Historia de un gato

Laura Agustí

Fragmento

Page 4 of 155
background image
background image
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 BarcelonaPenguin Random House Grupo Editorial apoya la protección del copyright.El copyright estimula la creatividad, de ende la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento,paromueve la libre expresión y favorece una cultura viva. Gracias por comprar una edición autorizadde este libro y por respetar las leyes del copyright al no reproducir ni distribuir ningunaparte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo está respaldando a los autoresEdición en formato digital: abril de 2022© 2022, Laura Agustí© 2022, Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U.y permitiendo que PRHGE continúe publicando libros para todos los lectores. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, http://www.cedro.org) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra.ISBN: 978-84-264-1113-6Compuesto por Fernando de SantiagoComposición digital: www.acatia.es
Page 5 of 155
background image
background image
A MartinaA Martina
Page 6 of 155
background image
background image
Page 7 of 155
background image
background image
Page 8 of 155
background image
background image
Page 9 of 155
background image
background image
11
N
unca me han gustado las etiquetas en las personas, porque, dealgúnmodo, siento que te convierten en algo pequeñito ypareceque,deunmomento a otro, van a colocarte dentro deunodelosmuchoscajoncitos de esos armarios antiguos de la merceríaque visitaba de pequeña con mi madre y mi hermana al salir del co-legio. Botones perfectamente ordenados por forma, tamaño y material.Hilos de colores alineados y obedientes que en cuanto sacas uno, de inmediato sale el siguiente a ocupar su lugar. Aún hoy me sigue pro-vocando un placer inmenso pasar los dedos por los carretes dispuestosunosjuntoaotrosenfunciónde la gama cromática, el matiz y el tono.Pero con las personas es diferente. Cuandoalguienintuyequemegustan los animales, la pregunta recurrente es si soy «más de gatos o de perros», y yo, que ya estoy algo entrenada, suelo responder que meencantan los perros, pero que soy gatuna desde que tengo memoria. Me apasionan los gatos y sería imposible calcular cuántos he dibuja-do, fotografiado o pintado en todos estos años. Pierdo la noción del tiempo entre caricias y ronroneos. Me fascina su despreocupación hacia todo, y también la elegancia innata de sus movimientos, ese estado de alerta constante y siempre soberbio, cons-cientes de que tienen todo bajo control. Toda mi vida he tenido gatos alrededor, los llevo hasta en la piel. Cuando viajo, no pasa mucho tiempo sin que empiece a buscarlos conla mirada, como si tuviese un radar. Allí donde miro, siempre losencuentro, sentados en el alféizar de una ventana, frotándose un cos-tado contra una pared tibia de piedra, lamiéndose las patas debajode un coche o supervisando el mundo desde la cima de un tejado.Creo que ellos también me buscan, o eso quiero pensar. Las personasalasquenosgustan tanto los animales solemos ver la belleza en todosy cada uno de ellos, y nos cuesta andar por la vida sin pensar en ellos.11
N
unca me han gustado las etiquetas en las personas, porque, dealgúnmodo, siento que te convierten en algo pequeñito ypareceque,deunmomento a otro, van a colocarte dentro deunodelosmuchoscajoncitos de esos armarios antiguos de la merceríaque visitaba de pequeña con mi madre y mi hermana al salir del co-legio. Botones perfectamente ordenados por forma, tamaño y material.Hilos de colores alineados y obedientes que en cuanto sacas uno, de inmediato sale el siguiente a ocupar su lugar. Aún hoy me sigue pro-vocando un placer inmenso pasar los dedos por los carretes dispuestosunosjuntoaotrosenfunciónde la gama cromática, el matiz y el tono.Pero con las personas es diferente. Cuandoalguienintuyequemegustan los animales, la pregunta recurrente es si soy «más de gatos o de perros», y yo, que ya estoy algo entrenada, suelo responder que meencantan los perros, pero que soy gatuna desde que tengo memoria. Me apasionan los gatos y sería imposible calcular cuántos he dibuja-do, fotografiado o pintado en todos estos años. Pierdo la noción del tiempo entre caricias y ronroneos. Me fascina su despreocupación hacia todo, y también la elegancia innata de sus movimientos, ese estado de alerta constante y siempre soberbio, cons-cientes de que tienen todo bajo control. Toda mi vida he tenido gatos alrededor, los llevo hasta en la piel. Cuando viajo, no pasa mucho tiempo sin que empiece a buscarlos conla mirada, como si tuviese un radar. Allí donde miro, siempre losencuentro, sentados en el alféizar de una ventana, frotándose un cos-tado contra una pared tibia de piedra, lamiéndose las patas debajode un coche o supervisando el mundo desde la cima de un tejado.Creo que ellos también me buscan, o eso quiero pensar. Las personasalasquenosgustan tanto los animales solemos ver la belleza en todosy cada uno de ellos, y nos cuesta andar por la vida sin pensar en ellos.
