolaborador del Chapo sucedió en la zona serrana de Durango, también entre los años 2006 y 2007; la víctima era un integrante del Cártel de los Arellano Félix, a quien llevaron a un escondite del capo sinaloense donde agonizaba por tantas torturas infligidas por trabajadores al servicio del llamado Señor de las Montañas. Según contó Valdez Ríos, al sujeto aprehendido le habían quemado todo el cuerpo con una plancha de ropa, desde la espalda hasta la planta de los pies.
Tres días después de su llegada y luego de haberse trasladado a otro de sus escondites, el prisionero fue interrogado por el Chapo acerca de sus acérrimos contendientes en el mundo del hampa. Luego de obtener nombres y teléfonos de todos sus enemigos, Guzmán Loera ordenó que lo trasladaran a un gallinero, donde días después empezó a expedir un olor fétido. Replicando el mismo modus operandi, el capo pidió que cavaran otro hoyo en una zona cercana. El hombre capturado permaneció hincado frente a la que sería su tumba, con las manos atadas con esposas y los ojos vendados. El Chapo lo interrogó por última vez y, al final, cargó una pequeña pistola y le disparó por la espalda. “Hijo de puta” fueron las últimas palabras que pronunció Guzmán Loera, según la recreación de los hechos. El hombre no murió al instante, fue enterrado mientras sufría por el impacto de la bala. Los kilos de tierra y piedra sepultaron cada vez más su cuerpo.
Una de las primeras torturas que presenciaron los hijos del Chapo, la cual fue ejecutada por el padre de los entonces aprendices de mafiosos, ocurrió entre 2010 o 2011, cuando el capo conocido como Israel Rincón Martínez, alias el Guacho, intentó asesinar a Iván Archivaldo Guzmán, quien presuntamente habría sido el artífice del rompimiento entre el Cártel de los Beltrán Leyva y el Cártel de Sinaloa.
El Guacho trabajaba directamente con Alfredo y Arturo Beltrán Leyva, y tenía una sola encomienda: matar al Chapito, como le decían a Iván Archivaldo. Un informante de la agencia antidrogas de Estados Unidos, la dea, les había brindado detalles acerca de los vehículos en los que este viajaba. La encomienda causó la furia de la cúpula del Cártel de Sinaloa, luego de que el intento fallido de asesinato resultara en la muerte de otro colaborador, de nombre Marcial Fernández, hijo de Manuel Fernández Valencia, un capo cercano a Guzmán Loera, que también era apodado la Puerca o el Animal y que, actualmente, permanece preso en una cárcel estadounidense.
Pasó muy poco tiempo para que el Chapo Guzmán se enterara de lo ocurrido, por lo que ordenó una búsqueda exhaustiva. Una vez que capturaron a Rincón Martínez, el capo al servicio de los Beltrán Leyva vivió uno de sus peores finales. De acuerdo con el diario The New York Times, Guzmán Loera contrató a un doctor para que despertara al presunto conspirador cuando este se desvaneciera por las torturas infligidas. En aquel cónclave de la muerte, estuvieron presentes Guzmán Loera, Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán Salazar, hijos del Chapo; y Dámaso López Núñez, el Licenciado, viejo amigo y en ese entonces uno de los colaboradores más cercanos del hoy exlíder del Cártel de Sinaloa.
El Chapo Guzmán no estuvo presente cuando, presuntamente, Miguel Ángel Félix Gallardo, el Jefe de Jefes; Rafael Caro Quintero y Ernesto Fonseca Carrillo, Don Neto, torturaron y mataron al agente de la dea, Enrique Camarena Salazar, conocido como Kiki, el 9 de febrero de 1985, en la ciudad de Guadalajara, Jalisco. Él solo se desempeñaba como chofer y gatillero del primero de la lista; sin embargo, con el paso del tiempo aprendió a actuar como ellos: con absoluta violencia y sin escrúpulos, sobre todo cuando se trataba de acabar con la vida de un enemigo.
Cuando estuvo bajo el yugo del Cártel de Sinaloa, el Guacho recibió toques eléctricos en las orejas y le desprendieron uno a uno los dientes. Todos los tipos de golpes que le propinaron mientras él permanecía esposado quedaron registrados en una grabación de casi cuatro minutos de duración, la cual fue presentada a la Fiscalía de Estados Unidos en enero de 2019. En el video de la tortura, Israel Rincón aparecía con el ojo morado y con la ropa visiblemente sucia. El semblante del hombre era el de alguien que sabe que está destinado a morir. Y así fue. Después de confesar que le habían pagado para asesinar al Chapo; a Ismael Zambada García, el Mayo; a Ignacio Coronel Villarreal, alias Nacho Coronel; y a Iván Archivaldo Guzmán, fue ultimado a tiros.
Transcurría el año 2015 y el Chapo ya preparaba su segunda fuga de una prisión de máxima seguridad en México. Antes del escape, el Chapito mandó citar a los principales líderes del Cártel de Sinaloa a uno de sus ranchos en Navolato para discutir a quién se le repartirían ciertos territorios que controlaban y a consigna de su padre. El supuesto acuerdo se rompería cuatro años después, cuando algunas fracciones y células criminales se rehusaron a participar en el rescate de Ovidio Guzmán, en el denominado “Jueves Negro” o “Culiacanazo”, el 17 de octubre de 2019.
