INTRODUCCIÓN
Para el mundo exterior, Janie era la madre perfecta. Yo, como madre imperfecta, envidiaba su actitud calmada, su inalterable personalidad y la devoción que tenía por sus dos hijos. Era el tipo de madre que hacía a sus hijos pastel de calabacitas con chocolate, y a ellos les encantaba, pues los había enseñado a comer y disfrutar alimentos saludables. Todos los días, les prodigaba en el almuerzo bocadillos orgánicos. Trabajaba medio tiempo en una librería, pero llegaba a casa cada tarde antes de la hora de salida de la escuela, para recibir a sus hijos Jason, de trece años, y Drew, de once, al llegar a casa. También hacía trabajo voluntario en la escuela de sus hijos como guardia de recreo y madre de aula, incluso enlataba sus propias verduras. Era el tipo de mamá que a las demás nos encanta odiar.
Nunca olvidaré la expresión atormentada en el rostro de Janie aquella mañana de principios de enero de 2005. Vino sola a mi consultorio para hablar sobre su hijo Jason, a pesar de la espesa nieve que siempre convierte en una experiencia horripilante el conducir en el norte de Michigan. Pero estaba desesperada.
Cuando abrí la puerta del salón de exámenes, me alarmó la palidez de su rostro. Se veía exhausta, pero no por dormir mal la noche anterior, sino por la fatiga acumulada durante meses. Algo muy malo ocurría en su casa.
—¿Qué pasa? —le pregunté de inmediato.
—Es Jason —dijo, disculpándose—. Está fuera de control. Ni Jim ni yo podemos con él. No sé qué hacer.
Jason tenía trece años en aquel momento. Yo lo conocí desde que tenía dos, y siempre fue algo impetuoso, curioso y volátil. Janie y Jim lo acogieron, mediante adopción abierta, de su madre biológica, a quien cuidaron con esmero durante los tres primeros meses de vida del bebé. Desde muy pequeño, Jason mostró una conducta fuera de lo común. Era lindo y cariñoso, pero también un tanto impredecible y propenso a las rabietas. A los ocho años, un psiquiatra especializado en educación le diagnosticó TDAH (Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad) y yo le prescribí, renuentemente, una pequeña dosis de un estimulante. No estaba convencida de que el TDAH fuera la razón de sus problemas de conducta, pero pensé que no le haría daño probar el estimulante. Él tomó el medicamento y eso pareció ayudarle varios años.
—No entiendo por qué se comporta así —me dijo Janie—. ¡En un instante pasa de bromear con nosotros en la cena a estallar por completo! Se sube a la mesa y empieza a gritarme a mí o a su papá sin razón. Hemos probado castigos y quitarle privilegios pero nada funciona. Antenoche, se escabulló de la casa y la policía lo encontró bebiendo cerveza con unos amigos en el estacionamiento de Walmart.
Janie empezó a llorar. Su hijo —la adoración de ella y de su padre— de repente se convirtió en “chico problema”, como los retratos de adolescentes huraños y enojados que aparecen en los espectaculares que anuncian centros de rehabilitación para adictos a las drogas y al alcohol. El problema era que Jason no se veía así. Era muy pulcro, siempre se vestía bien (no tenía tatuajes ni perforaciones) y hablaba a sus padres con cortesía. Era un jugador de hockey sobresaliente. Iba a la iglesia con regularidad, pertenecía a algunas asociaciones juveniles, incluso una vez viajó con los miembros de una iglesia local para ayudar a familias en Nueva Orleans tras el huracán Katrina. Sus padres lo amaban, pasaban mucho tiempo con él y parecían satisfacer todas sus necesidades.
—¿Qué hice mal? —gimió Janie—. Dímelo y lo arreglaré. Por favor, dímelo. Necesito saberlo porque ya no puedo vivir así. ¿Cómo es posible que este chico, por quien me he desvivido durante trece años, de repente nos odie tanto? Ya lo intenté, pero no me queda nada. Y lo peor es que él me asusta. Cuando su papá no está, se pone incontrolable y físicamente violento. ¡Una vez me arrojó contra la pared! Creo que eso fue un accidente, pero quién sabe; todo lo que sé es que estoy muy asustada. Él es del doble de mi tamaño.
Nos sentamos y yo me pregunté por quién lloraba más Janie: por su hijo, por ella misma o por la pérdida del hermoso adolescente de trece años en que imaginó se convertiría su hijo.
Aquel día, traté de ayudarle a revisar las emociones tan complejas y enmarañadas de Jason y las suyas de modo que, aunque aún no las entendía por completo, al menos pudo (pudimos) hacer un plan. Ella lo necesitaba para avanzar, para ser capaz de hallar esperanza en medio de la angustia, que la hacía sentir como si toda su vida se derrumbara a su alrededor. Y creo que la ayudé a encontrar esperanza. Después de todo, era la mejor manera en que podía ayudar a mi paciente: a través de su hijo.
***
Janie te diría que ese día de enero fue un punto de inflexión en su vida. Fue cuando se dio cuenta de que Jason no era quien ella deseaba; pero lo más importante, que ella no era la madre que quería ser. Fue un día que le abrió las puertas a una libertad completamente nueva. Fue el día en que Janie reconoció que no sólo tenía un problema en sus manos (lo que causaba la conducta descontrolada de su hijo), sino también otro igual de importante: que ella debía enfrentar demonios en su interior, fomentados durante trece años, aunque ya en ciernes desde que terminó la universidad. Pero, ¿con qué empezar?, ¿con el sufrimiento de su hijo o el propio? Su nueva libertad era emocionante, pero también abrumadora. Le sugerí que, si quería comprender a su hijo, debería empezar por comprenderse ella misma. Descubrió que había llevado muchos problemas emocionales a su papel de madre.
