Crisis o apocalipsis

Javier Sicilia
Jacobo Dayán

Fragmento

Crisis o Apocalipsis

PRÓLOGO

Luis Xavier López-Farjeat

Con todo este mal, esperamos algo peor.

NUR AL-DIN HAYYAY1

Este libro no es fácil de digerir. Es, de hecho, incómodo. Plantea un cúmulo de preguntas y preocupaciones irresolubles, todas alrededor de asuntos por demás inquietantes: la violencia, las víctimas, el testimonio, la memoria, el perdón, la esperanza (la desesperanza, también), la crisis civilizatoria, el declive de Occidente, Dios y el mal. Nada sencillo de asimilar, en especial, el problema del mal. La maldad del ser humano ha sido desde siempre algo perturbador. Se manifiesta, entre otras cosas, en una inexplicable tendencia a la autodestrucción. Si acaso, ése es el drama de la libertad humana: elegir el mal a sabiendas de que podríamos apostar por un mundo más armónico, menos tempestuoso.

Nuestros tiempos son tiempos violentos. Unos creen que la violencia se ha exacerbado; otros creen que ha disminuido. Hay quienes han pensado, incluso, que, aun cuando la brutalidad no ha sido del todo abatida, la época actual podría ser la más pacífica en la historia de la humanidad. No convencen. Todo depende, quizá, de lo que pueda considerarse violento. ¿No habremos transitado hacia formas discretas de ejercer violencia? Es cierto, tal vez, que las guerras han disminuido. Si es el caso de que algunas formas de la barbarie parecen menos comunes, es vergonzante que en tiempos en los que como humanidad hemos alcanzado cierto consenso alrededor de los derechos humanos siga habiendo genocidios, terrorismo, autoritarismos, fanatismos, intolerancia, marginación, tortura y aniquilación sobre todo de las personas más vulnerables, y una lista considerable de abusos y maltratos físicos, psicológicos y espirituales, infligidos ya sea desde individuos en particular, grupos criminales o de poder o, peor todavía, desde los Estados mismos y sus instituciones.

Alec Ryrie, catedrático de Historia del Cristianismo en la Universidad de Durham, impartió, en 2022, en Oxford, las Bampton Lectures bajo el título “La era de Hitler”. Entre los múltiples planteamientos de Ryrie hay uno que toca muy de cerca las preocupaciones de Javier Sicilia y Jacobo Dayán. Sostiene Ryrie que, hace un siglo, la figura moral más importante en Occidente, para creyentes y no creyentes, era Jesucristo. En la actualidad, la figura más importante es Adolf Hitler. Es cierto que, en tiempos de tanta confusión, de mentiras desparpajadas, en tiempos de la llamada posverdad, Hitler se ha vuelto nuestra única referencia válida para reconocer el mal. La gran mayoría —eso espero— no querríamos la repetición del nazismo. A estas alturas, sin embargo, no veo imposible la vuelta a episodios tan deleznables como ése. Con todo, es verdad que, en cierta forma, como escribe Ryrie, “seguimos creyendo que Jesús es bueno, pero no con el fervor y la convicción con que creemos que el nazismo es malo. Las cruces y los crucifijos han perdido casi todo su poder cultural. Se puede jugar con ellos, incluso bromear, y a nadie le importa. La esvástica tiene mucha más fuerza. Si juegas o bromeas con ella, te conviertes en un monstruo”.2 Sabemos, en pocas palabras, lo que no queremos; sabemos hacia dónde no debemos ir, pero ignoramos hacia dónde sería mejor reorientarnos. Nuestra doliente humanidad ha perdido el norte.

La conversación entre Javier y Jacobo está inspirada en el diálogo que dos víctimas del nazismo, Jorge Semprún y Elie Wiesel, sostuvieron en 1995, a cincuenta años de ser liberados de los campos de concentración en Buchenwald y Auschwitz, respectivamente. Quien conozca el encuentro entre Semprún y Wiesel reconocerá enseguida las coincidencias temáticas con este libro. ¿Cómo fue que se engendró la aberración nazi? ¿Existe alguna forma de dar sentido al “mal absoluto” que se vivió en los campos de exterminio? ¿Cuál es el lugar de las víctimas? ¿Sirve acaso su testimonio para evitar la repetición de tal atrocidad? ¿En dónde estaba Dios mientras tanto? ¿En dónde se esconde ahora? Javier y Jacobo ven en la Shoah la manifestación de una crisis civilizatoria que, desde entonces, a causa sobre todo del desmedido desarrollo tecnológico, ha ido deshumanizándonos cada vez más. Si bien ambos han pensado a fondo el significado de aquellos tiempos del exterminio nazi, sostienen a la par, cada uno con sus motivos, que la descomposición moral a la que ha ido sometiéndose Occidente se refleja también en México, un país infestado de muertos y desaparecidos, de fosas clandestinas, de criminales desalmados y políticos corruptos. El deterioro social y político por el que atravesamos puede verse en la normalización de las extorsiones, la corrupción, los secuestros y asesinatos y, en fin, en la violencia incontenible en la que vivimos todos los días.

