Vivir con el narco

Manu Ureste

Fragmento

Título

«Las personas que habitan cada una de las crónicas de Manu Ureste cargan con marcas en sus cuerpos, pero sobre todo en su memoria. Estas marcas las ha dejado el crimen organizado de la manera más violenta posible, a veces quitándoles un familiar, otras veces mutilándolos o llevándose todo lo que ellos llamaban vida. Manu camina y documenta esta realidad que parece no tener fin, la normalidad de vivir con el narco cotidiano, ese que va a las escuelas, que arrebata juventudes, que asesina en la impunidad, que ya forma parte de los oficios más comunes en este país. Periodismo de retratos, del ojo de una víctima a la panorámica de una región tan grande como el miedo, eso nos muestra Ureste en este libro tan necesario.»

Risco

«Hace tiempo que el narco en México dejó de ser solo aquel “puñado de delincuentes” dedicados a traficar drogas. Hace mucho los muertos dejaron de explicarse solo con un “se matan entre ellos”, como se ha empeñado en repetir cada gobierno. En México, el crimen organizado ha tocado cada día más espacios, cada fibra de nuestra vida cotidiana. Hemos tenido que aprender a vivir y sobrevivir con el narco. Y también a morir.

Manu, como lo conocemos en Animal Político desde hace más de 10 años, ha entendido la urgencia y el deber de contar cómo es vivir con el narco. El día a día de muchos. Aquí están historias urgentes, reunidas en un libro que nos muestra, además, la pluma y la sensibilidad indispensables —y a lo que ya nos tiene acostumbrados Manu en sus otros libros— para saber contar, pero también para conmover, sacudir y revelar desde un profundo respeto. No son textos fáciles. Pero sí urgentes.»

Daniel Moreno, director editorial de Animal Político

A mi hijo Manuel Alejandro Ureste Magallón.

Por ser la luz en la oscuridad,

y por tu ejemplo de lucha por la vida.

Descansa en la eternidad, bebé.

A Lyzbeth y a toda la familia Magallón-Nieto,

por el amor y el cariño incondicional todos estos años.

Recorrer este camino no hubiera sido posible sin vuestro apoyo.

De corazón, gracias siempre.

A mis padres Manolo y Teresa,

a mi hermana Mónica, Francisco y la pequeña Candela,

por apoyar (una vez más) todos mis sueños y locuras,

y por saber perdonar mis ausencias.

A Denise Luna del Rivero y Carmen Lomelí,

por la amistad verdadera,

y por estar presentes en las buenas

y, sobre todo, cuando la tempestad arrecia.

A mis amigos, amigas, y seres queridos.

A los que están, y a los que ya se fueron,

ustedes saben quiénes son.

Introducción

Junio de 2008. Con veintitantos años, muerto de miedo, pero con la ilusión, el entusiasmo y la curiosidad de quien apenas empieza en el periodismo, llegué a la ciudad de Córdoba, en Veracruz, a trabajar para el diario El Mundo.

Aún no sé muy bien cómo pasé de vivir en una horrenda, triste y lluviosa ciudad industrial del interior de Gran Bretaña, donde entre el 2004 y 2005 cursaba una maestría en Relaciones Internacionales, a tener mi primer paso profesional por el diario El Pueblo de Albacete, en España, para acabar viviendo en Córdoba, una calurosa ciudad veracruzana al otro lado del mundo.

Lo que sí puedo decir con seguridad es que llegué a México sin tener idea de nada, salvo por lo visto en algunas narcopelículas de la época —recuerdo especialmente la protagonizada por Denzel Washington y Marc Anthony, Hombre en llamas, que un profesor de la maestría británica nos puso un viernes por la tarde, y en la que, ironías de la vida, aparece en una breve escena la fachada del edificio de la redacción de Animal Político donde yo trabajaría años después en la Condesa, en la Ciudad de México.

