Cuentos románticos

Justo Sierra Méndez

Fragmento

Título

Prólogo
JUSTO SIERRA CUENTISTA, PRECURSOR DEL MODERNISMO

UNA SENSIBILIDAD HEREDADA

La casa donde Justo Sierra vivió su primera infancia se conserva aún en el área intramuros de la ciudad de San Francisco de Campeche, frente a la plaza principal, a un costado de la muralla que durante el siglo XVIII resguardó a la villa del ataque de piratas. Su cercanía con la Puerta de Mar, por donde se salvaba el encierro para acceder a la playa y al muelle, permitió al niño Justo contemplar atardeceres bellísimos, observar el arribo de embarcaciones y presenciar el movimiento de marinos y viajeros de distintas regiones del mundo, que transportaban tanto mercancías como anécdotas de lugares remotos. Esas tropicales estampas campechanas avivaron su imaginación infantil y su precoz sensibilidad artística, y dejaron indeleble impronta en la temática de muchas de las obras literarias que escribió.

El mar de la bahía de Campeche, siempre apacible y taciturno, contrastaba con la tempestuosa situación política y social que enmarcó esos primeros años de vida de Sierra. Cuando nació, el 26 de enero de 1848, su padre, Justo Sierra O’Reilly, se encontraba en Estados Unidos a petición de su suegro don Santiago Méndez Ibarra, gobernador de Yucatán, con la esperanza de obtener ayuda de ese país para frenar el movimiento de los indios mayas que comenzaba a diezmar a la población de blancos; la llamada Guerra de Castas, insurrección armada de los mayas que buscaban liberarse del yugo de los criollos y mestizos, había estallado en 1847.

La figura de Sierra O’Reilly no sólo influyó en la vocación literaria de su hijo, también representó una enorme importancia dentro del ámbito intelectual del sureste del país. En sus revistas y periódicos culturales, como el Museo Yucateco (1841-1842), el Registro Yucateco (1845-1849) y El Fénix, publicó textos que impulsaron el desarrollo de una literatura propiamente yucateca. Con su obra literaria y periodística, inauguró en la península diversos géneros: crónicas literarias, artículos de costumbres, relatos y novelas históricas. Pero su imagen como político, ensombrecida por su postura controversial durante la Guerra de Castas —apoyó la venta de rebeldes mayas como esclavos a Cuba—, opacó durante mucho tiempo su figura como artista. La crítica literaria de los últimos años se ha dado a la tarea de recuperar del olvido la obra de Sierra O’Reilly y de reconocer el merecido sitio que ocupa en la literatura mexicana.

En agosto de 1857, una turba iracunda contra don Santiago Méndez, por oponerse a la formación del nuevo estado de Campeche y pugnar por la unidad de Yucatán, irrumpió y saqueó su casa, ante los ojos azorados de su nieto Justo, de apenas nueve años. Presenció entonces una escena dramática: el incendio de la biblioteca familiar compuesta de archivos, obras inéditas, libros antiguos de gran valía y hasta textos mayas prehispánicos —aseguran algunos—, además de una extensa producción literaria de su padre. Ahí, en esa biblioteca, Sierra O’Reilly había escrito muchas de las obras fundacionales de la literatura yucateca.

A causa del ataque a la casa de don Santiago, la familia huyó de Campeche para establecerse en Mérida. En la Ciudad Blanca, guiado por el ejemplo de su padre, Justo continuó su trato con las letras. Pero al poco tiempo de su llegada, la muerte alcanzó a Sierra O’Reilly. Con apenas trece años de edad, Justo se trasladó a la Ciudad de México. Ingresó al Liceo Franco Mexicano, donde consolidó su gusto por la cultura y la literatura francesas que provenía de la influencia paterna y que llegaría a tener una fuerte presencia en su propia narrativa.

Era una época de luchas y de transición, un ambiente crítico, marcado por la reciente Guerra de Reforma (1858-1861). En uno de sus textos autobiográficos en el que recuerda esos tiempos de rebeldía de su adolescencia, menciona también a los autores y lecturas que forjaron su carácter literario y político:

Corría el año de gracia de 62 y bogábamos en pleno huracán reformista; pero mientras nuestros ejércitos se batían en Puebla, y la Constitución y la Reforma eran exaltadas hasta el delirio en las calles y se sucedían en la tribuna parlamentaria las emociones jacobinas, en el Colegio Nacional de San Ildefonso, dirigido por el señor Lerdo, se nos obligaba a oír misa diariamente y a comulgar con frecuencia a pesar de la decantada libertad de cultos, sino que se encerraba en infectos calabozos a los alumnos poetas que robaban algunas horas a la ominosa lectura de Bouvier, para frangollar sonetos antipapistas a Garibaldi.

