De niño judío-alemán a comunista mexicano

Juan Brom

Fragmento

De niño judío-alemán a comunista mexicano

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Orígenes

LA NIÑEZ

Por supuesto, no puede haber autobiografía si el autor no ha nacido. Por ello, empiezo diciendo que nací el 27 de febrero de 1926, en la tarde. Lo sé no porque lo recuerde, sino porque mi papá me contó que estaba en la sinagoga, en el servicio de Maariv (atardecer), al empezar la fiesta de Purim. Ahí le avisaron que había nacido un varoncito.

Purim es la fiesta que conmemora con alegría la salvación de los judíos, amenazados de ser exterminados por el rey persa Ajashverov (parece que se trata de Artajerjes III) debido a las intrigas de Hamas, un malvado consejero suyo. La salvación se debió a Esther, una de las esposas del rey, judía ella, que se enteró del proyecto y convenció al soberano de anular la orden y, en cambio, mandar ejecutar a dicho consejero. Una de tantas intrigas en la historia del mundo... En ese día, se comen galletas de forma humana que simbolizan al enemigo intrigante; se podría hablar de una antropofagia simbólica.

Hay que anotar que el día judío empieza al anochecer, cuando se distinguen las tres primeras estrellas.

No sé gran cosa del origen de mi familia. Mis abuelos paternos habían nacido en Polonia: ella, en Katowice, en lo que era entonces la Polonia alemana, y él, en la Polonia rusa de aquel momento. Como muchos judíos, emigraron a Alemania. No sé si mi tío mayor, Willi (Guillermo), nació ahí o en Polonia; Sami (Samuel), en Poznan (entonces Posen) y el menor, mi papá, Adolf(o), en Estrasburgo, capital de Alsacia. Ambas ciudades eran entonces alemanas.

Acerca del origen del apellido, mi papá decía que era una contracción de Abraham, y que en ruso se escribía Brom con una tilde sobre la o, con lo que se pronunciaba Brum; en algún momento, no tengo idea de cuándo, una parte de la familia adoptó el sonido de la u y se nombró Brum, mientras que la otra se quedó Brom.

Y ya que hablo del apellido, algo acerca de mi nombre. Por supuesto, el original no es Juan, sino Hans. Ambos derivan del bíblico Yojanán —algo de dios y no sé qué más—; Yoh o Yah es una forma de Yahvé o Jehová, una de las designaciones hebreas de dios; de ahí vienen también John, Jean, Iván y otros. Al solicitar la naturalización mexicana, opté por Juan. En hebreo no se usan apellidos, sino el “hijo de”, ben (lo mismo que el árabe bin o ibn). Mi papá era Abrám (o Abraham); a mí me pusieron Pinjás, y resulto Pinjás ben Abrám. Pero, en todo caso, desde 1950, año en que recibí mi carta de naturalización, soy Juan.

Una anécdota fuera de cronología. Por 1965, estaba yo impartiendo un cursillo en la Escuela Normal Superior, cuando su secretario me llamó: “Profesor, le quiero presentar a una persona”. Se trataba de un hombre joven, apiñonado. El secretario hizo las presentaciones: “Profesor Juan Brom, profesor Juan Brom”. Los dos nos quedamos estupefactos: el apellido no es frecuente (aunque hay varios Brom en el directorio telefónico de la ciudad de México, de quienes no tengo ninguna referencia; desde luego, es posible que seamos parientes lejanos). Mi tocayo de la Normal Superior, a quien nunca volví a ver, era, si mal no recuerdo, un profesor de matemáticas de Tabasco.

Mis abuelos se dedicaban a la importación de gansos, entiendo que desde Polonia, para engordarlos y venderlos. Recuerdo que mi papá contaba, con alguna repugnancia, que a los pobres animales se les metía a fuerza el alimento en el pico.

Por el lado de mi mamá, mi familia tenía un arraigo de casi cinco siglos en Alemania. Mi tío Fritz elaboró un árbol genealógico en el que resultaba que descendemos de los judíos que fueron a Viena, expulsados de España, a fines del siglo XV y que después tuvieron que salir también de la capital de Austria. Mi mamá decía que eran muy cultos y se sentía bastante orgullosa de ese antecedente, aunque yo no veo mérito en ello.

Mi papá hizo el bachillerato en su ciudad natal y se trasladó, alrededor de 1910, a los veinte años de edad, a Fuerth, en Baviera, mi ciudad natal, donde trabajó en no sé qué y se relacionó con la colonia judía local.

A diferencia de lo que sucede en nuestro medio, en Alemania el joven solía tener un aprendizaje formal (obrero, artesano, pero también futuro empleado comercial); no sé si en el caso de los comerciantes había un examen para ser “compañero” u “oficial”, es decir, obrero especializado. Es una forma de aprendizaje bastante eficaz, proveniente de la organización gremial de la Edad Media, con sus aprendices, oficiales o “compañeros” y, finalmente, maestros.

Fuerth (Fürth) es una pequeña ciudad en Alemania del Sur (tiene actualmente como cien mil habitantes). Según los relatos (nunca me he ocupado de buscar documentos acerca de ello), fue fundada por el emperador Carlomagno, hacia el año 800, en un vado (furth) sobre el río Regnitz. Parece que el lugar no fue muy afortunado, porque se inundaba al desbordarse aquél con los deshielos de primavera, y la ciudad fue cambiada un poco río arriba.

