La Navidad en las montañas y El Zarco

Ignacio Manuel Altamirano

Fragmento

La Navidad en las montañas y El Zarco

Prólogo
ALTAMIRANO: EL MAESTRO DE LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS

“¡Soy indio, indio puro, indio por los cuatro costados!”, exclamaba regocijado Ignacio Manuel Altamirano, sacudiendo su melena y animando su “cara de león”, una noche de tertulia de 1888 en un apartamento del Hotel Iturbide. Así lo recuerda Federico Gamboa, y afirma: su conversación era atractiva y brillante, “por venir de un indio que, sin pontificar sino con una naturalidad encantadora, hablaba de clásicos griegos y latinos, de literaturas extranjeras, de la nacional, con un aplomo que demostraba su conocimiento antiguo de ellos”.1 Los lunes por la tarde, en la vivienda de Fanny Natali de Testa –la famosa cronista musical que firmaba como Titania– solían departir artistas como Gustavo Campa, Ricardo Castro y Pepe Vigil, y prima donnas como Soledad Goyzueta y Rosa Palacios.

Esa noche, cuenta Gamboa, “rodeamos a Altamirano, que charlaba de cuanto hay, y pasó a hablarnos de los bosques de su tierra, del puerto de Acapulco, de noches estrelladas y tibias, del mar y de sus versos. Luego habló de la Intervención Francesa, de la parte que él asumió en su contra, de los peligros corridos, de cómo una vez cruzó con un látigo el rostro de un oficial austriaco, cuyo retrato conservaba en el álbum de su casa: ‘Y lo tengo de cabeza’, añadió con risa infantil”.2 El recuerdo, ubicado antes de la partida –sin regreso– del Maestro a Europa en agosto de 1889, recoge la imagen de uno de los hombres más influyentes en la vida literaria y política de México: novelista, poeta, cronista, crítico literario, historiador, profesor de la Escuela Nacional Preparatoria, magistrado de la Suprema Corte de Justicia, político y militar. Corrió una suerte parecida a la de Benito Juárez, al elevarse desde los márgenes y la exclusión para ocupar uno de los principales puestos: en su caso, en la República de las Letras.

Ignacio Homobono Serapio (1834-1893), hijo de Juana Gertrudis Basilio y Francisco Altamirano, nació en Tix­tla –actual estado de Guerrero–, región que entonces pertenecía al Estado de México. Su fecha exacta de nacimiento ha sido motivo de discusión; su filiación completamente indígena, también; lo cierto es que Altamirano celebraba su cumpleaños cada 13 de noviembre y no dejó, durante toda su vida, de enarbolar su procedencia con orgullo y con estrategia autoenaltecedora.

Altamirano pisó por primera vez la escuela a los doce años y no había estudiado antes el idioma español. Ahí se sentaba separadamente a los llamados niños “de razón” –hijos de criollos y mestizos– y a los que, según esa arbitraria clasificación, no eran “de razón”; es decir, a los indígenas. Estos aprendían solamente lectura y memorizaban el Catecismo del Padre Ripalda, libro que, muchos años después, el maestro Altamirano calificaría como “monstruoso código de inmoralidad, de fanatismo, de estupidez, que, semejante a una sierpe venenosa, se enreda en el corazón de la juventud para devorarlo lentamente”.3 Este tipo de educación le daría motivos para proponer, en las décadas de 1870 y 1880, con base en un diagnóstico de la escuela “confesional y libresca”, un proyecto que emulara los sistemas de los países más avanzados, comenzando por la impostergable fundación de una Escuela Normal de Maestros.4

Excepcionalmente, por ser hijo del alcalde indígena de Tixtla, Ignacio fue incluido con los niños que estaban destinados a adquirir conocimientos superiores, y gracias a una ley que obligaba a los gobiernos estatales al pago de algunas becas, obtuvo una para estudiar en el Instituto Científico y Literario de Toluca entre 1849 y 1852, donde fue discípulo de Ignacio Ramírez, El Nigromante, quien sería uno de los modelos políticos, filosóficos y literarios más importantes en la formación de Altamirano como intelectual.5 Ramírez impartía cada domingo una clase de Bella Literatura en el Instituto, de la cual Altamirano afirma: “Allí se formó nuestro carácter, allí aceptamos nuestro credo político al que hemos sido fieles sin excepción de una sola individualidad […]; ni un solo discípulo de Ramírez, en el Instituto, ha renegado de los principios liberales y filosóficos que les inculcó el Maestro”.6 El otro gran modelo –de quien aprendió “la firmeza en los principios y el amor por el Sur”7– fue el general Juan Álvarez, militar guerrerense a quien apoyó en los años cruciales de la Revolución de Ayutla que derrocó al presidente Antonio López de Santa Anna.8

