Cuando me exilié, era tarde en mi vida y en la de Rumanía.
NORMAN MANEA
Desde que todo tu trabajo fue un esfuerzo para aplacar el pasado,
debes admitir una necesidad entre tus iguales:
deja que los herederos pregunten a la sibila y a la Esfinge
y aprende que un crítico sin casta es el sueño de un primate.
DEREK WALCOTT
Había salido de la desnudez y el fulgor del cegador Egeo y había llegado hasta la exuberancia veneciana del siglo XVII. Se había alejado del mundo de las formas platónicas para entrar en el de la decoración.
LAWRENCE DURRELL
Un pequeño puerto de pescadores en una isla del Mediterráneo. Costa montañosa y escarpada, salvaje. Un malecón, una rada y un varadero, todo de dimensiones discretas, fundidas en el paisaje. En lo alto tres o cuatro laúdes de pesca y más arriba, frente al mar, varias casas en pendiente: una sola planta, con chimenea, un catre, una cocina, un lugar donde guardar las redes y algo de ropa. Al otro lado una cala pedregosa, abierta al mar transparente y su fondo de luces de colores. Los guijarros húmedos, herrumbrosos, rosas, verdes, grises, azules y blancos de porcelana. A su derecha el ojo de Polifemo; a su izquierda el pico del águila de piedra adentrándose en el agua. Los días de calma es la imagen de un paraíso escondido; los días de tormenta, la furia de la naturaleza. Así oscila el tiempo, al margen del tiempo de los hombres.
Los pescadores suben con los cestos a la espalda los cuatrocientos metros que separan el mar del valle. Los han cubierto con carrizo y ramas de lentisco para proteger la pesca del sol. Las cabras los observan. «Por aquí entraron los turcos», dice uno. Otro recuerda los barcos del archiduque Luis Salvador y de su prima Isabel de Austria, fondeados más abajo. En el puerto hay noches en las que una mujer hace sonar una campanilla y todos —niños y adultos— se retiran a sus casas en silencio. Queda la luz de las constelaciones y en el agua, la oscuridad serpenteante de las murenas.
Años después habrá más casas desperdigadas entre las dos laderas de la garganta, también mirando al mar, tan salvaje como la costa rocosa. En una de ellas —probablemente la más importante de mi vida adulta— pasaré con mi familia —éramos dos cuando llegamos, cuatro cuando nos fuimos— treinta y tres veranos y escribiré la mayor parte de mis libros… No sé si fue la casa de la vida, pero sí lo fue de mi literatura, al margen de los calendarios y las obligaciones y devociones de mis contemporáneos.
El reloj de arena
Una mañana de primavera y entre otros bibelots sin gran valor —cerámica y porcelana zoomorfas de los cincuenta, huchas del Domund, una jarra bereber y figurillas Meissen de imitación…—, vi en el escaparate de un chamarilero un reloj de arena que debía de ser del siglo XVI o XVII, similar al que aparece en el grabado de Durero, San Jerónimo en su gabinete, que tantos años me ha acompañado en mi despacho de la biblioteca donde trabajé hasta hace pocos meses.
De poco más de un palmo de alto y unos nueve centímetros de ancho en sus bases, con armazón de madera oscura y cristal blanco como las vidrieras de algunas iglesias francesas, era una pieza maravillosa, pese a estar roto y haber perdido su función original: la arena descendía de golpe y había una película de granos adherida al cristal de una de las campanas. De origen monacal —pertenecía al convento de las clarisas, me dijo su dueño—, pensé que le hubiera encantado a Jünger y que tal vez él —consideré su precio excesivo— sí lo habría comprado.
Siempre me han gustado los relojes de arena y no por Jünger, en este caso, ni por Durero. Quizá la razón primera esté en la gruesa arena de la pequeña cala donde nos bañábamos durante mi infancia en Betlem y en el papel de la misma tanto en los libros sagrados como en la narrativa de Borges. Y aunque sean objetos muy frágiles —o quizá por eso mismo—, estos relojes nos hablan de cosas tan sólidas como efímeras: nuestro lugar en el firmamento, por ejemplo, o el destino que la vida encierra para nosotros. Contemplar cómo se desliza la arena por la clepsidra y con ella el tiempo que nos ha sido dado puede ser tan provechoso como sentarse en una terraza en verano y ver pasar a la gente —la sensualidad de los cuerpos, las modas, la nobleza de algunos rostros, la fealdad moral de otros, la novela que hay detrás de cada persona…—, mientras fumamos un buen cigarro o nos tomamos una cerveza fría. Y contiene algo más de metafísica.
Darle la vuelta a un reloj de arena y observar cómo cae, dorada, blanca o gris —como la misma vida— y una vez ha caído toda, volverlo a girar y así una vez y otra, es lo más parecido que tiene el hombre al imposible dominio de sus días. Lo más parecido junto con la escritura, que lo estira y alarga o comprime y condensa. Si el tiempo es lo que somos, su relación con la escritura es aquello de lo que está hecho un escritor. Y aun así: sabemos cómo se mide el tiempo, pero ¿cómo se pesa?
En Mallorca existe una pulsión elegíaca que recorre nuestra cultura y manera de ser. Esa pulsión tien
