Pequeño cerdo capitalista

Sofía Macías

Fragmento

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Índice

Capítulo 1

Ahorrar: de veritas que todos podemos

Sí se puede

¡Huye del boicot! Trampas para el ahorro

Cazando pesos y centavos

Un pilón inesperado: puedes ahorrar declarando impuestos

Capítulo 2

Metas constantes y sonantes…

Por qué no sirve de mucho ahorrar sin objetivos

Capítulo 3

¿En qué se te va el dinero?

Lo que debes saber para elaborar un presupuesto

Ahora sí, las técnicas para registrar los gastos

Capítulo 4

Que no te agarren en curva: el fondo de emergencia

Todos estamos salados de vez en cuando

Capítulo 5

Tu deuda no es culpa de tu banco

Cómo lidiar con la “tarjetitis”, usar el crédito

responsablemente y reestructurar adeudos

Cómo salir de deudas

Capítulo 6

Inversiones

No seas la bella durmiente del banco: por qué no

es suficiente ahorrar

Capítulo 7

Lo que siempre quisiste saber y no te atreviste a

preguntar de las afores y del retiro

Respeta tus canas: lo básico que debes saber sobre retiro

Capítulo 8

Protege lo que más te importa, para eso existen los seguros

Cómo funcionan y cuántos tipos de seguros existen

Capítulo 9

¿Con quién se quejan los inconformes?

Las quejas eternas

No es más que un, “hasta luego…”

Enero. En sus marcas, listo ¡turbo!...

Meta 1: Ahorro

Febrero. ¡A organizarnos!

Meta 2: Salir de deudas

Marzo. Crédito saludable y cómo salir de deudas

Abril. A generar ingresos extra

Mayo. Pon al flojonazo de tu dinero

a trabajar: invierte

Meta 3: ¡El viaje de tus sueños!

Junio. ¿No te llevas con “Lolita”?

Aprende de impuestos

Julio. Porque nunca falta la mala racha: asegúrate

Agosto. Básicos para freelanceros y emprendedores

Meta 4: Tu coche o vehículo

Septiembre. Mes del futuro: testamento,

fondo de emergencias y retiro

Meta 5: Comprar casa

Octubre. Pon a prueba tu Educación financiera

Noviembre. ¿Muy aplicado?

¡Evalúa tu año financiero!

Meta 6: El programa de estudios o capacitación

que siempre quisiste hacer

Diciembre. Consejos de fin de año

y propósitos que se cumplen

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Pequeño

cerdo

capitalista

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Pequeño

cerdo

capitalista

Finanzas personales para hippies,
yuppies y bohemios

Sofía Macías

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Agradecimientos

Gracias, de corazón. Nunca es fácil escribir esta parte, y más cuando tanta gente ha contribuido de diferentes maneras a realizar este libro.

Gracias a mis padres, mi hermano y mi maravillosa familia, pues siempre han sido mi motor y mi red de seguridad.

A mis amigos, a las niñas y todos los que se emocionaron conmigo, y aguantaron mis prisas y mi locura durante el proceso del libro.

A los que compartieron su tiempo y consejos conmigo y me dieron algunos cocos con la intención de mejorar los textos: Mael D. Vallejo, Adriana Rangel, Pablo Magaña, Alejandra Sánchez, Thierry Monfort, Alfonso Stransky, Roberto Morán, Adina Chelminsky, Iván Flores, José Manuel Herrera, Rafael García Treviño, Jesús Reyes y Eloy López.

A los que han participado en el blog y lo han nutrido con sus opiniones.

A editorial Aguilar y su valiosísimo equipo.

A todos los entrevistados que con sus respuestas me enseñaron tanto y permitieron que parte de la información propor­cionada aparezca en estas páginas.

Y a Ernesto Murguía, el periodista que un día se alocó y al escribir en la revista de un avión sobre el blog del “Pequeño cerdo capitalista”, sin saberlo, hizo posible este libro. Gracias a la maravilla de las casualidades.

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¿Por qué

volverse un

pequeño cerdo

capitalista?

Yo fui oficialmente nombrada un “pequeño cerdito capitalista” por mi amiga Alejandra —digo oficialmente—, porque en secreto siempre quise serlo tras una escandalosa confesión: a los 22 años ya osaba tener un fondo de ahorro que invertía en la Bolsa de Valores.

Imagínate lo que eso significa, sobre todo tomando en cuenta que mi oscuro secreto salió a la luz durante una parrillada en una azotea llena de personas entre las que había comunicólogos, periodistas —como yo—, estudiantes de artes plásticas y uno que otro colado de profesión desconocida, pero seguramente “bohemio”, y no en un bar de Polanco rodeada de trajeados.

Mi amiga no se explicaba si me había picado una mosca tse-tse, si había sido abducida por los extraterrestres o qué me había orillado a ese descabellado comportamiento. Yo no había estudiado economía ni finanzas, vamos, ¡ni siquiera administración de empresas!

La verdad es más simple que cualquiera de las opciones anteriores: simplemente no me daba la gana que mi dinero perdiera 3% anual, durmiéndose en sus laureles en una cuenta de banco normalita —que es lo que pasa cuando el dinero no se invierte y se lo come la inflación—, mientras que otros

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—esos sí “grandes cerdos capitalistas”, siguiendo la frase de Ale— fueran los que ganaran con él.

En finanzas siempre hay un ganador: si alguien invierte mal su dinero, otro puede usarlo para hacer más dinero; si estás en una afore patito, al no averiguar cómo funciona, ellos te cobran por darte menores rendimientos que a tu vecino; en la tienda de los pagos chiquitos que cobra muchito, acabas pagando tres veces más el precio de la tele, porque no conoces el costo real del crédito y sólo te emocionas con lo poco que debes abonar semanalmente; si tú no le avisaste a tu familia que tenías un seguro de vida y éstos no lo cobran, tu dinero se puede quedar por años en las arcas de la aseguradora.

¿Por qué no ser tú el que gane, para variar el asunto? No necesitas volverte un cerdo capitalista… o bueno, sí, pero sólo un poco, uno pequeño.

Ser un pequeño cerdo capitalista no significa que si eres vegetariano y activista de Greenpeace tengas que dejar de serlo, cambiar de partido político y dejar de pensar sobre lo mal que está distribuida la riqueza en el mundo.

No, basta con querer ser tú el que le saque el mejor provecho a tu dinero y tener ganas de aprender cómo hacerlo. No importa si es mucho o poco —aunque claro, la idea es que se multiplique—, el punto es que lo aproveches al máximo, pues es tuyo. A nadie le hace daño tener unos ceros más en su cuenta, ¿o sí?

Manejar el dinero no es una de las materias que vemos en la secundaria o en la prepa —aunque deberíamos—, y a veces en las familias el tema es un tabú igual o incluso mayor que el sexo. Si tenemos suerte, puede que aprendamos gracias a consejos anecdóticos del tío de la prima que no vino a la fiesta. Si no, pude que sea dándonos de topes por ponerles taches a esas cosas que en realidad nos podrían ser útiles.

Toma el ejemplo de la Bolsa, ¿cuánta gente conoces que ha perdido dinero, sale por pies y jura que jamás de los ja-

mases volverá a invertir? Puede que esta aversión a un instrumento que en plazos de veinte años en México ha dado rendimientos anuales de 29.25% en promedio (fuente: IXE y la BMV), no se hubiera dado si el ejecutivo de cuenta le hubiera explicado a esa gente que esa inversión es para plazos mínimos de tres años, donde se deposita sólo el dinero del que no tengas que disponer, pues la Bolsa se puede dar sus batacazos, pero a la larga se recupera. Si lo sacas en el peor momento, puedes venderle barato al que está dispuesto a esperar. De nuevo alguien está haciendo su agosto a tus costillas.

Con este tipo de formación creemos que al que le va bien con el dinero es por suerte, palancas o por que estudiaron carreras relacionadas y que por ello tienen idea de lo que hacen (te sorprenderías de las metidas de pata que hasta los egresados de las facultades de economía cometen con su dinero).

Primera noticia: no necesitas un premio Nobel de Economía para manejar tu dinero óptimamente. En finanzas personales raramente verás ecuaciones con simbolitos bizarros y miles de cifras. Deja las pesadillas de tus clases de cálculo en la adolescencia. En términos matemáticos, sólo necesitas saber hacer las operaciones básicas: sumar, restar, multiplicar y dividir. ¡Vaya, ni siquiera la raíz cuadrada hecha a mano con la que nos torturaban en quinto de primaria!

Lo más importante que desconocemos de las finanzas personales es su funcionamiento. Al final, aunque no lo parezcan, las finanzas son una disciplina inventada por los seres humanos que tiene una lógica accesible para todos. El caso es que no nos la explican muy seguido.

Sólo necesitas saber un poco más sobre lo que hace cada institución o lo que ofrece cada producto, cuáles son las reglas, procedimientos —cómo nos encanta en México complicarle la vida al usuario—, algunos tips para comparar y tiempo para dedicarle a tu dinero.

Yo aprendí y acabé apasionándome de las finanzas personales por circunstancias profesionales y azarosas: al ser

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pe­riodista en el sector financiero varios años, conocí innumerables incautos que me sacaron de dudas; dudas que comparto con la mayoría de los mortales. Las respuestas en las entrevistas me dieron grandes lecciones de cómo manejar mi dinero.

Yo escuchaba escéptica muchas de las cosas que me de­cían, pero al empezar a aplicar algunas, como ahorrar en automático al principio de la quincena o incluso bajar mi pago de impuestos ahorrando para el retiro, pensé: “¡Estos no andan tan errados!” Y tampoco es tan difícil.

Eso es lo que encontrarás en las siguientes páginas: la explicación de cómo funcionan la mayoría de estas cosas que para nosotros están en swahili, que pueden convertir los cientos en miles, pero sobre todo darte algo invaluable: libertad financiera, la posibilidad de que puedas tomar las decisiones que quieras y seguir las metas que has soñado, sin que el dinero sea el grillete que te lo impida.

Sin más preámbulos, porque el tiempo también es dinero, pásenle directito al capítulo de Ahorro. 

Capítulo 1

Ahorrar:

de veritas que

todos podemos

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Sí se puede

La mayoría de los gurús de las finanzas personales te dirán que para tener mejores cuentas debes empezar por analizar tus ingresos y tus egresos, hacer un presupuesto, priorizar, ver dónde recortar… por supuesto que esto funciona, pero no vamos a empezar por ahí —lo haremos después, no te preocupes. ¡Cha chán! ¿Y eso por qué? Pues simplemente porque ordenar tu vida financiera cuando no has visto un solo resultado puede ser poco inspirador y un relajo.

En ocasiones, pequeños avances pueden ser la motivación para tener las ganas y la paciencia para sentarse a checar voucher por voucher, anotar nuestros gastos de todo un mes, quitarle aquí, ponerle allá, etcétera, para hacer el famo­so presupuesto.

Quien no esté de acuerdo se va directito al Capítulo 3 y luego regresa. Quien sí, quédese leyendo.

Por qué sí se puede: cuando eras rico sin trabajar

Hagamos memoria, remontémonos a aquellos ayeres —que para algunos literalmente fue ayer y para otros casi siglos— en los que éramos unos pequeñuelos estudiantes sin trabajo

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ni sueldo… claro, a menos que cuentes como trabajo eso de ser hijo, donde algunos ganan desde medio salario mínimo mensual hasta sueldo de ejecutivo, dependiendo del jefe, bueno del papi.

¿Recuerdas que la mesada bastaba para el cine, el CD o el cambio anual de gadget reglamentario?, y estirándole un poco, hasta para los regalitos del susodicho o la susodicha. Yo no sé si es producto de una extraña obra de magia negra financiera, pero a la mayoría le alcanzaba más el dinero entonces, que después de entrar a su segundo trabajo.

Alguna vez en Twitter alguien me escribió: “¿Me creerás que llevo más de un año con sueldo y $0 ahorrados?”, y no sólo le creí, de hecho, es de lo más común.

Una de mis adoradas amiguitas, víctima favorita para balconear gracias a sus inexistentes hábitos de planeación financiera, me confesó durante un concierto que pese a su flamante trabajo de abogada en un tribunal, no tenía ni un centavo, ya no digamos en un fondo de inversión o una cuenta de ahorro… ¡Vaya! Ni en la alcancía de cerámica del mercadito.

Mi shock provenía, justamente, de que todas mis amigas de la prepa y yo empezamos a trabajar en el mismo año (más o menos a la mitad de la carrera o casi acabando), entonces ella triplicaba, literalmente, nuestro sueldo de becarias porque ya era funcionaria respetable.

Bueno, entre compritas, comprotas, ganarse a pulso ser cliente consentida de su salón de belleza y viajecitos, se le ha ido el sueldo entero, desde el primer empleo, hasta la fecha. Lo más inexplicable es que sus ingresos representaban una gran diferencia contra sus ingresos de estudiante: su mesada era si acaso el 10% de su salario. ¿Te suena conocido? ¿A cuántas personas conoces así (incluyéndote)?

Varias causas generan este extraño fenómeno:

✓ Te emociona “ganar tu propio dinero” por primera vez y sientes que eres más libre de gastar.

✓ Piensas que ahorrarás cuando tengas dinero para hacerlo... lo que sea que esa mentirota signifique.

✓ Elevas tu benchmark: si antes gastabas $350 en un regalo de cumpleaños para la familia o el novio (a), ahora, aumentas el mínimo a $1 000. Lo mismo aplica con las salidas y la ropa.

✓ Esperas siempre los aumentos para gastar más y visualizas el ahorro como un sacrificio, en lugar de una inversión para ti mismo o para alcanzar metas mayores, ¿la cuenta de todos tus gadgets equivalen al enganche de un coche? ¡Gulp!

✓ Dejas de priorizar: como tienes más dinero, en lugar de ser más selectivo con lo que compras (como antes que pudieras), ¡te llevas todo y hasta andas cazando baratas para derrochar!

Muchos dirán: “No se puede”; “no tengo dinero para ahorrar”; “apenas me alcanza con lo que gano”, etcétera, etcétera, pero, ¿qué habría pasado si nunca te hubieran aumentado el sueldo? Simplemente no gastarías más.

Esto explica por qué el nivel de ingresos tiene poco o nada que ver con ahorrar; siempre culpamos a nuestro sueldo, pero, ¿de verdad un aumento te permitirá hacerlo, o sólo es una excusa para posponerlo?

Aunque no lo creas, para revertir tu gastitis aguditis hay muchas soluciones: amarrarte las manitas y encontrar un instrumento de inversión automático que te descuente AL PRINCIPIO de la quincena; buscar una fuente de ingresos adicional y destinarla sólo al ahorro; dejar de ir a “pasear” a los centros comerciales los fines de semana; o dejar en tu cuenta tu aumento de sueldo ÍNTEGRO desde el primer segundo que lo recibas.

Barajearé más lento las opciones en las siguientes páginas del capítulo, pero el principio es muy sencillo: si quieres

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ahorrar, ¿por qué no te “olvidas” de que te aumentaron el sueldo?

Y no te preocupes por no encontrar la forma, por ideas no paramos, en este capítulo encontrarás muchas, muchísimas formas de lograrlo… claro, si quieres.

¿Y si soy soltero y sin compromisos?

Temo decirte que con más razón tienes que ahorrar. Claro, a menos de que quieras vivir en casa de tus papás hasta los cuarenta o piensas que ahorrar será casi una misión imposible cuando ya tengas hijos.

Como ya no nos urge (tanto) casarnos, cada vez nos quedamos más apapachadotes en la casa y nos “aferramos al nido” hasta con las uñas.

Creo que en la generación de mi papá, los que se quedaban con los progenitores hasta el matrimonio iban dejando el nido entre los 23 y los 27 años… bueno, otros más bien llegaban con la esposa o esposo, pero esa es otra historia.

Ahora existen muchos casos donde los polluelos salen del hogar pegándole a los 30, regresan después de haber vivido solos, de estudiar en el extranjero o nunca se van. Quedarse con los papás podría tener el pro de ahorrar en renta y, además, ¿quiénes son las más consentidoras en casa que las mamás mexicanas? Aunque también existe una desventajota: tienes un poder de gasto “artificial” que puede llegar al punto donde el libre ingreso genere una gastalonez tal, que aunque te quieras salir de casa de tus papás, no puedas.