Muchos lo han olvidado, pero en la historia de la violencia desatada en México durante el sexenio de Felipe Calderón hay un doloroso parteaguas, un antes y un después. El 28 de marzo de 2011, Juan Francisco Sicilia, hijo de Javier, fue encontrado sin vida junto con los cuerpos de otras seis personas, todos ciudadanos inocentes asesinados por criminales. El 2 de abril, recién llegado de Filipinas, país en el que se encontraba presentando uno de sus libros, Javier lanza ese grito desgarrador contra los políticos y los criminales: “¡Estamos hasta la madre!”. Sin quererlo ni saberlo, Javier se fue convirtiendo en la voz de miles de víctimas que, hasta entonces, habían sido, según el gobierno de Calderón, “bajas colaterales” en vez de personas con nombres y apellidos, con rostros, biografías y seres queridos a su alrededor. A través del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, Javier y muchos otros se dieron a la tarea de visibilizar a las víctimas de la violencia. Fue en ese contexto en el que se dio la amistad con Jacobo Dayán, uno de los especialistas y promotores más notables en México de los derechos humanos. Javier y Jacobo son voces autorizadas para narrar la noche oscura en la que México se encuentra entrampado. Javier, un poeta católico, víctima y testigo directo de la violencia; Jacobo Dayán, un agnóstico de origen judeo-sirio que ha venido, desde hace mucho tiempo, denunciando los crímenes que día a día se cometen en nuestro país. Ambos activistas. Ambos capaces de detonar una reflexión honda sobre el “desgarramiento civilizatorio”, sobre la habituación a la violencia a pesar de los múltiples testimonios que nos alertan de sus graves consecuencias.

La consigna “¡nunca más!”, nacida en Auschwitz con el afán de alertar de la repetición de un exterminio de esas dimensiones, se ha vuelto estéril. El diálogo entre Javier y Jacobo pone de manifiesto, a mi juicio, que aun el testimonio más crudo de las víctimas de la violencia ha sido pasado por alto. Los genocidios, las matanzas, la violencia sistémica y la violencia estructural siguen aquí. Por si fuera poco, no sólo personas ordinarias sino, con frecuencia, las propias instituciones gubernamentales encargadas de impartir justicia han ignorado de manera sistemática a las víctimas de la violencia y la injusticia. En algunos casos, como el de México, las han silenciado. La inoperancia de las instituciones ha dado lugar a la proliferación de víctimas. Las instituciones de justicia tienden a hacerlas invisibles porque ellas son ejemplos vivos de las deficiencias de los mecanismos institucionales diseñados para proporcionar justicia y garantizar el Estado de derecho.

“Las víctimas son incómodas.” La frase —me parece— es del propio Javier. El testimonio es su recurso principal para ser reconocidas y para exigir que se haga justicia. Las víctimas intentan, a través del testimonio, mostrar, informar, denunciar, generar cierta empatía, ante una situación trágica, lejana a quienes no la han padecido. El testimonio es, en palabras de Enrique Díaz Álvarez, un acto de supervivencia (La palabra que aparece, Anagrama, 2021). Es también un acto de resistencia. Ciertas formas de dar testimonio se han vuelto, como muestran Javier y Jacobo, paradigmas para entender la situación de las víctimas. Tal es el caso de varios autores aludidos a lo largo de este libro: Walter Benjamin, Primo Levi, Paul Celan, Dietrich Bonhoeffer, Jean Améry, Aleksandr Solzhenitsyn, obviamente Jorge Semprún y Elie Wiesel, por mencionar unos cuantos. Si bien esta clase de testimonios busca, por una parte, que se haga justicia, por otra, también pretende que la injusticia padecida se inscriba en la memoria histórica precisamente para evitar su repetición. Pero la nuestra es una época de sordera. Nadie escucha. Nadie entiende. Nada más frustrante para quienes hemos defendido el valor del diálogo y la conversación, los buenos argumentos y la persuasión, la libertad de expresión y la voluntad para establecer acuerdos. Todo ello ha sido clausurado.