[…] leía con avidez lo que cuanto a él [Giuseppe Garibaldi] se refería; recorrí cien veces las memorias escritas por Dumas; no me cansaba de buscar las novelas en que se narraban sus pasmosas aventuras; me extasiaba leyendo, iba a decir, cantando los soberbios ditirambos que entonaban el loor del solitario de Caprera, el ya célebre Emilio Castelar […]. Devoraba yo por aquellos años de fiebre en la sociedad y de fiebre en el alma, Los girondinos de Lamartine, la Biblia de los revolucionarios de quince años, aún el divino forjador [Victor Hugo] no concluía de martillar en su fragua Los Miserables.1

Aunque dichas lecturas potenciaron sus aspiraciones artísticas, el elemento decisivo que impulsó su carrera literaria y lo situó entre la élite intelectual del país fue su amistad con Ignacio Manuel Altamirano. A mediados de 1861 había escuchado al autor guerrerense pronunciar en la tribuna de la Cámara un discurso contra la Ley de Amnistía, y quedó impresionado con su porte y habilidad oratoria:

La pequeña estatura agigantada por el ademán […]; la inaudita expresión de odio, de desprecio, de soberbia que se condesaban en relámpagos en la mirada y en sonoridades vibrantes, calientes, extrañas en la voz, sin llegar al grito jamás y, sobre todo, la palabra, la imagen, la idea, todo mesurado en medio de la pasión desbordante, todo artístico, correcto, rítmico, todo eso lo vi, lo oí, lo sentí por instinto […]; semejantes espectáculos no se olvidan jamás.2

En 1862, inició sus estudios de abogacía en el Colegio de San Ildefonso. Años más tarde, en 1868, cuando Altamirano había dejado “la pluma política y volvía todo su esfuerzo hacia el renacimiento literario”, Sierra tuvo “el honor de serle presentado” y, venciendo su natural timidez “que hacía sonreír a Altamirano”, habló con él y entabló una fructífera relación fraternal. Así inició su trato con lo más granado de la intelectualidad literaria mexicana y recibió la estima de renombrados personajes:

me llevó [Altamirano] a una “velada literaria” en la casa del señor Payno. ¿Qué hombres había allí? La nobleza, la alta nobleza de las letras patrias: Prieto me llamó su hijo con olímpica ternura; Ramírez me dio un consejo o broma; Payno brindó conmigo; Riva Palacio me habló del porvenir; Gonzaga Ortiz se informó de mis aficiones literarias en un tono un poco “marqués”, es cierto, y Portilla, nuestro siempre adorado don Anselmo de la Portilla, me comunicó instantáneamente su fervor por el ideal y por el arte.3

Bajo la tutela del Maestro, Justo inició con paso firme su trayectoria literaria. Publicó obras narrativas y poéticas en los periódicos más importantes de ese tiempo. Fue un invitado asiduo a las Veladas Literarias presididas por el escritor guerrerense, en las que se ganó la estima y admiración de la sociedad más importante de escritores mexicanos. El mismo Altamirano dibujó un retrato elogioso del joven Sierra en sus primeras apariciones en dichas reuniones:

Justo Sierra, que lleno de entusiasmo vino a buscarnos para entrar bajo nuestros auspicios al seno de nuestra sociedad literaria, es un joven de instrucción precoz. Estudia los buenos modelos, tiene buen gusto, y no contento con esto, consulta con timidez y escucha dócil las observaciones, desconfiado de sí mismo como los verdaderos talentos. […]

Justo Sierra, que dentro de poco será un poeta notable, lee mucho a Víctor Hugo, porque su estilo parece saturado de este sabor que tienen las incomparables poesías del grande hombre.

Lo repetimos, Sierra adquirirá en el mundo literario un nombre que honre a su ilustre padre.4

Estas impresiones proféticas respecto de su carrera literaria contrastan, sin embargo, con la imagen que de él delineó años después Vicente Riva Palacio. Cuando Sierra contaba ya con treinta y cuatro años, una sólida trayectoria política y literaria, y había adoptado con ardor la doctrina positivista, Riva Palacio, bajo el seudónimo Cero, publicó en el periódico La República un retrato de Sierra un tanto agrio y mordaz. Para el crítico José Luis Martínez, en esa estampa publicada el 6 de enero de 1882, “parece que una secreta envidia enturbia sus líneas”.5 Pero, como ha hecho notar Clementina Díaz y de Ovando, lo incisivo del texto responde más bien a la disputa entre dos sistemas de pensamiento: el idealismo,6 defendido por Riva Palacio, y el positivismo,7 cuyo adalid más reconocido era Justo Sierra.8

En su artículo, Cero refiere la decepción que le causó conocer al vate campechano, quien lo había “cautivado” con sus relatos publicados en la revista literaria El Renacimiento, cuya circulación llegaba a “su pueblo”, aunque aclara con sarcasmo: “en los pueblos nos cautivamos con muy poco”. Su desencanto provenía de los “estragos” que el positivismo había provocado en el carácter del poeta romántico y sentimental. También enfatizó los burdos rasgos físicos del poeta, fatigado ya por el peso de los años: “las facciones toscas; pómulos salientes y delineados como todos los pómulos yucatecos. […] Su cutis es blanco cargado de rojo […] y su barba está más llena de harina que el pelo. ¡Ay!, me dije, el volcán se ha cubierto de nieve por dentro y por fuera”.9 Y equiparó la rudeza exterior con la aspereza de su interior, de su pensamiento arraigado en su ideología: “Del exterior se han encargado los años, del interior hace tiempo que se ha enseñoreado la filosofía positivista. ¡Nieve por todas partes! ¡Qué frío tan intenso y tan constante!”10

