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Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo I

Carlos Tello Díaz

Fragmento

Porfirio Díaz

Introducción

En el verano de 1914, Porfirio Díaz fue sacudido por un terremoto que cimbró las bases del mundo que conocía, cuyas ondas de expansión llegaron hasta la villa donde residía con su familia, en el balneario de Biarritz. El terremoto demolió lo que restaba de su obra en su país: ese mes de agosto triunfó la Revolución, sus tropas ocuparon la capital de México, y destruyó también el edificio de la civilización en Europa, donde vivía entonces el exilio, pues ese mes de agosto, asimismo, estalló la Gran Guerra: los prusianos avanzaron hacia Francia, detonaron una conflagración nunca antes vista, en la que aparecieron en el cielo, de repente, biplanos de hélice con la capacidad de arrojar más de 100 kilogramos de bombas desde el aire, como el BE-2. Díaz era un hombre ya grande, un anciano: estaba a punto de cumplir ochenta y cuatro años. Con el derrumbe de su obra, con la desaparición de su mundo, llegaba también el fin de su propia vida. Poco después, él mismo entró en un periodo de letargo que lo llevó a la muerte antes de transcurrir un año, sin traumatismos, consolado por los recuerdos de su infancia en la ciudad de Oaxaca.

Eran recuerdos muy remotos. Díaz había nacido en un mundo totalmente distinto al que vio caer en ruinas al ocaso de su vida. Creció en un país que era todavía, en su esencia y su extensión, por sus prácticas y sus costumbres, la Nueva España, aunque desde hacía un puñado de años tenía ya el nombre de México. El país era gigantesco: incluía los territorios de Texas, Nuevo México y la Alta California, y estaba dominado por las instituciones que más peso tuvieron durante la Colonia: la Iglesia y el Ejército. Porfirio pasó su niñez en un mesón arrendado a las monjas del convento de Santa Catarina, en el que a menudo veía él mismo a su padre inclinado sobre una vela de cera, vestido con el hábito de los terciarios de San Francisco. El gobierno del estado —como antes el de la intendencia— estaba encabezado por miembros de las familias más prominentes, las que ostentaban títulos de nobleza desde la Colonia, como los Ortigoza y los Ramírez de Aguilar, sucedidos más tarde por un general formado en el Ejército Realista, don Antonio de León, quien consolidó un cacicazgo largo y estable en Oaxaca, bajo la sombra del régimen del Centro. En ese mundo devoto y rígido, dominado por las oraciones, constreñido por el grito de Religión y Fueros, nació y creció Porfirio Díaz.

Porfirio fue parte de la generación de 1857, la que desafió en su país el legado de la Colonia durante la Reforma, la que derrotó y desmanteló aquel legado para construir en su lugar los cimientos de un México más justo y más libre, a partir de las ideas que defendían los liberales del siglo XIX. Aquella generación estaba dirigida por un grupo de oaxaqueños de talento, liderados por Benito Juárez, que consolidaron su triunfo contra la reacción tras la guerra que los enfrentó con el Imperio de Maximiliano. Al ser restaurada la República, el general Díaz fue uno de los caudillos que disputaron, con las armas en la mano, la herencia de don Benito. Hubo muchos, pero él tenía una ventaja sobre los demás: había aprendido a gobernar —eso todos lo reconocían— en los años de la guerra. Llegó tras un pronunciamiento a la Presidencia de la República, que tuvo que dejar para ser coherente con sus banderas, las cuales postulaban la no reelección, pero a la que volvió después, no obstante esas banderas, para comenzar un gobierno prolongado y firme que contó, por un tiempo muy largo, con el beneplácito de México. Su administración coincidió con una época de orden y progreso que benefició a la mayoría de los países de Occidente. También a México. Pero la estabilidad y el bienestar —que fueron al principio una novedad, una bendición en un país acostumbrado a los horrores de la guerra— tuvieron un precio: la permanencia en el poder de un régimen que no tuvo la capacidad de adaptar sus estructuras a los cambios, que reprimió las libertades de los mexicanos, algo que padecieron todos de formas muy distintas, en particular aquellos, muchos, que no sentían sus intereses representados en el gobierno. Las tensiones estallaron con una insurrección. Don Porfirio, derrocado, partió de su país hacia el exilio, donde fue cimbrado por el terremoto de 1914, que precedió por unos meses su propia muerte. Fue así, en toda su extensión, un hombre del siglo XIX. Vivió con intensidad aquel siglo, el cual transcurrió en parte bajo su sombra, un siglo que comenzó con la Independencia y terminó con la Revolución —más o menos el periodo que abarcó su vida, una de las más longevas en la historia de México.

Esta biografía cuenta la vida de Porfirio Díaz, describe la transformación del tiempo en la que transcurrió, desde 1830 hasta 1915. Su vida y su tiempo. La historia es larga, por lo que está dividida en tres partes, la primera de las cuales es La guerra (1830-1867), seguida por La ambición (1867-1884) y El poder (1884-1915). La guerra narra la vida del general desde que nace en Oaxaca hasta que ocupa con su ejército la ciudad de México, con lo que pone fin a las hostilidades contra el Imperio de Maximiliano.

Existen más de cien biografías de Díaz. Unas son apologías, otras son diatribas; algunas son ensayos, otras más son narraciones de periodos concretos de su vida. A lo largo del Porfiriato fueron publicadas un sinnúmero de semblanzas del general Díaz, casi todas laudatorias (treinta según Daniel Cosío Villegas, cincuenta y seis según Luis González). A partir de la Revolución, hasta mediados del siglo XX, fueron dadas a conocer varias semblanzas más, casi todas adversas (catorce según Cosío Villegas, veintiocho según González). Cerca de veinte biografías más aparecieron desde entonces hasta el inicio de la década de los ochenta, cuando dio comienzo la revisión del régimen encabezado por don Porfirio. En las últimas dos décadas del siglo fueron publicados más de ciento cincuenta libros que llevan en el título la palabra Porfiriato, de acuerdo con Mauricio Tenorio Trillo y Aurora Gómez Galvarriato. Desde esa fecha han aparecido varios libros más sobre su vida, algunos de ellos muy notables.

¿Por qué tiene sentido entonces dar a conocer una biografía más? Porque a pesar de ser más de cien las biografías, ninguna de ellas, ni una sola, registra en detalle la vida de Porfirio Díaz desde su nacimiento hasta su muerte —su vida en todos sus aspectos: el militar, el político y el personal— a partir de fuentes primarias: cartas, diarios, memorias, periódicos, actas, decretos, fotografías, testimonios, manuscritos… Es lo que he querido hacer en esta biografía: contar la historia del general Díaz sobre la base de documentos conservados en archivos o divulgados en libros como los que fueron editados por Alberto María Carreño y Jorge L. Tamayo, donde está documentada una parte de la historia de México en el siglo XIX. Sus fuentes son hechas explícitas a lo largo del texto por medio de las citas, en las que hablan los personajes que fueron testigos o protagonistas de los hechos. Todas ellas remiten a las notas localizadas al final de la obra, que son importantes porque revelan el origen de la información dada a conocer en el libro, así como su credibilidad.

Este libro tiene una deuda enorme con los oaxaqueños. En el curso de la investigación, que duró años, recibí el apoyo del gobierno de Oaxaca, a través de la Secretaría de las Culturas y Artes. En esos años tuve la suerte de visitar el estado todos los meses, como coordinador del ciclo de conferencias Oaxaca en el debate nacional. El proyecto fue visto con entusiasmo por mis amigos, entre los que quiero destacar a Diódoro Carrasco. También por los historiadores del estado, que me dieron las claves para poder entender la historia de Oaxaca en el siglo XIX. Quiero dar aquí las gracias en forma muy especial a dos: a Francie Chassen-López, profesora de la Universidad de Kentucky, oaxaqueña por adopción, experta en el Istmo de Tehuantepec, y sobre todo, por supuesto, a Francisco José Ruiz Cervantes, Paco Pepe, investigador de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, conocedor a fondo de la historia de su ciudad, una de las más bellas de México. Consulté la mayoría de los archivos de Oaxaca gracias a Penélope Orozco del Fondo Manuel Brioso y Candiani, a Socorro Rodríguez del Archivo Histórico de Notarías, a Consuelo Bustamante de la Fundación Cultural Bustamante Vasconcelos, a Claudia Ballesteros del Fondo Luis Castañeda Guzmán, a Antolín López Ayala del Archivo Histórico del Estado, a Miguel Angel Vázquez Gutiérrez del Archivo Histórico del Registro Civil y a Selene del Carmen García Jiménez, quien me ayudó a conseguir información de difícil acceso en el Archivo de la Mitra de Oaxaca. En la ciudad de México, en fin, donde trabajo en la Universidad Nacional Autónoma de México, quiero agradecer el apoyo que recibí de la doctora María Eugenia Ponce, en mis visitas a la Colección Porfirio Díaz de la Universidad Iberoamericana, y del teniente coronel Miguel Angel Ibarra Bucio, quien me orientó por el Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional.

CARLOS TELLO DIAZ,

México, 2015

Porfirio Díaz

El origen

Porfirio Díaz

1

MESON DE LA SOLEDAD

“En la capital de Oaxaca, a 15 de septiembre de 1830, yo, el teniente, bauticé solemnemente a José de la Cruz Porfirio, hijo legítimo de José de la Cruz Díaz y Petrona Mori”.1 Así quedó asentado en el libro 77, folio 164, partida 847 de los archivos de la parroquia del Sagrario de Oaxaca, con la firma de Luis Castellanos, quien años después habría de aspirar al obispado de Antequera, luego de ser vicario del Sagrario y tesorero de la Catedral, así como diputado en el Congreso General de México. El niño que acababa de bautizar en la pila de mármol de la Catedral —la única que había en toda la ciudad, enorme, instalada adentro de la sacristía— llevaba el nombre de su padre, José de la Cruz, aunque también otro más, poco común en México: el del santo del día de su bautizo, San Porfirio. Y la historia lo habría de conocer con ese nombre, el de Porfirio de Tesalónica, el anacoreta del río Jordán, el obispo de Gaza que a fines del siglo IV, con una falange de soldados, destruyó los templos y los ídolos para imponer el orden entre los paganos del Sinaí. Era miércoles, pero el niño, según parece, había nacido la víspera, el martes por la noche (“el nacimiento fue en la noche”, asegura una persona que conocería de cerca al niño que acababa de nacer, “el 14 de septiembre”).2 Y había nacido, según parece, no en Oaxaca sino al noroeste de la ciudad, en La Borcelana (“un rancho en el camino de Etla a Oaxaca”, afirma el testimonio de un grupo de oaxaqueños que lo supo de palabra del propio don Porfirio).3 Lo normal en esos tiempos —así sucedió también, de hecho, en el caso de sus hermanos— era que el sacramento del bautismo tuviera lugar al día siguiente del nacimiento. Y La Borcelana era propiedad de la familia de Petrona Mori, quien vivió ella misma hasta su matrimonio en la villa de Etla, donde radicaba todavía su hermana Florentina.

