PRÓLOGO
Mientras escribía este libro, sopesé la peregrina idea de renunciar a la X de mi apellido —que tiene algo de Cruz y del Pantera— porque en ese momento Xóchitl Gálvez y Claudio XXX González se apropiaban de todo lo que llevara la antepenúltima letra del abecedario y casi que querían cobrar derecho de piso por usarla. Digo, si se carrancearon el muy priista “Dedazo” para no caer en las aburridas trampas de la democracia, su hambre de sed los llevaría a devaluar y a hacer de la X una cosa suya y por lo tanto muy equis.
Como soldados de la polarización en esta guerra entre Chairos vs Derechairos, todos hemos perdido algo, sobre todo, amigos, familiares y conocidos de camión. Te borran del Whats, te colocan en las listas negras del Twitter, te sacan del Facebook, ya no te dejan entrar a su Only Fans y en el Tinder Sorpresa te niegan las sorpresas. En el mejor de los casos te silencian y te ghostean y cuando la cosa es muy personal te mientan la madre y te mandan a brindar otra vez con extraños.
En mi experiencia, al igual que tantos con una idea de la vida que no es la de Claudio XXX González, me he quedado sin colegas, viejos entrañables amigos, carnales y parientes pobres del humor. Ahora son mis exes político-ideológicos. A algunos dejé de extrañarlos por su fanatismo calderonícola, pero hay otros a los que quisiera recuperar nada más para entender cómo pasaron de anarkopunks y jipitecas, a exaltados habitantes del xochilverso derechoso.
Por eso, para tratar de entender el espíritu derechairo con toda su intensidad, emprendí este ejercicio de exploración de la derecha, ese paraíso nada tropical donde pastan los héroes del conservadurismo, del golpe de pecho, la falda hasta el huesito y el pensamiento medieval, mientras canto aquello de mamá yo quiero saber de dónde son los derechosos, que los encuentro tunantes y los quiero conocer.
Y no es que no supiera algo de estos seres míticos, diríase que hasta producto de un mito nada genial y su Show de terror del FMI. La verdad, sé quiénes son porque lo he estado observando —homenaje obvio a José Agustín, mi querido maestro— desde mis primeros debates con esa especie en la secundaria, hasta nuestros días en que su naturaleza se ha exacerbado con esta onda recalcitrante llamada la nueva derecha, que siento que es como la vieja derecha, pero en tachas, instalada en el “echaleganismo” desde el privilegio. Es decir, al exigirle a la gente común que se esfuerce al máximo, que no abandone sus sueños, que luche por cumplir sus expectativas y ser exitosos, pero desprovistos de las herramientas y catapultas de quienes nacieron con todas las de ganar. Y luego, si las personas fracasan en su intentona de ser winners, gente como Jared Kuschner –el yerno consen de Donald Trump, que es un niño mimado de la vida y ni así ha pasado de ser una maceta en Mar-A-Lago— regaña a todos por quejumbrosos y no ponerse las pilas. “¡Fíjate qué suave!”, diría Manolín el de Chilinski.
Siempre he tenido amigos de derecha, igual que americanistas o aficionados a Siempre en Domingo y a las canciones de Mijares, pero no lo había visto en su modalidad de exaltados, tan desmadejados y aburridos.
A lo largo de su filmografía, Dany Boyle se hace una pregunta insoslayable: ¿Para qué son los amigos? Y a través de sus tramas y la manera de resolverlas, Dani nos responde: para traicionarlos. Y los puedes traicionar porque los amigos suelen perdonar.
Puedes o pueden arrebatarte una posición, una idea, una oportunidad, incluso hasta bajarte impunemente una novia, una esposa, o un amante bandido y superarlo. No hay nada que no se pueda resolver con terapia, tres guamazos y unos pomos. Eso dicen, a mí no me consta. Lo que sí resulta para un museo de las perplejidades es que sea posible que una amistad supere y sobreviva a la más infame de las traiciones, pero no a un desliz ideológico y político. No hay futuro para las relaciones entre Chairos y Derechairos, Yo lo sé, yo lo viví, como diría la venezolana pero nada venezolanizante Karina. Y como el Buki me pregunto: ¿A dónde vamos a parar? Nadie lo sabe. Y menos cuando la guerra sucia electoral se puso muy heavy metal con las portadas nazis de Siempre!, el uso y abuso de la Inteligencia Artificial, las fake news no news de Calderón y los melodramones rancheros de la derecha mexicana que se puso más cavernicolita que nunca.
Frente a todo rompimiento y polarización desatadas por el clásico Chairos vs Derechairos, también se ha podido experimentar la recuperación de viejos amigos olvidados y defenestrados por una injuria, un desaliento, una traición, con los que se puede tender nuevos vínculos porque se tendieron los puentes de la chairosidad.
Mientras decidía si me quitaba la X o no, me pregunté ¿qué habría hecho Marx en mi lugar? Pues lo obvi: abolir el aburguesamiento de la X a través de la lucha de clases, al ritmo del clásico: “Se aterran de que queramos abolir la propiedad privada, ¡como si ya en el seno de la sociedad actual la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población!”
EL MITO DE LA NUEVA DERECHA
La derecha no es lo que era, y ahora entre su feligresía repiten con animado automatismo la idea de una cosa llamada nueva derecha que, en realidad, es como la vieja derecha pero con WhatsApp, TikTok, Facebook y Twitter (en estas páginas se le seguirá diciendo Twitter al Twitter porque eso de llamarlo X parece campaña de la señora del huipil), y que es capaz de querer cobrar sus estriptís en el Only Fans de la política. La nueva derecha puede ser casi cualquier cosa, pero sobre todo es la vieja derecha que, desde su alma llanera reaccionaria, reacciona para defender su tienda de raya porfirista que es el mundo.
Digamos que la nueva derecha es esencialmente la misma derecha, pero producida, retocada con más vigor que una drag queen, esperpéntica, malévola, desprovista de remilgos morales y con estroboscópicos fuegos artificiales. Se soltó el pelo y el sujetador, se siente la reina del keroseno, y por ello se monta en espectáculos donde destaca el histrionismo de culebrón, se vomitan discursos atrabancados, provocadores, patibularios y atrabiliarios que seducen a las masas que buscan desesperadamente sacar a pasear sus prejuicios chaparro burgueses, su arsenal machista nada leninista y el chovinismo ramplón por todos tan querido. Un vodevilesco show de pelucones y ojos de toro loco, de rabia multilateral y psicopatía castrante.
Es el Show de terror del FMI, generosamente aderezado por los estertores de un anticomunismo rancio y pastoso.
Es decir, por muy moderna que quiera venderse la derecha, no hay mucha diferencia entre Denise Dresser y la maestra Gordillo, entre Fidel Velázquez y el ChikiliQuadri, la López Rabadán y la madre Conchita, Díaz Ordaz y Javier Milei, la Dictadura perfecta y el Frente Amplio por México. No es lo mismo, pero es igual. Es que fue un Frente Tóxico, de esos que veo por ahí, de esos que cuando se agitan hieden a Chanel number PRI.
Y lo mejor es que cuando todo le falla a la derecha, que es un costal de mañas, recurre a un viejo truco: correr el bulo de que todos los políticos son iguales, corruptos y malvados, sean de izquierda o de derecha. Que no hay diferencias de un lado y otro, intentando borrar la muralla que divide todo lo que fue, de lo que será.
Una narrativa deliberada que permea no solo en las redes sociales como un mal bicho y que se replica en ámbitos donde todo se replica y poco se cuestiona, pero que se desactiva cuando comparas a Echeverría con Valentín Campa, a don Beltrone con Heberto Castillo, a Krauze con Arnaldo Córdova o a Salinas de Gortari con Heberto Castillo. ¡Voilá la difference!
Lo dice la máxima: para tener la lengua larga, hay que tener las cuentas en Andorra muy cortas.
DERECHUECA
De niño, cuando escuchaba hablar de la derecha, pensaba que era como un personaje del pancracio, de esos villanos que se enfrentaban contra el Santo con sus triquiñuelas y le hacían toda clase de llaves retorcidas e ilegales sobre la lona. Luego vi que, en efecto, eso era la derecha, un costal de mañas montado en un espíritu claramente desprovisto de terapias freudianas que, enardecido, se mostraba rudo, rudo, rudísimo, mientras torcía todas las trancas de la legalidad con el fin último de agandallarse todo lo agandallable.
La derecha, políticamente hablando, es un concepto que viene de la Revolución francesa y que se gana la acepción por un asunto meramente de disposición geográfica. Quienes estaban a favor de que el rey mantuviera lo poderes del absolutismo (que es más o menos a lo que siempre ha aspirado el derechoso alfa, Claudio XXX González), se situaron a la derecha de un foro desde el cuál estaban encargados de defender los privilegios de la monarquía; y quienes con un ánimo revolucionario buscaban que el absolutismo se fuera al infierno, se situaron a la izquierda en el mismo lugar. Por supuesto, los de la derecha tenían un cadenero a la entrada, junto al letrero de Nos Reservamos el Derecho de Admisión, como en los antros de los ochenta y las fiestas en el eje Polanco-Polanquito-LaCondesa-SanAngel-ElPedregal. Un cadenero y un sacachairos que en ese momento no se llamaban chairos, pero tenían en esencia la misma convicción de los izquierdosos primigenios: Salario mínimo vigente a la Monarquía para que viera lo que se siente.
Y las cosas no han cambiado, la derecha se mantiene instalada en esa firme defensa de oligarquías y poderes de la plutocracia que se sienten herederos de Luis XVI, en cualquiera de sus vertientes; todo mientras aplica la neymariña cuando intentan ponerla en jaque, como si sus derechos divinos estuvieran amparados por la ministra Norma Piña. Es curioso que, mientras la izquierda desde su nacimiento ha sido el receptáculo de la persecución, la tortura, la censura y la tonsura de manera tradicional de Espartaco al Che y de Nerón a Trump, es la derecha la que en los últimos tiempos se atrincheró en su poder político y económico como una heroína tipo Rosa Salvaje, la muchacha italiana que vino a casarse, La Fea más bella y hasta Gutierritos, siendo que era claramente la directora general de Cuna de Lobos. Lo que sea con tal de salvar su estatus, hasta hacerse la vístima.
Es el viejo truco del Mostachón (personaje de Los Polivoces, un riquillo muy malilla y abusivo, onda Claudio XXX González) que, a pesar de ser un patrón adinerado, lloraba compungido cada vez que requería reforzarle a su empleado, el Wash & Wear (lávese y úsese, como debe ser el proletariado) las cadenas de esclavitud tradicional. Esto enmarcado con la frase natural de quienes detentan los medios de producción frente a la masa trabajadora: “¡Cómo te quiero, condenadote!” A lo que con natural elegancia respondía el proletario, con la seguridad de saber quién era su jefe porque lo ha estado explotando: “¡Rata inmunda!”
Es probable que Los Polivoces sea el veintiúnico programa de Televisa, del viejo Tigre Azcárraga, donde no solo se evidencia, sino se hace humor alrededor de la lucha de clases. Antes nos habían recetado el melodrama de Nosotros los pobres y Ustedes los ricos desde una perspectiva lloriqueante y trágica, pero con Eduardo Manzano y Enrique Cuenca tenía un efecto distinto porque el abismo entre ricos y pobres se exhibía desde la acidez de la comedia y donde los pobres representados por el Wash & wear y sus cinco hijos, eventualmente ponían en ridículo al Mostachón. De hecho, es lo que pasa en la película de estos personajes, Entre pobretones y ricachones, donde la ambición del plutócrata lo lleva al ridículo, que es la maldición de narcisista. Hasta podría pensarse que esos sketches estaban secretamente diseñados para que le quedara el saco a Azcárraga Milmo que llevaba en su interior mil Mostachones juntos.
En la defensa de los privilegios y su destino porfirista, a la derecha se le notan las costuras y los remiendos del disfraz buenaondita con el que quiere ganarse a la gente que desprecia desde las alturas de su clasismo.
Ahí tenemos a los putrimillonetas que decidieron enfrentarse a la Cuatroté inventándose una preocupación social por los más necesitados, sin aclarar que sus necesitados eran los de la Coparmex que exigen regresar a los tiempos idílicos del PRIAN cuando les condonaban impuestos, les regalaban las concesiones y los rescataban financieramente cada vez que daban peores juangazos que los de Luis Miguel.
Es que hay que reconocer, aunque nos duela, que el empresariado mexicano que vive instalado en sus historias de aspiracionismo y superación personal, es en verdad un empresariado comodino y mediocre que en su mayoría amasó su fortuna pegado a la ubre gubernamental. Mientras te presumen sus caserones y yates, ganados gracias a su apego apasionado por el capitalismo salvaje y su odio clínico contra los viejos y los nuevos lobos de Marx, hacían sus fecundos negocios al amparo de los gobiernos del PRIAN que los trataban como hijos únicos.
Y no estaría tan mal que la oligarquía busque, como es tradicional, sus propios beneficios de la manera más cómoda posible, pero científicamente son pésimos histriones como López Portillo gritando en el Congreso que ya nos saquearon y que no nos volverán a saquear, mientras saqueaba de lo lindo; o Miguel de la Madrid hablando de una renovación moral que terminó siendo más inmoral que aquello que pretendía renovar; o Salinas de Gortari presentándose como un facilitador social, cuando su verdadera máxima era: “El que privatiza primero, privatiza dos veces”, o Zedillo apelando por el bienestar para la familia, pero la familia de los beneficiarios del Vamos al Fobaproa, Fobaproa, Fobaproa, ven te vamos a bailar.
Antes de hacer sus numerazos de Scrooge conmovido y arrepentido en Navidad, de la abuela ricachona de Chachita que llegó a buscar refugio en la vecindad de Pepe el Toro, del señor Barriga condonándole la renta a Ron Damón, los fifís tendrían que tomar un curso de interpretación en la ANDA para que sus puestas en escena resultaran masomenillos verosímiles. Y es que se ven más impostados y ridis que Santiago Creel compartiendo su tristísimo pasado como güerito que ha sufrido tantísima discriminación. Un culebrón que se podría titular Lo que callamos los whitexicans. Ah, es que ahora la whitexicaniza es linda porque hace del clasismo una autoparodia. Blanquitos privilegiados que sufren porque el México no es como Boston o Londres, todos son nacos menos ellos y porque desde su vida de revistas de papel couché la realidad de la patria no está a la altura de sus ilusiones bien padriuris. Un verdadero show el melodrama de los fifís que no se haya en un México amenazado por convertirse en Venezuela a cada paso que da. El whitexicans de hoy, tururú tururú, extraña los bonitos tiempos del livin la vida loca, cuando no había comunismo, la gente bonita era prioridad y los pobres se limitaban a salir en los comerciales de Solidaridad.
Como quiera que sea, la trukulenta historia del neoliberalismo es igual de prefabricada y tramposa que la imagen refurbished de la nueva derecha: nos la presentaron como una versión humanista del capitalismo, con cierto compromiso social del capitalismo. Una estratagema que resultó ser una tomadura de pelo como las que le aplicaba el señor Burns a Homero Simpson, las del señor Rajuela a Pedro Picapiedra o las de Germán Larrea a los mineros y a los pobladores de la zona del Río Sonora que prometió limpiar después de haberlo contaminado y nunca lo hizo. Bueno, hasta que AMLO lo presionó por ecocida, un ecocida que, curiosamente, nunca ha sido cuestionado por los comprometidos ecologistas de última generación que se rasgaron las vestiduras por el Tren Maya: Eugenio Derbez, el que no quiere pagarle a quienes tiene el mal gusto de querer trabajar en sus melifluas producciones, o Rubén Albarrán, el frontman de Café Tacuba que brilló por su ausencia en el Acapulco arrasado por el huracán Otis, tan preocupado por las causas justas.
Lo tuiteó un connotadísimo especialista financiero, de esos que aseguraban que el dólar estaría a 35 pesos: “Querer combatir las desigualdades es propio de mentes torcidas. La desigualdad es inherente a nuestra condición de vida. Qué tontos fueron quienes tragaron el cuento de que hay que combatirla. Ahora no se digan sorprendidos por las ocurrencias comunistas de Morena. Incongruentes.” Así Carlitos Mota. Está al nivel de terraplanismo-antivacunas.
Cavernicolitas aparte, la gran promesa neoliberal fue que se derramaría la riqueza de arriba hacia abajo y todavía estamos esperando a que nos bañe el maná del cielo. Fueron como promesas de mi licenciado Peña, que mejor se organizó su propia tanda con la Estafa maestra de Chayito Robles.
Así, hemos visto a la derecha y los derechairos del mundo azotándose como Itati Cantoral gritando “¡Maldita lisiada!” a la pobreza, y más aún cuando se les dan sus llegues por su falta de empatía y compromiso social.
No podemos dejar de lado que uno de los bastiones narrativos de la derecha es tratar de borrar sus abusos y costumbres a pesar de las huellas indelebles que dejaron al paso de la Dictadura perfecta, más doce años de Acción Nacional, bajo el apotegma de mi licenciado Peña: “Ya, supérenl