Tan no sabía dónde estaba parado, que tuve que recurrir varias veces al mapa de México para ubicar Córdoba en la zona centro de Veracruz.

Por eso, cuando aquella mañana de principios de junio, la primera en la ciudad, salí a dar un paseo en busca de uno de sus famosos cafés y me encontré a varios convoyes del Ejército patrullando el centro estilo colonial, entrando incluso a pie y encapuchados a inspeccionar los alrededores de la hermosa catedral y de los hoteles centenarios de la zona, me quedé boquiabierto y francamente asustado.

Aunque más preocupado me quedé cuando le pregunté a una señora que atendía un puesto callejero de periódicos cuál era el motivo de tantos soldados y marinos subidos a las torretas de unas Humvees que solo había visto en las películas de la invasión estadounidense de Irak.

—¿Que no sabe, joven? ¡Estamos en guerra! —me dijo la señora con una expresión divertida en su rostro al ver que yo, aún más turista que otra cosa, no entendía nada.

—¿Cómo que en guerra, señora?

—Ay, mijo. ¡Estamos en guerra contra el narco!

Esa fue la primera vez que escuché que en México se estaba librando algo parecido a una “guerra” en contra de los grupos del narcotráfico.

Después, cuando llegué a la redacción de El Mundo mis compañeros y compañeras me explicaron que sí, que desde inicios de 2007 el presidente Felipe Calderón, que había ganado la votación con un muy estrecho margen y envuelto en una fuerte polémica, había decidido sacar a la milicia para atacar frontalmente a los cárteles de la droga y así ganar algo de legitimidad ante una muy buena parte de la opinión pública que lo rechazaba y le gritaba “espurio”.

Por eso los convoyes verde olivo estaban por todas partes. Por eso, y también porque Córdoba, cosa que por supuesto también desconocía a mi llegada, se había convertido en uno de los principales focos rojos de violencia en Veracruz, una entidad dominada en aquel entonces por Los Zetas; un terrible grupo paramilitar que se había adueñado prácticamente de una ciudad y un estado donde el nombre del cártel solo se mencionaba entre susurros y siempre con eufemismos del tipo “los de la última letra” o “los señores del abecedario”.

Tal era el terror que desataron Los Zetas, que comencé a percatarme con el paso de los días y de la vida cotidiana en Córdoba, de que no había un antro en la ciudad que no estuviera bajo su dominio —los rumores acerca de locales que los sicarios cerraban para desaparecer a mujeres jóvenes comenzaron a multiplicarse entre 2008 y 2010—, ni taquería de esquina ni comercio que no pagara el famoso ‘derecho de piso’, ni siquiera changarro de venta de DVDs piratas en los tianguis de la central de autobuses, o en el mercado del centro, que no dijera que no podían mover ni un peso el precio porque ese era el impuesto por “los señores”.

De todo esto, claro, no se escribía ni una sola palabra en el diario. Estaba terminantemente prohibido mencionar a Los Zetas. No tanto por una censura impuesta desde fuera, sino por una política de seguridad interna para proteger a los periodistas y a todo el personal del diario y a sus familias.

Aún así, la enorme sombra del narco siempre estaba presente, aún por los temas más impredecibles, o que en teoría no afectaban en el ámbito de lo local.

Por ejemplo, al poco de llegar al diario recuerdo que se publicó en la sección policiaca una nota relativa a la caída de un capo zeta en Tamaulipas, es decir, una nota nacional, y eso originó el enojo de los zetas locales y que un compañero de la sección fuera secuestrado y desaparecido por varias semanas, además de llamadas insistentes en mitad de la noche —ya nadie en el turno de cierre de edición nos queríamos aventar el tiro de responder el teléfono— con amenazas de que iban a balacear el diario o a tirarle un granadazo.

“Van a valer verga, pinches putos”, solían dejar el recado.