Poco después de aquella visita, acudió con un terapeuta que desenmarañó meticulosamente la rabia oculta que Janie guardaba hacia los hombres, y que había acarreado durante años. Durante su pubertad, un vecino abusó de ella y Janie no se lo contó a nadie (ni a sus padres, ni a su esposo, ni a su mejor amiga). Ella odió a aquel hombre por lo que le hizo pero, por razones muy complejas, se culpó a sí misma de lo que pasó. Cuando Jason entró en la pubertad, algo detonó en ella esa rabia reprimida e, inconscientemente, descargó su dolor en él. En perspectiva, ella se dio cuenta de que su propia conducta cambió. Se volvió sarcástica, despectiva y sentía un asco secreto por su hijo. Estaba consciente de ese asco, pero le aterraba tanto, que intentó hacerlo a un lado, ignorarlo, pero nada impidió que el sentimiento persistiera.
Jason no era inmune a la guerra secreta que su madre sostenía con ella misma. Aunque él no conocía la causa, sospechaba que tenía que ver con él. Percibía en su madre rabia hacia él; a veces sentía que su madre se avergonzaba de él. En respuesta a estos sentimientos, se defendió verbalmente, mostrando a su madre que no la necesitaba y podía hacerle la vida tan miserable como ella a él. Mientras Janie buscaba respuestas, este círculo vicioso creció y creció al grado de que ella empezó a temerle a su propio hijo.
Tanto Jason como Janie recibieron la ayuda que necesitaban para recuperar la cordura y la alegría en su relación. Hasta que les enseñaron a analizar sus sentimientos, sus conductas y cómo se entrelazaban, fueron capaces de cambiar. Pero el proceso tardó mucho tiempo. Janie, en particular, decidió revivir la relación con Jason porque nunca vaciló en la intensidad de su amor y su adoración por él.
Ella aprendió a interactuar con él de manera distinta. Cambió su lenguaje y su tono de voz, incluso cuidó más su lenguaje corporal. Entonces, practicando estos cambios de manera continua, sus sentimientos por su hijo evolucionaron. Confesó a su hijo el odio que sentía por su antiguo vecino y, entonces, se rompió el control tan absoluto de aquellos sentimientos en su relación con Jason. Tanto la madre como el hijo sintieron una nueva calidez e intimidad. Y Jason se llevó mejor con su hermano menor.
Hoy, Jason está por concluir su último año en una buena universidad. Tiene un excelente desempeño escolar y ya no agrede a sus padres. Poco después de la primera ocasión en que Janie me contó los problemas de Jason, ella y su esposo lo inscribieron en un internado para niños problema. Pasó ahí dieciocho meses y aprendió a vivir en un entorno sumamente estructurado y exigente. Jason y sus padres pasaron muchas horas en terapia con el psicólogo de la escuela y él aprendió a entenderse a sí mismo, al igual que sus emociones, el poder de éstas y, sobre todo, cómo responsabilizarse de sus sentimientos y conductas. Por su parte, Janie logró entender cómo proyectaba esa rabia reprimida hacia su hijo. Lo más importante es que mantuvo fuera de la relación con su hijo la rabia oculta y añeja por su abusador.
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Janie y Jason tuvieron suerte. ¿Cuántas otras parejas madre-hijo llevan a cuestas presiones y tensiones ocultas sin ayuda suficiente? Por eso me sentí obligada a escribir este libro para madres con hijos varones, a los que aman pero no saben cómo ser buenas madres para ellos. Y, también, para hijos que enfrentan la presión de encarnar las mayores esperanzas de su madre, algo que no pueden imaginar ni entender y los obliga a soportar un remolino de tensiones internas que desembocan en una explosión.
La relación madre-hijo se complica por la oposición de los sexos. Ni la madre ni el hijo entienden qué implica ser la otra mitad de la ecuación. Ellos enfrentan retos porque, como hombres, se sienten responsables por el bienestar de su progenitora, lo cual genera enojo en la relación. Además, las madres buscan en sus hijos el apoyo de un adulto. La realidad es que ellos enfrentan los retos que impone nuestra cultura y los agobian con facilidad, mientras las madres soportan tensiones y expectativas, igualmente agobiantes. Si se combinan ambas cosas, pueden provocar un desastre.
Pero hay buenas noticias. Esto no tiene por qué acabar forzosamente en un desastre. Es cierto que, en la actualidad, ellos experimentan lo que algunos profesionales llamamos “crisis de los chicos”. Como dice el psicólogo y escritor, el doctor James Dobson en Cómo criar a los varones:
“Los chicos, comparados con las chicas, tienen seis veces más probabilidades de presentar problemas de aprendizaje, tres veces más de convertirse en drogadictos registrados y cuatro más de que les diagnostiquen problemas emocionales. Tienen un riesgo mayor de esquizofrenia, autismo, adicción al sexo, alcoholismo, enuresis nocturna y todas las formas de comportamiento antisocial y criminal. Tienen doce veces más probabilidades de asesinar a alguien, y su índice de mortalidad en accidentes automovilísticos es mayor al cincuenta por ciento. Setenta y siete por ciento de los casos penales por delincuencia involucra a hombres.”1
Al hablar sobre The Wonder of Boys del doctor Michael Gurian, Dobson describe los problemas académicos de muchos jóvenes. Dice que ellos obtienen calificaciones más bajas que ellas desde la primaria hasta la preparatoria. Añade que los de octavo grado repiten el curso cincuenta por ciento más que las mujeres y dos tercios de los alumnos de las clases de educación especial son hombres. Por último, dice que tienen diez veces más probabilidades que ellas de presentar “hiperactividad”, y que setenta y uno por ciento de las suspensiones de clase es de hombres.2 Existen más cifras preocupantes con la crisis actual que enfrentan los jóvenes en Estados Unidos, pero lo importante es que los medios para resolverla están en las madres. Y yo creo que, en ese proceso, las madres no sólo podemos disfrutar la crianza de nuestros hijos, sino ayudarlos a salir adelante a pesar de las presiones que enfrentan. Podemos enseñarlos a superar los problemas y crecer. Lo sé porque, a lo largo de mis 25 años de práctica pediátrica, he visto una y otra vez a madres fabulosas que educan a sus hijos en medio de grandes dificultades; a madres solteras pelear a golpes con sus hijos y luego volverse más unidos que nunca; a madres con hogares estables lidiar con hijos que caen en las drogas y el alcohol, e impulsarlos hacia una adultez saludable. Con ayuda y ánimo, las madres y sus hijos encuentran cómo sobrevivir y prosperar.
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Si desenmarañamos las dinámicas peculiares de esta relación maravillosa, vemos que las madres tienen sus propias presiones, distintas de las que experimentan sus hijos. Es fundamental entender ambos tipos: las presiones exclusivas de ellos y las exclusivas de las madres. En ocasiones se entrelazan y a veces no. Exploraré ambos tipos en detalle. Primero abordaré los problemas de las madres, pues las investigaciones muestran que la mejor manera de ayudar a un joven es ayudar primero a quien tenga más influencia en él. Para millones de jóvenes, se trata de su madre.
¿Cuáles son las tensiones específicas de las madres? En primer lugar tenemos las tres que toda madre estadounidense siente en algún momento: culpa, temor y enojo. En la cultura posfeminista, las madres sienten la presión interna de ser todo para todos. De hecho, yo aún no conozco a ninguna que sienta que todo lo que hace lo realiza muy bien. Las mujeres que trabajan deben desempeñarse igual de bien en la oficina y en el hogar. Deben aconsejar a sus hijos, cocinar para ellos y el esposo, pagar su educación, darles oportunidades comparables a las de los hijos de sus amigas y, además de todo eso, mantenerse tranquilas y alegres en todo momento. Deben ser absolutamente sensibles y cariñosas con sus hijos, pero lo bastante firmes para sustituir al padre cuando no está. Algunas tienen esposos con demasiadas ocupaciones o preocupaciones que les impiden convivir con sus hijos. Algunas divorciadas cuidan de hijos cuyos padres no pueden o no quieren hacerse presentes. La verdad es que muchas de las catorce millones de madres solteras en los Estados Unidos deben ser madre y padre de sus hijos, pues el verdadero padre no está.
Obviamente, necesitan ánimo y ayuda, pues ninguna madre puede cumplir con las expectativas que ellas mismas (y otras personas a su alrededor) ponen sobre sí. Cada una vive con una imagen mental de cómo debería verse y actuar como la madre perfecta para su hijo (o hija). Y cada día, nos levantamos e intentamos desesperadamente ser esa versión perfecta de nosotras mismas. Nunca lo logramos. Este libro ayudará a todas las madres a entender y aceptar quiénes son y quiénes no son. Yo creo que si cada una llega a esa situación, ganamos la libertad de aceptar que, tal como somos, resultamos bastante buenas para nuestros hijos.
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Los jóvenes tienen sus propias presiones, poderosas y potencialmente destructivas. Los confunde el papel de la masculinidad en un mundo que cambia rápidamente, que se transforma ante sus ojos, incluso mientras aprenden lo que implica ser hombre. Veamos algunos datos de su rendimiento académico, parte muy importante de un desarrollo masculino saludable. Ellas los dejan atrás. Cada vez egresan menos hombres de la preparatoria o la universidad en relación con las mujeres.3 El doctor Willam Pollack, de la Escuela de Medicina de Harvard, afirma que “existe una brecha de género en el rendimiento académico y ellos están cayendo hasta el fondo”. Dice que en buena medida esto deriva de que a los muchachos les falta confianza y capacidad de desempeño.4 En ellos se forma un círculo vicioso: muchos no egresan de la preparatoria o la universidad, lo cual baja su autoestima y productividad.5 Como resultado, su sensación de ser hombres fuertes se desploma y se sienten menos motivados a sobresalir.6
Estos datos son profundamente alarmantes.
Resulta claro que debemos desarrollar nuevos enfoques para formar a nuestros hijos. Las investigaciones muestran que, aún hoy, las madres son quienes toman la mayor parte de las responsabilidades de la crianza y del hogar. También que, en un día promedio, 20 por ciento de ellos participa en labores del hogar —como limpiar la casa o lavar la ropa— en comparación con 48 por ciento de las mujeres, mientras 39 por ciento participa en la preparación de los alimentos o el lavado de trastes, en comparación con 56 por ciento de ellas.7
Y, por supuesto, en las madres solteras recae toda la responsabilidad del hogar. Muchas son también el sostén principal de su familia. Según un informe reciente del Centro de Investigaciones Pew, 63 por ciento de “madres sostén” eran solteras.8 Y, actualmente, 24 por ciento de los niños estadounidenses viven con madres solteras. Como vemos, la carga de trabajo para las madres es enorme,9 y muchas sienten que criar a sus hijos varones es demasiado. En general, las hijas son más fáciles; mucho menos misteriosas para las madres por ser del mismo sexo (después de todo, las madres fueron niñas). Pero, por más duro que sea, las madres no se dan por vencidas con sus hijos.
Este libro guía a las madres para volverse “suficientemente buenas” y formar hijos extraordinarios. Les da ánimos y consejos prácticos; cómo ejercitar su valentía y agallas; algunos medios saludables para expresar amor a sus hijos de modo que aprendan a amar mejor a las mujeres a medida que maduren; y la importancia de la dedicación, el servicio y una vida interior bien desarrollada. En resumen, los temas elegidos en esta obra son los problemas principales que enfrentan las madres cuando crían a sus hijos.
También abordo las necesidades exclusivas de ellos. Cuando las madres entienden mejor a sus hijos, satisfacen esas necesidades, los educan de manera más efectiva y, como resultado, disfrutan ambos de una vida doméstica más pacífica. Quizá estos temas parezcan sencillos, pero analizar los elementos simples de la relación madre-hijo es la clave para fortalecerlos.
Éste es un manual de supervivencia para las madres que adoran a sus hijos, madres buenas como Janie, cuyos esfuerzos nunca cumplen con sus expectativas. Es una herramienta para entender cabalmente quiénes necesitan ser para sus hijos y quiénes no necesitan ser. Mi intención es que con este libro te conviertas en la madre que deseas ser —más sensata y sana, menos angustiada— y para formar hombres de quienes te sientas orgullosa.