Estos retratos contrastantes de Justo Sierra, escritos por personajes fundacionales de la literatura mexicana, resumen dos momentos de la vida literaria de nuestro autor: el primero, de 1868, refiere sus inicios juveniles como poeta apasionado, de filiación romántica; el otro de 1882, aunque con mirada crítica, expone su madurez como escritor y pensador afianzado en el positivismo. Y recrean, en su conjunto, la tensión estética e ideológica que define su obra, entre idealismo romántico y racionalismo positivista. El mismo Riva Palacio finalizó su retrato advirtiendo esa dualidad antitética, esa “suerte de bigamia espiritual”, en la que fluctúa la obra de Sierra: “poesía [romanticismo] y positivismo”, “Victor Hugo y Spencer”.11 Entre esas dos estaciones de la vida de Sierra, fijadas en ambas semblanzas, se gestan sus Cuentos románticos que presento en esta nueva edición.

LOS CUENTOS ROMÁNTICOS (1896), CONVERSACIONES PERPETUAS

La publicación de Cuentos románticos representó un alejamiento del autor respecto del positivismo, al mismo tiempo que un retorno al idealismo.12 En ese cambio del siglo XIX al XX, en el que también se forjó la sensibilidad modernista, Justo Sierra evocó, con la publicación de sus relatos de juventud, su educación literaria permeada por el Romanticismo. El libro, asimismo, parece reclamar un diálogo con la literatura de la generación joven de modernistas, que se encontraba en boga, cuya sensibilidad y propuesta estética respondían a las paradojas ideológicas de su tiempo, en torno a las antítesis: “ciencia y religión”, “positivismo e idealismo”, “razón y espíritu”.

Las primeras versiones de los cuentos de esta colección, como advierte la nota editorial, aparecieron en periódicos y revistas en los que Sierra colaboró entre 1868 y 1879. La mayoría de los textos fueron parte de sus “Conversaciones del domingo” —serie de crónicas y relatos que publicó de manera semanal, en 1868, en el suplemento del periódico El Monitor Republicano. A partir de entonces, y hasta la publicación del libro, la crítica elogió la narrativa del autor campechano, así como su originalidad, valor estético e importancia para la historia de la literatura mexicana.

Uno de los primeros en celebrar las “Conversaciones…” fue el propio Manuel Altamirano, quien aludió al estilo innovador y refinado de su escritura, y recomendó disfrutar del deleite sensorial que provocaba su lectura: “Si queréis experimentar un placer parecido al que se siente apurando una copa de exquisito, gustando una de esas hermosas frutas de los países tropicales, provocativas por la forma, por el perfume y por el sabor, o tomando sorbo a sorbo una taza de café de Moka o de Yungas; si queréis, en fin, gozar, leed los domingos el folletín del Monitor. Allí os encontraréis una ‘Conversación’ de Justo Sierra”.13

A decir de Altamirano, la originalidad de la prosa literaria de Sierra residía en el tono “conversacional”, adoptado de la causerie, género literario de origen francés, que se define como una “charla chispeante de gracia y de sentimiento, llena de erudición y de poesía”. Aunque de estilo francés la sensibilidad, el “alma” de su literatura es “esencialmente americana”.14

Al publicarse Cuentos románticos en 1896, Hilarión Frías y Soto saludó con entusiasmo la edición de esta obra. Exaltó, sobre todo, los relatos en los que Sierra vació las “impresiones [que] trajo de su tierra natal, de allá de la península yucateca, de aquel paraíso lleno de pájaros, de flores y de arenas que se esconde en un rincón del sudoeste de Campeche”;15 lo sorprendió, como a Altamirano, el deleite que provocaba a los sentidos la lectura de sus páginas: su “acre aroma marino, racimos de flores de coral pálido”, “el fuerte colorido de la naturaleza tropical”, “los rumores de marea, puestas de sol incendiando el espacio y la bahía, y murmullos del viento agitando los abanicos de los cocoteros”.16

CUENTOS DE MAR Y DESASOSIEGO

Cuentos románticos reúne quince relatos de temas variados. El venero de la inspiración de Justo Sierra más señalado por la crítica es la atmósfera de la península, en especial de Campeche, su tierra natal. En las “Primeras palabras” de la obra, el propio autor destaca ese carácter deleitoso y exquisito, como definitorio de su narrativa: “Traigo de mis amadas tierras tropicales el plumaje de las aves, el matiz de las flores, la belleza de las mujeres fotografiadas en el alma. Traigo murmullos de ola, perfumes de brisa, y tempestades y tinieblas marinas”.17

Pasaron alrededor de cuarenta y seis años antes de que Justo Sierra volviera a contemplar el mar de la bahía de Campeche. “Marina”, “La sirena” y “Playera” son algunos de los cuentos en los que vertió la nostalgia por ese caluroso y estático paisaje costero de su primera infancia. Pero la impronta de su tierra en ellos no parece provenir sólo de vivencias o recuerdos, también de los libros de su padre. En sus historias se trasluce el “aire de leyenda” de algunas de las obras de Sierra O’Reilly, en las que deambulan “filibusteros, piratas, nobles damas y caballeros”.18 La evocación de Campeche, sin embargo, no siempre es paradisiaca. La aletargada pasividad, el somnoliento vaivén tropical de la vida, simbolizados por su “mar siempre en leche” y el sofocante “calor excesivo”, incitan en algunos personajes cierto desasosiego y tedio.