Después, el tiempo fue pasando. Y las cosas, desde luego, no mejoraron ni en la ciudad, ni en el estado, ni en el país. Al contrario, las masacres comenzaron a multiplicarse —por mencionar una, en agosto de 2011 más de 50 personas murieron en el Casino Royale de Monterrey, luego de que un grupo criminal lo incendiara en un atentado espeluznante—, mientras en la redacción de El Mundo se comentaba por lo bajo que Los Zetas y otros cárteles emergentes —por allá de 2011 ya se comenzaba a escuchar en la entidad a los contras del cártel llamados Mata Zetas, que luego evolucionaron a lo que hoy es el Cártel Jalisco Nueva Generación— ya habían comenzado a diversificar sus negocios en Veracruz. Fue la época del asedio brutal a la prensa, donde un grupo exigía a los medios la publicación de ciertos temas, y el cártel rival justo lo contrario, dejando a muchos reporteros en mitad del fuego cruzado y sin la protección de un gobierno que resultó nefasto para la prensa y particularmente violento con los medios, como fue el del exgobernador Javier Duarte, condenado y preso por actos de corrupción.

Además del narcotráfico, las extorsiones y del cobro de cuotas a cambio de brindar una supuesta seguridad a los dueños de los locales, los cárteles comenzaron a meterse de lleno a la trata de blancas, el secuestro, y el tráfico de personas migrantes, para lo que, incluso, habían comenzado a contratar los servicios de pandillas centroamericanas muy violentas como La Mara Salvatrucha 13, que se dedicaba a levantar personas en las vías del tren —o incluso a bordo del ferrocarril conocido como La Bestia— que transitan por localidades que se convirtieron en focos rojos de violencia, como Tierra Blanca, Coatzacoalcos, o la propia Córdoba y Orizaba, en la zona del centro.

Sobre esto último, precisamente, sobre el calvario que viven los migrantes a su paso por México, escribí una crónica que podrán leer en estas páginas: “El precio de La Bestia, o un día en el puto infierno de los migrantes”.

Ese fue uno de mis primeros textos de largo recorrido publicados en México. Uno de los muchos que vendrían después y que marcaba el punto de partida del sueño de aquel entusiasta y fácilmente impresionable estudiante de periodismo que soñaba con “contar el mundo” y que en sus primerísimos textos como becario en un muy modesto diario local jugaba a firmarlos como Manu Ureste/enviado especial a Bagdad.

Aunque no, nunca fui corresponsal en guerras y conflictos lejanos de Medio Oriente o en países de nombres exóticos del centro de África, al estilo de uno de mis grandes ídolos periodísticos, Rysard Kapuściński. Pero, tras hacer una pequeña maleta y colgarme la mochila al hombro, y calzarme las botas dejando atrás familia, amigos y un vasto océano de por medio, estaba en México; un país donde había otro tipo de guerra que también era necesario cubrir, contar, y explicarle al mundo; los tres “ingredientes” imprescindibles que marcarían —y que siguen haciéndolo— mi trabajo como periodista y que, como podrán comprobar, son el “corazón” de este libro que busca eso: documentar, narrar y explicar los efectos brutales de una guerra que cambió el rumbo del país y que ha dejado —y sigue haciéndolo casi dos décadas después— una larguísima estela de dolor y muerte. Y hacerlo, además, con el reto de no caer en el morbo de la sangre y siempre desde la perspectiva de las víctimas que padecen y soportan esa violencia desbocada: la ciudadanía.

Por eso, después de aquella primera crónica sobre el tren La Bestia, vinieron muchas más ya trabajando para la que ha sido mi casa durante más de una década de periodismo, el portal Animal Político.

