Introducción
CASA SOBRE LA ROCA, MÁS ALLÁ DEL PRESIDENTE FELIPE CALDERÓN
El que una persona sea creyente, deje de serlo o cambie de religión es absolutamente compatible con el régimen de libertades y respeto a la diversidad religiosa que en México se ha construido bajo un Estado laico. Los insistentes rumores, por cierto desmentidos por los propios actores, de que el presidente Felipe Calderón Hinojosa se ha convertido en evangélico, tampoco debería ser un problema, siempre y cuando el jefe del Estado mexicano, en su nueva condición de creyente convertido no trastoque los propios principios de la laicidad del Estado ni mucho menos incida para que las políticas públicas estén orientadas por principios religiosos de su anterior o actual credo, doctrina o cuerpo de principios religiosos de cualquier Iglesia o denominación religiosa.
La cercanía de Felipe Calderón y Margarita Zavala con el grupo socio-religioso Casa Sobre la Roca fundada en 1994, ha causado cierto revuelo no sólo en la opinión pública sino en los pasillos católicos, en los encontrados laberintos evangélicos y hasta en la propia clase política. La supuesta conversión de la pareja presidencial tampoco debería sorprender. Millones de mexicanos en los últimos 15 años se han convertido a otras creencias; el último censo de población y de vivienda 2010 es contundente: muestra el importante avance de los cristianos no católicos en un 7.6 por ciento, y dentro de éstos destaca la notoria irrupción de los grupos con raíces pentecostales. Su relevancia no sólo debe situarse en el incremento en el número de creyentes sino en el impacto tanto en la cultura como en el campo del poder político. Numerosos grupos neocarismáticos y neopentecostales nacen ya con una vocación política que apunta una marcada intencionalidad de incidir en políticas oficiales penetrando las estructuras del Estado. Muchas de estas organizaciones sostienen vínculos internacionales, especialmente con agrupaciones en los Estados Unidos. Sin embargo, por su importancia, destacan los casos de Pare de Sufrir, cuya matriz brasileña nos remite a la poderosa Iglesia Universal del Reino de Dios. Casa Sobre la Roca, organización que nos ocupa ahora, mantiene estrechos vínculos estructurales con la ultraconservadora y politizada Iglesia colombiana: Misión Carismática Internacional.1
La proximidad entre Felipe Calderón y el grupo neocarismático de Casa Sobre la Roca está marcada por la constante ambigüedad, el pragmatismo y la mutua utilización político-religiosa. Hay poca claridad de los actores: para empezar, Casa Sobre la Roca no se reconoce como asociación religiosa sino como asociación civil, cuando sus fines son eminentemente religiosos. Aquí hay omisión y hasta complacencia por parte de la Secretaría de Gobernación. A través de diferentes medios pero nunca de manera directa, Felipe Calderón ha transmitido que no ha cambiado su filiación religiosa católica; sin embargo, aparece en videos ante multitudes, con gestos, lenguaje corporal y la utilización de conceptos propios de un predicador evangélico. Otro contrasentido es que los fundadores y líderes religiosos de Casa Sobre la Roca, Rosi y Alejandro Orozco, rechazan llamarse ministros de culto cuando predican y realizan ceremonias litúrgicas frente a sus audiencias. También es reprochable la opacidad del gobierno panista y de la primera dama Margarita Zavala, ya que no reconocen las raíces evangélicas del vasto programa gubernamental “Nueva Vida”, cuyo autor intelectual y promotor inicial es precisamente Alejandro Orozco.
Por ello, el trabajo que Rodolfo Montes nos ofrece en este libro es una investigación periodística que inicialmente busca desentrañar y transparentar los vínculos enredados y hasta turbios con esta organización política pararreligiosa, u organización religiosa parapolítica, que se ha expandido de manera notoria durante el sexenio de Felipe Calderón. Casa Sobre la Roca ha operado con significativas cantidades de recursos, ha tejido relaciones políticas y ha influido en iniciativas estatales. Todo esto la vuelve un puente privilegiado entre el gobierno panista y el intrincado cosmos evangélico en México.
CALDERÓN Y CASA SOBRE LA ROCA: UTILIZACIÓN MUTUA
Felipe Calderón es un católico que guarda las formas, y apenas quedan asomos de aquel joven e impetuoso militante panista de los años ochenta, cuando probablemente emulaba a su padre. A pesar de su herencia, la fe de Calderón es la fe promedio de la mayoría de los mexicanos, inclinada a los ritos y a la liturgia. No es una fe culta e ilustrada, mucho menos trabajada. Seguramente, y esto es una conjetura, lo anterior ha alimentado la hipótesis de su conversión al evangelismo de Casa Sobre la Roca, y a su vez ha provocado preocupación en diversas esferas del catolicismo.
En su carrera política Felipe Calderón contó con dos guías principales, su padre Luis Calderón Vega y Carlos Castillo Peraza. Debe recordarse que, en épocas distintas, ambos mentores renunciaron al Partido Acción Nacional (PAN) por los mismos motivos. El partido se derechizaba, pero no sólo por la infiltración de católicos ultraconservadores sino por el arribo de empresarios utilitarios y políticos oportunistas. Calderón Vega y Castillo Peraza declinaron su militancia panista al considerar que el partido perdía su identidad y sus principios, los cuales se fueron subordinando a la lógica del poder. Por lo que se puede ver, Felipe Calderón ha adoptado las formas pragmatistas de esa lógica y ha relegado su herencia política y religiosa.
Frente a temas religiosos, el presidente Calderón ha mostrado una postura pública más bien adusta, y ha tratado de evitar polémicas mediáticas innecesarias en torno a las creencias y a las iglesias. En esa medida, el político michoacano ha tomado distancia del histrionismo foxista y de los caprichos de Marta Sahagún. Sin embargo, ni el mismo Vicente Fox ni sus secretarios tan confesionales, como Carlos Abascal, trastocaron realmente el carácter laico del Estado; en cambio Felipe Calderón sí ha incurrido en acciones que lo han puesto en entredicho. Un episodio que resulta ilustrativo ocurrió en 2009, cuando el titular del Ejecutivo influyó —junto con el PRI, además de obispos y cristianos conservadores— para que se modificaran las constituciones locales de 19 entidades federativas para repenalizar el aborto. Dicha maniobra fue una reacción a las iniciativas aprobadas en el Distrito Federal para legalizar la interrupción del embarazo no deseado.
Por otra parte, ha sido notoria la mutua utilización política entre Felipe Calderón y Casa Sobre la Roca: sus agendas han empatado. Cuando Felipe Calderón fue candidato en 2006, recibió todo el apoyo y las bendiciones de los Orozco. Casa Sobre la Roca se convirtió así en “cabeza de playa”, es decir, la avanzada y el puente político con el mundo evangélico. Calderón candidato se benefició del liderazgo, la capacidad de convocatoria y las redes sociales de Casa Sobre la Roca. Hoy Calderón presidente ha pagado los favores con puestos, recursos y redes de influencia.
Con cierto voluntarismo, los Orozco les vendieron a los Calderón el sueño colombiano: si Colombia pudo revertir la narcoviolencia, México también sería capaz de hacerlo. Desde luego, cualquier estrategia tendría que estar acompañada por valores inspirados en la palabra de Dios. Así, las organizaciones de la sociedad civil y las iglesias deberían sumarse a una gran causa con programas de valores y asistencia para prevenir y atender las adicciones. De esta forma, los Orozco importaron la vía colombiana, una especie de “cruzada espiritual” para atender el frente humano de la guerra contra el crimen organizado.
El trabajo de Rodolfo Montes narra con detalles cómo Margarita Zavala, en su calidad de presidenta del DIF, compró el concepto bíblico de “nueva vida”2 para incorporarlo en una guerra santa contra las adicciones, tanto en los Centros Nueva Vida como en la Estrategia Nueva Vida. A cambio, Casa Sobre la Roca y el matrimonio Orozco han aprovechado la plataforma gubernamental y legislativa, se han hecho de cuantiosos recursos financieros y han expandido su base social, posicionándose como interlocutores obligados en el ámbito político.
Esta alianza entre ideologías tan disímiles, inimaginable hace tan sólo unos años, ha ocurrido por una razón de orden pragmático. Sin embargo, no debe olvidarse que estamos viviendo la emergencia de un nuevo mapa religioso en nuestro país dibujado por el último censo de población, que marca un franco declive del monopolio y la supremacía católica que ha dado paso al ascenso evangélico, en particular al neopentecostal. Sin duda, un pacto como el que se ha dado entre Felipe Calderón y Casa Sobre la Roca nos obliga a repensar los viejos conceptos de derecha religiosa radical que tenemos en México.
LAS HERENCIA CATÓLICA DE FELIPE CALDERÓN
En 2005, durante los comicios internos de Acción Nacional para elegir candidato a la presidencia, los estrategas de campaña exaltaron la “cuna azul” de Felipe Calderón. Esta peculiaridad garantizaba de alguna manera la recuperación de la identidad panista histórica que había sido debilitada por el foxismo. Asimismo, el blanquiazul se había visto afectado a causa de la apertura del partido a nuevos militantes —empresarios, profesionistas y jóvenes— que no poseían un mínimo de referencias sobre el panismo tradicional. A ello habría que agregar a un PAN amenazado por la ultraderecha yunquista, que se había atrevido a asaltar su Comité Ejecutivo Nacional. Tales elementos, en conjunto, hacían de Felipe Calderón el aspirante perfecto, pues en él se condensaban la tradición y la juventud de una nueva generación de panistas. Sin embargo, como se pudo constatar, con tal de posicionar su campaña y ganar los comicios, Calderón negoció con aquellos que le ofrecieron beneficios electorales sin importar su filiación. Así debemos situar los convenios con Elba Esther Gordillo y por supuesto con Casa Sobre la Roca.
Felipe Calderón es michoacano, proviene de una región donde históricamente se han guardado estrechos lazos entre la política y la religión. Nos referimos al Bajío, una zona geográfica y cultural del centro-occidente de México donde el censo de 2010 registró el mayor número de católicos en el país con porcentajes que giran alrededor del 90 por ciento. No es casualidad que la región haya sido la cuna de la Independencia de México, abanderada, entre otros, por sacerdotes como Miguel Hidalgo. Tampoco es un accidente que en esta geografía brotara el movimiento cristero en la década de 1920; como se recordará, la gesta cristera fue un amplio movimiento político, religioso y militar. En nuestros días, más de setenta por ciento de los obispos, y muy probablemente más de la mitad de la totalidad de los sacerdotes en el país, provienen de esta región. Tampoco debemos pasar por alto que el Bajío alberga grupos ultraconservadores como los tecos y el Yunque.
Luis Calderón Vega
El 11 de julio de 2009 se celebró el 20 aniversario luctuoso de Luis Calderón Vega, el padre del presidente. En un discurso que duró más de 50 minutos, Felipe Calderón exaltó las incursiones cristeras de su padre, habló sobre su amplia formación católica y recordó que don Luis siempre le decía que el compromiso del católico era pasar de la oración a la acción. Sin embargo, a medida que Calderón Vega maduró su militancia social cristiana se alejó de las perspectivas teocráticas y del absolutismo católico que abrazaron numerosos simpatizantes cristeros. Difícilmente, por su trayectoria, sus escritos y testimonios, Calderón Vega habría simpatizado con una especie de franquismo a la mexicana.
En 1939, Luis Calderón Vega se convirtió en uno de los socios fundadores de Acción Nacional. Aunque no participó en la convención, en ese momento, con 28 años de edad, era parte de una generación de jóvenes profesionistas y universitarios católicos que se incorporaban, a invitación de Manuel Gómez Morín, al naciente partido. Su influencia se dejaría sentir con el paso del tiempo. Calderón Vega perteneció a la primera generación orgánica de activistas intelectuales de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC) que se incorporaron al PAN.
Los universitarios de la UNEC desempeñaron un papel muy particular en la vida política y eclesial de México. Durante la década de 1930, por un lado, la Iglesia los criticaba por ser progresistas, y por otro, en los ámbitos de la lucha estudiantil, sus oponentes comunistas y lombardistas los calificaban de conservadores derechistas. Efectivamente, los estudiantes católicos fueron formados por jesuitas; en particular resalta la decisiva influencia del sacerdote Ramón Martínez Silva, formado en Bélgica con fuertes vínculos con la Action Populaire francesa, y la del también jesuita galo Gustave Desbuquois, muy cercano a la atmósfera intelectual que sistematiza, como nadie, el mítico filósofo Jacques Maritain y todo el esplendor del neotomismo.3
El propio Luis Calderón retrata a su maestro Martínez Silva de la siguiente manera:
Don Ramón tenía una formación típicamente francesa y en su formidable cultura se destaca un dato que habría que encajar, comme il faut, en la realidad mexicana a la que habría de enfrentarse: la huella profunda del pensamiento francés. Si no fuera malentendido, podría decirse que poseía una destacada nota de racionalismo cristiano que lo hacía operar como un enérgico corrosivo de las estructuras del racionalismo ateo. Era, desde luego, un escolástico de la escuela de Suárez, con una lógica impecable. Y se destacaba como uno de los más altos teólogos de la Compañía de Jesús.4
Como se puede ver, las posturas de esta generación se adelantaban tempranamente al Concilio Vaticano Segundo de los años sesenta. Luis Calderón y sus correligionarios fueron en cierto sentido católicos modernistas que defendían la libertad religiosa frente al Estado autoritario, pero al mismo tiempo eran reacios al clericalismo imperante en aquellos años. Es significativo, por otra parte, el gran escándalo que causaba la valoración que hacían los integrantes de la UNEC de la Revolución mexicana. El conjunto del catolicismo que venía de perder una cruenta guerra, condenaba con fuerza a aquel Estado que enarbolaba precisamente la ideología del nacionalismo revolucionario. La UNEC reivindicaba los beneficios a los sectores más desprotegidos y en particular veía con ánimo el reparto agrario. En 1967, en el décimo aniversario luctuoso de Ramón Martínez Silva, Calderón Vega expuso ante los discípulos del jesuita las incomprensiones y la presión que sufría la UNEC por parte de la cultura católica imperante en los años treinta: “Tal vez entonces no hayamos calado la trascendencia de esta característica, el cabal y maduro entendimiento de la Revolución, porque, por una parte, las circunstancias generales de lucha en el nivel religioso reclamaban nuestro afán en otras direcciones…” 5
Son de destacar los intercambios que tuvo aquella generación de “unecos” con diversos protagonistas de las democracias cristianas en Iberoamérica. Por mencionar algunos nombres, se vincularon con personajes como Joaquín Ruiz-Giménez (ministro español de educación de 1951 a 1956), Eduardo Frei (presidente de Chile de 1964 a 1970), Ernesto Alayza Grundy (fundador de la Democracia Cristiana y del Partido Popular Cristiano en Perú) y Rafael Caldera (fundador del partido socialcristiano COPEI y presidente de Venezuela de 1969 a 1974). Además, la UNEC formaba parte de la Confederación Iberoamericana, que normalmente organizaba encuentros y reuniones eclesiales en México, Santiago y Roma.
La principal virtud de las democracias cristianas fue la ruptura con los terratenientes y las oligarquías en América Latina y la promoción de posturas más modernas del catolicismo, más abiertas hacia la democracia liberal, tomando distancia de los arrebatos teocráticos. En México no prosperó esta perspectiva por las condiciones particulares de nuestra historia, pero también por la presencia de una jerarquía católica timorata que prefirió no provocar al Estado e incluso lo apoyó con reservas, al grado de que en 1940 se canceló la pastoral de la UNEC retirando su reconocimiento.6
Los años de apogeo de las democracias cristianas ya pasaron; muchos de sus fundamentos están rebasados y caducos, pero durante la década de 1930 constituyeron la esfera más progresista del catolicismo. A fin de cuentas, Luis Calderón Vega formó parte de un grupo de católicos vanguardistas que fueron devorados por el aparato partidario panista y la conservadora jerarquía católica.7 Por ello en México nunca brotaron intelectuales católicos de esa generación, como sí ocurrió en otros países.