Desde entonces, la fracción de Los Chapitos —integrada por Iván Archivaldo y Jesús Alfredo Guzmán Salazar, así como por Joaquín y Ovidio Guzmán López hasta antes de su extradición a Estados Unidos— conformó un brazo armado conocido como Los Ninis, bajo el liderazgo de Néstor Isidro Pérez Salas, alias el Nini, y Jorge Humberto Figueroa Benítez, alias el 27. Ese grupo letal comenzó a torturar y asesinar a todos los detractores de los hijos del Chapo. Todo aquel que se opusiera era llevado a la misma finca de Navolato y, luego de una serie de castigos y lesiones, era asesinado con un balazo en la cabeza; otros más eran lanzados a los tigres —propiedad de Iván Archivaldo— para que los devoraran vivos, según informes del Departamento de Estado de Estados Unidos difundidos en abril de 2023.
Su destino era ser violentos. No tenían opción. En 2017, Los Chapitos torturaron y asesinaron a tres miembros del Cártel de Los Zetas, a quienes aprehendieron en la sierra de Sinaloa y Durango. Estos, junto con Chihuahua, conforman el Triángulo Dorado de la droga, una región que por décadas ha controlado el Cártel de Sinaloa. Al igual que al Guacho, a los capos de la “organización de la última letra” les propinaron descargas eléctricas en el cuerpo y, en un ataque de ira, les dispararon frente a Jesús Alfredo Guzmán, alias el Alfredillo. El joven capo ya no se inmutaba por estos actos criminales; dicen sus allegados que de la familia Guzmán él es el más violento e intolerante.
Con la venia y complicidad de Los Chapitos, documentos del Departamento de Estado de Estados Unidos detallaron que Los Ninis secuestraron a dos agentes de la extinta Procuraduría General de la República (pgr) cuando salían del Aeropuerto Internacional de Culiacán y, nuevamente, los llevaron al rancho de Navolato. A uno de ellos lo torturaron de las peores formas posibles hasta el día siguiente que arribaron Los Chapitos; después del respectivo interrogatorio, le dispararon en la cabeza. Al otro agente, según refieren archivos oficiales, le incrustaron un sacacorchos en el cuerpo y en algunas otras heridas le pusieron chile, al igual que en la nariz. Al agente lo ultimaron de un disparo en la cabeza, a manos del Chapito. Los cuerpos fueron arrojados a un hotel cerca de la misma ciudad sinaloense. Es muy probable que los hijos del Chapo repitieran las palabras que hacían que su padre saciara su furia, en un instante de adrenalina pura: “¡Chinga tu madre!”.
En algún momento los cárteles de la droga tuvieron una lista de reglas no escritas, entre ellas la de no asesinar ni secuestrar a mujeres, niños y familiares. Con el paso del tiempo, algunas organizaciones rompieron ese pacto: ahora la consigna era secuestrar a familiares con el objetivo de obtener un beneficio o saldar una cuenta pendiente. Esa regla ya no existe tampoco. Se elimina a quien estorba, a quien no obedezca, al que pretenda liderar una escisión del cártel sin autorización o, simplemente, a quien trabaje para otro grupo de la mafia. Hoy en día, es muy fácil ser enemigo de las organizaciones dedicadas al trasiego de drogas.
Fue precisamente el uso extremo de la violencia lo que alejó al Mayo Zambada de Los Chapitos, según refieren fuentes al interior del Cártel de Sinaloa. Para los capos de la vieja guardia era inconcebible que la tortura fuera empleada como una vía para obtener ganancias a nombre e incluso a costa de la organización criminal. Cuando ocurrió el homicidio de Kiki Camarena, Zambada García supo que no quería ejercerla; aunque después optó por ella tras la amenaza que representaba el Cártel Jalisco Nueva Generación (cjng) —liderado por Nemesio Oseguera Cervantes, el Mencho— en estados como Zacatecas, uno de los bastiones del Mayo.
Nadie se ha librado de ella.
En los núcleos familiares ocurrió algo similar. A pesar de que los hijos de Zambada García tenían —y algunos todavía tienen— negocios al interior del Cártel (entre ellos Serafín Zambada Ortiz, el Sera; Ismael Zambada Sicairos, el Mayito Flaco; e Ismael Zambada Imperial, el Mayito Gordo), estos son más mesurados que Los Chapitos, aunque no menos violentos.
Todos tienen un gusto férreo por las armas, los automóviles deportivos y las aeronaves. Según el caso 14-CR-0658 de la Corte de Distrito Sur de California, al Mayito Flaco se le decomisó un avión Cessna Turbo 210, dos autos Lamborghini —incluido uno del tipo murciélago—, un Mercedes SLR McLaren y un Nissan 14 GTR. Lo anterior como producto del transporte y comercialización de metanfetaminas de Asia a México y de México a Estados Unidos: actividades auspiciadas por los líderes del Cártel de Sinaloa, entre ellos su padre, el Mayo Zambada. Y, aunque no se ofrece una suma millonaria por información que conduzca a su paradero, el Mayito Flaco sí figura en la lista de fugitivos de varias instancias de seguridad estadounidenses. En ese mismo documento, también se explica cómo la dea ha robustecido sus acciones