Ahí, bajo la guía de Daniel Moreno, mi “padre” periodístico, he escrito otros textos sobre la temática migrante, como “El sueño que México convierte en pesadilla”, en el que documenté con otros compañeros periodistas de Estados Unidos y El Salvador el terrible viaje de dos hermanos de 8 y 11 años que fueron secuestrados en Tapachula, Chiapas, por la policía local antes de reunirse con sus padres en Baltimore, Estados Unidos. Y más recientemente, en 2023, recorrí la frontera sur mexicana para escribir “Pesadilla en el Oasis”, un texto en el que varias voces narran el infierno que fue huir de las maras en Centroamérica —al hondureño Orlando le cortaron ambos brazos por no pagar la cuota— y el infierno que vivieron atrapados en un albergue, en cuya puerta los esperaba un sicario del Cártel Jalisco con la exigencia de que cada uno le entregara 3 mil dólares.

Con los cambios de gobierno, las dinámicas del narcotráfico se fueron también modificando en el país, al tiempo que los grupos se fueron multiplicando, aunque la hegemonía de ciertos cárteles históricos, como el de Sinaloa, y de nuevos grupos emergentes como el de Jalisco Nueva Generación, se ha mantenido.

A todo lo expuesto anteriormente, estos grupos comenzaron a sumar otras prácticas delictivas aberrantes, como los enterramientos clandestinos en fosas y la desaparición de personas —en 2024 sumaban unas 100 mil en el país, aunque el gobierno de López Obrador rechazó la cifra y aseguró que son menos— y el reclutamiento forzado de niños, niñas, adolescentes y jóvenes a las filas criminales como carne de cañón.

Sobre la desaparición, y sobre cómo las madres son mayoritariamente las que asumen el papel de un Estado que no solo las ignora, sino que además las criminaliza y revictimiza —tendencia que aumentó durante el gobierno de López Obrador—, hay varios textos en estas páginas, como “La Casa de los Martirios”, “La trituradora de jóvenes”, o “Rancho Cali: de vuelta al infierno de Los Zetas”.

Los tres son textos desgarradores y, al mismo tiempo, textos en los que hay espacio para el amor, la ternura, la solidaridad, y un poco de esperanza ante tanta barbarie de unas madres incansables en busca de respuestas.

En cuanto al reclutamiento forzado de niños, niñas y jóvenes a pesar del desembolso multimillonario del gobierno de López Obrador en becas para arrebatarlos al crimen organizado, podrán leer las crónicas “México destruyendo el futuro”, que se desarrolla entre casas de seguridad de un cártel en Ciudad Juárez y las llamadas tapias en las afueras de la ciudad, donde decenas de jóvenes se drogan “cuidados” por los halcones del narco; “Pandilleros de Malandro’s city”, acerca de la vida de expandilleros que, apoyados en la cultura urbana del hip hop, tratan de ayudar a las autoridades locales para que las nuevas generaciones no caigan en la violencia extrema de los cárteles; o “Ciudad de Maras”, en Tegucigalpa, Honduras, a donde México deporta a miles de jóvenes que huían de las maras para salvar su vida. Este último texto forma parte de la investigación “Niñez Migrante: promesas de papel”, que ganó el premio Breach Valdez y el premio Save the Children, auspiciado por la Fundación García Márquez y la Sociedad Interamericana de Prensa.

Otros de los episodios de este libro también cuentan cómo el surgimiento de autodefensas ha sido otra de las constantes en el país en los últimos casi 20 años de “guerra contra el narco”.