Posteriormente, apareció en las cercanías la ciudad de Nuremberg (Nürnberg), alrededor de un castillo; en no sé qué momento ésa fue la sede de los Hohenzollern, que se pelearon con los habitantes de la ciudad. Aunque parezca extraño, estos últimos les ganaron la partida y los Hohenzollern salieron de ahí. Se establecieron en el nordeste del Imperio, donde uno de sus miembros llegó a ser, como Gran Maestre de la Orden de los Caballeros Teutónicos, jefe de lo que más tarde sería la Prusia oriental; dejó su fe romana, se hizo protestante y juró obediencia al rey de Polonia; a cambio, éste lo nombró Gran Duque, cargo hereditario. Más adelante, uno de sus descendientes compró al emperador el título de rey de Prusia, y en 1871 otro miembro de tan ilustre familia maniobrera llegó a ser emperador de Alemania (Guillermo I).

Los nuremberguenses deberían sentirse orgullosos de haber corrido en su momento a los Hohenzollern, pero nunca he visto un recuerdo popular de ello. A mí me lo contó un historiador alemán, pero no creo que sea de Nuremberg.

Por cierto, hacia 1950 apareció en México un joven, parece que apuesto, que se decía descendiente de Guillermo II, último emperador de Alemania, derrocado y exiliado por la Revolución de 1918. Nuestra aristocracia lo acogió con gran alegría y lo paseó de fiesta en fiesta por las Lomas de Chapultepec, en aquellos tiempos la colonia más distinguida de la ciudad. En algún momento Gobernación lo apresó y lo deportó por violación a las leyes migratorias. Se afirmó que era hijo de un (probablemente) honesto zapatero. Nuestros pseudoaristócratas se quedaron con un palmo de narices, pero no escarmentaron. Lo demuestra su permanente admiración por otros miembros de la nobleza, en general tan inútiles como el aquí mencionado.

Nuremberg pronto superó en importancia, con mucho, a Fuerth; tiene hoy como quinientos mil habitantes; ambas ciudades están conurbadas.

Volvamos a Fuerth. La ciudad tenía una comunidad judía antigua, bastante numerosa, con varias sinagogas y una alta cultura; en mis tiempos, había además un club deportivo y un colegio judíos. Más tarde, la comunidad fue exterminada casi por completo; después de la Segunda Guerra Mundial, se reintegró con algunos supervivientes y con nuevos inmigrantes. Durante muchos años editó una revista anual, por medio de la cual trató de conservar la tradición judía de Fuerth. La revista se publicaba en el Año Nuevo judío (Rosh Hashono: “Cabeza de Año”), que cae alrededor de septiembre.

Volviendo a mi papá: como dije, se integró a la comunidad judía de Fuerth y convivió con un grupo de jóvenes, muchos de los cuales conocí más tarde como “tíos” (en Alemania se acostumbra que los niños traten a los amigos de los papás como tíos). Hizo amistad especialmente con el joven Sigmund Offenbacher, quien cayó después, en la Primera Guerra Mundial, su hermano Fritz y sus hermanas Frida y Betti; esta última llegó a ser mi mamá. Mi hermano mayor lleva el nombre de Sigmund en recuerdo de nuestro tío, que acabo de mencionar.

Debe de haber sido un grupo bastante alegre; mi papá tocaba la guitarra y el laúd, además de que tenía muy buen oído y cantaba muy bien, características que ni mi hermano ni yo heredamos, aunque él tiene mucho mejor oído musical que yo.

Al estallar la Primera Guerra Mundial (agosto de 1914), mi papá se alistó como voluntario en el Ejército. Según me dijo muchos años más tarde, lo impulsó a ello un sentimiento de patriotismo y también la consideración de que, como voluntario y como persona de estudios medios (equivalentes a nuestro bachillerato), podía escoger el arma a que se incorporaría, que fue la artillería ligera de campaña.

Salió profundamente lastimado de la guerra y no le gustaba hablar de ella; se volvió pacifista. Me contó que en el transcurso de la guerra su destacamento fue destinado a la artillería antiaérea y en algún momento derribaron un avión francés, que aterrizó detrás de las líneas de su ejército. Mi papá decía que esperaba no haber matado a nadie.

Antecedentes familiares

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Mi papá (derecha), mi tío Sami y mi abuela, durante la Primera Guerra Mundial.

En el Ejército, mi papá llegó a ser sargento segundo; obtuvo la Cruz de Hierro de segunda clase en un momento en el que el otorgamiento de esta condecoración era infrecuente (más tarde, se hizo bastante común). Por cierto, ya en México me obsequió dicha cruz y yo se la regalé a la hijita de un amigo, de dos o tres años de edad. Mi amigo me dijo muy espantado que cómo se la había dado a una niña, pero mi papá festejó el obsequio con una gran carcajada. Así, ese recuerdo bélico tuvo una aplicación útil: causar una alegría inocente.

Casi no tengo recuerdos de los primeros años de mi niñez. Hay la vaga imagen de una visita a mi abuela materna; vi una señora delgada, chaparrita, en una gran cama. Cuentan que le dije: “¿Te vas a morir pronto?”, y que me contestó: “Te podrás esperar”. Debo de haber escuchado algo de su cercano fallecimiento.