“Fue padrino el señor cura de Nochixtlán”, añade la fe de bautismo, “licenciado don José Agustín Domínguez”.4 Domínguez estaba obligado a vivir en su parroquia, a varias jornadas a pie de Oaxaca, en Nochixtlán, donde oficiaba las misas en la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción. Tenía su domicilio ahí, en el corazón de las Mixtecas, pero residía en ese momento en la capital del estado ya que, desde hacía un año, formaba parte del congreso de Oaxaca, que comenzaba su periodo de sesiones en septiembre, con la comparecencia del gobernador José López de Ortigoza. Los sacerdotes eran a menudo miembros de los órganos de gobierno del país, incluso de los más altos: la Iglesia y el Estado no estaban separados en México. El licenciado José Agustín Domínguez, cura de Nochixtlán y diputado de Oaxaca, habría de desempeñar un papel fundamental en la vida de José de la Cruz Porfirio. Sería su guía y su protector en los años por venir, hasta el día del rompimiento, cuando le fue revelado a su ahijado, adulto ya, que su destino iba a ser otro.

La familia que formaban José de la Cruz Díaz y Petrona Mori estaba integrada por tres niñas: Desideria, Manuela y Nicolasa, ellas tres nada más, pues tiempos atrás habían muerto en la infancia dos hijos, Cayetano y Pablo, nacidos ambos después de Desideria. Por esa razón, los padres recibieron con gusto el nacimiento del niño que no tenían, el cual sería su orgullo: José Porfirio. La familia vivía al poniente de la ciudad de Oaxaca, en un parador de arrierías llamado el mesón de la Soledad, el único que había en toda la ciudad, por la razón que habría de sugerir más tarde (“la poca entrada y salida de gente en la capital”) el historiador don Juan Bautista Carriedo.5 El edificio del mesón pertenecía al convento de Santa Catarina. Había tenido varios usos a lo largo de los años: cuartel de dragones del Ejército Realista, caballeriza de los insurgentes del Sur, parador una vez consumada la independencia de México. José de la Cruz lo arrendaba, por medio de un intermediario, a las monjas de Santa Catarina. Era lo normal. Por esos años, la ciudad tenía alrededor de mil quinientas viviendas, la mayoría de las cuales, al menos 70 por ciento, era propiedad de la Iglesia —“el relicario de la fe”, según un clérigo de Oaxaca.6 Entre sus propiedades, además de casas, había templos, conventos, hospitales, cofradías, seminarios, capellanías, mesones y congregaciones. Santa Catarina era en este sentido el convento de religiosas más rico de la ciudad, apenas atrás de la Concepción: tenía setenta y cinco propiedades en la capital de Oaxaca.

El mesón de la Soledad estaba localizado en el extremo más oeste de Oaxaca, por la salida del camino real a la ciudad de México. Era una casa de una sola planta, maciza, con muros de adobe revestidos de cantera, el portón flanqueado por pilastras pintadas de cal, la fachada coronada en el techo por una especie de barandilla. Tenía dos patios: el primero con una fuente al centro, al que daban los corredores donde estaban las mesas y las sillas que ocupaban los pasajeros, y el segundo, más al fondo, con un estanque de agua, al que daban los corrales y los cobertizos que guardaban el forraje de los animales. José de la Cruz Díaz tenía en ese patio un banco de herrador, con un horno, un martinete, un yunque y un ventilador que funcionaba con ayuda de agua. Tenía también un hospital de veterinaria para atender a las bestias de carga que llevaban los arrieros. Era herrador y veterinario de profesión, y fue también arriero por un tiempo. Vivía con su familia en una de las habitaciones que daban al patio de la fuente. Ahí mismo, al lado, alquilaba cuartos a los pasajeros más ricos y rentaba catres y petates a los arrieros más pobres, para dormir en comunidad. Todo el comercio que había entre México y Guatemala, entre Veracruz y Chiapas, pasaba por Oaxaca, y todo, casi todo aquel comercio desfilaba por el mesón de arrierías que estaba frente al templo de la Soledad.

El oficio de transportar mercancías a lomo de mula, por un tiempo reservado a los criollos, era por aquel entonces un oficio de mestizos, indios y mulatos. Algunos de los protagonistas de las guerras de Independencia, como Morelos y Guerrero, un mestizo y un mulato, habían sido arrieros en su juventud, experiencia que aprovecharían más tarde para combatir en las montañas del Sur. Eran hombres educados en las lecciones que dan los caminos: debían tener fuerza para resistir la marcha, habilidad para negociar, sentido común para resolver los imprevistos, responsabilidad para concluir el camino con toda la carga. Había por esos años muy pocos caminos de rueda en México. Las mercancías, así, tenían que ser transportadas a lomo de mula por los caminos de herradura. “Millares de mulos y caballos, en largas recuas, cubren hoy los caminos de México”, escribió el sabio Alexander von Humboldt.7 Oaxaca no era la excepción: todos sus caminos estaban llenos de recuas cargadas de mercancías. “Sólo dentro de los límites del gran valle de Oaxaca hay caminos más o menos transitables”, observó un discípulo de Humboldt, el ingeniero Eduard Mühlenpfordt. “Aparte de éstos, un carruaje no puede circular hacia ningún lado, pues encuentra solamente angostos senderos para mulas, en su mayoría extremadamente peligrosos”.8 El ingeniero Mühlenpfordt, oriundo de Clausthal, en el reino de Hannover, con estudios en la universidad de Göttingen, vivía por esas fechas en Oaxaca, donde en 1830 realizó dibujos muy notables de las ruinas de Mitla. Trabajaba como técnico en la construcción de caminos para el gobernador López de Ortigoza, con cuyo apoyo habría de realizar un proyecto de carretera —el primero de una lista que sería muy larga— a través del Istmo de Tehuantepec. Es posible que conociera a José de la Cruz Díaz, pues ambos estaban interesados en el progreso de los caminos en Oaxaca, uno como mesonero, otro como ingeniero, y ambos conocían, asimismo, un negocio en el que habían trabajado los dos por varios años: el de las minas de Ixtlán. Tiempo después, Mühlenpfordt habría de planear un camino para carretas de Oaxaca a Tehuacán, que sería cancelado y olvidado por un pronunciamiento que trastornó la vida de México. El pronunciamiento, lamentó, “impidió la continuación de las obras y posteriormente la realización de todo este plan, grandioso y prometedor”.9

La precariedad de la comunicación en el país hacía que las ciudades, aun las que eran centros de comercio, como Oaxaca, vivieran hacia adentro, aisladas más o menos del resto de México. En ese aislamiento, la presencia más importante era la Iglesia. El mesón que regentaba José de la Cruz Díaz estaba a un costado del templo de la Soledad. Su vida transcurría bajo su sombra. Antes de reanudar la marcha, por la madrugada, los arrieros encomendaban sus almas a la Virgen de la Soledad, patrona de los viajeros en Oaxaca. Le rezaban sus oraciones hincados sobre la calle del mesón, frente a su estatua de piedra. Por eso estaba ahí la estatua, sobre la calle, para que los arrieros no tuvieran que subir con sus bestias hasta el atrio de la iglesia, donde podían ser confundidas con los animales de las otras arrierías. El templo había sido levantado a finales del siglo XVII, en el lugar donde estaban las ruinas de la ermita de San Sebastián. Su portada estaba dividida en cuerpos de columnas dóricas, jónicas y salomónicas, y tenía algunas de las esculturas más hermosas de Oaxaca. Era amarilla, a diferencia del resto del templo, que estaba construido, como el convento, con la piedra verde de las canteras de Santa Lucía del Camino. Había por aquel entonces ocho monasterios para frailes y trece conventos para monjas en Oaxaca. “Entre los conventos de monjas, el más rico es el de Nuestra Señora de la Soledad”, escribió Mühlenpfordt. “La santa venerada y milagrosa es la patrona de la ciudad”.10 Los oaxaqueños celebraban su día el 18 de diciembre, para después festejar, con una comida de vigilia, la Natividad del Señor. No había la costumbre de cenar el 24 de diciembre. La gente acudía a la calenda del Niño Dios y, más tarde, luego de comer en la calle turrones y vendimias, a la misa de gallo en la Soledad. Así también debió hacer José de la Cruz Díaz con su esposa y sus hijos, que eran todos muy pequeños, con excepción de Desideria. El más chiquito acababa de cumplir tres meses.

En la ciudad, por esos tiempos, la vida era monótona y silenciosa, centrada sobre todo en la familia más íntima, sin visitas de ningún género. El ambiente de un mesón era distinto: los arrieros iban y venían, entraban, salían, estaban siempre en movimiento con sus animales, noche y día, entre gritos y lamentaciones. En ese ambiente de hostería, tan singular, empezó a crecer José de la Cruz Porfirio —o como lo comenzaron a llamar sus padres con el tiempo, por comodidad: Porfirio.

CALVARIO DEL GENERAL VICENTE GUERRERO

Porfirio había sido concebido a mediados de diciembre de 1829, en el momento en que el general Vicente Guerrero fue depuesto de la Presidencia de la República. Su madre pasó todo su embarazo con el país en guerra. México, de hecho, no conocería desde entonces otra cosa que la guerra: guerra entre centralistas y federalistas, guerra entre mexicanos y norteamericanos, guerra entre liberales y conservadores, guerra entre republicanos y monarquistas, guerra entre porfiristas y juaristas y guerra, más tarde, entre porfiristas y lerdistas. La guerra habría de durar una mitad de siglo, hasta el triunfo de la rebelión de Tuxtepec, cuando dio comienzo el régimen que sería encabezado por el niño —entonces ya general y presidente, y luego dictador— que acababa de nacer en el mesón contiguo al templo de la Soledad.

Vicente Guerrero estaba levantado en armas desde hacía un año en las montañas del Sur cuando fue capturado a traición en Acapulco, donde permanecía refugiado luego de la derrota de Chilpancingo. En enero de 1831 fue llevado por mar hacia Huatulco; después por tierra, vía Ejutla, hasta la ciudad de Oaxaca. El rumor de su aprehensión, que comenzó a correr la víspera del día de la Candelaria, fue más tarde confirmado por El Oajaqueño Constitucional en una nota que decía así: “Por extraordinario recibido hoy comunica el comandante del puerto de Huatulco haberse aprehendido en aquel punto al general don Vicente Guerrero”.1 La ciudad estaba impactada. “Como a las cuatro de la mañana del 1 de febrero fuimos entrando a Oaxaca con el mayor silencio, sin ser sentidos de la población, dirigiéndonos al convento de Santo Domingo, donde estaban preparadas las celdas necesarias para recibirnos, quedando separado el general en una con la guardia de oficio”, habría de recordar uno de los seguidores de Guerrero, don Manuel Zavala.2 Al día siguiente, sus compañeros de prisión fueron dejados libres en el claustro del convento, pero el general, en cambio, permaneció incomunicado. Comenzó entonces un juicio que concluyó el 10 de febrero, cuando Guerrero fue condenado a muerte por un consejo de guerra que presidió el coronel Valentín Canalizo. Un día después fue puesto en capilla. “¿Y con el fin trágico de este mexicano que tanto nombre ha obtenido desde la guerra de la Independencia cesará la guerra civil, se consolidará la paz?”, se preguntó El Oajaqueño Constitucional. “Pluguiese al cielo que sí”.3

¿Cuál era el crimen del que acusaban sus jueces a Guerrero? ¿Qué había hecho? Algo que habría de marcar aquel siglo: encabezar un pronunciamiento contra el gobierno establecido de la República.

