Prólogo
Diego Enrique Osorno tiene agallas. En lo que va de su carrera —y tiene apenas 34 años de edad— se ha metido a fondo en los temas más cruentos de su país, desde el zapatismo hasta el narcotráfico por medio del cártel de Sinaloa y de Los Zetas. Sus reportajes y libros de investigación lo han puesto a la cabeza de su generación y le han valido un amplio y merecido reconocimiento de la comunidad periodística. Es admirado por sus colegas y ha ganado premios. Pero Diego no es periodista de concursos y becas. Lo que lo distingue, de hecho, es que es todo lo contrario de eso. Diego se mete a fondo, y en carne propia, en lo que está investigando. Es valiente. No es poca cosa escribir sobre Los Zetas desde Monterrey.
La primera vez que conocí a Diego él tenía apenas 26 años y acababa de llegar de un periplo intenso entre los manifestantes de una revuelta en Oaxaca, donde más de una veintena de opositores fueron asesinados, y otros tantos desaparecidos y torturados. Sintió, me dijo, que había estado en una guerra, y de hecho así fue. En la calle donde él también estaba murieron el mecánico José Jiménez Colmenares y el camarógrafo Brad Will, y vio cómo sus muertes, como tantas otras vinculadas con la política en México, quedaron impunes. Había visto la injusticia en su forma más cruda y descarnada.
Diego Enrique Osorno es un norteño de apariencia afable y desenfadada. Alto, barbado, habitualmente vestido de jeans, botas y camisas de cuadritos con botones y bolsillos estilo vaquero, lo único que le falta para completar el cuadro de vaquero es un sombrero Stetson y, quizá, una pistola en la mano. Porque, claro está, más allá de sus temas y su presencia física, y aunque no lo anda proclamando, tiene alma justiciera. Lo que lo lleva a examinar en detalle y a divulgar los horrores de su país no es un instinto morboso, sino uno moral. Su indignación no la lleva como estandarte o escudo, sino que ya es parte de su camuflaje cotidiano, y sus investigaciones no son menos que grandes denuncias narrativas. Diego Enrique Osorno no necesita viajar al Congo para penetrar en el corazón de las tinieblas, porque lo tiene a la vuelta de la esquina.
Hace un par de años, durante una visita a su tierra natal de Monterrey, Diego me llevó por su ciudad y me enseñó sus lugares icónicos y de renombre. A la manera de un parisiense que me señalara el Moulin Rouge y la Torre Eiffel, Diego me mostró cómo Monterrey era una ciudad controlada por el hampa. Un día, como para subrayar esa realidad, procuró comprobarlo, presentándome a un soldado de Los Zetas quien, durante tres horas en un salón privado de mi hotel, explicó cómo hacían y cómo funcionaban las cosas en su organización. Nos contó cómo y por qué mataban a ciertas personas y cómo, en sus temibles «cocinas», se deshacían de los cuerpos. Al final quedó muy claro que su organización era la dominante en ese territorio mexicano, a tal punto que para el hombre de la «Letra» los jefes de su organización y de los cárteles eran tan autoridades como los generales de la policía, del ejército o los gobernadores de los estados. Tampoco hacía distinciones morales entre éstos, sino que hablaba de todos como de quienes compartían algo en común —el poder—, y quedaba sobreentendido que el poder en sí no se definía ni se juzgaba; se reconocía: existía como el Everest, más allá del bien y el mal.
Si Los Zetas comprenden el poder como algo absoluto, amoral, los mexicanos en su conjunto reconocen a un ciudadano como su máximo rey de reyes. Ese ciudadano es Carlos Slim Helú, el hombre que ha llegado a ser el más rico, no sólo de México sino del mundo. En este nuevo libro, producto de años de investigación dedicada, Diego examina a este pasha moderno, símbolo vivo del capitalismo del siglo XXI y a la vez de México: en un país de caciques, Slim es un gigante entre liliputienses. Semejantes dimensiones tan surreales llevan a Diego a preguntar, en voz alta, si un hombre tan rico puede también ser una buena persona. En el presente libro él intenta explorar esta y otras ideas, así como llegar a una respuesta justa.