El mar y la mujer son dos notables fuentes de inspiración de Cuentos románticos. El mar es personaje de las historias: a través de esa inextinguible superficie hipnótica, de vez en vez, arriban las aventuras, los amores, las tempestades y las brisas que “irrumpen” la pasividad y el sopor. En “Playera”, el narrador confiesa su ansia por experimentar emociones que contrasten con ese paisaje calmo y raso, en el que “la luz se enferma de fastidio”: “en las playas dulces y sin cantiles de mi país, era para mí deleitoso cierto sitio en que la amplísima curva de la playa se interrumpe súbitamente, por una aglomeración de peñascos cuajados de cácteas y desde cuya cima, que me parecía la de una montaña, y que en realidad no era más alta que la de los vecinos cocoteros, tomaba el mar a mis ojos de niño un relieve soberano”.19 Se debe subrayar, no obstante, que las alusiones marinas no se restringen a las tramas ambientadas en la tierra natal. Las correspondencias entre el mar y los estados de ánimo de los personajes, característica del estilo romántico, es un motivo recurrente, es un símbolo de la plenitud anhelada por las almas sensibles: “mar, que has sido colocado a la vista del hombre para sugerirle la emoción del infinito”.20

La mayoría de las mujeres de los cuentos se adecua al ideal romántico: son jóvenes bellas, angelicales, frágiles —como las vírgenes creadas por el pincel del artista español Esteban Murillo—; algunas son madres o hermanas abnegadas, “ángeles del hogar”, como Refugio (“La novela de un colegial”) o Luisa (“Confesiones de un pianista”). Otras protagonistas, como Carmen (“La novela de un colegial”) o Emilia (“Confesiones de un pianista”), escapan a esos estereotipos románticos puros o maniqueos. Como ocurrirá a veces en la literatura modernista de fin de siglo, ciertas mujeres caracterizadas por Sierra combinan rasgos de femme fragile y de femme fatale, de ángel y demonio.21 En ellas se filtran acentos humanos o terrenales que contravienen su idealización angelical: locura, ambición, deseo carnal, celos, envidia, traición. Algunas se sitúan en los linderos de lo irreal, de lo fantástico, como la sirena hechicera; en espacios oníricos o ultraterrenos como Stella (“Nocturno”), o Lácrima (“Incógnita”).22 Se inspiran en las “muertas enamoradas”, espirituales, protagonistas de los relatos de Théophile Gautier, que el escritor modernista mexicano, Amado Nervo, también convirtió en su ideal.

“ESCAPADAS IMAGINATIVAS”: CUENTOS DE OTRAS CULTURAS Y DE OTROS TIEMPOS

La erudición de Justo Sierra en historia y cultura universal se transparenta en sus cuentos. La pasión por la historiografía y su interés por llevarla al terreno de la ficción es otra de las correspondencias con su padre.23 Pero, a diferencia de los cuentos de éste, los relatos de Justo no tuvieron como único horizonte la historia peninsular yucateca; los viajes de su imaginación fueron más vastos, se “escaparon” hacia culturas exóticas, a tiempos remotos.

Algunas de las piezas que integran Cuentos románticos son, como los describiera Carlos González Peña, “escapadas imaginativas, aunque reveladoras de nutridas lecturas, a otros países y edades”.24 En esa clasificación caben los cuentos: “666: César Nero”, “En Jerusalén” y “María Antonieta”. Se podrían definir incluso como “cuentos históricos” y añadir a ellos “El velo del templo” y “Memorias de un fariseo”. Con excepción de “María Antonieta”, los relatos mencionados recrean literariamente pasajes de la historia bíblica, de la “vida de Jesús”,25 o se inspiran en la cultura hebraica. La figura de Cristo —su juicio, su calvario, su crucifixión— se rememora desde distintas perspectivas y visiones. Revela la profunda admiración del autor hacia el personaje nazareno, cuya vida, ideas y psicología pretende recrear y explicar como “verdades históricas”, en el terreno de la ficción, de la literatura.26

El cuento “María Antonieta” narra la condena y muerte en la guillotina de la última reina de Francia. El relato se enuncia en primera persona del singular, pero se trata de una voz colectiva, un “yo” que se asume como representativo de un grupo, de una clase: “Yo me llamaba Pueblo”. El narrador cambia constantemente de perspectiva con respecto a los hechos históricos; desde su posición ambivalente, de víctima y de verdugo, refiere las impresiones y emociones contradictorias que experimenta como testigo de la muerte de la reina.27

Entre esas “escapadas imaginativas” a otras culturas y épocas pueden contemplarse los cuentos: “Niñas y flores” y “La fiebre amarilla”. El primero es un relato que sobresale por sus imágenes delicadas, sugeridas por la singularidad oriental enmarcada en la civilización china; también evoca la tradición de los “cuentos de hadas”, tema caro tanto para los románticos como para los modernistas. En el segundo se alude de nuevo a los paisajes tropicales, en donde el mar retoma su papel protagónico. Nos refiere la historia de la bella Starei, inspirada en la mitología taína. La exquisitez, el exotismo, el oropel en las descripciones anticipan el estilo de la literatura modernista.

IMAGINERÍA “FIN DE SIGLO”

A instancias del editor Raúl Mille, Justo Sierra decide reunir y publicar en libro sus primeros cuentos, “impregnados de lirismo sentimental y delirante”, en plena efervescencia del Modernismo, cuando el ambiente literario de fin de siglo se encontraba imbuido de una imaginería compuesta por corrientes estéticas y de pensamiento de raigambre, sobre todo, francesa: decadentismo, misticismo, espiritismo, ocultismo, simbolismo, parnasianismo…28 Sierra parece confiar en que ese escenario finisecular es momento propicio para encontrar nuevos lectores entusiastas; así lo expresa en su carta a Mille, al inicio de Cuentos románticos: “Pero si estos pecados juveniles tienen explicación ¿tendrán amigos? Tal vez entre los muchachos que despiertan y las niñas que sueñan. Me conformo con ello”.

En sus textos gravitan, en germen, muchos de los rasgos, temas o motivos que serán definitivos de la sensibilidad modernista. “Nocturno” e “Incógnita” son historias afines a esa imaginería finisecular y, en consecuencia, los que han sido más difíciles de clasificar para la crítica.29 De acuerdo con Arceo Conrad, son “cuentos fantásticos” porque en ellos predomina el elemento sobrenatural. Habría que añadir que anticipan la configuración de lo fantástico en la narrativa de los modernistas, como Rubén Darío, Nervo y Gutiérrez Nájera. “Nocturno” es la historia de un amor fantástico, ultraterreno, con matices espiritistas. En “Incógnita” lo fantástico también proviene del maridaje paradójico entre ciencia y ocultismo, que preludia la trama de inspiración espírita de la novela corta de Nervo, El donador de almas; ambos relatos, influidos por Spirite de Gautier. A diferencia de las narraciones de corte fantástico del Romanticismo, donde el elemento sobrenatural suele armonizar con un ambiente gótico, legendario, de tiempos remotos, los cuentos modernistas, como los de Justo Sierra, plantean escenarios cosmopolitas: París, la Ciudad de México.30

En esos espacios urbanos se desarrollan las historias más extensas del libro: “La novela de un colegial”, “Confesiones de un pianista” y “Un cuento cruel”. A las dos primeras, González Peña las ha catalogado como “novelas breves, de corte romántico”; pero “Un cuento cruel” también acepta la definición de “novela corta”, como lo plantea Óscar Mata.31 Estas tres historias destacan por la profundidad y configuración interior de sus personajes, lo que ha llevado a considerarlas como novelas psicológicas. Castro Leal ha sugerido que en estas narraciones el autor ya no se limita a “la iluminación fugaz del espíritu misterioso y vago de sus personajes”, sino que “los coloca bajo una luz uniforme para descubrir en ellos el secreto de sus almas; pone en ellos nuevo interés: el interés psicológico”.32 Y ese rasgo es, precisamente, un acento de modernidad de estas novelas cortas de Sierra. El modernismo pugnaba por una literatura interior, ocupada en develar el alma humana, en descubrir las galerías más oscuras del pensamiento.

Sus personajes románticos, femeninos y masculinos, exponen la complejidad del espíritu y pensamiento humano; inmersos en una angustiante persecución del ideal, se rebelan y combaten, aunque signados por la fatalidad. Manuel —posible trasunto del poeta Manuel Acuña, quien fuera compañero de colegio de Justo Sierra— protagonista de “La novela de un colegial”, se percibe como un ser hiperestésico, aguijoneado por los celos, atormentado por su amor a Carmen —un ideal femenino que se escapa de los arquetipos maniqueos—. Carmen se niega a ser idolatrada como el modelo etéreo del romanticismo: “Ámame, porque soy joven, porque soy bonita, porque te amo yo. ¡Qué triste me sería que me vieses como uno de tus sueños de colegial poeta realizado en mármol! No, eso me da tanto horror que sólo creo que me quieres cuando me das un beso”.33 Carmen se humaniza, expresa sus apetitos carnales, prosaicos: “nos desayunamos con sendos vasos de leche que mi ídolo apuró con un apetito que habría sonrojado a un poeta romántico”,34 y es aficionada a la lectura de relatos cuyos “héroes son monstruos que causan pesadillas y sus mujeres bayaderas impuras con enormes ojos andaluces”,35 que Manuel califica de “abominaciones” inapropiadas para ella. “La novela de un colegial” ha sido encomiada como una obra magistral de su género en el siglo XIX.