En algún momento empecé a ir al kínder, y sólo sé que a determinada hora de la mañana nos imponían un descanso, acostándonos sobre unas camas y oscureciendo la sala. Por supuesto, protestábamos, pero no hay que olvidar que esto sucedía en Alemania, con su disciplina rigurosa. Tengo que decir que, para los parámetros de aquel país, la disciplina a la que estábamos sujetos no era muy rígida.

Unas palabras acerca de mi familia. Éramos judíos religiosos, obedientes de las leyes de esa religión, sin ser fanáticos. Los viernes en la noche se celebraba la llegada del sabbat, que es, con excepción del Yom Kippur, el Día del Perdón, la festividad más importante. Íbamos a la sinagoga y ese día no se trabajaba. También comíamos kosher, como lo prescribía la religión.

Mis abuelos y mi papá

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Hacia 1925.

Un detalle especial: en el Pentateuco dice: “No guisarás el ternero en la leche de su madre”. De ahí derivan unas leyes especiales, que estipulan la prohibición de comer juntos productos lácteos y cárnicos, y se establecía que éstos no se mezclaran en el estómago; después de comer carne, había que esperar tres horas antes de consumir leche o sus derivados; al revés, el plazo sólo era de media hora, porque los lácteos pasan más aprisa.

Años más tarde, en México, en un grupo de jóvenes casi todos judíos, solíamos exigir a las muchachas usar bikini “para no mezclar la carne con la leche”. Las chavas, por supuesto, se encolerizaban, y nos divertíamos cantidad. Ya sé que ahora me van a repudiar las feministas.

Mis papás eran personas liberales, respetuosas de los demás. Se sentían orgullosa y solidariamente judíos, lo que seguramente fue acentuado precisamente por la persecución nazi. Por otra parte, no se consideraban superiores a quienes no lo eran y, hasta que el nazismo lo impidió, tuvieron bastantes amistades fuera del ambiente judío.

Niño religioso

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Como a los ocho años.

En el trato familiar había algunas normas un tanto especiales. En lugar de decir Papa y Mama (en alemán el acento prosódico está en la primera sílaba), mis papás eran Babs y Mams, mi hermano Bubs y yo Stubs. Mis abuelos paternos eran Pi y Mi; a los maternos, prácticamente no los conocí. El trato era de respeto, compañerismo y autoridad, mucho más abierto del que solía haber en las familias alemanas.

El nazismo

Alemania era en esos años un país democrático, con partidos, sindicatos y prensa más o menos libre. Esta situación cambió radicalmente al ascender al poder los nazis (se les llamaba nazis a los miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán: Nationalsozialistische Deutsche Arbeiterpartei). Su programa era violento; exigía “orden” y disciplina, y realizaba acciones terroristas contra el movimiento obrero, sobre todo contra su sector más combativo, el comunista; afirmaba que los judíos habían causado la derrota de Alemania en la Guerra Mundial y que, en general, eran la desgracia de Alemania y del mundo. Muchos años después llegué a tener un mayor conocimiento de los trasfondos de ese movimiento.

El jefe del partido nazi, Adolf Hitler, fue nombrado canciller a fines de enero de 1933 (entonces, como hoy, el canciller era el jefe del gobierno; el presidente no tenía, ni tiene, mayor intervención en los asuntos diarios). Se basaba en una coalición de partidos conservadores o reaccionarios, en la cual el partido nazi era mayoritario.

El 27 de febrero de 1933, precisamente el día en que cumplía yo siete años, se declaró un incendio en el edificio del Reichstag (parlamento nacional) en Berlín. Se sabe hoy que, si los nazis no provocaron el incendio, por lo menos su gobierno sabía que ese acto se estaba preparando y no lo impidió. Lo hayan provocado o no, los hitlerianos lo consideraron “un regalo del cielo”.

Hitler convenció de inmediato al presidente, el anciano mariscal Von Hindenburg, de que el incendio era una señal comunista para iniciar una sublevación general. (En el pueblo corría el dicho de que, para ser presidente de Alemania, había que haber perdido una gran guerra —Hindenburg, ya jubilado, fue nombrado en 1914 jefe del Ejército alemán y conservó el puesto hasta la derrota, en 1918— y ser tan viejo que ya no se fuera capaz de firmar. Hindenburg reunía estas condiciones, aunque sí firmaba, con mano tembeleque.)

Por acuerdo del presidente y del canciller, se suspendieron las garantías individuales y en toda Alemania fueron encarcelados miles de antifascistas, comunistas, socialdemócratas y otros adversarios de las actitudes violentas y de los declarados propósitos agresivos de los nazis. Las relaciones de quienes serían detenidos estaban preparadas (lo que refuerza la sospecha de que los nazis habían causado el incendio). Ahí nacieron los campos de concentración, que hoy son mundialmente conocidos como lugares de trabajos forzados y del Holocausto de los judíos, el asesinato de aproximadamente seis millones de éstos, además de centenares de miles de rusos, gitanos, polacos, franceses y gente de otras nacionalidades. Generalmente se olvida que se crearon para reprimir a adversarios políticos.

En honor del pueblo alemán hay que decir que en las elecciones que tuvieron lugar pocos días después del incendio del Reichstag, y a pesar de la represión y de que en algunos distritos rurales hubo más votos favorables a los nazis que votantes, aquéllos no lograron la mayoría absoluta que pretendían. Pero luego se impusieron en forma total, a través de diferentes maniobras.

