Esperanza Iris

Silvia Cherem

Fragmento

Esperanza Iris

DOS

Me dijiste: reinita amada, siempre estaré para mimarte. Y luego: no tardo. Pero pasa la noche y pasa el día sin que aparezcas y, cuando vuelves, tus disculpas resultan insuficientes para acallar lo que mi corazón dicta. ¿Crees que no me doy cuenta? Hinchas tu ego con mi fama, maquillas tu reputación con mi nombre y experiencia.

Santísima Virgen, ayúdame, la angustia me trepa hasta la garganta. Por qué me tiendo trampas, Paco, por qué construyo alambradas de espinas, por qué me convierto en esa fierecilla tonta que te hostiga y cansa, que contamina nuestra relación con palabras de encono. Sé que eres un buen hombre, prometo portarme bien, no quisiera mortificarte con sermones o barruntos, pero no puedo controlarme. No olvido ni por un minuto cuánto te amo, cuánto agradezco que hayas sorbido mi desaliento con tus besos cuando mi vida parecía haber terminado, cuando perdí la razón, cuando mi corazón estaba sin fuerza, cuando me sepultaban las tristezas. En todo momento le pido a Dios Padre, mi Pacotes, que no lastime más mi espíritu, que no me desampare, que me ayude a cambiar para serenarme y ser feliz a tu lado; pero, sabes, cuando tú no estás, mis voces me enloquecen, se ensañan, van, vienen, rondan obstinadas, me acechan como un insaciable verdugo capaz de extraer sangre de cada una de mis lágrimas secas.

Mi pensamiento me taladra: Te lo advirtieron, no quisiste creerlo, esa negra cabeza de jíbaro te traerá suerte en lo económico, también desgracia en lo sentimental. Una y otra vez se columpia: desgracias en lo sentimental. ¿Más desgracias? Créeme, Paco, intento imponerme. No creo en gatos negros, espejos rotos ni en los conjuros del infierno, pero nada somete tanta inquina. No hallo forma de doblegar su crueldad. Esa gritería husmea cada página de mi existencia, afila garras y dientes, desdeña mi pasado glorioso: los teatros llenos, las ovaciones, los reconocimientos. Aprovecha la soledad para enquistarse en la jaula de mi mente. Insiste en que me sepultan la fama, los aplausos, los trofeos de la vanidad. ¿Quién no quiere ser inmortal? Consagré mi vida entera para edificar un templo del arte con mi nombre y mi busto tallados en piedra. Fui coronada emperatriz y reina.

¿Reina, Esperanza? ¡No te engañes!, no estás en el escenario. Temo al mañana: suerte en lo económico, aún más desgracias en lo sentimental. Virgen adorada, apiádate de mí, mi juicio me crucifica con su teatro de pesadillas. Soy su cruz, también los clavos. Todo irrita mis nervios. No hallo forma de serenar el martirio. Me torturan las palabras, me mortifican los vaivenes de mi conciencia, el torrente de angustias. Paco, mis crisis son por tu culpa, porque tus ausencias son cada vez más prolongadas, porque no te intereso, porque abusas de mí, porque cada día resulta más difícil ponernos de acuerdo.

¿Dónde estás, por qué no llegas? Me refugio en el televisor que me regalaste para que me acompañara en mis ratos de soledad. Para mi santo, en noviembre pasado, me trajiste no una ni dos televisiones Silvertone, ¡sino cuatro!, convenciste al distribuidor de Sears para que te los prestara. Para que mi reinita, mi amada Esperanza Iris, pueda escoger su televisor, el que más le guste. ¿Quién puede negarse a tu capacidad de seducción? Mientras te decides cuál quieres, reinita de mi corazón, te los voy a prender todos al mismo tiempo, grandes y chicos, de patas o en consola con molduras de madera y remates dorados. Encendiste los cuatro aquí en nuestra sala y con un eco disonante resonó la voz del locutor del Canal 4 anunciando mi cumpleaños. El de nuestra Esperanza Iris, la reeeeina de México. Así me sorprendiste. Amigos, familia y compañeros del teatro me felicitaron, constataron tu delicadeza para conmigo, tus detalles para consentirme, tu capacidad para mostrar a todos cuánto me quieres.

