Balada de los ángeles caídos

Fragmento

Balada de los ángeles caídos

2

Eran los primeros días de enero del año 2017 cuando Damián y Mariana miraban en un televisor de alta definición la noticia que retumbaba a lo largo del país. El presidente de la República renunciaba a su cargo después de cuatro años de gran malestar social, problemas económicos y el alza de los combustibles. Los miles de desaparecidos, los escándalos por corrupción y la interminable depreciación del peso frente al dólar provocaron cruentos enfrentamientos entre la ciudadanía y el Estado. Los videos de anarquistas atacando a policías y granaderos eran constantes en diarios y noticieros, las tiendas departamentales sufrían saqueos, gasolineras eran incendiadas y la misma ciudadanía se enfrentaba entre sí. El secretario de Gobernación asumía el puesto de manera interina y suplicaba por una transición pacífica. Varios intelectuales hacían llamados a la razón y a la prudencia.

Las imágenes de personas festejando en el Monumento de la Independencia eran transmitidas en directo. La serpentina, confeti y espuma censuraron los cuerpos del Ángel y la Diana Cazadora. Ni siquiera los edificios de Reforma contenían la euforia que se desbordaba a la Zona Rosa y Primer Cuadro de la ciudad. En Garibaldi los mariachis no dejaban de cantar y en Xochimilco no había trajinera en puerto. Las cámaras seguían frenéticamente al presidente, quien se dirigía a la Residencia Oficial para abandonar el país de manera apresurada. Algunos especulaban que se iría a Miami, donde su esposa ostentaba un departamento de lujo. Otros a China, donde una gran empresa de ferrocarriles le había ofrecido protección por contratos concedidos en el pasado.

—Parece triste —dijo Mariana mientras se acurrucaba bajo el brazo de Damián.

—Yo lo veo igual —contestó Damián algo apático—. Tal vez un poco más flaco. Cada vez está más flaco.

—Me pregunto qué tipo de fijador usará en el cabello. Mira, no importa cuánto se tropiece, no se despeina nada.

Damián alzó los hombros. En esa marcada pobreza en la que vivían, donde construyeron un pequeño cuarto en la azotea de la casa de los padres de Mariana, no tenían siquiera espacio para preocuparse por las circunstancias políticas de México. Para Damián no había nada que festejar: al otro día tenía que salir a romperse la espalda para llevar el sustento a casa, como todos los días. Sus brazos desinflados acusaban el dolor, ni siquiera podía sostener el control remoto y cambiar de canal a algo más entretenido que el Noticiero de las Diez.

—¿Qué crees que pase? —preguntó Mariana un poco preocupada.

—Descuida —respondió Damián abrazándola contra su pecho—. Salen unas ratas y entran otras. Los pobres seguiremos abajo como siempre.

Mariana apagó el televisor que sus padres habían conseguido en un programa del gobierno el año del apagón analógico. Como ellos ya tenían uno, se lo vendieron a Damián en pequeños y olvidadizos pagos. Se dio la vuelta en la cama para intentar dormir, a pesar de su terrible dolor de espalda. Mariana, que conocía sus gestos, comenzó a darle un masaje con sus manos rollizas esperando aplacar el dolor que sufría. Él amaba sus esfuerzos. Y, aunque el dolor cesaba muy poco realmente, se calmaba lo suficiente para intentar dormir otra noche más.

Damián decía que casi no dormía, sin embargo, Mariana lo escuchaba roncar por las madrugadas. Veía su espalda morena marcada puntiagudamente por los huesos de su espina dorsal. Eran la silueta cruel y vertiginosa de su conciencia por las noches, la precisa obscuridad que la protegía del faro público que atravesaba la cortina con luz amarillenta.

Ella soñaba con una vida tan distinta, pero ni siquiera sabía qué hacer para ayudar a su esposo, con el que se casó por quedar embarazada, pero que aprendió a querer hasta el alma. Ahora no imaginaba una vida sin él. Se quedaba despierta mirando el hacinamiento en el que vivían. Las cosas les caerían encima con el simple aleteo de una mariposa. La pequeña cama donde dormía su hija a un lado de ellos, los viejos roperos comprados de segunda mano llenos de ropa sin doblar. Sus puertas y cajones muy apenas cerraban y, encima, el televisor, lo único nuevo, rodeado de artículos de higiene personal de marcas baratas y genéricas. El espejo cuarteado por la mitad que deformaba su rostro cada que se reflejaba en él y el horrible Cristo gigante que su madre les regaló apenas se mudaron allí arriba.

A veces deliraba que los ojos del propio Cristo la seguían por toda la habitación esperando que cumpliera de manera quisquillosa los diez mandamientos. Llegó a identificar rincones donde no se sentía observada y así estar tranquila, en otras usaba una cobija como manto sobre su cabeza para sentirse menos señalada. Ni siquiera por el rabillo del ojo quería mirar ese rostro ensangrentado.