Sobre lo anterior, encontrarán las crónicas “Acapulco: solos ante el huracán del crimen”, que narra cómo grupos ciudadanos en múltiples colonias de este violento y turístico puerto se organizaron de improviso para defenderse de los robos y saqueos masivos tras el fortísimo impacto del huracán Otis y el abandono de las autoridades de seguridad; “Coahuayana: en el epicentro de la lucha contra el narco”, que expone la historia de un aislado grupo de 100 autodefensas en los límites entre Michoacán y Colima que mantienen a raya al poderoso Cártel Jalisco, hasta el punto de que convirtieron la pequeña población en una especie de santuario para miles de personas que huyen del cártel en las comunidades vecinas; o “Arantepacua, ni perdón ni olvido”, una crónica que explica cómo un brutal operativo policiaco en una comunidad purépecha derivó en la expulsión de los partidos políticos y las policías municipales de la zona, y el surgimiento de guardias indígenas que enfrentan solos y con sus medios a los talamontes patrocinados por los cárteles de la droga. Unos cárteles, además, que a partir de la pandemia de covid-19 en 2020 han extendido aún más su repertorio de extorsiones, incluyendo los cobros de piso a miles de pequeñas tortillerías y panaderías como la que tenían Martha y Erick, quienes ante la imposibilidad de pagar una extorsión desorbitada —y la amenaza del cártel de llevarse a sus hijos como prenda en lo que reunían el dinero— salieron huyendo literal con lo puesto, tal y como se narra en la crónica “Uruapan: huir de Tierra Caliente”.

Por otra parte, en este proceso electoral 2024 se ha apreciado claramente cómo el crimen organizado ha tratado de influir y cooptar las elecciones en múltiples puntos del país. Si bien no es una práctica nueva o que haya surgido en estas elecciones, lo que sí es cierto es que cada vez más grupos criminales se han fijado en las alcaldías como una forma de extender sus tentáculos de poder en ciertas regiones a través del control de las policías municipales y de tránsito, y de los presupuestos públicos para obras y servicios. Sobre esto trata la crónica “Votar entre balas” que forma parte de una investigación con el mismo nombre publicada por Animal Político, en colaboración con la organización civil Data Cívica.

En definitiva, tal y como podrán comprobar con el paso de las páginas, Vivir con el narco no es un libro (más) sobre el narco per se.

Más bien, se trata de un libro que narra, describe y explica a través de la crónica —género periodístico que me fascina desde las primeras lecturas de maestros como Hemingway, Kapuściński, Capote, Gay Talese, Juan Villoro o Martín Caparrós—, y a través de una minuciosa y cuidada selección de fotografías de mi autoría —la foto de portada la tomé durante el reporteo en Arantepacua, Michoacán—, las consecuencias de la violencia y de la inoperancia y el abandono de unas autoridades que, desde Felipe Calderón, pasando por Peña Nieto, hasta López Obrador y ahora Claudia Sheinbaum, se empeñan en mantener una estrategia de seguridad militarizada que a todas luces se ha mostrado fallida, o al menos insuficiente para pacificar el país.

Se trata, pues, de un libro que bien podría contar su historia, la mía —en el epílogo “Lo que sueñan los reporteros” cuento mi experiencia y el impacto que tiene el periodismo en la salud mental—, o la de cualquiera que viva en este país, pues de alguna u otra forma todos los mexicanos han sido afectados por la violencia extrema que destila la llamada “guerra contra el narco”.

Una guerra sin tregua, feroz, que no cesa, y que ha llevado a la fuerza a millones de mexicanos a tener que aprender a Vivir con el narco.

Votar entre balas

—Acabábamos de visitar una comunidad en las montañas de Guerrero con otra candidata de Morena, cuando a las 8:00 de la noche sonó mi celular. Pensé que era alguien de mi campaña. Pero en esas solo escucho que una mujer empieza a gritar desesperada: ‘¡Písale al carro, manita! ¡Te están siguiendo para darte en la madre! ¡Písale a fondo! ¡¡¡Písale!!!

Elena, treinta y pocos años, no se llama así. Pero, por motivos de seguridad, pide que se le modifique el nombre y que no se den descripciones de su aspecto físico. Solo concede que se diga que es militante de Morena, que ha sido varias veces candidata a diferentes cargos de elección popular en Guerrero, y que ha sufrido hasta tres atentados para silenciarla.