¿Cómo, cómo? Muy fácil: si tuvieras que pagar de renta o hipoteca esos  $4000, $16 000 o $20 000 (dependiendo el sapo...) que te gastas en chunches, salidas o que desconoces en qué se te van, desaparecerían, y te las tendrías que arreglar para llegar al fin de mes sin ellos. Ergo... eso que no pagas de renta en realidad es como si lo debieras, ¿a quién?, pues a ti, es el ahorro para cuando decidas vivir fuera de casa.

Una de mis muy mejores amigas se quiere ir a vivir sola desde hace meses. Ahora que realmente le urge porque su mamá y ella se dan hasta con la cazuela, no sabe si podrá. Parte del problema es el dinero, pero no porque le falte, sino porque no tiene idea en qué se le va y no sabe cómo ahorrar. Al principio, el impedimento era que trabajaba en una agencia de publicidad, ganaba poco y no le alcanzaba. Ahora, está en otra empresa, es directora de arte, le duplicaron el sueldo y aún así apenas le alcanza la quincena. Ella es la prueba perfecta de que no es un problema de sueldo sino de organización.

Todos tendemos a aumentar nuestro nivel de gasto confor­me aumenta el ingreso, pero si seguimos así, aun cuando ganemos como directores generales estaremos confinados a la casa de nuestros papás por gastalones.

Si en cambio, desde tu siguiente aumento de sueldo mandas el extra directito al ahorro, como nunca lo viste, no lo extrañarás y será sencillo ahorrar.

Con un nivel de gasto moderado —que incluya la renta que deberías estar pagando— y una cuenta de ahorros cada vez más gordita, lograrás irte a TU primer depa sin tener que hacer grandísimos sacrificios por estar despilfarrando en un estilo de vida que no es realista y al final no vale más que tener tu propio espacio.

Algunas veces los obstáculos son burradas: una de las cosas que encontró mi amiga es que estaba gastando un dineral en taxi por levantarse 10 minutos tarde. Vivía a 20 minutos caminando de su chamba, pero si se retrasaba tomaba un taxi que le cobraba $20, y si no pasaban un taxi libre, abordaba uno del sitio y pagaba $40. Por lo menos $400 mensuales se le iban en diez minutos de flojera.

Quizá $400 sean poco si vives en casa de tus papás y los inviertes en una comida de viernes y una ida al cine, pero es mucho si piensas que con esa cantidad pagarías internet en tu depa, con esto queda muy claro que es hora de poner el despertador más temprano.

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Cuando vivimos con nuestros papás estas cosas parecen intrascendentes, pero saber en qué gastas y en cuáles únicamente tiras el dinero a la basura, es un ejercicio súper importante si deseas mudarte y, sobre todo, si no quieres que llegue el día en que el casero se te lance a la yugular.

Una vez un director de inversiones me dijo que cuando eres joven tus gastos son tan flexibles como tú lo decidas (salvo que tengas que mantener algunos hijos regados por el mundo), y es muy cierto. La bronca es que esto lo es para ambos extremos: puedes gastar muchísimo, ser equilibrado o ser frugal. Si de veras quieres “independizarte”, la primera no es opción.

Si estoy más grandecito,

¿tengo solución o ya se me fue el tren?

La mayoría de la gente que ya no está en sus veintes, treintas, o a veces, ni en sus cuarentas, y que se topa con un libro de finanzas personales, piensa: “De haberlo sabido antes”; “es muy buena idea, pero demasiado tarde para empezar”; “no tengo remedio, no hay nada qué hacer” y... la verdad, la verdad, no hay nada que esté más lejos de ser cierto: sin importar tu edad, aprender a manejar el dinero y enderezar las finanzas personales, mejorará SIEMPRE tu calidad de vida.

En cualquier momento puedes aprender a planear, a ahorrar y a alcanzar metas que quizá no has logrado por descuidar esta área de tu vida. Y más que poder, lo necesitas.

En ocasiones estamos muy cómodos con el modo en que hacemos las cosas y nos escudamos en que si hemos sido de determinada manera toda la vida —desorganizados, viviendo endeudados y posponiendo el ahorro— es imposible cambiar, pero es falso.

Un excelente ejemplo es Isela, la autora del blog www.elpesonuestro.com. Ella se “rehabilitó” del mal manejo de sus finanzas a los 36 años, ahora está por cumplir 40. Entonces

le quedaban catorce años de pago de hipoteca, lo que implicaba, según sus palabras, que “a los 50 apenas iba a estar saliendo de la mega deuda, y no tenía planeado mi futuro pero ni tantito. El día que me di cuenta que dos semanas de mi sueldo mensual las destinaba a pagar la tarjeta de crédito, me paniqué”. En ese punto, tomó tres meses de terapia y entendió que no era la economía de México quien la estaba afectando, sino que ella misma “se había metido en el hoyo”.

Isela imaginó lo deprimente que sería “ser una cuarentona endeudada e infeliz, no lograría detener el tiempo pero sí cambiar mis circunstancias”, y lo hizo. Tan sólo tres años después, con base en disciplina y frenando las compras compulsivas y adicciones a las baratas, pagó los 82 000 Udis de su hipoteca y se libró completamente de deudas. Incluso, empezó a trazarse metas, que si bien no son sueños completamente materiales, requieren de dinero para realizarse, como terminar el Mildford Track, una caminata de 53.5 kilómetros a lo largo de la cual se pueden observar lugares espectaculares en Nueva Zelanda, en diciembre del 2010.

Admito que Isela es bastante joven aún, pero cargaba una buena cantidad de deudas. Sus problemas económicos no eran exactamente los de una veinteañera sin compromisos que abrió su cuenta en el banco. Si ella logró deshacerse de esas cargotas financieras, todos, a cualquier edad, podemos.

Dato de miedo

Sólo 40% de los mexicanos ahorran y en promedio empiezan a los 35 años.

Fuente: SEP, 2009.

Si eres adulto, la diferencia con un chavito que apenas comienza a ahorrar es que debes manejar al mismo tiempo deudas,

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metas y retiro. No importa si no lo has hecho, lo que importa es que empieces hoy. Precisamente porque tienes menos tiempo que los que son más jóvenes, ocúpate del tema urgentemente.

Si este apartado no te suena porque aún no has llegado a la categoría de “mayorcito”, dáselo a leer a tus papás, tíos, hermanos o suegros… puede que no te hagan caso en todo, pero al menos estarás demostrando que te importa su bienestar y que confías en que pueden hacer algo para retomar el control de su vida financiera.

Estrategias de ahorro para manirrotos

Después de tanto regaño, grito y sombrerazo, ahora sí hablemos de por dónde empezar. Te creo que tienes la mejor de las intenciones, que cada mes de verdad piensas: “Ahora sí voy a ahorrar”, y que siempre se confabula el destino: si no se te atraviesa la oferta irrepetible de PS2 a 500 meses sin intereses, encuentras esa blusa verde cotorro para los zapatos color fucsia adquiridos la temporada pasada, no estrenados porque no combinaban con nada, o el cumpleaños de la amiga del primo que no vino a la fiesta, la cenita, el Acapulcazo… ¡Agrega a la lista el último complot contra tu alcancía!

Y este tema es un poco como el cigarro o las dietas: hay mil obstáculos y pretextos para no dejar de fumar o de comer de más, pero si realmente quieres ahorrar, ¡por supuesto que hay manera! Y no es tan tortuoso como piensas. Seguramente no será el proceso más rápido del mundo (bajar 30 kilos tampoco lo es), pero de que se puede, ¡se puede!

Antes de meternos en Honduras te propongo cinco cositas básicas, básicas, basiquísimas para empezar hoy. Ya después nos hacemos bolas con maneras más estructuradas y formales para ahorrar, por lo pronto, es necesario poner fin a la posponedera:

1. No lo dejes al último. Una de las causas más comunes de fracaso en el intento por ahorrar es esperar a guardar el dinero hasta hacer todos nuestros gastos. “Ahorrar lo que sobre” es una mala estrategia por un pequeño detalle: nunca sobra. Si no son los pagos diarios, sucede una emergencia o, simplemente, “todavía tengo dinero”, nos damos un gustito y adiós. Además, como no tenemos una idea real de cuánto tendremos disponible al final, es imposible planear.

Lo más efectivo es separar el monto que nos hemos propuesto ahorrar en el instante en que recibimos la quincena, el bono, el aguinaldo, el reparto de utilidades o el pago por una deuda. Si no lo tenemos, ¿cómo lo gastamos?

2. Haz el hábito. Así sean $50 al mes, empieza HOY. Es más, ahorita sácalos de tu cartera y ponlos aparte. Mejor aún si puedes ir directito a depositarlos en algún lugar donde no los puedas tocar, se los das a alguien para que te los guarde o los metes en la alcancía por el momento. Ah, y nada de: “Lo saco para el estacionamiento o para no ir al cajero y al rato lo repongo.”

Como se trata de adquirir un hábito —es decir, de que se vuelva un comportamiento repetitivo hasta que ya te salga involuntariamente— y no de que con algo tan facilito te llenes la boca y digas que estás ahorrando, marca en un calendario o programa una alarmita en tu celular la fecha de cuándo ingresarás el próximo monto y repítelo con una periodicidad determinada, que no sea mayor a un mes (si no qué chistosito: ¡$50 al año!).

Si quieres ver resultados rápido, una vez que te hayas acostumbrado incrementa el monto poco a poco e inviértelo. Verás cómo sin que lo sientas el efecto se vuelve exponencial.

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¿Verdad que de poquito en poquito se va haciendo un buen montoncito?

3. Aplica el “quítenmelo, que me lo gasto”. Si de plano solito y por iniciativa propia no puedes ahorrar ¡haz que te obliguen! ¿Cómo? Que te quiten el dinero antes de que te lo puedas gastar. Para esto tienes de tres sopas:

Sopa 1. Dile a tu jefe que te eche la mano. En todas las empresas existe un mecanismo llamado “descuento por nómina”; tiene dos modalidades: que te descuenten para la caja de ahorro de la empresa y te lo den a fin de año, o que lo manden directamente a tu afore como ahorro voluntario, y en ese caso lo puedes sacar cada dos o seis meses de tu cuenta individual, dependiendo de la política de tu afore.

Sopa 2. Ahorro a domicilio. Aunque suena a pizza, implica el acuerdo con tu banco de que, ya sea por medio de la banca electrónica o sucursal, cada fecha específica, diga-

mos los días 2 y 16 de cada mes, retiren determinada cantidad de tu cuenta de nómina, de tu tarjeta de débito —o la que manejes— y la manden a un fondo de inversión o cualquier otro instrumento en el que no lo tengas tan disponible y puedas ganar intereses. Este mecanismo se llama “domiciliación” y funciona igual que si pides que te carguen en automático el servicio de cable o el gym. Algunas instituciones incluso tienen en su portal la opción de que abras pagarés o fondos con mover un dedito y apretar un botoncito, así que, más fácil, imposible (a menos que literalmente no quieras mover ni un dedo para ahorrar).

Sopa 3. Tajada automática. En este caso, autorizas al fondo de inversión, pagaré o lo que hayas elegido a que cada mes (o quincena), sin consultarte, se realice un cargo automático y retiren el monto que quieres ahorrar. Normalmente funciona con tarjetas de crédito o chequeras, así que hay que estar a las vivas con la fecha de corte para que luego no te salga peor el remedio que la enfermedad o te anden rebotando cheques.

De por sí ahorrar te es difícil, ¿para qué te complicas yendo cada mes a formarte a la cola del banco, cuando alguien más puede hacerlo por ti?

4. Cuéntale a quien más confianza le tengas (y a quien más te pueda jalar las orejas). Tener un “cómplice” para nuestros propósitos y darle el permiso de que nos regañe cuando no los estamos cumpliendo puede ser muy efectivo. Te puedes hacer el loco con tu promesa de ahorrar 00 al mes y llevar dos sin hacerlo, pero si tu mejor amiga, tu mamá, tu novio(a) o tu hermano lo sabe y te pregunta, te dará más remordimiento (o al menos eso espero).

Mantenlos al tanto de cómo vas y compárteles tus triunfos. Eso sí, elige también a alguien que sea ahorrativo, porque si no, bonita receta: te va a andar recomendado en qué te gastes eso que tanto te costó guardar.

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¡Huye del boicot!

Trampas para el ahorro

Si hay algo que tiene que ver con nuestra baja o completamente inexistente capacidad de ahorrar son nuestras ideas sobre el dinero. En ocasiones son claramente ilógicas, en otras no tanto, pero por si es Chana o Juana vamos a darle una repasada a las creencias erróneas que normalmente nos meten el pie y que necesitamos cambiar a toda costa.

¿Verdaderamente rico o sólo gastalón?

Una de las broncas con el dinero es que sus manifestaciones exteriores alias “traer carrazo del año”, “cambiar de compu como de calcetines”, “jugar golf todos los domingos en el Country Club” (como diría mi amiga Carolina) o el síndrome de “yo invito”, no reflejan en realidad cuál es la situación de tus finanzas. El millonario que todos tenemos en la cabeza frecuentemente tiene poco que ver con quien realmente es rico y quien sólo es gastalón.

¿Cuál es la diferencia? Dos palabritas: libertad financiera, que es simplemente la capacidad de hacer con tu vida lo que quieras y tomar las decisiones que desees sin que dependa del dinero o te detengan las deudas.

En la era de las facilidades de pago, la verdad es que no es ciencia cuántica comprar mucho —de ahí a que lo que adquiramos sea realmente nuestro, es otra historia, podemos deber hasta la camisa—, aunque hay que evaluar si esas pequeñas, medianas o grandes compras están limitando nuestros planes a futuro.

Quizá cambiar cada dos años de equipo de sonido se esté comiendo la posibilidad de hacer una maestría, un viaje a Tailandia, o el fondo para retirarte a los 57 y no hasta los 75 años.

Conocer la diferencia y sobre todo trabajar para alcanzarla, puede hacer que en unos años seas más rico que tu jefe actual y archi-requete-recontra millonario, en comparación con tus amigos más faroles de hoy.

¿Qué se necesita?

Conocer bien cómo gastas, controlar tu compritis aguditis y poner a trabajar tu dinero. El ideal, en el que coinciden la mayoría de los gurús de las finanzas personales, es que inviertas tu dinero de manera tal que llegue el día en que no dependas de un empleo asalariado para pagar tus cuentas, sino simplemente del flujo de tus inversiones. Y siendo realistas, eso es lo que necesitaremos en algún momento, ¿o crees que puedas aguantar tu ritmo actual de trabajo a los 87 años?

Suena complicado, pero hay varias inversiones, incluso pequeños negocios, con los que puedes empezar a hacer crecer tu lana sin tener millones (ni cientos de miles); el chiste consiste en estar alerta y olvidar los prejuicios como: “Eso es para grandes hombres de negocios, gente que sabe de finanzas, economía y todas esas ciencias ocultas”; “no nací para hacer dinero, tengo muy poco para empezar”; lo importante no es el capital con que cuentas, sino cómo lo utilizas.

La meta es convertir lo que ahorres en activos; es decir, cosas que produzcan dinero sin necesidad de trabajar. ¿Có-

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mo qué? Puede ser que compres un bien inmueble para rentar, que adquieras un fondo de inversión, o pongas algún negocio que no demande tu presencia como maquinitas expendedoras, un seguro dotal o comprar cosas que con el tiempo se revalúen para que en un mediano o largo plazo puedas venderlas a un precio mayor.

Respecto al último ejemplo, Roberto, un especialista en relaciones públicas para instituciones financieras, compraba plumas fuente de colección por internet a gente que le urgía venderlas, él las arreglaba y después las vendía al doble o triple a verdaderos conocedores.

Lo hacía porque era su hobbie —sabe t-o-d-o sobre plumas— y lo entretenía. No empezó porque pensara que era el negocio de su vida, pero se volvió una entrada interesante de dinero. Tengamos o no la vena de comerciantes, todos debemos ser inversionistas.

En esto el crédito puede ser un gran aliado, pero es importante detectar qué deudas son productivas y cuáles son sólo gasto.

No te endeudes para comprar una pantalla plana gigante que a crédito te costará 20 o 30% más, que no crece en valor, y que cambiarás en máximo tres años —y no inventes que la vas a revender por más, porque eso es imposible. Espérate y págala en cash.

En cambio, si hay un terreno que puedes comprar para hacer un estacionamiento que te genere dinero, ve corriendo al banco y con su dinero asegúrate una renta para ti, eso sí, checa que haya un margen suficiente entre lo que vas a ganar y los intereses que pagarás, si no, no es negocio.

Y por último, pero no menos importante: dedícale tiempo a tu dinero. Esto es, aprende sobre finanzas personales, aprende a conocer tus gastos, encontrar formas de ahorro, cazar oportunidades y monitorear cómo vas.

A todos nos encanta gastar y el chiste no es vivir para siempre en la austeridad, sino encontrar la manera de que

nuestro dinero se vuelva tan listo y productivo que podamos gastar y depender menos de nuestro sueldo.

Tal vez demande que ahorres más hoy y “estudies” más que tus amigos sobre finanzas personales, pero es un precio realmente bajo si piensas cuánto es lo que pagas por comprar tu libertad, como decía un financiero que sabe mucho sobre la planeación a largo plazo, pero es muy modesto y pidió no ser mencionado.

¿Ahorro o gasto con descuento? No te engañes

Si hay algo que los gastalones aman de manera sobrehumana son las ofertas, por la simple razón de que mientras le dan rienda suelta a su ímpetu firmador, ¡hasta creen que están ahorrando! En el 99.99% de los casos, no es así.

Tengo un amigo periodista en sus treintas (más bien pegándole a sus cuarentas) que cada vez que sale con alguien a comer cerca de una tienda o centro comercial, acaba comprando algo.

Le pasa especialmente con Mael, quien es el amigo por el cual nos conocemos. Una vez se les “atravesaron” unas botas Dr. Martens —como las que usaba Gloria Trevi en los noventa— que tenían descuento, pero aún así le andaban pegando a los  000... la moda, en fin. La siguiente ocasión fueron a una boutique alternativa de la colonia Condesa y como vio unos Nike extravagantes al 2 x 1 y medio, ¡se los tuvo que comprar!...

La última vez que lo vi — sólo unas semanas después de los otros encuentros— traía en la mano una bolsa con unas bocinitas que costaron 89, y mientras esperábamos que nos sirvieran el café encontró un disco “buenisísimo”, era un tributo a Led Zeppelin, que compró porque “costaba menos de 00”.

Total que este hombre se pregunta por qué nunca tiene dinero. Pero, ¿cómo va a tener un peso si nomás ve la pala-

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bra descuento o el anuncio de “sólo $99.99” en un objeto y decide que es un gran ahorro y lo compra? Es así de sencillo: si no habías pensado comprarlo antes de verlo, al adquirirlo no estás ahorrando, si acaso estás gastando con descuento.

Éste es el mismito principio de las ventas nocturnas, las baratas y “aprovechar los meses sin intereses” a la menor provocación: los ahorros sólo son ahorros cuando tenías una compra planeada y esperas a que la rebajen para hacerla, no cuando algo se te aparece con una de esas infames etiquetas de “-10%” o “3 X 2” y no puedes dejar pasar la oportunidad... de gastar de más.

Si las baratas realmente funcionaran y fueran un ahorro, la gente que es adicta a ellas tendría una cuenta bancaria de seis ceros. Normalmente no es así, es más, a veces no existe tal cosa en su vocabulario.

Si quieres gastar hazlo sin maquillarlo como un ahorro, porque al final es un autoengaño y luego no nos explicamos adónde fue a parar el dinero. O dejamos de gastar o nos declaramos ser gastalones confesos y no de clóset disfrazados de ahorrativos.

Asociaciones “libres”

¿Si vas al cine siempre tienes que comprar palomitas, así vengas de comer? ¿Después del antro los tacos son obligados? ¿Si te vas de vacaciones vas a comprar nuevo traje de baño (aunque ya tengas ocho)? ¿Es de ley el paso por el duty free?

¿Cuántos de estos hábitos mantenemos porque en la cabeza tenemos el letrero de “junto-con-pegado” y no porque lo deseemos? Seguramente, si reflexionas sobre las cosas en las que gastas “en automático”, porque vienen en el paquete, encontrarías una buena cantidad de ahorros.

“Porque me lo merezco” y otras formas

de pseudo terapia financiera

¡Ah, qué mal hábito ese de traer cargando la palma del martirio todos los días y luego desquitarnos con la cartera! Sí: “Me voy a comprar ese equipo de sonido de $20 000 porque he trabajado tanto este año que me lo merezco”, “me voy a echar una juergototota en la cantina y voy a invitar a todos, porque toda la semana estuve saliendo de la oficina a las 10 de la noche por culpa de mi jefe negrero”, “me voy de compras porque troné con el novio y necesito algo que me haga sentir mejor”… Total que para gastar cualquier pretexto relacionado con compensar algo que anda mal en la vida es bueno.

Tengo una amiga que sin exagerar la primera vez que la vi pensé que era la chava más guapa que había visto con mis propios ojos, en vivo y a todo color. Una portuguesa preciosa con ojos miel, con un bronceado impresionante, pestañas kilométricas, delgada como un espagueti y con unas señoras piernas (andaba de mini falda la maldita a la mitad de la escuela de comercio). Sus gracias no se acaban ahí: habla español como argentina, italiano como nacida en Milán y francés para qué les cuento, por si fuera poco también muy bien el inglés porque aprendió en San Francisco. Hizo una maestría en marketing donde era de las mejores de su clase. Traía babeando al 60% de la escuela (el resto eran mujeres heterosexuales) y es simpatiquísima.

Bueno con todo y eso tiene el tino de deprimirse seguido (yo sé, la matamos), pero el punto no es convertir el capítulo en un episodio de casos de la vida real. El caso es que cada vez que va a una ciudad nueva a vivir, que es frecuentemente por su situación familiar-laboral, lo primero que averigua en Google es dónde están las tiendas “por si se deprime”... y no sé si la frecuencia de sus depresiones ha bajado, pero puede que haya aumentado su nivel de gasto.

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En una cena, justo antes de irse a Inglaterra a vivir, contaba que el shopping en Londres no era más caro que en Francia porque ya había buscado las tiendas de Notting Hill, investigado los precios en internet, y como la libra es sólo unos centavos más cara que el euro, resultaban casi lo mismo... Esta investigación financiera era también por si se deprimía cuando se fuera a vivir para allá.

Claramente suena muy atractivo el rollo de “terapia de compras”, al estilo Sex and the City o muy Clueless (para las que estábamos en la pubertad en los noventa), pero, ¿sirve de algo o es sólo la forma de evadir algo que tienes que resolver y no precisamente con la cartera? Firmar con el corazón roto lo único que cambia es el balance en tu estado de cuenta, pero no en tu vida.

Piensa en todas las personas que conoces que hacen eso, ¿de verdad les sirve más de cinco minutos? ¿No sería mejor hablar con amigos, salir a caminar hasta que se despeje la mente o de plano tumbarse en un diván con un psicólogo? Quizá puede tener un mejor costo-beneficio.

Y para acabarla, ¿qué pasa con la gente que así se cura las depresiones y encima se las financia con la tarjeta de crédito? Comprar unos zapatos de $700 y pagar sólo el mínimo, puede hacer que te cuesten lo que pagarías por unos Manolo Blanhik —sí, pagarás 12 veces su precio y tardarás en liquidarlos meses y meses. ¿Y si te pasas? Al rato vas a tener dos problemas: la depresión y las deudas.

Literalmente mi estimado o estimada: para de sufrir. No está mal darse de vez en cuando unas pequeñas recompensas o apapacharse con algún gustito, pero no por ese tipo de razones.

Si gastar es tu afición y alguno de tus grandes sacrificios o martirios te pesa tanto que te estás desquitando con la cartera, ¡busca cómo librarte de él!: cambia de trabajo, habla con tu jefe, corta al novio nefasto, o acude a una terapia real, será más barato. Hay que buscar formas más perdurables y menos costosas de ser feliz que una tarde en el centro comercial.

Cazando pesos

y centavos

Ahora sí, sin excusas ni pretextos echémonos un clavado a donde podría estar ese dinerito con el que comenzarás a ahorrar en serio.

Ahorros diarios: analízate

Los cientos o miles de pesos que deberían estar engordando nuestra cuenta de ahorro están en los hábitos diarios. Como ya leíste arriba, levantarte tarde y tener que tomar taxi cuando puedes caminar al trabajo tiene su costo, lo mismo ser flojonazo para cocinar y comer fuera siempre, o peor, cumplir con el estereotipo del soltero ochentero y su costumbre de ir a cenar siempre pizza —que además de acabar con tu cartera, seguro termina con tu abdomen de lavadero, si es que alguna vez lo tuviste. ¿Se te ocurre algún otro ejemplo de gasto que eliminarías si cambiaras tus rutinas? Casi seguro. Analiza todo lo que haces en el día desde que te levantas hasta que te acuestas, ¡encuentra ese dinero extra!

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“¡Cuelga por favor!”

Aunque el celular podría ir en la categoría de ahorros diarios, le doy una mención especial por separado porque ¡ah cómo gastamos en eso! Y no precisamente por ser altos ejecutivos que necesiten seguir cada segundo el desarrollo de la empresa, ¿o resulta que tus amigos, el galán o galana, o tu mamá, son los directores de finanzas de tu compañía?

Y por supuesto que no sólo eres tú. Haz el experimento, camina unos minutos en la calle u observa desde tu coche y seguro notarás que tres de cada cinco personas (bueno, bueno, a ojo de buen cubero, no es estadística del INEGI) están mandando mensajes o llamando a alguien. Lo mismo pasa en el metro y el colmo: ¡hasta en el coche!

Los que no tienen remedio, y yo lo he presenciado alguna vez, son los que van a cenar y ambos están al teléfono, pese a que tienen a alguien enfrente para platicar. En ese caso cambien de amigos o pareja por unos menos aburridos.

¿Usas el celular para comunicarte o porque estás aburrido? La verdad, como forma de entretenimiento es francamente caro, compra un libro o ve al cine... pero no es lo único para lo que mal empleamos la telefonía móvil, ¿cuántas veces por flojera, pudiendo llamar de teléfono fijo a fijo, buscamos a las personas en su celular o hacemos llamadas a teléfonos fijos desde el celular por la holgazanería de no pararnos de la cama? El problema no es el gasto en sí, sino que podríamos usar ese dinero en otras cosas y dejar de quejarnos —iPhone en mano— de que nunca tenemos dinero. Mi abuelito Luis decía: el teléfono es para acortar distancias, no para alargar conversaciones, así que ahora ¡Austeridad celulariana!

Hazte útil

¿En cuántas tareas, que bien podrías hacer tú, estás gastando un dineral por flojera? El ejemplo por excelencia es la comida: ¿Desayunas en el trabajo? ¿Comes siempre fuera? ¿Cuando tienes reuniones son siempre en restaurantes? porque ¡qué pereza cocinar!

Está bien que seas todo un gourmet, te encante salir a restaurantes y esa sea la categoría en la que DECIDES gastar porque es prioritaria para ti. Sólo un detalle: un sándwich de jamón en la mañana no es precisamente alta cocina, así que echa cuentas de cuánto podrías estar ahorrando si tomaras 10 minutos para prepararlo. No te preocupes, nadie pretende convertirte en Cenicienta. Evidentemente hay que seleccionar qué tareas puedes hacer por ti mismo y cuáles de plano no, porque consideras que es tiempo valioso para destinar a otra actividad productiva.

Ojo en la casa

No sé por qué a quienes recién nos cambiamos a vivir solos, se nos complica tanto calcular la comida. Siempre hay mucho de algo, falta un ingrediente para el platillo que pensabas hacer y ¡cómo se echan a perder las cosas! El resultado es un beneficio literalmente tirado a la basura.

Aunque no seas precisamente Susanita o Susanito, hay que aprender a planear menús semanales o para más de un día, mejorar el ojo para calcular las cantidades y leer las etiquetas de caducidad.

En casa desperdiciamos en abundancia:

✓ La luz extra por los focos prendidos, o no utilizar focos ahorradores en zonas de uso intensivo, o por olvidar desconectar los aparatos que no usamos

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✓ Las fugas de agua o gas.

✓ El pago de internet, que podríamos compartir con un vecino —y a menos de que bajes diariamente el programa más pesado del mundo, no modificará tu existencia.

No importa si el cambio te parece menor o mayor, en suma, anualmente, es un dineral.

Búscate un hobbie

Dar la vuelta en el centro comercial con la familia, porque no se te ocurre nada qué hacer los domingos, o salir de compras por aburrimiento es un hábito que además de carito, llena la casa de chácharas. Practica un deporte, aprende a pintar, un nuevo idioma, medita, toma clases de fotografía, inscríbete a un club de paracaidismo, lo que quieras, pero entretente en algo que valga la pena.

Haz un inventario

¿Cuántas cajas de aspirinas, pegamento en barra y demás chucherías tienes dobles porque no te acordabas dondé estaban guardadas? Sucede frecuentemente con los medicamentos, aunque puede pasar hasta con hieleras, sleeping bags y he oído casos de asadores duplicados. Para evitar dobleteos, dale una revisada a tu casa y realiza un inventario del tipo de cosas que siempre compras repetidas; si no, por lo menos revisa antes de comprar.

Aprende a comprar

Dejar las compras para el último segundo, quedarnos con lo primero que vemos sin comparar o usar frases como “lo necesito” cada vez que estamos frente a un aparador, nos hacen gastar de más.

Mi abuelita siempre se acuerda de su amiga Cuca, porque además de ser simpática y jacarandosa como ella sola, fue quien “la enseñó a comprar” cuando estaba recién casada y todo el mundo le veía la cara de turista.

Puede sonar bobo, ¡pero no todo el mundo sabe comprar! ¿De verdad? Saber comprar implica comparar precios, calidades, condiciones y obtener el mejor producto o servicio disponible con nuestro presupuesto.

Implica también planificar: comprar el 24 de diciembre a las 8 de la noche los regalos de Navidad o correr a la mesa de regalos una hora antes de la boda o del cumpleaños, normalmente hace que acabemos comprando algo más caro. Finalmente, no se puede llegar con las manos vacías, ya no tenemos tiempo de buscar opciones o se acabó lo que teníamos presupuestado.

Dedicarle tiempo a investigar antes de hacer cualquier compra importante —es decir costosa o para algo de largo plazo— es básico para sacarle provecho y para no darnos de topes después.

Tengo dos amigas que se hubieran ahorrado una buena lana si la vanidad y la emoción no las hubiera hecho lanzarse al ruedo y gastarse $10 000 y $12 000, respectivamente, en lugar de  $3000 u  $8000, así nomás. ¿En qué? En extensiones para el cabello.

Más allá de si gastarías o no dinero en cabello (seguro lo pensaste), lo grave es que una de ellas se enteró un mes después de que, si hubiera preguntado en el salón de al lado, las mismitas extensiones le hubieran costado  $8000 y sin regatear.

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A la otra le pasó algo parecido: se puso extensiones en un salón que cobraba las perlas de la virgen ($10 000), sin averiguar nada. A la semana siguiente una chava de su escuela le explicó que la onda era comprarlas y pedirle al estilis­ta que se las pusiera, así el numerito le habría salido en $3000.

Obviamente como ninguna de las dos jamás se había puesto extensiones y no tenían ni la más remota idea de cuánto costaban, les vieron la cara bien y bonito.

De  $3000 a $12000 hay mucha diferencia, pero esto no sucede sólo con las extensiones. Hace dos Navidades andaba cazando unos lentes de sol para hacer un regalo; de una óptica a otra y en el mismito centro comercial había una diferencia de hasta $300 para el mismo modelo. ¿Por qué pagar más por lo mismo, si tomarnos un día o dos para comparar o pedir referencias nos puede ahorrar una buena lana?

Es una pérdida de tiempo recorrer veinte tiendas en toda la ciudad por comparar algo que cuesta $20 —se gastarían el “ahorro” en gasolina y estacionamientos, taxis o transporte público—, pero en la era de la tecnología se puede hacer más rápido y fácil: usa internet para comparar precios.