Desde el triunfo de la Independencia había en México dos formas de concebir la relación con las instituciones heredadas de la Colonia. Cada una era defendida por uno de los dos ritos en que estaban divididos los masones. Los escoceses deseaban una transición que fuera pausada; los yorkinos, a su vez, querían una ruptura que fuera radical. Ambas posturas llegaron enfrentadas a la elección en que los escoceses lanzaron la candidatura del ministro de Guerra, el general Manuel Gómez Pedraza, y los yorkinos apoyaron las aspiraciones del héroe del Sur, el general Vicente Guerrero. Los sufragios, entonces, no eran emitidos por los ciudadanos del país, sino por las legislaturas de los estados: cada legislatura tenía derecho a un voto, de acuerdo con la Constitución de la República. Así, en esa elección, 9 legislaturas votaron por Guerrero y 11 legislaturas sufragaron por Gómez Pedraza, entre ellas la de Oaxaca. El general Guerrero desconoció el mandato de las legislaturas. Sus partidarios, encabezados por un militar que habría de figurar más adelante, Antonio López de Santa Anna, declararon que una conspiración pro-española, aristócrata, había corrompido la elección en México. Guerrero dio su aval al movimiento. “Echó mano de las vías de hecho, atropellando las de derecho”, observaría el Calendario de Galván.4 Desconoció el voto, para confiar a las armas la rectificación de la voluntad de la nación, expresada por los órganos que eran entonces legítimos: las legislaturas de los estados. Asumió la Presidencia de México, aunque sólo por algunos meses, pues fue depuesto por su vicepresidente, el general Anastasio Bustamante, quien poco más tarde tramó su captura con un genovés sin honor, el capitán de marina Francesco Picaluga. Fue Picaluga quien con engaños puso a Guerrero en manos de las autoridades de Oaxaca.

La noche del 13 de febrero de 1831, Vicente Guerrero fue trasladado a una celda en el claustro del convento de Santiago Cuilapan, al sur de Oaxaca. Y esa madrugada, un lunes de San Valentín, escuchó la sentencia que lo condenaba a ser pasado por las armas en el atrio del convento, ante las tropas ya formadas —“puesto de rodillas”, según el acta de la ejecución levantada en Cuilapan.5 Hubo una descarga. Su cadáver recibió después un funeral con misa de cuerpo presente, antes de ser enterrado en el convento.

Guerrero fue sepultado como había muerto, con las ropas que serían descubiertas en su cadáver al ser exhumado años después para ser trasladado a la capilla del Rosario en Oaxaca, donde fue inhumado a la izquierda del altar por el prior del convento de Santo Domingo. Tenía un pañuelo de seda negra amarrado a la cabeza y una banda de burato azul alrededor de la cintura, y estaba vestido con el hábito de la orden de Predicadores. Llevaba también otras prendas: “un cinto de cuero ceñido sobre el hábito y botas de cuero casi deshechas”, de acuerdo con un historiador, que agrega este dato: “al exhumar el cadáver, el esqueleto se desarticuló”.6 Las botas casi deshechas sugieren el calvario de Guerrero durante las jornadas a pie que tuvo que hacer desde Huatulco hasta Oaxaca. Algunas personas que lo conocieron en la costa llegaron a visitarlo en su celda, antes del proceso. “Vagaba una sonrisa por sus labios”, dice Ignacio Candiani, quien lo vio con su padre en Santo Domingo.7 Es posible que entre esas personas que lo visitaron —posible nada más— estuviera también José de la Cruz Díaz. Es posible porque, entre las tareas de la tercera orden de los franciscanos, a la que pertenecía, estaba la de socorrer a los presos de la cárcel. Y es posible por una razón de más peso: porque lo había tratado él mismo en las montañas del Sur durante las guerras de Independencia. Había sido su capitán.

EL PADRE

José de la Cruz Díaz Orozco era hijo de Manuel Díaz Olivera, hijo a su vez de Alberto Díaz Arjona, hijo por último de Diego Díaz Ordaz, todos ellos originarios de Oaxaca. Los Díaz eran una familia conocida en el estado. El propio José de la Cruz estaba relacionado con un hombre que sería obispo de Antequera: José Agustín Domínguez y Díaz, y con un personaje que sería gobernador de Oaxaca: José María Díaz Ordaz. Nada es conocido de su vida hasta el momento de sus nupcias con Petrona Mori. Contrajo matrimonio con ella el 4 de mayo de 1809, en la villa de Etla, al noroeste de Oaxaca, “habiéndose proclamado en tres días festivos inter misarum solemnia, según lo dispuesto por el Santo Concilio de Trento”.1 José de la Cruz era “español, soltero, de veintinueve años, hijo legítimo de don Manuel Díaz y María Catarina Orozco”, y Petrona, a su vez, era “doncella española, de quince años de edad, hija legítima de don Mariano Mori y Tecla Cortés”.2 Así decía el acta de matrimonio: él español, ella española, pero era falso, pues ambos eran mestizos con rasgos más o menos indios. Es lo que sugieren los retratos de sus hijos, quienes eran todos, además, sanos y fuertes, y sumamente reservados, cualidades que heredaron de su padre. No hay imágenes de él, pero existe una descripción hecha por un historiador de la época, basada en las entrevistas que sostuvo con su hijo. José de la Cruz era, dice, “alto, simétrico, muscular y activo”, y también esto: “de mirada autoritativa y seria, ligeramente inclinada a la melancolía”.3

En el momento de su matrimonio, José de la Cruz trabajaba para una empresa que arrendaba las haciendas de beneficio de metales de Cinco Señores, San José y El Socorro, todas ubicadas en el distrito de Ixtlán, las cuales pertenecían en esos tiempos al hospicio de Oaxaca. “Mi padre era dependiente de confianza de la compañía minera, y con una pequeña escolta que él mismo había armado, conducía plata de las haciendas a Oaxaca, y de retorno, dinero para las rayas”, habría de escribir Porfirio Díaz.4 La base de la riqueza del estado era sobre todo la grana, no la minería. Las minas nunca fueron significativas debido a la inexistencia de yacimientos de importancia y a la dificultad de explotar, por la topografía del terreno, las vetas más pequeñas. Pero aun así había varias explotaciones de minas, sobre todo en la Sierra de Ixtlán. La hacienda de Cinco Señores, una de las que recorría José de la Cruz, destinada al beneficio del oro, la plata y el plomo, estaba situada en una cañada al margen del río Yavesía, a unos 54 kilómetros de Oaxaca. Había sido fundada por un español que descubrió ahí la veta de Santo Tomás. Tenía un acueducto de 3 kilómetros que llevaba por las montañas el agua que movía la maquinaria destinada al beneficio de los metales.

José y Petrona vivían en el pueblo de Santo Tomás Ixtlán, un lugar frío y seco que no congeniaba con ella, acostumbrada al clima más dulce de Yanhuitlán. En parte por esa razón, pero sobre todo porque tenían los dos la ambición de prosperar, abandonaron todo para salir a buscar fortuna en el distrito de Ometepec, hacia la costa, sin más fondos que las mulas con las que salieron de Oaxaca. El viaje debió ser largo y difícil, un viaje de varias jornadas a través de las Mixtecas, primero hacia Etla, Nochixtlán y Yanhuitlán por caminos de herradura, después hacia Mixtepec y Juxtlahuaca, la parte más laboriosa, por senderos trazados por el paso de los indios, en dirección a Tlaxiaco, Putla y San Pedro Amusgos, hasta llegar a Xochistlahuaca, ya cerca de la costa, junto al río del Puente, un afluente del Ometepec. Era un pueblo de un puñado de familias, apenas comunicado por brechas con otros pueblos de la región, como Zacoalpan y Tlacoachistlahuaca. José de la Cruz rentó a la comunidad unos terrenos propicios para sembrar caña de azúcar, a cambio de una libras de cera que pagaba, año con año, para la fiesta del santo del pueblo. “Hizo desmontes y sembró caña”, escribió su hijo Porfirio. “Tenía dificultad para pagar mozos porque contaba con poco dinero, y él mismo construyó su trapiche. Era hombre atrevido y emprendedor, y le gustaba afrontar y vencer dificultades”.5

José de la Cruz vivió ahí, con Petrona, los años de la guerra de Independencia. Era parte de la zona de operaciones de los insurgentes que comandaba el general José María Morelos, quien en la primavera de 1813, en su marcha hacia Acapulco, nombró a Vicente Guerrero comandante del distrito de Ometepec. Guerrero estaba unido a Morelos desde hacía un par de años: con él combatió en la campaña de Puebla y con él participó en la toma de Oaxaca. Entre 1813 y 1815 estuvo activo en Ometepec, donde conoció a José de la Cruz. Le dio ahí el nombramiento de capitán de los insurgentes, aunque los testimonios divergen respecto de los motivos. Por haberle servido, según dice su hijo, “como mariscal o veterinario”.6 O por haberle dado refugio en su finca de Xochistlahuaca, según afirma un historiador del siglo XIX, “una finca rústica azucarera, Cerro Verde”.7

La lucha fue sangrienta en toda esa región. “Durante el periodo de la guerra, los habitantes de la Costa Chica de Oaxaca tuvieron que sufrir no sólo el espectáculo de las batallas y el azar de las derrotas, sino las venganzas de los vencedores y la feroz crueldad de algunos bárbaros soldados”, habría de escribir el historiador José Antonio Gay, quien sería compañero de estudios de Porfirio en el Seminario de Oaxaca. “Frente al templo de Ometepec había un árbol que sirvió a innumerables víctimas de patíbulo: atados a él mandó fusilar Reguera a cuantos insurgentes caían en sus manos”.8 Antonio Reguera, comandante de los realistas en aquella zona de Oaxaca, la Costa Chica, quien hacia el final de las hostilidades abrazó la causa de las Tres Garantías. “Tales actos de barbarie se permitían indistintamente unos y otros, sin que tan indescriptibles escenas de horror, repetidas muchas veces entre aquellos desgraciados habitantes, contribuyesen en lo más pequeño a mejorar la causa que cada partida defendía”.9

José y Petrona tardaron años en tener hijos: más de diez, hasta fines de la guerra con España, cuando tuvieron a Desideria, Cayetano y Pablo. Entonces emprendieron el camino de regreso. Manuela, Nicolasa y Porfirio nacieron en los Valles. Petrona volvió a concebir a principios de agosto de 1832, así que en septiembre, cuando su hijo cumplió dos años, ella sabía que estaba de nuevo embarazada. Toda la familia vivía en el mesón de la Soledad, que José de la Cruz había tomado en arrendamiento al regresar a Oaxaca. Con los ahorros hechos en Xochistlahuaca, además, había adquirido dos casas: una cerca de la iglesia de Guadalupe, atrás del templo del Patrocinio de María, entonces en litigio, y otra junto al convento de la Merced, a una cuadra del Matadero, que empleaba para curtir las pieles de los animales que eran sacrificados ahí al lado, en el rastro de Oaxaca. Había comprado también un terreno en la hacienda de San Miguel Tlanichico, una de las más prósperas del distrito de Zimatlán, al sur de la ciudad, que pertenecía al propietario José Joaquín Guergué. El terreno estaba sembrado con magueyes de pulque.