Siempre he creído que, en buena medida, la filosofía —disciplina a la que me dedico— es el arte de detectar los matices, de aclarar el sentido y el uso de las palabras, de formular argumentos consistentes y objetivos apegados, en la medida de lo posible, a la verdad. Si bien nos motiva a los filósofos la duda y la sospecha, si bien en muchos casos evitamos la certeza absoluta, creemos, casi todos, que cuando menos habríamos de aspirar a ciertas formas de la verdad. Nuestras sociedades, por desgracia, no creen en ninguna verdad. Se imponen la mentira, la visceralidad, el propagandismo y los dogmatismos ideológicos. Las palabras han perdido todo sentido. Somos lenguaje, nos conocemos y definimos con lenguaje y a través del lenguaje, es decir, por lo que decimos. Al olvidarnos de ello, las palabras se hacen estériles, vacías y se vuelven vehículos del engaño. Eso ha sucedido. El debate público es pobre y ominosamente destructivo. Por si fuera poco, la virtualidad ha velado la realidad: cada uno oye y ve lo que quiere oír y ver. Javier observa que esa virtualidad, las redes sociales, la sobreinformación y la sobreexposición a las imágenes han alienado de formas perversas nuestras reacciones morales. Añade Jacobo que, en efecto, con el debilitamiento de la verdad y la ética, los totalitarismos y autoritarismos han logrado imponer una narrativa mentirosa que les ha permitido justificar sus crímenes o su incompetencia para garantizar la seguridad y la paz social.

La virtualidad del mundo digital, sin lugar a duda, disloca nuestra percepción de la realidad y nos aleja de ella. Dicho llanamente: la virtualidad genera un espacio en donde se entreveran lo real y lo aparente. Esa zona tan borrosa termina por confundirnos. Nos introduce en un espacio en el que, como dice Javier, “todo parece posible e inmediato y donde mi prójimo se vuelve sólo una imagen desprovista de cualquier corporalidad”. Habría que añadirse que la inteligencia artificial, cada vez más invasiva, se ha convertido en un riesgo para la propia humanidad. Varios tecnoutopistas han asumido la posibilidad de la intervención de agentes superinteligentes que resolverán la mayor parte de nuestras dificultades cotidianas y permitirán que vivamos en la abundancia infinita. No obstante, podemos preguntarnos qué sentido tendría la vida humana en un escenario como ése. Es llamativo el hecho de que aun los más entusiastas del desarrollo tecnológico han comenzado a preguntarse si no habría que establecer ciertos límites a lo que podría volverse la sustitución de lo humano.

Resta decir algo sobre un asunto grave, serio y difícil: Dios. Javier es un pensador católico. Para muchos, un católico peculiar. En todo caso, piensa en cristiano. Su forma de entender la crisis civilizatoria está marcada por una interpretación particular del Evangelio. Retoma, como ha hecho desde siempre, algunas premisas de Iván Illich, en especial, aquella frase extraída de san Jerónimo: “la corrupción de lo mejor es lo peor”. Ha sido la corrupción de la caridad, el corazón de las enseñanzas de Cristo, lo que ha dado lugar al proyecto civilizatorio de Occidente. Desde el asesinato de su hijo, como puede leerse en su novela autobiográfica El deshabitado (Grijalbo, 2016) y en su libro de ensayos más reciente, Aproximaciones al tiempo del fin (CETYS Universidad, 2024), Javier se ha planteado preguntas realmente difíciles acerca de su propia fe. Muchas de ellas reaparecen en este diálogo con Jacobo. ¿En dónde está Dios? ¿Por qué permite el mal? Con todo y su desasosiego, Javier preserva la creencia en la idea evangélica de la Resurrección. Escribe: “en lo personal, en medio de mi resistencia y mi oscura y vacilante esperanza, una esperanza sin garantía alguna, espero que cuando muera reencuentre a Juanelo y a todos los vencidos, vivos en el amor de Dios, en ese hueco que es su ausencia en el mundo”.

Jacobo no es un creyente. Se considera a sí mismo un agnóstico formado en la tradición judía. Entiende, con lucidez, la relación entre el mesianismo y la parusía cristiana, es decir, el regreso de Cristo al final de

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