En “Un cuento cruel” también destaca la complejidad psicológica y emocional de los personajes.36 Se trata de una extraña fantasía que involucra la recreación cultural e histórica de un pasado inmediato: la época de la apachería en el norte del país. Carlos Alheño, el protagonista, es una reconfiguración del prototipo del héroe romántico (sensible, rebelde, inadaptado, salvaje), al exhibir rasgos del héroe decadente de la narrativa modernista (excéntrico, enfermo de hastío): “brilló pronto por su esprit, por sus excentricidades y sus galantes aventuras. Carlos, sin embargo, se fastidiaba en regla; el cazador de cabelleras no estaba hecho para nuestra sociedad raquítica y retraída. Había en él la impetuosidad del caballo de la Pampa y los arrebatos de entusiasmo del árabe; y la mirada del ave de presa, la nariz palpitante del piel roja y la boca sensual del mexicano”.37 A través de la mirada irónica y amarga de Carlos, “una especie de piel roja”, se desenmascara la hipocresía, las paradojas de la sociedad “civilizada” del “siglo positivista”.

La mirada crítica, aguda, hacia la sociedad mexicana también está latente en “Confesiones de un pianista”, novela breve que cierra Cuentos románticos. La historia de Antonio, un joven pianista que persigue el amor, la fama y el reconocimiento, se encuentra, a pesar de su acendrado romanticismo, filtrada por motivos y rasgos modernistas. Sus personajes se enfrascan en disquisiciones filosóficas y psicológicas acerca del carácter femenino, la sensibilidad artística, la felicidad, el amor, intentando desentrañar los misterios de la naturaleza humana. En este relato, en particular, se advierte un recurso que será definitivo en la propuesta estética modernista: “la unión armónica” de algunas “cualidades estéticas de otras artes” como la música, la pintura o la escultura.38 Varias imágenes se construyen a partir de alusiones a piezas musicales, en las que resuenan lo mismo una fuga de Bach que las voluptuosas y prosaicas danzas habaneras.

Este eclecticismo estético es un rasgo estilístico que otorga riqueza lingüística e interpretativa a la colección. En las descripciones se combinan referentes pictóricos, teatrales, musicales y escultóricos. Los retratos de los personajes, sobre todo de las mujeres, son de un notable valor plástico. Se crean metáforas, sinestesias, que, además de provocar sensaciones, perfilan la pretensión de “renovación verbal”, característica de la estética modernista.39 Otro rasgo de este movimiento estético lo observa Luis Leal, entre otros críticos, al advertir que Justo Sierra se adelanta a los modernistas: “la flexibilidad de su sintaxis ya anuncia lo que ha de ser la prosa de Nájera y Martí”.40

A pesar del reconocimiento que ha tenido la obra literaria de nuestro autor, su figura como literato se ha visto eclipsada por su brillante trayectoria como educador y político. Al igual que su padre y que otros grandes literatos de su tiempo que además sobresalieron en ámbitos como el jurídico, el científico, el periodístico, el historiográfico o el pedagógico, los méritos de Justo Sierra sobrepasan el campo de lo literario y lo sitúan, como lo ha subrayado Hernán Lara Zavala, entre “los grandes próceres de la Historia Mexicana”.41 Es necesario, entonces, aquilatar su obra literaria por sí sola, difundirla a la altura de sus méritos estéticos y reconocer su trascendencia, como bien lo ha advertido la crítica, al inaugurar un nuevo rumbo en nuestras letras, al preconizar el estilo y la sensibilidad de los narradores modernistas.

A más de un siglo de distancia, Cuentos románticos (1896) de Justo Sierra aún atrae lectores “amigos”, porque, como toda obra clásica, ha demostrado sus posibilidades de establecer un diálogo intemporal. En sus historias se entretejen, con espléndida y sutil gracia, temas consustanciales al ser humano; asuntos que, como lo sugiere el propio autor en la citada carta a Raúl Mille, son los hilos de Ariadna que dan unidad a su libro: Amor y Muerte.42


1 Sierra, “Garibaldi”, en Obras completas…, IX, pp. 101-102.

2 Sierra, “El maestro Altamirano”, en Velada literaria…, p. 47.

3 Sierra, “El maestro Altamirano”, en Velada literaria…, p. 52.

4 Altamirano, Obras completas XII, p. 183.

5 Martínez, La expresión nacional, p. 202.

6 En el siglo XIX, el pensamiento idealista se vinculó con el movimiento romántico y tuvo gran resonancia en Latinoamérica. Sustituyó el enfoque racionalista del entendimiento ilustrado por el de la sensibilidad y se interesó por la psicología de los individuos; destacó la primacía del espíritu o conciencia en la comprensión de la realidad; exhaltó el sentimiento de la belleza y la dignidad de la naturaleza humana. En México, pensadores liberales y escritores románticos, como José María Vigil e Ignacio Manuel Altamirano, defendieron esta corriente en contra del positivismo. Los adeptos al idealismo argumentaban que el positivismo tenía consecuencias dañinas sobre la moral y que iba en contra de la Constitución porque no respetaba la libertad de consciencia (Krumpel, “Ilustración, Romanticismo y Utopía en el siglo XIX. La recepción de la filosofía clásica alemana en el contexto intercultural de Latinoamérica”, en Signos Históricos, núm. 6, julio-diciembre 2001, pp. 26-27 y Granja Castro, “Kant en el México del siglo XIX: la recepción e influencia de su filosofía”, en Signos Históricos, núm. 23, enero-junio 2010, pp. 50-51).