La mayoría de las memorias que tuvo Porfirio de José de la Cruz fueron sin duda transmitidas por su madre, Petrona. Era muy pequeño cuando murió su progenitor. Pero hubo quizás un recuerdo no heredado de su madre, sino suyo, fundado en su experiencia de niño: el recuerdo de su padre de rodillas, inclinado, en posición de oración. José de la Cruz rezaba al despertar, al comenzar a trabajar, al comer, al preparar la hora de dormir. “Era un católico muy ferviente”, rememoraría su hijo. “Rezaba mucho y aun llegó a usar un traje monacal de los terceros de San Francisco”.10 Así tal vez lo recordaba en el mesón de la Soledad: vestido con el hábito de los terciarios, el sombrero con toquilla de mecate arrollada en la copa, el escapulario colgado hasta la cintura, el capuchón de lana caído en pliegues, también café, similar al que usaban los frailes de San Francisco. José de la Cruz era parte de la comunidad que formaban los franciscanos, como lo había sido el protector de los arrieros, beatificado a fines del siglo XVIII: fray Sebastián de Aparicio.

San Francisco era el convento más vital de la ciudad, después de Santo Domingo. Estaba situado hacia el sur, en la zona más popular, la de los mercados. Tenía por esos años más o menos veinticinco frailes, que vivían de la caridad. El grupo fundador de los franciscanos pertenecía a la Custodia de San Diego, destinada a la evangelización de las Islas Filipinas. “La comunidad se presentaba pobre”, habría de recordar un conocido de Porfirio, “aunque poseían regulares recursos, porque la caridad que recibían y la que colectaban en los pueblos, ya solicitándola u organizando misiones, sobrepasaba lo que el convento necesitaba. Lo sobrante lo administraban los miembros de la tercera orden, que eran seglares, hermanos de esta cofradía, y que distribuían los fondos entre los pobres y los presos de la cárcel”.11 Varios personajes en la ciudad formaban parte de la tercera orden de San Francisco, además de José de la Cruz Díaz, herrero, curtidor y veterinario, y responsable del mesón de la Soledad. Entre ellos estaba por ejemplo Antonio Salanueva, conocido suyo, dedicado a la encuadernación de libros, quien habitaba una casa frente al templo del Carmen donde por años había dado alojamiento a un niño de la sierra llamado Benito Juárez.

Los terciarios participaban en todas las actividades de su comunidad. Los viernes de Semana Santa salían de San Francisco, por la mañana, en una procesión con imágenes de Jesús, acompañados de faroles y cuadros de la Pasión: la procesión llegaba a la iglesia de la Sangre de Cristo, al lado de Santo Domingo, para luego volver a San Francisco, al tiempo que los frailes y los terciarios rezaban el Vía Crucis. Los jueves de Corpus, más tarde, salían de San Francisco con las estatuas de los santos de la orden, la custodia bajo palio: participaba toda la comunidad del monasterio, acompañada por una escolta de la guarnición de la ciudad, que hacía con ella el recorrido hasta la iglesia de San Agustín, al oriente de la Plaza de Armas, para volver después a San Francisco. Era una de las formas en que la ciudad celebraba la institución de la Eucaristía. Había otras. La más importante era la procesión que salía desde la Catedral hasta el Palacio de Gobierno, presidida por el obispo, el gobernador, el ayuntamiento bajo sus mazas y los cuerpos de la guarnición con sus bandas de músicos, entre salvas de cañones. “En este día”, recordaba un testigo de la procesión, “el alboroto general era inusitado para estrenar vestidos o cuando menos vestir ropa limpia, pasear y comprar golosinas, ya de empanadas, frutas, helados y dulces que llenaban la Plaza de Armas”.12 La religión estructuraba la vida de los oaxaqueños.

ACEITES Y VINAGRES

En enero de 1833, Ramón Ramírez de Aguilar fue elegido gobernador por la legislatura de Oaxaca, en sustitución de José López de Ortigoza. Uno era vinagre, el otro era aceite. Ambos eran parte de la aristocracia del estado.

La distinción databa de principios de los veinte, cuando los oaxaqueños más ricos, al adoptar el nombre de aceites para contender en una elección, dieron a sus adversarios el mote de vinagres, con la idea de que permanecerían ellos arriba, como el aceite sobre el vinagre. Los propios vinagres asumieron el apodo, a pesar de ser peyorativo. ¿Qué los distinguía? Los aceites privilegiaban el color de la piel, estaban a favor de la autoridad del Centro; los vinagres, en cambio, trabajaban por la igualdad entre las razas, defendían la autonomía de Oaxaca frente a la capital de México. Con respecto de la religión, sus diferencias eran más equívocas: los aceites acusaban a los vinagres de tener lazos con la masonería, pero ninguno de los dos buscaba limitar la influencia de la Iglesia. En ambos grupos había de todo: sacerdotes, militares, funcionarios, abogados, vendedores. Ramón Ramírez de Aguilar, gobernador, miembro de una familia de propietarios, era vinagre. José López de Ortigoza, también gobernador, descendiente de una estirpe de abolengo, era aceite. Angel Alvarez, elector, regidor y congresista, ciego desde joven, era vinagre. Manuel María Fagoaga, hacendado de renombre, con un apellido que brillaba, era aceite (aunque su hermano, el cura Ignacio Fagoaga, era uno de los vinagres más conocidos en el distrito del Centro). Las diferencias entre aceites y vinagres eran agudas por esos días, con motivo de la ley de expulsión de los españoles, acordada por el Congreso General en 1833.

El partido de los vinagres dominaba la política de Oaxaca cuando, en la primavera de 1833, la legislatura del estado pidió al gobernador que los restos de Vicente Guerrero fueran exhumados de Cuilapan. Los vinagres no habían osado apoyar su guerra contra el Supremo Gobierno, pero lo querían reivindicar en Oaxaca. “Las respetables cenizas del benemérito general ciudadano Vicente Guerrero”, dijeron en su periódico, El Zapoteco, “van a ser depositadas en la iglesia de Santo Domingo”.1 Todos los días aparecían loas y poemas a Guerrero. Los aceites estaban en retirada. Por esas fechas, incluso, el diputado Benito Juárez, identificado con los vinagres, propuso en el congreso del estado que la villa de Cuilapan fuera bautizada Guerrerotitlán, algo quizá no tan extraño en una región del país donde había pueblos llamados así: Minatitlán, Abasolotitlán, Hidalgotitlán. Pero la iniciativa fue descartada.

La agitación en Oaxaca sucedía en medio de la tempestad desatada en México por las reformas de don Valentín Gómez Farías. En marzo de 1833, el general Antonio López de Santa Anna fue electo presidente por las legislaturas de los estados, pero quien habría de gobernar en los meses por venir sería su vicepresidente, don Valentín. El general Santa Anna no quería ejercer el poder, como lo admitió él mismo en su respuesta a la carta de felicitación que le mandó uno de sus amigos de México. “Efectivamente que la elección de presidente”, le confesó desde su hacienda de Manga de Clavo, donde descansaba, “si bien es muy satisfactoria porque supone en el elegido la confianza de sus conciudadanos, es muy difícil desempeñar y siempre acarrea disgustos al que la desempeña, por cuya razón los amigos no deben felicitarme”.2 Escribía la verdad, aunque le faltó añadir que, por esa razón, no tenía la intención de gobernar. Valentín Gómez Farías habría de ser el presidente en funciones a partir del 1 abril de 1833.

El 6 de abril, Gómez Farías presentó en el Congreso General un proyecto para la creación de las milicias, concebido contra el Ejército, el responsable de las asonadas en México. Luego promovió una serie de reformas que afectaron la influencia de la Iglesia. El Ejército y la Iglesia, los pilares de la Colonia. Valentín Gómez Farías era un médico de provincia que había abrazado la política durante las guerras de la Independencia. A partir de 1833 impulsó una serie de reformas que habría de cambiar la estructura del país, con el aval más o menos ambiguo de Santa Anna. El 17 de agosto secularizó las misiones de California; el 19 de octubre suprimió la Universidad Pontificia, para crear la Dirección de Instrucción Pública; el 27 de octubre prohibió la obligación de pagar diezmo a la Iglesia; el 6 de noviembre suprimió la coacción en el cumplimiento de los votos de los monjes; el 17 de diciembre hizo circular el decreto que mandaba proveer los curatos, en ejercicio del patronato que competía a la nación, para lo cual anunció que castigaría la desobediencia de los obispos con la pena del destierro. Muchos reaccionaron con escándalo a las leyes impulsadas por el Congreso bajo el liderazgo de Gómez Farías, entre ellos el hombre más ilustrado del partido de la oposición, don Lucas Alamán. “Todo cuanto el déspota oriental más absoluto, en estado de demencia, pudiera imaginar más arbitrario e injusto”, dijo, “es lo que forma la colección de decretos de aquel Cuerpo Legislativo”.3 A fines de 1833, el general Santa Anna, temeroso de ser identificado con todos aquellos decretos, enfermó de nuevo, pidió licencia y buscó refugio en Manga de Clavo, aunque habría de volver más tarde para revertir las reformas con el nombramiento de Protector de la Nación. Estaban ya latentes, desde entonces, los conflictos que habrían de desgarrar a la nación durante las décadas por venir, en las que hubo de crecer Porfirio.

Las hostilidades estallaron con furor aquel mismo año de 1833. Unos meses antes, el 31 de mayo, el general Gabriel Durán había encabezado en Tlalpan, al sur de la ciudad de México, un pronunciamiento contra las reformas de Gómez Farías que reclamaba el apoyo del presidente Antonio López de Santa Anna. Santa Anna salió de la ciudad en su persecución junto con el jefe de armas de la capital, el general Mariano Arista, quien el 6 de junio, sin embargo, lo declaró su prisionero para forzarlo a aceptar los poderes que le proponía Durán en el Plan de Tlalpan. El pronunciamiento, aun con esa defección, pudo ser sofocado por las tropas leales a Gómez Farías. “Viendo esto el general Santa Anna, quien parece que estaba ya de acuerdo con los planes de los sublevados, y conociendo que la revolución no era tan fácil de realizarse como se lo había figurado, se separó de las tropas de Arista, aparentando salvarse de la prisión, y volvió a México”, escribió Miguel Lerdo de Tejada, protegido del general Santa Anna.4 En julio, Santa Anna salió de nuevo de la capital para combatir a Arista en el Bajío, con lo que reafirmó su apoyo —al menos por un tiempo— a las reformas emprendidas por Gómez Farías. Nadie sabía dónde estaban las convicciones del presidente. “Es un hombre que tiene en sí un principio de acción que le impulsa siempre a obrar”, escribió por esos años Lorenzo de Zavala, “y como no tiene principios fijos, ni un sistema arreglado de conducta pública, por falta de conocimientos, marcha siempre a los extremos en contradicción consigo mismo”.5 En el curso de una década, Santa Anna había sido imperialista y republicano, escocés y yorkino, federalista y centralista.