A Juan Álvarez acudió el adolescente Altamirano cuando fue expulsado del Instituto porque, recién creado el estado de Guerrero, no lo cubría ya la beca por haber dejado de ser mexiquense, y debido también a que algunos condiscípulos le gastaron una broma pesada que lo hizo quedar como autor de unos versos obscenos. Álvarez intervino, sin duda. En la primera carta que se conserva de Altamirano, éste deja una reveladora imagen de sí mismo y de su circunstancia; Jesús Sotelo Inclán sospecha que algún adulto compadecido del muchacho expulsado ayudó en la redacción de dicha epístola. Específicamente, cree encontrar la mano de Ignacio Ramírez, por quien Altamirano sintió, dicho por él mismo, “una admiración sin límites, un afecto de veneración y de cariño filial”.9 Expuso Ignacio Manuel en 1850:

Yo protesto, señor, mi inocencia. Siempre he abrigado en mi corazón buenos sentimientos y mucha delicadeza […]. Suplico vehementemente a vuestra excelencia siquiera por la miseria de mi familia que está esperanzada en mí, por mis padres, por mis disposiciones para la literatura, se digne interceder por mí con el señor gobernador […]; de esta manera protegerá vuestra excelencia a una familia indigente que no tiene más apoyo, ni más esperanza que yo.10

Después del Instituto hay una etapa poco documentada en su vida. Alguna carta y la referencia de distintos biógrafos permiten afirmar que el veinteañero Ignacio Manuel estuvo encargado de algunas comisiones importantes por los revolucionarios del Sur, incluso a las órdenes directas del insurgente Juan Álvarez. Es muy probable que a los partidarios del Plan de Ayutla, “acosados por la vigilancia policiaca de Santa Anna”, les fuera más redituable “usar en la realización de comisiones riesgosas a un joven desconocido, de tipo marcadamente indígena, que a un militar de cierta fama aun cuando pareciera protegerlo su prestigio de veterano de la Independencia”.11 A finales de 1855, Altamirano contaba con la simpatía del grupo liberal, por lo que la Junta Patriótica de Cuautla lo eligió para pronunciar su primer discurso político público el 16 de septiembre. Tres meses después obtuvo una recomendación del presidente de la República, Juan Álvarez, para que le fuera otorgada una beca, con la cual ingresó al Colegio de San Juan de Letrán. En esa institución se graduó de bachiller y de abogado, y ahí fue, posteriormente, catedrático de latinidad.

Altamirano transitó de la juventud a la madurez durante una época determinante para el rumbo político que tomaría el país tras las primeras décadas de vida independiente: fueron, consecutivamente, los años de la Guerra de Reforma, la Intervención Francesa y el Segundo Imperio. Las luchas entre liberales y conservadores, primero, y entre republicanos y monarquistas, después, mantuvieron ocupadas las mejores mentes de la época. Cada bando pugnó por hacer prevalecer sus principios, aunque ello significara una guerra fratricida que impidió el desarrollo económico. La participación de Ignacio Manuel en la guerra contra la Intervención Francesa aparece documentada en un certificado firmado por el general Vicente Jiménez, quien consigna que fue asesor militar y redactor de El Eco de la Reforma desde junio de 1863 hasta julio de 1867. Esto es, Altamirano participó con la espada y también con la palabra. Otros escritores combatientes no sobrevivieron a esa “década nacional”: el poeta Juan Valle fue humillado públicamente en Querétaro por los conservadores; el jovencísimo novelista Juan Díaz Covarrubias, estudiante de medicina, fue fusilado en Tacubaya por el general conservador Leonardo Márquez; en tanto, Florencio M. del Castillo fue torturado en San Juan de Ulúa.12

Los periódicos –principales medios de difusión y vulgarización de las ideas– centraron su atención en la discusión política. Más que la noción de periódico noticioso que hoy tenemos, el periodismo decimonónico fue un espacio de exposición doctrinaria; las facilidades que dio este medio a la divulgación de todo tipo de novedades –en el pensamiento, en la técnica, en la administración, en la estética– fueron aprovechadas por escritores de uno y otro bando para intentar convencer y formar una opinión entre los lectores. Altamirano perteneció a la segunda generación de liberales que utilizó la prensa como palestra durante los momentos más críticos de la formación política de México, y como sus antecesores, comprendió que la configuración de una voz y de una personalidad literarias corrían parejas con la elocuencia de su ideario político; elocuencia entendida como la eficacia para deleitar, conmover o persuadir por medio de la palabra, la cual consiguió en los distintos campos en los que tuvo una influencia determinante: el literario, el político y el educativo.