Muchos antifascistas emigraron y algunos, arriesgando su vida, se dedicaron a la lucha clandestina contra el régimen hitleriano. Empezó también la salida al extranjero de ciudadanos judíos sin actividad política, sobre todo a los Estados Unidos y, algunos, a Palestina.

Al incendio del Reichstag siguió, en pocos meses, la disolución de todos los partidos, con excepción del nazi, la destrucción de los sindicatos y la confiscación de los cuantiosos bienes de éstos. El gobierno creó el Frente Alemán del Trabajo (Deutsche Arbeitsfront), organización vertical dirigida fundamentalmente por grandes empresarios u hombres de confianza de éstos. Se regía por el “Principio del caudillo” (Fuehrerprinzip), según el cual Hitler, el Fuehrer (caudillo) era el jefe indiscutido de la nación, y en la empresa el dueño tenía la misma función.

Yo era un niño y, obviamente, no me daba cuenta de la situación. Mis papás pensaban que se trataba de una locura pasajera que se apagaría pronto; se sentían alemanes y no deseaban dejar su país.

Paso a paso fue empeorando la situación de los judíos alemanes. Las Leyes de Nuremberg, proclamadas en el Congreso del partido nazi en esa ciudad (1935), prohibieron los matrimonios entre judíos y “arios”, y restringieron las actividades profesionales de los hebreos (otra designación para judíos).

El término ario era usado por los nazis como un concepto racista, “de sangre”, basado en un supuesto origen común, con características semejantes en cuanto al color de la piel y de los ojos, la forma del cráneo y otros elementos. Afirmaban que los alemanes eran el núcleo de una supuesta “raza nórdica”, germánica. Algunos científicos anteriores lo habían aplicado a los pueblos indoeuropeos —desde la India hasta Europa, aunque los nazis preferían decirles indogermánicos—, un conjunto de poblaciones que hablan idiomas de un origen común. Formarían parte de ellos los conquistadores de la India, que sometieron, alrededor del siglo XVIII antes de nuestra era, a la población de ese país y cuyo idioma era el sánscrito. También entran en ese grupo los persas y, en Europa, los eslavos, los helenos, los latinos y los germanos. De hecho, todos estos grupos tienen idiomas emparentados entre sí y forman en cierto sentido un conjunto étnico, pero con diferencias físicas visibles. Todos forman parte de los pueblos que hoy se suelen llamar caucásicos, es decir, de piel blanca.

La aplicación de la teoría era totalmente absurda: en su concepción, los eslavos, como rusos, polacos y otros, tan indoeuropeos como los germanos, no eran considerados arios. Ahora bien, la Alemania Oriental es un antiguo territorio eslavo, germanizado culturalmente en la Edad Media por medio de las armas; es decir, sus habitantes son en buena parte descendientes de eslavos que fueron incorporados al idioma y, en general, a la cultura alemana, y eran considerados arios. Sin embargo, en alguna zona se conservó el sorbio, idioma de tipo eslavo. Los nazis no aceptaban como arios a los sorbiohablantes. Por otra parte, en algún momento de alianza con Japón, hubo declaraciones en el sentido de que los japoneses eran los “arios del Oriente”.

Una característica del racismo nazi era la idea, digna de un criadero de perros o de caballos, de la pureza racial. Todo mestizaje produciría, según ellos, la decadencia de la raza. No eran los únicos ni los primeros en sostener esos absurdos. El hecho es que todos los pueblos modernos son el resultado de múltiples mezclas. Desgraciadamente, todavía hoy abundan quienes sostienen ideas racistas, aunque por lo general no lo confiesan públicamente.

Se expulsó a los niños judíos de las escuelas públicas. En lo personal no me afectó, ya que desde el principio estuve en una escuela judía, la Israelitische Realschule Fuerth, que abarcaba hasta el bachillerato. Además de las materias correspondientes al plan de estudios general, teníamos clases de religión y de escritura hebreas. No nos costó mucho trabajo aprender esa escritura, y todavía sé leerla algo.

La vida profesional para los judíos se restringía. Se les prohibió desempeñar funciones públicas y se les impusieron dificultades para otras actividades. Mi papá encontró trabajo como agente de ventas de cubiertos plateados (fabricados por una empresa propiedad de judíos) en Italia y en Suiza; en esta última vivía su hermano, Sami, rabino ortodoxo (es decir, de los que seguían en forma bastante estricta las leyes religiosas) de Lucerna.

Contaba mi papá que una vez que llegó tarde a casa de mi tío, se disculpó diciendo que había muchas curvas en la carretera. Carcajada general: resulta que “curva”, en (¿todos?) los idiomas eslavos, significa prostituta, lo que sabían en casa de su hermano pero él ignoraba.

Mi hermano, cinco años y medio mayor que yo, entró en una fábrica como aprendiz de mecánico de troqueles. Debido a las leyes contra los judíos, no pudo presentar su examen de obrero especializado, pero en la práctica llegó a ser un muy buen ingeniero. Antes de que saliéramos de Alemania, trabajó algún tiempo en un taller establecido por la comuna judía de Munich, dedicado, precisamente, a la preparación de mecánicos.

