ESTABA ANTE UN CADÁVER a punto de reventar: jabonoso cuero verde. La cabeza colgaba de la plancha de aluminio, como si estuviese conociendo a su público. Aquí y allá los pellejos negros enrollados como ligas dejaban al descubierto una pigmentación blanca y resbalosa de pescado. Dos tetillas, un par de pezones de biberón: ubres amarillentas y avaras. Una cubeta blanca recibía la sangre de la cabeza. Los brazos y las piernas, abiertas como las de una rana. Como las de una mujer que ha sido expulsada de su líquido sepulcro.
—Este cuerpo fue hallado en un canal de Xochimilco —me informó el médico forense.
Durante dos semanas había estado buscando a un muerto. Alguien que hubiera fallecido en un hecho violento. Cualquier persona de las 6,000 que mueren al año en esas circunstancias en la Ciudad de México: teporochos, indigentes, atropellados. Los cadáveres que amanecen en el parque, hoteles de paso o de lujo, domicilios, lotes baldíos, colonias populares, zonas residenciales… Quería conocer los sucesos que se desencadenan a partir de una muerte súbita o desconocida. Saber si todos los casos se investigaban y cómo. O si sólo se atendían los decesos de personalidades. Pero no podía salir a la calle y buscarlos a tontas y locas. Sencillamente la policía no me dejaría saber más allá de lo que estaba mirando. Debía obtener el consentimiento de las autoridades relacionadas con estos sucesos para que desde dentro me permitieran ver su trabajo. Por ello decidí entrevistarme con el doctor Pedro Estrada González, coordinador general de Servicios Periciales de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal. Y con el doctor José Ramón Fernández Cáceres, director del Servicio Médico Forense, Semefo.
Yo soy el pararrayos de esta torre
y soy la llave y la puerta del infierno.1
Miércoles 5 de junio, 2002
El doctor Pedro Estrada me recibió en su oficina de Avenida Coyoacán. A lo largo de dos horas me dio cátedra sobre la participación de Servicios Periciales en los casos de muerte violenta. Me descubrió un mundo que sólo había visto en la televisión, el cine y en las novelas negras: cómo actúan los investigadores para llegar al asesino o determinar la causa del deceso. Estrada respondió ampliamente a mi interrogante principal: Qué sucede a partir de una muerte violenta. Sus estadísticas echan abajo la idea generalizada que la sociedad tiene de la Ciudad de México, la cual se siente expuesta a morir a manos de la delincuencia. Es equívoca esta percepción porque habitualmente, los asesinos eliminan a las personas que están íntimamente relacionadas con ellos.
—Los homicidios que son producto de la violencia y la delincuencia en el Distrito Federal son un porcentaje mínimo. Si diariamente atendemos un promedio de 15 a 20 muertes repentinas o de caso médico legal, dos de ellas son por homicidio doloso —10 por ciento—, las cuales pasan a la fiscalía de Decesos y Homicidios, que a su vez, buscará esclarecerlas. Muchos victimarios asesinan por factores estrechamente relacionados entre víctima y victimario: rencillas, rencores, odios… No me refiero al transeúnte al cual se le aparece un delincuente, lo asalta y después lo mata. Los casos en los cuales la víctima no conocía al victimario, son mínimos. La capital es la que menos sufre ese tipo de incidencias; esa circunstancia ofrece un mayor panorama de investigación y especialización.
—Doctor, está bien lo que usted me ha descrito, pero debo verlo por mí misma.
Su gesto afable se tomó severo y fue categórica su negativa:
—Aquí no hay prensa; no tenemos periodistas en la calle. Por norma, aquí no se le da ninguna referencia de ningún asunto a nadie más que no sea el Ministerio Público, incluidas las personas involucradas —familiares, testigos, gente que ha sido agraviada—. Todo lo que aquí se hace se va al Ministerio Público y es él, como responsable de la investigación, quien determina si da a conocer un dato. También está prohibido que entren periodistas al anfiteatro. Lo saben y ya no buscan entrar. Abrimos, metemos el cadáver, trabajamos dentro, terminamos, cerramos y le avisamos al Ministerio Público: “Ya está el cuerpo para que dispongas el envío al Servicio Médico Forense”.