La transmisión es un caos de nieve e interferencia en blanco y negro. No tolero el ruido, quiero descansar, dejar de sufrir. Me dijiste que la televisión me serviría para quitarme de la cabeza los problemas, para no estar tan inquieta con tus negocios y con mis aprensiones, pero no funciona, rara vez sucede. ¡Cómo quisiera tener tu tranquilidad de espíritu! Esa capacidad para dejar los centavos como cosa secundaria, para caminar recto y sin turbaciones. Insisto una vez más. El Canal 2, La voz de América Latina desde México, no logra sintonizarse, muevo las antenas, los rostros se distorsionan, no hay forma de entender una sola palabra de aquello que dice Paco Malgesto en el Noticiero Celanese. Doy vuelta a la perilla. En el Canal 5 están los títeres de Rosete Aranda. No tengo paciencia para ver marionetas ni peleles. Sólo Dios, Dios supremo, Misericordioso rey del universo, guía los destinos.

Aguardo el Noticiero General Motors en el Canal 4. Guillermo Vela, un hombre regordete de lentes y pelo ralo, lee las noticias: esta mañana, —24 de septiembre de 1952—, tuvo lugar un atentado en un avión DC3 de pasajeros, el vuelo 575 de la Compañía Mexicana de Aviación, matrícula XA-GUJ, con ruta México-Oaxaca-Tapachula, que despegó del Distrito Federal a las ocho y un minuto. A sólo quince minutos de vuelo, cuando se dirigía al noreste para sortear las altas montañas de la sierra de Puebla y así proseguir hacia el sur, el avión fue sacudido por una fuerte explosión. Se sospecha que el móvil pudo ser una bomba. ¿Una bomba?, al fin algo me distrae. La tragedia ajena me permite entretenerme, depositar mis fantasmas en otro fango.

El capitán piloto aviador Carlos Rodríguez Corona, miembro activo del Escuadrón 201 de la Fuerza Aérea Expedicionaria Mexicana, se sorprendió al escuchar la detonación que causó averías en el techo de la cabina de mando y en el departamento de equipajes. Al constatar el enorme boquete en el lado izquierdo del fuselaje y tras verificar que sus instrumentos de navegación eran inservibles, tomó control de la nave para tratar de aterrizar. Volando a ciegas, después de cerca de tres cuartos de hora de estar planeando, pudo divisar una pista en construcción a cincuenta y cuatro kilómetros del Distrito Federal, en la Base Aérea Militar de Santa Lucía, a un lado de la carretera a Pachuca. Con pericia y serenidad logró tomar tierra.

Yo también quisiera tomar tierra, Paco, recuperar mis pasos que se desploman en caída libre, dejar de sentir que soy una isla usurpada, salir de la penumbra que me aqueja en esta casa solitaria y en ruinas. Quisiera volver a darle cuerda a mi reloj, sincronizar nuestras rondas y sueños, renacer una vez más como la mujer aclamada, gigante, que recorrió todos los escenarios de América y gran parte de Europa, pero deambulo tropezando con manías, arrugas y pesares.

Mi mente voluble va cerrando las puertas de gloria con tranca y cerrojo. ¡Ay, mi niño!, nuestras ansias son tan diferentes: tú comienzas la vida cuando yo la termino. Tú estás en un tiempo, yo, en otro. A ratos tu imagen se desdibuja. Lo acepto, temo que llegues una vez más con esa mirada que tanto me acobarda, dos piedras negras que atraen vulgaridad e infortunios. Sé que no debo bajar la guardia. Lo sé, contigo debo estar preparada para cualquier sorpresa. Comienza de nuevo la letanía, lanza golpes bajos, me pilla donde me dejó. Esa tzantza negra y peluda que recibiste de un admirador en Quito, es de un indio vencido, de una víctima con sed de revancha. ¿Mi cabecita, talismán de mala suerte? ¡Vaya sandez! ¿Puedo tener más desdichas, puedo padecer más?