Si son alimentos, medicinas, electrodomésticos, créditos, envíos de dinero o productos que se compran en cierta temporada como útiles escolares o juguetes para Navidad, puedes utilizar la útil sección “Quién es quién en los precios” de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco). Consulta su página electrónica: www.profeco.gob.mx.

Es una base de datos con los precios máximos y mínimos de todos los artículos descritos antes, para 26 ciudades de la República Mexicana y como su nombre lo dice, muestra dónde encontrar las cosas más baratas o más caras.

Una derivación de “Quién es quién en los precios”, son las “Canastas inteligentes”, donde puedes ingresar tu lista del súper y ver en qué comercio cercano a tu casa u oficina la cuenta será globalmente más barata. Puedes guardar la lista y consultar los datos cada vez que te toque hacer la despensa.

En el caso de productos y servicios financieros, como créditos hipotecarios, tarjetas de crédito o seguros básicos estandarizados, Condusef tiene diversos comparativos y simuladores que puedes consultar en: www.condusef.gob.mx.

internet también puede ser una buena guía si se trata de cosas más sofisticadas, compras de bienes duraderos, cosas muy especializadas o que nunca hayas hecho. Existen diversos buscadores de precios, puedes averiguar en tiendas online, portales de subastas o simplemente motores de búsqueda. En algunas ocasiones encontrarás que te sale más barato comprarlo por internet, o al menos tienes un parámetro de cuánto deberías pagar.

¿Lo necesitas o lo quieres? Reformula

Una vez fui de compras con una eslovaca, que era mi compañera de maestría, y me dio una útil lección. Yo andaba buscando unas botas y como caballito, no volteaba a ver nada más. Ella venía de música y acompañamiento, pero igual se compraba algo.

Total que a la mitad de la tarde se encontró un vestido precioso y antes de ver la etiqueta dijo: “Lo necesito” y rápido corrigió “No. Lo quiero. No lo necesito, sólo lo quiero”, dijo como para ella misma.

Y tenía razón, cuando dices que lo necesitas, implica que tienes que comprarlo, pero si antes de verlo podías vivir sin él, entonces es que lo quieres, no que lo necesitas. ¿Cuántas veces nos hacemos lavado de cerebro y acabamos comprando algo por no identificar la diferencia?

El precio correspondía a lo bonito del vestido —fuera de presupuesto—, así que sin más consideraciones y con toda tranquilidad, lo devolvió al exhibidor y siguió curioseando.

Otra cosa que hacía mi compañera, que puede ser muy útil para quienes compran por impulso, era darse una vuelta

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antes de decidir. Normalmente va un día, ve las cosas, compara en otras tiendas y regresa por lo que realmente quiere la tarde siguiente.

Aparte de evitarte el “si lo hubiera visto antes” o darte de topes porque está más barato en otro lugar, compras más racionalmente, de acuerdo con tus necesidades y no por “amor a primera vista” algo que puede terminar arrumbado en un clóset y sin estrenar.

Nos han mentido: no se acaba en un día lo que nos gusta. Incluso en las baratas puedes ir un día antes, te pruebas todo y elijes; el día de las rebajas pasas temprano, tomas la mercancía y pagas. Y si no, de todos modos existen otras blusas, pantalones, equipos de sonido, etcétera que nos parecerán “los de nuestros sueños”, que si no compraste uno, te enamorarás de otro mañana.

Formas de ahorro que casi nunca pelamos

Para ahorrar sólo hay de dos sopas:

Sopa 1. O le bajamos a los gastos.

Sopa 2. O generamos ingresos extra.

No estoy descubriendo el hilo negro, pero sí quiero que con estos principios chequen dos cosas que casi nunca pelamos, que pueden ser una gran fuente de ahorro o recursos adicionales:

1. Nuestra deuda de tarjetas de crédito. ¿Cuánto pagas de intereses por abonar sólo el mínimo o haber financiado una compra por meses y meses? Puede que varios cientos de pesos al año. Haz las cuentas y piensa en cómo meterle más dinero al pago de tu tarjeta de crédito. Lo que le bajes a tu pago mensual de intereses pásalo a tu cuenta de ahorro.

2. Los rendimientos de nuestras inversiones. ¿Estás en el fondo de ahorro correcto? ¿En otro lugar te darían mejores rendimientos por tu lana? Si es así cámbiate de volada, porque generarás ingresos adicionales. Mínimo revísalo, porque luego estamos muy entusiasmados al abrir una inversión, pero al rato se nos olvida y puede que las tasas maravillosísimas del principio con la crisis se hayan vuelto minúsculas o existan oportunidades que desconocemos.

Y si ya no hay de dónde: a generar ingresos extra

Hay casos en los que ya no hay de dónde recortar o por más que estires tu dinero no alcanza para lo que necesitas o quieres. Ni modo: es hora de generar más. En realidad, es menos complicado de lo que nos imaginamos. Sí, negociar un aumento de sueldo puede ser una opción, pero no la única. ¿Entonces a qué me refiero? A que utilicen sus talentos fuera de la oficina y empiecen a ganar dinero extra.

En muchos casos lo más sencillo es freelancear, es decir, trabajar por nuestra parte: si eres contador de una empresa, puedes hacer declaraciones anuales para personas físicas; si eres diseñador o trabajas en publicidad puedes conseguir

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clientes por tu cuenta y trabajar por proyecto; si eres maestro o maestra dar clases particulares; si trabajas en marketing volverte consultor externo.

Aunque unos trabajos lo permiten más que otros, principalmente por el problema de los horarios, siempre hay maneras de conseguirlo y si realmente quieres generar más ingresos trabajar unas horas extra a la semana o un día del fin de semana es una opción viable.

Hay quienes de plano le dan un giro de 180 grados a las tareas que realizan para generar dinero, incluso, así canalizan sus pasiones. Mi prima es fotógrafa y su prometido y próximo “mariado” trabaja en créditos automotrices. Les encanta organizar karaokes y empezaron a comprar toda la parafernalia para usarlo con sus amigos: desde pantallas hasta luces y una bola disco. Total que sus conocidos les empezaron a pedir que se los rentaran y ahora es su negocio de fin de semana. Y lo más importante: de ahí piensan financiar su boda, que tenían dos o tres años posponiendo precisamente por no alcanzar el presupuesto.

Y como ellos puedo pensar en miles: Yorch y Lluvia, una pareja de diseñadores gráficos que decoran departamentos de forma increíble; todos mis amigos periodistas y publicistas que freelancean aparte de su trabajo diario; los financieros que trabajan en una empresa, pero son consejeros en otras. El chiste es sólo encontrar ese talento que puede servirle a otros.

Antes, las compañías encargaban todos sus trabajos a una sola empresa, pero cada vez es más común contar con diversos proveedores —con lo que además reducen riesgos y costos— o simplemente asignar proyectos más pequeños a algunos consultores o freelancers.

Infórmate sobre el precio en el mercado de los servicios que quieres ofrecer, qué requisitos tienes que cubrir y muy importante: con qué régimen te vas a dar de alta en Hacienda para tu nueva actividad.

Un pilón inesperado:

puedes ahorrar

declarando impuestos

¿Qué, qué? Así como lo oyes. La mayoría de nosotros pagamos más de los impuestos que debiéramos pagar porque no tenemos ni idea de las deducciones que podemos hacer y le tenemos pánico escénico a las declaraciones: ¡Primero muerto que hacerlo de forma voluntaria, más si no estás obligado! ¿Y si te pudieras ahorrar un dineral en el pago de tu crédito hipotecario, por ejemplo?

En México, la tasa real de los créditos hipotecarios es deducible de impuestos, siempre y cuando el crédito no rebase el 1.5 millones de Udis (6.6 millones de pesos en 2010, más o menos). Esto de “tasa real” significa la parte de la tasa de inte­rés que cobra el banco que es superior a la inflación. Sería algo así:

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En este ejemplo, ahorrarías casi dos terceras partes de lo que pagas de intereses.

Las “deducciones personales” que puedes hacer si presentas declaración de impuestos, están en el artículo 176 de la Ley del Impuesto sobre la Renta y algunas de estas son:

✓ Pagos por honorarios médicos y dentales, para ti, tu cónyuge y tus dependientes económicos.

✓ El equivalente a un salario mínimo del costo total de los gastos funerarios de tus dependientes económicos.

✓ Algunos donativos no onerosos.

✓ Aportaciones complementarias de retiro, en instrumentos autorizados y exclusivos para este fin.

✓ Las primas de los seguros de gastos médicos.

✓ El transporte escolar obligatorio.

Obviamente, tienes que contar cuánto te podrías ahorrar si hicieras estas deducciones y cuánto costaría pagarle a un contador para que lleve tus impuestos. Si es un monto interesante lo que puedes reducir en pagos a Hacienda, o incluso las devoluciones que podrías recibir en abril, ¿por qué no tomarlo en cuenta?

Capítulo 2

Metas

constantes

y sonantes…

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Por qué no sirve

de mucho ahorrar

sin objetivos

Y tú dirás: sí, ya me advirtió desde el capítulo anterior que haré un presupuesto, ¿por qué me la hace de emoción? Bueno, porque la verdadera razón de por qué es necesario ahorrar, sentarse a hacer números y ver en dónde recortar, es justamente saber cómo lograremos financiar nuestros sueños… por muy cursi que se escuche, es la verdad.

Claro que es sano ahorrar porque la vida está llena de eventualidades: puedes perder tu trabajo o simplemente descubrir que tu pasión en la vida no está en tu oficina, ganarte una beca parcial para irte a estudiar al extranjero, puedes chocar y necesitar pagar el deducible, querer ir tras el amor de tu vida a otra ciudad, o recibir a un bebé hermoso en tu familia… Las cosas cambian a la velocidad de la luz.

También es importante porque el ahorro permite tomar oportunidades como comprar esa casa que realmente querías a mejor precio porque al dueño le urge venderla, invertir en un instrumento que está en mínimos históricos o entrar a un negocio como el que siempre quisiste emprender.

Estas dos razones ya deberían ser suficientes para saber que el ahorro no es algo que tengas que hacer porque todo mundo dice que es sano y listo; sin embargo, aún falta el motivo más IMPORTANTE: lo que te gastas de más hoy en cosas

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que no te importan tanto, le roban dinero a aquellas que realmente quieres para tu futuro.

A veces es simple descuido o flojera: ¿por qué mantienes varias cuentas bancarias que te cobran comisiones cuando algunos bancos te ofrecen “cero” cobros si tienes todos tus productos con uno de ellos? Porque te da pereza comparar y cerrar las que ya no vas a usar, y al fin “sólo” son $30 al mes. Pero si piensas que al año suman $60, y si son más de tres tarjetas,  $1000, ya pesan ¿no?

Y en realidad esos  $1000 que te podrías ahorrar potencialmente tampoco serían un problema si no fuera porque igual y en cinco años representarían las vacaciones a la playa que te querías tomar.

Piensa en todos los pequeños detalles que le están robando dinero a la casa de tus sueños, a la maestría que quieres hacer, a la universidad de tus hijos, al viaje exótico que deseas regalarle a tus papás (esa es una de mis metas), a la empresa que siempre quisiste abrir, incluso a tu retiro a más temprana edad.

Ya siendo sinceros, ¿por qué ahorrar si no tienes un fin? ¿Por qué ajustarse el cinturón hoy si no esperas un beneficio mañana? Eso de ser mártir gratuito no es vida.

Otro punto importante es que igual como sucede con cualquier cambio de hábito (dieta, dejar de fumar, hacer ejercicio), llegará un punto en que nos cueste más mantenernos en esa postura, pero si podemos visualizar la meta será más sencillo lograrlo.

Y ahora una pregunta interesante: ¿Qué es lo que realmente quieres en la vida?

Atrévete a soñar… con números

En el capítulo del ahorro te agarré a gritos y sombrerazos: “Debes dejar de ser un manirroto”, “tienes que aprender a conocer tu capacidad real de gasto y ahorro”, “pon atención a las fugas de dinero bobas si no quieres quedarte con tus papás hasta los 40”, “hasta hoy no se ha inventado la forma de gastar más de lo que ganas sin meterte en broncas”... ¿Recuerdas?

Ahora quiero decirte que una cosa es que esa sea una regla básica de equilibrio y otra muy pero muy diferente es que tengas que quedarte por siempre en la frugalidad, tampoco, tampoco.

La sabiduría de los abuelos y (sobre todo) de las abuelas en cuanto a la importancia de vivir dentro de nuestras posibilidades para tener estabilidad y tranquilidad, es un principio que no pasa de moda en finanzas personales. Pero lo que casi nunca nos dicen es la segunda parte, justo la más valiosa: no hay que ajustar nuestros sueños a nuestras posibilidades sino al revés. Debemos encontrar maneras financieramente viables para lograrlos.

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Hay que ser realistas en cuanto a nuestros niveles de gastos contra ingresos. Vivir como Paris Hilton con dos salarios mínimos simplemente no es sostenible. Por más que te la vivas a “tarjetazos”, llegará un punto en el que no puedas pagar ni los mínimos.

Pero esto no implica que tengamos que conformarnos con lo que tenemos hoy hasta el fin de la eternidad, sino ver honestamente nuestro poder adquisitivo actual, la diferencia con lo que quisiéramos tener, y la manera de acortar esa brecha.

Vivir dentro de nuestras posibilidades es importante dentro de la parte contable de la norma, es decir: que realmente chequen los pesos que ganamos hasta con el último centavo que gastamos, pero definir o aumentar esas posibilidades depende enteramente de nosotros.

¿Qué estás dispuesto a hacer por tus sueños? ¿Gastar menos? ¿Trabajar más horas? ¿Empezar a ser freelance para generar un ingreso extra? ¿Vender alguna propiedad o un bien que tengas? El significado de vivir dentro de nuestras posibilidades implica orden y planeación (quizá un poco de esfuerzo), no conformismo. Todo se puede, tal vez no al mismo tiempo, y es por eso que hacemos presupuestos, ahorramos, priorizamos gastos, etcétera, pero si te ocupas de tus finanzas no tienes por qué dejar a un lado tus verdaderos sueños porque no te alcanza.

¿Qué meta te parece suficientemente cara como para dejarla en la categoría de “sueño guajiro” y descartarla? ¿Darle la vuelta al mundo por un año? Pues no lo es. En mayo de 2010 tuve la suerte de conocer a una pareja de colombianos —Ana María Hincapié y Fuad Muvdi—, estaban por cumplir 12 meses viajando y les quedaban todavía dos más.

Empezaron en Hawai, volaron a China, luego fueron a Japón, a Tailandia y Singapur; les dio la loquera y se fueron a Australia, volvieron hacia India e Israel y yo me los topé en Santorini. Tienen un blog con toda su travesía que tú puedes consultar en: http://nuestrosabatico20092010.blogspot.com.

Ambos estaban en sus treintas —él más que ella— y yo hubiera jurado que para hacer algo así tendrían que ser millonarios, pero no. Ambos tenían buenos trabajos, él en la mesa de dinero de Citibank en Colombia y ella en ventas de Procter and Gamble, pero tampoco eran los herederos en vida del hombre más rico de su país.

Cuando le pregunté a Fuad cómo le habían hecho, él simplemente me dijo que echaron números y vieron que con sus ahorros podían viajar si se organizaban: “En todos los países del mundo hay un hotel barato, dónde comer barato y un bus.”

Con algo de planeación y con sus ahorros consiguieron una de las metas que mucha gente descarta porque cree que está fuera de su alcance.

Muchos podrán decir: bueno, pero mal no les iba en sus trabajos, y es cierto, pero en Nueva Zelanda ellos conocieron a una pareja que logró lo mismo siendo ambos maestros de idiomas, que hasta donde sé no es el trabajo mejor pagado en ningún país.

Esta pareja tenía tres hijos y cuando el más chico cumplió un año, se les ocurrió ir a darle la vuelta a su país en un camper. Cuando regresaron, la habían pasado tan bien que decidieron repetirlo pero en el mundo. Entonces pensaron: “¿Cuánto tiempo necesitamos? Un año, en el que no tendríamos ingresos. Bueno, pues si queremos hacer el viaje podemos ahorrar una séptima parte de nuestros ingresos y en siete años, ¿qué tenemos? Un año de sueldo.” “Matemática básica”, como diría Fuad.