Le insistí y ahora él me interrogó. Quién era yo, qué había escrito, dónde había colaborado y, sobre todo, por qué quería saber de estos asuntos. Le expliqué lo mejor que pude. Guardó silencio y removió unos expedientes que estaban a su mano derecha. Pensé que era una señal que me indicaba que ya debía retirarme y empecé a balbucir algunas palabras de despedida. Sin embargo, él quería mostrarme un legajo de hojas que contenía el reporte de las muertes más recientes. De cada caso había un mínimo de cuatro gráficas.
Atravesada en un alfiler, en tu vientre aletea una mariposa negra.
—Aquí tenemos a este bebé masculino de tres meses que fallece en domicilio. Nos dan todos los datos, esperamos la necropsia y determinamos que fue asfixia por obstrucción. La experiencia y el conocimiento ya nos habían orientado a ese resultado porque no hay cianosis ni otro tipo de lesiones. Se ve que el niño está bien hidratado, bien alimentado, querido (sus ropas se ven también dentro de un contexto de cuidados) hasta que sobreviene un descuido… Si se detecta una asfixia mecánica, se va a investigar al papá, a la mamá, la relación que había entre ellos. ¿Están casados? ¿Cómo se llevaban? ¿Cuántos niños tienen? ¿Todos son de la misma pareja? ¿Él es el padrastro?
“Éste es un atropellado. La persona es levantada del lugar de los hechos y es llevada a Xoco. Allí fallece.
“Este señor tiene 31 años. Se le toma una muestra de orina y de sangre y se determina que estaba celebrando el triunfo de México en el fútbol y se broncoaspiró. Murió. No hay nada que investigar ahí.
“Este caso tiene foquitos rojos. La mujer estaba embarazada y aparece muerta en su casa, sin mayor dato. Su pareja dice que ahí la dejó y que cuando regresó ya estaba muerta. Las características de la cara, de color negro, no nos hablan de un proceso de muerte de 24 horas, sino de un periodo de más de 48 horas. Si él dice que salió en la mañana y cuando regresó ya estaba muerta, mintió. Viene el trabajo criminalístico. No es posible que esto se produzca en menos de 24 horas. Ya estando en el anfiteatro, por el proceso de la putrefacción, formación de gases al interior y relajación de tejidos, expulsa a la criatura. Al expirar la mamá, nosotros le calculamos más de tres días de fallecida, lógicamente, la criatura también murió.
“Esa señora vivía en un terreno en construcción. Están abriendo una cisterna, se cae, se golpea y muere. Aparentemente es una muerte accidental, pero nosotros tenemos que determinar si ella se cayó sólita o le ayudaron a caerse; si murió ahogada o la mataron antes y luego la aventaron.
“Este muchacho tiene un disparo de arma de fuego. Tenemos que esperar a que se haga la necropsia, se saque la bala, la traigan y nosotros debemos determinar qué calibre es, qué arma, a qué distancia fue hecho el disparo.
“Diariamente me entregan una relación de todos los cadáveres que hubo en la Ciudad de México. Es de 24 horas, 4 de junio, ayer. Las muertes sucedieron en Iztapalapa, Venustiano Carranza, Tlalpan, Xochimilco, Gustavo A. Madero, Miguel Hidalgo. Tenemos que hacer una evaluación para ir determinando cuáles muertes tienen el grado de investigación posterior y cuáles no. Hay una coordinación entre las personas encargadas del área pericial en cada una de las fiscalías, en cada una de las delegaciones, con un grupo de trabajo, encargado de dar este seguimiento.
“Aparte, como usted puede ver, estoy escuchando por la radio. Cuando empiezo a oír ajetreo: ‘Coyoacán, se ve que están muy movidos, ¿qué asunto tienen?’. En fin, tengo un panorama general del Distrito Federal”.
La serie fotográfica que más me llamó la atención fue la de la mujer embarazada. En una, se muestra el lugar donde la encontraron; está acostada, vestida, con su vientre abultado. Con la cara negra. En otra, ya está en la plancha de la delegación, desnuda. En otra más, el bebé está en medio de sus piernas, con la cabeza bruna, también. Madre e hijo carinegros, desarropados. Una imagen jamás imaginada por mí.
—Doctor, ¿me permitiría ver de cerca la fotografía del caso de focos rojos? Quisiera describirla.
Estrada, quien en todo momento me estuvo enseñando las fotos desde lejos —extendida su mano derecha, verticalmente, al ras del filo del escritorio—, cerró el legajo y se volvió a mirarme con reproche:
—No. Fotos tengo muchas —y abrió su cajón—. Tengo ésta de Paco Stanley. Ésta otra de Severo Mirón. Ésta es de Guillermo Vélez Mendoza…
—Ah, sí. El que trabajaba en un gimnasio y fue acusado de participar en el secuestro de la dueña, su patrona… Supuestamente murió a consecuencia de la tortura de los judiciales. Su padre y Derechos Humanos han armado un gran escándalo.
—Exactamente —cerró su escritorio y ahora sí dio por terminada la entrevista. Eran las 22:30 y desde hace más de una hora lo estaban esperando para dar inicio a una junta.
¿Cuántas palabras cruzan, como caballos desbocados, la nevada planicie de la página?
Lunes 10 de junio
A las 19:30 de la noche, el doctor José Ramón Fernández me recibió en su oficina de la colonia Doctores. Al final de la entrevista volvió a suscitarse un panorama parecido al que había tenido con el doctor Estrada: me explicó a profundidad cuál era el funcionamiento de Semefo, y también fue muy claro al señalarme que no podría ver cadáveres, pero que con gusto me enseñaría los laboratorios.
—Doctor, yo necesito ver. Si no veo, no puedo escribir. Una crónica es la escritura de los sucesos que se van presenciando.
—¿Y qué va a ver aquí? —no esperaba esa pregunta. Intuí que no debía mencionar la palabra cadáver. De manera instintiva le respondí:
—Deseo conocer cómo trabaja el personal que labora en Semefo.
—Por eso. Véngase el miércoles en la mañana y le enseño el laboratorio.
Salí desencantada. No podría escribir sobre este tema. Para entonces yo seguía esperando que me llamaran de Servicios Periciales para ver un levantamiento de cadáver y a partir de ahí seguir el proceso de investigación, pero los días pasaban y aún no estaba trabajando en el tema.
Sin embargo, me presenté a la cita que me había dado el doctor Fernández, a pesar de que la inspección al laboratorio aumentaría mi ansia de ver. Pero a partir de esa fecha la crónica empezó a gestarse. Llegaría a ver decenas de muertos y destellos de su vida, que me resulta difícil mantenerme alejada del universo de la muerte violenta, para concentrarme en escribirlo.
Lejos del agua sufres por la espuma que tu presencia quiere sumergida. Para no serle fiel regresas a la tierra.
Miércoles 12 de junio
A las 11:00 de la mañana me recibió el doctor Fernández. Con la mano me indicó que me sentara frente a su escritorio, cubierto de papeles. Me miró profundamente y preguntó:
—¿En qué quedamos?
—Que me mostraría el funcionamiento del laboratorio. Y… lo que usted me permita mirar.
—Una autopsia… —sus ojos rasgados me traspasaron: dagas negras y finísimas que me desgarraron de tajo. El brillo del relámpago en la mirada de mi padre cuando iba a otorgarme un permiso que pondría a prueba mi madurez.
—Si usted me lo permite —le contesté con firmeza y serenidad. Sosteniéndole la mirada.
Bajó la vista y apretó un botón del conmutador. Casi de inmediato se presentó el odontólogo forense José Paz Osornio, a quien sin darle mayor explicación, el director le ordenó:
—Llévela a ver una necropsia. La que estén haciendo.