Page 10 of 155
background image
background image
12
Page 11 of 155
background image
background image
13Comarca: Bajo AragónProvincia: TeruelAltitud: 510 mSuperfi cie: 46,75 km2Población: 685 habitantesDensidad: 14,56 hab./km2Ubicación:40º59’27’’N 0º02’07’’O40.990833 - 0,0351437Comarca: Bajo AragónProvincia: TeruelAltitud: 510 mSuperfi cie: 46,75 km2Población: 685 habitantesDensidad: 14,56 hab./km2Ubicación:40º59’27’’N 0º02’07’’O40.990833 - 0,0351437
Page 12 of 155
background image
background image
14Crecí con mi hermana Marina, dos años menor que yo, mi madre Fina y sus padres,Carmen y Mariano, en las afueras de un pue-blecito de Teruel. Vivíamos en la casa de mis abue-los,antigua, con muros de piedra gruesos y vigas de madera oscura, donde el crepitar del fuego y los crujidos de los suelosal caminar eran sonidos constantes. En realidad, eran sonidos fami-liares, porque aquella casa tenía muchas vidas y por ella pasaron también muchos animales. Una o dos veces al mes, nuestra vecina Pascuala traía conejos de su corral que de la noche a la mañana se esfumaban misteriosamente. Acababan en la cazuela una vez que mi abuelo les daba el finiquito. Nosotras tardamos años en asociar la inexplicable desaparición de nuestros compañeros de juego del día anterior con aquello que nos ponían en el plato. Crecí con mi hermana Marina, dos años menor que yo, mi madre Fina y sus padres,Carmen y Mariano, en las afueras de un pue-blecito de Teruel. Vivíamos en la casa de mis abue-los,antigua, con muros de piedra gruesos y vigas de madera oscura, donde el crepitar del fuego y los crujidos de los suelosal caminar eran sonidos constantes. En realidad, eran sonidos fami-liares, porque aquella casa tenía muchas vidas y por ella pasaron también muchos animales. Una o dos veces al mes, nuestra vecina Pascuala traía conejos de su corral que de la noche a la mañana se esfumaban misteriosamente. Acababan en la cazuela una vez que mi abuelo les daba el finiquito. Nosotras tardamos años en asociar la inexplicable desaparición de nuestros compañeros de juego del día anterior con aquello que nos ponían en el plato.