Carlos Castillo Peraza
Como ya dijimos, otro de los grandes mentores de Felipe Calderón fue Carlos Castillo Peraza (1947-2000). Lo guió, lo formó y lo acompañó en su trayectoria política hasta que Calderón ocupó la presidencia del PAN, hecho que motivó su ruptura. Carlos Castillo provenía del sólido catolicismo social que se forjó en Mérida, Yucatán, a mediados de los años cincuenta del siglo pasado. Como presidente nacional de la Acción Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), a los 21 años Castillo se identificó con el esplendor de algunas pastorales universitarias de otros países que dieron continuidad a la pastoral que defendía la UNEC. Tuvo especial afinidad con la Federación de Universitarios Católicos de Italia (FUCI) —donde fue asistente eclesiástico Giovanni Battista Montini, el papa Paulo VI—, así como con las Juventudes Universitarias Católicas y los Jóvenes Estudiantes Cristianos.
Carlos Castillo vivió las grandes renovaciones conciliares, el movimiento estudiantil de 1968 y la radicalización política en América Latina, cuando numerosos universitarios católicos se sumaron a los movimientos guerrilleros. Sin embargo, Castillo Peraza siente mayor atracción por los logros de las democracias cristianas europeas que conquistaron varios milagros económicos durante la posguerra. Esta inclinación se vio reforzada por los estudios de posgrado que realiza en Roma y Friburgo, donde entró en contacto con Pax Romana, un movimiento de intelectuales y universitarios católicos. Asimismo, Castillo colaboró como editor en español de la famosa revista internacional Convergence.
Al reseñar el libro sobre Carlos Castillo Peraza, El porvenir posible (FCE, 2006), el poeta y periodista Javier Sicilia logra un retablo muy acertado del extinto líder panista:
Castillo Peraza fue un católico confeso, pero no hizo de su confesión la base de sus actividades. Fiel a la encíclica Gaudium et spes y al pensamiento de Jacques Maritain, el filósofo que insertó al católico en la acción política, pensó y vivió la política no como católico —ámbito reservado para la vida espiritual de la Iglesia— sino en tanto que católico —ámbito de la vida en el mundo en donde el católico actúa libremente, entre múltiples opciones, para hacer de este mundo, no el reino de Dios, sino el lugar de una vida terrena plenamente humana—. De allí que su pensamiento nunca haya estado amurallado; de allí también su dificultad vigilante y su amor por la democracia. Castillo Peraza no pensaba ideológicamente. Confrontado con su mundo, buscaba entre la pluralidad de voces aquellas que de acuerdo con el espíritu del cristianismo hicieran más libre al hombre en el mundo. Lo único que lo volvía intransigente eran los pensamientos cerrados. Crítico del capitalismo, lo mismo que del comunismo y del fascismo, defendía el diálogo y el pluralismo que sólo surgen en las democracias.8
A pesar de haberse formado bajo el amparo de dos sólidas vetas del catolicismo humanista, Felipe Calderón jamás ha recreado esa herencia y más bien parece renegar de ella en un catolicismo de formas, enarbolando a veces una filosofía de antropología cristiana epidérmica. Felipe Calderón se convirtió en un político pragmático, mimetizado con los usos y las costumbres de la clase política mexicana. Por lo demás, dado que su formación académica e intelectual se orienta hacia la economía, el derecho y la gestión, algunos sociólogos de la religión podrían etiquetarlo como un “tecnocatólico”.
PARA ENTENDER EL FENÓMENO NEOPENTECOSTAL
Es importante entender el fenómeno neopentecostal para así contextualizar a la asociación Casa Sobre la Roca. Antes conviene advertir que estamos ante un fenómeno contemporáneo extraordinariamente complejo, que requiere de un tratamiento sociológico riguroso. Sin tratar de hacer un análisis exhaustivo, aquí tan sólo resaltaremos los principales rasgos de los movimientos pentecostales y neopentecostales, con el propósito de situar de manera más clara el campo de actuación de Casa Sobre la Roca.
Para empezar, “evangélico” e “iglesias evangélicas” son términos genéricos que abarcan el amplio conjunto de las iglesias protestantes, cuyo rasgo distintivo es la importancia que depositan en los evangelios. El campo evangélico histórico está integrado por las congregaciones resultantes de la Reforma protestante, iniciada en Alemania por Martín Lutero en 1517. Las principales denominaciones son: luterana, calvinista, bautista, presbiterana, anglicana y metodista. Por otra parte, “pentecostal” es un concepto que se refiere a aquellas iglesias derivadas especialmente del metodismo, cuyos orígenes los podemos situa