Desde un punto de vista financiero habrá que poner el detalle de que en esos siete años habría sido necesario tener el dinero invertido en algo para que no perdiera el valor, pero tanto no sabemos sobre el caso. El punto es que al año siete se llevaron a sus tres niños a realizar la vuelta al mundo en 365 días.

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Si ellos lograron financiar ese gran sueño, sin ganarse la lotería y sin estar en el negocio más redituable del mundo, es sólo una prueba de que todo se puede, siempre que le demos el tiempo, la planeación y la constancia que requiere. Así que soñando y presupuestando.

Dices que sí pero no dices cuándo… ni cuánto

La mayoría soñamos de manera volátil: pensamos en lo que nos gustaría hacer pero no exactamente cuándo y menos cuánto costaría. En fin, te caerá del cielo, ¿no?

Justamente porque es 56 veces más probable que te caiga un rayo a que te ganes el Melate —o mejor casarse con un millonario, que es 151 000 veces más probable según Víctor Chapela, presidente de Sm4rt Security Services—, si de verdad quieres cumplir tus metas debes empezar por ponerle números y fechas. Ése es el primer paso para iniciar un plan.

Esto aplica para los Graaaaaaaaaaaaaaaaaandes sueños, pero también para lo que te gustaría mejorar de tus finanzas personales, aunque no sean “LA META”.

Para que una meta realmente funcione tiene que tener cuatro cualidades:

1. Ser específica. Nada de imprecisiones, de ponerse muy conceptuales o con cosas como: “En cinco años quiero ser rico.” ¿Qué es ser rico? Define bien qué significa tu meta y decide cómo medirás los logros.

Si la meta es: “Quiero saldar la deuda de mi tarjeta de crédito del banco Bgwyko y volverme totalero en x fecha”, ya estamos hablando de algo concreto.

2. Incluir el monto exacto.Si sabes cuánto cuesta ya estás del otro lado, sólo escríbelo. Si no, échate un clavado en

internet, date una vuelta en los lugares donde vendan lo que quieres o platica con la gente que ya lo hizo para enterarte exactamente.

3. Fijar fecha de término. Normalmente si no lo calendarizamos se nos va el tiempo. Ni nos comprometemos realmente con la meta y no tomamos las acciones intermedias necesarias para alcanzarla. No es lo mismo: “Quiero casa propia algún día”, que: “Quiero juntar de hoy a enero del 2012 el enganche de mi depa en la colonia _____________ (escribe sobre la línea el nombre del lugar de tu agrado).”

Ya calendarizando puede que descubras que ahorrar $500 000 en año y medio es muy complicado, pero si ahorras $96 000 (o sea  $8000 al mes) durante cinco años, e inviertes el ahorro en un instrumento financiero que te dé por lo menos 4.1% sí puedes lograrlo. O al revés: igual pensabas que te llevaría 10 años y, tras calendarizar y hacer números, te das cuenta de que es la mitad. Así te animas a empezar.

El plazo de las metas también tiene que ver con las alternativas que tendrás para conseguirlas, cómo las vas a financiar incluso para los gastos que deberás descartar porque te roban recursos.

En el capítulo de inversiones verás que el riesgo y el rendimiento que puedas obtener está directamente relacionado con qué tanto tiempo tienes para tu meta. Más adelante vamos a clasificarlas, cuando leas “Inversiones” regrésate a este capítulo para llenar la última columna de la siguiente tabla y sepas bien en qué invertirás ese dinero.

Para ser más ordenados vamos a clasificar los plazos:

a) Corto plazo: de hoy a tres meses. Ejemplo: empezar a pagar el doble del mínimo de mi tarjeta de crédito.

b) Mediano plazo: hasta un año (en algunos países se considera que es menos de tres años, pero como estamos

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empezando tomemos uno). Un buen ejemplo pueden ser las vacaciones del próximo año.

c) Largo plazo: más de un año y lo más lejano que te puedas imaginar: casa, retiro, crucero con tus amigos “antes de partir”, fiestón de bodas de diamante, la herencia de tus hijos.

4. Explicar el cómo del asunto. Ya tienes todo casi listo. El qué, cuánto y cuándo, pero lo interesante es justamente qué vas a hacer para lograrlo. Ya sé que estás pensando “obviamente ahorrar” o “ganar más dinero”, pero eso todos lo sospechamos, el tema es “qué voy a hacer”.

La idea es ligar directamente la meta a un cambio de hábito específico, ejemplo: “Para pagar el enganche de mi nuevo coche me voy a cambiar a un depa más chico donde pague 000 menos de renta” o: “Voy a trabajar como DJ los sábados en el bar de mi primo.”

Hacerlo así tiene dos ventajas: tienes claro de dónde va a provenir el dinero y es más fácil que lo cumplas porque tienes visualizado para qué lo estás haciendo.

Y ahora vamos a hacer la tarea:

Confiesa, ¿cuáles son tus verdaderas metas?

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Échale cabeza y escribe todas las metas que creas son importantes. Sólo prioriza y ve en cuál te quieres enfocar primero. Como decía mi abuelito Luis: “Hay más tiempo que vida”, así que si te pones las pilas podrás lograr todo lo que te propusiste.

Lo que escribiste es un compromiso contigo y sólo contigo. Mantenlo a la vista. Una vez que tengas la tablita completa sácale una copia o si eres un artista-diseñador-geek o simplemente muy creativo, haz tu propia versión y pégala donde la puedas ver.

Obviamente tus metas no están escritas en piedra, pero lo ideal es que si cambian sea porque hay algo que te interesa más y no porque ya no quisiste hacer el esfuerzo. Por dinero no paramos, ése está escondido en tu relajo financiero o allá afuera, pero está.

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Capítulo 3

¿En qué

se te va

el dinero?

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Lo que debes saber

para elaborar

un presupuesto

Después de intentar algunas técnicas exprés —y otras más a mediano plazo— para empezar a ahorrar, ahora sí hay que echarnos un clavado profundo en nuestros ingresos y gastos, y sobre todo en qué tan diferentes son de nuestro presupuesto ideal.

Yo sé que hacer un presupuesto suena igual de emocionante y divertido que afiliarse al club de los amantes de las hormigas australianas o ir a una conferencia sobre la fotosíntesis de los brócolis (¿existe tal cosa?). Sin embargo, es muy útil para arreglar nuestro desorden financiero y es bastante revelador sobre cómo vivimos y cómo usamos el dinero.

Para muchos puede ser una buena dosis de realidad en campos que parece que nada tienen que ver con nuestras finanzas como nuestras emociones, la forma en que nos relacionamos con otros o incluso nuestros hábitos alimenticios.

Hacer un presupuesto sirve para:

✓ Saber cómo usamos nuestro dinero.

✓ Identificar por qué no llegamos al final de la quincena.

✓ Conocer nuestra capacidad real de ahorro.

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✓ Detectar cuáles son las áreas de oportunidad para recortar que mejor se adaptan a nuestras necesidades o situación económica.

Si no tienes mucha idea de cuánto puedes ahorrar, ahora vas a enterarte.

¿Qué necesitas saber? Sólo tres cositas: cuánto ganas, cuánto gastas y la diferencia entre las dos. Algunos prefieren empezar con la primera (sobre todo para que no les entre la neura) y otros con la segunda, pero eso es opcional.

Antes de iniciar, ahí te van unos consejos para que el presupuesto que hagas sea lo más apegado a la realidad y lo más efectivo posible:

a) Necesitas realizarlo anualmente, recabando la información mes por mes. A veces hacer un presupuesto por sólo un mes puede ser engañosón porque hay ingresos y gastos estacionales como la tenencia, el pago anual de las primas de los seguros, inscripciones a la escuela, impuestos, vacaciones, regalos de cumpleaños o del otro lado bonos, aguinaldos o reparto de utilidades, que nos desvían los números.

Si de plano ahorita no tienes mucho tiempo, ganas o datos, puedes hacer un boceto general e irlo adaptando cada mes, estos ajustes no te tomarán más de 15 minutos si tienes el esquema general.

Para los gastos estacionales puedes hacer una lista por separado e ir pensando con qué los puedes financiar: ahorros de cada mes, bonos, reparto de utilidades, una parte del aguinaldo. Lo que más te funcione, el punto es que los tomes en cuenta.

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b) El momento en el que recibes el dinero es importante también para la planeación, así puedes ahorrar con anticipación para cuando se presente el desembolso. Que no te dé el síndrome de millonario por un día cuando te llega todo junto; aplazar ciertos gastos para evitar desequilibrios o incluso decidir si pagas de contado o con tarjeta y si ésta la pagas antes de la fecha de corte o si requerirás financiamiento, en cuyo caso hay que integrar al presupuesto siempre el costo que tendrá.

Los flujos de efectivo y las fechas son aún más importantes para quienes tienen ingresos variables como los empresarios, o quienes están en industrias cíclicas como la construcción o la turística. Ellos requieren más planeación para equilibrar sus finanzas.

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c) No te olvides de los gastos “cíclicos” que se repiten a lo largo del año con cierta periodicidad como los cortes de pelo, lavadas de coche, membresías, pago de seguros trimestral, entre otros.

d) Incluye las anualidades de la tarjeta de crédito, las mensualidades de todos tus créditos y todos los costos que pagas por financiarte con dinero ajeno (intereses, comisión por apertura, etcétera).

La parte que nos gusta: los ingresos

Normalmente los ingresos o cuánto ganas es lo más fácil de saber. ¿Qué debes incluir?:

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Y ahora la que quisiéramos borrar: los gastos

Hay muchísimas formas de organizar la información de tus gastos y la idea es que utilices la que te permita entender mejor en qué se te va el dinero. Yo sugiero una de estas dos técnicas:

1. Hacerlo de acuerdo con el nivel de prioridad que cada categoría tiene para ti.

2. Escribir todos los conceptos dividiéndolos entre fijos y variables.

El objetivo en ambos casos es recortar, pero cada una muestra de forma distinta dónde están las posibilidades de ahorro. Elijas la que elijas, idealmente deberías hacerla para todo el año de una buena vez, aunque sea más talacha, en lugar de sólo para un mes.

Los datos se recolectan de la misma manera en ambos casos: si sabes perfectamente en qué gastas —y no tienes amnesia selectiva cuando te conviene—, vacíalo directo en el formulario, en una hoja de Excel (para que sea más fácil irlo modificando), en alguna aplicación en internet para hacer presupuestos o, si de plano no se te da la tecnología, en papel.

Si haciendo memoria con todas tus fuerzas las cuentas no te salen, hay dos soluciones para encontrar esos cientos o miles de pesos perdidos:

1. A la antigüita. Compra un cuadernito y anota por un mes todos tus gastos. Desde el más pequeño hasta la renta, luz… acuérdate que no todos los meses son iguales, entonces pon especial atención en los gastos estacionales. Una versión 1.1 de éste método es que los anotes en tu cel, así no podrás decir: “Se me olvidó.”

2. La tecnológica. Acostúmbrate a pagar con tu tarjeta de débito y reduce tus pagos en efectivo al mínimo. La ven-

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taja aparte de que es más discreto que andar cargando una carreta de dinero (ok, exageré, exageré), es que tu estado de cuenta no tiene memoria de pez beta y ahí sí se registran todos los gastos, tanto los gustitos como los gustotes que te eches en el mes. Con el estado de cuenta puedes seguir de manera más sencilla la evolución de tus gastos en los meses y además puede ser bastante ecológico, porque muchos bancos te permiten consultarlo en línea. Eso sí, lo que gastes en efectivo de todos modos lo vas a tener que registrar en algún otro lado para que te cuadre todo.

Una vez que termines de registrar tus gastos actuales, regresa a esta parte del capítulo y llena esta “tabla de equilibrio”:

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1. Si tus ingresos son mayores que tus gastos, estás del otro lado. Bueno, siempre que ya incluyan el ahorro.

2. Si tus ingresos son iguales a tus gastos hay que ver a qué le vas a pellizcar para tener recursos extras para emergencias y ahorro para tus metas.

3. Si tus ingresos son menores que tus gastos urge que te conviertas en la tijera más rápida del Oeste y veas qué puedes ajustar porque seguramente estás endeudado o te estás comiendo tus ahorros y necesitas actuar ahora para controlar la situación.

Ahora sí,

las técnicas

para registrar

los gastos

Opción 1: de lo que más valoro
a lo que menos me importa

Debes escribir todos los desembolsos, por cosas o servicio, que realizas de acuerdo con la importancia que tienen para ti. La idea es empezar por la comida (creo que en eso estaremos de acuerdo) no dejes de incluir qué tan necesarios son para ti todos esos servicios o artículos en los que gastas.

Para que la foto sea más real debe incluir ¡hasta los chicles! y por supuesto los gustitos que de vez en cuando nos damos. Igual para esta parte no tenemos un monto fijo para cada mes, pero todos tenemos un patrón de consumo: si cada mes se te atraviesa algo de ropa, una nueva serie, un juego o alguna cosa que colecciones, normalmente esos “pecaditos” tienen un rango promedio de precios, ponlo.

Cada persona tiene sus prioridades y lo que para algunos es un gasto superfluo, como ir al salón de belleza tres veces a la semana, si eres actriz igual y es muy importante para tu carrera.

La base de esta técnica es justamente respetar esas diferencias y usarlas para construir el presupuesto para que se adapte mejor a tu estilo de vida y de verdad lo sigas.

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Este es un ejemplo de cómo podría quedar tu lista, pero recuerda que debes construirla desde cero, porque la idea es que sea congruente con tus prioridades para que cuando hagas los recortes necesarios tengan sentido:

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Ahora que tienes ordenaditos tus números regresa a la tabla de equilibrio. Si estás en el caso 2 y 3 o en el 1, pero no estás ahorrando, empieza a mover las cantidades en el cuadro de gastos mensuales para cada rubro hasta que estén tal como los quieres. Incluye, HASTA ARRIBA la meta de ahorro que te propusiste como la categoría principal.

¿Por qué ponerla en el primer rubro? Porque si realmente quieres ahorrar tienes que empezar por “pagarte a ti primero”, leas a quien leas de todos los posibles gurús de finanzas personales que existen en el mundo y tengan las técnicas que tengan, ese es uno de los principios en los que todos están de acuerdo.

Para recortar empieza por eliminar las categorías que están al final de tu lista, pues consideraste que no son una prioridad para ti.

Si cortaste de tajo todas las que pudiste pero aún no te cuadran los números, es hora de reducir los montos un poco en las categorías que quedaron. Como no se trata sólo de escribir números como Dios te dé a entender, para cada recorte piensa cómo vas a modificar tus hábitos respecto a esa categoría para lograrlo. Ejemplo: si estás gastando mucho en servicios igual puedes proponerles a tus vecinos compartir la conexión a internet y reducir 50% ese apartado o arreglar las fugas de agua.

Algunos tips para reducir:

✓ Bajar la frecuencia de: los cortes de pelo, ir al auto-lavado, incluso el número de veces que sales a cenar, son gastos que haces cada cierto tiempo y que igual si los espacias un poco no te vas a morir y en cambio te pueden generar un ahorro anual.

✓ Si gastabas $200 cinco veces al año en X concepto y lo eliminas una vez, de  $1000 anuales bajarán a $800 (igual es poquito, pero sumando ahorros ya vamos llegando a Pénjamo). ¿En qué NO aplica? En gastos rela

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cionados con salud o mantenimiento de tu casa o coche, puede salir más caro el remedio que la enfermedad.

✓ Sustituir: en ocasiones el mismo producto, servicio o actividad tiene algún sustituto que resulta más barato, si lo intercambiamos de vez en cuando (o permanentemente, si es que nos conviene más) nos ayudará bajarle a la gastalonez sin hacer grandísimos sacrificios. Los ejemplos más sencillos están en entretenimiento: fiesta casera en lugar de siempre salir a un bar, alternar renta de películas con idas al cine… Pero no son los únicos: lavar a mano y con mucho cuidado lo que normalmente mandamos a la tintorería o salir a correr con tus cuates en lugar de pagar las sesiones de Pilates.

✓ Compartir: el internet, la gasolina que gastamos para ir al trabajo o hasta alimentos o insumos para el hogar que se puedan comprar en volumen, son categorías en las que bien podríamos ahorrar si nos ponemos de acuerdo con amigos, familiares o vecinos. La unión hace el descuento.