Lo que propone Diego, claro está, es un reto verdaderamente mayor. Como alguien que también se ha propuesto perfilar a algunos hombres poderosos, entre ellos al antiguo dictador chileno Augusto Pinochet y a Juan Carlos I, el rey de España hasta mediados de 2014, sé que lo más importante es establecer un conocimiento intuitivo del personaje, así como, idealmente, un acercamiento que permita una mirada más íntima y que también, en el mejor de los casos, arroje alguna luz nueva sobre el personaje retratado. Siempre es muy difícil acercarse a los poderosos, quienes normalmente rehúyen a los periodistas —al menos a los que no controlan— y debido a que tienen séquitos nutridos de empleados cuya función en la vida es mantenerlos distantes y asegurar que todo retrato de ellos sea positivo. Por sus grandes méritos como periodista, y —no me cabe ninguna duda— su afable personalidad también, Diego ha logrado circunvalar los retenes alrededor de Slim para lograr no uno, sino varios encuentros con él, y sostener diálogos profundos sobre un arcoíris de diversos temas. Eso, claro, aparte de sus propias pesquisas alrededor de Slim durante varios años: entrevistas con amigos y enemigos, así como trabajo de revisión en archivos inéditos, lo que hace que este libro de Diego sea realmente algo de valor, todo un aporte a la historia moderna. Hay unos encuentros inolvidables que sostiene Diego con Slim en su biblioteca personal. Ahí Slim se muestra como un omnívoro devorador de libros —desde biografías políticas y de grandes financieros hasta el diario del Che en Bolivia— y bastante campechano. Le dice a Diego que está dispuesto a contestarle todas las preguntas que él le haga y que lo único que pide a cambio es que no ponga «muchas mentiras» en su libro. En todo momento, claro, Diego es nuestro guía, preguntando, mirando y olfateando todo lo que ve y oye, buscando la verdad sobre Slim.
En el fondo, claro está, lo que Diego busca es la frontera entre el bien y el mal. ¿Dónde está? ¿Cómo encontrarla en un país como México? ¿Quién es Carlos Slim y qué dice del México de hoy?
Acá los dejo con esa incógnita, en las manos del genial y valiente Diego Enrique Osorno.
JON LEE ANDERSON,
Holguín, Cuba, septiembre de 2015
Nota del autor
La vida del mexicano Carlos Slim Helú, uno de los hombres más ricos del mundo en el primer cuarto del siglo XXI, no sólo es el relato de la primera persona nacida en un país en vías de desarrollo que alcanzó la cima de los multimillonarios de la revista Forbes. Es también la crónica sobre un empresario de mi país que respaldó en momentos críticos al régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que gobernó México con marcado autoritarismo y corrupción durante más de 70 años ininterrumpidos hasta el 2000, a la par que aprovechó el proceso de privatización de empresas y bancos nacionales impulsado desde los ochenta a nivel internacional por Estados Unidos y otras potencias mediante el llamado Consenso de Washington, la puerta de entrada para la consolidación del neoliberalismo en diversas regiones subdesarrolladas del mundo. En ese sentido, ésta es una historia de vida alrededor de un fenómeno que se ha estudiado poco: el capitalismo latinoamericano.
Slim conoció el mundo de los negocios desde niño, gracias a su padre Julián Slim Haddad, un emigrante de Líbano que prosperó en México como comerciante y cuyas ideas políticas estaban cerca de Al Kataeb, organización creada en su país natal por la familia Gemayel, con inspiración de las falanges españolas de Primo de Rivera.
Durante su juventud, luego de estudiar ingeniería civil en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) —y destacarse por ser un estudiante bromista que, además de dar clases de matemáticas y ser catcher del equipo universitario de beisbol, celebraba el uso de la entonces novedosa calculadora electrónica—, Slim se casó con Soumaya Domit Gemayel, sobrina del presidente libanés que ordenó las masacres de Sabra y Shatila, en las cuales falangistas mataron a más de 2.000 personas, sobre todo palestinos refugiados en Líbano a causa de la guerra con Israel. El sacerdote que ofició su boda fue Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, congregación religiosa que ha sufrido escándalos de pederastia y corrupción hasta llegar a ser intervenida por el Vaticano. Quien acompañó a Slim al altar ese día, además de su madre Linda, fue su hermano mayor, Julián, un activo comandante de la Dirección Federal de Seguridad, la policía política del régimen priista que, bajo el contexto de la Guerra Fría, cometió asesinatos, tortura y desapariciones forzadas de opositores.
Después de la boda, Slim unió las iniciales de su nombre y las de su esposa para fundar Carso, el grupo que encabeza las operaciones que le han dado una fortuna en ocasiones cercana a los 80.000 millones de dólares, por algunos momentos incluso superior a la de Bill Gates, Warren Buffett, Amancio Ortega, George Soros, Marck Zuckerberg y otros ultrarricos. Soumaya, su esposa, no pudo ver consolidado a nivel global el emporio familiar ya que murió de una enfermedad renal crónica en 1999. Dos años antes, el mexicano más rico del mundo estaría también al borde de la muerte, luego de una operación de corazón practicada en Houston, que cuando trascendió provocó caídas de las acciones de sus empresas en la Bolsa de Valores de Nueva York y rumores sobre su posible retiro del mundo de los negocios.
Pero en 2015, Slim había dejado atrás aquellos malestares… Y también algunas de sus relaciones más polémicas. Ya no es identificado como testafero del ex presidente Carlos Salinas de Gortari, quien en la actualidad, además del banquero Roberto Hernández, es considerado uno de sus adversarios en México, junto con Televisa, la principal cadena de televisión en habla hispana del mundo. Ahora el apellido Slim se asocia con The New York Times, o el de otros ex presidentes, como el del demócrata Bill Clinton, el del socialista Felipe González y hasta con el de Fidel Castro. Incluso, durante la crisis electoral que vivió México en 2006, de acuerdo con colaboradores del ex presidente Felipe Calderón, Slim intervino de forma sigilosa para respaldar al candidato presidencial de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador, en su demanda de que se anularan los cuestionados comicios. Aunque dice que no le agrada ser Santa Claus, a través de sus fundaciones Slim ha dado dinero para causas altruistas. Sin embargo, en comparación con otros ultrarricos del mundo, su filantropía es bastante tacaña. Además, su faceta de mecenas se ha convertido en otra forma de seguir siendo calculador y hacer política.
Tras entrevistar a amigos y enemigos del empresario, así como de una exhaustiva investigación en archivos históricos y confidenciales de los órganos de inteligencia, que incluye el testimonio claro de Slim, gracias a una serie de entrevistas que me concedió especialmente, esta biografía busca contar quién es el magnate, más allá de frías cifras económicas y clichés del éxito empresarial. Con sus ventajas y desventajas, se le mira desde la distancia de una pasarela periodística como la que lo miró pasar en Washington, d. C., en 2010, donde una fotografía de la agencia Getty muestra a Slim, con una pintura del ex presidente Grover Cleveland de fondo, mientras camina vestido de frac y asomándosele un gafete de invitado especial de la Casa Blanca.
En ese sentido, este libro no es un reportaje financiero ni una mirada económica a su imperio, sino un retrato de la forma en la que Slim ha influido socialmente, así como de la manera en que se relaciona políticamente y sus acciones u omisiones repercuten en la vida pública de México y los 18 países de América Latina donde posee inversiones. A la par, espero que sea un recorrido por pasajes claves de la historia mexicana, como los años posteriores a la Revolución, la matanza de Tlatelolco en el 68, la guerra sucia, las crisis económicas de los ochenta, la privatización salinista, la alternancia del año 2000, el conflicto postelectoral de 2006, la llamada guerra del narco y el regreso del PRI al poder con el gobierno de Enrique Peña Nieto.
El periodismo latinoamericano suele venir de arriba y se dirige hacia los de abajo. Representa una forma en la que el poder dice su verdad al pueblo, no necesariamente en la que el pueblo dice la verdad al poder. En 2007, cuando tuve por primera vez el impulso de investigar en términos periodísticos a Slim, la idea era retratar a mi país desde un ángulo distinto. En ese momento acababa de cubrir una rebelión en Oaxaca, uno de los estados más pobres, y las historias de las que solía escribir en otros lugares de la República siempre estaban ligadas a la marginalidad. ¿Cómo sería entonces investigar al poder?, ¿qué encontraría si me pusiera a indagar sobre el hombre más rico del mundo con el mismo ímpetu con el que seguía un levantamiento popular o con el que visitaba una comunidad sumida en el hambre?, ¿qué cosas de México podrían apreciarse desde esa otra mirada?
Después de la investigación que hice, ensayé varias formas de escribir esta biografía: desde el recurso de la carta al monopolista, hasta el modelo coral, usado por Ryszard Kapusćinśki en El emperador o por Hans Magnus Enzensberger en El corto verano del anarquismo. Finalmente, ante las características del personaje y de la información obtenida, opté por un registro más puntual como la mejor forma de contar la historia de Slim. Así es que mi amplia investigación sobre él se entrelaza con sus puntos de vista.