El pronunciamiento de Durán y Arista tuvo consecuencias muy graves en Oaxaca. En junio de 1833, el general Valentín Canalizo penetró el estado por las Mixtecas bajo la bandera de Religión y Fueros, adherido al Plan de Tlalpan. Hizo varios reclutamientos en Huajuapan, para marchar después hacia la ciudad de Oaxaca. Sus fuerzas encontraron en la zona de Jayacatlán a las tropas que salieron a su encuentro, encabezadas por el general Isidro Reyes, jefe de la comandancia general de Oaxaca, quien años después habría de llegar a ser ministro de Guerra en México. Canalizo suspendió la marcha en ese punto. Reyes regresó con sus hombres a la capital, donde preparó la defensa de sus posiciones. “Fortificó el convento de Santo Domingo y el del Carmen, así como la cima del cerro de la Soledad, que domina toda la ciudad”, recordaría el joven Ignacio Mejía, entonces secretario del general Reyes.6 En agosto de 1833, Canalizo se detuvo al pie del monte Albán, en la garita de Xoxocotlán, donde los comerciantes pagaban la alcabala por los productos que pasaban a Oaxaca. Ahí atacó el fortín del cerro de la Soledad, un fortín rodeado por un foso, “que tomó favorecido por el peso de la noche”, escribió Mejía.7 Las tropas leales al gobierno subieron entonces un cañón de 8 pulgadas hasta las bóvedas del convento de Santo Domingo. “La manera de dar parte a nuestras tropas de que el fortín del cerro lo habíamos perdido”, añadió, “fue haciendo fuego sobre ese punto”.8

Durante el sitio de Oaxaca, el general Canalizo instaló parte de sus tropas —con él tal vez incluido— en el mesón que regenteaba José de la Cruz Díaz al lado del templo de la Soledad. No es fácil saber qué hizo en aquel trance José de la Cruz, aunque es probable que huyera junto con su familia, porque el mesón estaba en el centro de una guerra que habría de durar todo el verano, la primera que conocía Oaxaca desde la que libró contra Morelos al comienzo de la Independencia. La posada, pues, quedó en manos del jefe de los sublevados, Valentín Canalizo, un hombre que estaba por cumplir los cuarenta años, rubio, blanco, con ojos muy azules, nacido al norte del país, en Nuevo León. Era mayor del Ejército Trigarante al terminar la Independencia, coronel a cargo de la comandancia militar de Oaxaca al presidir el juicio que condenó a Guerrero y general de brigada en el momento de llegar con las banderas de Religión y Fueros hasta los límites de Oaxaca. Pero su carrera, ya brillante, no habría de terminar ahí: años más tarde, a mediados de los cuarenta, ya con el grado de general de división, habría de ser presidente provisional de la República.

La ciudad sufrió durante meses el bombardeo de las fuerzas en guerra, sobre todo alrededor de los conventos del Carmen y Santo Domingo, donde aguardaban las tropas de Reyes, así como en torno de la Soledad, donde estaba el cuartel de Canalizo. Varias casas fueron tocadas por el fuego. El convento de Santa Catarina, que no había sido ocupado jamás, ni siquiera durante las guerras de la Independencia, fue fortificado por el general Reyes. Más al centro, el Palacio de Gobierno, donde el congreso del estado acababa de acordar invertir miles pesos para su reconstrucción, yacía entre las ruinas de las canteras destinadas para su rescate, aprovechadas por los soldados para levantar trincheras contra Canalizo. “Esa campaña duró cuatro meses, batiéndonos todos los días”, habría de notar Ignacio Mejía, “hasta que de Zacatecas vino el general Moctezuma con las fuerzas de su estado y las de Guanajuato”.9 A fines de octubre, el general Esteban Moctezuma, leal al gobierno de la República, llegó con alrededor de dos mil hombres a los Valles de Oaxaca. Canalizo levantó entonces el campo para marchar hacia la Costa Chica, por el camino de Jamiltepec, aunque no logró salir indemne de Oaxaca. “En Corral Falso fue alcanzado y derrotado, siguiendo sus restos en dispersión para la Costa Grande”, escribió Mejía.10 Fue el final de la guerra, pero su final coincidió con la etapa más terrible de la epidemia de cólera en Oaxaca.

MUERTE

El mes de mayo de 1833 había comenzado bien para José de la Cruz Díaz. La madrugada del 1 tuvo el honor de velar, junto con su comunidad, los restos de Vicente Guerrero, su general, traídos la víspera de Cuilapan para ser depositados frente al altar de la iglesia de San Francisco, antes de ser llevados en procesión hasta Santo Domingo. Al día siguiente nació un hijo más en su familia, Felipe Santiago, y un par de días después verificó un aniversario más en su matrimonio con Petrona Mori. Pero todo en su vida habría de caer en pedazos a partir de entonces.

El 3 de mayo, un viernes, día del bautizo de su hijo, apareció en el periódico El Día una nota que decía así: Cholera Morbus. Ese periódico era publicado por el doctor Juan Nepomuceno Bolaños, catedrático de medicina en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca. Su nota sobre el cólera daba por primera vez noticia de la epidemia que un mes después habría de penetrar al país por el Golfo de México. ¿Cuáles eran los signos que anunciaban la enfermedad? “Un abatimiento general, una afección de miedo, debilidad, ansia y una inquietud interior”, explicaba el periódico.1 ¿Y sus síntomas? “Evacuaciones y vómitos muy violentos”, añadía con dureza. “Espasmos y contracciones en los dedos y los miembros”.2 Desde hacía más de un año, el gobierno de México había empezado a dictar medidas para impedir que llegara por mar a las costas del país el cólera que asolaba Europa, proveniente de Asia. Pero fue en vano. El cólera entró en junio por los puertos del Golfo, después del día de Corpus. En julio comenzó a hacer estragos en la capital de México. Las calles, ahí, estaban silenciosas y desiertas, las boticas apretadas de gente, los templos con sus puertas abiertas de par en par, llenos de personas hincadas con los brazos en cruz. “En el interior de las casas todo eran fumigaciones, riegos de vinagre y cloruro”, registró un escritor que vio agonizar a su hermano. “Era el año horriblemente memorable del Cólera Morbo”.3

La epidemia llegó a Oaxaca en el verano, junto con la invasión de las tropas del general Valentín Canalizo. La peste y la guerra. Todos empezaron a temer la enfermedad. Algunos murieron. Hubo que habilitar hospitales y cementerios. La guerra no cedía. El gobernador Ramón Ramírez de Aguilar encabezaba procesiones junto con los sacerdotes de la diócesis, asistía él mismo a las funciones de intercesión celebradas en la Catedral. Los infectados aguardaban en el interior de sus casas, pálidos y sudorosos, cubiertos a menudo por sábanas de lana. Era común darles a beber infusiones de sauco y yerbabuena, y hacerles friegas con paños mojados en espíritu de alcanfor. “Cataplasmas de mostaza, levadura y vinagre, con polvo de cantáridas”, decía un periódico, “puestas en la boca del estómago contribuyen mucho al buen éxito”.4 Si los vómitos eran frecuentes, agregaba, había que ofrecer también, cada media hora, “una cucharada de bicarbonato de sodio”.5 Había médicos, incluso, que recomendaban aplicar sanguijuelas en el estómago, aunque nada más a las personas más robustas.

El peor mes fue septiembre, cuando Canalizo estaba aún en posesión del cerro de la Soledad. Había que atender a los enfermos en medio de la guerra. Los hospitales de la ciudad eran insuficientes: el de Belén, el de San Cosme y San Damián, incluso el de San Juan de Dios, que era el más grande de Oaxaca. La gente moría. Llegaron a ser tantos los cadáveres que fue necesario establecer turnos de noche para transportarlos hacia fuera de la ciudad. Los cuerpos eran llevados en carros tirados por mulas, que anunciaban su paso con una campanita. Iban apiñados unos sobre otros, amortajados con una sábana. Muchos eran arrojados sin más a las fosas del panteón de San Miguel, al este de la ciudad, en los llanos de las canteras de Tepeaca. Los sepultureros habían dejado de trabajar, por lo que el gobierno tuvo que ordenar que sus labores fueran realizadas por los reos sentenciados en las cárceles, bajo la vigilancia de la tropa. Murieron en aquellas circunstancias más de dos mil personas en la ciudad de Oaxaca, que tenía entonces una población de “veinte mil habitantes”, según El Día.6 En otras palabras, una de cada diez dejó de existir en apenas un puñado de meses. La población fue diezmada.

José de la Cruz Díaz fue una de las personas atacadas ese año por el cólera. Cayó enfermo a mediados de octubre, quizás de regreso en el mesón de la Soledad, desocupado ya por las tropas del general Canalizo. La enfermedad era contagiosa, por lo que quienes tenían contacto con él, como su esposa, debían seguir las recomendaciones hechas para la atención de los coléricos: “evitarán en lo posible respirar las exhalaciones de sus cuerpos y untarán con aceite la cara, las manos y todas las partes descubiertas”.7 Petrona debió estar alarmada, porque los síntomas de la enfermedad de su marido eran inconfundibles: calambres en el estómago, vómitos, diarreas, extravíos de la conciencia.

El 16 de octubre José de la Cruz dictó su testamento en presencia de sus testigos: “En el nombre de Dios Todo Poderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, digo yo, José de la Cruz Díaz, que hallándome gravemente enfermo, pero en mis sentidos, creo y confieso en el misterio de la Beatísima Trinidad y en todo lo que nos enseña la Santa Fe Católica, que aun cuando por sugestión del demonio, debilidad mía o cualquier otro motivo, o por alguna calentura, pronunciase alguna cosa contra nuestra Santa Fe Católica, la anulo y detesto, poniendo como testigos a Dios Nuestro Señor y a la Virgen María Nuestra Señora y al Patriarca Señor San José”.8 Su testamento es el acto de un hombre enérgico y disciplinado que sabe que va a morir y hace un esfuerzo por dejar en orden sus asuntos, los espirituales y los terrenales. Luego de poner en regla los primeros, prosiguió con los segundos. “Digo yo”, continuó, “que hallándome en este estado es mi última voluntad dejar por albacea, heredera y curadora de mis menores hijos a mi esposa doña Petrona Mori”.9 Mencionó a sus cinco hijos (“en quienes repartirá mi dicha esposa conforme le convenga por derecho de justicia”) y enumeró las propiedades que dejaba (“una casa situada una cuadra antes del Matadero y un solar a espaldas del Patrocinio”), para luego concluir: “advierto que si falleciese yo y se presentase a mi albacea alguna firma en contra mía de deuda, antes o después de esta fecha, es nula y de ningún valor, pues no reconozco deuda ninguna a nadie”.10 No fue posible llamar a un escribano, por lo que el documento fue sellado y firmado por los testigos, para lo cual hubo que pagar 2 reales —o sea, un cuarto de peso de plata.