Echando mano de todas las estrategias que has visto desde el capítulo de ahorro y con todas tus modificaciones, sólo resta escribir cómo has decidido gastar:

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Opción 2: por tipo de gastos

Mucha gente prefiere hacer sus presupuestos según gastos fijos y variables, porque teóricamente los primeros son los más fáciles de recortar, y esta separación te permite observar directamente dónde hay que meter tijera, aunque esto tiene sus matices: ambas categorías se pueden ir moldeando.

En términos generales, los gastos fijos son los que son idénticos todos los meses o de un pago a otro (si es que tienen una periodicidad diferente a 30 días).

Los gastos variables, como su nombre lo dice, pueden tener montos distintos cada mes o incluso presentarse en un periodo y en el siguiente no. Pueden depender del consumo, como es la cuenta del celular, para los que tienen plan y también en algunos casos este tipo de gastos son más flexibles y podemos elegir si los hacemos o no, como los del entretenimiento.

Estas son las categorías a grandes rasgos, pero definir si se trata de un gasto fijo o un gasto variable puede cambiar de persona a otra (de una familia a otra), de acuerdo con los patrones de consumo, estilo de vida, necesidades o incluso dinámicas personales.

Para los que siempre comen fuera de casa las comidas en la oficina son un gasto fijo, mientras que para los que sólo lo hacen ocasionalmente son variables. Los impuestos pueden ser un rubro fijo para los asalariados o para quienes tienen un ingreso estable, pero para los freelanceros pueden ser fijo (aunque varíe siempre el monto) si tuvo ingresos, o variable (si en varios meses no tuvo ingresos). Otro ejemplo pueden ser las familias que tienen normalmente un gasto determinado en despensa pero en ciertos periodos del año reciben visitas y todo cambia.

Otro punto son los gastos mixtos: puede que tengas un plan de celular y ya sepas cual es el mínimo que vas a pagar, pero si te pasas, el resto es más variable. Ahí hay que valorar qué es lo que más pesa o tomarlo como fijo con el promedio del cobro total.

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En resumen, aunque aquí vas a encontrar algunas ideas, lo importante es que las analices y decidas dónde meterlas de acuerdo con tu patrón de gastos.

Ejemplos de gastos fijos
✓ Renta o pago mensual de hipoteca para la vivienda
✓ El súper o despensa
✓ Comidas en la oficina
✓ Educación
✓ Teléfono e internet
✓ Celular (si estás en plan y no te pasas de tu renta o compras siempre el mismo monto en fichas de prepago)
✓ Televisión por cable
✓ Automóvil: gasolina, verificación, servicios a los coches
✓ Transporte público

Ejemplos de gastos variables
✓ Comidas fuera de casa, abarrotes, cigarros, cafés
✓ Artículos de limpieza e higiene personal
✓ Pago de tarjetas de crédito
✓ Pago de impuestos
✓ Gastos médicos
✓ Ropa
✓ Celular (si estás en plan y te pasas de tu renta mensual o si compras fichas de prepago con diferentes montos)
✓ Tintorería
✓ Agua
✓ Luz
✓ Entretenimiento: cine, teatro, restaurantes, bares
✓ Arreglo personal: corte de pelo, manicure, salón de belleza
✓ Cuidado de las mascotas
✓ Vacaciones
✓ Regalos
✓ Imprevistos

Escríbelos aquí:

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El proceso es casi idéntico al de la otra manera de hacer el presupuesto: teniendo los datos hay que decidir las áreas de recorte y hacer un nuevo presupuesto y mejorarlo. En algunos casos podemos “volarle” categorías completas a los gastos fijos o buscar la manera de reducir en ambos. Por ejemplo, si en los gastos fijos tienes la mensualidad del gimnasio, igual puedes cambiarte a uno más barato. En el caso de los variables como los gustitos o los abarrotes, puedes proponerte por un mes de verdad no comprar nada extra por más ojitos que te hagan o comprar en paquetes los chunches por los que normalmente vas a la tiendita y tenerlos en tu casa.

En los gastos fijos hay categorías que se pueden eliminar por completo o encontrarles sustitutos más baratos.

En las variables normalmente son gastos en los que debemos tratar de ser más racionales, como la luz o el agua, o si ya de plano tu situación es muy crítica eliminarlos mientras te estabilizas, como salir a cenar los fines de semana.

En algunos casos hay gastos fijos que pueden volverse variables o viceversa: igual no vas tanto al gimnasio como para pagar una cuota mensual y te conviene más pagar por sesión, o si en tu plan actual de teléfono te estás pasando mucho puede convenirte uno con más minutos, pero con un monto tope por si te pasas (obviamente ya no deberías aumentar tu consumo, porque si no, te quedas incomunicado y es el cuento de nunca acabar).

Después de haber pasado tijera escribe TU nuevo presupuesto y no olvides meter en gastos fijos el ahorro que tienes planeado para cada mes.

Con el numerito del total regresa a comparar con la tabla de equilibrio, para ver qué tan grave será el tijeretazo.

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Detectando fugas

Todos sabemos de qué pie cojeamos, a veces no lo queremos aceptar, pero eso es otra historia.

Para encontrar potenciales ahorros hay que detectar esas fugas que boicotean nuestro presupuesto. Haz memoria, después consulta con la gente que vives, amigos cercanos o que por algún motivo siempre te ven gastar (algunos siempre te están criticando cierto hábito) y pregúntales. Por último también puedes ir anotando los que encuentres en el camino.

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¿Cuáles deben ser tus objetivos de recorte

cuando ya no encuentras qué reducir?

Llega un punto donde puede que por mucho que jerarquices, reduzcas, le pellizques aquí para ponerle acá, ya no le encuentres solución a tu presupuesto. Déjalo “reposar” y después de uno o dos días vuelve a darle un vistazo. Revisa que no hayas olvidado ninguna de estas cinco cosas:

1. Gastos graaaaaaaandes en tu vida. ¿Cuáles son las cosas en las que más gastas? ¿Renta? ¿Salidas? ¿Créditos? ¿Celu-

lar? ¿Estacionamientos y valet parking? ¿Gasolina? ¿Puedes hacer algo por reducirlos? No des por sentado que por ser importantes o grandes deben mantenerse de la misma manera. Ponte a prueba y piensa si hay alguna manera de que ahorres en ellos.

2. Gasto hormiga, chiquitos pero al sumarse ¡cómo pesan! Normalmente se nos olvidan porque son $10 de propina para el “viene-viene”, $7 para los chicles, $20 para el cafecito de las cinco de la tarde, $12 de la botella de agua… son montos pequeños o artículos baratos que siempre andas olvidando y tienes que comprar. Igual como no es tan caro no lo cuentas, pero tu quincena sí.

3. Comisiones y cobros. Si tienes varios productos financieros repetidos, como cuentas de débito o más de las que necesitas de crédito, seguros de vida o accidentes que te vendieron en el súper, con el recibo del teléfono o con otra tarjeta, puedes estar gastando un dineral en anualidades, comisiones y primas. Eloy López, especialista en protección financiera (su sitio es www.previsionfinanciera.com), tuvo una clienta a la que le hizo una auditoría de todos los seguros que había acumulado y resultó que estaba pagando $17 000 anuales por coberturas que en 80% de los casos no necesitaba porque estaban repetidas o no se ajustaban a sus necesidades.

Esto también aplica para créditos donde estás pagando más de lo que deberías: ¿hay un nuevo esquema para tu crédito hipotecario con tasas más bajas? Averigua si puedes refinanciar, ¿eres un tarjetahabiente cumplido? Busca un banco que te ofrezca mejores tasas a las que tiene tu actual plástico.

4. Membresías que no usas. ¿Hace cuánto que no vas al club que ibas de niño con tus papás, pero sigues con los pagos anuales? Si te gusta tenerlo por una razón sentimental, ¿por qué no averiguas cuánto cuestan los pases de invitados? Otro ejemplo: ¿realmente aprovechas los clubes de descuento

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o sólo vas unas veces al año y acabas comprando toneladas que se echan a perder antes de que las termines?

Aunque no es propiamente una membresía, esto también puede aplicar para los tiempos compartidos, que yo no sé por qué pero las familias los aman y usan los primeros dos años y luego ya no saben a quién enjaretarles las semanas (sobre todo si se emocionan comprando el tiempo compartido en Cancún y viven en Monterrey, ¿verdad?).

5. Pequeñas flojeras. Invertir diariamente dos horas en ir al trabajo caminando para ahorrarte la gasolina definitivamente no es negocio (aparte de que vas a llegar con un bouquet…), pero sí hay otras cosas que por flojerita te hacen gastar más y son relativamente fáciles de adaptar a tu estilo de vida.

¿Quieres ideas? Llamar más del teléfono fijo que del celular, aprende a cocinar, haz tú café en la mañana, cómprate algo rico porque cambiar un latte doble por soluble con azúcar como que tampoco, tampoco; camina más o levántate más temprano para evitarte el tráfico y el gasto excesivo en gasolina.

OBVIAMENTE el chiste de todo este merequetengue es que tengas recursos extra, no que nada más cambies tus hábitos. Si gastabas $150 en chicles al mes de paquete en paquete, y decidiste comprar la caja por $120, entonces deposita los $30 restantes en tu cuenta (sí, aunque sólo sean 30) y ya no compres más en el mes. Si no, sólo te estás complicando la existencia de a gratis

Últimas sugerencias

(de verdad, ya las últimas de presupuesto)

Disculparás la necedad pero ahí voy de nuevo: seguramente habrás visto que en ambos métodos el “Ahorro” es un rubro que debe incluirse en el presupuesto y además debe ser lo primero en la lista.

Si no presupuestamos el ahorro siempre habrá algo que se lo termine comiendo, y si lo vemos desde un punto de vista muy práctico tienes que destinarle recursos porque sirve para comprar algo invaluable: tranquilidad, libertad financiera y margen de maniobra.

Si te echas un clavado a libros de finanzas personales o sitios de internet seguramente encontrarás otras formas de hacer un presupuesto, casi todos presentan pequeñas variaciones en estos dos métodos. En cualquier caso es importante que elijas el que funcione, elabores un presupuesto realista, basado en tus patrones de consumo y que se adapte a tus necesidades.

Si nos proponemos reducir nuestros gastos 50% en un mes viviendo a pan y agua y bañándonos con agua helada para ahorrar en gas, lo más seguro es que aguantemos una semana y después mandemos todo a volar. Es mejor ir modificando nuestros hábitos poco a poco y alcanzar metas que nos mantengan motivados.

Nada es para siempre y tampoco los presupuestos. Seguramente el primero que hagas requerirá ajustes y es importante que al principio revises mes con mes qué tanto pudiste respetarlo y qué hay que cambiar.

Después analízalo cada vez que haya algún cambio importante en tu vida. Si no, todo va a quedar muy bien en papel pero, ¿y en la práctica? Todo se basa en el tiempo que inviertas en tu presupuesto para que éste funcione y te permita retomar el control de tu dinero.

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Capítulo 4

Que no te

agarren en curva:

el fondo de

emergencia

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Todos estamos salados

de vez en cuando

¿Alguna vez se te descompuso el auto por algo menor que el deducible de tu seguro y no sabías ni de dónde sacar para pagarlo? ¿Te has quedado sin trabajo o simplemente lo que tienes ahorrado “no te alcanza” para vivir si eso pasa? ¿Si te hospitalizaran tendrías que pedir prestado? ¿Has perdido celulares nuevecitos empezando el contrato? Si tuvieras que hacer un viaje no planeado por alguna urgencia familiar o de negocio, tendrías con qué solventarlo? Si contestaste sí a alguna de estas hipotéticas y muy posibles situaciones o te han ocurrido otras similares, te URGE crear tu fondo de emergencias.

¿Para qué es un fondo de emergencia

(y para qué no es)?

Siempre hay algo que por muy previsores que seamos, nos puede desbaratar nuestros bellísimos —y optimistas— planes. Claro, a unos más que a otros. Si traes tu nubecita negra sobre la cabeza favor de pasar por una limpia a Chalma antes de continuar leyendo este capítulo.

Para la mayoría un imprevisto puede implicar dar un “tarjetazo” no planeado o salir corriendo a pedir dinero a los pa-

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rientes. Una manera más barata y menos latosa es hacer un “cochinito” para guardar el dinero que puedes necesitar para superar un evento inesperado.

Normalmente estas emergencias implican daños o desperfectos que no cubre ningún seguro, como averías en el auto o la casa que no alcanzan el valor del deducible; consultas o que a tu computadora le caiga agua cuando ya no entra en garantía; que el refri chafeó intempestivamente, y hay que cambiarlo ¡ya!; que la mascota se enfermó, en fin, cosas difíciles de prevenir. En este fondo también deberías incluir el monto de los deducibles de tus seguros, que es un desembolso de emergencia que pocas veces consideramos.

El fondo de emergencia no es una alcancía donde guardas para sacar cada vez que se atraviesa la oportunidad dorada de compra o el concierto que siempre habías esperado (aunque también podrías hacer un fondo para conciertos). Como su nombre lo dice, es dinero exclusivo para imprevistos, no se gasta o se toca para otros fines.

Hablando de qué NO es un imprevisto, normalmente sabes cuando estás muy endeudado y vas a tener a los cobradores sobre el cuello. Ese dinero, que conoces que vas a tener que pagar, no califica como emergencia, más bien debería estar en tu presupuesto.

Ni muy muy, ni tan tan: reserva lo justo

La regla de dedo —como les encanta decir a los financieros— es que tengas entre tres y seis meses de tu sueldo ahorrado para este fin. Ya lo que tú realmente necesites tendrá que ver con el tamaño de las emergencias que puedan sucederte, con el número de personas que dependan de ti o con factores de tu estilo de vida. No es lo mismo tener un trabajo estable o uno donde pasas muchos meses sin cobrar, por ejemplo.

¿Cuál es la desventaja de tener demasiado en tu fondo de emergencias? Que como debes guardarlo en algún tipo de cuenta con disponibilidad diaria, lo más seguro es que genere unos intereses microscópicos. Entonces estarías perdiendo la oportunidad de hacer dinero con el excedente de lo que realmente requieres para imprevistos.

¿Y si tengo muy poco? Ahí el problema es que cuando llegue la emergencia puede que no te alcance y tengas que recurrir a familiares —en el mejor de los casos—, a la tarjeta o a vender bienes o propiedades y no exactamente al mejor precio, por aquello de la urgencia.

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¿En dónde debes tener tu fondo de emergencia?

De inicio, lo ideal es que sea en una cuenta separada del resto de tus ahorros —si los tienes en fondos de inversión, basta con que no sea el mismo fondo—, si no, se te acaba mezclando el dinero de las urgencias con los ahorros de mediano plazo y tu sueño dorado, y total que ya no sabes cuánto tienes para cada cual.

Lo segundo es que necesitas “disponibilidad”, es decir, un instrumento donde saques el dinero sin retrasos —el mismo día— y sin penalidades o comisiones. También entérate bien cuál es el procedimiento, para que no andes angustiado averiguando cuando se presente el problema.

Como es dinero que no te puedes “estar jugando” y que no sabes si lo vas a necesitar hoy o dentro de seis meses o un año, tiene que estar en algo que no tenga muchas variaciones. Es decir, que si está invertido, que sepas al final del periodo cuánto vas a tener. Renta variable en general, particularmente Bolsa, descartado.

Esto implica que los rendimientos a los que puedas aspirar serán bajitos —alrededor de 2% anual en cuentas de banco o más o menos dos puntos menos que los Cetes o casi igual que los Cetes—, pero es el costo de la seguridad y de tenerlo a la mano.

¿Qué tipo de cuentas puedes usar? Cuentas a la vista, fondos de inversión de deuda de corto plazo con disponibilidad diaria, instrumentos de inversión bancarios de corto plazos como los pagarés de vencimiento diario o certificados de depósito, o en cuentas en cajas de ahorro reguladas. De cualquier modo, siempre hay algunas alternativas en las que puedes ganar un poquitito más que en otras, así que vale la pena que les des una buena revisada.

