A manera de justificación
Hace algún tiempo llegó a mis manos El sanador místico, el famoso libro del escritor V. S. Naipaul. En una primera lectura percibí la paradigmática necesidad, indiscutiblemente vital, que todo pueblo tiene, de conocer sus orígenes, sus raíces, su identidad. Ello con la finalidad de independizar y sanar su espíritu de todo aquello que lo subyuga y lo somete. La novela se basa en la búsqueda de la independencia de una colonia caribeña en poder del Imperio Británico, pero la conclusión no va más allá de un deseo ficticio y romántico del propio Naipaul, aunque no por ello ilegítimo, en que el personaje principal, asumiendo el papel de sanador místico, busca dotar a su pueblo de los elementos esenciales para que éstos se conviertan en un pueblo libre.
En el caso específico de la historia mexicana, y desde la perspectiva real, ésta se halla repleta de un sinfín de procesos, en que precisamente, el común denominador gira entorno a la incansable lucha por la libertad.
En la actualidad, lamentablemente, un buen porcentaje de la sociedad mexicana desconoce nuestra historia, lo que de manera automática, nos coloca en el nivel de la ficción literaria, al igual que en el caso de la novela de Naipaul. Es decir, nos mantiene permanentemente vulnerables a cualquier tipo de conquista, sin el conocimiento de lo que la historia ha demostrado con hechos, y que día a día, sin haber aprendido de ellos y sus consecuencias, trágicamente nos obliga a repetir.
IOI preguntas de historia de México. Todo lo que un mexicano debería saber, de ninguna forma pretende convertirse en una respuesta mágica, para que de manera instantánea se transforme nada ni a nadie. Ello sería pretencioso, desmesurado y hasta injusto, pues automáticamente se estarían negando todos los esfuerzos historiográficos que han contribuido en este tenor.
Todo lo contrario, mis deseos consisten en lograr que quien lo revise, pocos o muchos, cuenten con una herramienta de conocimiento práctico, aplicable a todos los días de su vida, con el fin de que, a través de los elementos básicos de la historia mexicana, nuestra historia, parte de nuestra “esencia filosófica”, cuestionen todo aquello que se nos impone, que nos conquista y que nos mantiene inertes ante los abusos del poder, y que de alguna forma u otra, ello nos permita colocarnos un paso al lado de la ficción y nos revele, con identidad, ante la realidad.
Escribir sobre la historia de México posee diversas características, debido, entre otras razones, a su diversidad y riqueza cultural, amén de su extensa temporalidad. Sin embargo, un ensayo de este tipo, no sólo permite contribuir a las nuevas generaciones de historiadores a otorgar una obra compendiada, con coherencia temática sobre la historia del país, sino también, para que los interesados en su revisión, especialistas o no, cuenten con una herramienta para dirigir y ampliar su dirección cognoscitiva en función de sus intereses.
Quiero explicar que aunque este proyecto es el resultado de un largo periodo de experiencia de investigación histórica y de reflexión acerca de la practicidad de esta ciencia, ello no implica desbordar los límites de la formación en el oficio y mucho menos de su comprobación científica, pues automáticamente ello colocaría la obra en un intento ramplón de crear, como lo llamaba don Luis González, historia anticuaria, esa que sólo acumula datos, fechas y nombres y que para fines prácticos de la reflexión resulta casi nula. Por el contrario, este esfuerzo, como lo he mencionado, tan sólo pretende señalar líneas generales de la historia mexicana para mostrar la necesidad que la sociedad tiene por aprender de ella.
Esta inercia, nos lleva automáticamente al viejo debate acerca de, ¿historia para qué, su conocimiento, practicidad y conocimiento? Para contestar esta interrogante, me gustaría basarme en las reflexiones que sobre el tema ha desarrollado el historiador mexicano Guillermo Tovar de Teresa, quien señala que, ante el desgarramiento de los valores de identidad y civilidad, la sociedad mexicana, se ha visto ante la azarosa necesidad de buscar en su historia cómo explicarse como individuo y colectivamente para crear su destino. Ante ello, ejemplifica: “El alma, individual y colectiva se manifiesta como conciencia, creando hábitos. De ahí que no posee leyes sino memoria. Cuando una sociedad se preocupa y se prepara para recuperar su memoria es porque desea habitar en su alma”.
Lo anterior implica dotar de actualidad el pasado, alabando y renovando, día a día, su permanencia.
Sería totalmente injusto de mi parte no mencionar a todas las personas, que de alguna forma u otra, con su valiosa contribución, hicieron posible la realización de este libro.