Aunque abocada a la discusión ideológica, la literatura se abrió paso entre las páginas de la prensa bajo la idea, muy difundida entonces, de que las “bellas letras” mostraban el grado de civilización de un pueblo. Esa justificación concordó con la tradición ilustrada, que consideraba la educación –el contenido aleccionador o didáctico– como una de las funciones sustantivas de los textos literarios; se otorgó así utilidad política a lo que, por otra parte, era materia central del negocio editorial: la ficción era ya, hacia mediados del siglo XIX, uno de los principales atractivos para la suscripción a publicaciones periódicas. La novela, género en franco ascenso, alcanzó hacia la segunda mitad del siglo su máxima popularidad. La influencia de Altamirano fue determinante en las características que adoptó la escritura de este género en México, debido, en primer lugar, a la personalidad literaria tan influyente que se formó y desde donde propuso directrices para su cultivo; y en segundo lugar, a la propuesta clara, coherente y necesaria que construyó, en su momento, para su consolidación como género capaz de combinar lo útil con lo dulce.

Ignacio Manuel Altamirano encarnó la más extrema de las oportunidades que trajo consigo la Independencia: la de que un indígena llegara a formarse de manera notable en las instituciones, obtuviera un título de abogado y ocupara diversos puestos académicos y políticos como profesor de literatura en la Escuela Nacional Preparatoria, diputado al Congreso de la Unión, magistrado de la Suprema Corte de Justicia y embajador mexicano en París. Desde la autoridad moral que le dio haber dominado, ya adolescente, una lengua que no era la materna, y con ello haber alcanzado un lugar prominente por sus propios méritos, Altamirano articuló teóricamente –así lo ha estudiado Doris Sommer– un modelo que cumplía una función social en momentos críticos para la nación: la novela, en tanto literatura, permitiría el avance de las letras hacia la emancipación de la belleza como valor estético, al mismo tiempo que podría ser explotada en tanto vehículo ideológico que se comunicara con la sensibilidad de las personas para convencerlas de las bondades de la ideología liberal. Este uso propagandístico hoy puede parecer excesivo, pero en su momento fue uno más de los recursos en la contienda para ganar el favor de la opinión pública, pues el encono entre dos posiciones extremas e irreconciliables generó una crisis social mayúscula.

El devenir de Altamirano, a partir de sus discursos y palabras, nos da oportunidad de observar, en su persona, la profunda transformación que debió de ocurrir también en el colectivo social. Así, durante una de las décadas más difíciles de la historia nacional en el siglo XIX –por haber transitado de la Guerra de Reforma a la Invasión Francesa, seguido del Segundo Imperio encabezado por Maximiliano para culminar con la restauración de la República–, podemos trazar una línea que va desde la posición más radical que tuvo el tixtleco a inicios de los años sesenta, hasta el liderazgo reconciliatorio que propuso una vez que había triunfado la República. En el extremo radical destacan sus discursos contra la Ley de Amnistía y contra Manuel Payno, leídos ante la Cámara de Diputados en julio de 1861. Ahí gana Altamirano el sobrenombre de “Marat de los Puros” –es decir, jacobino ferviente, liberal extremo– al exponer con maniqueísmo: “O somos liberales o somos liberticidas. O somos legisladores o somos rebeldes. O jueces o defensores. La nación no nos ha enviado a predicar la fusión con los criminales, sino a castigarlos”.13 Días después, durante el juicio contra Payno, afirmó: “los errores en política son crímenes, y los crímenes se expían con la cabeza”,14 y esta vez no hablaba en sentido figurado.