—No puede tomar fotografías —me indicó.
Levanté las manos, como diciendo: no traigo cámara. Salimos de la Dirección.
—Hay un putrefacto —me informó mi guía.
Bajamos por las escaleras traseras del edificio, dos pisos. En la planta baja, apenas abrimos una de las dos pesadas puertas, color beige, el olor de la muerte llenaba el espacio. Imaginé un cadáver carcomido: el rostro con jirones de piel y el cráneo al descubierto. Moscas grandes y zumbonas merodeándolo. Larvas entrando y saliendo, devorándolo infatigablemente. Y como si tuviera ante mí varias diapositivas, hice un rápido muestreo mental de las fotografías de cadáveres que hasta entonces había visto; principalmente las que de niña vi en Alarma!, exitoso semanario amarillista. No me parecían tan buenas las gráficas de Alerta.
En el pasillo, ante una puerta abierta, un grupo de médicos miraban hacia adentro de una sala. Todos se volvieron para observarnos. Vestían bata blanca y yo parecía frijol en medio del arroz con los ajustados pantalones de mezclilla, blazer azul, zapatillas, y sin cubrebocas ni bata, por supuesto. El odontólogo de ojos color miel sólo dijo a manera de presentación:
—La manda el doctor Fernández— y sin más me puso frente al cadáver.
Algunos médicos dejaron de atender el proceso de la necropsia para ver mi expresión ante aquella imagen brutal, de difícil traducción.
—Este cuerpo fue hallado en un canal de Xochimilco, conocido como El Recodo —me informó Paz Osornio.
“Van a tratar de saber si murió ahogado o lo echaron ya muerto”, pensé. Pero no supe qué preguntar. Segundos después, los médicos se olvidaron de mi presencia y empezaron a hacerse bromas afectuosas:
—¡Ésos, mis necrófilos! —les gritó a manera de saludo el entomólogo forense, Arturo Cortés Cruz.
Con su arribo se derramó una cascada de agudezas que no pude anotar. Mi capacidad de ver y escuchar estaban paralizadas por el esfuerzo de aparentar frialdad. No alcanzaba a componer lo que estaba viendo. Al cabo de un minuto, por instinto y como enérgico llamado de atención, saqué mi grabadora. Resultó la estrategia: de inmediato, guardaron silencio. El doctor Rolando Ríos Reyes —delgado y distinguido; con anteojos—, quien estaba sentado en un banco alto, de aluminio, con atril, me pidió apagar la grabadora. Cuando se aseguró de que lo había obedecido me preguntó por qué estaba ahí. Mi respuesta pareció tranquilizarlo. Fue entonces cuando les pedí que si podrían describirme ante la grabadora lo que estábamos viendo. Accedieron los especialistas Jorge Nezahualcóyotl Cárdenas Gómez y Arturo Cortés.
Era una mujer de aproximadamente 18 años, que al parecer había muerto a consecuencia de un fuerte golpe en la cabeza.
Raúl González Domínguez, técnico en necropsia, vestido con un overol azul marino y delantal de hule, largo y amarillo, empezó a cortar en dos el cuerpo. Jesús Jiménez —pasante de antropología física—, igualmente vestido, lo asistió. Don Raúl apartó la piel y afloraron las vísceras; me sorprendió el encendido color rojo, que contrastaba con el cuerpo verde y negruzco. Lo primero que se certificó al abrir el cuerpo es que no había larvas. Por lo tanto, al entomólogo, que en esta ocasión no tenía trabajo, le pedí que me explicara por qué no había larvas o gusanos, como la gente suele llamarles:
—Este cadáver no tiene artrópodos debido a la alta contaminación acuática. Ni siquiera hay moscas en ese canal. Ahora que el cuerpo está expuesto, está siendo visitado por moscas, dípteros; y si dejamos el cuerpo expuesto, de dos a cinco horas, probablemente las moscas depositarían sus huevos. El díptero presenta varios estados del cic