Page 13 of 155
background image
background image
15En una ocasión tuvimos una familia de erizos que mi abue-lo encontró en un tejado que iba a reformar y llevó a vivira nuestro corral. Otra vez, un vecino trajo una tortugaenorme que pasó el día en la bañera, rodeada de hojas de lechuga fresca, hasta que la devolvimos al pantanodel que la habían sacado. Seis periquitos pasaron porcasa, y todos fueron liberados por Marina, que no sopor-taba verlos enjaulados. Es algo que aprendió de mi madre,a quien le ocurría lo mismo con los animales en cautividady no dudaba en soltarlos, sin importar de qué especie fuesen,cada vez que alguien le regalaba alguno. Nunca hubo hámsteres en casa, a pesar de que nos gustaban, porque mi abuela tenía fobia alos roedores, pero nunca faltaron los gusanos de seda y la invariable recolecta de hojas de morera en verano para alimentarlos. A mí me daban un asco espantoso; Marina, en cambio, disfrutaba tanto de su compañía que le encantaba sacarlos a pasear por su brazo.En una ocasión tuvimos una familia de erizos que mi abue-lo encontró en un tejado que iba a reformar y llevó a vivira nuestro corral. Otra vez, un vecino trajo una tortugaenorme que pasó el día en la bañera, rodeada de hojas de lechuga fresca, hasta que la devolvimos al pantanodel que la habían sacado. Seis periquitos pasaron porcasa, y todos fueron liberados por Marina, que no sopor-taba verlos enjaulados. Es algo que aprendió de mi madre,a quien le ocurría lo mismo con los animales en cautividady no dudaba en soltarlos, sin importar de qué especie fuesen,cada vez que alguien le regalaba alguno. Nunca hubo hámsteres en casa, a pesar de que nos gustaban, porque mi abuela tenía fobia alos roedores, pero nunca faltaron los gusanos de seda y la invariable recolecta de hojas de morera en verano para alimentarlos. A mí me daban un asco espantoso; Marina, en cambio, disfrutaba tanto de su compañía que le encantaba sacarlos a pasear por su brazo.
Page 14 of 155
background image
background image
16
Page 15 of 155
background image
background image
17
Page 16 of 155
background image
background image
Cuando fuimos a vivir al pueblo, yo tenía siete años. Veníamos de un divorcio y unos años complicados, y aquella casa y mis abuelos fueronun refugio cálido y seguro frente a un mundo adulto que no lográbamosentender. Allí también estaba Lobito, un pastor de chira de pelaje largo y oscuro con toques cobrizos que había aparecido en casa de mi tía Lourdes. Como allí ya tenían una perra, se lo llevaron a mis abue-los. Lobito era compañero, protector, guardián, y nos acompañaba a la parada del autobús todas las mañanas cuando íbamos al colegio. Siempre estaba cuidándonos cuando éramos niñas.Mi abuela le cocinaba a diario un puchero al que añadía las sobras denuestra comida, y si un día le caía un guisante por error, Lobito era capaz de comer todo excepto aquella bolita verde, demostrando que tenía un paladar exquisito, pero también modales. Pasábamos las horas acariciándole el pelo. Lo peinábamos con los cepillos diminutos de nuestras muñecasy luegolecolocábamoslazos enla cola, y así, emperifollado, nos acompañaba en nuestras aventuras campestres. En casa nos dejaban tranquilas a su cargo: fue lo más pa-recido a una niñera que jamás tuvimos.18Cuando fuimos a vivir al pueblo, yo tenía siete años. Veníamos de un divorcio y unos años complicados, y aquella casa y mis abuelos fueronun refugio cálido y seguro frente a un mundo adulto que no lográbamosentender. Allí también estaba Lobito, un pastor de chira de pelaje largo y oscuro con toques cobrizos que había aparecido en casa de mi tía Lourdes. Como allí ya tenían una perra, se lo llevaron a mis abue-los. Lobito era compañero, protector, guardián, y nos acompañaba a la parada del autobús todas las mañanas cuando íbamos al colegio. Siempre estaba cuidándonos cuando éramos niñas.Mi abuela le cocinaba a diario un puchero al que añadía las sobras denuestra comida, y si un día le caía un guisante por error, Lobito era capaz de comer todo excepto aquella bolita verde, demostrando que tenía un paladar exquisito, pero también modales. Pasábamos las horas acariciándole el pelo. Lo peinábamos con los cepillos diminu

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos