Comentarios a Recordar a los difuntos
“He seguido siempre seducido y atento la escritura de Arnoldo Kraus; su saber mirar y comprender el instinto de la melancolía humana; ese talento que parece a la hora de conversar con la muerte y tornarla vitalidad, pregunta y compañía. Sus recuerdos nos pertenecen. Recordar a los difuntos es un libro que despierta el deseo de apropiación ya que, en esa eterna batalla contra la soledad, los que se fueron se encuentran a nuestro lado: los viejos, los amigos, y parientes fantasmales, la madre que camina hacia su infancia. He aquí un libro de un hombre sabio, difícil de encontrar en nuestros días.”
Guillermo Fadanelli
“Sobra la genialidad de este libro, pero quizá lo más asombroso sea que uno no alcanza a saber si lo escribe un médico, un estilista literario, un hijo o los tres. La inteligencia, la sensibilidad, la empatía y la delicadeza con la que aquí se conduce al lector por ese espacio tan profundo y tan ancho como es el duelo son, sencillamente, demasiado humanas. Recordar a los difuntos es un libro extraordinario.”
Emiliano Monge
“En estas páginas lúcidas y adoloridas nos volvemos testigos de una gran aventura existencial: un hombre observa con toda la compañía posible el deterioro de su madre, la mente que viaja de pronto de otra manera, el tiempo que se resquebraja, los difuntos que se vuelven presencias, las vidas posibles y la que se escapa. Él la escucha, reflexiona y anota. Arnoldo Kraus reaviva uno de los poderes más grandes de la escritura: ante la fragilidad extrema de la vida y su fugacidad, ayudarnos a vivir. No exagero revelando que para quien lo lee y se deja tocar por su luz y por su sombra, este libro se vuelve indispensable.”
Alberto Ruy Sánchez
“En este libro, Arnoldo Kraus encierra la muerte de su madre en la conciencia viva de su dolor. Es una impresionante reflexión sobre la muerte; un hilo de pensamientos que no quiere terminar, impregnado del olor a melancolía que ha descubierto y que presenta con gran ternura. Es una lectura indispensable para quienes se interesen en el tema de la muerte: ¿y quién no se preocupa por ese tema?”
Roger Bartra
“‘Esta larga enfermedad, la vida’, escribió Giacomo Leopardi. Y con él, numerosos románticos fortalecieron la idea de que vivir es una patología que no termina sino con la muerte. Como médico, Arnoldo Kraus ha enfrentado varias veces la proximidad y llegada de esa catástrofe biológica. Como escritor, debe resolver cotidianamente el misterio insondable de la existencia. Este libro, acaso el más personal de los suyos (pero qué libro no es personal en su caso), puede ser leído fragmentariamente. Todos los párrafos integran un cuerpo común, pero emprender la lectura fragmentaria nos otorga otro tipo de iluminación. ‘Iluminaciones’ es una palabra frecuente en la escritura de Arnoldo Kraus: acumula palabras que no nos conceden descanso y al final de ellas nos queda un deslumbramiento. No hay respuestas sino interrogantes. La misión del escritor es sembrar dudas y enfatizar, como lo hace este libro ejemplar, el sentido de la vida: dar a cada minuto la plenitud que merece.”
Vicente Quirarte
Prólogo Recordar, siempre recordar
Los cementerios son casas inamovibles, espacios sui géneris, testigos inmutables. Lo saben los pinos, las noches, los cipreses, los epígrafes. En ocasiones priva el silencio, otras veces dominan el llanto, el dolor. Sus habitantes dan cuenta de esas realidades. Los muertos jóvenes suelen recibir visitas frecuentes; sus tumbas limpias, íntegras, con flores frescas o piedras sobre las lápidas, como es la costumbre judía, reflejan la cercanía de amigos y familiares. Reflejan también el tiempo de los vivos y los legados de los difuntos. El dolor habla. El dolor acerca.
Conforme transcurren los años, los muertos viejos quedan rezagados: las tumbas deterioradas, quebradas, sucias, sin visitas, confirman el paso del tiempo y la carga de los años. Fenecen familiares, enferman amigos, algunos seres cercanos migran. Lo que perdura es la memoria, ese espacio único, complejo, vivo en imágenes y palabras, o fugaz y silencioso. Olvidar y recordar no son antónimos. Olvidar depende de la voluntad. Recordar es un acto involuntario. Al recordar, la memoria ejerce su oficio: o aviva el pasado y embellece el presente, o destruye y hiere. La memoria de los muertos forma parte de los días de los vivos. Con los muertos no se muere, se cambia.
Las tumbas de los padres están tapizadas de vivencias, de anécdotas, de caminatas. Si fuese posible destejer las palabras inscritas en la piel, en la memoria, uno, hijo, hija, daría cuenta de algunos fragmentos de sus vidas, de sus historias, de sus tiempos, de sus pasados, de tristezas y alegrías, del mundo viejo, del mundo joven y de la lógica de la muerte. Kate Tempest, poeta británica, invita: “We die so that others may live, we grow old so that others may be young” —“Morimos para que otros puedan vivir, envejecemos para que otros sean jóvenes”—.
Recordar a los difuntos es un tributo a la vida de mi madre. Escribirlo, como toda escritura vinculada con familiares y amigos, fue una auto radiografía, una suerte de abrevadero donde el pasado dictaba y el presente hablaba. Las palabras son retratos, retazos de quien escribe, y fragmentos e historias de sus otros. Las radiografías penetran y disecan el cuerpo. Las palabras lo recorren e interpretan. Armarse de artilugios y letras son opciones para continuar el camino. Eso fue y eso es Recordar a los difuntos, un espacio donde confluyen los seres cercanos que me construyeron, en este caso Helen, mi madre, y los yoes lejanos donde habitamos parte del tiempo, nutridos por el entorno y el mundo.
En ese tejido, el de los incontables yoes propios y ajenos, descansan estas reflexiones, una suerte de mínima auto radiografía. Sin palabras no somos. Sin el universo humano y físico de los otros yoes no somos.
Primera entrega Convivir con los recuerdos
I
—Hola, Ma, buenos días, ¿cómo estás?
—Bien. Ya se me hizo tarde. Voy a la escuela.
—¿A cuál escuela?
—A la primaria, a la de Polonia. Aquí no fui a la escuela.
II
—Anchul, ¿y tu papá?
—Moi murió hace casi veinte años.
—¿Estás seguro? Ayer me habló.
—No puede ser, Ma, acuérdate, lo visitas en el panteón.
III
Pienso en mi madre vieja, muy vieja. Ha acumulado casi nueve décadas; en pocos meses dejará la octava y será nonagenaria. Un santiamén en el tiempo del universo, una vida muy larga en la vida de los suyos. Maltrecha y desgastada, habla de la vida. La muerte no ha entrado en su escenario. Mira hacia otros lados. Se cuenta sus historias. ¿De dónde asirse sino del pasado? Continúa apostando. Helen no ha leído a Alexander Herzen; le hubiese gustado hacerlo. Este filósofo ruso sugiere, con razón, que el objetivo primordial de la vida es la vida misma, “que el día y la hora eran fines en sí mismos, no medios para otro día u otra experiencia”. Herzen tiene razón: Vivir, sin más, con la alegría o la tristeza propia del día, permite acomodarse en el duro trajín de la vida.
En el inagotable espacio de encuentros, unas veces programados, otras veces por azar, en ocasiones urdidos, con frecuencia imprevistos, mi madre vieja arroja cada mañana sus dados. Si su azar triunfa, la vida sigue, si el azar amigo no acude, la vejez golpea en otro sitio.
La serendipia no sólo es asunto del destino, es trabajo del deseo y fruto de la pasión. El destino golpea menos cuando el esfuerzo y la(s) lucha(s) se alzan contra él. La idea de Einstein: “El azar no existe; Dios no juega a los dados”, debe mirarse primero de cerca, después de lejos. Dios, en efecto, no juega a los dados; esa idea la pregonan sus fieles. El azar, en cambio, sí existe: su prevalencia depende no sólo de lo inexplicable sino de la vitalidad de la persona. Los dados, sus formas, sus vaivenes, el número de veces que se tiran y recogen y el tiempo que se les dedica, favorecen o disminuyen el azar.