Ese negro shuar no ha descansado, debió ser alimento de gusanos. No me rindo: conlleva la gratitud de un entusiasta a mis pies. Esa siniestra cabeza arropó sueños en un cuerpo humano; es de un hombre subyugado, decapitado por su adversario. Fue un honor recibirla. Es mi trofeo. Fue un ser humano, Esperanza, un macho de carne y hueso que cayó frente a su enemigo. Es símbolo de mis logros, de aquella gira interminable en plena Revolución, cuatro años y tres meses actuando en todos los foros del continente a fin de reunir fondos para edificar mi teatro, el Teatro Esperanza Iris, el más bello, el más grande de América, en pleno centro de la Ciudad de México. ¿No lo recuerdas? Me bañó una lluvia de flores, una tempestad de aplausos. Inauguró mi coliseo el mismísimo presidente de la república, el constitucionalista Venustiano Carranza, la sonrisa de satisfacción bailoteaba entre sus barbas de cortinaje, brillaban aún más sus ojos escondidos detrás de los minúsculos aros verdosos.

No te engañes, Esperanza, un guerrero victorioso arrancó esa cabeza de un cuerpo sometido para convertirla en su presea, se adueñó de su pellejo y de su cabellera, de sus virtudes y conocimientos. Fueron raspadas su piel y su carne, le extrajeron cráneo, lengua y cerebro. Caminé en la alfombra roja. Le cosieron boca y ojos. Reverberó el Himno nacional. Hirvió entre lianas y jugos de hierbas. Las dos mil butacas fueron ocupadas por el cuerpo diplomático del país, por ministros y políticos de alcurnia, por la crème de la crème. Ese cazador humillado terminó sus días burbujeando entre letanías de chamanes, entre hechizos y cantos sagrados. Aplaudían sin cesar. Su pellejo fue curtido con el humo de la desgracia, alberga piedras de odio, rabiosa sed de venganza. Me recibieron como hija pródiga, aún centellea mi alma con la fuerza de los viva Esperanza, ¡qué viva Esperanza! Al regalártela te lo dijeron claro: suerte en lo económico, desdicha y desventura en lo sentimental.

Paco, me atormentan tantos golpes que me ha dado la vida, me duelen tus ausencias, se apodera de mí una desconfianza, un desaliento difícil de superar. ¿No habré ya sufrido suficiente? Todo lo he tenido, todo. Todos los triunfos. También los más amargos pesares. Tú eres testigo de mi dolor infinito, tú y mi Señor Jesucristo conocen cada uno de los pedazos de mi corazón. ¿No bastará la abultada cuota de martirios que he tenido que padecer, la desolación de haber sepultado a todos mis hijos?

Todos mis hijos.

Todos.

Fui madre y dejé de serlo. Enterré a tres hijos. Tres tumbas de mis entrañas. Tres hijos que no dejaron sitio ni para mí. Tres que extinguen mi vela. Tres motivos que me condenan a arder en llamas, a sobrevivir sin consuelo a un escaso metro del infierno. ¿No son suficientes tres lutos inmisericordes? Esperanza, años después Carlos, y finalmente también Ricardo.

Cuando el 23 de marzo de 1906 perdí a Esperancita de apenas cuatro años, víctima de la difteria, no quería tener más hijos, rezumaba caridad, pero Dios, Nuestro Señor, impuso su voluntad y me regaló la dicha de ser madre de Carlos, mi amado Carlín, y veintitrés meses después, de Ricardo. Imposible imaginar que la vida también me los arrebataría y que, desgarrada, enterraría mi corazón en su sepulcro.

Mis dos hombrecitos iban y venían conmigo en giras y viajes, no estaba dispuesta a privarme de su compañía, de sus aplausos, de sus sonrisas. Acompañados de su maestra e institutriz, de la siempre dispuesta Conchita Salcedo, viajábamos con sus maletas repletas de juguetes de ciudad en ciudad, de teatro en teatro. En La Habana, donde pasamos largas temporadas, recibieron educación formal y, sólo hasta que Carlín cumplió diecisiete años y Rico, quince, decidí que era momento de separarnos, de romper el cordón, de que tuvieran un poco de frío y otro tanto de hambre para formarse como hombrecitos de bien.

Los inscribí en el American International College, en Massachusetts, para que aprendieran inglés y francés, abrieran su mente y valoraran su casa compartiendo con muchachos y muchachas de todo el mundo. Implicó un enorme sacrificio económico y moral de mi parte que, por desgracia, ellos nunca entendieron. Arropados con el estatus de mi nombre se contentaban con lo mínimo, se oponían con rebeldía a irse lejos, preferían pasar los días de fiesta en fiesta y, si acaso, aprender comercio o taquimecanografía. Carlos decía que estudiar era una pérdida de tiempo, que él quería ser charro, treparse con sus chaparreras en la silla del caballo y casarse con una mujer rica que lo mantuviera.