Debo mencionar que, pese a los diversos temas delicados que le planteé en mis entrevistas, Slim mantuvo siempre una actitud de respeto. Las preguntas acerca de asuntos controversiales prefirió responderlas escuetamente. Debo agradecerle las más de siete horas que me compartió para este libro en el que empecé a trabajar hace ocho años. Durante nuestros encuentros, me mostró fotografías suyas mientras era atendido por su dentista, oímos canciones de Chamín Correa, platicamos en lo que le cortaban el pelo un día antes de un evento con el presidente, me obsequió la autobiografía de su amiga Sophia Loren y un ensayo biográfico sobre Gengis Kan, además de compartirme el proceso de preparación de una conferencia que dio en septiembre de 2015 a los becarios de su Fundación Telmex sobre la evolución de las sociedades durante la historia de la humanidad. En algún momento el magnate, en su tono medio de reclamo y de juego, me dijo: «Me hiciste decir muchas cosas que nunca había dicho».
Aunque esta biografía quizá tiene una fuerza especial porque cuenta con la voz directa y habitualmente poco escuchada de su personaje principal, sobre todo espero que plantee el reto de conocer y analizar a uno de los personajes más importantes del mundo actual, a partir de datos e interrogantes como el de si ha ayudado realmente a combatir la pobreza y si se puede vivir sólo por el dinero, con la creencia de que la economía es ajena a los problemas sociales y políticos. La pregunta acerca de si el hombre más rico del mundo puede ser una buena persona fue una de las que me guió durante el trabajo de inmersión en la investigación para este libro, aunque finalmente decidí no exponerla abiertamente en el texto, para dejar al lector la libertad de hacer esta o cualquier otra reflexión durante la lectura. Una inteligente amiga me recordó que Javier Cercas plantea en El impostor que contar la historia de alguien implica entender, y lo que se entiende suele acercarnos, de tal suerte que el ejercicio de narrar, de alguna forma, disminuye las distancias que las brechas —en este caso de dinero— imponen, y así, cada quien puede juzgar con una mejor perspectiva.
No es fácil analizar a un millonario más allá de los estereotipos buenos o malos que hay sobre ellos. El psicoanalista francés, Jacques-Alain Miller, discípulo de Lacan, cree incluso que con los ultrarricos es imposible. En una entrevista para el semanal Marianne contó que en 2008 recibió en su consultorio a un millonario que le contaba cómo en esos días ganaba o perdía un millón de dólares especulando hasta que quedó arruinado por la crisis financiera de ese año. «Si usted es verdaderamente rico, más bien es inanalizable, porque no se encuentra en situación de pagar, de ceder algo que sea significativo: el análisis le resbala por encima como el agua sobre las plumas de un pato», explica Miller, para quien «el dinero es un significante sin significación, que mata todas las significaciones. Cuando uno se consagra al dinero, la verdad pierde todo sentido».
Este especialista que se formó junto con Jean-Paul Sartre considera que son tres las motivaciones que suele haber detrás de los grandes acumuladores de capital. La primera tiene que ver directamente con la muerte y se refleja a través del miedo a las enfermedades y el deseo de perpetuarse en su descendencia. La segunda está vinculada al goce y se refleja con el consumo inmediato y el gasto desenfrenado. Ninguna de estas dos parecería la principal motivación de Slim. Quizá la tercera clasificación que hace el psicoanalista Miller es la que aplicaría: la de tener el dinero por el dinero, el placer puro de poseer, el empuje a ganar más.
Pero este libro dice más cosas sobre Slim, dependiendo del lector que lo tenga en sus manos. Puede ser la historia del hijo de un inmigrante libanés que sumó su habilidad matemática a su visión empresarial para crear un emporio global; o bien, puede ser el registro de la desigualdad económica que prevalece en el mundo y en especial en México, donde la riqueza de los millonarios —Slim por delante— creció 32 por ciento entre 2007 y 2012, a pesar de que en el resto del mundo disminuyó 0,3 por ciento según el Global Wealth Report 2014.
También hay quienes podrían encontrar aquí el relato sobre un personaje que representa la moral neoliberal de nuestros tiempos, aquella que desconfía de los políticos, cree que el mercado es el mecanismo más eficaz para todo, incluso para combatir la corrupción, y ve la filantropía como una inversión social y a la empresa como un elemento de riqueza colectiva.
Lo que me queda claro es que dominación y resistencia son dos conceptos que me han marcado, a veces inconscientemente, al investigar y al escribir este y mis otros libros. Es en esa disputa entre cualquier tipo de poder establecido y la oposición que se organiza para hacerle frente, donde se encuentran mis preguntas periodísticas más importantes. Estoy de acuerdo con el filósofo boliviano Raúl Prada en que la teoría de la lucha de clases de Marx no es una clasificación botánica, como muchos marxistas dogmáticos creen, «sino que es una puesta en escena de la lucha de clases, una puesta en escena a través del drama del enfrentamiento de dos protagonistas históricos, el proletariado y la burguesía. Se trata de una teoría no sólo crítica sino dinámica de la lucha de clases».
A mí me ha tocado atestiguar y narrar, desde perspectivas diferentes, la existencia de esa lucha de clases. Mi primer libro Oaxaca sitiada cuenta la primera insurrección que hubo en México en el siglo XXI en un lugar pobre y sojuzgado durante largo tiempo. Se relata el conflicto desde las barricadas populares, aunque también entrevisté al cuestionado gobernador y a todos los miembros de la clase política que gobernaba en ese momento, incluso a los jefes policiales que realizaron la represión en la que se cometieron crímenes de lesa humanidad.
En contraste, lo que traté de hacer en este libro fue contar la vida de uno de los mayores representantes del capitalismo: la lucha de clases es motor de mis historias y de muchos otros narradores a los que nos tocó vivir en esta era tan efervescente y desigual.
No ver la lucha de clases detrás de una insurrección popular o de la vida del hombre más rico del mundo es no querer ver la realidad. En ese drama gira la Historia.
Oaxaca de Juárez, Oaxaca, octubre de 2015
I
1
Negociar
Hace unos años, en un acto público de caridad, un hombre se acercó a Carlos Slim Helú para proponerle un negocio: editar un libro de fotografías sobre la Ciudad de México y regalarlo en Navidad. Slim, uno de los hombres más ricos del mundo en el primer cuarto del siglo XXI —incluso en ocasiones más rico que Bill Gates y Warren Buffett— aceptó la oferta. Le pidió que preparara 1.000 ejemplares para sus clientes especiales de Inbursa, el banco del que es dueño, como también lo es de decenas de empresas en una veintena de países, incluyendo la de telecomunicaciones más gigante de Latinoamérica, una compañía industrial de cables eléctricos, hospitales, minas de oro, petroleras, equipos de futbol, librerías, cigarreras, el predio en torno al cual está una pirámide prehispánica en el Distrito Federal, tiendas Saks Fifth Avenue, fábricas de bicicletas, 11 satélites geoestacionarios, empresas de cable, líneas de ferrocarriles, constructoras, acciones de The New York Times y de AT&T, así como la colección más completa de moldes de esculturas de Auguste Rodin.
Semanas después de haber conversado con el multimillonario, el hombre del libro navideño obtuvo una cita con él. Lo recibiría en su oficina de Lomas de Chapultepec, la más tradicional de las colonias adineradas de la capital mexicana, donde exhibe la escultura de bronce de un Napoleón descansando en un sillón, una obra del artista Vincenzo Vela premiada a finales del siglo XIX en París. Según uno de sus empleados, Slim la tiene allí para recordarse que es un simple mortal.
Cuando el hombre le entregó un ejemplar de la publicación, Slim lo revisó con detenimiento y observó la factura con un semblante serio. Le dijo que no podía pagar ese precio porque le parecía muy caro. El fotógrafo aficionado le aseguró que no se estaba lucrando con el libro, que sus costos de producción eran reales. De su escritorio, donde no existe computadora alguna, Slim tomó papel y lápiz, sumó y restó, hasta conseguir la cifra que estaba dispuesto a pagar. El hombre del libro navideño cedió ante el regateo del mexicano más rico del mundo.
En una de las tres largas entrevistas concedidas especialmente para este libro, Slim me dijo que no recordaba el episodio contado por el protagonista, quien por temor a represalias me pidió mantener su identidad en anonimato. En México muchos saben algo de Slim, pero no abunda gente dispuesta a hablar de él con soltura. Por eso hay más leyendas que retratos de este hombre que estudió ingeniería civil haciendo cuentas con calculadoras electrónicas, un objeto al que, en su tesis para graduarse, el futuro millonario auguraría un gran porvenir.
La historia del libro de Navidad es una de tantas que, entre la verdad y la ficción, se cuentan en reuniones de empresarios para recordar el «estilo Slim» a la hora de negociar. Otra anécdota de risa que se esparce como virus entre los mismos círculos es la del tiempo que Slim se pasó hablando con un vendedor de Venecia para conseguir el descuento de las baratijas que éste ofrecía.
—Sí sucedió algo en Venecia, pero las cantidades no son lo importante. Entré una vez a una tienda y hablé con ese viejo comerciante heredero de la tradición veneciana. Eso es el establecimiento de conversación con la gente. Primero estaba platicando yo con el hijo del comerciante y luego llegó él. Entonces ya se volvió una conversación larga —aclara Slim sobre la anécdota de aquella negociación, presenciada por un grupo de intelectuales mexicanos que acompañaban al magnate.
»Yo no soy comerciante. Yo no estoy en la tienda comprando mercancía para revenderla. Yo me meto a los costos, a los programas de venta, a la comercialización, a los planes, a cosas de ese tipo, pero no a comprar.
»Cuando compras lo haces a gusto, aunque normalmente yo no ando comprando cosas.
Para Slim, lo que hizo con aquel comerciante veneciano no fue regatear, sino «entrar en comunicación con un empresario, con una gente de negocios».
A fin de que se entienda mejor su estilo de negociación, el propio Slim elaboró un decálogo que sus empleados y algunos seguidores que conozco tratan de atender puntualmente. En 2007, cuando solicité por primera vez una entrevista formal con él, uno de sus 220.000 trabajadores me informó con amabilidad de que analizarían la solicitud. Entre los documentos que anexó en el mensaje de respuesta estaba ese donde el magnate explica los principios de su conglomerado de empresas:
1. Estructuras simples, organizaciones con mínimos niveles jerárquicos, desarrollo humano y formación interna de las funciones ejecutivas. Flexibilidad y rapidez en las decisiones. Operar con las ventajas de la empresa pequeña que son las que hacen grandes a las grandes empresas.
2. Mantener la austeridad en tiempos de vacas gordas fortalece, capitaliza y acelera el desarrollo de la empresa; asimismo evita los amargos ajustes drásticos en las épocas de crisis.
3. Siempre activos en la modernización, crecimiento, capacitación, calidad, simplificación y mejora incansable de los procesos productivos. Incrementar productividad, competitividad, reducir gastos y costos guiados siempre por las más altas referencias mundiales.
4. La empresa nunca debe limitarse a la medida del propietario o del administrador. No sentirnos grandes en nuestros pequeños corralitos. Mínima inversión en activos no productivos.
5. No hay reto que no podamos alcanzar trabajando unidos con claridad de los objetivos y conociendo los instrumentos.
6. El dinero que sale de la empresa se evapora. Por eso reinvertimos las utilidades.
7. La creatividad empresarial no sólo es aplicable a los negocios, sino también a la solución de muchos de los problemas de nuestros países. Lo que hacemos a través de las fundaciones del grupo.
8. El optimismo firme y paciente siempre rinde frutos.
9. Todos los tiempos son buenos para quienes saben trabajar y tienen con qué hacerlo.
10. Nuestra premisa es y siempre ha sido tener muy presente que nos vamos sin nada; que sólo podemos hacer las cosas en vida y que el empresario es un creador de riqueza que administra temporalmente.
Slim enfatiza su discurso público para dar este tipo de consejos a quienes lo escuchan. No fue difícil para sus asesores de comunicación determinar que el potencial de popularidad que posee radica en este aspecto: crear o alentar en los demás el sueño de volverse millonarios siguiendo sus pasos. Así, el magnate reparte fórmulas, tips y claves para el mundo de los negocios, donde su holding Carso —llamado así por las iniciales de su nombre y de su fallecida esposa Soumaya— controla empresas de alimentos, autopartes, comercio, detergentes y cosméticos, maquinaria y equipo eléctrico y no eléctrico, metales no ferrosos, minería, papel y productos de papel, productos de hule, química y comunicaciones, entre otros ramos diversos que lo hacen el grupo industrial de mayor participación en la Bolsa de Valores de México.
«Historia de Grupo Carso» se llama el documento que escribió para relatar la forma en que evolucionó su imperio. Aunque está fechado en junio de 1994, me lo dio personalmente —con algunas anotaciones que hizo lápiz a mano— en la primavera de 2015 para que entendiera la forma como opera su conglomerado de compañías. Entre los principios que se mencionan del Grupo Carso se encuentra el de trabajar sin un staff corporativo, ya que la empresa siempre debe localizarse en la planta de producción, en la operación y la venta, y con los mínimos gastos de operación. También se especifica que las inversiones deben realizarse en la planta productiva y en los equipos de administración y distribución, nunca en activos corporativos.
Más allá de su perfil empresarial, Slim también posee un lado político. Desde 2006 hasta la fecha, ese perfil político ha sido cada vez más escudriñado, aunque él nunca ha parecido demasiado preocupado por la drástica división de opiniones que produce su figura ni tampoco demuestra esmero en explicar directamente a la prensa el origen y desarrollo de su megafortuna. Sin embargo, «¿cómo se siente ser el hombre más rico del mundo en un país de 50 millones de pobres?» Es una de las preguntas que contesta el empresario en un dossier de temas frecuentes que reparte su equipo de comunicación a los reporteros que solicitan entrevistas: «esto para mí no es una competencia y mucho menos en ese tipo de categorías. Yo al morir no me voy a llevar nada; crear riqueza y procurar distribuir su ingreso sí se quedará aquí», responde para sí. Otras preguntas del cuestionario son igual de ásperas: «¿es cierto que Carlos Salinas de Gortari le vendió Teléfonos de México a cambio de un favor?».