Con un suspiro largo se levantó de la cama y miró por la ventana: las calles mal iluminadas y la obscuridad del Cerro de la Estrella. Recargó su cabeza en la mano para ver cómo la vida se llevaba su juventud sin poder hacer mucho para evitarlo. Su madre la trataba como a una sirvienta y no tenía tiempo para sí misma: subía de peso, el cabello le lucía terrible y sus manos y uñas estaban muy maltratadas ya. Las cosas eran tan cotidianas que a veces deseaba que el viacrucis desfilara todos los días, cuando su padre la llevaba y cargaba en hombros para que viera a los romanos azotando a Jesús. Se aprendió la historia de memoria. Sonrió. Recordó que, cuando ya no era tan niña, se encontró a un romano quitándose la armadura. Fue la primera vez que vio el torso de un hombre desnudo y se ruborizó. Una sensación que no había experimentado y que no lo haría de nuevo hasta que Damián se atravesó en sus ojos.

Entre tanto silencio escuchaba las manecillas del reloj que, junto a sus recuerdos, fueron interrumpidos por los primeros ronquidos de Damián. Mariana giró la cabeza, era tan delgado como una vara de trigo, pero capaz de levantar el mazo con el que demolía el pavimento en el trabajo. Siempre se preguntaba dónde le cabía tanta fuerza en un cuerpo donde muy apenas si debían caber sus entrañas. Le encontraba una similitud con la imagen del Cristo torturado que colgaba con una pequeña inclinación sobre la cabecera de la cama.

El alumbrado público falló e hizo hincapié en su desesperación y sentimiento de inutilidad a través de la ventana. Se puso de rodillas y comenzó a orar con un llanto apagado mientras la luz de la luna bañaba la habitación:

—Mi señor, ayuda a mi flaco, que encuentre la luz, que su trabajo nunca lo doble, que nuestra pobreza no lo rompa y vuelva siempre a este pequeñito mundo que hemos construido con su esfuerzo y que, sin él, se vendría abajo como la Torre de Babel. Mi señor, que mi madre no sea tan severa con él ni con Jimena. Yo puedo soportarle, me hiciste tan fuerte como un cerro, pero siempre vivo con el miedo de que un día Damián se harte y que Jimena crezca con el mismo coraje con el que crecí yo. Mi señor, ¿me recuerdas? ¿Con esa mirada que miraba a mi madre? Podía dividir el Mar Rojo en dos partes. Era fulminante y atravesaba la estancia hasta la cocina. En esas escasas ocasiones en que la enfrentaba, como si fuera David contra Goliat, y buscaba el apoyo de mi padre, un guiño, lo que fuera que me hiciera pensar que estaba de mi lado y sólo me topaba con su mirada perdida en el periódico de la mañana, tratando de que la tempestad no lo mojara. ¿Crees que fui mala, mi Señor? ¿Una mala hija para una madre tan devota? ¿Será que nunca fui digna y por eso incineras mis lugares de delicados pastos y llenas de mudas sabandijas los pliegos de mi tranquilidad? Mi señor, no te canses de mí y no dejes que Jimena se convierta en esto, que caiga en los agujeros en los que caí yo. No me dejes sola en las tinieblas, en estas sombras infinitas. Mi señor, ¿mamá te pidió por mí de esta manera? ¿La escuchaste…?

Siguió rezando por su familia, por ella, porque pasara algo, cualquier cosa que estrujara su vida y la sacara del pozo en el que se sentía, vista desde arriba y con tanto artilugio era justo lo que pensaba arrastrándose por el techo. Sus pensamientos corrosivos volcaron su estómago en un sentimiento desagradable, catalogando el recuento de los daños, el derrumbe imparable. Mariana, a pesar de ser madre y ama de casa, de que la vida se le precipitó en un instante, era inocente y no entendía el peligro de las oraciones cuando son escuchadas.

Balada de los ángeles caídos

3

La desorganización del gobierno provisional era evidente: la inestabilidad política comenzaba a degradar la imagen de México en el exterior y su emergente economía. Empresas trasnacionales retiraban sus inversiones y proyectos. La gente perdía su empleo. Los debates acalorados y el descontento subían exponencialmente. Nadie estaba conforme, siempre había algo que reclamar o razones para seguir luchando.

—Maldito gobierno, malditos mexicanos y su maldito país de mierda, no sirven para nada —gritaba un empresario alcoholizado en un bar de La Condesa que había perdido su inversión por la terrible devaluación—. Son unos pinches asalariados. Deberían matarlos a todos ustedes por inútiles, ¡buenos para nada! —dio un trago a su tarro de cerveza.

Llevaba como diez minutos gritando e insultando. Alguien tocó su hombro con los dedos. Apenas volteó le asestaron un golpe que lo tiró al suelo.

—Lo recuerdo perfectamente —dijo un músico durante una entrevista—. El movimiento comenzó cuando Roger Waters desplegó la palabra RENUNCIA en las pantallas del Zócalo. El pueblo despertó y comenzaron los disturbios.

—Pienso que le estás dando demasiada importancia a Waters. El malestar lleva años gestándose. Desde los cuarenta y tres estudiantes, la Casa Blanca, no sé, fueron muchas cosas —respondió el reportero.

—No es que le dé demasiada importancia a Waters. Pero hizo lo que ningún artista mexicano pudo hacer: exigir la renuncia de un presidente. ¿Sabes lo que eso significa?