En cambio, al final de esa misma década, las Veladas Literarias (1868) y la fundación de la revista El Renacimiento (1869) convocan a la concordia y a la “restauración” de la literatura mexicana. El artículo introductorio del semanario, firmado por Altamirano en nombre de los redactores, hace un diagnóstico del abandono en que se hallaron las letras durante la guerra, y propone a los escritores la construcción de una literatura que reivindique a la patria “de la acusación de barbarie con que han pretendido infamarla los escritores franceses, que en su rabioso despecho quieren deturpar al noble pueblo a quien no pudieron vencer los ejércitos de su nación”.15 No obstante estas acusaciones, el llamado a la unidad nacional es generoso al convocar “a los amantes de las bellas letras de todas las comuniones políticas” para que, por medio de la literatura, logren “apagar completamente los rencores que dividen todavía por desgracia a los hijos de la madre común”. Ahí publica Altamirano, en varias entregas, una novela titulada Clemencia, palabra singular que resuena aún en los oídos de quienes casi una década atrás, escucharon los discursos en que afirmaba: “la clemencia en teoría es bellísima […], pero en la práctica nos ha sido siempre fatal”,16 y llamaba a no tener clemencia sino “rigor para castigar” porque “perdonar es suicidarse”.17 El investigador Vicente Quirarte explica dicho cambio en estos términos: “El joven que en 1861 pedía la cabeza de sus enemigos, no ha claudicado de sus principios: ha evolucionado del modo en que lo ha hecho su país”.18 Finalmente Altamirano mismo había dicho: “la clemencia, como todas las virtudes, tiene su hora”.19

Con la República Restaurada había llegado la hora de conciliar para poder instalar en la vida cotidiana los triunfos políticos liberales, que no fueron pocos. Tal vez el reto más grande haya sido la secularización del pensamiento: el tránsito de las costumbres de clausura a las del siglo, es decir, a las del mundo. El principio de laicidad, que implica la separación entre la sociedad civil y la religiosa, fue incorporado de manera rigurosa por los gobiernos liberales: para la vida pública mostraron una independencia respecto de creencias o credos religiosos que muchos de ellos practicaban, pero en el ámbito privado. Los sectores más avanzados habían comprendido la necesidad de que el Estado, al crear el Registro Civil, administrara las áreas y funciones que antaño manejara la Iglesia católica: el registro de nacimientos, muertes y matrimonios; indispensable también resultó la superposición de un calendario cívico que configurara la organización social de manera laica, suprimiendo o transformando las festividades religiosas; se alcanzó la ley de libertad de cultos y, de manera relevante, el Estado asumió la administración y supervisión de la educación básica y superior. Inició los trabajos legales y logísticos para hacer laica, gratuita y obligatoria la educación primaria, y fundó la Escuela Nacional Preparatoria hace ciento cincuenta años, cuando el bando liberal derrotó al Imperio encabezado por Maximiliano de Habsburgo.

José Luis Martínez fue de los primeros en señalar la importancia, para la crítica y la historia literarias, de la actividad desplegada por Altamirano desde 1867 hasta 1890, pues hacia 1893 “la autoridad de su palabra dejó de ser oída por una nueva generación, la de los modernistas”,20 o más precisamente, la de los decadentistas.

En agosto de 1868, Altamirano publicó sus primeras Revistas literarias, que Martínez señala como la inauguración de “una etapa decisiva en la historiografía de la literatura mexicana”;21 se trata de una serie de panoramas literarios en que registra y evalúa –desde su visión ideológica liberal– los libros y autores de la literatura mexicana desde 1821 hasta su presente. Sus juicios son, a veces, poco objetivos o desproporcionados –salvo excepciones, solía ignorar las producciones provenientes de escritores conservadores–; no obstante, tenían una de las virtudes que caracterizarían al Maestro: la de animar la escritura literaria de sus contemporáneos y, principalmente, la de los jóvenes.

La aportación fundamental de estas revistas fue que con ellas realizó el primer gran ordenamiento literario, con lo cual articuló “retrospectivamente, siempre en función del presente”,22 una tradición –autores, géneros, temas, modos discursivos, nociones estéticas, visiones del lenguaje– que aspiraba a validar una idea de literatura que, si no recién fundada, sí parecía refundarse definitivamente con la restauración de la República, etapa a la que se conoció como “segunda independencia de México”. Se creaba, así, simbólicamente, una comunidad imaginada: la nación, y con ella podía concretarse una autonomía para la literatura que, a la postre, podría desligarse de la función ideologizante. Manuel Gutiérrez Nájera y la generación modernista-decadentista continuaron con la emancipación de la literatura respecto a la función pública que parecía haberle impuesto el Estado.23 Sin embargo, no puede negarse la utilidad de que el proyecto literario se fundiera con el político como estrategia de defensa simbólica frente al invasor, porque demostrar la existencia de un campo literario autónomo era resultado o epifenómeno de un sistema político moderno.24