Desde el momento en que ese pequeño de piel rosada llega a nuestros brazos, también nos llega el amor. Lo sentimos no sólo en el corazón, también en la piel. Ahí está él. Nuestro hijo. Él nos enseñará cómo es el amor masculino en su forma más pura. Se consagrará a nosotras y nos cuidará como ningún otro hombre.
En mi experiencia de vida y profesional he visto algo extraordinario y casi espiritual en los ojos de las jóvenes madres que cargan por primera vez a su hijo. Lo abrazamos muy fuerte, pues no lo podremos conservar. Crecerá, se enamorará y otra tomará nuestro lugar. En ese momento, los hijos dejan a sus madres. No podemos mediar en esas relaciones. Nuestras hijas, por otro lado, no nos dejan de la misma manera; de algún modo, conservamos cierta intimidad con ellas, aunque sean adultas y se enamoren. Aunque estamos conectadas con nuestros retoños mediante el mismo amor profundo que tenemos por nuestras hijas, la relación madre-hijo tiene una constitución distinta. Un día, cuando se enamore, el lazo con nosotras cambiará: ya no seremos su primer amor. Nuestra sensibilidad profunda lo sabe desde el momento en que nace.
Para tu bebé, tú representas el alimento y la seguridad. Eres la proveedora de alegría, comida, confianza, amor y todo lo bueno. Desde que oye tu voz y huele tu piel, sabe que lo vas a cuidar. Intuitivamente cree que tú no lo dejarás, siempre estarás ahí.
Conforme se acerca a los dos años de edad, te mira a la cara para ver lo que sientes; no porque le intrigues, sino porque desea saber lo que piensas de él. Si lee tu rostro y concluye que estás feliz con él, se sentirá bien con la vida. Él necesita tu atención, saber dónde estás, qué haces. Cuando se sienta infeliz o asustado, quizá incluso se enoje contigo porque tú debes evitar estos sentimientos negativos, y si no lo haces, espera que lo arregles. Para él, tú eres el mundo.
Los padres son fundamentales para el desarrollo emocional, físico e intelectual de ellos, pero su papel es diferente, sobre todo cuando son pequeños. En general, es cierto que las madres están más conectadas emocionalmente con sus hijos que los padres. La mamá da al niño su vocabulario emocional y psicológico. Es ella quien le proporciona alimento físico y emocional.
Desde que nace, tu hijo sabe que tú eres distinta de él y no sólo porque eres un adulto, sino porque eres mujer. Incluso un bebé muy pequeño se da cuenta, en cierto momento, que tú lo introduces al amor femenino. Si le respondes con bondad cuando es bebé, asocia la bondad con las mujeres. Si lo reconfortas cuando se asusta, entonces las mujeres serán confiables. En un sentido muy real, tú pones los cimientos de la manera en que se relacionará con las mujeres el resto de su vida. Tú le pones una plantilla en el corazón, la cual guiará sus acciones desde sus primeros años hasta la adultez.
Tú eres su mundo durante los primeros años de su vida, pero —algo igual de importante— también eres el prisma a través del cual ve a todas las mujeres. Si tú eres confiable, asimismo confiará en su hermana, su abuela, su maestra y, por supuesto, en su esposa. Como tú lo amas, él se da cuenta de que es bueno ser amado por una mujer. Luego, cuando crezca, amará otras figuras femeninas, que a su vez lo amarán de manera sana.
Por otro lado, si percibe que eres impredecible en tu amor, se protegerá desde muy temprano. Se alejará de las mujeres, se negará a abrirles su corazón por temor de que lo lastimen. Si él siente rechazo de tu parte, creerá que otras mujeres también lo rechazarán. Según sea la gravedad del daño que un niño haya sufrido, se alejará de las mujeres el resto de su vida. Muchas hemos conocido a hombres que no pueden confiar en las mujeres, porque los ha lastimado una mujer a quien amaban, o bien —lo que es bastante frecuente— porque su primer amor (su madre, abuela o cualquier mujer que cuidara de él durante sus dos primeros años) lo abandonó emocionalmente. Presentarle por primera vez el amor femenino a un niño no es una responsabilidad pequeña.
Cómo mostrarles lo que una mujer puede ser
Cuando John tenía diez años, su padre murió de cáncer en el páncreas. Al ser el mayor de los tres hijos, asumió de inmediato el papel de “hombre de la casa”. Según dijo después, aquello no fue algo que su madre le pidiera. Lo hizo porque creyó que su padre lo habría deseado, así pues, John y sus hermanos quedaron en una situación que sentían como un abismo negro. Su padre dejó a la familia sin dinero por sus deudas de juego y sin seguro de vida. Cuando vivía, su madre había trabajado fuera de casa como ama de llaves para varias familias, pero sólo medio tiempo para estar en casa cuando sus hijos llegaran de la escuela. Después de fallecido el padre, todo cambió. Ahora su madre trabajaba tiempo completo como ama de llaves, además de conseguir un empleo nocturno como camarera en un restaurante para pagar las cuentas y algunas deudas de su esposo.
John me describió aquellos años como el “infierno en la tierra”. Como niño de diez años, le llegó la pubertad con la pena que lo consumía. No podía estudiar y sus calificaciones se desplomaron. Cuando esto ocurrió, se sintió culpable porque no quería, por ningún motivo, decepcionar a su madre. Se esforzó más en la escuela y dejó los deportes para mejorar sus notas. Por las tardes, no estudiaba porque, como hijo mayor, cuidaba de sus hermanos mientras su madre estaba en el restaurante. Los ayudaba con la tarea y les daba de cenar. Además de hacerse cargo de las labores cotidianas, tomó la responsabilidad, aún más importante, de proteger a sus hermanos. Se aseguraba de que las puertas estuvieran cerradas por la noche. Pero, como era niño, también sentía miedo. Cuidar de sus hermanos le resultaba atemorizante, sobre todo porque se sentía inseguro como protector.