Capítulo 5

Tu deuda

no es culpa

de tu banco

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Cómo lidiar con la

“tarjetitis”, usar el crédito

responsablemente y

reestructurar adeudos

Podría parecer ocioso empezar este capítulo con una historia de problemas con tarjetas de crédito. Todos conocemos una, incluso hasta tenemos varias para contar. De todos modos lo haré, porque cada vez que pienso en ésta me asombra por ¿irracional?, ¿desproporcionada?... No sé ni cómo describirla:

Érase una vez un dichoso hombre que a sus veintitantos casi-treinta años vivía felizmente en casa de su abuelita con un sueldo de $10 000 mensuales.

Sin pagar renta y con el apapacho de las “mamás grandes”, que todos los mexicanos conocemos, a este hombre le alcanzaba para todo y más.

No era el más fashion ni el más gastalón, pero dinero nunca le faltaba hasta que ¡oh lalá! conoció a Lady M.

La señorita lo deslumbró con su belleza, simpatía, inteligencia y estilo… estilo que tenía un pequeño detalle: estaba pagado a crédito y no exactamente bien calculado.

Lady M tenía un deudón en la tarjeta que casi alcanzaba para comprar un carrito modesto y todo por sus frecuentes visitas a boutiques y al Palacio de Hierro.

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Por alguna extraña razón Don feliz-en-casa de la abuelita decidió que “Lo tuyo es mío, lo mío es tuyo” (incluida la deuda de la tarjeta de crédito) y además de embarcarse solidariamente con los pagos, también se metió en el mismo tren de gastos de la susodicha.

Resultado: dos años después, él que antes de conocerla no sabía que era un plástico —salvo el de su cuenta de nómina—, ahora tenía una deuda de $80 000.

De vivir felizmente durante años con $10 000, pasó a no poder llegar al fin de la quincena con los $50 000 que ganaba gracias a que su carrera había tenido un ascenso meteórico.

Cuidado con la “regalitis”

Para que vean que no sólo los hombres se enganchan con relaciones “costosas”, ahí les va un pequeño ejemplo: tengo una amiguita del trabajo muy fashion y guapa, con la que diseñé cursos de finanzas personales, valga la ironía, bien podríamos apodarla la tarjeta más rápida del Oeste.

El caso es que trae un novio que es el mismísimo príncipe azul, que la ha consentido como ningún galán antes y le ha dado unos detallazos.

Cuando “le llegó” (sí, todavía se usa en algunos lados) pidió una mesa en la cava de un restaurante de comida molecular, súper de moda obviamente, y se gastó varios miles de pesos.

Cuando iba a ser el cumpleaños del susodicho, ella le quería regalar una loción, una camisa de diseñador (se defendía con que estaba a meses sin intereses) y además estaba planeando una cena en la playa.

Todo esto está muy bien, pero apenas llevaban dos meses. El argumento es que como él tenía unos detallazos, había que lucirse y superarlos, porque era su cumpleaños.

Románticamente puede que haga sentido, pero sin “desearles el mal”, de seguir así, lo más seguro es que acabarán en bancarrota. Una relación así se convierte en una carrera sin fin de quién da el mejor regalo, quién hace el detalle más espectacular y al final también en quién acaba más sobregirado.

A veces confundimos generosidad, amor o romanticismo con precio y la verdad es que bien poquito tienen que ver.

Sonaré a campaña navideña noventera pero “regale afec­to, no lo compre” y no se enganchen en dinámicas de “quién da más”.

Tu deuda no es culpa del banco

Habrá quien jure y perjure que el origen de todas sus desgracias crediticias son los bancos, pese a que durante el año firmó como si no hubiera mañana en todas las ventas nocturnas, baratas o incluso salidas de fines de semana.

Algunos piensan que el villano de la película es el banco, pues: “¿Para qué me dieron ese límite de crédito si me lo iban a cobrar?” —esta es una pregunta real, extraída de un comentario en un blog.

Incluso me he encontrado con los que no se explican por qué les dieron una tarjeta si tenían un salario bajo. Una de esas personas era un colega periodista que alguna vez tuvo la loca idea de entrevistarme para un reportaje de consejos para superar la crisis y que estaba dirigido a “adultos contemporáneos”.

Durante la famosa entrevista —la primera de mi vida del otro lado de la grabadora— hablamos más de deudas y de tarjetas de crédito, que de la crisis en general. Todo iba bien hasta que llegó a “LA” pregunta: “¿Pero no te parece cínica la manera en que los bancos se lavan las manos respecto al problema de endeudamiento de la gente?”

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El preámbulo era cómo los bancos son tan malos con los pobrecillos consumidores que no hicieron nada para estar en esa situación… nada, salvo gastarse el patrimonio de hasta sus tataranietos.

Le contesté que el buen o mal uso del crédito realmente no era asunto del banco sino de los usuarios, que nadie nos pone una pistola para firmar ni nos obliga a comprar ocho bolsas de diseñador, cuatro botellas de whisky en el antro —que era el ejemplo que él mismo me dio— o una mega pantalla plana. Excuso decirles que casi se le va chueco el omelette al hombre (estábamos desayunando). Esa es la reacción más común al aclarar que tu deuda no es culpa del banco.

Mi respuesta ni siquiera se debe a que crea que los bancos son unas santas palomas. El crédito en México es más caro que en otras partes del mundo. Un colega estadounidense se quejaba de tasas de “hasta 14%” en su país ¡ternurita!, quítate que ahí te vamos con las de cincuenta y tantos por ciento, que manejan las instituciones más caras.

Pero ese no es el pretexto. Mientras la gente esté convencida de que es una víctima y le cargue el santito de su endeudamiento a alguien más, jamás de los jamases saldrá de su deudota.

Nunca aceptará que tiene un problema de administración, de gasto o de conocimiento de esta herramienta, que no tiene que ver con que le den o no crédito. Y como pilón, si “la culpa es de otro” tampoco necesita buscar una solución, porque no se dan cuenta de que está en sus manos literalmente.

De inicio, hay que entender que el crédito no es un aumento de sueldo. Repito: el crédito NO es un aumento de sueldo. El hecho de que te den una tarjeta de crédito, no te da más recursos para gastar —los bancos y Santa Claus no son la misma persona—, sino la posibilidad de tener más flexibilidad para pagar lo que estás comprando.

Puedes adelantar una compra, pero como dicen mucho los especialistas financieros “el crédito es un ahorro a la in-

versa”. En vez de ir reuniendo dinero para comprar en el futuro, adquieres el artículo hoy y tienes que ir separando una cantidad para pagarlo. A muchos les gusta la primera parte —lo de comprar ahora—, pero “se les olvida” que hay que pagar y con su mismito sueldo.

En teoría no deberías de endeudarte por montos que al mes sean mayores a 30% de tu sueldo, ya contando créditos de casa, coche, tarjeta de crédito, etcétera. De lo contrario, tarde o temprano te vas a ahorcar con tanta deuda.

Hay que considerar también que el crédito es todo menos dinero gratis. Usar los recursos de alguien más —en este caso del banco o Sofom (Sociedad financiera de objetivo múltiple)— siempre tiene un costo y hay que conocerlo bien. Ni modo, es un negocio, no una extensión de la orden de las Carmelitas descalzas, ¿o le prestarías indefinidamente y de a gratis al clásico amigo que no paga?

El entrevistador se quejaba de que aun cuando te endeudabas mucho el banco no te cortaba tu línea de crédito, pero lo que no saben muchos es que si firmas y firmas te vuelves un cliente “más riesgoso” y “más riesgo = tasas más caras”, para compensar el aumento en las posibilidades de que dejes de pagar.

No es feria, elige el financiamiento adecuado

Hay un crédito para cada cosa. Recuerdo muy bien el caso de Erick —otro amigo que es periodista— que al entrar a su segundo trabajo quería comprarse una motocicleta. Estaba pensando dar un tarjetazo y financiarla varios meses.

Era la peor idea en la historia de las malas ideas de financiamiento. En el trabajo sus cuates le dijeron en todos los tonos que no lo hiciera. Al final compró la moto, pero ya no dijo cómo. Quiero pensar que lo convencieron, porque si no le hubiera salido carísima.

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Si te vas a comprar algo de $50 000, ¿por qué no mejor pides un crédito de nómina o personal con una tasa de 25% anual o un automotriz? (en este caso aplica porque era una moto). La mensualidad sería más baja que el pago mínimo de la tarjeta ($2900), te evitarías pagar 2.15 veces su precio y se podría liquidar en dos años, según los simuladores de tarjeta y de crédito automotriz de la Condusef.

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¿Por qué alguien elegiría pagar más por lo mismo? Simplemente por no saber cómo funcionan los instrumentos o por flojera de hacer una solicitud.

El crédito es una herramienta de verdad útil si la usas con planeación y para amortiguar tu consumo en el tiempo. Además es necesaria para generar un buen historial. Eso sí: toda herramienta es tan buena o mala dependiendo del uso que le demos.

¿Cómo nos metimos en esta bronca?

Para saber por qué tenemos una tarjeta carísima, una deudota o simplemente parece que nos volvimos coleccio-

nistas de plásticos hay que remontarnos a los orígenes: ¿cómo obtuviste tu primera tarjeta?

a) Comparé todas las opciones y elegí la de mejor tasa y condiciones.

b) Me la enjaretó una señorita de un stand en el súper-banco-farmacia-centro comercial (ponga usted el lugar en que sucedió).

c) Era la adicional de mi papá o de mi mamá.

La “B” es la forma en la que la mayoría obtuvimos nuestra tarjeta de crédito “nos las dieron”, o al menos así era antes de 2008, cuando realmente se empezó a sentir la crisis financiera global.

El problema de este “modo de entrada” es que no necesariamente tienes la tarjeta con la mejor tasa, los mejores beneficios o afín a tu perfil de compras —para los muy viajeros los programas de recompensas con millas pueden ser mejor opción que los puntos y viceversa.

La “C” es una manera suave y más barata de introducirte al sistema financiero, porque normalmente los padres que ya tienen tiempo en estas andadas tienen la versión oro o platino.

Lo que hay que evitar es quedarse de “junior” crediticio por mucho tiempo. Solicita tu tarjeta cuanto antes y empieza a generar tu historial crediticio. Si no, siempre dependerás de ellos y cuando quieras un crédito hipotecario o automotriz será más caro o complicado que si te hubieras “independizado”.

Esto implica que el ideal en la vida sería que la respuesta fuera “A”: que nos hubiéramos dado a la tarea de cazar la mejor tarjeta y solicitarla cuando ya estuviéramos informados de cómo usarla y conociéramos nuestras capacidades de pago.

Si no fue así, no te preocupes, no todo está perdido: todavía puedes solicitar esa tarjeta a tu medida o simplemente

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convertir las que tienes en algo más acorde a tus necesidades y más barato en cuanto al costo del financiamiento.

A finales de 2010 había 13.2 millones de tarjetas de crédito en uso en México.
Fuente: Banxico. Indicadores básicos de tarjetas de crédito.

¿Qué tomar en cuenta para encontrar la buena?

Tasa de interés. Éste es el costo del crédito y cambia no sólo de banco a banco, sino de una tarjeta a otra del mismo emisor. Es variable y puede modificarse con el tiempo debido al tamaño de nuestras deudas, el nivel de riesgo que representemos para el banco y la situación económica en general.

De cualquier modo es importante revisar las tasas introductorias de cada producto para saber cuál podría potencialmente convenirnos más.

El Costo Anual Total (CAT). En términos de medida de comparación es como el hermano mayor de la tasa de interés, porque la incluye, pero también integra todos los conceptos por los que un banco te puede cobrar, como las comisiones, los gastos y los impuestos. Al final se expresa en la forma de un porcentaje y entre más bajo es mejor.

El CAT sirve para comparar entre créditos del mismo tipo y plazos iguales. Peras con peras y manzanas con manzanas: puedes comparar el CAT de una tarjeta con otra, pero no el de un crédito hipotecario con un automotriz.

Por ley los bancos y las instituciones de crédito deben informar al público el CAT de sus productos. Puedes encontrarlo en las sucursales en pósteres o folletos. También puedes hacer tu propio cálculo del CAT en los simuladores de la página del Banco de México www.banxico.org.mx o buscar los comparativos de tarjeta de crédito, crédito hipotecario y automotriz que publica periódicamente la Condusef.

Los programas de recompensas. ¿Para qué te sirve ganar puntos para comprar en una tienda de mascotas si ni te gustan los animales? En cambio si eres súper viajero, igual una tarjeta que acumule millas por cada vez que firmes sería buena opción. En el mercado hay programas hasta para los aficionados de las Chivas o el América, así que seguro encontrarás alguno que se adapte a tu estilo de vida.

Las comisiones. En algunos bancos si tienes más de un producto financiero con ellos te reducen o hasta eliminan las comisiones. Pregunta si es el caso.

También puede haber algunas tarjetas que no cobren por servicios que usas mucho. Averigua antes de firmar el contrato.

Los servicios. Las tarjetas pueden tener teléfonos de asistencia en el camino, reservaciones de eventos o hasta concierge, por si quieres sorprender al galán o galana con una

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cena romántica en Bali. Obvio, depende de si es un plástico sencillito y carismático o una oro-platino-diamante-etcétera.

Los seguros. Algunas tarjetas tienen protecciones como:

✓ Seguros contra clonación o fraude.
✓ Seguros de compras con los que te extienden la garantía de electrodomésticos y electrónicos.
✓ Protección de pagos, con los que en compras en el extranjero si pagaste con tu tarjeta y encontraste el mismo artículo más barato, te reembolsan la diferencia.
✓ Seguros contra accidentes en viajes.
✓ Seguros de autos si rentas un coche (te ahorras el de la agencia donde lo alquilaste).

Obliga a tu banco a bajarte

la tasa de interés

Ser un buen pagador tiene sus ventajas y entre ellas volverse un cliente valioso que los bancos no quieran dejar ir. Eso hay que capitalizarlo para disminuir el costo de nuestros créditos.

¿Qué, qué? ¿Cómo? es muy sencillo: negociando con tu banco que te bajen la tasa de interés. Tanto en el caso de Paris —el bloggero de “Qué no hacer”, que de financiero no tiene ni un pelito— como en el de Armando, director de cierta compañía de pagos electrónicos. Ambos querían cancelar sus tarjetas, precisamente porque la tasa era bastante más alta que la de otra tarjeta que tenían o que podían tramitar y llamaron al banco.

A París le rebajaron su tasa de interés de 44% a 19%. A Armando le tocó pasar por un largo interrogatorio de por qué se quería ir. Cuando le respondió a la señorita del call center que la razón era porque los consideraba unos careros con la anualidad y la tasa, le ofrecieron bajarla a la mitad.

¡Hay que estimular la competencia! Atraer a cada cliente tiene un costo para los bancos que tarda alrededor de tres años en amortizarse. Esto por los gastos en publicidad y las comisiones que pagan a los ejecutivos de cuenta para atraerlos. Por eso, no los dejan irse por unos “puntitos” de la tasa de interés.

Así que si eres buen pagador y te cobran de más, siempre puedes hablar y negociar.

En el peor de los escenarios, si no resulta, puedes buscar otro banco que te haga ojitos para que lo elijas. Sólo un consejo: debes encontrarlo antes de cancelar tu tarjeta, no sea que te quedes bailando.

Puede que tengas que invertir algo de tiempo para cualquiera de estas opciones, pero si se convierte en dinero, ¿por qué no?

Por qué SÍ necesitas una tarjeta de crédito,

y más si eres joven

Como dicen por ahí: “Ni muy muy, ni tan tan”. Yo no sé por qué con las tarjetas de crédito somos tan intensos-extremistas-locos-dañados: o de plano hay gente que las usa para todo y anda firmando hasta sus chicles a meses sin intereses, o están los que les ponen las cruces a las tarjetas, nunca quieren sacar una o las cancelan todas de un tirón después de tener una deuda por un mal manejo o una situación fortuita.

Ningún extremo es bueno. Las tarjetas son solamente instrumentos. Si nos tomamos media hora con el ejecutivo de cuenta para entender cómo carambas funcionan y parti-

Le bajo su tasa,
¡¡¡pero no me deje!!!

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mos de que no es dinero gratis, pueden ser muy convenientes para manejar mejor nuestros gastos.