Si parece exagerado o prematuro que en 1869, al dar por concluida la publicación de El Renacimiento, Altamirano afirme que el objetivo al que aspiraron al fundar la revista fue: “impulsar el progreso de la bella literatura en México”, se hallaba “completamente realizado” –más aún, que el movimiento literario que se notaba por todas partes era “verdaderamente inaudito”–,25 lo cierto es que Altamirano articuló, en su doble faceta de creador y de crítico, una propuesta de literatura nacional que entusiasmó y dio rumbo a la escritura de muchos de sus seguidores. Las revistas literarias publicadas en la prensa, las Veladas Literarias organizadas por el grupo La Bohemia Literaria, las novelas y relatos leídos en tertulias y publicados luego, abonaron a “la formación crítica de lectores para la discusión de asuntos públicos, para la configuración de un repertorio de temas y géneros literarios, y, finalmente, para la instalación de ciertos modelos discursivos hegemónicos en Occidente”,26 los cuales dieron un rostro particular a la modernidad latinoamericana. La independencia estética que alcanzará el discurso literario hacia los últimos años del siglo no se explica, entonces, sin la escritura programática, pero modernizadora, que impulsó el Maestro.

Como ha señalado Huberto Batis, Altamirano y otros próceres del tiempo “habían hecho posible que existiera en México una de las mejores figuras renacentistas: la del hombre de armas y letras”.27 Si en la juventud el Maestro pronunció muchos discursos y publicó principalmente poesía, en su madurez prefirió la novela y los estudios de crítica e historia literarias que consolidaron su reputación como literato, crítico e historiador. En las Obras completas reunidas en 24 tomos, bajo la cuidadosa coordinación de Nicole Giron, hoy pueden leerse esas Revistas literarias en versión íntegra, publicadas originalmente en el periódico La Iberia, así como los artículos literarios y de crítica artística, las biografías y los prólogos escritos a lo largo de los años.

La crónica fue también un género que le permitió combinar la crítica social desde una perspectiva literaria; la vida de la Ciudad de México, principalmente en la década de los ochenta, quedó retratada por su pluma: la Alameda, Chapultepec, el Paseo de Bucareli, Plateros, San Francisco, La Candelaria de los Patos, etcétera. Teatro, ópera, música, modas como el cancán o costumbres como las de los cócoras –que reventaban las representaciones teatrales o musicales con sus impertinencias–, sopranos, músicos, cantantes y bailarinas fueron inmortalizados en sus crónicas de espectáculos.

La crónica de viajes, en particular, le pareció un género que conjugaba la enseñanza y el deleite estético. En el prólogo que hace al Viaje a Oriente de Luis Malanco, en 1883, afirma: “enseñan más los libros de viajes que los libros metódicos”, pero aclara el valor subjetivo: “lo que deja frío al hijo del Norte, conmueve al hijo del Mediodía; lo que nada dice al espíritu mercantil, arrebata al poeta y al artista”;28 ahí podemos observar cómo actualiza y da vigencia al programa nacionalista enunciado desde una década atrás. Al quejarse de que los mexicanos han escrito poco acerca de su propio país, explica: “figúrasenos que hablar de nuestras poblaciones, de nuestras montañas, de nuestros desiertos, de nuestros mares, de nuestras costumbres y de nuestro carácter, es asunto baladí, y que al ver escrito en una página de viaje un nombre indio, todo el mundo aquí ha de hacer un gesto de desdén”.29 Negando casi la existencia de crónicas de viajeros mexicanos por territorio nacional, deja un listado de autores como Guillermo Prieto, Antonio García Cubas, Justo Sierra O’Reilly, Luis de la Rosa e Ignacio Ramírez. En esa escritura deben filiarse las descripciones viajeras que hace Altamirano de San Ángel, Tizapán, Tacubaya, Mixcoac, Tlalpan, Xalapa, Amecameca, Acapulco, etcétera.

El relato viajero, adscrito a los valores del espacio autobiográfico, le permite a Altamirano conjugar la ficción con cierto “excedente” de veracidad y realidad a la manera de Goethe –viajero romántico–, quien extiende lo autobiográfico a toda literatura, la novela inclusive. Sin embargo, debe destacarse a Ignacio Manuel Altamirano como uno de los cultivadores de un género poco estudiado y poco editado en México –entre otras razones, porque no se conocen, no se publican o han sido destruidos–: los diarios íntimos o privados.