—No sé qué era —me dijo— pero temía por ellos. Me asustaba que algo malo les pasara y yo fuera responsable. Sólo recuerdo muchas noches en las que me quedaba solo, asustado y agobiado.
Cuando John me contó su historia, hace un año, ya era un adulto con familia propia. Pero, mientras recordaba aquellas noches en que cuidaba a sus hermanos, revivía el miedo experimentado de niño. El niño asustado en el interior de un adulto empezó a hablar y yo quise abrazar al niño. El dolor de aquellos días tan difíciles aún estaba presente y era intenso; al sentarme junto a él, también lo sentí.
—Era como si mi adolescencia hubiera durado veinte años. Me sentía abandonado por mi madre. También por mi padre, pero recuerdo que, sobre todo, me sentía enojado con él. Estaba furioso con él por haber muerto y me causaba culpa sentirme así; además, estaba furioso porque nos hizo mucho daño. Mi papá apostaba, y sus deudas forzaron a mi madre a dejarnos para trabajar, pero también bebía mucho. Yo lo odiaba por eso. De algún modo, nos dejó antes de morir. Pasaba mucho tiempo ebrio y yo me preocupaba por mi madre, incluso antes de que él muriera.
Mientras John hablaba, me pregunté cómo había procesado su rabia y su duelo, pues a los 38 años hablaba de manera tan abierta sobre ese dolor. Le pregunté si cuando era niño había ido con algún terapeuta.
—Oh, no —respondió—. Supongo que hubiera estado bien, pero ¿cómo hacerlo? No conducía y mis hermanos iban a casa después de la escuela. Ellos eran todo lo que tenía.
—Entonces —empecé— ¿cómo lo superaste? Es decir, si no veías mucho a tu madre y no tenías a nadie con quién hablar, ¿cómo superaste el duelo y seguiste adelante con tu vida?
—Fue muy duro. Pero mi madre me salvó. No pasé mucho tiempo con ella, pero la miraba. Asimilaba todo lo que ella decía cuando estaba en casa y miraba cada movimiento suyo.
Tuve que interrumpirlo: pensé que, quizá, él sintió que lo descuidaron. Entonces, le pregunté:
—¿No sentiste que tu madre te descuidó? Ella pasaba muchísimo tiempo trabajando.
Él me lanzó una mirada altiva.
—¡Jamás! Yo sé que ella se esforzó lo más que pudo. Además, sabía que la muerte de mi padre representaba una terrible carga para nosotros. Siempre nos preguntaba cómo estábamos. Algunas veces nos llevaba al parque el fin de semana para divertirnos un poco. Nos decía que sólo necesitábamos ser niños. Creo que oír eso validaba los deseos que a veces teníamos de vivir como niños “normales”, los que tenían a sus dos padres vivos. Sobre todo, nunca me sentí descuidado porque mi madre nos enseñó cómo trabajar juntos. Todos hacíamos labores adicionales porque mi papá nunca estaba en casa y las hacíamos juntos. Ella era extraordinaria porque nos guiaba con el ejemplo. Trabajó más duro que nadie, y su negativa a darse por vencida nos hizo seguir adelante. Yo vi cuánto hacía, sólo para cuidar de sus hijos. Y siempre estaba feliz (o al menos, eso me parecía). Cuando vi cuánto me amaba y lo duro que trabajaba por mí, por mi hermana y por mi hermano, la amé aún más. Siempre me sentí amado por mi madre, aún cuando no estaba todo el tiempo en casa. Ella de veras me enseñó cómo ser un adulto fuerte y bueno.
***
Como madres, queremos que nuestros hijos sean felices. Corremos a calmar su llanto cuando son bebés porque no queremos que se sientan incómodos ni tristes. Cuando ya practican deportes o van a la escuela, vemos cómo los tratan sus compañeros, cómo los ayudan, si los rechazan o los agreden. A veces, los mimamos con juegos y regalos, y otras les cumplimos sus caprichos con demasiada facilidad por no negarles nada. Queremos que sean felices. Por lo tanto, no los defraudamos diciéndoles que si hacen algo no les daremos lo que desean con desesperación. Las madres somos complacientes. Estamos dispuestas a sacrificar nuestros deseos para satisfacer sus necesidades. Eso es bueno, pero por momentos nos sobrepasamos y les causamos problemas en el futuro al tratarlos demasiado bien. Ésta es una trampa en la que caen con facilidad las madres amorosas, pero hay maneras muy concretas de evitarlas y comportarnos de manera que les demos una felicidad real y duradera a nuestros hijos.
Ámalo cuando las cosas se pongan difíciles
Como madres, sabemos que si nuestros hijos se sienten amados, les damos satisfacción, alegría y sensación de seguridad muy profundas las cuales llevarán consigo hasta la edad adulta. Cuando nacen, los devoramos con la mirada y nos preguntamos cómo sentimos un amor tan intenso por un ser humano. Pero a medida que crecen, ese amor perfecto puede complicarse por las realidades de la vida cotidiana. A veces, nos hacen enojar o nos decepcionan. Otras sentimos como si no nos apreciaran. El bebé que confiaba en nosotras como su mundo entero ya se fue, y en su lugar está un pequeño que nos dice que no sabemos de qué hablamos porque, después de todo, sólo somos “mamá”. Con nuestras hijas a veces es más fácil hablar las cosas y llegar al meollo emocional de los problemas que surgen. Porque son comunicativas y la mayoría de ellos no. Aunque las estadísticas exactas varían en cada investigación, el promedio de palabras que usan las mujeres cada día es de alrededor de 13 000 más que los hombres.1 Ellos ven lo que hacemos a través de una lente distinta y suele ser difícil que nos entendamos. De hecho, muchas veces, cuando nosotras intentamos hacer las paces hablando de nuestros sentimientos con nuestros hijos, nos topamos con más rechazo porque ellos no siempre quieren discutir las cosas. Y luego, heridas, a menudo nos retiramos, lo cual crea una distancia innecesaria entre nosotros sin resolver siquiera el problema.