Más tarde, José de la Cruz recibió los sacramentos de la Iglesia. El viático salía normalmente de la parroquia a la que pertenecía el enfermo, en general acompañado por dos monaguillos con su farol encendido con velas de cera. “Cuando el enfermo llegaba a la agonía, se mandaba anunciar ésta con campanadas aisladas en el templo o templos más inmediatos”, señala un testimonio. “Una vez que el enfermo moría se mandaba anunciar al público por medio de un individuo que con una campanilla recorría las calles”.11 Es posible que así sucediera en este caso, aunque la epidemia del cólera, sumada a la guerra, había trastornado todos los protocolos.

José de la Cruz murió el viernes 18 de octubre. “Falleció de inflamación crónica”, dijo el acta de defunción.12 Su cuerpo fue cobijado por el hábito de los franciscanos —una túnica larga, café, ceñida con un cordón de ixtle— para ser después inhumado en la capilla de la tercera orden de San Francisco, erigida en el siglo XVIII bajo la advocación de San Elceario. Los muertos eran por lo general sepultados en las iglesias y los atrios: aún no existía la ley que obligaba a realizar los entierros fuera de la ciudad, en los camposantos. José de la Cruz no fue la excepción. Había muerto unas semanas antes de que terminara, al fin, la epidemia del cólera que asoló a Oaxaca.

En diciembre apareció de nuevo el periódico de los vinagres, los vencedores de la guerra, El Día, que había dejado de salir desde mayo de 1833. “Hemos pasado una larga y tenebrosa noche”, dijo. “En efecto, las calles y plazas de esta desgraciada ciudad han sido el teatro del horror y de la sangre”.13 El Día hacía el recuento de aquellos meses de dolor. “La seguridad individual y la propiedad han sido bruscamente violadas”, afirmó. “El comercio, la agricultura, las artes, las ciencias, todo, todo ha sido paralizado”.14 Las tropas que invadieron la ciudad, a pesar de la epidemia, continuaron la ofensiva desde el cerro de la Soledad. “No se movieron a suspender las hostilidades ni aun a la vista del triste y lamentable cuadro que ofreciera una multitud de miserables enfermos”.15 Pero ya todo por fortuna había acabado. “Los editores de este periódico felicitan a los oaxaqueños por la desaparición de las plagas que los agobiaran, y dirigen sus fervientes votos al Ser Eterno, porque jamás vuelva a aparecer entre nosotros el genio de la discordia”.16

Así llegó el final del año de 1833. Aquel año habría de ser —aunque él no lo podía saber— un parteaguas en la vida de Porfirio Díaz. La iniciativa de reformas de Gómez Farías, así como la reacción a esas reformas por parte de los afectados, el Ejército y la Iglesia, habrían de constituir el marco en el que, con él como protagonista, avanzaría a tientas su país por un tercio de siglo, hasta el final de la guerra de Intervención. Y la muerte de su padre, a causa del cólera, significaría para él tener que asumir desde muy joven la responsabilidad de la familia, algo que lo habría de preparar para la paternidad que después ejercería sobre toda la nación. Ambos sucesos estaban relacionados desde la perspectiva del clero, que declaraba en sus sermones que el cólera era un castigo de Dios por las leyes de Gómez Farías.

Porfirio Díaz

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LA MADRE

“El bienestar en la familia terminó con la muerte de mi padre”, escribiría mucho tiempo después Porfirio Díaz, desde la cumbre de la Presidencia. “Los pocos bienes que dejó mi padre los consumió mi madre en la subsistencia y educación de la familia. Recuerdo que ella manejó el mesón algunos años y que esto le ayudaba en sus gastos, y si su aptitud de mujer no le permitió aumentar el haber paterno, su buen juicio y sus deberes de madre le proporcionaron la manera de prolongar por mucho tiempo aquellos escasos recursos”.1 Petrona Mori tenía treinta y nueve años cuando perdió a su marido. Quedó ella a cargo de sus hijos, todos muy pequeños, en particular los niños: Felipe, un bebé de cinco meses, y Porfirio, un chiquillo de tres años, aunque también las niñas, apenas mayores: Nicolasa y Manuela. La única que la podía ayudar, pues empezaba entonces a ser adolescente, era su hija Desideria. Esa fue la suerte que tuvo que enfrentar al terminar la guerra y la peste de 1833: viuda, sola, rodeada de hijos a los que tenía que criar.

En el curso de 1834 la vida volvió a la normalidad en Oaxaca y el mesón funcionó de nuevo como en los tiempos anteriores a la invasión del general Valentín Canalizo. Así lo demuestra un recibo de alquiler firmado por el señor Casimiro Hernández a nombre del convento de Santa Catarina. “Recibí de doña Petrona Mori”, decía Hernández, “viuda del finado don José Cruz y Díaz, 62 pesos que es a cuenta del alquiler de la casa nombrada mesón de la Soledad, a favor del monasterio de Santa Catalina de Siena de este estado de Oaxaca”.2 El recibo hacía un descuento a doña Petrona por el mes y los ocho días en que las tropas de Canalizo habían permanecido en el mesón de la Soledad. Y señalaba que la renta, liquidada hasta el 1 de junio, dejaba pendiente la cantidad de 13 pesos. Las monjas entendían: ellas mismas sufrieron la ocupación de su convento por las tropas de la ciudad durante la embestida de los pronunciados. El señor Casimiro Hernández, quien firmaba el recibo, era una persona conocida en la ciudad: aparecía en un censo reciente como dueño de más de ciento cincuenta casas en Oaxaca. Era más bien un prestanombres de la Iglesia, el conducto por el cual, en el caso del mesón, había que pagar el alquiler al convento de Santa Catarina.

Petrona puso oficiales de confianza al frente del banco de herrador y el hospital de veterinaria del mesón. “Uno de aquellos oficiales fue don Nabor Ruiz, muy inclinado al estudio, y que años más tarde logró recibirse de abogado a título de suficiencia”, escribió un historiador que lo conoció en Oaxaca.3 Don Nabor llevaba a los mulos al corral, donde se podían revolcar sobre la arena que había ahí amontonada, como en todos los mesones. Los tallaba con estropajo, los herraba si era necesario, les daba de comer pienso de maíz. Era parte de la familia, al igual que muchos otros en aquel mesón, cuyos nombres fueron olvidados por la historia, aunque no por Petrona. Pues con ellos salió adelante en la lucha por la vida.

Era una mujer de carácter fuerte y frío. Había nacido el 31 de enero de 1794 en Magdalena Yodocono, un pueblo de la parroquia de Tilantongo, distrito de Nochixtlán, en las Mixtecas, hija de Mariano Mori (“natural de Yanhuitlán, español”) y María Tecla Cortés (“mestiza, natural de dicho pueblo de Magdalena”).4 Así decía su fe de bautismo, aunque en realidad sus padres eran otra cosa: él mestizo y ella india. Mariano Mori era hijo del español Juan José Mori y la india María Gutiérrez; María Tecla Cortés, a su vez, era hija de dos indios, Pascual Cortés y Juliana Nicolás. “Juliana Nicolás”, comenta un biógrafo de la familia, “era una india riquita”.5 Es lo que debió haber atraído a Mariano Mori, asturiano de origen, al llegar a Magdalena Yodocono hacia fines del siglo XVIII. Un testamento otorgado por Juliana Nicolás en 1824 —seis años antes del nacimiento de su bisnieto, José de la Cruz Porfirio— hace mención de los bienes que le había dejado en dote a su hija, a quien sobrevivió: “Declaro que a mi difunta hija María Tecla, que fue casada con el difunto Mariano Mori, le di una yunta de novillos y una yunta de toros, dos vacas, veinte ovejas, un caballo, una mula, un solar con dos jacales, cuyos jacales y solar se los volví a mercar cuando se fue de este pueblo; también le di un pedazo de tierra que está en el llano de abajo y otra tierra que se nombra Nuticóo”.6

Mariano Mori casó con Tecla Cortés en Magdalena Yodocono, donde nació su hija Petrona. Más tarde, la familia salió a vivir a Santo Domingo Yanhuitlán, también en las Mixtecas. Ambos poblados eran distintos. Yodocono (llano hondo, en mixteco) era sólo un puñado de casas de adobe, algunas encaladas. “Un esbozo de plaza, un portalito, tres o cuatro tiendas, unas cien casas incluyendo jacales y afamadas huertas de duraznos”, en palabras de un historiador del siglo XIX.7 En cambio, Yanhuitlán (cerca de la cosa nueva, en náhuatl) había sido durante la Colonia una de las poblaciones más importantes de la intendencia de Oaxaca. Las casas alrededor de la plaza tenían portales sostenidos por columnas. La iglesia construida por los dominicos era portentosa. Yanhuitlán tenía entonces, al vivir ahí Petrona, una población de cerca de mil familias —indígenas, pero también criollas, todas amantes de los bailes y las fiestas, según el alemán Mühlenpfordt, quien añadió este dato sobre su carácter: “son hábiles jinetes, buenos músicos y gustan de ir bien vestidos”.8 En ese pueblo vivió Petrona Mori hasta principios del siglo XIX, cuando su familia estableció su hogar en la villa de Etla, donde tuvo lugar su matrimonio con José de la Cruz Díaz.

OAXACA

En el cerro de la Soledad había un recorrido, inspirado en su origen por los carmelitas, que era ya legendario al comienzo del siglo XIX. Los oaxaqueños lo llamaban el paseo del cerro. Había fuegos, bailes y convites. Los sábados abundaban los chachacuales que vendían fruta, tamales y chone (“bebida de maíz teñida con achiote”).1 Algunos llegaban a veces, entre campos de azucenas, hasta el fortín que dominaba el promontorio, razón por la cual el lugar sería más tarde llamado cerro del Fortín. Desde ahí era posible ver, en toda su extensión, el valle de Oaxaca. Al norte, hacia la izquierda, la cordillera imponente y obscura que dominaba la cima de roca de San Felipe; enfrente, tras la línea de árboles que bordeaban el riachuelo de Jalatlaco, el cerro más suave de San Antonio de la Cal; al sur, hacia la derecha, como un hilo de plata que serpenteaba entre los cañaverales, el río Atoyac, y más allá, a lo lejos, verdes y pálidas, las pendientes del monte Albán.

La vista de la ciudad era espléndida desde el cerro de la Soledad. Los campanarios y las cúpulas de los templos destacaban sobre las casas, que eran casi todas de una planta, con techumbres de terrado sostenidos por viguería de encino. La ciudad estaba intacta desde la Colonia. “Casi no había variado de aspecto en el espacio de doscientos años”, habría de notar José Antonio Gay, historiador y sacerdote, quien por esas fechas acababa de nacer en Oaxaca.2 Las calles eran anchas, rectas, empedradas las del centro, divididas en dos por las acequias. Todas llevaban el nombre de los edificios más importantes que las bordeaban, uno por cuadra, como la que sería con los años llamada Independencia, entonces parte del camino real de México a Guatemala. Era la calle donde estaba, en un extremo, el mesón de la Soledad. La gente la llamaba calle del Mesón, del Marquesado, de la Soledad, de la Comisaría, de San Felipe, del Colegio de Niñas, del Obispado, del Correo, de la Nevería, del Coronel, de Guatemala, de los Dolores, de Santa Lucía. Trece cuadras. Aquella calle, que pasaba a un costado de la Plaza de Armas, dividía en dos a la ciudad de Oaxaca. Hacia el norte estaba la parte monumental, dominada por las cúpulas y las bóvedas de los monasterios de Santo Domingo y el Carmen; hacia el sur, en cambio, quedaba la zona popular, consagrada a los mercados, en la que sobresalían sin embargo, entre cipreses y fresnos, los campanarios de algunas de las iglesias más importantes de la ciudad, como la de San Francisco.

“La ciudad recibe agua potable por medio de un acueducto amurallado, una parte del cual se haya apoyada en arcos”, anotó Eduard Mühlenpfordt, cuyas observaciones son básicas para reconstruir aquel tercio del siglo XIX. “Lleva un agua extraordinariamente pura y cristalina proveniente de un caudaloso manantial que brota cerca del pueblo de San Felipe del Agua”.3 El acueducto había sido construido a mediados del siglo XVIII por el regidor Juan de la Paz Pascua, quien agotó sus recursos en la conclusión de aquella obra que llevó el agua a Oaxaca. Era posible ver sus arcos desde el cerro de la Soledad, al norte de los huertos del convento del Carmen. La toma estaba localizada más abajo, sobre la Plazuela de la Buena Obra. A partir de ahí, el agua llegaba a todas partes por conducto de un sistema de atarjeas y tuberías de barro que aprovechaba el declive de la ciudad, inclinada por la naturaleza del terreno hacia el sureste. Así rodaba hasta Santo Domingo, la Soledad, Santa Catarina y la Merced, y después la Plaza de Armas, donde brotaba de una fuente de jaspe erguida frente al Palacio de Gobierno. Había entonces nueve fuentes en la ciudad de Oaxaca.

El agua bajaba también por las acequias de las calles más céntricas, desde arriba, hasta llegar a los mercados del sur de la ciudad. Eran mercados muy bien surtidos todos los días, pero en especial los sábados. Los indios de los alrededores acarreaban entonces, en sus burros, frutas, legumbres, aves de corral, pescado salado, carbón, ollas de barro, madera, piedras de río y cal para la construcción. Entraban en general por las garitas del sur de la ciudad, San Pablo Huizo y Xoxocotlán, donde pagaban las alcabalas que les exigía la autoridad para vender sus productos en Oaxaca. La plaza del mercado quedaba a un lado de la iglesia de San Juan de Dios. “Estaba cercada por los cuatro vientos”, evoca alguien que la conoció, “con galeras de horcones, carrizo y teja, y el centro se cubría con sombras sueltas de palo y petate que cubrían cada puesto”.4 La gente podía encontrar ahí casi de todo. Pero para comprar maíz y frijol había que ir a la Alhóndiga, y para obtener pan había que ir al norte de la Plaza de Armas, al Portal de Clavería, y para conseguir loza, por último, era necesario ir a la Plazuela de Cántaros, frente al atrio de la Catedral. Los comercios del centro de la ciudad, atendidos a menudo por extranjeros, vendían a su vez abarrotes, telas y artículos de mercería, pero su movimiento era escaso, salvo en los días previos al Corpus y la Semana Santa. “El artesanado y los trabajadores manuales se limitan casi exclusivamente a la elaboración de los utensilios más comunes para el uso doméstico”, indica Mühlenpfordt.5 La vida era austera en Oaxaca.

LA FEDERACION Y EL CENTRO

Oaxaca era una de las intendencias en que había sido dividido el virreinato de la Nueva España por las reformas de los Borbones. Surgió como estado en 1824, luego del triunfo de la Independencia. Una década más tarde, al vencer el centralismo, dejó de ser estado para ser departamento. Ello sucedió en junio de 1834, cuando la guarnición de Oaxaca secundó el Plan de Cuernavaca, que convenció al general Santa Anna de echar atrás las reformas de Gómez Farías. Aquel mes, el gobernador Ramírez de Aguilar, vinagre, fue sustituido por el aceite José López de Ortigoza, quien habría de gobernar el departamento por el resto de la década de los treinta, una de las más llenas de penurias en la historia de esa parte de la República.

El departamento de Oaxaca tenía por esos años cerca de setecientos mil habitantes de acuerdo con un censo, tal vez más: “por lo menos es seguro que la cifra no es menor”, afirmó un hombre que sabía.1 La mayoría era indígena, como en Puebla y Chiapas, y en contraste con departamentos del Bajío donde había tantos criollos como indígenas, como Guanajuato. Los criollos estaban concentrados en la capital del departamento, que tenía entonces una población de alrededor de dieciocho mil habitantes, según información de José María Murguía y Galardi, intendente de haciendas en Oaxaca. La población había estado declinando desde principios del siglo a causa de las guerras y las epidemias, luego de haber conocido la prosperidad con el auge de la grana en el siglo XVIII. En el verano de 1834 hubo de nuevo una epidemia de cólera que causó desolación en la ciudad y, más tarde, en el invierno, sopló con fuerza el viento del oeste, el aire mixteco, que provocó, según un testimonio, “constipados y pleuroneumonías”.2

Las guerras de 1828 y 1833 habían hecho que los oaxaqueños añoraran la paz y vieran el centralismo como una garantía de estabilidad. Así lo vio López de Ortigoza, conservador sobrio y moderado, centralista que pensaba que sólo el orden iba a permitir el desarrollo de Oaxaca. Hubo indicios de que así sería. En el verano de 1835 don Juan Alvarez, seguidor del general Guerrero en las montañas del Sur, ofreció “deponer las armas pocas que están a su disposición y resignar su suerte a las órdenes del gobierno”, según anunció El Regenerador.3 Pero el centralismo no garantizó la paz. En junio de 1836 la guarnición de Huajuapan, compuesta por cuatrocientos hombres, se pronunció por la Federación. Los pronunciados estaban encabezados por un cacique de la zona, don Miguel Acevedo. El 29 de junio tomaron posesión de la plaza de Oaxaca, luego de cruzar la garita del Marquesado, al noroeste de la ciudad, que controlaba el paso del camino a la capital de la República. “Saquearon los almacenes y durante varios días de borrachera tuvieron a discreción a todos aquellos que no se habían refugiado en Santo Domingo”, comentó un viajero, el conde Mathieu de Fossey.4 ¿Qué hizo durante todos esos días la familia de Petrona Mori? ¿Encontró también refugio, como muchos otros, en el convento de Santo Domingo, defendido por la guarnición de Oaxaca? ¿O permaneció en el mesón de la Soledad, en el camino por el que llegaron los pronunciados de Huajuapan? Porfirio tenía entonces cinco años, estaba por cumplir seis, ya era capaz de registrar con su mirada de niño lo que pasaba a su alrededor: la confusión, la alarma, el peligro que amenazaba la integridad de su familia.

En julio, las fuerzas de Acevedo embistieron contra las tropas del gobierno de la ciudad, guarnecidas en Santo Domingo. “Pero al llegar al fuerte, los temerarios asaltantes advirtieron que ya habían quemado el último cartucho y les fue preciso retroceder”, anotó un cronista. “Supo Acevedo que venían en auxilio de Oaxaca dos mil quinientos hombres mandados por el general Canalizo, e inmediatamente dispuso salir a encontrarlos”.5 El enfrentamiento tuvo lugar en Etla, donde cayó herido Acevedo. Ahí mismo fue fusilado, sobre el campo de batalla. El gobernador López de Ortigoza reveló después que muchos oaxaqueños habían colaborado con los pronunciados. Desde hacía tiempo, los aceites y los vinagres anhelaban ambos más autonomía del Centro. Pero a partir de entonces, los aceites asumieron que serían centralistas y los vinagres, a su vez, que serían federalistas. Con los años, los primeros habrían de ser conservadores y los segundos, los más fuertes, liberales. Oaxaca quedaría dividido en dos, como todos los estados del país.

El triunfo del Centro tuvo consecuencias en el resto de la República, que también afectaron a Oaxaca. Aquel año de 1836 vio la secesión de una provincia de relieve en el país: Texas. Por instrucciones del presidente Santa Anna, el gobierno de Oaxaca impuso entre junio y octubre un préstamo para financiar la guerra con Texas. Santo Domingo, el Carmen, San Francisco, la Merced y San José, las corporaciones con fama de pudientes, tuvieron que pagar la cuota más alta: “1 000 pesos”.6 Su reacción, al parecer, provocó la renuncia de López de Ortigoza, quien fue sustituido por unos meses por Ignacio Goytia. Las secesiones continuaron inspiradas por el éxito de Texas, sobre todo en el norte de la República. Así, en agosto de 1837, Nuevo México rechazó también el régimen impuesto por el Centro. La rebelión no tuvo éxito, pero inspiró la simpatía de muchos en la capital de Oaxaca. Uno de los serenos de la ciudad encontró por esos días un pasquín que hacía esta exhortación: “Sigue la necesidad, imitad a Nuevo México”.7 Había federalistas, los más radicales, que aspiraban a la independencia de su territorio y que veían con simpatía la secesión en el Norte, y en particular en Yucatán, que recibía el respaldo de Texas. Y había centralistas, los más radicales, que estaban dispuestos a ceder a Europa parte de su soberanía frente al expansionismo de los Estados Unidos del Norte. Los moderados, que resentían el desmembramiento de su país, observaban con alarma esa tendencia. Un periódico de Oaxaca, dominado por los moderados, comentó por esos años “la inesperada y antiliberal ocurrencia de don José Gutiérrez Estrada proponiendo como remedio para los males que aquejan a la República, la adopción de un príncipe extranjero que viniese a establecer en México una monarquía”.8 Estaban ya sembradas las semillas de la discordia que habrían de germinar una generación después, durante las guerras de la Intervención y el Imperio.

SOLAR DEL TORONJO

El 3 de agosto de 1837, víspera de la función de Santo Domingo, Desideria Díaz contrajo matrimonio en la ciudad de Oaxaca. Tenía diecisiete años. Era la más grande de los cinco hermanos, la que había ayudado a su madre a sacar adelante el mesón de la Soledad. Casó aquel día con Antonio Tapia, un hombre originario de Acatlán, en el sur de Puebla. Era jueves, día de Santa Lidia. “Los matrimonios de las personas acomodadas se verificaban en las casas o en los templos”, recordaría un contemporáneo de su hermano Porfirio. “Los primeros tenían lugar en la noche y los segundos a las tres o cuatro de la mañana, y sólo los de personas del pueblo se verificaban a las ocho de la mañana”.1 Eran actos breves y austeros. “Ni unos ni otros exigían los gastos que en la actualidad, porque la vanidad no se había entronizado entre nosotros”.2 Desideria dejó la casa de su familia al contraer matrimonio con Antonio Tapia. Al parecer dejó también la ciudad de Oaxaca. Porfirio no la frecuentó ya más a partir de ese momento. Nunca tendría con ella la relación estrecha y cotidiana —excesiva, incluso— que tuvo durante su vida con sus demás hermanos, aunque con el paso de los años habría de adoptar como suyos a tres de sus nietos.