El investigador y crítico Fernando Curiel señala la importancia de estos documentos que devuelven una visión íntima, exacta y constante desde un tipo de texto excepcional en nuestras letras, en los que puede apoyarse la confección de una biografía contemporánea del “Altamirano maduro, el último Altamirano”.30 Sobre su partida como diplomático, primero a España, luego a Francia –¿voluntario destierro?–, Curiel inquiere a los diarios los motivos: “¿Para replegarse políticamente en espera de mejores tiempos? ¿Por un callado desacuerdo con el régimen en imparable tránsito del liberalismo a la dictadura dizque científica? ¿Para emprender la edición de sus obras completas? ¿Para, lejos de un medio sordamente hostil, escribir?”31 Pero los diarios no responden, no aportan evidencias sino indicios; se enfocan, en cambio, en tres personajes principales –Altamirano maduro; Margarita, su esposa; y Aurelio, hijo adoptivo y medio hermano de Margarita– y un “cúmulo de personajes secundarios y rotundas obsesiones”: enfermedades, clima, cocina y bodega, aseo y vestimenta, obra propia, adquisiciones bibliográficas, el eterno femenino y souvenirs.32 Incluyen “lo mismo la crónica que la intimidad, el diario de viaje que la ocasional reflexión”.33

Otro corpus para la mirada autobiográfica la componen los epistolarios. Reunidas en dos tomos –1850-1889 y 1889-1893– las cartas develan, por un lado, los términos y las relaciones que Altamirano tendió en los diferentes momentos de su vida: apenas como solicitante de beca para continuar sus estudios en el Instituto de Toluca o en el Colegio de San Juan de Letrán, hasta epístolas de contenido político, militar y académico, donde podemos observar –desde el sitio privilegiado que da el conocimiento de lo que ocurrirá después– la forma de expresarse, manejar y administrar su imagen y sus facultades; por otro lado, algunas de las cartas, evidentemente no escritas para hacerse públicas, entregan un Altamirano íntimo ya por sus opiniones francas y llenas de calificativos hacia ciertos temas o personas, ya por la emotividad en ciertos momentos, ya por la expresión de su poder con una inmodestia a la que no nos tiene acostumbrados.34 Advierte Gloria Sánchez Azcona, editora del segundo volumen de cartas: “Hay, sin lugar a duda, que relacionar el Epistolario con parte de los Diarios, sobre todo en lo relativo a la época francesa (1890-1892) de Altamirano […]. No podemos dejar de recalcar el papel determinante de este Epistolario como reserva de elementos correlativos, que apuntala la lectura de otros escritos de Altamirano”.35 En diarios y epistolarios conocemos las redes y relaciones que fueron determinantes para el rostro de la República de las Letras durante las décadas en que Altamirano tuvo un papel destacadísimo. De conjunto, permiten leer y comprender de distinta manera el otro gran corpus, más ficcional o más público, de obras del maestro Altamirano, ya que entretejer ambos espacios discursivos da nuevas luces a su legado escritural.

Perteneciente al espacio de la memoria, una anécdota de Juan de Dios Peza –uno de sus biógrafos inmediatos– da cuenta palpable de la transformación de una sociedad y de un hombre en esas décadas tremendas. Una noche, luego de que Altamirano conversara con sus discípulos –Justo Sierra, Jorge Hammeken y Juan de Dios Peza– en el salón principal de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, “entró de improviso un caballero, indio también –como Altamirano– elegantemente vestido, con levita negra cruzada, llevando en una mano el sombrero de copa y en la otra un bastón de caña de Indias con puño de oro”. Preguntó por Manuel Payno y al saber que no estaba, pero que llegaría más tarde, decidió esperarlo. Iba a sentarse en uno de los “magníficos sillones” que allí había, cuando Altamirano, “dirigiéndole una mirada terrible, le dijo: —Vaya usted a esperarlo en el corredor, porque en estos sillones no se sientan los indios”.36

Ante el asombro de todos, inquirido por Sierra, Altamirano explicó: siendo un niño “pobre, desnudo, descalzo, que hablaba el mexicano mejor que el español”, su padre lo llevó a pie, con grandes sacrificios, al Instituto Literario de Toluca, donde había obtenido una beca. Tras varios días de camino, comiendo tortillas gordas y queso fresco, y bebiendo agua en los arroyos del camino, llegaron a Toluca una tarde nebulosa y fría. Ahí, tras preguntar por Francisco Modesto de Olaguíbel o por Ignacio Ramírez, le respondieron a su padre que no estaban, pero llegarían más tarde, por lo que podían esperarlos. En el colmo de la fatiga, el padre de Altamirano se sentó en una silla con su hijo en la alfombra a sus pies; este caballero –el mismo que aquella noche se había presentado en la Sociedad de Geografía–, al verlos, miró con desprecio a su padre y le dijo con orgullo: “Vete con tu muchacho al corredor, porque aquí no se sientan los indios”.37