—No quiero ofenderte, pero claro que otros artistas ya habían exigido la renuncia del presidente. Pero sus llamados no llegaron ni a un pie de página. Tal vez ése sea el fenómeno Waters que mencionas.

El músico, bañado en una terrible resaca, encendió un cigarro. El reportero, que odiaba entrevistar a artistas con problemas de adicción, se dio cuenta de que sus argumentos políticos eran demasiado conservadores para discutirlos con la celebridad que estaba delante de él.

—Entonces, cuéntanos sobre tu nuevo disco —agregó desanimado.

—Sí, como te decía, es una obra que trata de llevar la protesta de un pueblo reprimido, reflejar esas voces que callan, que sufren en silencio…

«Aquí vamos de nuevo», pensó el reportero mientras trataba de apartar el humo del cigarro con la mano.

—¿Piensan realmente que algún partido tendrá la solución? —cuestionaba un analista político en una conferencia—. ¡Vamos! Vivimos una era en que los mexicanos desconfiamos de todas nuestras instituciones, ¡de todas! Ni una sola se salva, ni el Ejército ni la Marina, que son las menos cuestionadas. Es como si estuviéramos en un barco a la deriva, en medio de una descomunal tormenta, y que los tripulantes que se postulan a capitán tuvieran la única intención de hundir el barco. ¿Por quién van a votar? ¿De qué les va a servir si nuestro destino será el fondo del mar? ¿Saben la diferencia de México con los países de primer mundo, por ejemplo, con Alemania o Japón, que perdieron la Segunda Gran Guerra? Muchas, claro, pero la más significativa para mí es que sus fuerzas de construcción son mayores a sus fuerzas de destrucción. En México llevamos más de doscientos años con una fuerza de destrucción mayor a nuestra fuerza de construcción. Las pequeñas cosas que logramos arreglar las destruimos en el siguiente conflicto; así pasó con la estabilidad y prosperidad de la Nueva España y la sangrienta Independencia. El colonialismo español estaba a punto de desaparecer, Napoleón lo estaba asesinando —se escucharon algunas risas—. Hidalgo no necesitaba irse a las armas, no necesitábamos que muriera tanta gente y destruirlo todo. Lo mismo pasó con el Porfiriato y esa carnicería que fue la Revolución. Les pregunto: ¿qué hubiera pasado si Porfirio Díaz se hubiera muerto en 1909, no sé, de viejo o en un accidente? Habría estatuas de él en cada ciudad de este país, sería más homenajeado que Benito Juárez incluso. Pero, de nuevo, preferimos la destrucción. Y no sólo eso, sino que alabamos, ¡aclamamos a los que lo destruyeron todo! ¿Y ahora quién será nuestro próximo héroe? Los escucho celebrando este movimiento tan agitado que destituyó a un presidente, al partido de los dinosaurios, y blablablá, e inflan el pecho cuando mencionan que el Invierno Azteca es igual de importante que la Primavera Árabe. Yo les pregunto… ¿a quién vamos a votar para que lo destruya todo ahora?

—¿Cuál sería una solución factible para usted, doctor? —preguntó el moderador.

—Bueno, creo que México necesita urgentemente un gobierno duro, que raye en lo autoritario, capaz de aplastar a cualquier movimiento beligerante —se escucharon murmullos de desaprobación y abucheos.

—Por favor, por favor, se les suplica silencio —pidió el moderador—, dejen hablar a nuestro experto. Habrá tiempo para preguntas y respuestas.

—Sí, gracias, como decía —continuó el analista—, un gobierno que tenga la capacidad de preservar lo que hemos conquistado en cuestión de infraestructura, educación e imagen, capaz de construir más que de destruir. Si no, seguiremos encerrados en este círculo catastrófico donde cada principio de siglo lo destruimos todo. Porque, díganme… ¿a dónde nos ha llevado la Independencia? ¿A dónde la Revolución? ¿Dónde está la modernidad que estos movimientos prometieron? Muchas gracias.

Entonces una nueva corriente, con promesas extravagantes, un candidato vistoso y de bigote revolucionario, fue la respuesta en la que muchos mexicanos quisieron creer. Fue así como una campaña independiente con agudos e inteligentes discursos se posicionó como esa alternativa para regresar el orden con métodos radicales y agresivos. Fue un grito desesperado, un último recurso. Pero en esas desordenadas elecciones del Instituto Electoral, donde miles de casillas no fueron abiertas y otras boicoteadas, su triunfo fue escaso. Su rival más cercano no aceptó la derrota. Por lo que muchos aseguraron que la inestabilidad continuaría durante el sexenio venidero.

Y así fue como Eliseo Máximo tomó protesta el primero de diciembre del año 2018, entre una ensordecedora rechifla en el Congreso y marchas multitudinarias en las calles. Después de recibir la banda presidencial, colocó las manos en el estrado y miró de manera penetrante a los diputados que ahí lo rechazaban. Mostró su sonrisa más falsa y abandonó el Congreso. En el pasillo desanudó su corbata y la aventó a Bernardo Gil, su secretario y amigo. Entendió que vestido de traje, que ser protocolario y políticamente correcto no serviría en un país como México.

—Son unos estúpidos —dijo Máximo a Gil—. No puedo creer que esta bola de orangutanes represente a México. ¿Escuchaste que hasta silbatos llevaron para hacer más ruido? No se bastaron con rechiflas, necesitaron silbatos los hijos de la chingada.

—Hubiera preferido maracas —dijo Gil con ironía, moviendo el brazo como si trajera unas—. Hubieran puesto algo de sabor, algo así como la hora de la salsa en el Congreso.

—¿Viste al Rey de España? ¡Se estaba riendo de nosotros! Debe pensar que nuestro país es una burla.

—Es imposible culparlo, quién no se reiría de ver este circo —siguió Gil con su sonrisa, caminando con las manos en las bolsas al lado de Máximo.

—Estas pendejadas se acabarán en nuestro gobierno. Ya lo verás.

—Necesitamos empezar con la educación. Lo dijo Cicerón: el regalo más grande que se le puede ofrecer a la república es la educación de nuestros jóvenes. Así evitaremos que orangutanes como éstos sean diputados.

—Necesitamos empezar con castigos ejemplares contra todo inadaptado. Las faltas de respeto deben ser juzgadas como delitos graves. ¿Viste al tipo ése del Partido del Empleo? Le quitó la gorra a uno de los oficiales que trató de detenerlo. Lo estaba viendo en televisión y los idiotas lo celebraban como héroe nacional.

—Se aprovechan de su fuero —comentó Gil—. Saben que no pueden ser arrestados.

—Se les acabará el teatrito a los diputados y partidos parásitos con estructuras fantasma. Así tengan fuero los dejaré empalados en la Alameda Central, justo ahí en el Hemiciclo a Juárez, para que la gente pueda pasar y escupirlos. Incluso podríamos cobrar. Pagaríamos la deuda externa con ello.

Bernardo Gil sonrió. Aunque la situación en el Congreso le dio vergüenza también, no dejó de parecerle graciosa. Él era la mesura, la prudencia, la parte inteligente del nuevo gabinete. Sabía que esos payasos que aparecían a lo último de la lista de confiabilidad no representaban ningún peligro para realizar un cambio verdadero y de raíz.

—Hola, bebé. ¿Cómo te fue? —preguntó Natalia, la esposa de Máximo y flamante Primera Dama.

—Ni preguntes —se anticipó Gil—. Está más furioso que un maestro de Oaxaca siendo evaluado.

—No digas tonterías, Bernardo —dijo Máximo—. Contigo a mi lado jamás podría estar enojado —le dio un beso pequeñito a su esposa.

—¿Y ya pensaron a dónde viajaremos primero? —preguntó Natalia—. Escuché que el primer viaje oficial siempre es a Estados Unidos. Después a España, creo.

—¿A qué te refieres con eso? —preguntó Gil.

—Muero por subir al avión presidencial. Dicen que es un palacio flotante —giró el cuello y llamó protocolariamente a su esposo—: Eliseo.

—¿Sí, cariño?

—Pide un buen fotógrafo. Quiero que nuestra primera sesión oficial sea adentro del avión presidencial. Hay que elegir muy bien la revista a la que le cederemos los derechos. Debe ser una con mucha clase y elegancia.

—No creo que sea buena idea —dijo Gil—. Ese avión fue muy costoso. Enviaríamos una terrible señal haciendo una sesión fotográfica en un aparato tan lujoso. Vamos, «no lo tiene ni Obama». ¿Recuerdan eso? La gente se ríe todavía.

—Bernardo —dijo Natalia como si se dirigiera a un niño—, antes de gobernar debemos parecer gobernantes. Quiero que nos realicen unos retratos enormes de Eliseo y de mí, así como los de Maximiliano y Carlota en el palacio de Miravalle. Debemos hacer que el pueblo se sienta orgulloso de su presidente y Primera Dama.

Gil negó la cabeza con resignación y Máximo sonrió.

—Vamos, Bernardo —le dijo—. ¿Cómo puedes decirle que no a esta carita? —sujetó tiernamente el rostro de Natalia.

—Señor —llamó uno de sus colaboradores—. Le solicitan en el Salón de Medios.

—Voy enseguida —Máximo apresuró el paso y dejó a Natalia y a Gil solos en el pasillo.

Natalia, en un arranque de euforia, abrazó a Gil, quien se extrañó por ese gesto de felicidad repentina.

—¿Qué sucede? —preguntó él entre risas y respondiendo el abrazo.

—¿Puedes creer que estemos aquí, Bernardo? ¡Lo logramos! Callamos muchas bocas y ahora estamos aquí, en el poder. Somos los mejores.

—Sí, nadie daba un duro por nosotros —dijo Gil con cierta arrogancia—. No imagino la desolación en la sede de los partidos ahora.

—Espero que se mueran de envidia —dijo Natalia con una sonrisa de oreja a oreja—. Pero literalmente, que se mueran.

Gil la notaba muy animada. Le daba gusto, aunque no dejaba de sentir pena por ella. Usaba una peluca debido al agresivo tratamiento de quimioterapia de algunos meses atrás.

—¿Y cómo sigues? —le preguntó, notando cierto halo de tristeza encubierto por su estrafalaria ropa.

—Bien —respondió Natalia por compromiso—. Realmente me siento muy bien, Bernardo.

—Me alegro por ti y Eliseo.

Natalia no dejaba de sonreír, tal vez de nostalgia, mientras acomodaba mejor su peluca. Le incomodaba bastante hablar del tema o que se mencionara siquiera la caída de su cabello o su piel tan pálida como la leche. Cuando vio a decenas de camarógrafos y fotógrafos entrando a la sala de medios se apresuró para acompañar a Máximo. Éste, apenas se percató de ella, la sujetó de la mano y sonrieron como muñecos de cera enfrente de los reporteros. Saludaban y alzaban los brazos en señal de victoria.

Gil se quedó en un segundo plano, sin exponerse a los feroces disparos de luz y preguntas empalmadas de los medios de comunicación, que casi se liaban a golpes tratando de parapetarse mejor delante de aquella sui géneris pareja presidencial, una historia de cenicienta que llegó a las portadas de los diarios más importantes del mundo. Bernardo Gil entendía que quedarse en las sombras era la manera más efectiva de controlarlo todo. Por eso aquella sonrisa secreta se marcó en su rostro entre las banderas mexicanas que adornaban la sala tras bambalinas.

Balada de los ángeles caídos

4

Ese mismo día Damián trabajaba en la obra. Descansaba un poco del mazo que sujetaba y escuchaba la conversación de sus colegas sobre la situación política que atravesaba México. Opinaban sobre Máximo:

—Realmente pienso que Máximo hará muchas cosas por nosotros —dijo uno de ellos sin soltar la pala—. Se ve que viene de abajo, seguro que él entenderá lo que necesitamos.

—Es un político igual que todos —comentó otro de ellos—. ¿Ya no recuerdas al de las botas? ¿Cómo se llamaba? Entró con muchos huevos y terminó maniatado por la vieja. Todos son unos corruptos al final de su mandato.

—¿Tú qué piensas, Damián? ¿Votaste por Máximo? —preguntó otro que descansaba sobre una carretilla. Se resguardaba del sol bajo la sombra de un tráiler.

Damián se encogió de hombros y levantó el mazo de nuevo.

—Ni siquiera tengo credencial para votar —sentenció e impactó el piso con toda su fuerza.

Levantaba su mazo y lo estrellaba contra el pavimento industrial. Seguía fielmente la línea trazada por los arquitectos. Era la cafetería de la Universidad Metropolitana lo que remodelaban. Necesitaban surcos para el nuevo sistema de agua y drenaje. Hubieran terminado hace meses con la maquinaria adecuada —un cortador de cemento, por ejemplo—, pero el contratista, coludido con los licitadores del proyecto, demoraba la obra hasta el absurdo para incrementar el costo de la construcción y así obtener más ingresos.

Damián llevaba dos años en ese trabajo, casi los mismos que cumpliría su hija en unos meses. Tuvo que dejar la preparatoria para mantener a Mariana cuando quedó embarazada. Recordaba su primer día. Fue un tío quien lo llevó en su camioneta hasta una fábrica. Lo dejó encargado con el líder de la cuadrilla. No sabía qué hacer ni a dónde ir. Fue uno de los maestros quien le asignó el mazo. Al principio se sintió aliviado. Vio el mazo descansando sobre la pared y pensó que tendría al fin una encomienda. Caminó hacia él e intentó levantarlo. No pudo. Empleó toda su fuerza hasta lograrlo.

—Esto es imposible —se dijo.

Ese primer día llegó hecho pedazos a la casa; su madre había preparado unos emparedados de huevo. Damián casi se ahogó con ellos de lo rápido que comió. Nunca creyó tener tanta hambre algún día. A la mañana siguiente el dolor era insoportable. Su madre no entendía que Damián quisiera trabajar de repente cuando ella, a duras penas, le pagaba la escuela. La noticia del embarazo de Mariana todavía no era conocida en su familia y, con el fuerte dolor de sus brazos y espalda, fue a trabajar a la obra el siguiente día. Un par de meses después la noticia estalló en su casa. Sus hermanos no hicieron más que reírse de él e insultarlo.

—¿Cómo ves? —dijo Pilo a Lucio—. El pinche Damián se chingó a la Mariana, la hija de doña Ofelia.

—¿Te cae? —dijo Lucio—. Esa nena está bien preciosa. Pinche Damián, quien te viera todo pendejo.

—Por eso se va a trabajar con el tío Hilario ahí a la obra —dijo Pilo, riendo.

—No mames, Damián. Ese viejo culero paga bien poquito. Vente a trabajar conmigo, cabrón. Aquí sí sacarás buena feria para mantener a la Mariana.

Pilo miró a Lucio de manera desconfiada porque sabía muy bien a lo que se dedicaba y ahora intentaba arrastrar a Damián a sus actividades, más aún cuando a él nunca le permitió involucrarse. Lucio, el mayor de ellos, siempre creyó a Pilo, el de en medio, con poco carácter para un negocio así, en cambio veía a Damián, el menor, más despierto.

Así que Lucio le mostró dónde conseguir marihuana y dónde venderla. Lo conectó con algunos de sus clientes más frecuentes. Así fue como Damián conoció a Victoriano, un poeta de las calles que quería vivir todas las penas y adicciones de Iztapalapa para validar su poesía. Victoriano vivía en un pequeño cuarto al fondo de una vecindad (su padrastro no le cobraba renta con tal de que no molestara a su madre), aunque a veces dormía bajo los puentes o adentro de alcantarillas para inspirarse más. Todas las noches bebía mezcal barato hasta prácticamente desmayarse.

—¿Sabes? —le dijo a Damián una noche mientras fumaba—. Quiero que mi poesía sea la voz del pueblo reprimido, ese reclamo ahogado en el pecho de los pobres. Gente como tú y como yo, Damián. La gente del barrio, los que estamos aquí abajo, los olvidados.

—No sé mucho de libros —dijo Damián—. Pero creo que es muy honesto de tu parte hablar de esto. Me refiero a que… pues en las telenovelas, ya sabes, en la televisión, siempre hablan de gente bonita, con dinero.

—Exacto, Damián, tú sí entiendes mi punto. Por eso somos carnales. Mira, escucha esto. Es un poema mío acompañado con música industrial. Habla sobre el capitalismo y esas cosas horribles que hacen los ricos. Se llama Alas y plomo —Victoriano reprodujo una vieja cinta de audio y comenzó a recitar—: Tú, capitalista de mierda… ¿a dónde llevas esta sagrada tierra…? Tú, iluminati reptiliano… métete tu dinero por el pinche ano…

Damián no sabía cómo cortar su recital e irse a casa. Esa escena junto a Victoriano, iluminados pésimamente por la luz incandescente de una bombilla de sesenta vatios, se volvería un bucle en su cabeza hasta el día en que la vida los separaría definitivamente.

Damián suponía que Mariana sería echada de su casa tarde o temprano y necesitaba juntar el mayor dinero posible para rentar un pequeño departamento con ella. Lo ideal, pensaba, sería sacarla del barrio, de la delegación de ser posible. Por supuesto que jamás la llevaría a su casa, con los abusadores de sus hermanos y el alcohólico de su padre.

Fue hasta que don Ernesto, padre de Mariana, habló con él para que se hiciera responsable y le ofreció vivir en su casa por un tiempo. Doña Ofelia, la esposa, no le dirigió la palabra, si apenas un par de miradas durante toda la plática. Sentía pudor de acercarse a Mariana enfrente de ellos. Intentó tímidamente, con la punta del dedo meñique, tocar la mano de ella; trataba de acariciarla esperando que reaccionara del muro emocional que había entre los dos, aunque fuera como apoyo solamente, aunque fuera para demostrarle que no se doblaría ante nada. Para su fortuna, la voz ecuánime de don Ernesto lo hizo sentir más tranquilo. Se dio cuenta de que no estaría tan desamparado en la casa de la familia Mandarina.

Damián utilizó lo que había logrado juntar, trabajando con su tío Hilario y ayudando a su hermano Lucio, para construir un cuarto en la azotea de la casa de los padres de Mariana. Cuando ella se enteró en qué ayudaba a su hermano, lo reprendió fuertemente.

—¿Estás loco? —le gritó con la voz apagada para que nadie los escuchara—. Si mi madre se entera de que vendes esa porquería ahora sí nos corre.

—Mariana, en la obra gano bien poquito. No nos va a alcanzar ni para los pañales de Jimena.

—Pues ya veremos cómo le hacemos. Pero en este momento te deshaces de toda esa cochinada. ¿Entendiste? —lo sujetó de la oreja como a un niño.

Damián, con gran desamparo, fue con Victoriano y le mal vendió toda la marihuana que le quedaba. Terminó poniendo dinero de su parte para saldar la deuda con su hermano.

—Estás bien pendejo, Damián —le dijo Lucio la noche que cortaron relación—. Trabajando con el tío Hilario no vas a pasar de pobre diablo.

—Quiero hacer las cosas bien, Lucio. Si voy a vivir con la familia Mandarina necesito hacer las cosas bien.

Damián dejó el rollo de billetes sobre el buró de la cama de Lucio. Éste, sin levantarse siquiera, lo siguió con la mirada, lo vio cruzar la puerta y perderse. Tal vez Lucio hubiera querido hacer algo más por su pequeño hermano. Sabía que su padre jamás movería un dedo por ayudarlo y que su madre apenas si trabajaba para llevar dinero a la casa. Pero los tres hermanos sabían, desde muy pequeños, que la única forma de salir de esa pocilga era rascándose con sus propias uñas.

Damián poco a poco se alejaría de su familia. Las excusas para verlos se volverían más y más irrelevantes. Cuando regresaba del trabajo caminaba por la acera de enfrente para no ser visto por sus padres ni por equivocación. Arrojaba una mirada y pensaba que todo seguía mejor desde entonces. Sin embargo, desde la ventana de su cuarto miraba a Lucio volverse más fantoche con el dinero que ganaba: se compró un carro deportivo usado, vestía cadenas gruesas de oro, gorras y tenis de marca. Lo escuchaba pasar por la calle con la música a un volumen altísimo. También miraba con recelo las amistades con las que Pilo se juntaba en la esquina, sentía que siempre abusaban de él. A pesar de que era mayor, sabía que no era muy listo y lo tildaban de tonto fácilmente. Una vez lo vio humillarse mientras ellos reían a carcajadas. Otra de esas tardes Pilo lo alcanzó a distinguir por la ventana y levantó la mano para saludarlo. Damián respondió el saludo con una mueca y cerró la cortina enseguida.

Acudía a la obra cada vez con más desánimo. Pensó que sería por un tiempo nada más, en lo que conseguía algo mejor. No imaginaba cómo habían pasado dos años levantando y dejando caer el mazo. Primero en la fábrica, después en la cafetería.

Otro día que caminaba rumbo al trabajo, un automóvil se detuvo y ofreció llevarlo hasta la universidad. El conductor pensó que era estudiante por lo joven que era y la mochila que cargaba en la espalda. Platicaron durante el camino. El chico era alumno de filosofía; le comentaba sobre un ensayo que realizaba de Albert Camus, acerca de El mito de Sísifo. Damián no decía palabra alguna para no ser descubierto, pero escuchaba con gran atención. Se sintió identificado. Relacionó el castigo de Sísifo con su trabajo: con su mazo realizaba surcos en el piso que al otro día eran rellenados con cemento. Sentía que su esfuerzo era efímero e inútil, como el de Sísifo, que llevaba la piedra hasta la cima solamente para soltarla peñasco abajo y comenzar de nuevo.

Damián se interesó tanto por la plática que no pidió la bajada donde la necesitaba. Se fue con el estudiante hasta la explanada de la universidad. Ahí se despidió de él sin confesarle que realmente no estudiaba allí.

—Cuando termine mi ensayo te presto el libro. ¡Es importante leer a todo Camus! —gritó el estudiante mientras caminaba alejándose de Damián.

—Sí… ¡oye, gracias por traerme! —gritó, aunque el chico ya no lo escuchó.

Metió sus manos a las bolsas del pantalón y se quedó parado en medio de la explanada. Los alumnos pasaban a su alrededor y se sentía muy alejado de ese mundo, como un extranjero donde nunca hubo nada. Tuvo que atravesar el campus para llegar hasta la cafetería. El líder de la cuadrilla lo regañó por haber llegado tarde.

—¡No creas que por ser sobrino del ingeniero puedes llegar a la hora que se te pegue la chingada gana, muchacho! —le gritó.

Damián dejó la mochila en el tráiler, con su almuerzo preparado por Mariana, y sujetó el mazo que, desde entonces, comenzó a llamar Sísifo. La filosofía existencialista trituró su cabeza ese día. Se cuestionaba las cosas que hacía creyendo que eran inevitables. Después de varios mazazos se recargó sobre el mango y miró a un grupo de estudiantes caminando a los lejos: reían, compartían hojas mal fotocopiadas y se tomaban fotografías. Pensó en todas las posibilidades que pudieron cambiar el rumbo de su vida. La cantidad de veces que dos caminos se habían abierto frente a él y de cómo eligió todas las combinaciones que lo llevaron hasta ese lugar.

«Tal vez la libertad nunca ha existido —se dijo—, y no estamos más que destinados a ser alguien que no queremos ser: padre de familia, obrero, católico. ¿Eso puede cambiarse? ¿Y si arrojara este mazo y corriera? ¿Y si no volvieran a saber de mí?»

En medio de sus tortuosas cavilaciones, pasó uno de los maestros de la obra y golpeó su nuca con la mano. Sonó en toda la construcción.

—Deja de hacerte pendejo, cabrón —le dijo.

Damián pasó su mano por la nuca, levantó el mazo y golpeó el piso tan fuerte que hizo que el maestro volteara extrañado por el impacto. Volvió a golpear y parecía hacerlo más fuerte cada vez.

—Tranquilo, cabrón —dijo el maestro—, sólo fue una broma.

Damián apenas lo miró cuando levantó el mazo para golpear el piso de nuevo.

Cuando finalmente dieron las seis de la tarde miró el cielo, el gigantesco sol opaco por la contaminación de la capital ocultándose en las montañas del valle. Caminaba con el mazo al hombro y echándose agua en la cara para limpiarse del polvo. Sus compañeros pasaban a su lado y le daban palmadas en la espalda. Fue el último en llegar y los demás ya se habían puesto de acuerdo para beber algunas cervezas en una cantina que quedaba de paso. Acomodó su mazo junto a las otras herramientas, como si de algo sagrado se tratara, y cerró el candando. Era día de pago y estaban entusiasmados. Llegaron hasta el viejo patio de una casa de barrio, una cantina ilegal donde eran los reyes cada viernes. Conocían al cantinero y a la chica que atendía las mesas.

—Lo de siempre, mami —dijo uno de ellos.

Lo de siempre eran dos jarras de cerveza con cuatro tarros, como primera vuelta, y un plato hondo de cacahuates salados, cortesía de la cantina por su preferencia cada fin de semana. Todos reían, excepto Damián, que no había pronunciado palabra alguna. Uno de sus compañeros lo sujetó del hombro para que reaccionara. Damián respondió con una sonrisa y fingió poner atención a la conversación. Soltó una carcajada para entrar en ambiente. Aunque no pasó mucho para que volviera a distraerse con la espuma de su cerveza. Pensó que estaba atrapado en el tiempo y miraba cada detalle del sombrío lugar: las plantas de plástico chino, los círculos de humedad que dejaban los tarros sobre la madera, las botellas de alcohol adulterado que adornaban una de las vitrinas. Su mirada terminó descansando en las zapatillas amarillas de una prostituta que esperaba en la barra a su poco afortunado cliente. El color llamativo lo hipnotizó por un breve tiempo hasta que una cola de demonio comenzó a balancearse detrás de ella. Parpadeó algunas veces con incredulidad y vio cómo la prostituta cruzó su mirada y escondió la larga cola debajo de su falda.

Rompió el contacto visual con apuro, dio un trago extenso a su tarro, se levantó y se excusó para abandonar la cantina ante la inconformidad de sus compañeros de trabajo.

—No seas puto, pinche Damián —dijo uno.

—Te pega la vieja, maricón —rio otro.

Caminó hacia la puerta por el largo pasillo sin mirar atrás. No quería convertirse en sal o perder su alma. Tal vez lo único que quería era no perder la cordura por completo. Se desplazaba entre la multitudinaria delegación, el anonimato de estar rodeado de tanta gente, de ver sus vidas desenvolverse. A nadie le importaba lo monótono, lo cotidiano, el trabajar cada día y resignarse a vivir con las mismas explicaciones y excusas. De repente comenzó a ver en sus rostros el sufrimiento, entendiendo que detrás de cada sonrisa, de cada gesto silente, había un infierno de dimensiones demoledoras.

De repente se quedó inmóvil: una niña con la piel y el cabello quemados por el sol, delgadita y pintada de payaso, hacía terribles malabares en un crucero. Él caminaba con el oleaje de las masas y se detuvo a mitad de la calle para contemplarla. Relucía unas impresionantes alas de ángel que nadie parecía notar. Cruzaron miradas y vio en sus ojos la nobleza y la pobreza, su sonrisa y tristeza. Ella giró y continuó pidiendo dinero por las ventanas de los automóviles antes de que el semáforo cambiara de color. La luz se volvió verde y los conductores comenzaron a pitarle a Damián, que seguía a mitad de la calle. Algo confundido comenzó a esquivar los vehículos hasta llegar a la acera. Quiso seguir con la mirada a la niña pintada de payaso. Percibía sus alas perdiéndose poco a poco entre la multitud. Quiso correr tras ella, pero los automóviles no lo dejaron. Perderla en ese instante fue como verter su sangre en la alcantarilla saturada de basura. La pureza del manantial, una virgen entregada a los volcanes. Entre todas esas caras de dolor y sufrimiento encontró algo de mucha luz que se resistía a apagarse, algo que podía subir hasta el cielo y convertirse en un lucero brillante.

Miró al piso y se encontró con sus botas de trabajo desgastadas hasta el ridículo, sus pantalones sucios y manos llenas de callosidades por las herramientas. Discernió que nacíamos con alas y que en algún momento las cortábamos con el único fin de encajar en la inmundicia, en la peste negra y la soledad de una ciudad apabullante. Se prometió a sí mismo que nunca dejaría que eso le pasara a Jimena, su hija. Que su luz brillaría hasta el final de los tiempos, más que el sol, más que cualquier estrella. Cerró el puño y caminó a casa. Tal vez un poco menos muerto.

Balada de los ángeles caídos

5

—¿Te imaginas, Eliseo? —dijo Natalia—. Un lugar sin religión, donde las personas sean buenas porque quieran serlo, porque saben que deben serlo, y no por miedo a Dios. Eso es lo que la gente debería de ser: buena por elección y no por miedo o porque se lo dijo algún párroco. Mi abuelo siempre decía que el único párroco bueno es un párroco muerto. Mi abuelo era muy contundente, radical hasta cierto punto, pero la razón así lo es. La razón no es amable, es dura como una piedra…

Máximo se quedó callado, recordando las castañas rostizarse en el fuego a la orilla de la playa de Puerto Peñasco, las primeras y mejores vacaciones que recordaba al lado de Natalia, cuando eran unos estudiantes muertos de hambre. Lejos de ese olor nauseabundo a hospital y el fastidioso sonido de los altavoces siempre solicitando de emergencia a un especialista en el área de urgencias.

—¿En verdad crees que la gente pueda ser buena sin religión? —preguntó Máximo tratando de recobrar la conversación cuando la tristeza se lo permitió.

—¿Tú por qué eres bueno, Eliseo?

—Creo que… creo que mi abuela me lo enseñó. Si el cielo existe, querida Natalia, te juro que es por mi abuela. Esa mujer era muy buena. Ayudaba a las personas sin recibir nada a cambio. ¿Sabes cuántas veces la estafaron? ¿Cuántas veces le pidieron dinero que no le devolvieron? Nunca entendí cómo la gente puede ser tan falsa, o tal vez mi a

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