El Caníbal de Atizapán

Javier Tejado Dondé

Fragmento

Índice

Índice

El Caníbal de Atizapán

Prólogo

Introducción

1. La última víctima

2. El documental

3. ¿Cómo actuaba?

4. La entrevista a Bruno, el comandante destruido

5. La detención

6. ¿Quién es El Caníbal?

7. El Caníbal en su comunidad

8. ¿Cómo lo hacía?

9. El juicio y la sentencia

10. Lanzamiento de la serie documental

Conclusión

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Sobre el autor

Créditos

 

Prólogo

Por Itzel Cruz,
PERIODISTA

Hablar de las víctimas de la violencia de género en México es adentrarnos a miles de historias donde permean las negligencias, la falta de empatía y la revictimización por parte de las autoridades.

Llegué al caso de Andrés Mendoza para narrar, por televisión, los hallazgos en su casa, en el municipio mexiquense de Atizapán de Zaragoza, donde en los últimos años se han puesto en marcha decenas de programas para prevenir la violencia contra las mujeres. La mayoría sin éxito.

A Andrés lo llaman “monstruo”, “caníbal”, “violentador”, “asesino”; a grandes rasgos, es un feminicida que mató en la impunidad por años. Sin piedad. Sin miedo a ser descubierto porque en el fondo él sabía que la ausencia de sanciones permea. Lo supo desde que mató por primera vez y lo siguió haciendo en la cara de la justicia, nunca perseguido ni señalado.

Un hombre de la tercera edad que engañaba a sus víctimas mediante el altruismo. Nadie daba crédito a la historia de que ese anciano de más de 70 años, encorvado, desaliñado, sonriente y descarado ante la autoridad y la misma sociedad fuera el asesino de decenas de mujeres en nuestro país.

Durante la investigación entrevisté a vecinos, familiares de las víctimas, autoridades, y especialistas. Todos coinciden en que el acercamiento se daba cuando Mendoza ofrecía apoyos económicos y alimenticios a mujeres, hombres y niños. Les prometía trabajo, dinero y, a veces, hasta un techo. Le creían. Llegaban a su hogar, ubicado en la colonia Lomas de San Miguel, ingresaban y nunca más se les volvía a ver.

Lo descubrieron en mayo de 2021, cuando su última víctima desapareció. Los allegados a Reyna González identificaron que había visitado a este hombre. Cuando el esposo de la víctima, un policía, decidió romper algunos protocolos e ingresó a la casa, se descubrió una de las peores historias de crímenes en nuestro país. El mayor feminicida en serie en México comenzaba a resonar en los titulares de radio, prensa escrita y televisión.

Dentro de la casa, el caos: un número incontable de peritos de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México rompiendo paredes, indagando minuciosamente en cada uno de los rincones de esa casa abandonada, sucia, maloliente. Con palas y distintas herramientas removieron la tierra del patio, donde encontraron casi 5 mil restos óseos.

Afuera, policías de investigación cubrían, con lonas en las que se veían rostros y nombres de políticos, así como propaganda vieja, las inmediaciones de la casa para evitar que los periodistas documentáramos la situación.

Fueron días y noches de escuchar y captar historias de mujeres que un día salieron de su casa buscando sustento para sus hijos, mujeres que nunca más regresaron. El perfil: madres solteras, solitarias. Reyna salía de ese patrón, y justo ahí Andrés fue descubierto.

Una vez difundido el tema, al domicilio del feminicida llegaron mujeres y hombres indagando algún dato que los llevara a identificar a sus familiares desaparecidas. Algunas, desde hacía años; otras, desde hacía meses.

Llevaban consigo pancartas, fotografías, fichas de búsqueda; nos mostraban pruebas de que el detenido había sido la última persona que había visto a sus allegadas antes de que se perdiera su rastro.

La historia impactó aún más (terrible reconocer desde la trinchera periodística que hubo un momento de mayor conmoción, pues debió haber cimbrado a la sociedad desde que se supo que había matado a una mujer) cuando las autoridades dejaron entrever que el feminicida serial se comía a sus víctimas.

Se difundieron datos en los medios de comunicación sobre “los diarios de Andrés”, en los cuales narraba el proceso para asesinar a sus víctimas e incluso anotaba las medidas y el peso de cada una de las partes desmembradas. Grababa. Localizaron en la vivienda casetes VHS, DISCOS y pertenencias de algunas de ellas. Muchas de las familias de las víctimas de Andrés, que conocimos a través de estas bitácoras, no han sido notificadas por las autoridades de lo encontrado y de su probable paradero.

Al paso de los años e interpretando el caso con la perspectiva de género y el respeto que merecen cada una de las víctimas y sus familias, comprendo lo innecesario que es difundir esta información que lastima y revictimiza; sin embargo, también no decirlo es restar importancia a los crímenes de este personaje. Aún falta mucho camino por recorrer para la difusión correcta en radio, televisión y periódicos de estos casos tan dolorosos y que delinean un enorme problema social y judicial. El camino

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