Todo indica que la familia abandonó por esas fechas el mesón de la Soledad. Así lo señalan los biógrafos más antiguos. “Doña Petrona siguió girando por sí sola el arduo negocio del mesón hasta por el año de 1837”, asegura uno de ellos, que mantuvo relación con Porfirio.3 “Fue hasta 1837 cuando dejó el mesón”, añade otro, que escribió sobre su infancia.4 Desideria, por su matrimonio, no iba a estar ya ahí para ayudar a su madre con aquel trabajo, muy difícil. Manuela, la hija que le seguía, apenas iba a cumplir trece años: era todavía una niña. El mesón, por lo demás, estaba expuesto a la guerra, era vulnerable a los pronunciamientos de las tropas que acosaban a Oaxaca, como en 1833 y 1836, pues quedaba en la entrada del camino que comunicaba a la ciudad con la capital de México. Así, en el verano de 1837, antes o después del matrimonio de Desideria, la familia Díaz dejó el mesón de la Soledad, que seguiría funcionando como parador de arrieros en los años por venir, al menos hasta los sesenta, a pesar de las expropiaciones que sufrieron en la Reforma los bienes del convento de Santa Catarina. La familia estaba en posibilidad de abandonar el mesón porque contaba ya, desde mayo, con otro sitio para vivir: un solar en la calle de Cordobanes.

José de la Cruz Díaz había mencionado, en su testamento, que dejaba a su familia dos propiedades: “una casa situada una cuadra antes del Matadero y un solar a espaldas del Patrocinio”.5 Ambas eran curtidurías. El solar estaba, afirmó, “en litigio”, por lo que su esposa debía seguir su secuela “hasta su conclusión”.6 La propietaria original era doña Pascuala María Santiago, quien para garantizar el pago de una cantidad que le debía, muy alta, tenía hipotecado el solar a nombre de don José de la Cruz. Al no poder ella pagar la deuda, según parece, él inició un juicio en su contra, que heredó su esposa en el momento de fallecer, junto con la hipoteca. Aquel juicio concluyó por fin a favor de doña Petrona, quien recibió por adjudicación ese solar por orden de un juez “en 13 de mayo de 1837”.7 El solar estaba localizado al noreste de Oaxaca, en los linderos con el pueblo de Jalatlaco. Para llegar a él, desde la Soledad, era necesario cruzar el norte de la ciudad, entre Santa Catarina y Santo Domingo, y continuar luego por un descampado cubierto de matorrales llamado Llano de Guadalupe. Ahí, a espaldas de la iglesia del Patrocinio, antes de cruzar el arroyo de Jalatlaco, había una calle de tierra que bajaba de norte a sur, habitada en su mayoría por curtidores: la calle de Cordobanes, que sería conocida más adelante como la calle de Libres. “Era la vía troncal del barrio de los Alzados”, comentaría un autor. “En ella, en el tercio medio de la actual sexta calle de Libres, acera oriente, estaba el solar del Toronjo”.8 Así era conocida la casa donde, a partir del verano de 1837, al abandonar el mesón de la Soledad, habría de vivir la familia de Porfirio.

Jalatlaco era ya por esos años un barrio de la periferia de Oaxaca. Sus habitantes tenían oficios bastante modestos: “son curtidores, carpinteros, albañiles y sombrereros”, informa Mühlenpfordt.9 Existían ahí obrajes de tenería desde fines del siglo XVIII, que con el tiempo prosperaron también al otro lado del arroyo de Jalatlaco, sobre la calle de Cordobanes. El solar del Toronjo estaba unos pasos abajo del puente que lo cruzaba, en los límites de Oaxaca. “Se componía cuando lo adquirió de 50 varas de oriente a poniente y de 62 de norte a sur”, dijo el escribano que lo escrituró para doña Petrona.10 Incluía una casa de bajos que daba sobre la calle, con tres ventanales cubiertos de herrería, separados por una puerta de madera que tenía, esculpido sobre la clave del dintel, el anagrama de la Virgen María. Hacia el interior, en dirección al arroyo, el solar tenía un patio con árboles de frutas, entre los que destacaba un toronjo. Tenía también un pozo de agua con brocal. “Junto al pozo, unas tinajas de barro empotradas en un banco de argamasa atestiguan que allí, como en tantas otras casas de la ex calle de Cordobanes, se han instalado curtidores”, escribió un escritor que la conoció a finales del siglo XIX, cuando era ya otra cosa, pues tenía sobre la fachada un letrero que decía Molinos de maíz.11 Al oriente había un muro con pesebres bajo un cobertizo, y más allá, cubierto de carrizales, el borde del arroyo de Jalatlaco. Todo a su alrededor eran tenerías. El solar del Toronjo lindaba, al norte, con la curtiduría de Bernardo Díaz y, al sur, con la curtiduría que tenía ahí el convento de San Pablo.

Don José de la Cruz había aprendido el oficio de curtidor en el sur de Oaxaca. Era una historia que escuchaba de niño Porfirio, quien construyó la imagen de su progenitor a partir de los recuerdos que le hacía su madre, doña Petrona. Cientos de cabras empezaron a morir de repente en la montaña, allá por Ometepec. Su padre, cuando lo supo, reunió a un grupo de gente para salir en busca de los cuerpos de los animales, con el propósito de quitarles la piel antes de que se pudrieran. Acordó con los pastores que conservarían ellos la mitad de todo lo que pudiera rescatar, aunque él mismo, al final, les compró su parte. Obtuvo así cientos de pieles, que trató de conservar. “Estableció allí una curtiduría con muchas dificultades, porque no tenía material con que hacer las tinas ni las substancias necesarias para la operación”, relató su hijo en sus memorias. “Labró en una roca una gran taza para las operaciones consiguientes; quemó piedra para hacer cal, y suplió el salvado que se usa en las curtidurías con la fécula del arroz que obtuvo de un molino construido por él mismo y a su manera”.12 En los años por venir, también Porfirio habría de aprender aquel oficio, que practicó en la tenería del solar del Toronjo. “Con algunos centenares de pieles curtidas de que hizo buenos cordobanes”, prosiguió su relato, “se dirigió a un lugar de la costa adonde supo que se esperaba un buque contrabandista, al que acudieron otros muchos compradores de mercancías, pues la guerra de Independencia no permitía al gobierno cuidar sus costas; cambió sus cordobanes por varios efectos, y después de haberse provisto de los que necesitaba, puso una tienda en el pueblo de Xochistlahuaca”.13 Fue el origen de su fortuna, con la que compró después el ingenio de azúcar que le permitió vivir ahí durante la guerra de Independencia.

Los métodos de curtido de piel eran tan malolientes, tan malsanos, que las tenerías estaban siempre relegadas a las afueras de la ciudad, por lo general a la parte más pobre. Era el caso de la calle de Cordobanes, en los límites de Oaxaca con el barrio de Jalatlaco. La preparación de las pieles, hasta ser convertidas en cueros, empezaba con una cura de sal. Eran sumergidas en salmuera durante varios días, después enjuagadas en agua para eliminar la sal, luego introducidas en unas tinas con una solución de lechada de cal que servía para ablandar el pelo y la grasa, que había que raspar con un cuchillo. Las pieles, estiradas en marcos de madera, eran sumergidas entonces durante semanas en unas cubas que tenían concentraciones de tanino, para impedir su putrefacción. Así era el trabajo en la tenería de la calle de Cordobanes, donde habitaba Porfirio. Toda la zona olía mal, por los pudrimientos de los restos, los curtientes, las aguas espesas y fétidas de los pelambres que acababan desechados en el Jalatlaco. Su vida, sin duda, era diferente a la de los niños de su edad que habría de conocer más tarde, en el Seminario de Oaxaca. Había pasado su infancia en un mesón, habituado al estruendo de los arrieros, y habría de pasar su niñez y juventud en una tenería, acompañado por el hedor de las curtidurías que poblaban la calle de Cordobanes.

El paso del mesón de la Soledad a la tenería de Cordobanes significó un descenso, una caída para la familia de Porfirio. Estaban por venir tiempos de penuria para ellos, al igual que para el resto de los oaxaqueños. El año había sido duro, como recapitulaba una nota publicada el 31 de diciembre de 1837 por El Día. “Algunos terremotos han sacudido fuertemente nuestro pavimento”, dijo. “El cielo nos negó oportunamente el beneficio de las lluvias; nos protegió por fin con ellas, y las recibimos a expensas de algunas víctimas desgraciadas de la electricidad atmosférica. Un evento, fatal, hizo desarrollar un incendio devorador, que sin los auxilios de la sociedad, habría funestamente terminado. La falta de aguas (a su tiempo) atrajo el encarecimiento de las semillas”.14 Todos sabían a qué hacía referencia aquella nota: había ocurrido un incendio en la calle de Segovia y había caído un rayo cerca de la Soledad que mató a varios miembros de una familia que vivía en la calle del Peñasco. “¡Qué cuadro tan desconsolador!”, prosiguió la nota. “Acaso no habrá un solo oaxaqueño, que si con seria meditación pasa revista a los días de 837, no tenga algún motivo para dejar escapar alguna lágrima”.15 Hubo tal vez quien atribuyó los males al cometa que sobrevoló Oaxaca —quizá visto como de mal agüero— en agosto de 1837, el mes del matrimonio de Desideria. Pero los años de prueba para los oaxaqueños estaban apenas por comenzar.

Porfirio Díaz

3

EL DIA Y LA NOCHE

Las viviendas eran por lo general sencillas en Oaxaca: la cama de tablas, el lavamanos de madera, el baúl para la ropa, un anafre para guisar, una mesa con sillas de palo, el altar con las imágenes de los santos, a veces con la Virgen de la Soledad. La vida transcurría en el interior del hogar, en contacto más o menos apartado con el exterior. Las ventanas no tenían vidrio: estaban tapadas con un trozo de lienzo, en ocasiones con una tabla de madera con agujeros, porque servían, informa un autor, “más para recibir luz y aire que para asomarse a ellas”.1 El nombre del autor es Francisco Vasconcelos, contemporáneo de Porfirio, miembro de una familia conocida ya en Oaxaca, que habría de ser ilustre en México. Vasconcelos ocuparía él mismo cargos destacados en su estado: jefe político del Centro, diputado por Jamiltepec y regidor de Oaxaca, donde sería fundador del Hospital de Caridad y la Sociedad de Artesanos, y donde establecería la cárcel y la alcaldía de la ciudad en el convento de Santa Catarina. Ya de viejo dictaría sus memorias a su nieto, para evocar la vida en Oaxaca durante las décadas de los treinta y los cuarenta del siglo XIX.

Las familias amanecían, todos los días, hacia las cuatro de la madrugada. Prendían entonces un candil para ver en la obscuridad, “tomando la luz de la veladora guardada en un tubo de lata con agua para que los ratones no se la comieran ni causaran un incendio”, explica Vasconcelos.2 La veladora debía arder sin cesar, día y noche, para tener siempre fuego a la mano. Después de rezar el Rosario, todos bebían un chocolate con agua, una taza de atole los más pobres, s

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