Pero es importante recordar que ningún hijo puede ser verdaderamente feliz si ignora que, en el fondo, su madre lo ama. ¿Recuerdas cuando dije que las madres representan la seguridad? Para nuestros hijos, el amor de su madre debe ser algo no negociable y constante. Por eso a veces parecen subestimar nuestro amor. Nosotras no vamos a cambiar, no renunciaremos al amor ni se nos acabará. Al menos, eso es lo que ellos desean sentir. Entonces, ¿qué hacer cuando las cosas se pongan difíciles y nuestras maneras naturales de comunicarnos (hablar, analizar y explorar nuestros sentimientos) no funcionen con nuestros hijos?
Cuando Aristóteles escribió que los hombres encuentran felicidad y satisfacción totales cuando la vida no les deja nada que desear, no se refería a las posesiones materiales.2 Hablaba de vivir con un sentimiento de satisfacción tan profundo donde nada falta. No se trata de videojuegos, juguetes o pastelillos. Es una plenitud en que la propia alma se siente satisfecha.
San Agustín le dio un giro teológico a esto cuando describió la felicidad. Él enseñaba que la “felicidad perfecta pertenece al alma inmortal, totalmente en paz con la visión beatífica pues, en la visión de Dios, el alma está unida al bien infinito mediante el conocimiento y el amor. En la presencia y la gloria divinas, todos los deseos naturales del espíritu humano quedan satisfechos simultáneamente (la búsqueda de la verdad por el intelecto y el anhelo del bien por la voluntad)”.3
Nuestro trabajo como madres —si creemos en Aristóteles y Agustín— es ayudar a nuestros hijos a buscar el conocimiento y la verdad, pues son las cosas que dan verdadera satisfacción al alma. Si de veras queremos ayudar a nuestros hijos a encontrar la felicidad, deben diferenciar el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto. También alentarlos a tomar decisiones respecto a asuntos morales y éticos. Si Aristóteles tiene razón (y yo creo que la tiene), entonces, nuestros hijos no serán felices si carecen de virtudes, pues éstas ayudan a regular las elecciones de la gente. ¿Cuáles son esas virtudes?: valor, templanza, justicia, prudencia, sabiduría y castidad. Y, ¿qué madre no querría que su hijo las tuviera? A todas nos gustaría. Y, si Aristóteles afirma que las virtudes son el medio principal por el que los humanos alcanzamos la felicidad, entonces nos sentimos más motivadas para enseñárselas a nuestros retoños.
Sin embargo, algunas madres no desean enseñar virtudes, las ven como algo anticuado e innecesario para una sociedad moderna, sofisticada y compleja. Pero, piénsalo por un momento. Un valor es la fuerza para hacer lo correcto sin importar lo que piensen los demás. La templanza implica fuerza de voluntad para gozar de todos los placeres con moderación, ejerciendo autocontrol sobre los apetitos y placeres corporales. La justicia corrige lo que está mal para tratar a los demás equitativamente. La prudencia nos exige vivir con un “sentido práctico” y también usar la cautela. La sabiduría, por supuesto, permite hacer elecciones inteligentes cuando así se requiere. La castidad implica el control específico de los deseos sexuales.
Si nuestra meta es ayudar a nuestros hijos a ser auténticamente felices, nuestra primera labor como madres es enseñarles las cinco virtudes desde pequeños.
Lo segundo, ayudarlos a ser felices mediante el amor. Deben darlo y recibirlo. Y, como nosotras somos el primer amor de nuestros hijos, debemos mostrarles el amor, instruirlos en el amor, incluso conforme crecen y nuestra relación con ellos se complica. A menudo nos concentramos en trabajar para nuestros hijos, llevarlos de aquí para allá y pagar sus actividades, más que en amarlos. Por supuesto, desde nuestra perspectiva, llevarlos a jugar futbol, comprarles el equipo y hacer trabajo voluntario en su escuela son maneras de expresar nuestro afecto. Pero desde la perspectiva de un hijo, estas tareas no siempre equivalen a demostraciones de amor. Es un aspecto muy importante porque, para que sean felices, necesitamos saber con precisión qué los hace sentir amados y qué no. Recuerda que la madre de John mostraba amor a sus hijos trabajando duro para comer y pagar las cuentas (aunque también sabía que necesitaba decirles que los amaba).
A lo largo de los años, escuché a muchos decirme que la única manera de atraer la atención de su madre era participando en algún deporte, pues durante los partidos, las mamás les aplauden, gritan o saltan. Y cuando su madre los alienta, se empeñan en seguir jugando para mantener su atención. Las madres deben impedir que sus hijos se formen esa idea, pues puede ser peligrosa. Quienes deben correr, anotar o complacer a su instructor para tener la atención de su mamá, a veces se ven a sí mismos como títeres, no como hijos; como personajes, no como seres normales amados por ser ellos mismos.
¿Cómo les mostramos amor? Pasando tiempo con ellos, pero no sólo cuando juegan. Esto implica dedicarles tiempo de calidad aparte de los minutos juntos mientras los llevas a algún partido, los apoyas en el campo de juego o van de compras. Necesitamos pasar con ellos el tiempo de calidad que es mero entretenimiento (jugar a las cartas, ver una película, jugar a la pelota, andar en bicicleta por el vecindario). Un tiempo en que les pongamos atención a ellos y no sólo a lo que hacen.
Y eso no pasa sólo con nuestros hijos; quedamos condicionadas a que también nosotras necesitamos “rendir”. Queremos comprar las cosas correctas para ellos, asegurarnos de que asistan a la escuela correcta, cocinar los alimentos apropiados, que jueguen los mejores deportes; y la lista sigue y sigue. Pero, en todo esto, olvidamos la verdad fundamental: por lo general, sólo quieren estar con nosotras. Eso es todo. Los hijos no quieren que hagamos más por ellos; sólo que estemos más con ellos y disfrutar de su compañía. Cuando nosotras rendimos menos, ellos también lo harán. Y esto funciona bien para los dos porque, cuando nuestros hijos rinden y nosotras también, al final ninguna de las partes se siente bien o satisfecha.
En sus primeros días, cuando son pequeños y adorables, los amamos con libertad. Los abrazamos, jugamos con ellos y los besamos con frecuencia. Los cubrimos de amor. En la segunda fase de su vida, cuando entran a la secundaria, nos retraemos, quizá no les damos lo que necesitan o bien, se lo damos y lo rechazan. Al hacer esto, no mostramos amarlos, y no podemos permitirnos eso. Debemos amarlos con la misma intención a los dieciocho años que cuando sólo tenían ocho días de nacidos. Primero los amamos. Luego de nuevo una y otra vez. Lo decimos, lo mostramos con afecto y también poniéndoles retos.
Lara aprendió esto cuando Elijah tenía doce años. Era casada, con tres hijos, y Elijah era el segundo. Me dijo que dos de ellos siempre estaban unidos y Elijah era el más sensible. Cuando tenía dos años, herían sus sentimientos más fácil que a sus hermanas, y una vez que jugó mal al hockey, le dijo a Lara que se sentía mal por defraudar a su instructor.
Cuando Elijah entró a sexto año, pasó del edificio de la escuela intermedia al de la secundaria. Según Lara, esto fue particularmente duro para él, pues la secundaria era mucho más grande que la escuela intermedia. Su grupo de quinto grado tenía a 32 alumnos; el de sexto, 215. Elijah le contó a su madre que era como entrar a un universo nuevo.
Al parecer, durante los tres primeros meses, a Elijah le fue bien. Solía llegar a casa de buen humor y con buenas calificaciones. Sin embargo, conforme avanzó el semestre, notó que algo cambiaba. Su actitud jovial se hizo dura y hablaba de mala manera. Ella atribuyó su mal humor a las hormonas y lo pasó por alto. Pero después de varios meses, Elijah se alejó de ella. Aparentemente, también cambió de amigos y rara vez los llevaba a casa.
En este momento Lara me consultó.
—Peleamos todo el tiempo y no entiendo por qué —dijo ella—. Él era muy amoroso, muy agradable, y ahora no soporto estar en la misma habitación con él.
Le pregunté cómo manejaba sus ataques de rabia.
—Me da vergüenza decirlo, pero también respondo a gritos y lo mando a su habitación —respondió—. No sé qué más hacer. Esto, por supuesto, empeora la situación, pues él grita más fuerte, se va a su habitación y arroja objetos. No sé qué hacer con él.
Le pregunté a Lara si sabía qué pasaba en la vida de Elijah. Dijo que no estaba segura de lo que pasaba, sólo le dijo que ya era bastante grande para encargarse de sus tareas y maestros. Como no parecía meterse en ningún problema, ella respetaba sus sentimientos y no interfirió. Yo me pregunté si acaso tendría problemas con sus amigos. Ella no lo creía así, aunque él no tenía amigos cercanos. Entonces pregunté qué tal iba la vida familiar, si había ocurrido algún cambio o muerte (aunque fuera de una mascota). Ella dijo que no.
Hablamos durante un rato y animé a Lara a proponerle a Elijah que, los fines de semana, hicieran juntos actividades que él disfrutara. También que escuchara más de qué hablaba, sin considerar de modo personal sus explosiones de mal humor. De esa manera, no caería en provocaciones. Me dijo que lo intentaría.
Pocos meses después, me encontré a Lara en la tienda de abarrotes.
—¿Cómo van las cosas con Elijah —le pregunté.
—Muy bien —dijo, para mi alivio. —Ahora nos llevamos mucho mejor.
—¿Qué cambió? —le pregunté.
—Le presté más atención. Estaba tan enojada que lo evitaba. Ya no lo hago, pues entre más me alejaba de él, él se alejaba de mí. Cuando me acerqué y le propuse ir al cine, a nadar o lo que fuera, se negó en principio. Pero, después de un rato, aceptó. Cuando salíamos juntos, le hacía una pregunta de vez en vez, y luego escuchaba sus respuestas sin interrumpir. Empezó a abrirse, y después de algunas semanas, descubrí que escuchó que dos de sus compañeros se burlaban de su estatura. Siempre lo cohibió ser más bajo que la mayoría de sus amigos, pero cuando entró a la secundaria, donde hay alumnos mucho más altos que él, tuvo una crisis de confianza —contó ella.
—Y, ¿qué le dijiste? —le pregunté.
—Bueno, le pedí ayuda a su padre. Me imaginé que entendería, pues también es bajo. Le pregunté si podía pasar más tiempo con Elijah para charlar. Desde entonces, los dos hacen más cosas juntos. Creo que de veras funciona. Ahora, Elijah siente que alguien entiende lo dura que puede ser la secundaria.
Cuando hablé con Lara por primera vez, ella me confesó que le preocupaba que Elijah consumiera drogas o alcohol, o fuera víctima de acoso escolar. Ella vio un cambio tan súbito en su hijo que pensó que algo terrible ocurría. Pero cuando controló sus emociones y se acercó a él en vez de alejarse, obtuvo una perspectiva distinta. Pasó de evitarlo a acercarse poco a poco a él y a sus problemas; al hacerlo, él se sintió más amado. En un principio, percibió que ella lo evitaba, lo rechazaba, lo cual disminuyó aún más su propia confianza. Pero cuando ella se acercó y de veras lo escuchó, Lara comprendió que los problemas de su hijo no eran tan grandes (al menos como temía). Ella y el padre ayudaron a Elijah a vencer su miedo.
A menudo, amar a los hijos implica sobreponernos a nuestros propios sentimientos de rechazo y preocupación, esto significa dar el primer paso hacia ellos. Amarlos significa actuar más allá de nuestras zonas de seguridad, para escuchar sin interrumpir mediante conversaciones frustrantes y ofreciendo pasar más tiempo con ellos en actividades relajantes como ir al cine o andar en bicicleta. Recordemos que, como adultos, cargamos con la responsabilidad de iniciar las expresiones de amor con nuestros hijos. La buena noticia para las mamás es que, cuando hacemos estas cosas difíciles por nuestros hijos, las recompensas son inconmensurables.