Cada mañana Helen arroja sus dados. Cinco en uno y cinco en el otro no basta. Requiere seis y seis; de no ser así, agosto 6, agosto noventa años, quizás nunca llegue. Cuando el telón empieza a bajar, apostarle al azar es necesario. Las cuerdas del suyo están deshilachadas, la tela está roída y algunos engranes desgastados muestran el óxido del tiempo. Mi progenitora ha acumulado muchos años. Su tiempo es un tiempo enfermo. Habitar la vida ya no le es posible.
IV
Hoy me levanté más temprano que otros días. Veo en mi celular: 5:30 a. m., domingo. Desde hace muchos años duermo pocas horas, cinco o seis a lo sumo. A la mayoría de los médicos les bastan cinco o seis horas de sueño. Durante el entrenamiento hospitalario se acostumbran a dormir poco. Te buscan a deshoras, te hablan por la noche, duermes con pijama hospitalaria. El oficio te enseña y te exige.
Desde hace seis meses, quizás más, al dormirme, pienso que Sonia o Norma me hablarán y dirán estas palabras: “Está mal su mamá, respira con dificultad”. Sonia y Norma son las enfermeras de Helen. Hacen turnos, la cuidan. Mi madre tiene fuerzas para pervivir, no más; depende del cuidado de las enfermeras.
Hoy me levanté más temprano. Tenía una discreta taquicardia, y un, ¿cómo decirlo?, pequeño agobio. Los enfermos viejos no duran mucho. Cuando empieza la caída, nada la detiene. Lo dicen los artículos médicos, lo comprueban los ancianos. Helen tiene 89casi90años y una ristra de males propios de su edad.
* * *
Tomo el libro que leo, Suite francesa. He subrayado muchas ideas. No es para menos: la vida de Irene Nemirovsky fue cruda, dura. Morir en un campo de concentración, encargando a las hijas de trece y siete años a su tutora, supera lo indecible, lo impensable.
He platicado con algunas víctimas; dicen muchas cosas, todas, para quienes no lo hemos sido, impensables. Al escucharlas aprendo. Una guatemalteca, prisionera durante dos años, sin razón, como tantas víctimas del Poder omnímodo, me contó algo así: “Ni siquiera la piel nos cubría. Conforme pasaba el tiempo, todo se traslucía: el hambre, el deseo de morir, la prisa por impedir que la incertidumbre acabase con uno”. Una paciente, violada por tres (o más) hombres, durante tres días de cautiverio, recuerda, cada día, todos los días, la infamia: “Tardé en aceptar y regresar a la vida. Vivo ‘un antes y un después’. Pensé que podría olvidarlo. No lo he conseguido. El acto, estoy segura, es más brutal que la propia muerte. Sus rostros, tres años después, siguen apareciendo por doquier”. Leo sobre personas vejadas o abusadas y cuando tengo oportunidad platico con ellas. Durante el nazismo, los Kraus y Weisman fueron maltratados y asesinados.
Bajo por un café. Recojo el periódico. Los encabezados de la primera página presagian el fin del mundo. Me adentro en algunas noticias, “qué jodido está el mundo, qué jodido es el ser humano, pobres hijos, pobres nietos”, me digo en voz queda, le sugiero a los dados de Dios.
Continúo leyendo. Son las 8:00 a. m. Si no me hablan temprano, prefiero aguardar. Ante el miedo —¿cuándo me avisarán que mi madre está muy mal, casi muerta?— cada quien teje sus resquicios. Cuando el dolor merodea, tejer y destejer es un buen ejercicio. Ir y regresar; regresar para después ir. Dejo al lado el periódico, “el ser humano es una mierda”, concluyo por enésima ocasión.
—Buenos días, Sonia.
—Su mamá durmió mal. Estuvo muy intranquila. Está despierta, ¿quiere hablar con ella? No entiendo lo que me dice. No está hablando en español.
—Hola, Ma, buenos días.
—…
—Hola, Ma, ¿cómo estás?
—… # …¡…?
—No te entiendo.
—Nadie me contesta. Todos se han ido. Tengo que saber, nadie me contesta.
—¿A quién buscas?, ¿qué quieres saber?
—Tú sabes. A mis amigos y familiares de Polonia. Hace poco estuvieron conmigo. Ahora no los encuentro. Necesito hablar con ellos. No me contestan. Ellos saben. Búscalos.
V
Las palabras no son neutras. O dan en el blanco o fallan. La puntería depende de la caligrafía y de sus razones. Las primeras se incorporan al quehacer de la vida; las segundas, aunque aparentemente se van, tiempo después regresan. Poco importa si la caligrafía es bella o no. Bastan sus razones, suficiente es leer las palabras.
—Hola, Ma, ¿cómo estás?
—Bien, ya me voy a la escuela.
Las palabras jamás son inocentes…
son culpables, son amigas,
son efímeras,
son perpetuas,
son enemigas.
Las palabras son destino.
Las palabras no son neutras, siempre tienen significado: siembran amistad o condenan a muerte. Todo cabe en ellas, entre ellas: desplazarlas, sustituirlas, borrarlas, enriquece. Algunas duelen como si fuesen heridas. Otras adoquinan la vida. No todas las que se borran, como sucede con las computadoras, desaparecen: la tecla delete transforma, no suprime: llegan nuevas letras, nuevas ideas.
Las piras para acabar con libros prohibidos y suprimir ideas durante las locuras del ser humano triunfan sólo por un tiempo. Comunistas, nacionalsocialistas y fanáticos religiosos, entre otros grupos ultras, han tenido la manía de prohibir libros. Las palabras renacen dentro de sus propias cenizas. Incluso, lo ignoran los criminales, renacen con más fuerza. Y no sólo renacen, contagian. Se marchan un tiempo, regresan después. No es posible acabar con ellas. Vuelan de un lugar a otro y con el tiempo se encuentran, se reconocen, se agolpan. Forman nuevos enlaces en busca de significado, la a espera a la r, ésta a la z y todas a todas. Nunca se agotan. Las palabras son sus letras: se encadenan, se hablan, se juntan. Así como las palabras viejas generan nuevas palabras, las palabras borradas regresan, y en el viaje de retorno siempre recuerdan.
Las expresiones hechas cenizas viajan ligero, carecen de fronteras: llegan tan lejos como el viento, viajan tan largo como el polvo. De poco sirve quemar libros. Los hijos de los difuntos, los lectores de los difuntos y los nuevos libros hablarán con las ideas recogidas de las cenizas y escribirán nuevas historias sobre viejas verdades. Los campos de exterminio nunca fenecen: siempre nace algo distinto, siempre llega el después. El desarraigo —esa guerra de tierra quemada— duele menos cuando las palabras logran entrelazarse. Las letras arraigan: son la clave en la que se afinan los sonidos del útero.
Sobre la tierra marchita, agostada, al lado de los muertos, alguien dice una oración, otro la escucha, la repite; una persona cercana la anota, la divulga, la contagia; al igual que las cenizas las palabras penetran los recovecos más íntimos. Algunas poseen significados especiales, destacan las que se construyen en silencio; ahí, bajo el cobijo de la quietud, se escuchan mejor. Escucharlas y recogerlas no sólo nos transmite significados: nos recrea, nos pregunta, nos dirige hacia otros sitios. Somos palabras. Helen va a la escuela…
Las palabras compartidas contagian. El contagio, cuando los vocablos implican lucha, apaga piras y nutre: muchas luchas se engendran y se contagian gracias a ellas. Perder o ganar depende también de la fuerza de las ideas.
La muerte escrita está representada en las inscripciones sobre las lápidas. Quien haya visitado cementerios y leído epígrafes lo sabe. Cuando acudo a un sepelio me detengo frente a algunas tumbas y los leo. Resumir una vida tras la muerte, aunque complejo, es necesario. El tributo reúne al muerto y a quienes lo amaron. Los humanos seguimos costumbres, con dificultad las desechamos. Por eso los epígrafes en las lápidas.
Los epígrafes no son para e