7 El positivismo llegó a México a mediados del siglo XIX con las propuestas de orden y progreso que se alcanzarían mediante la ciencia y la educación. Justo Sierra fue seguidor de esta doctrina desde las ideas de Herbert Spencer, quien proponía el análisis de la sociedad en su evolución, desde la barbarie a la civilización. En el periódico La Libertad, Sierra defendió el progreso de México por medio del orden para llegar al progreso (Beuchot, “La filosofía en México en el siglo XIX”, en Anuario del Colegio de Estudios Latinoamericanos, vol. 2, 2007, pp. 186-187).

8 Díaz y de Ovando, “Justo Sierra en la mira de Vicente Riva Palacio”, en Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, vol. XIII, núm. 52 (1983), pp. 153-155.

9 Riva Palacio, “Justo Sierra”, en Los ceros…, pp. 45-46.

10 Riva Palacio, “Justo Sierra”, en Los ceros…, pp. 45-46.

11 Riva Palacio, “Justo Sierra”, en Los ceros…, p. 49.

12 En 1908, en un homenaje “ambivalente” en memoria de Gabino Barreda, organizado por sus alumnos de la Escuela Nacional Preparatoria, Sierra sorprendería con un audaz discurso que confirmaba la decantación de su carácter positivista: “si la verdadera ciencia es el conocimiento sistemático de lo relativo, ¿cómo concebirla sino en perpetua evolución, discusión, lucha? En otras palabras: ¿Qué gran verdad fundamental no se ha discutido en el terreno científico, o no se discute en este momento?” (Sierra, “Panegírico a Barreda”, en Obras completas…, V, p. 388).

13 Altamirano, Revistas literarias de México, p. 81.

14 Altamirano, Revistas literarias de México, p. 82.

15 Frías y Soto, “Epílogo” a Cuentos románticos, p. 207.

16 Frías y Soto, “Epílogo” a Cuentos románticos, p. 207.

17 Sierra, Cuentos románticos, p. 6.

18 Manuel Sol Tlachi ha titulado, con acierto, su antología de relatos de Justo Sierra O’Reilly, editada por la Universidad Veracruzana: El filibustero y otras historias de piratas, caballeros y nobles damas (2006).

19 Sierra, “Playera”, en Cuentos románticos, p. 195.

20 Sierra, “Playera”, en Cuentos románticos, p. 192.

21 Ciertamente los personajes femeninos más conocidos de la literatura romántica son la femme fragile y la femme fatale, la mujer angelical y la demoníaca. Pero en la literatura modernista, la configuración de personajes femeninos fue más compleja: mujeres indefinidas, que se ubican en una “zona gris entre esos estereotipos” (Kurtz, “La transformación de estereotipos femeninos en el modernismo mexicano a raíz de una adaptación de El retrato de Dorian Gray”, en Literatura Mexicana, vol. XXII, núm. 2, septiembre de 2011, pp. 29-43 y Chaves, “La mujer es más amarga que la muerte: mujeres en la prosa modernista”, en La República de las Letras…, I, pp. 231-244).

22 Este personaje, además, como ha hecho notar Blanca Estela Treviño, dejó huella en las letras mexicanas, es “la herencia que nuestro autor dejó a generaciones muy posteriores, como la de Carlos Fuentes, en su Aura” (“Estudio preliminar” a Justo Sierra…, p. 41).

23 A Justo Sierra O’Reilly se le conoce como precursor de la “novela histórica” en México, y también del “cuento histórico”. Sus “leyendas”, la mayoría inspiradas en la historia yucateca, en la época colonial, que publicó en sus periódicos literarios Museo Yucateco (1841-1842) y Registro Yucateco (1845-1849), fueron las piedras de toque de su novela histórica: La hija del judío (Cortes, La novela histórica de Justo Sierra O’Reilly…, p. 13).

24 González Peña, “Cuentos románticos”, en Historia de la literatura mexicana, p. 193.

25 En “Memorias de un fariseo” y “En Jerusalén”, el autor se inspira claramente, como lo ha demostrado Claude Dumas, en la obra La vida de Jesús (1863) del historiador francés Ernest Renan (1823-1892). El mismo Justo Sierra declara esta fuente de inspiración al inicio de “Memorias de un fariseo” (Dumas, Justo Sierra y el México de su tiempo, p. 44).

26 En cierta manera, esta predilección de Justo Sierra por tratar en sus ficciones temas religiosos, cristianos, anticipa la dualidad, la paradoja ideológica y emocional, entre “verdad y religión”, “ciencia y espíritu” que marcó la sensibilidad artística de los escritores de fines del siglo XIX, educados en el positivismo.

27 María Dolores Girault señaló que el utilizar al pueblo como protagonista es una de las innovaciones de la narrativa de Sierra en el contexto de la literatura mexicana de su época (Consideraciones críticas sobre algunos cuentistas mexicanos, p. 45). Candelaria Arceo, por su parte, explica que este recurso denota también la influencia de la literatura francesa, ya que, en su opinión, Justo Sierra lo toma del historiador Jules Michelet (Justo Sierra Méndez, sus Cuentos románticos…, p. 89).