Yo les rogaba que se hicieran de un oficio, que se alejaran de las jovencitas sin nada en la cabeza, que se esforzaran por ser algo en la vida. En el fondo de mi ser deseaba tener a mis niñitos eternamente a mi lado, comerlos a besos, pero pensaba que era necesario ponerlos a estudiar, empujarlos al ruedo. Me negaba a que de adultos me vieran con la tristeza con la que yo veía a mi pobre madre que, por sus ocupaciones y su pobreza, nada me enseñó. Les repetía que pobres son aquellos que envidian a los que saben y se conforman resignados con su situación. Les insistía que saber los salvaría de pleitos, intrigas y de las muchas sorpresas que encierra el mundo de los negocios. Como nada lograba permearlos, los convencí al decirles que en Massachusetts cae nieve y allí aprenderían a patinar en hielo.

Cuando partieron ya llevaba meses deprimida, quizá estaba tan desmoralizada como ahora. ¿Será mayor el abatimiento que hoy padezco, Paco? Con bombo y platillo había anunciado entonces mi retiro de la escena creyendo que la vida tranquila del hogar me brindaría la paz que necesitaba. Al contrario, me resultó un horror. Un aburrimiento. Una derrota. Mi único refugio fue Dios. Sólo él podía brindarme el premio de ser mujer, de ser madre, de tener hijos saludables y buenos, hijos volcados al deporte, a los estudios. Me consolaba saber que al amparo de Nuestro Señor gozarían ellos de oportunidades, hallarían un mundo propio lejos de esa cárcel monótona en la que se había convertido mi vida.

Alternando etapas de éxtasis con periodos de sofoco y desaliento, expuesta a momentos de aterradora ansiedad, de alta tensión, entonces me encerré a cal y canto. No hallaba, ni hallo ahora, cómo serenar mis congojas; vagaba errática, me desconecté. No aceptaba visitas de nadie, sólo ocasionalmente de mi hermana Ángela, que venía con su hijita, mi adorada Carmita. Las horas se me iban encerrada en el cuarto de mis niños. Abría y cerraba sus cajones, olía su ropa, besaba sus pertenencias. Miraba sus retratos, los miro, crecían para convertirse en muchachos atractivos, musculosos, llenos de simpatía. Sus sonrisas, estaba yo segura, les abrirían todas las puertas.

Me complacía saber que estaban juntos. Les suplicaba que se entendieran, que se ayudaran para que el día que yo les faltara, eso decía yo: el día que yo les faltara, ellos no estuvieran solos porque al final, sólo se tendrían el uno al otro. Se tendrían el uno al otro, el-uno-al-otro. ¡Vaya ironía! Engendré muerte y soy yo quien sigo aquí, manoseando sus cenizas. Creía entonces que una pobre madre era aquella que no siembra en sus hijos el tesoro de la sabiduría, pero la vida con precisión mordaz me restregó que de nada sirven las glorias, la fama y las riquezas, que una pobre madre es justamente lo que soy: una sombra fugitiva, una madre huérfana de hijos. Una mujer encogida, voluble y veleidosa buscando salvarse de su propio derrumbe.

Conservo las cartas que a diario les escribía dándoles consejos, declarándoles mi amor, mensajes que me servían para disipar las horas de tristeza, el desconsuelo, la insatisfacción. Los felicitaba cuando salían airosos de sus exámenes, los llamaba mis champions, les pedía que se quisieran y cuidaran, que no se pelearan. Carlín a menudo me respondía, Rico no garabateaba ni una sola línea. Los imaginaba cercanos, pero no eran capaces siquiera de repartirse el dinero de sus mesadas de manera equitativa y sin pleito. ¡Era el colmo, me obligaban a mandarles dos giros separados!, dos que había que certificar y pagar de manera independiente. También dos paquetes desligados, uno para cada uno, dos bultos semanales con los sabores de casa: salchichas y quesos, ates de membrillo y guayaba, dulces, chicles. Dos envíos y no uno, porque entre ellos hasta un camote de Puebla era motivo de pleito.

Mi Fitín, mi Juanito Palmer, mi adorado Fito, a quien amé como a nadie, no admitía mi desolación. A pesar de que mis hijos le llamaban papito, él no padecía su ausencia. Juzgaba que yo exageraba el vacío. Se encolerizaba al verme extraviada, deambulando en callejones de insatisfacción. A sabiendas de que mi dulce hogar son los halagos, las cascadas de aplausos, los reflectores y la adrenalina, me empujó a irme a La Habana sin agenda para serenar mi estado nervioso, para expulsar mis manías y obsesiones, para disfrutar de la compañía de mis amigos cubanos: literatos, pintores, escultores y artistas, y de mi Estado Mayor, como se llaman a sí mismas mis incondicionales admiradoras que desde hace décadas me erigen como a una diosa.

Estando en La Habana recibí la noticia funesta. Ese desdichado martes 4 de mayo de 1926 supe que mi Carlín había muerto. Recuerdo como si hubiese sido ayer cada uno de los instantes de ese día. Estaba a punto de abordar un vapor hacia México, por capricho del destino el mismo barco que mis hijos habían tomado al marcharse a Estados Unidos, cuando recibí el primer cable: «Carlos grave.» Lo firmaba Ricardo. Pasaron sólo unos minutos cuando llegó la noticia fatal: «Carlos murió, ¿qué hago?» Murió sin mí. Erré, no preví el destino. Lo dejé solo. Yo tenía que haberlo cobijado en mis brazos. Me desgarra el cargo de conciencia de no haber escuchado sus ruegos de volver a México, de no haber cedido, de no haber estado con él.

Paco, ¿eres tú?, el mundo sigue su marcha y no soy yo quién para detenerlo, por favor, no tardes, apiádate de mí, este hogar está poblado de fantasmas. Los espectros se aparecen con sus voces plañideras, son lijas que me restan sosiego. Te considero suficientemente inteligente para que comprendas los quiebres de mi estado de ánimo, las crisis que me martirizan y que en su mayor parte padezco por el hecho de saberte esquivo, por mi poca o ninguna esperanza de un mejor porvenir.

Abro la puerta de nuestra sala, te aguardo en el palco seis, aquí en los altos del teatro, junto al palco presidencial. Mi escenario está vacío. Sin muros divisorios, el calor de la fantasía, la locura y la pasión, las risas y el llanto penetran en mi alcoba, en mi cocina, en mi existencia. Aquí, en el palco seis, escucho aún la alegría de mis niños. La noche antes de que partieran a su escuela en Estados Unidos disfrutamos en éste, nuestro balcón íntimo, la función de Dei Piccoli di Roma. Se carcajeaban cada vez que salían a escena esos graciosos fantoches, y yo los miraba con un nudo en la garganta porque no sabía cuándo los volvería a ver, porque aún sigo sin saber cuándo los volveré a ver. Los acariciaba, los acaricio, los abrazaba, los abrazo con todo mi ser. ¿Quizá intuía algo?, no lo sé. ¿Quizá intuyo algo, Paco?

Sin ser de lágrima fácil, aprovechando la oscuridad, lloré. Sufrí mucho al despedirlos. No tenía más ilusiones ni más pretensiones que ser mimada por ellos, pero aferrada a mi decisión, me obligué a fincar mi paciencia en el mañana. Con sus pasajes, dinero y pasaportes, les di una imagen protectora. A Carlos, la del Sagrado Corazón; a Ricardo, la Virgen de Guadalupe. Se fueron con los ojos empapados en llanto, casi los empujé. Ya no eran míos. Ya no son míos. Debían prepararse, ser capaces de trabajar para tener un mejor futuro, y también para garantizar el mío, mi futuro. ¿Cuál es mi futuro, Paco? Dios mío, apiádate de mí.