No es, desde luego, la única voz a la que la delincuencia organizada ha intentado acallar en Guerrero, uno de los estados más violentos de México, con más de 6 mil 500 asesinatos y más de mil 500 desaparecidos en los últimos 5 años, y una de las entidades que, de acuerdo con datos recabados por la organización civil Data Cívica en el proyecto “Votar entre balas”, más sufrió la violencia electoral en el proceso 2023-2024.

De hecho, con seis aspirantes asesinados entre septiembre de 2023 y el 28 marzo de 2024, dos de ellos en una misma semana en el municipio de Chilapa, el estado de Guerrero es el más peligroso para aspirar a un cargo público.

Elena, además de desplazada de su municipio por amenazas del crimen organizado, dice que extrema las precauciones —durante la plática en un café de Chilpancingo no deja de observar nerviosa quién entra y sale por la puerta— porque ya sabe lo que es perder algo muy querido: sus padres fueron asesinados a balazos años atrás, luego de que su padre también aspirase a un cargo público.

Por eso, cuando sonó el celular y escuchó que la estaban persiguiendo, pensó que todo estaba a punto de terminar también para ella.

—Me gritó: ‘¡Písale y no me cuelgues! ¡Te quieren quebrar! ¡Písale! —recuerda de nuevo la escena con los ojos llorosos y muy abiertos—. Mi marido era el que manejaba y cuando escuchó eso aceleró, y la patrulla con seis policías que venía detrás escoltándonos prendieron las luces y se pusieron pilas.

”Luego supe que la mujer que me habló era del equipo de la candidata que habíamos ido a visitar a la comunidad. Al mismo tiempo que un grupo armado intentaba secuestrarla, otro grupo salió por nosotros.

”N’hombre —esboza una sonrisa nerviosa, al tiempo que se recoge el cabello en una cola—. Íbamos así —chasquea los dedos—: en putiza, de noche, en una camioneta muy vieja y por caminos de terracería. Estuvimos huyendo como media hora, hasta que llegamos a otro municipio. La libramos por poco.

Los otros dos atentados que sufrió fueron en la campaña de 2021, uno el día de la votación, cuando los policías que la escoltan por las medidas cautelares que le otorgaron tras el asesinato de sus padres se la tuvieron que llevar por la presencia de grupos armados en las urnas. Cuando se le pregunta por qué quieren matarla Elena se hace para adelante y con los antebrazos apoyados en la mesa del café explica que ella, como contarán otros aspirantes para esta crónica, no está cumpliendo con una regla elemental.

—En Guerrero, si tú quieres ser candidato o candidata a lo que sea, y quieres hacer campaña, lo primero que tienes que hacer es pedir permiso al narco —tras la frase lapidaria, que pronuncia bajando la voz para que los comensales de las mesas vecinas no alcen una ceja, Elena deja que corran unos segundos para cerciorarse de que nadie más que el periodista que tiene delante la ha escuchado—. Si te dan permiso, entonces puedes recorrer pueblos, hacer tu propaganda y hacer campaña. Pero ojo —alza ahora el dedo índice al tiempo que abre mucho los ojos—, aunque te den permiso, tú no puedes mencionar nada de seguridad. Nada sobre violencia, inseguridad, paz, ni nada relacionado con ese tema.

—¿Y si no te dan permiso? —le inquiere el periodista.

Elena se mueve incómoda en la silla, encoge los hombros, y vuelve a mirar desconfiada a los comensales que tiene a su alrededor.

—Sin el permiso no tienes derecho a hacer campaña. Así de simple. Y si tú te avientas porque según eres muy valiente, o porque quieres hacer campaña de buena fe, entonces no tarda en llegarte la amenaza de que, en cualquier rato, te desaparecen.

—¿Pero por qué busca tanto el crimen organizado influir en las elecciones?

A continuación, la mujer carraspea y comienza a explicar algo que repetirán tanto en grabadora, como fuera de ella, exfuncionarios, dirigentes de partidos, y los propios aspirantes.

—Ellos tienen dinero, tienen armamento, tienen el control territorial, pero no tienen, o aún no del todo, las relaciones políticas para incidir en otros espacios públicos.