Primero que nada quiero agradecer profundamente a Cristina, mi compañera de toda la vida, quien además de su apoyo incondicional, fue la primera en conocer el proyecto. Igualmente debo reconocer su voluntad, oficio y experiencia, que como colega de profesión, resultó muy significativo para llevar a cabo la investigación documental. Desde el punto de vista familiar, tanto a Cristina como a mis pequeños hijos, Renata y Carlos, quienes han sido esenciales por su cariño y paciencia que me brindan a diario, además de ser fuente interminable de inspiración permanente para el desarrollo de mi profesión.
La lista debe continuar con la mención a mis muy apreciados maestros, colegas y amigos, los cuales, cada uno de ellos, ayudaron a moldear el proyecto.
A mis maestros Gloria Villegas y Carlos Martínez Assad mi mayor reconocimiento por su generosidad humana y académica, quienes, aun fuera de las aulas, han continuado dispensándome, sin reserva alguna, con su amistad y sabiduría.
Agradezco profundamente a Guillermo Tovar de Teresa, quien desde un principio creyó en la viabilidad y factibilidad del proyecto y en mi desempeño profesional. Guillermo, como es su costumbre, me aportó generosamente valiosas y sabias reflexiones acerca de la interpretación de los procesos históricos de México, así como de la necesidad y utilidad del conocimiento histórico como un vehículo fundamental para la transformación y desarrollo de las civilizaciones.
El apoyo sin cortapisas que me brindó Xavier Guzmán resulta invaluable. Sin él prácticamente hubiera sido imposible la realización del proyecto. La experiencia de practicar con él, y por tanto tiempo, el oficio de historiar, ha promovido una amistad interminable, siempre navegando entre las ideas y la familiaridad.
A Carlos González Manterola, admirador de la sabiduría editorial de Gastón Gallimard, le debo muchas horas de acertadas conversaciones, que a la postre se han ido convirtiendo en la revelación de éste y otros tantos proyectos.
La ayuda de Ana Cristina Fragoso fue extraordinaria. Al lado de esta joven y talentosa historiadora pude plasmar las primeras ideas y líneas sobre las que se fueron construyendo los derroteros que hoy conforman esta obra. Para ella, mi más profundo agradecimiento, así como la certeza de que en un tiempo no muy lejano, será la dueña indiscutible de experiencias académicas, que mucho habrán de contribuir al desarrollo del país.
A mis amigos y colegas Alejandro Rosas y Joel Álvarez de la Borda, mi reconocimiento, por permitirme acercarme a la enseñanza y utilización de la historia desde perspectivas opuestas: la divulgación y la academia. Ambas, herramientas necesarias para interpretar sus procesos evolutivos.
A mi querido amigo Horacio Alcocer, quien en momentos de saturación siempre estuvo dispuesto a conversar sobre todos aquellos temas cotidianos, de los cuales, la historia, día a día se nutre.
A Andrés Ramírez le debo haber creído en el proyecto, además de sus consejos para llevarlo a cabo. A su persona y su reconocido oficio, mi más profundo agradecimiento.
Intencionalmente, he querido reservar este último párrafo para expresar mi grandísima deuda con mi colega y amigo Luis Enrique Moguel. Desde diferentes conceptualizaciones, justificó el proyecto, lo apuntaló con ideas valiosas, oportunas y necesarias. Con su notable experiencia en las trincheras de la investigación histórica, coincidió en la necesidad de su elaboración, para contribuir a crear, como expresé al inicio, un elemento indispensable para que los mexicanos cuenten con la oportunidad de echar un vistazo a la historia de nuestro país, y que de alguna manera, ello les permita convertir este conocimiento en una herramienta práctica para su diario vivir. Sin sus aportaciones definitivamente hubiera sido imposible llevar a cabo el libro. Para él todo mi reconocimiento y gratitud.
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¿POR QUÉ ACERCARSE A LA HISTORIA
DE MÉXICO?
Al margen del debate acerca de si la Historia es considerada una ciencia, ésta, como toda disciplina del conocimiento, procura hacer un análisis racional de la realidad con el fin de entenderla y tener bases para tomar decisiones. Aunque el estudio del pasado en las últimas décadas ha recaído principalmente en manos de profesionales que llamamos historiadores, su interés es, en cambio, general, pues se trata de un pasado que nos es común.
Así como nos interesa saber qué camino hemos seguido como individuos para llegar al punto en que nos encontramos actualmente, del mismo modo nos interesa saber las rutas que hemos seguido como sociedad. La historia del país, vista así, es como una especie de inmensa autobiografía.
Un acercamiento a esas trayectorias nos permite poner en perspectiva y en sus justas dimensiones nuestra propia vida: nos pone en posibilidades de entendernos como individuos que formamos parte de un todo y como parte de procesos que nos condicionan y ponen límites a nuestro margen de acción individual. Dicho de otro modo, el acercamiento al pasado nos permite crearnos una “conciencia histórica”. Toda conciencia es condición necesaria para tomar decisiones sobre la base del conocimiento y no basadas en la superstición o la mera intuición.
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¿CÓMO PODEMOS ABORDAR
LA HISTORIA DE MÉXICO?
Si aceptamos la metáfora de la historia nacional como una biografía, aquélla presenta, como ésta, la dificultad de estructurar una narración que explique tanto los elementos que cambian lentamente o casi no cambian, como los elementos que están en constante transformación. Para conseguirlo se pueden ensayar diversos caminos. Sin embargo, la división y el ordenamiento cronológicos han sido, y son aún, quizá los que han dado mejores resultados, sobre todo cuando se trata de abarcar un tiempo histórico tan grande y tan complejo como es el nuestro.
Así, como tradicionalmente se ha llevado a cabo, podemos dividir la historia de México en cuatro grandes periodos: prehispánico, virreinal, siglo XIX y siglo XX.
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¿A QUÉ LLAMAMOS MÉXICO PREHISPÁNICO?
Con ese nombre llamamos al largo periodo que inicia con la aparición de los primeros grupos humanos en el territorio que hoy conocemos como México y que culmina con la conquista de dicho territorio por parte de los españoles en 1521.
El núcleo de ese periodo es la historia de los pueblos que originalmente habitaban estas tierras, y que mucho tiempo después algunos arqueólogos denominaron Mesoamérica. Sin embargo, hay que tener presente que la conquista española, si bien modificó una gran parte de ese mundo indígena, no lo aniquiló por completo, de modo que éste se ha prolongado hasta nuestros días tanto a través de la reproducción biológica y cultural de los nativos como por medio de su mezcla con la cultura occidental y en su momento con los contingentes africanos que llegaron a América en fecha posterior. De esas continuidades y de esa mezcla se alimenta el México contemporáneo, por lo que su entendimiento es fundamental para la comprensión de nuestro presente.
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¿QUIÉNES FUERON LOS PRIMEROS HABITANTES
DE LO QUE HOY LLAMAMOS MÉXICO?
Al respecto se han desarrollado diversas teorías desde la llegada misma de los españoles, quienes se preguntaban de dónde venían los habitantes americanos. Algunas crónicas religiosas realizadas por los misioneros que se encargaron de llevar a cabo la conversión de los indígenas a la religión católica mencionan que éstos eran descendientes de alguna de las tribus extraviadas del pueblo de Israel de las que se hacía referencia en la Biblia.
Al paso de los siglos y conforme se perfeccionaba el conocimiento acerca de los grupos humanos en todo el mundo –de sus características físicas, lingüísticas, culturales en general– se fueron perfilando nuevas hipótesis para explicar el origen de los pueblos americanos. La más aceptada hasta nuestros días fue propuesta en la primera mitad del siglo XX y establece que América fue poblada por grupos de cazadores recolectores que cruzaron del extremo nororiental de Asia (Siberia) al extremo noroccidental de América (Alaska) a través del estrecho de Bering. Debemos recordar que el planeta ha sufrido procesos de enfriamiento cuya manifestación más visible fueron las glaciaciones, durante las cuales el agua congelada se retiraba hacia los polos, dejando así amplios espacios de tierra libre que hoy están cubiertos por océanos, Durante la última glaciación se formó un “puente de tierra” de aproximadamente 80 kilómetros de largo entre Asia y América por el que deambulaban grupos nómadas que, en busca de presas, lo recorrieron y continuaron hacia el oriente internándose en nuestro continente. Este proceso debió haber ocurrido de manera intermitente pero constante durante un periodo que va desde hace 70 000 años y hasta hace 30 000. La dispersión de estos grupos con características mongoloides continuó hacia el sur hasta que terminaron por tener presencia en la mayor parte del territorio americano.
A pesar de que la teoría del poblamiento de América por el estrecho de Bering ha sido cuestionada, se ha mantenido firme hasta nuestros días. Existen otras hipótesis al respecto como la que sostiene que los primeros pobladores americanos provenían de las islas del Pacífico sur o de Australia y que llegaron por las costas sudamericanas, sin embargo, dadas las condiciones de navegación de aquellas épocas y con base en los restos arqueológicos ha sido poco aceptada.
De acuerdo con las investigaciones más recientes, las pruebas más antiguas de ocupación humana en México tendrían una antigüedad de 32 000 años y corresponden a los hallazgos efectuados en El Cedral, San Luis Potosí, consistentes en restos de una hoguera rodeada de huesos de mamut. El periodo que inicia en esa fecha y que culmina con la aparición de aldeas agrícolas en Mesoamérica hacia 2 500 años a. C. es llamado Arcaico.
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¿QUÉ ES MESOAMÉRICA?