Al darles la bendición tuve que salir a tomar aire fresco. Quién podía suponer lo que siguió. A Carlos nunca más lo volví a ver. El día de su graduación de high school practicó unos pasos de charleston para bailar en la fiesta, se sintió mareado, se recostó y no despertó más. Se fue de la vida rogándome que lo trajera a casa, soñaba con mi abrazo y mi cobijo. En una de sus últimas cartas que recibí en el Hotel Telégrafo de La Habana, me escribió que contaba los minutos para largarse de Springfield. Sí, así me lo dijo: largarse de Springfield. Quería regresar a México a como diera lugar. Carlos Miguel Rafael del Sagrado Corazón me exigía que lo comprendiera. En mis cartas le pedí mil veces que no se dejara llevar por sus arrebatos de cólera, le anticipé que éstos traen desgracias, pero no quiso escucharme.

Aunque rece y llore, cargo ese lastre, esa condena. No hay día, no hay noche, que no me carcoma el dolor, la culpa, que no transite por aquel cruel vagabundeo. Padezco el dolor más intenso que un pobre corazón pueda soportar. Mi Carlín tenía sólo dieciocho años, era fuerte, guapo, inteligente, un joven que no conoció penas. Mi Ricardo, mi amado Rico, regresó a casa solo, azorado de tristeza. Su hermano Carlos, mi adorado Carlín, venía embalsamado en una caja en la bodega del barco.

Siete años después, víctima de fiebre tifoidea, Rico seguiría sus pasos, también se marcharía, apenas tres meses después de graduarse como médico cirujano dentista. El largo mes que pasó en cama, hora tras hora, minuto a minuto, cada segundo, rogué que sucediera un milagro. Oré a Dios, a mi amada Virgen y a todos los santos que me concedieran la dicha de su salud.

Pensaba que mi corazón no aguantaría una pérdida más, que si moría, yo me iría detrás de él. Supliqué piedad, cualquier cosa a cambio de recuperar a mi Rico. Hice lo inimaginable: entré de rodillas a la Basílica para pedirle ayuda a la santísima Virgen de Guadalupe, le di una limosna cuantiosa y doné un retablo que patentaba su santo milagro. Le prometí que mi hijo y yo por siempre llevaríamos al cuello su medalla prodigiosa. A la Virgen del Carmen le obsequié una capa dorada de encaje para sus fiestas. Al Divino Rostro, tres rosarios en tres días durante tres semanas. Al Crucificado, comulgar tres días seguidos. Al Sagrado Corazón de Jesús, una misa de tres padrenuestros en acción de gracias.

La suerte, sin embargo, estaba echada y el 22 de agosto de 1933, otro martes aciago, Rico se fue para siempre. Dios movió los hilos, lo quiso para él. Al salir de escena me dieron la noticia. El golpe fue frío, me dejó noqueada. Subí desesperada y ante su cuerpo inerte rogué, imploré con dolor insumiso: lucha, levántate, tienes una vida prometedora, pero ya estaba con Cristo, sellado su destino. Hincada aquí mismo, aquí en mi oratorio donde también le ruego a Dios, Paco, que te dicte el buen camino, le imploré a Carlos, a mi niño adorado, que recogiera a Ricardo. Le dije: recibe a tu hermano, ya va contigo.

Mirando hacia el cielo, golpeé paredes, lloré desconsolada. Mi madre, Ángela y Carmita intentaron arroparme, ser mi alivio, pero no había abrazo, no hay abrazo, que pudiera, que pueda consolarme. Sus muertes me tasajeaban, tasajean mi pecho como puñaladas. Gemí, clamé, grité, me quedé sin piso que me sostuviera. Sin piso que me sostenga.

A menudo me pregunto cómo es posible que se me hayan adelantado, cómo es posible que los dos, que los tres, sean mis maestros en ese malhadado camino que es la muerte. Recojo sin alivio el rompecabezas de mi pasado. Sigo en pedazos. Carlín y Rico yacen en el Panteón Francés de la Piedad, Esperancita, en el Panteón de Mezquitán de Guadalajara. No conozco sus sepulcros, no tengo valor de ir, de lastimar más mi corazón al saberlos tan cerca y no estrecharlos entre mis brazos. En su lápida dejé escrito mi desamparo: Hijos queridos, se fueron llevándose mi alegría y mi corazón, y aún vive esta pobre madre.