28 El concepto “modernismo” difícilmente se agotaría en una definición. Los estudiosos sólo han logrado unificar su opinión en una característica definitiva del modernismo: su eclecticismo. Fue el modernismo un ars combinatoria, una mezcla de tendencias artísticas, actitudes o teorías que animaban el ambiente. Los escritores concibieron el modernismo como una corriente de orden tanto estético como espiritual. Significó, al mismo tiempo que una revolución de forma, la definición de una actitud, un espíritu que respondió a la especial circunstancia de su época (Gullón, Las direcciones del modernismo, pp. 30-33).

29 Atendiendo a sus fábulas, Blanca Estela Treviño ha planteado su categorización en tres grupos: regionales o costumbristas, urbanos y de recreación histórica. Sin embargo, la estudiosa no menciona todos los cuentos que contempla su clasificación. En la categoría de “urbanos” sólo alude a “Incógnita”, que define como de “ciencia ficción” y “Un cuento cruel” del que destaca su “tono detectivesco” (Justo Sierra: una escritura tocada por la gracia, pp. 40 y 43).

30 El “cosmopolitismo” es otro de los rasgos señalados de la estética modernista que desarrollarán en México, Gutiérrez Nájera y Amado Nervo.

31 Óscar Mata cataloga como novelas cortas representativas del segundo romanticismo mexicano, los relatos de Justo Sierra: “Un cuento cruel”, “Confesiones de un pianista” y “La novela de un colegial” (Mata, La novela corta mexicana en el siglo XIX, p. 93).

32 Castro Leal, “Prólogo” a Cuentos románticos, p. IX

33 Sierra, “La novela de un colegial”, Cuentos románticos, p. 57.

34 Sierra, “La novela de un colegial”, Cuentos románticos, p. 57.

35 Sierra, “La novela de un colegial”, Cuentos románticos, p. 41.

36 Por su título, se ha relacionado con los Contes cruels de Villiers de L’Isle Adam, pero la influencia es imposible, pues la obra del escritor francés se publicó en 1883 y el cuento de Sierra data de 1868. Aunque bien es cierto que en el cuento de Sierra se perciben matices del humorismo negro, de la ironía sórdida, que magistralmente desarrolló Villiers en su narrativa.

37 Sierra, “Un cuento cruel”, Cuentos románticos, p. 135. Este personaje apache, rebelde y violento, recuerda a los protagonistas piratas de los relatos de corte romántico escritos por su padre, Justo Sierra O’Reilly.

38 Belem Clark destaca estos rasgos modernistas en la narrativa del autor, que lo sitúan como “fundador de una estética moderna” (Clark de Lara, “Prólogo. Manuel Gutiérrez Nájera, fundador de una estética moderna” a Cuentos frágiles. Por donde se sube al Cielo, pp. 9-27).

39 Clark de Lara, “Prólogo. Manuel Gutiérrez Nájera, fundador de una estética moderna” a Cuentos frágiles. Por donde se sube al Cielo, pp. 9-27.

40 Leal, Historia del cuento hispanoamericano, p. 31.

41 Lara Zavala, “Justo Sierra Méndez, identidad mexicana”, en Revista de la Universidad de México, núm. 104 (2012), p. 44.

42 Sierra, “A Raúl Millé”, Cuentos románticos, p. 5.

Título

NOTA EDITORIAL

La primera edición de Cuentos románticos de Justo Sierra se publicó en 1896, bajo el sello editorial de la Librería de la Viuda de Charles Bouret (París-México). Las primeras versiones de la mayoría de estos relatos pueden rastrearse en “Conversaciones del domingo”, folletín que en 1868 Justo Sierra escribió semanalmente en el periódico El Monitor Republicano; los demás cuentos vieron la luz en distintos periódicos y revistas, entre 1869 y 1879: El Renacimiento, El Federalista, El Domingo, La Libertad.

Los quince textos que aquí se presentan provienen del libro de 1896, que ofrece la última versión, revisada por el autor. Sin embargo, para una mejor comprensión, se actualizó el texto bajo los siguientes criterios. De acuerdo con las normas vigentes, se modernizó la acentuación, se regularizó el uso de mayúsculas y minúsculas, se desataron abreviaturas y se dejaron en mayúscula inicial las alegorías como Naturaleza, Amor, etcétera. Se optó por utilizar tres puntos suspensivos, ya que el autor usó hasta cinco de manera indistinta. Se unificaron los signos de admiración e interrogación. Se puntuó siguiendo la sintaxis del texto, si bien se respetó, según lo permitido por las normas actuales, el uso frecuente de punto y coma, como parte del estilo del autor.

Se decidió mantener algunas formas verbales y léxicas del texto original que expresan el estilo del escritor y su época, pero no dificultan la lectura.

Se respetaron las cursivas que el autor destacó en la edición de 1896: palabras con cierto énfasis (“la vida se llama amor”, “los verdes y los azules”), frases (hacer el oso), locuciones latinas (aenobarbus, Ave, imperator).

Para la redacción de la mayoría de las notas con aclaraciones léxicas, referencias a sucesos, lugares, personajes y asuntos de interés para la comprensión del texto, se recurrió a fuentes bibliográficas contemporáneas al original. En esas notas se actualizó también la ortografía y la puntuación.

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