Pero la mayoría son complacientes. La última es: «¿Por qué no ha incursionado en la política mexicana como candidato presidencial?». Slim pudo haber colocado ahí una frase que ha pronunciado en otras intervenciones públicas que registré durante el tiempo que seguí su rastro para escribir esta biografía: «Creo que un hombre de negocios puede hacer con un dólar lo que un político no puede hacer con dos o más».
¿Cómo se involucró de manera formal en el mundo de los negocios este hijo de un comerciante libanés que estudió ingeniería civil en una universidad pública? El empresario, quien nació el 28 de enero de 1940 en la Ciudad de México, adquirió en 1965 la embotelladora Jarritos del Sur, para luego crear una casa de bolsa, una constructora, una minera, una operadora de bienes raíces y una inmobiliaria a la que llamó Carso, cuyo nombre retomaría años más tarde para nombrar a todo su emporio. Su primera adquisición estratégica fue una empresa de artes gráficas llamada Galas de México, de la cual compró el 60 por ciento en 1976:
Galas, al adquirirla, presentaba condiciones muy difíciles: huelga, 1.700 clientes y sólo uno era 25 por ciento de las ventas (y se integró poco después), numerosos productos, equipos obsoletos, muy endeudada, clientes molestos por la huelga, proveedores que no surtían por falta de pago, deudas vencidas con bancos, arrendadoras financieras y proveedores, así como convenios de impuestos y seguro social no cumplidos, además de dificultades laborales y con experiencia industrial más limitada.
Fue esta compra, y cuatro años después la del 10 por ciento de Cigarrera La Tabacalera Mexicana, con las que el apellido Slim se empezó a conocer entre el alto empresariado nacional. En 1980 nació formalmente Grupo Carso, y entre 1981 y 1984, período de crisis económica en México, su consorcio realizó un importante número de operaciones, a las que Slim define como «mexicanización de empresas», un término que refleja el nacionalismo que suele aparecer en su lenguaje. El magnate resalta que en esa época de crisis aprovechó para adquirir a precios por debajo de su valor real diversas compañías controladas por extranjeros, entre las que se encuentran la cadena de restaurantes y farmacias Sanborns, la fábrica de aluminio Reynolds, la minera Nacobre, así como las llanteras Euzkadi y General Tire.
La década de 1980 es considerada por el empresario como el punto de inflexión en el desarrollo de su conglomerado de empresas. Este crecimiento es relatado de manera entusiasta por el magnate:
Como todos recordamos [la década de 1980] fue una etapa crítica en la historia del país, en la que se perdió la confianza en su futuro. Entonces, mientras los demás rehusaban invertir, nosotros decidimos hacerlo. La razón de esta decisión del Grupo Carso fue una mezcla de confianza en nosotros mismos, confianza en el país y sentido común. Cualquier análisis racional y emocional nos decía que hacer cualquier otra cosa que no fuera invertir en México sería una barbaridad. No es posible educar y formar a nuestros hijos adolescentes (o de cualquier edad) con miedo, desconfianza y comprando dólares.
Slim equipara este período de compras arriesgadas con una adquisición hecha por su padre: «Las condiciones de aquellos años me recordaron la decisión que tomó mi papá en marzo de 1914: cuando en plena Revolución le compra a su hermano 50 por ciento del negocio, poniendo en riesgo todo su capital y su futuro».
En realidad, las condiciones entre un momento y otro resultaban sumamente distintas. Mientras que al papá de Slim le había tocado el caos revolucionario, el magnate hizo su inmensa fortuna en el marco de la ideología dominante en la actualidad: el neoliberalismo. Fue durante su intensa aplicación en México, a través del llamado Consenso Washington, como Slim desarrolló buena parte de su capital.
¿Qué es el Consenso Washington? Es un término usado coloquialmente para nombrar el modelo económico que imponen las potencias mundiales a los países en vías de desarrollo. Una de las mejores definiciones que hay es la del escritor indio Pankaj Mishra, quien lo sitúa como «la ortodoxia ideológica dominante antes de la crisis económica de 2008, a saber, que ninguna nación puede progresar sin poner freno a los sindicatos, sin eliminar las barreras comerciales, poner fin a los subsidios y, lo que es aún más importante, sin minimizar el papel del gobierno».