No tengas miedo de amarlo
Cuando nacen nuestros hijos, somos protectoras y posesivas. Es natural porque no queremos que les pase nada malo. Una parte de nosotras quiere construirles un capullo para guardarlos y asegurar que nadie se interponga entre nosotros. Pero esto puede contribuir a formar un hombre subdesarrollado, no preparado para una relación amorosa con una pareja adulta ni beneficiarse de la misma.
Nuestro amor por nuestros hijos debe adaptarse a los cambios. Es la clave para que sobreviva ese lazo. Esto se manifiesta sobre todo en el afecto físico. Cuando son bebés, los abrazamos sin que se sonrojen. Es maravilloso amarlos de manera tan abierta. Cuando llega la educación preescolar, también llega una ligera sensación de que son un poco más “adultos” y, por ende, dependen menos de mamá. Quizá rechacen el afecto físico en público, pero lo agradecen a la hora de dormir. En la secundaria debemos ser creativas para demostrarles afecto físico. Se sienten incómodos con su cuerpo en desarrollo, y esto se refleja en su actitud hacia nosotras, así como con amigos y compañeros. Muchos se preguntan si aún son atractivos. El cambio de voz los cohíbe. Y los que no han alcanzado la pubertad se sienten tan incómodos como los que ya la alcanzaron. Son competitivos, muy atentos a cómo maduran sus compañeros. Si un amigo se afeita y él no, se siente inmaduro. Por otro lado, si se afeita y el amigo no, es posible que también se cohíba. No importa en qué etapa de la pubertad se encuentre, la mayoría se sienten incómodos al crecer. Y nosotras debemos ser sensibles ante su incomodidad.
Uno de los mejores regalos para nuestros hijos es que se sientan cada vez más a gusto con su cuerpo. Éste es un reto pues, como ya señalé, muchos se sienten incómodos con las muestras de afecto cuando llegan a la pubertad. Pero recuerda que, como aún requieren nuestro afecto, debemos ayudarlos a atravesar esas etapas de incomodidad, en especial porque nosotras somos la expresión original del amor en su vida. Si reducimos nuestro afecto, una parte de su interior se preguntará si ya no son dignos de amor como cuando eran más jóvenes; no permitamos que piensen eso. A pesar de su lenguaje corporal, hallemos maneras creativas pero respetuosas para comunicarles nuestro profundo amor. He escuchado a algunos decir que les fascina que su mamá sea afectuosa a la hora de dormir. Algunos me dijeron que algo muy reconfortante y cómodo, antes de acostarse, es un abrazo rápido, un beso en la mejilla y un “te amo”. La mayoría se oponen a las muestras de afecto frente a sus amigos, así que procuremos esos momentos de privacidad cuando nuestro afecto no los avergüence.
Emily hizo justo eso con su hijo, Timmy. Me dijo que, desde que tenía cinco años, jugaban juntos todas las noches. Cuando llegaba la hora de dormir y él necesitaba ir al piso de arriba para alistarse, uno de ellos miraba al otro para dar “la señal”. Luego, desde cualquier lugar de la casa, subían las escaleras corriendo para llegar a la habitación de él. El primero que llegara a la puerta y le diera un golpecito, ganaba. Este juego se prolongó por años. Si ella lo olvidaba, Timmy se sentía herido. Incluso cuando ya medía casi 1.80 metros, a la edad de doce años, ambos seguían corriendo hasta la puerta de la habitación.
Cuando Timmy llegó a la universidad, le pregunté sobre aquella tradición. Tan pronto como la mencioné, él sonrió. Yo aposté que extrañaba el juego.
—Extraño a mi mamá —me dijo—. Extraño cómo nos mirábamos uno a otro y extraño mucho su voz, sobre todo cuando la escuela se pone difícil. La llamo una vez a la semana y hablamos de cómo van las cosas. A ella le encanta que le cuente lo que hago.
Yo sentí curiosidad por saber lo que el juego significaba para él. Cuando se lo pregunté, luego de unos segundos me dijo:
—Sé que sonará cursi, pero sentí que la vida era buena. Cuando nos divertíamos por la noche, todo en mi vida era seguro. Es difícil describirlo. Además, me sentía amado por mi madre. Era algo sólo nuestro. Nadie más lo jugaba. Era muy afectuosa, incluso durante mi adolescencia lo jugábamos y me sentía muy, muy querido. Ella sabía que a veces me incomodaba si ella me abrazaba, pero el juego me dejaba saber que me amaba y disfrutaba igual que siempre. Eso significó mucho para mí.
El afecto puede expresarse de muchas maneras distintas. Y aunque nos incomoda que ellos crezcan, nunca olvidemos que, desde la perspectiva de nuestros hijos, el afecto les da la seguridad de que, a pesar de cambiar, nuestro amor por ellos no lo hará. Tampoco que el amor compartido con ellos necesita expresiones diferentes —aunque su esencia permanezca inalterable— para adaptarlo a las necesidades de nuestro hijo y asegurar que nuestro amor lo fortalezca sin asfixiarlo.
Cuando entendemos que su adolescencia conlleva tantos cambios confusos que a veces se descargan con nosotras para enfrentarlos, ya no entramos en pánico ante la idea de que ellos no nos quieren ni necesitan. Eso no es cierto. Nos necesitan más que nunca en esa etapa de grandes transiciones, necesitan sentirse seguros de que son fuertes, capaces y dignos de amor. Y que su madre les comunique esa afirmación.
Cuando se agobian por las relaciones, la tarea escolar, los deportes, etcétera, muchas veces se distancian emocionalmente de su madre. Y, cuando lo hacen, gruñen a su progenitora o le hacen comentarios sarcásticos. Es difícil no sentirse herida ante un comentario brusco, pero debemos resistir para mantenernos en calma y alerta. Mientras pensamos en maneras de expresar nuestro afe