Lo sabes, Paco, en las noches en vela me sumo en una orfandad antinatural porque es absurdo que una madre sepulte a sus hijos. No hay palabra en ninguna lengua que dé sentido a este tormento. El único bálsamo es que algún día me reuniré con mis angelitos en una vida eterna. Mientras tanto los suspiros del tiempo están detenidos. Mientras tanto, mi Pacotes, eres mi único señero, ancla y consuelo.

Doy vuelta a la perilla del televisor. En el Canal 2 y en el Canal 5 siguen las notas de último minuto aludiendo al accidente. Palabras más, palabras menos, la información es la misma. A bordo viajaban diecisiete pasajeros, entre mexicanos y turistas norteamericanos, así como tres miembros de la tripulación. A algunos de ellos, con golpes contusos, se les condujo a hospitales de la capital. Otros seguirán su viaje a Oaxaca. Con el fin de evitar entorpecer la investigación de las autoridades policiacas, la lista de pasajeros no se hará pública. Igual no conozco a nadie que haya ido a Oaxaca.

Cada minuto que pasa, cada minuto de espera, se apodera de mí una desconfianza y un desaliento difíciles de superar. Sobre la mesa hallo el libro Inspiraciones e ideales que, por cierto, Paco, bien te haría leerlo. Nos dice que para conquistar la gloria, el amor y la riqueza ética y estética tenemos que ir cada día con la lanza en ristre, con el corazón templado, con los ojos abiertos y la voluntad erguida. Así me mantengo yo contigo, en estado de alerta. No estoy contenta, tus promesas y lambisconería son excesivas, no me brindan paz. Vivo enajenada. Me complico, me atormento. Lloro. Perdóname, Paquito, nada sana el dolor de mi corazón, perdóname. Pido a Dios que me dispense porque con mis nervios aturdidos altero el rumbo, la paz que Jesús me dicta. Porque contigo, mi niño, nada me falta.

Elijo no volver a mis duelos, me contengo entre dobleces, me baño para apaciguar mis nervios. Me doy una fricción de colonia y me visto muy arregladita para esperarte, mi Pacotes. Me pongo mi traje negro, el que tiene adornos blancos en las mangas, el que tanto te gusta porque lo usé el día en que me fotografiaron en la Basílica. Vamos a implorarle a Dios que nos ayude, que ya no pequemos. Hemos hecho un juramento unidos, con su bendición podremos tener una mejor vida. Prometí no preocuparme más por el dinero, por tus gastos, por tus aspiraciones. No abriré más las grietas del sufrimiento. Ya no te afligiré más, Paco. Para serenarme me iré a Cuba a donde me esperan mis fieles amigas, a Brasil donde está mi Friducha querida, o a cualquier escenario de Sudamérica donde mis adeptos derramen sobre mí las mieles de la admiración. Sólo así, con el ir y venir, con el manto protector de la veneración, maquillaré mis penas. Podré continuar mi andar.

Hace unas cuantas semanas, ¿acaso ocho?, ofrecí mi mejor actuación. Nadie lo sabe, pero hoy, esperándote Paco, así lo he decidido: ha sido la mejor de toda mi carrera. No se compara siquiera con la inauguración del teatro, o cuando me condecoró el rey de España. Como bien conoces, Cuba, mi entrañable Cuba, me concedió el honor de otorgarme, sin merecerlo, la Orden Nacional de Mérito Carlos Manuel de Céspedes, condecoración que me entregó el presidente Fulgencio Batista y con ese motivo escribí un entremés titulado Siempre con ellas, en referencia a las operetas que he interpretado en el mundo a lo largo de mi carrera. Lo iba a presentar en México sólo una vez, pero el público, deseoso de halagarme por este reconocimiento, me exigió que actuara durante nueve noches seguidas. Nueve noches de cientos de ramos, cartas de admiradores y aplausos sin fin. El domingo 27 de julio, el último día en escena, recibí unas flores inesperadas de quienes no están ya en este mundo. Sí, de quienes no están más en este mundo, unas flores de mis adorados hijos. Con este aliento, con este gesto, ¿cómo no iba a dar mi mejor actuación?

Esa última noche invité a trescientos niños huérfanos del internado de Tlalpan, venían al cuidado de mi hermana Bertha, casada con Luis Fontanelli, maestro y director del internado. A dos de ellos, los más pequeñitos, Bertha los eligió para darme unas rosas blancas al término de la función. Antes de salir a escena, ella subió aquí a mi casa a buscar flores. No supo que tomó las que el chofer había recogido esa mañana de la tumba de mis hijos, sabes que cada domingo mando rosas blancas frescas y mantengo en mi oratorio las que vienen de su sepulcro. Ese día, las rosas del panteón se quedaron sobre el buró para que Bertha las encontrara, para que dos huerfanitos me las entregaran, para que me los comiera a besos entre sollozos. Esa noche derramé todo en el escenario porque sin duda esas flores trajeron a escena a mis hijos adorados. Ahí, conmigo, estuvieron viéndome cantar y bailar. Me volqué a mi público como nunca en la vida, como no creo volver a hacerlo.

Tú mismo me lo dijiste, Paco, ¿recuerdas tus palabras?: reinita, no hay en la tierra tiple más grande que tú. Nadie con tu carisma, tu arrojo, tu fuerza y entonación. ¿Dónde estás, dónde, mi Pacotes? Han pasado demasiadas horas y tú no llamas ni apareces. ¿De verdad eres mío, serás siempre mío? Sé que no soy siempre amable, conozco mis desplantes, sé que exploto y te lleno de mortificaciones. Yo bien quisiera, adorado mío, ser más optimista y conforme, pero el resentimiento que acumulo en tu contra oprime mi pensamiento. Me sofoca. A pesar de que te desvivas por darme satisfacciones, tendrás que resignarte porque, como dices, genio y figura hasta la sepultura.

¿Cuánto pesará nuestro amor, Paco?, ¿sobrevivirá nuestra unión a tantos vendavales? Busco refugio en mis recuerdos de gloria, en mis álbumes de recortes periodísticos que con tanto esmero catalogaste para crear mi museo. Tú mejor que nadie lo sabes, mi existencia se cuenta y permanece entre temporadas artísticas. El escenario me contiene, es mi piel y mi cuerpo, ahí mis delirios no tienen cabida, nada sale del libreto, ni una letra, ni una lágrima, voz o suspiro, ni siquiera el latido del corazón. En escena soy yo y cómodamente elijo también ser otros. Es mi posibilidad de subsistir, de renovarme, aunque ronde la locura, la enfermedad o la muerte misma.

La pasión artística ha sido mi única tabla de salvación. La única, desde que tenía seis añitos. Cuando murió mi padre, Dios lo tenga en su gloria, mi mamá, un roble que parió más de quince hijos, ¿habrán sido veintidós como dicen?, en aquel momento de desolación, nos encargó a sus seis hijos que sobrevivimos entre sus conocidos a fin de tener un respiro y trabajar. A Ángela, la mayor, le tocó vivir con mi abuelita; a Gonzalo, de diez años, lo mandaron a la capital porque el tío Emilio Rabasa, abogado liberal oaxaqueño que escalaba peldaños políticos, aceptó hacerse cargo de su educación; y a mí, me encomendaron con Mamá Roche, Ángela Ruiz de Miranda, una comadre de la familia que me tenía mucho cariño y que alimentó en mí el amor por el teatro.

Para mantenernos, porque padecíamos la más extrema pobreza, mi madre rentó una casa en el centro de la capital tabasqueña, en Juárez 8, donde instaló la casa de huéspedes Five O’Clock. En esta pensión mi mamá recibía a los artistas que, navegando el Grijalva, desde La Habana y en camino a Nueva Orleans, llegaban a Villahermosa a poner grandes obras de teatro. Cuando había temporada de zarzuelas hacía yo lo imposible para quedarme con ella. Cómo iba a desperdiciar la oportunidad de estar con sus huéspedes: Manuel Castro padre, los señores Pineda y Casasús, Eduardo Arozamena, muy jovencito entonces, Caritina Delgado, doña Romualda Moriones.

Temerosa de que yo fuera a ser cómica, mi abuela ponía el grito en el cielo, le insistía a mi mamá: ¡Eloísa, no dejes que la niña se vaya con ellos al teatro!, pero yo veía la forma de escaparme aprovechando aquellos instantes en que, aturdida por el trabajo, mi madre iba y venía sirviendo las mesas. A medianoche Casasús, el apuntador, y su señora, le pedían a mi madre que me perdonara. Yo tengo la culpa, doña Elo

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