Slim aprovecharía mejor que ningún otro empresario de la región esta histórica coyuntura en la que ocurrió la liberalización de economías que antes de los ochenta habían sido controladas férreamente por regímenes políticos. El magnate se convirtió así en el más emblemático representante de algo poco estudiado hoy en día: el capitalismo latinoamericano.
2
Forbes
La lista de los hombres más ricos del mundo que elabora la revista Forbes detalla que, en 2014, junto con Carlos Slim, entre los mexicanos más ricos del mundo también estaban Germán Larrea, con 14.700 millones; Alberto Baillères, con 12.400 millones; Ricardo Salinas Pliego, con 8.300 millones; Eva Gonda de Garza Lagüera, con 6.400 millones; María Aramburuzabala, con 5.200 millones; Antonio del Valle, con 5.000 millones; la familia Servitje Montul, con 4.800 millones; la familia González Moreno, con 4.700 millones, y Jerónimo Arango, con 4.200 millones. Si se suma la fortuna en conjunto de estos otros nueve multimillonarios mexicanos da la cantidad de 65.700 millones de dólares, la cual resulta aún inferior a los 72.000 millones de dólares adjudicados a Slim en aquel año. En México no hay nadie que se acerque a disputarle al magnate de ascendencia libanesa su liderazgo en la lista de Forbes.
El escritor Eduardo Antonio Parra alguna vez me afirmó que Slim no era el primer mexicano que lograba ser el hombre más rico del mundo, sino Antonio de Obregón y Alcocer, quien en el México virreinal del siglo XVII amasó una enorme fortuna explotando la mina de La Valenciana, en Guanajuato, la cual fue en esos años la mayor productora de plata del planeta. La explotación sistemática y el trabajo semiesclavizado de sus mineros convirtieron a Obregón en un personaje célebre de la época colonial y por ello recibió el título de conde por parte del rey Carlos III de España. De acuerdo con Parra, el conde de La Valenciana era tan rico que cuando su hija se casó mandó alfombrar el camino de su casa a la iglesia con puros lingotes de plata.
De Obregón y Alcocer no aparece en un interesante ejercicio que hizo la revista Forbes al calcular mediante una serie de variables una lista de las 75 personas más ricas en la historia de la humanidad. Este listado lo encabeza el petrolero John D. Rockefeller y se incluye también a otros personajes como el zar Nicolás II de Rusia, el magnate Andrew Carnegie, el empresario automotriz Henry Ford, el faraón Amenofis III de Egipto, el petrolero Jean Paul Getty, el robber baron Cornelius Vanderbilt, el rey Guillermo II de Inglaterra, la reina Cleopatra, el fundador de Walmart Sam Walton, el senador romano Marco Licinio Craso y el propio Slim.
En realidad Slim no sólo es un hombre inmensamente rico: también es un estratega. Desde su juventud demostró esa característica. Su tesis para titularse como ingeniero («Aplicaciones de programación lineal a algunos problemas de ingeniería civil»), además de ser una reivindicación de las calculadoras electrónicas, es un minucioso análisis de la forma en la que se dieron las operaciones de la guerra más sangrienta del siglo XX. El joven Slim inicia el prólogo así:
La intención fundamental de este estudio es describir algunas técnicas de las desarrolladas a partir de la Segunda Guerra Mundial y clasificadas, correcta o incorrectamente, dentro de «la investigación de operaciones», así como describir brevemente algunas de sus aplicaciones a la ingeniería civil. Estas técnicas, que han logrado un notable desarrollo como resultado del gran número de aplicaciones prácticas que se les han encontrado, constituyen una herramienta formidable que viene a ayudar notablemente al sentido común y que permite hacer a los directores en general decisiones más racionales y objetivas (sin desplazarlos en ningún momento), haciendo posible asimismo «jugar» con ellas, determinando sus consecuencias. Lo efectivo de su empleo depende de la precisión de los datos suministrados y de la elección de la técnica conveniente.
Luego de quedarse con el control de la antigua empresa paraestatal mexicana Telmex, una táctica que Slim utilizó fue la de usar el capital generado por el crecimiento del mercado mexicano de la telefonía celular que en dos años pasó de 8,3 millones a 96,2 millones de usuarios, para fortalecer económicamente a su empresa América Móvil y, con el enorme flujo de dinero que poseía, ir adquiriendo nuevas compañías de telecomunicaciones en Brasil, Argentina, Perú, Chile, Ecuador y Colomb