—Por eso lo electoral se ha vuelto tan importante para ellos —añade—. Y no solo por el control territorial y el trasiego de drogas por la región, sino también por el dominio del transporte público, los mercados, los rastros de pollo, etcétera.

Y por eso, subraya una vez más, los ayuntamientos se han convertido en el caramelo que todo cártel ansía tener. Pues, al colocar a sus alcaldes a modo, tienen el control del presupuesto, de las obras públicas —“ellos tienen sus propias constructoras que ganan contratos de manera directa”, dirá en otra entrevista un aspirante del prd—, y también el control de la policía municipal, de los agentes de tránsito, y del aparato burocrático, administrativo, y hasta de la recaudación municipal.

—Lo que le interesa al narco es que el presupuesto público llegue a sus manos y ejercerlo como quieran —resume la morenista.

Y todo ello, concluye, con una diferencia respecto a procesos electorales pasados.

—Antes, el candidato ganaba, lo buscaban, y si no había acuerdo, pasando la votación se lo quebraban. Pero hoy no es así. Ahora directamente no te dejan que te presentes sin su permiso. Y si lo haces, te asesinan antes de que llegues a las urnas.

Por eso mismo, Elena dice cabizbaja, con gesto exhausto y de resignación en su rostro, que lleva un tiempo dándole vueltas a una posibilidad en su cabeza.

—El gobierno del presidente López Obrador está buscando pacificar el país de otra manera a como se hacía antes, pero no es suficiente, la verdad —plantea—. Porque, ¿quién puede garantizar que la gente va a salir a votar libremente? —Elena niega con la cabeza y respira hondo—. La verdad, estoy pensando en irme del país y me duele mucho —se mira las manos y deja otra breve pausa—. Pero si no puedo dar la lucha desde lo político para cambiar las cosas, intentaré hacerlo desde fuera, porque aquí no lo puedo hacer. Porque si yo salgo a hablar públicamente de todo esto… me matan.

***

A diferencia de los procesos electorales de 2018 y 2021, cuando los eventos de violencia político-criminal estaban concentrados en las regiones del oeste, sur y el golfo, para el proceso 2023-2024 la violencia se extendió por casi todo el país, siendo Guerrero, Guanajuato, Veracruz, Zacatecas y Baja California, los principales focos rojos, de acuerdo con datos recabados por Data Cívica para “Votar entre balas”.

Esta investigación, además, arroja otros datos importantes. Por ejemplo, que los ataques “político-criminales” ocurrieron en 581 municipios que concentran hasta 75 millones de personas, lo cual se traduce en que el 60% de la población mexicana vive en un territorio donde el crimen organizado busca incidir en la esfera política mediante el uso de ataques (agresiones, secuestros, asesinatos, etcétera) dirigidos a diferentes actores político, incluidas sus familias.

Y otro dato revelador: de los mil 373 ataques registrados en el periodo 2018-2024 en contra de esos actores políticos, incluyendo no solo a candidatos sino también a funcionarios públicos como alcaldes, regidores o policías locales, casi el 80%, es decir, casi mil personas, fueron asesinadas. O lo que es lo mismo: 8 de cada 10 ataques del crimen organizado contra actores políticos son letales en México.

En el caso de Guerrero hay hasta 16 grupos criminales que ejecutan buena parte de esa violencia electoral: tres cárteles nacionales—Familia Michoacana, Cártel Jalisco, y el cártel de Caborca/Los Rusos—, y 13 de contexto local, entre los que destacan Los Ardillos y Los Tlacos, cuyos enfrentamientos por el control territorial y del negocio de las extorsiones a transportistas, comerciantes, y rastros de pollo, carne y alimentos, entre muchos otros rubros, ha desatado el terror especialmente en Chilpancingo, la capital, y en municipios aledaños como Tixtla, Quechultenango, José Joaquín Herrera —donde las imágenes de niños armados para enfrentar a los cárteles dieron la vuelta al mundo—, y también en Chilapa.