El ambiente se volvía crecientemente hostil, sobre todo de parte de los adolescentes. Insultos en la calle, a veces alguna pedrada, carteles denunciando la “agresión judía”. Las amistades no judías de mis padres se retiraron; era un peligro para cualquier alemán ser visto en compañía de judíos. Sin embargo, puedo decir que en lo personal no lo sufría conscientemente; iba a un colegio judío y al deportivo de la misma comunidad. En alguna vacación estuvimos alojados en casa de unos campesinos, donde nos trataron sin ninguna hostilidad. El antisemitismo, ciertamente de fuerte arraigo popular, no era compartido por toda la población.

“La noche de cristal”

El 10 de noviembre de 1938, la persecución contra los hebreos en Alemania tomó un nuevo auge. Resulta que un joven judío emigrado a Europa occidental, cuyos padres habían “desaparecido” en la frontera de Polonia con Alemania, había ido a la embajada alemana en Francia y pedido hablar con el embajador. Lo recibió un secretario; el joven sacó una pistola y lo mató.

El gobierno alemán montó en cólera: impuso una multa de mil millones de marcos a la comunidad judía de Alemania, ya bastante debilitada, y organizó en todo el país un pogromo: la llamada Noche de cristal (Kristallnacht) o de los cristales rotos. En todo el país, los S. A. (Sturm Abteilung, los grupos de asalto nazis que, desde antes de que su partido llegara al poder, habían destruido locales obreros, asesinado dirigentes y militantes antifascistas, y cometido agresiones contra judíos) rompieron escaparates de tiendas judías.

En la madrugada fueron a nuestra casa y nos obligaron a ir a la plaza principal de la ciudad. Ahí nos encontramos a muchos otros hebreos. El rabino fue forzado a prender fuego a los rollos de la Torá (el Pentateuco, la primera parte de la Biblia, el libro más sagrado de los judíos), que habían sacado de una sinagoga. Muchas sinagogas fueron incendiadas, bajo la atenta vigilancia de los bomberos, que cuidaban que el fuego no se propagara a otros edificios. Horas más tarde, mandaron a sus casas a los niños y las mujeres; los hombres fueron concentrados en un edificio, por cierto, en el caso de Fuerth, una vieja donación de un hebreo para el servicio comunitario de la población (no exclusivamente de la judía). Ahí hicieron una selección: algunos fueron puestos en libertad (mi papá llegó a la casa como a las seis de la tarde) y otros, enviados a campos de concentración.

Mi tío Fritz, heredero principal de la casa que había pertenecido a mis abuelos maternos, fue remitido al campo de Dachau. La estancia de algunos meses ahí sirvió para que accediera a vender a bajo precio esa casa. El pago se depositó en una cuenta bloqueada, de la cual sólo se podían retirar cantidades muy reducidas. Por cierto, debo mencionar que el comprador deseaba pagar el precio comercial normal, pero las autoridades lo obligaron a desembolsar menos: una forma de la “arianización” de la propiedad, de pasarla a manos de ciudadanos “arios”. Se trataba de un robo sobre el despojo. Mi tío, poco tiempo más tarde, se fue a Palestina. Después de la guerra, el comprador pagó espontáneamente la diferencia a mi tío y sus hermanas.

La noche de cristal causó cambios fundamentales en la vida de mi familia. Mis papás decidieron finalmente salir de Alemania; mi tío Willi, el hermano mayor de mi papá, que había previsto con mayor acierto lo que significaría el dominio nazi en su país y había venido a México desde 1933 o 1934, empezó a hacer las gestiones para que pudiéramos establecernos en este país, exótico para nosotros. Mientras esto podía cuajar, y para evitar mayores persecuciones, mi papá trabajó como peón de vía en los ferrocarriles, un trabajo físico pesado, especialmente para un hombre de casi cincuenta años que nunca había desempeñado labores de ese tipo. El resultado fue una deformación de su columna vertebral, que años después le causaría prolongados sufrimientos.

Bruselas

Mi situación fue especial. A raíz de La noche de cristal, Inglaterra, Francia, Bélgica y Holanda aceptaron cada una acoger a doscientos cincuenta niños judíos en protesta contra las salvajadas nazis. Yo fui uno de ellos: mis papás me mandaron a Bélgica, con una familia amiga que había emigrado hacia allá algunos años antes. No cuestioné la decisión; aunque el separarme de mi familia no dejaba de provocarme algún temor, conocía a los amigos con los que iba a vivir. Me acogieron con mucho cariño, como un nuevo miembro de su hogar. En diciembre de 1938 llegué a Bruselas.

Ahí ingresé en sexto de primaria, en una escuela pública (en Alemania estaba cursando el séptimo año escolar). En los primeros exámenes me fue muy mal: había cursado dos años de francés en mi primaria en Fuerth, pero en las primeras semanas no entendía nada. Más adelante, llegué a ser un buen alumno. Al terminar el séptimo año estuve entre los diez primeros del curso (y habría estado entre los cinco mejores si no me hubieran cachado al soplar a una compañera las respuestas a un examen, por lo que me bajaron puntos).

Vi, en general, que los niños emigrantes solían destacar en sus estudios al poco tiempo. Afortunadamente, nunca llegué a creer que éramos superiores, sino entendí que el esfuerzo especial que teníamos que realizar para adaptarnos a una nueva realidad se traducía después en una mayor madurez y dedicación.

También aprendí a rechazar una actitud muy frecuente entre emigrantes: considerar que la gente del país no actuaba “como se debía”. La base de esta forma de pensar está en la consideración de que “lo propio” es lo correcto, sin darse cuenta de que para otros “lo propio” puede ser distinto de “lo mío”. Muchos años después, ya en mi vida mexicana, me encontré con gran número de asilados políticos que, en confianza, solían dar lecciones de cómo había que actuar para combatir a la reacción, y llegué a pensar (la cortesía mexicana me impedía decirlo en forma violenta): “Si ustedes saben tan perfectamente qué hay que hacer, ¿por qué demonios están aquí, derrotados?” Creo que la raíz de esta comprensión está en mis primeras experiencias en Bruselas.

De una vez, una anécdota al caso, vivida en México. En un noticiero, durante la Segunda Guerra Mundial, aparecía en una escena el general De Gaulle condecorando a unos soldados franceses; después de haberles entregado las medallas, les dio un beso en la mejilla. Carcajada general en la sala, y gritos de ¡putos! Por supuesto, no había tal, sino, simplemente, una costumbre ajena a las nuestras.

Mis últimos meses en Bélgica estuvieron marcados por la ocupación alemana. El país, al igual que Holanda, era neutral, pero el 10 de mayo de 1940 el Ejército alemán invadió ambos para atacar a Francia sin tener que romper las defensas fronterizas de ésta, la poderosa Línea Maginot. En un primer momento creímos que se repetiría la experiencia de la Primera Guerra Mundial: el Ejército alemán se atascaría en las llanuras belgas. Con gran entusiasmo se saludó la llegada de tropas inglesas, que acudían en auxilio de los agredidos. Pero a los pocos días nos angustiaban las noticias de los avances alemanes y vimos retroceder a los soldados belgas e ingleses. El 16 de mayo, al aproximarse las fuerzas invasoras, esperábamos que los defensores volaran los puentes sobre los ríos y canales que atraviesan Bruselas, pero no lo hicieron. En la mañana del día siguiente, los alemanes ya habían ocupado la ciudad.

Niño

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Yo a los 13 años.

Antes de que las tropas alemanas llegaran a Bruselas, cayeron ahí algunas bombas; no fue un bombardeo masivo. Al enterarme, tomé mi bicicleta y fui a curiosear: la primera vez que vi un edificio destruido por la guerra.

En las carreteras había ríos de refugiados que se dirigían al oeste. Se contaba que los alemanes bombardeaban a estas muchedumbres, con lo que incrementaban el caos y dificultaban los movimientos de las tropas defensoras. Pocas semanas después, se rindió el Ejército belga, y el inglés regresó, como pudo, a su país.

El mismo día de la agresión alemana, el 10 de mayo, el gobierno belga internó a todos los ciudadanos varones alemanes, entre ellos al jefe de la familia con la que vivía. No importaba si se trataba de enemigos del nazismo. Más tarde, afortunadamente, el señor pudo volver y, cuando los nazis iniciaron la persecución contra los judíos en el país ocupado, la familia logró sobrevivir, escondida en el campo. Después de la guerra emigró a Palestina, hoy Israel.

Al principio, la situación en Bélgica no parecía cambiar. No hubo saqueo de tiendas por los ocupantes. Se decía, en un primer momento, que los almacenes tenían abastecimiento para medio año; al mes, había para un trimestre, y poco después empezó la escasez. Los alemanes no saquearon las tiendas, pero sí los grandes depósitos.

Una vez, andando por una calle, me encontré un papel tirado en el suelo. Era un pequeño periódico. En el lugar donde solía indicarse el precio, decía: “Le boche payerá” (“el boche pagará”; boche es palabra peyorativa francesa para “alemán”, equivalente a nuestro gringo). Tenía un ingenioso poema que, leído en forma normal, era un elogio de Alemania, pero con una lectura distinta expresaba el apoyo a Inglaterra. Fue mi primera noción de la resistencia antinazi en un país ocupado.

En agosto de 1940 salí de Bélgica, como relataré más adelante.

De mi estancia en Bélgica, debo decir que, en lo general, viví la vida normal de un niño de mi edad. Estaba bien, aunque realmente nunca llegué a sentirme verdaderamente integrado.

La guerra proseguía. Como ya señalé, se rindió el Ejército belga, y el inglés volvió a su país. Cayó Francia, y en la parte “libre”, es decir, no ocupada por los alemanes, se estableció el gobierno del general Pétain, conservador, colaboracionista de los nazis. Los alemanes realizaron una intensa guerra aérea contra Inglaterra; se dijo que habían intentado un desembarco en la isla, que fracasó.

En toda esa etapa, en Alemania y en Bélgica —aunque parezca extraño—, no me sentía especialmente preocupado. Mis papás lograron ocultar la angustia que seguramente sentían; durante mi estancia en Bruselas nos carteamos regularmente, y en alguna forma sentía que no habría problemas muy graves. Ni siquiera me afectó demasiado la ocupación alemana, y estaba convencido de que todo aquello pasaría en un tiempo no demasiado prolongado. Ciertamente, no me tocó el horror que se desató después, pero, de todos modos, veo que yo era excesivamente ingenuo.

EL VIAJE A MÉXICO

Como ya dije, La noche de cristal decidió a mis papás a salir de Alemania. ¡Afortunadamente! Si no, lo más seguro es que hubiéramos desaparecido en alguno de los campos de exterminio que —además de los millones de judíos y de los miles de gitanos, rusos, franceses y polacos, que ya mencioné— acabaron con delincuentes (por lo menos, considerados como tales por los nazis), como ladrones, asesinos, homosexuales, Testigos de Jehová y luchadores contra la ocupación alemana de sus países. Un sector importante era el integrado por antifascistas, de todas las nacionalidades y de distintas tendencias políticas, especialmente comunistas.

La emigración de los judíos estaba sujeta a disposiciones especiales por el gobierno de Alemania. Todo el equipaje se registraba cuidadosamente, y no se podían llevar cosas de valor. Las únicas joyas permitidas eran las argollas matrimoniales. En efectivo, sólo se autorizaban diez marcos por persona (serían unos doscientos o cuatrocientos pesos al valor actual, de 2009). Para salir por un puerto europeo se permitía llevar muebles y enseres usados. Pero como nosotros tuvimos que pasar por la Unión Soviética y Japón, esto tampoco resultó posible. Prácticamente, se salía sin nada. Los pasajes y demás gastos del viaje, en nuestro caso hasta Japón, se podían pagar en marcos alemanes. A nosotros nos autorizaron el retiro de la cuenta congelada que tenía mi mamá, coheredera de la casa que había sido de mis abuelos y que mi tío había tenido que vender. El pasaje de Japón a México fue pagado por mis parientes en México, y así iniciamos nuestra nueva vida con una deuda.

Vuelvo a nuestra salida de Alemania. El problema era a dónde dirigirnos. Creo que nunca hubo una consideración seria de ir a Palestina, aunque todos simpatizábamos con la idea sionista de construir un Estado judío en el país del remoto origen del pueblo hebreo (en otra parte expondré algunas consideraciones mías actuales sobre el carácter de esa comunidad, y mi relación con ella). Solicitamos, como entiendo que lo hizo la mayoría de los judíos alemanes que deseaban emigrar, la visa de ingreso a los Estados Unidos. Era extraordinariamente difícil obtenerla; había cuotas de aceptación para cada país, y la demanda de nuestro grupo rebasaba ampliamente las disponibilidades.

La solución fue México. Yo sabía dónde se encontraba, ya que desde chico me había gustado ver mapas. Tenía alguna vaga idea de un ambiente tropical, exótico, pero ahí terminaba mi conocimiento. Desde luego, la perspectiva de llegar ahí me despertó una gran curiosidad.

Hoy digo que la decisión fue afortunada, pero eso es un sentimiento que no tenía, y no podía tener, en aquel momento. Quien sabe qué habría sido de mí en los Estados Unidos.

El antecedente es el siguiente. Allá a principios del siglo XX (no sé si antes o después de la Primera Guerra Mundial) un joven empleado comercial judío de Francfort (a quien conocí ya en México como “tío Moritz”) fue enviado por su empresa a “hacer las Américas”, como agente comercial en México. Le gustó, y en algún momento volvió a su ciudad natal para buscar mujer. La encontró, se casó y regresó a México. La señora tenía un montón de hermanos y, al empezar la persecución nazi en Alemania, fue trayendo a sus familiares, entre ellos a un cuñado suyo, el hermano mayor de mi papá. Este tío insistió a mi papá que viniera, y cuando aceptó, hizo las gestiones necesarias. Finalmente, obtuvo la visa mexicana y se compraron los boletos para salir de Rotterdam el 15 de mayo de 1940. Allí nos íbamos a reunir para embarcarnos. Mis papás estaban en Fuerth, mi hermano trabajaba en Munich y yo, como ya lo mencioné, estaba en Bruselas.

El 10 de mayo en la mañana, mi mamá acudió a una oficina de la policía en Fuerth para gestionar alguno de los múltiples papeles requeridos para la emigración, y el funcionario que la atendió le dijo con cierta sorna: “Señora Brom, ya no se preocupe por el documento. Nuestras heroicas tropas acaban de invadir Bélgica y Holanda; no podrá viajar para allá”. El 17 de mayo, las tropas alemanas entraron en Bruselas. Pocos días después, capituló el Ejército belga. Mis papás cambiaron los boletos para salir por Italia. Ésta entró a la guerra. Las salidas por el Atlántico estaban cerradas.

Mientras, se venció la visa mexicana. Con muchos problemas, mi tío consiguió una nueva, y hubo que emprender las gestiones para otra ruta: la Unión Soviética, Japón y el Pacífico.

La visa estaba situada en el consulado general de México en Hamburgo. Mis papás y mi hermano fueron allá. No hubo problema, pero resultaba que faltaba “el chico”, yo. El cónsul señaló que, según el reglamento, tenía que presentarme personalmente para recibir la visa. El señor en cuya casa vivía en Bruselas fue a la comandancia alemana para solicitar el permiso que me permitiera entrar a Alemania. Le dijeron que no; querían que los judíos salieran de ahí, no que entraran. Me darían el permiso de ingreso solamente si podía demostrar que iba a emigrar. Era un callejón sin salida: para obtener la visa mexicana, tenía que entrar a Alemania; para entrar a Alemania, debía tener la visa mexicana.

Le mandé por correo mi pasaporte a mi papá, quien fue otra vez a Hamburgo y le expuso la situación al cónsul mexicano, el licenciado Alfonso Guerra. Éste no era un burócrata cerril, sino un ser humano; comprendió y estampó la visa en mi pasaporte; con esto, seguramente, me salvó la vida.

Pasaporte y visa

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En mi pasaporte se distinguen la “J” (judío) y el nombre “Israel”, anotados en los documentos de judíos para facilitar su discriminación (en el caso de las mujeres, se ponía Sarah). La visa mexicana me abrió el camino a mi futura vida. (En Alemania, “Israel” y “Sarah” sólo eran usados como nombres por judíos.)

Viene al caso mencionar aquí el papel que desempeñó el cónsul general de México en Francia, el profesor Gilberto Bosques, quien facilitó la llegada a México de miles de republicanos españoles alojados en campos de concentración en Francia y de muchos antifascistas de otras nacionalidades que se encontraban ahí, algunos perseguidos especialmente por la Gestapo (Geheime Staatspolizei: Policía Secreta del Estado, la brutal policía política del gobierno nazi). Ese diplomático mexicano salvó cientos o miles de vidas. Era la época de gobierno del general Cárdenas.

Ya con la visa mexicana, obtuve el permiso para ingresar en Alemania. Al llegar a la estación de Colonia, donde tenía que cambiar de tren, había alarma porque se acercaban bombarderos ingleses; todo el mundo fue a un pasaje subterráneo, improvisado como refugio antiaéreo. Me dormí y desperté cuando, terminada la alarma, me pisó un soldado al salir. Finalmente, llegué a Fuerth, a reunirme con mi familia. Sabía que la estancia ya no sería larga, y estuve contento de vivir otra vez con mis papás. Esto fue a mediados de agosto.

Con las maletas preparadas, estuvimos esperando el aviso de la asociación judía, con sede en Berlín, que hacía los trámites para la emigración. El problema era otra vez yo: como había llegado tarde, no tenía completas las visas de tránsito necesarias para el viaje. Recuerdo que un día mi mamá dijo: “Si mañana no llega el aviso de partir, desempacamos”. Pero al día siguiente, ya tarde, llegó el telefonema esperado. Salimos en la noche rumbo a Berlín. Ya en el tren, mi mamá gritó: “¡Mi reloj! Lo dejé sobre el buró”. Ahí ha de estar todavía.

Llegamos a Berlín en la madrugada del 15 de septiembre, después de la “visita” de los bombarderos ingleses. Entiendo que fueron los primeros ataques aéreos de los Aliados contra Alemania, los cuales demostraban que en el cielo ésta no tenía el dominio absoluto que pretendía. El día de nuestra estancia estuvo dedicado a conseguir mi visa lituana (Lituania ya era parte de la Unión Soviética, pero todavía tenía un sistema aduanal propio).

El viaje

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Bruselas-Fuerth-Berlín-frontera soviética-Moscú-Ferrocarril Transiberiano (Omsk-Krasnoyarsk-Irkutsk)-Manchukuo (hoy Manchuria)-Dairen-Kobe-Yokohama-Pacífico-Manzanillo-Ciudad de México.

Salimos por tren en la noche y llegamos antes del amanecer a la frontera lituana. Todavía me acuerdo de la impresión que me causó ver del otro lado de la frontera una ciudad normal, iluminada; tanto en Bélgica como en Alemania había apagón nocturno.

Arribamos tarde a Kaunas, donde debíamos transbordar; el tren que teníamos que tomar ya había partido, y los soviéticos tenían la mala costumbre de que, si se perdía un tren, había que tomar el mismo al día siguiente. Igual nos pasó en Minsk, en Bielorrusia (o Belarús). Así, llegamos con retraso a Moscú, donde, ¡cómo no!, ya había partido el Transiberiano, que salía dos veces por semana. Ventaja: varios días para conocer la ciudad; desventaja: no podríamos llegar a tiempo a Japón para tomar el barco a México, para el cual nuestros parientes nos habían reservado boletos.

Una anécdota de Moscú. Estábamos mi hermano y yo en la Plaza Roja. Se nos acercó un joven soldado y nos dijo algo. Mi hermano le contestó, en alemán, que no le entendía. El soldado preguntó: “¿Nazis?” Mi hermano negó con un ademán. El soldado nos dio la mano, como diciendo: “¡Chócala!”

Pasamos tres o cuatro días en Moscú; visitamos el mausoleo de Lenin, el precioso metro, algunas iglesias. Admiramos la hermosa Catedral de San Basilio, en la Plaza Roja, con sus bellas y multicolores cúpulas “de cebolla”. Después, una semana en el ferrocarril Transiberiano. Pasamos por grandes extensiones planas, vistas hermosas pero sin mayor animación. Más adelante nos tocó el bellísimo espectáculo del Lago Baikal, con montañas nevadas al otro lado de éste, de una claridad extraordinaria.

En el tren, largo, además de soviéticos que subían o bajaban en las distintas estaciones, viajábamos posiblemente unas cien familias de emigrantes judíos. Algunos de nuestros colegas iban contentos por haber salido del infierno nazi. Otros se dedicaban a quejarse de cualquier cosa; hubo quien, ante la revisión aduanal al salir de la Unión Soviética, se inconformó y amenazó al guardia con quejarse ante la organización judía en Berlín. Supongo que el guardia, en el caso de que haya entendido las palabras de aquél, debe de haber estado m

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