Literalmente Mesoamérica significa la América media o del centro. Con este nombre nos referimos a un espacio geográfico que incluye la parte central y sur de México, así como los territorios actuales de Guatemala, Belice, El Salvador, Honduras, Nicaragua y una parte de Costa Rica, donde los españoles encontraron los núcleos indígenas más poblados y de mayor desarrollo cultural. El otro gran polo demográfico y cultural americano de ese momento se encontraba en los Andes.
Pero también Mesoamérica es una categoría de análisis histórico con que se define el territorio, los pueblos y la cultura que ahí se desarrollaron. En 1943 el antropólogo alemán Paul Kirchhoff propuso una serie de 82 elementos que, de acuerdo con él, eran comunes a los grupos humanos que vivieron en ese territorio. Así nació el concepto de “complejo mesoamericano” que fue aceptado en su tiempo y que con sus ajustes ha pervivido hasta hoy. Entre los elementos que enumeró Kirchhoff se pueden mencionar: el conocimiento y uso de numerosas técnicas de producción agrícola, entre ellas, la fabricación de terrazas y obras hidráulicas, el empleo del bastón plantador y el azadón de madera; el cultivo de maíz, frijol, calabaza, tomate, chile y chía; preparación de tortillas de maíz; elaboración de telas de algodón; edificación de complejos urbanos y pirámides escalonadas; patios en forma de I para el juego de pelota; el desarrollo de ciertas formas de organización social, política y económica; uso de dos calendarios, uno solar y otro ritual; etcétera.
El área mesoamericana ha sido dividida para su mejor entendimiento en varias regiones: Occidente, Altiplano central, Costa del Golfo, Oaxaca y Maya.
Junto con el concepto de Mesoamérica nació el de Aridoamérica, también propuesto por Kirchhoff, que incluye el norte de México y el suroeste de los Estados Unidos, y el de Oasisamérica.
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¿CUÁLES FUERON LAS PRINCIPALES CULTURAS
MESOAMERICANAS?
Para responder se debe establecer que el lapso que va desde la aparición de las primeras comunidades agrícolas hasta la conquista por parte de los españoles se ha dividido en tres grandes periodos:
a) Preclásico (2 500 a.C. a 100 a.C.) Se caracteriza por la aparición de la vida sedentaria y, con ello, el establecimiento de comunidades agrícolas, así como por el desarrollo de la primera civilización mesoamericana: la olmeca. El núcleo de la cultura olmeca se encuentra en la actual frontera de los estados de Veracruz y Tabasco, desde allí irradió un conjunto de características culturales compartidas por otros grupos contemporáneos suyos en diversas áreas de Mesoamérica (el Altiplano, Oaxaca, las tierras bajas centrales del área maya, etc.) pero que también pervivieron para constituir buena parte de los rasgos que Kirchhoff enumeró como la agricultura del maíz, la construcción de centros ceremoniales, la escultura monumental, la escritura y el calendario, entre los más importantes. Por ello, la olmeca es considerada la “cultura madre”.
b) Clásico (100 a.C. a 800 d.C.) Este periodo se caracteriza por la organización gradual de asentamientos humanos en torno de complejos político-religiosos, por el desarrollo de la vida urbana a la cual se supeditaba la vida rural y por una clara diferenciación social de carácter teocrático. En el Altiplano central dominó la cultura teotihuacana durante la mayor parte del periodo; Teotihuacán se convirtió en el núcleo religioso, político y económico más importante de Mesoamérica y de allí nacieron los modelos estéticos del arte indígena clásico. La cultura maya vivió en estos momentos su mayor esplendor en ciudades como Uaxantún, Tikal, Palenque, Piedras Negras, Yaxchilán y Copán. En los valles centrales de Oaxaca se desarrolló la cultura zapoteca que tuvo su capital en Monte Albán. En el golfo de México tuvieron gran importancia hacia el final del periodo la cultura totonaca (Remojadas, Yohualichan y El Tajín) y la huasteca (El ébano, Tancanhuitz y Tamuín).
c) Posclásico (siglos IX d.C. a XVI a.C.) La estabilidad política y económica con el consecuente florecimiento de las artes que vivió Mesoamérica durante el periodo clásico llegó a su fin alrededor del siglo IX de nuestra era. Son varias las hipótesis que se han adelantado para explicar este fenómeno, pero posiblemente haya sido la conjunción de un aumento demográfico combinado con una crisis de producción, así como la invasión de grupos venidos del norte. En la primera parte del posclásico se nota un dinamismo inusual en los movimientos migratorios que favorece la mezcla de rasgos culturales y étnicos; particularmente son significativas las migraciones de cazadores nómadas provenientes del norte (llamados genéricamente chichimecas) que penetran al territorio mesoamericano y producen ciertos modelos culturales caracterizados po