Precisamente, Chilapa se convirtió en marzo de este 2024 varias veces en nota nacional. Primero, por el asesinato a balazos el 13 de marzo de Tomás Morales, uno de los fundadores de Morena en el municipio, quien buscó contender por la alcaldía, hasta que se hizo a un lado para que la aspirante fuera Paula Angélica Miranda, quien también ha sido víctima de la violencia: en 2015, su esposo fue interceptado por un grupo armado en la ruta entre Quelchuntenango y Acatepec, a unos 40 kilómetros de la capital, y posteriormente apareció calcinado en su camioneta. Y, en segundo lugar, Chilapa volvió a ser nota por el asesinato tan solo unos días después, el 19 de marzo, del también morenista Antonio Crespo, regidor de desarrollo rural del ayuntamiento de Chilapa.

De acuerdo con datos oficiales del Secretariado Ejecutivo de Seguridad Pública, en Chilapa se registraron en 2023 un total de 19 asesinatos, una reducción de hasta un 70% en comparación con 2019, cuando hubo 63 casos en una población de poco más de 100 mil habitantes. Sin embargo, los aspirantes entrevistados refieren que este municipio es el mejor ejemplo de lo que significa una zona de silencio.

—En Chilapa no hay lonas de propaganda electoral, no hay gente volanteando, ni del pri, ni del pan, ni de Morena, ni de nadie. Es como si no hubiera campaña. Todo es por el celular. Por ahí se envía que la gente vote por tal o cual en la encuesta del partido —refiere otra integrante de Morena, que también pidió anonimato.

—Pero, entonces, ¿cómo se van a llevar a cabo las elecciones ahí? —se le pregunta.

—Pues es que, mira —responde—, Chilapa es uno de los ejemplos donde no hay elecciones libres. Y quien diga que sí, es una vil mentira. Porque ahí el narco solo respeta una ley: la suya. Y, si no haces lo que ellos piden, estás en la mira.

Elena, la también candidata de Morena, contó durante la plática en el café de Chilpancingo que conoció a Tomás Morales, el aspirante de su partido asesinado. “Era un buen muchacho y compañero, la verdad; trabajador y muy cercano con el pueblo”, refirió la morenista, que dijo que, en su opinión, “el golpe” en contra de Morales pudo venir, precisamente, por esa cercanía con el pueblo y su capacidad de movilización en un municipio gobernado por el pri.

—Cuando López Obrador cumplió cinco años de gobierno, Tomás movilizó a gente de varias comunidades. Y pues los narcos no quieren a nadie que les pueda meter ni tantito ruido, porque piensan: “yo estoy controlando el territorio, yo ya decidí quién va a ganar en la alcaldía que controlo, y tú me los quieres sacar del corral”. Y pues pudieron ver en Tomás una amenaza.

No obstante, Jacinto González Varona, dirigente de Morena en Guerrero, descartó en entrevista que los asesinatos de los dos morenistas en Chilapa tuvieran motivaciones políticas, y lo achacó más a una posible “confrontación entre grupos étnicos”.

—Nosotros intuimos que el asesinato de Tomás se debió a que él era originario de José Joaquín Herrera, donde fue regidor. Y los de ese pueblo no pueden venir a Chilapa porque hay una confrontación. Y lo mismo sucede con el regidor, que también es de allá. Además, ninguno de los dos era aspirante.

Sin embargo, para un prominente político y veterano funcionario guerrerense que pidió anonimato, el mensaje de los dos asesinatos está más que claro.

—El mensaje que lanzaron fue: “que nadie se nos atraviese, o esto les va a pasar”. Porque en Chilapa, donde lleva años el pri, no hay un enfrentamiento con otras comunidades, lo que hay es un empoderamiento de Los Ardillos

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos