Índice
Portadilla
Índice
Dedicatoria
Primera serenata a cargo de un trío de epígrafes
I. FINAL Y PRINCIPIO. PEREGRINACIÓN Y ASCENSO. MUERTE Y MITIFICACIÓN
II. CUANDO EL PÚBLICO ERA LA GRAN FAMILIA
III. SINALOA: “OH TIERRA DEL SOL”
Segunda serenata a cargo de un trío de epígrafes
IV. LA EMERGENCIA DEL HÉROE ROMÁNTICO: CUANDO LLORAN LOS VALIENTES
V. “LA ÉPOCA DE ORO DEL CINE MEXICANO”: DE LA PANTALLA COMO MADRINA Y TUTORA DE LA NACIÓN
VI. EL CINE DE BARRIO: “¡DEJA LA BOTELLA, CÁCARO!”
Tercera serenata a cargo de un trío de epígrafes
VII. DEL PUEBLO COMO MILAGRO GUADALUPANO
Cuarta serenata a cargo de un dúo de epígrafes
VIII. JORGE NEGRETE: EL CHARRO ENTRE LOS CHARROS
IX. LAS ATMÓSFERAS: LA VECINDAD: EL QUE NACE AQUÍ MERO PIERDE DOS VECES
Quinta serenata a cargo de un dúo de epígrafes
X. DE LAS VIRTUDES DEL ÍDOLO
XI. HOLLYWOOD: EL APRENDIZAJE, EL IMPERIO Y EL CONTROL DE LOS SUEÑOS
Sexta serenata a cargo de un trío de epígrafes
XII. DONDE TODO ES CULTURA POPULAR DISTRIBUIDA EN ANÉCDOTAS
XIII. ISMAEL RODRÍGUEZ, DEL MELODRAMA COMO ECOSISTEMA
XIV. EL CANTANTE: “YO TENÍA UN CHORRO DE VOZ”
Séptima serenata a cargo de un trío de epígrafes
XV. DE LAS TRIBULACIONES DEL AMOR EN TIERRA DE ADÚLTEROS
Octava serenata a cargo de un trío de epígrafes
XVI. “RATONCITO, YA SOMOS NOVIOS, ¿EH?”
Novena serenata a cargo de un trío de epígrafes
XVII. JARIPEO DE LOS CONTEXTOS: BAJO EL CIELO DE MÉXICO
Décima serenata a cargo de un trío de epígrafes
XVIII. LA COMEDIA URBANA. HOJAS PETRA Y AL AMANECER CAFÉ
XIX. LA RADIO: LA RESURRECCIÓN DE TODOS LOS DÍAS
XX. TIZOC: “PORQUE MIS OJOS TE VIERON”
Undécima serenata a cargo de un dúo de epígrafes
XXI. EL MELODRAMA: LA VENTURA DE LA DESVENTURA. EL CAMPO Y LA PROVINCIA
XXII. EL MELODRAMA DE LAS PROVINCIAS: OTROS EJEMPLOS. ISLAS MARÍAS: EL RECLUSORIO DE LAS EMOCIONES
XXIII. EL MELODRAMA URBANO
Última serenata a cargo de un trío de epígrafes
FILMOGRAFÍA DE PEDRO INFANTE
Créditos
Grupo Santillana
A Iván Restrepo y Nelly Keoseyán
I
FINAL Y PRINCIPIO. PEREGRINACIÓN Y ASCENSO.
MUERTE Y MITIFICACIÓN
Lunes de Semana Santa. 15 de abril de 1957, el día que murió Pedro Infante. Entre las 7:45 y las 8:00 de la mañana en Mérida, Yucatán, se estrella el avión de TAMSA con sus ocupantes, el piloto Víctor Manuel Vidal, el copiloto Pedro Infante Cruz (capitán Cruz) y el mecánico Marciano Bautista. También mueren dos vecinos. Ante la prensa, los mecánicos evocan los comentarios de Infante al subir al avión: “Tengo que estar muy almeja, muy vivo, porque si no podría darme tremendo guayabazo, y ¡válgame la Virgen!, ni Dios lo permita”.
La noticia estremece —literalmente— al país entero que, sin estas palabras pero con este sentimiento lacerante, percibe cómo la muerte de la gran estrella de cine lo afecta de una manera insólita. Sin necesidad de palabras, una comunidad instantánea vive —de un solo golpe— las revelaciones en cadena que notifican las dimensiones de la pérdida. A los cuarenta años de su edad, Pedro Infante es un símbolo y es una realidad primordial del tiempo en que la industria fílmica es bastante más que un entretenimiento; las horas y los años invertidos en las salas de cine urbanas o sus equivalentes regionales son datos centrales de la existencia. Lo ocurrido el 15 de abril es un conocimiento irrefutable: la educación de los sentimientos y una parte de las visiones insustituibles del mundo dan comienzo al iniciarse la película.
Antes, han conmovido inmensamente dos fallecimientos, el de Blanca Estela Pavón (1949) y el de Jorge Negrete (1953), pero el duelo perdurable de “la Nueva Gran Familia Mexicana” es en honor de Infante, ¿Adónde vas que más valgas? Y esta “Nueva Gran Familia”, tan dependiente del cine en sus nociones de lo íntimo y lo público, se cimbra ante la noticia: “HA MUERTO PEDRO INFANTE”, el ídolo, el novio ideal, el Querido Amigo, el pariente, El Mexicano-que-nunca-va-a-dejar-de-serlo.
El sitio del accidente es una ciudad de 125 mil habitantes. Un vecino, Rubén Canto Sosa —entrevistado por Roberto Cortés Reséndiz y Wilbert Torre Gutiérrez en su excelente reportaje Pedro Infante. El hombre de las tempestades, Editora La Prensa, 1993— puntualiza lo que en Mérida se repite desde aquel día, el comentario que una hora después de emitido retorna como saber generacional:
¡Fue espantoso aquello! Nos quedamos sin luz cuando el avión que caía rompió los cables. Se suspendió el servicio de camiones y tampoco había agua, debido a que muchos de los peces que traía el avión cayeron a los pozos y el líquido quedó insalubre.
Aquí, en el lugar del accidente, se hacían grandes homenajes en el aniversario de la muerte de Pedro Infante. Pero ahora que se construyó un monumento para perpetuar la memoria del actor, en un lugar llamado “Las Cinco Calles”, han disminuido las grandes concentraciones en la celebración.
Una joven de 18 años que iba a ser misionera presbiteriana, Ruth Chan, fallece a causa de la gasolina ardiendo. Doña Esther, su madre, relata la tragedia:
Oí el gran ruido y vi las enormes llamas. En seguida pensé que mi hija estaba tendiendo ropa, pero no imaginé que le hubiese sucedido algo malo; sin embargo, corrí al fondo del patio para asegurarme de que estaba bien y la encontré toda quemada. Murió pronto.
Luego, la señora le cuenta a Cortés y Torre el impulso de la solidaridad:
—¿Recibió usted ayuda monetaria?
—Recuerdo con agradecimiento que me regalaron mucho dinero todo tipo de personas. Me daban el pésame y hasta lloraban conmigo por la pérdida de mi hija. Me dejaban monedas y también billetes de a peso, de aquellos pesos que circulaban entonces. Los señores de TAMSA me dieron diez mil pesos. Con ese dinero compré esta casita, que era de paja y la fui arreglando. Yo tengo mi conciencia tranquila, pues quedé conforme con lo recibido por parte de la compañía. Muchos vecinos me decían que peleara para que los señores de TAMSA me dieran más dinero, pues según me enteré, al señor que perdió a su hijo en el accidente le dieron 16 mil pesos. Pero considero que la vida de un ser humano no debe estar sujeta a un precio…
Más datos de TAMSA, empresa de la que Infante era accionista: horas de vuelo del actor: 2 989; número de licencia: 447, extendida el 27 de febrero de 1954; nombre del piloto: “Capitán Cruz”; datos del avión accidentado: Consolidated, matrícula XA-KUN; destino anterior del avión: bombardero en la Segunda Guerra Mundial; últimas palabras registradas de Infante (al entregarle a un mecánico una playera con estampado de caracolitos: “Ten, para que eches tipo con las muchachas”; lugar de la catástrofe: Calle 54 Sur en Mérida.
Efecto inmediato del accidente: de Mérida y de las poblaciones cercanas acuden las peregrinaciones idolátricas que van en automóviles, camiones, bicicletas, a pie. Los curiosos (admiradores) (visitantes tardíos ya vueltos testigos presenciales) convierten la Calle 54 Sur en feria de sensaciones, de llantos, de azoro victorioso (“Yo llegué luego luego a donde murió Pedro”). Nunca un accidente congregó tantos testimonios de primera mano.
"¡No te vayas, Pedro!"
A las 10:55 de la mañana del 16 de abril, aterriza en la Ciudad de México el avión con los restos mortales de Infante. Veintenas de miles ven pasar el féretro o lo acompañan a su última morada, convencidos de lo que nunca expresarían así pero que sienten y resienten de varios modos: el cine es la trascendencia a su disposición, ya no fueron o padecieron muy de cerca la Revolución, pero son suyos el espectáculo y el tiempo interminable de la pantalla (un film fracasa cuando ya no se continúa exhibiendo en la mente del espectador). Asisten vecinos, actores (de alguna manera todos lo son), reporteros, fotógrafos, policías, burócratas, agentes de tránsito, amas de casa, estudiantes, niños… Los fanáticos (todavía no hay fans) diseminan ofrendas como jardines (“Una flor para Pedrito”), mientras los rezos edifican las basílicas del alma en paz con Dios. (La frase busca reproducir el idioma de esas horas). El Pueblo llora, se despide melódicamente, intercambia anécdotas, vuelve a entonar Amorcito corazón, recuerda las veces que lo vio o los relatos donde la simpatía del Ídolo es el modelo inesperado de lo popular, imagina, veloz y fatigado, a Pedrito, la golondrina que de aquí se va. El acuerdo es unánime: él era y sigue siendo a todo dar, francote, sencillote, siempre dispuesto al saludo, querendón, sonriente, enamorado… A lo largo del recorrido se escucha el adiós coral de los rosarios, se comentan las entrevistas a los seres próximos a Infante y sus congojas faciales, se mide el caudal de lágrimas, se difunden sus canciones. Su segunda esposa, Irma Dorantes, a la que días antes un juez le anula su matrimonio, comenta entre sollozos: “Se mató por venir a verme” y, de luto riguroso, prosigue:
Pedro se comunicó conmigo el domingo para informarme que hoy vendría a México para entrevistarnos. Me dijo que nada lo detendría para verme de nueva cuenta… pero todo se acabó, ya nadie podrá disputármelo ahora (La Prensa, 16 de abril de 1957).

Cortejo fúnebre, Ciudad de México.
Según la familia, Infante viajaba por una promesa hecha a su madre. La otra viuda legítima, María Luisa León, refiere su padecimiento al enterarse de la tragedia:
Caminé a mi recámara. Todo lo había escuchado desde el baño adjunto a mi cuarto. No pude caminar, caí de rodillas ante mis imágenes.
—¿Por qué… —gritaba—… Dios mío, has permitido esto…? ¡Tú que sufriste tanto por nosotros…! ¿Por qué nos deparas este dolor tan grande…? Tú que eres tan misericordioso, ¿por qué no lo protegiste?… ¿Por qué no fui yo en lugar de él, Señor? (En Pedro Infante en la intimidad conmigo, México, 1961).
Las reflexiones de María Luisa León, un testimonio imprescindible de su tramitador de frases candentes, podrían estar “pintadas a mano”, aunque, en rigor, el “lenguaje del desgarramiento” no evita frases o textos sobrios, ni que el tono desorbitado sea siempre más confiable. (Los que se controlan mientras sufren son seres taimados, es la creencia parajudicial). Continúa María Luisa:
¡No, no quería creerlo…! ¡No era posible aceptar tan tremenda y dolorosa realidad…! ¡Nunca más lo volveré a ver! ¡Jamás escucharía su voz en la intimidad de nuestra casa! ¡Ya no sentiría su apoyo ni su presencia material! Cuanto más lejos, más cerca de mi corazón. (En Pedro Infante en la intimidad conmigo).
Ante la prensa, María Luisa León repite uno de los miles de epitafios que se acumulan esos días: “Ha muerto dentro de su avión, como hubiera querido morir”, y La Prensa reproduce el dolor de la madre, doña Refugio, todo en la tradición de la pena que no quiere despedirse de los ataúdes, dicho esto con respeto al género melodramático, proveedor de las metáforas y las esculturas trepidantes a la hora de las separaciones y la despedida última.
Del tumulto se desprende un ruiderío insólito. La multitud se vierte sobre la multitud que se derrama sobre la multitud. El chiste de las aglomeraciones es que nadie cabe en sí mismo, y por eso irrumpe la Otra Historia, la de la queja que se divide en lloros y rezos y susurros gigantescos y canciones que sólo se terminan para recomenzar. “Rayando el sol me despedí…”. A ratos los grupos son rosarios vivientes o, también, son la conversión de las anécdotas en rezos laicos. En el Teatro Jorge Negrete se altera la noción física de cupo, y en el Panteón Jardín se escenifica el velorio de Canaán donde la fusión de los cuerpos multiplica el número de los asistentes y las expresiones de su congoja.
La comitiva —más de dos mil automóviles cargados de ofrendas florales— recorre el trayecto larguísimo de la calle Antonio Caso al Panteón Jardín, en ese tiempo un registro del estatus de los muertos (“Dime dónde te entierran y te diré cómo te fue en la vida”). Los 150 o 200 mil dolientes que integran la valla a lo largo de la ciudad atienden —lo capten o no— a la nueva representante de la Historia, la cámara de cine, y por eso han caminado desde el amanecer, y por eso corren durante cuadras interminables, todo con tal de evidenciar su puntualidad: “¡Allí estuve a despedirme de Pedrito!”. Ténganlo en cuenta: el ídolo al que pocos le dicen adiós es un ídolo nonato; de hecho, el cine trastorna el concepto de Historia Nacional y a sus Monstruos Sagrados los envuelve al final el ropaje de la epopeya.
Por unas horas, el ímpetu de la muchedumbre vuelve al Panteón Jardín la capilla ardiente de la parentela nacional. El envío de flores corre a cargo de la desesperación que todo lo organiza, de la precipitación de los que no tienen por qué fingir compostura. El gentío se lanza sobre las tumbas, la policía golpea en el afán inútil de privatizar el entierro, las criptas se protegen por trechos, las ambulancias de la Cruz Roja y la Cruz Verde se colman de heridos, se extiende el paganismo de masas y el gran signo religioso de esas horas es el derecho a bendecir al Ídolo en su despedida. In hoc signo filmavit (ya sé que no se escribe así).
Allí están los compañeros de los estudios de cine: Leticia Palma, René Cardona, Víctor Parra, Miguel Manzano, Cantinflas, los hermanos Soler (Fernando, Andrés y Domingo), David Silva, Arturo de Córdova… Las miradas y los flashes se concentran en las viudas (Irma Dorantes y María Luisa León. Lupita Torrentera es la ausencia ostensible). Ante la tumba abierta los murmullos son la onomatopeya del chisme y por eso resuena casi militarmente la caída del crucifijo de oro que Irma Dorantes envía a la tumba. Prosiguen las aglomeraciones, las infanterías de curiosos asaltan los monumentos funerarios, se admiten desmayos en las oleadas de cuerpos que emprenden la coreografía del amontonadero… La policía reacciona con aspereza y brutalidad, y el melodrama y la pena genuina se viven como la gran obligación patriótica (“Patria, tu superficie es este drama/ Tus minas el palacio de los lloros”).
¿Qué inspira esta descarga colectiva y que justifica los doscientos lesionados por la acción policiaca? El sepelio se inicia a las 11:00 de la mañana, y el sacerdote Manuel Herrera Murguía es un visionario:
Los ángeles te llevarán al paraíso, a tu llegada te recibirán los mártires y los coros de ángeles te conducirán al lado del Señor.
El escuadrón de motociclistas pasa lista, y al decir “Señor comandante Pedro Infante”, el grito e