¿Cuál es la onda con las tarjetas? Dicen las malas lenguas —es decir, versión por confirmar que oí varias veces—, que las tarjetas se inventaron porque había unos cuates en Nueva York que iban a cenar a cierto restaurante casi cada semana. Les salía el mexicano que llevaban dentro y hacían unas larguísimas sobremesas. A la hora de pagar, salían con que: “¿Nos vamos?, ¿nos quedamos? o ¿mandamos por más dinero?”, y de los tres, aplicaban la última. Entonces el dueño del restaurante les abrió una línea de crédito, ellos firmaban y la siguiente vez que iban, pagaban. Nótese que no dejaban la cuentota hasta el fin de la eternidad sino hasta su siguiente visita.

El principio no ha cambiado: tienes un periodo del día X al día Y en el que puedes realizar compras y después viene el periodo de pago. Si no liquidas en ese tiempo, te cobran intereses.

Normalmente el periodo de gasto son 30 días y el de pago otros 15 días. Pensando que fuera la primerita vez que usas tu plástico, tienes 45 largos días para saldar lo que firmaste el día 1. Es decir, 45 días para usar ese dinero SIN costo.

Pasando la fecha límite de pago ahí sí empiezan a correr los intereses y se calculan sobre el monto que hayas dejado pendiente, así sea un peso. Esto implica varias cosas:

La primera es que los “totaleros” (quienes pagan todo cada mes) no pagan interés. Por eso a ellos la tasa de interés medio les hace lo que el viento a Juárez. De todos modos

hay que buscar la tarjeta más barata que se adapte a tus necesidades o con los beneficios que te conviene, por si en algún momento quieres usar el financiamiento.

La otra cara de la moneda es que no ser totalero implica pagar lo que firmes más caro que el resto de los mortales que compran de contado.

La segunda es que entre más tiempo traigas cargando tu deuda más cara se vuelve, pues los intereses se capitalizan. Así como existe el interés compuesto para las inversiones, lo hay para las tarjetas: se generan intereses sobre el saldo y sobre los intereses de lo que debes, por lo que puede crecer a gran velocidad.

Teniendo esto en cuenta es una decisión personal o de conveniencia para nuestras finanzas dejar o no que nuestra deuda aumente.

Ahora te van las razones para tener una tarjeta, obvio usándola con prudencia y a nuestro favor:

1. Hacer historial. A ver, ¿a quién le prestarías más fácil un millón de pesos, a un amigo que te pidió 00 000 y te los regresó puntualito o a un cuate que ni conoces? Quiero pensar que al primero, ¿verdad? Es idéntico con los créditos de coche o de casa. Para prestarte más lana los bancos, Sofoles, Sofomes, uniones de crédito, o cualquier institución de este tipo necesita conocerte.

Tener un historial limpio y largo ayuda a conseguir el crédito y a que te lo den en las mejores condiciones.

Entre más chavo saques una tarjeta, mejor. No importa que sea la de tu equipo de futbol, la tienda departamental o la más básica. El caso es que cuando quieras hacer compras

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más grandes como coche, casa o algo de tu negocio, obtendrás mejores condiciones (o ya de plano que te aprueben el crédito, no se diga más). Eso sí, favor de no alocarse a la primera de cambios y correr por un PSP, Wii o lo que sea.


2. Planeación y jineteo. Si eliges tu fecha de corte conforme a los pagos claves de tu mes tienes una quincena extra para equilibrarte, en vez de andar súper bruja los primeros catorce días del mes porque se te vienen todos los pagos y apenas puedes respirar hasta la segunda.

Finalmente esos 30 días son tuyos para manejarlos y si pagas puntualito eres tú quien se beneficia.

Para compras de bienes duraderos, verdaderamente útiles, indispensables y de largo plazo, los meses sin intereses son una maravilla (nótese que es una burrada meter a quince meses sin intereses la blusa que va a pasar de moda en seis meses, el pavo que te tragoneaste en Navidad o los juguetes que trajo S.C. y que seguro el año que viene ya se desconchinflaron).

3. Son una escalerita. Normalmente las primeras tarjetas son más caritas y básicas en sus beneficios. Conforme los emisores observan qué tan bien portado eres, te van ofreciendo mejores condiciones, versiones corregidas y aumentadas, con más servicios o la anualidad es más barata.

4. Acceso. Desde abrir una cuenta en el hospital en lo que el seguro hace su entrada triunfal, hasta comprar en algunos establecimientos o sitios de internet, la tarjeta es una llave para acceder a algunos servicios donde necesitas algún tipo de respaldo o garantía.

5. Control y remedio contra los que tienen memoria de pez beta. ¿Cómo que no te acuerdas en qué se te fueron  $4000? Para eso sirve el estado de cuenta: a ése sí que no se

le olvidan las chelas y el: “Yo invito”, ni los cafés del jueves, ni el suéter que se te pegó en la tienda etcétera, etcétera...

Como ya discutimos que tampoco es feria y no se puede pagar todo con la tarjeta de crédito, es útil combinar con la de débito y más importante: revisar. El efectivo se nos va como agua, pero con un estado de cuenta es más fácil ver qué carambas estamos haciendo.

6. Seguridad. Muchas de las tarjetas tienen seguros o chunches contra fraudes o clonación —favor de revisar en tu contrato si es tu caso, por si las moscas—, son muy útiles para el rollo de aclaraciones de cargos no reconocidos.

Además son más discretas que el efectivo, porque no le andas abanicando los billetes en la cara a la gente cuando pagas o sacas del cajero, y evitas que todo México se entere que traes $10 000 en la cartera.

El diablo no está en las cosas sino en los usos, así que en lugar de sufrir las tarjetas, aprovéchalas para mejorar tu flujo de dinero y organizar mejor tus gastos, no para llenarte de deudas que te agobien y no puedas pagar.

Es importante saber cuándo te sirve pagar con ellas, cuánto te cuesta, cuándo vale la pena financiarse y cuándo mejor te amarras las manitas, porque ya quedamos en que nadie nos obliga a gastar.

Tip
Si perdiste tu tarjeta en un viaje al extranjero, puedes reportarlo con tu banco o con la compañía de pagos electrónicos respectiva (Mastercard, Visa o American Express) aunque no tengas todos los datos a la mano. Ellos te la reponen o envían, incluso, puedes recogerla en cualquiera de los países en las que andes danzando. Los teléfonos para llamar desde cualquier parte del mundo están en las páginas de internet y te constestan en tu idioma. Además tienen

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otros beneficios como el anticipo de efectivo, que te puede ayudar en una emergencia o simplemente para seguir tu viaje con tranquilidad.

Los pagos mínimos… que a la larga

pueden ser máximos

Otro de los puntos que son fuente de confusión con las tarjetas son los famosos pagos mínimos. Muchas personas pagan sólo esta fracción de lo que firman cada mes porque creen que son “cómodas mensualidades” o un pago fraccionado del precio de contado.

La realidad es diferente: el pago mínimo es entre 5% y 10% del saldo de tu deuda, dependiendo del banco. Si sólo pagas esta proporción de lo que gastas, lo que dejaste pendiente en tu tarjeta genera intereses. Si encima sigues firmando y firmando, tu deuda se convierte en una bola de nieve.

En la mayoría de las tarjetas, la proporción del pago mínimo que se va a capital (lo que originalmente firmaste) es menos de la mitad. El resto son intereses, comisiones e IVA.

Como es poco lo que se destina al pago de capital y se siguen generando intereses, al pagar sólo el mínimo estás encareciendo lo que compraste. Por eso la recomendación es ser totalero o de perdida pagar el doble del mínimo, lo que reduce dramáticamente el periodo que estarás endeudado.

Y como para muestra basta un botón: imagínate que te compras una televisión. Es un modelo “sencillito”, pantalla plana de 16 pulgadas que te cuesta $2900.

Tú eres un buen tarjetahabiente y tienes una tasa de interés de 25%. Decides pagar sólo el mínimo de esa compra, que son $250.

Al final tu sencillita televisión te va a costar  $4701. ¡Eso te alcanzaría para el home theatre! Y además te tardarías un año y siete meses en pagarlas.

Si en lugar de $250, le aumentas a $500, el costo total sería $3605 y pagarías en cinco meses ¡qué diferencia!

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A final de cuentas el crédito es un negocio y estas son las reglas del juego, que por cierto aceptamos cuando firmamos el contrato de nuestra tarjeta (por eso hay que leerlos).

Financiarnos es una elección personal, no es ni bueno ni malo. Dependerá de la administración, necesidades de cada quien, incluso la conveniencia de la compra. Siempre hay que estar conscientes de cuánto nos va a costar y analizar si entra en nuestra capacidad de pago. En ocasiones es mejor aplazar ese gasto o simplemente meterle más a nuestro plástico para evitar dolores de cabeza.

¿Meses sin intereses? No te aloques

Alguna vez cuando platicaba con mi amiga “D” sobre tarjetas de crédito, ella me dijo: “Yo ya casi no la uso, sólo para aprovechar ofertas de meses sin intereses y algunos pagos”.

Aunque podría parecer una frase de una buena compradora, en realidad es lo contrario. “D” hacía excursiones a tiendas departamentales para cazar estas promociones, su tarjeta estaba hasta el tope y ya no le alcanzaba para liquidar el pago mínimo entre tantos cargos de meses sin intereses. La mayoría de sus maravillosas compras ni siquiera las había pensado hacer pero como estaban “de oferta”…

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En resumen, el beneficio se transformó en pesadilla. En lugar de usarlo para diferir las compras de bienes duraderos sin intereses, al exagerar se estaba ahorcando con deudas.

Para que no te pase lo que a “D”, hay algunas reglas que debes seguir al usar “meses sin intereses”:

1. Haz una lista de los bienes importantes que quieres comprar o reponer y únicamente atente a éstos cuando hagas compras a meses sin intereses. Para éstos sí “aprovecha las promociones”.

2. Úsalas sólo para artículos que tengan una vida útil mayor a los meses en que difieres el pago. No tiene caso comprar un celular a 18 meses sin intereses, porque puede que ya lo hayas cambiado para esa fecha. ¡Qué flojera seguir pagándolo cuando ya está en la basura!

3. Sé muy puntual en los pagos, si no se anula la ventaja de “sin intereses” y empieza a costarte el financiamiento.

4. Échale numeritos antes de firmar. Lo que pagas mes con mes de todos tus créditos, incluyendo el monto de los meses sin intereses, no debe sobrepasar 30% de tus ingresos o te arriesgas a estar en aprietos para saldarlos. Lleva un registro para que no te excedas.

5. Evíta este tipo de compras, si sabes que vienen periodos de gastos fuertes como el inicio del ciclo escolar, renovaciones de seguros, un parto, etcétera.

6. Aléjate de las tentaciones: aunque tenemos claro que en cierto periodo no podemos gastar, vamos al centro comercial a “dar la vuelta” y nos acabamos encontrando con una oferta “irresistible”.

7. Evalúa el precio. A veces nos dejamos llevar por la fracción que vamos a pagar al mes y ni pensamos en el total.

Si es muy alto el precio final, valora si no te conviene comprar de contado —a veces sí hay “descuento” por pagar así, aun-

que según ellos sea “meses sin intereses”— o incluso en otro lugar puede estar más barato. También analiza si puede ser una compra que perturbe tu presupuesto anual, por mucho que la fracciones.

La verdad sobre el temido Buró de crédito

En la mente de muchos mexicanos el famoso “Buró de crédito” es una lista negra a donde se van todos los morosos. Eso es ver el vaso medio vacío: en realidad las sociedades de información crediticia —que es el nombre real de estas bases de datos—, son un registro de qué tan bien o qué tan mal hemos pagado los financiamientos que hemos pedido en los últimos seis años. Incluye tanto a empresas como a personas físicas.

Esto quiere decir que no sólo hay “taches”, sino también “palomitas” y si has sido puntual en tus pagos esta puede ser justamente la llave para que te otorguen créditos en mejores condiciones.

Obviamente si siempre te retrasas, debes hasta la camisa o simplemente tu historial refleja que te estás acercando a tener más crédito del que puedes pagar; va a estar complicado que te presten más o te va a costar más caro.

En México hay dos sociedades de información crediticia: “Buró de crédito” —que es el nombre comercial de Trans Unión de México S.A. y es la más famosa—, y “Círculo de crédito”, otra más enfocada a crédito popular. Ambas intercambian datos y tienen la información de todos los usuarios de crédito.

¿Cómo funcionan?

Cada vez que pides un crédito, la institución o empresa que te va a prestar el dinero consulta tu historial para evaluar si

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puede dártelo, en qué condiciones y hasta qué monto tienes la capacidad de pagar sin que te metas en problemas. Esto lo deciden de acuerdo con el comportamiento de pago que has tenido anteriormente.

En estas bases de datos está registrado cualquier tipo de crédito o préstamo que hayas solicitado en bancos, cajas de ahorro, sociedades financieras de objeto limitado, tiendas departamentales, los cargos automáticos de servicios, quienes le deben el pago de impuestos a Hacienda, ¡hasta las cuentas del celular! Así que ojo con los retrasos.

A veces suponemos que los registros negativos son únicamente de créditos bancarios pero de hecho, hace dos años, la mitad provenían de entidades no financieras, y los adeudos que más habían crecido eran los de tarjetas departamentales y por servicios de telefonía, según la información del Buró de crédito.

Tú puedes consultar tu historial de crédito una vez al año de forma gratuita vía internet, por teléfono o en las oficinas de las sociedades de información crediticia y las veces subsecuentes con un cargo que depende del medio de envío que elijas.

¿Si tengo un registro negativo cuánto tiempo permanece en el Buró?

Si tienes un incumplimiento permanecerá en tu historial seis años, a menos de que el crédito se encuentre en juicio y en ese caso sólo se borra hasta que se resuelva.

Otras excepciones al “borrón y cuenta nueva” son los adeudos superiores a 400 000 Udis —alrededor de 1.8 millones en 2010—, o que impliquen condenas por delitos patrimoniales como el fraude.

Los incumplimientos de créditos menores a 1,000 Udis —$4590 en 2010—, se eliminan a los 48 meses.

El historial crediticio se actualiza cada mes. Si tuvieras un pago vencido y lo liquidas, esta información se reflejaría al siguiente periodo. Sin embargo, los usuarios pueden soli-

citar al otorgante que envié la aclaración y en ese caso tardaría únicamente ocho días.

Del mismo modo, si aparecieras como moroso en el historial sin serlo, puedes presentar una reclamación y el otorgante del crédito está obligado a presentar los documentos probatorios o a borrarlo.

Las reclamaciones se pueden presentar por escrito vía correo, fax, correo electrónico o personalmente en la unidad especializada de atención de la Sociedad de Información Crediticia.

El score de crédito

En México no se conoce mucho pero hay un producto de “segunda generación” del historial crediticio, que se llama score de crédito.

Este registro además de mostrar si has cumplido puntualmente o no, te da un puntaje —de ahí el nombre— de qué tan bien lo has hecho.

Con este número los bancos no sólo verán si te retrasas en tus pagos o no —no deberías demorarte, pero no es lo mismo dos días que tres años—, sino con cuánta frecuencia y cuánto tiempo te pasas, cuántos créditos tienes actualmente… y todos los factores que puedan mostrar tu patrón de uso del crédito.

En Estados Unidos es muy común, la mayoría de los usuarios conocen su score y todos los bancos, cajas de ahorro e instituciones de crédito en general los utilizan para fijar las condiciones de los créditos de acuerdo con el riesgo que cada cliente potencial represente. Dependiendo de tu puntaje puedes aplicar al crédito A, B o C.

Uno de los aspectos en los que más incide es en el precio y hay que estar pilas, porque unos cuantos puntos más o menos en la tasa, a la larga pueden representar cientos o miles de pesos de diferencia.

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Puede que aún ahora no escuches mucho de este score, pero seguramente en pocos años será lo más común del mundo, así que hay que aplicarse.

Cómo sacarle brillo a tu historial crediticio

Hay diversos factores que se reflejan en tu historial y que pueden determinar la calidad del crédito que puedas conseguir. Los principales para mantenerlo limpiecito son:

Pagar siempre a tiempo. Incluso los retrasos de uno o dos días cuentan en el registro y más si son frecuentes.

No sobreendeudarse.span> Es mala señal utilizar más de la mitad de las líneas de crédito que tienes disponibles. Si tu tarjeta está saturada, puede que te convenga tener una segunda para dividir tus gastos y manejar mejor tus adeudos. Advertencia: esto es para una mejor planeación, no para que aumentes tus co

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