Imposible interpretar sólo como venganza la humillación que devolviera Altamirano, ahora él desde una jerarquía superior. Un componente de justicia social subyace a esa manera de hacer sentir al otro, en carne propia, la ignominia del racismo. Paradójicamente, quienes la cometen, uno y otro, pertenecen al mismo grupo marginado del que se esperaría solidaridad; pero en el caso del Maestro, la puesta en práctica discriminatoria supone un contenido didáctico, una enseñanza moral. Esa lección la expondrá, con la vehemencia sentimental que ofrece el espacio de la ficción, en las novelas reunidas en este volumen. El personaje modesto, poco agraciado, “indio horrible” o huérfano, pero trabajador, honrado y virtuoso, será casi siempre un enigma a descubrir por el personaje femenino, quien en primera instancia se dejará llevar por las falsas apariencias. Altamirano fue, de alguna manera, esa gran revelación que sólo la República permitió florecer.

“AQUÍ EN RETIRO ENCANTADO”

Se ha seleccionado para reunir en este volumen un par de novelas canónicas de la prosa ficcional de Ignacio Manuel Altamirano: La Navidad en las montañas (1871) y El Zarco. Episodios de la vida mexicana en 1861-1863 (1888, publicada póstumamente en 1901). La ambientación de ambas alrededor de Cuautla nos remite a una aguda observación que hiciera la estudiosa de las letras nacionales, Nicole Giron: aunque escasamente documentadas, las trayectorias de Ignacio Manuel en Cuautla son “un punto sensible en la vida de Altamirano y una encrucijada de gran significación en su obra”.38 La Navidad en las montañas y El Zarco transcurren entre espacios retocados por la utopía o la ficción; ya idealizando el encuentro, en las montañas de la Tierra Caliente, entre un soldado liberal y un sacerdote poco convencional, ya retratando a los bandidos que asolaron la región durante la “gran década nacional” en que se debatían liberales y conservadores. Para Nicole Giron, Cuautla no fue en la vida de Altamirano un “lugar de paso, un simple alto entre ‘errancias’: fue un punto de intenso arraigo. Allí vivió momentos irrepetibles, pruebas que como ritos de paso señalan la transición entre una y otra etapa de la vida. Quizá por ello, en torno a este punto vino a cristalizar mucho de su expresión literaria”.39

La circunstancia de escritura y publicación de estas novelas ejemplifica el sistema literario de la época: La Navidad en las montañas apareció por primera vez en un álbum que obsequiaban las imprentas editoriales a las mujeres de la casa: la lectura era una actividad que frecuentemente se hacía en grupos de sexo y edad mixtos, en un entorno familiar y de amigos, en voz alta e intercalando comentarios; hoy, en cambio, solemos hacer la lectura de manera individual, en voz baja y con las menores interrupciones posibles. El Álbum de Navidad publicado por la Imprenta de Ignacio Escalante –en los Bajos de San Agustín, núm. 1, hoy Cinco de Febrero– quiso inscribirse en la costumbre de los “fundadores de la literatura nacional” de consagrar un libro al “bello sexo” al final del año; así habían aparecido El Año Nuevo, el Presente Amistoso y el Aguinaldo, donde efectivamente colaboraron escritores como José Joaquín Pesado y Manuel Carpio, y se dieron a conocer noveles plumas como las de Guillermo Prieto y Manuel Payno, entre muchos otros. Francisco Sosa, figura importante en la escritura de nuestro autor, animó y “casi secuestró”40 a Altamirano durante tres días para la escritura de su colaboración. El Álbum de Navidad. Páginas dedicadas al bello sexo apareció en diciembre de 1871, dando a conocer piezas que, desde diferentes géneros, estilos y estéticas, tuvieron en común el tema navideño: poesías de Luis G. Ortiz, Francisco Sosa, Manuel M. Flores, José Peón Contreras y Guillermo Prieto; narraciones de Manuel Sánchez Mármol, José Tomás de Cuéllar y Luis G. Ortiz; la traducción de una obra de George Sand y un cuento de Hoffman, y para cerrar el volumen, la novela corta de Altamirano titulada La Navidad (en las montañas), que ocupó las últimas 97 páginas de la publicación. La novela debió de alcanzar gran popularidad, pues en 1891 iba ya por su quinta edición independiente.

Ubicados los acontecimientos en una temporalidad separada por veinte años, en un paraje montañoso de la Tierra Caliente, en medio de la guerra entre liberales y conservadores, y habiendo afirmado el autor –en un inesperado pie de página– la rigurosa historicidad del personaje representado como cura carmelita, proveniente de Álava, España, no puede sino presumirse la ficcionalización de Luis Rovalo, “comerciante español oriundo de la provincia vascongada de Álava, [quien] había llegado a México hacia los años de 1840 y se había dedicado a los negocios agrícolas adquiriendo en las inmediaciones de Cuautla la hacienda cañera de Santa Inés”.41 Rovalo apareció ante los ojos del sureño como un modelo, “la encarnación de la eficiencia económica combinada con la generosidad social”.42 Fueron Rovalo y luego su hijo, Agustín, los protectores del joven Altamirano en esos años que Nicole Giron propone como un paréntesis idílico en su vida, en el que muy probablemente, además de la actividad política –tal vez guerrillera– a favor del general Álvarez, fue maestro de escuela y vivió un amor apasionado con una joven a la que se refirió, breve pero significativamente, como Carmen. La fusión de este recuerdo en el que Altamirano habría perseguido, por igual, el ideal político y el amoroso, podría haber dado origen a la ficcionalización de la tregua en la labor militar que supone la Nochebuena.

En La Navidad en las montañas queda muy clara la articulación ideológica del “matrimonio, programático y productivo, entre Eros y Polis”,43 pues el feliz encuentro entre militar y sacerdote se ve reiterado por la historia amorosa entre Pablo y Carmen. La novela sentimental –la “verdadera novela” para Altamirano– no sólo recoge la utilidad y el pragmatismo que instruirá al pueblo –propiciados por la novela histórica–, sino que abona a la belleza literaria. Resulta “curioso y hasta paradójico”, opina el investigador Rafael Olea Franco, que el nacionalista, utilitario y pedagogo Altamirano diga “que la verdadera novela es la sentimental porque se presta a la belleza literaria”, pues así estaría “afirmando la primacía de lo estético sobre lo pragmático, de lo literario sobre cualquier factor externo que quiera imponérsele. Se trata pues de una novedosa concepción más acorde con la modernidad literaria que nos es familiar”.44

La Navidad en las montañas asocia el idilio del trabajo agrícola –en el que el cura, más que predicar la religión, es un guía moral y social, un educador que ha convertido la región en un paraíso autosuficiente– con el idilio amoroso: “el joven pobre y despreciado que logra demostrar su valor mediante su orgullo y su laboriosidad, frente a la joven bella y acomodada que no se atreve a contrariar los designios familiares confesando su amor”.45 El trabajo y la racionalidad representan la nueva forma de heroicidad letrada, argumentada en las Revistas literarias de México: la del escritor moderno que trastrueca la evangelización al estilo de los viejos misioneros por el “proceso regenerador que difunde igualdad, paz y progreso”.46

La otra novela, El Zarco, escrita probablemente mientras se encontraba corrigiendo una nueva edición de La Navidad en las montañas,47 presenta el lado opuesto del paraíso construido en la Navidad de 1871. También ubicada en la Tierra Caliente, entre Yautepec, Cuautla y Xochimancas, no llegó a verla publicada en vida, pues los manuscritos que envió al editor Ballescá se extraviaron por muchos años. La novela, hasta donde la dejó en una primera campaña de escritura, fue leída por Altamirano en las veladas literarias de El Liceo Hidalgo de 1886.48

Desgraciadamente, las condiciones históricas representadas se pueden comparar fácilmente con el momento actual. En El Zarco, un grupo numeroso de bandidos tienen asolada una región fértil y productiva, ante lo cual se organiza un grupo de pobladores –autodefensas, los llamaríamos hoy– para resolver, por sus propios medios, lo que los cuerpos policiales del Estado no han podido ni querido resolver, ya sea por temor frente al bandidaje organizado o por complicidad con ellos. En ese panorama se enfoca un romance perverso entre uno de los cabecillas malhechores, el Zarco, jinete de buena estampa y ojos claros, azules, y la muchacha más bonita de Yautepec, pueblo trabajador de gente mestiza. Manuela se irá dando cuenta, de manera irremediable, de la clase de hombre a quien entregó su amor.

Los críticos Evodio Escalante, Alejandro Cortázar y Cristopher Conway han estudiado el co

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