Dresde

Sinclair McKay

Fragmento

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INTRODUCCIÓN

LA CIUDAD EN EL TIEMPO

 

 

 

 

Junto al muro del palacio, a la sombra de la catedral católica, el ocaso invernal puede producir un efecto llamativo. Al echar un vistazo alrededor, aún hoy es posible pasar un momento fugaz en soledad. En el triángulo de adoquines y piedra esculpida —la Schlossplatz, delante de los grandes arcos que llevan al patio del palacio, con la flecha de la iglesia recortada nítida y alta contra un cielo de amatista— el tiempo puede soltar suavemente las riendas.

Con algunos conocimientos de historia del arte, uno puede imaginarse a comienzos del siglo XIX, como una figura inmóvil en un cuadro del pintor romántico Caspar David Friedrich, que vivió en Dresde y pintó sus cúpulas y campanarios bañados en una luz color limón. Puede retrotraerse aún más: habitar un ricamente detallado Bellotto. En el siglo XVIII, también este pintor se sintió atraído por la elegancia arquitectónica de la ciudad, con las amplias plazas de los mercados y las bellas proporciones de las casas y los edificios cívicos. Si uno se demora un poco, oirá la misma música que oyeron esos artistas: las campanadas de la catedral. Tañen con insistencia y clamor, así como con una nota más profunda y resonante que recuerda a la cólera.

Y es esa cuasidiscordancia la que convoca espontáneamente el pasado reciente y terrible. Muchas de las personas que se detienen o pasean por la zona no pueden evitar imaginar, siquiera un momento, el grave zumbido de los aviones en las alturas, el cielo iluminado por bengalas marcadoras verdes y rojas, y luego el rugido de las llamas al ascender aún más en la catedral destripada.

Esas visiones no se limitan a este sitio particular. A unos pocos metros de la plaza se halla la elegante explanada que mira al río Elba y sus curiosas márgenes anchas. Ahora como entonces, las aceras de piedra se extienden frente a la Academia de Bellas Artes, coronada por una cúpula de cristal reluciente. Al igual que ante la catedral, al andar por allí uno se sumerge en dos corrientes temporales distintas; se encuentra en el presente, contemplando el valle curvo del Elba, y al mismo tiempo divisa en el frío cielo nocturno cientos de bombarderos que irrumpen desde el oeste. Se imagina entre una multitud aterrorizada que trata de escapar del intenso calor de las llamas dirigiéndose como por instinto al río. He ahí la verdad macabra de Dresde: toda visión de belleza comporta la conciencia fugaz de una violencia terrible. Todos los que visitan la ciudad experimentan esa dislocación momentánea. Sería erróneo hablar de inquietud; la sensación no tiene nada de espectral. Pero hay una acusada crueldad en la yuxtaposición de la arquitectura de ensueño y el conocimiento de lo que subyace a ella. Y, por supuesto, la ilusión se basa en otra ilusión: buena parte de la arquitectura de ensueño que vemos hoy fue destruida por la catástrofe.

No debería ser posible ver la misma ciudad que esbozó con notable ingenio el pintor expresionista Conrad Felixmüller en la década de 1920; ni echar un vistazo a la piedra y el cristal con que se cruzaba Margot Hille —aprendiz de diecisiete años en una cervecería en el oeste de la ciudad— al volver a casa del trabajo durante la guerra, en la primera mitad de la década de 1940; ni representarse el acomodado mundo burgués de comienzos de siglo que frecuentaban el doctor Albert Fromme, los Isakowitz y Georg y Marielein Erler: los restaurantes de bien, la ópera, las galerías exquisitas. No debería ser posible admirar nada de eso porque, en solo una noche, el 13 de febrero de 1945, a escasas semanas del final de la guerra, 796 bombarderos sobrevolaron la plaza y la ciudad y, en palabras de un joven superviviente, «abrieron las puertas del infierno». En esa única noche infernal, se estima que perdieron la vida unas veinticinco mil personas.

Dresde ha sido reconstruida poco a poco, no sin dificultades ni contratiempos. La restauración minuciosamente detallada se alió con un perceptivo paisajismo moderno, de manera que los nuevos edificios construidos en las plazas de los mercados no saltasen de inmediato a la vista. Pero lo extraño es que, a pesar de la milagrosa reconstrucción, de algún modo aún pueden verse las ruinas.

En el caso de la Frauenkirche, la iglesia barroca del siglo XVIII que preside la plaza del Neumarkt, el efecto es deliberado: se pretende hacer visible cómo la piedra clara que se usó en la restauración y que se erige hacia el cielo contrasta con la mampostería original renegrida, cuyos muñones destrozados fueron casi lo único que quedó en pie tras el paso de los pilotos del Mando de Bombardeo y, al día siguiente, la Octava Fuerza Aérea de Estados Unidos.

La ciudad es hoy en día una especie de tótem dedicado a la indecencia de la guerra total: como Hiroshima y Nagasaki, Dresde es un nombre asociado a la aniquilación. El hecho de haber estado situada en lo más profundo de la Alemania nazi y de haber sido de las primeras y más entusiastas al adoptar las políticas más nauseabundas del nacionalsocialismo le añade nudos morales de una extraordinaria complejidad.

Durante décadas, con diversos grados de cólera, contrición, dolor y trauma, se ha debatido y analizado la crudeza de la moral —así como la falta de moral— de la ciudad y su destrucción. Esos debates siguen formando parte del paisaje. En Dresde, el pasado está en el presente, y todo el mundo tiene que andar con cuidado por las capas del tiempo y la memoria.

Otro nudo de dificultad atañe al pasado más reciente de la ciudad: después de la guerra, Dresde se incorporó a la República Democrática Alemana, que se hallaba bajo el control de la Unión Soviética. Esta tomó el mando de la historia en un sentido literal, y los soviéticos ordenaron construir en el centro de la ciudad nuevas edificaciones que supuestamente tenían que apuntar al futuro. En medio de las oleadas de celebraciones que saludaron la reunificación alemana a lo largo y ancho del continente en 1990, hubo personas —y sigue habiéndolas— que lamentaron con total sinceridad la caída del Gobierno de Alemania Oriental.

Uno de los ciudadanos más célebres de Dresde, el profesor Victor Klemperer —de los poquísimos judíos que siguieron en la ciudad después de que deportasen a la gran mayoría a campos de exterminio—, comentó al final de la guerra que Dresde era un «estuche rococó»; y esa es una de las principales razones de que la tormenta de fuego recibiera tanta atención. A buen seguro, otros pueblos y ciudades alemanes sufrieron pérdidas proporcionalmente mayores; Pforzheim, al oeste, fue atacada pocas semanas después, y el porcentaje de la población que murió en pocos minutos fue más alto aún que el extraordinario número de víctimas en Dresde.

Y hubo tormentas de fuego anteriores: en 1943, llovieron toneladas de bombas incendiarias sobre las casas y los edificios de madera de Hamburgo; se desataron incendios, estallaron ventanas y se vinieron abajo los techos. Los pilotos que surcaban el cielo anaranjado vieron pasmados cómo las llamas se aunaban en las callejuelas estrechas, formando una caldera cada vez más enorme que empezaba a alterar los elementos: faltaba el aire, se alzaban vientos huracanados de un calor abrasador y quienes simplemente no morían quemados o calcinados se asfixiaban, mientras el fuego les perforaba los pulmones con cada bocanada inútil.

Se bombardearon Colonia, Frankfurt, Bremen, Mannheim, Lubeca y también otras ciudades. En muchas de ellas, además de un total de víctimas inimaginable, hubo enormes pérdidas arquitectónicas: los palacios, óperas e iglesias que habían conformado una idea abstracta de la civilización europea.

A diferencia de otras ciudades del oeste del país, Dresde se encuentra cerca de las fronteras polaca y checa, a unos ciento cincuenta kilómetros de Praga, y ya entonces destacaba en la imaginación mundial. Desde hacía tiempo, le daban fama sus exquisitas colecciones de arte, la colorida historia de Sajonia y el acogedor paisaje en torno a sus bellas iglesias barrocas, catedrales y callejuelas. Entonces, como ahora, la ciudad parecía existir por su cuenta, sumergida en el valle del río Elba, rodeada de suaves colinas que se iban empinando hasta formar en la lejanía montañas boscosas. Johann Gottfried Herder la llamó la «Florencia alemana», haciendo paralelismos admirables entre las dos ciudades, y el nombre dio lugar al aún más usado de «Florencia del Elba».

Pero la ciudad asimismo tenía fama de no ser una mera curiosidad. Dresde nunca fue un simple estuche rococó; también adquirió renombre por el estupendo vigor de su vida artística, gracias a las increíbles innovaciones de sus pintores, compositores y escritores. Albergó a algunos de los primeros modernistas; y muchos arquitectos visionarios, con nuevas ideas sobre comunidades perfectas, se sintieron atraídos por Dresde. Además, la música parecía formar parte de la composición química de sus calles. Y sigue siendo así: por las tardes, en el casco antiguo se pueden oír músicos callejeros clásicos y los ecos de los coros de la catedral. Esos mismos ecos se oían hace decenios.

En vista de todo lo anterior, la historia de Dresde —su destrucción y resurrección— nos obliga a hacernos una serie casi shakespeariana de preguntas terribles a nivel ético. Si reconocemos los sufrimientos que padecieron aquella noche y en los años subsiguientes millares de personas —niños, mujeres, refugiados, ancianos—, ¿minimizamos los crímenes atroces que se habían cometido a su alrededor desde la llegada al poder del Partido Nazi? Si ahondamos en las historias individuales, ¿nos arriesgamos a fetichizar una ciudad hermosa, cuando otras aldeas, poblaciones y ciudades de toda Europa fueron tratadas de manera incluso más brutal?

También está la cuestión de cómo considerar a los cientos de pilotos que sobrevolaron la ciudad y arrojaron bombas de fuego sobre su blanco. Aquellos jóvenes exhaustos, vacíos, helados y muertos de miedo, que llegaban al amargo final de un largo conflicto en el que habían visto a muchos de sus amigos estallar en el aire, siguieron las órdenes de sus comandantes, ni más ni menos. Los tripulantes de los aviones —británicos, estadounidenses, canadienses y australianos, entre otros— pilotaban, calculaban trayectorias, apuntaban armas a los cazas enemigos, yacían boca abajo en los compartimentos de las bombas, hablaban por intercomunicadores y se aferraban a amuletos de la suerte, como un gorro de tela, calcetines especiales o incluso el sujetador de una novia. Un sujetador tenía un poder talismánico mayor que un crucifijo. Esos hombres contemplaban en la oscuridad los incendios que ardían centenares de metros abajo, pero seguían arrojando bombas incendiarias, a sabiendas de que, en el momento menos pensado, también ellos podían arder y morir calcinados. ¿Cómo harían esos jóvenes para defenderse de las acusaciones posteriores de que ellos —y el mariscal del aire británico, Arthur Harris, a quien apodaban «el Carnicero»— habían participado en crímenes de guerra?

Aunque el presente libro es en parte una narración sobre el poder armado, esta no puede concebirse puramente en términos de historia militar. Antes bien, deberíamos intentar ahondar en la catástrofe, siempre que sea posible, a través de los ojos de quienes la vivieron en tierra y en el aire, de quienes tomaron decisiones y quienes no tuvieron capacidad de acción. Porque se trata de una tragedia con repercusiones que fueron mucho más allá de la guerra. Además de los miles de vidas que se extinguieron aquella noche, se hicieron añicos una cultura y una memoria. Y aquel horror nocturno sigue siendo una cuestión política muy tensa en la actualidad: hay que tener muchísimo cuidado para no dar apoyo o pábulo a quienes intentan explotar hoy en día a los muertos de entonces. La conmemoración es de por sí un campo de batalla; hay gente de extrema derecha, en el este de Alemania y en otras partes, que trata de explotar continuamente la idea de que los nativos civiles de la Alemania nazi también fueron víctimas de atrocidades. Agravan sus argumentos con descabelladas teorías conspirativas acerca del motivo del bombardeo. Se les oponen ciudadanos que comprenden que no puede permitírsele a esa gente apropiarse de los acontecimientos de aquella noche para sus propios fines. El pasado debe protegerse.

Tal vez una de las maneras de hacerlo sea simplemente escuchar las voces de quienes estuvieron presentes. Estudiar las vidas de quienes nacieron en Dresde mucho antes de que las tinieblas se cerniesen sobre la ciudad; las de sus hijos, nacidos en esas tinieblas; las de quienes padecieron el terror ilimitado de aquella noche, y las de quienes tuvieron que descubrir un modo de reconstruir la vida cotidiana durante los años dislocados que vinieron a continuación.

En los últimos años, ha habido una colaboración asaz conmovedora entre las autoridades de la ciudad moderna y los voluntarios de la Dresden Trust, organización británica destinada a ayudar a Dresde en su reconstrucción y que viene colaborando de manera especialmente estrecha con ella en la restauración minuciosa de la Frauenkirche.

Dresde y la fundación han aprovechado la simbiosis entre ella y la localidad de Coventry, en el centro de Inglaterra, que en noviembre de 1940 fue atacada y reducida a plomo fundido y cascotes de piedra y ladrillo ardientes por la Luftwaffe. El hermanamiento de las ciudades quiere fomentar la conciencia de que no debe permitirse que nada parecido vuelva a ocurrir jamás.

Pero también es importante entender que la historia de Dresde versa a su vez sobre la vida, no solo sobre la muerte; trata de la infinita capacidad de adaptación que demuestra el espíritu humano en las circunstancias más extraordinarias.

En la actualidad, conforme los acontecimientos se alejan de la memoria viva y podemos verlos con una mirada más clara y menos ofuscada por reclamos, réplicas y propaganda, también se presenta la oportunidad de efectuar otro tipo de restauración: conmemorar a los habitantes de Dresde y la textura de sus vidas cotidianas.

En los últimos años, los responsables de los archivos de la ciudad han realizado un notable esfuerzo por obtener todos los testimonios y relatos posibles de testigos presenciales. En un proyecto inspirador de historia comunitaria, se han capturado voces que han resucitado con el recuerdo a muchos de los muertos. Eran —son— historias contadas por una gran variedad de ciudadanos, de todas las edades, puestas por escrito en distintos momentos. Hay relatos de quienes entonces eran niños, así como diarios, cartas y textos legados por personas mayores que sobrevivieron a la catástrofe y dejaron constancia del horror. Desde la tranquila autoridad del principal médico de Dresde hasta los vigías de los ataques aéreos; desde los judíos de la ciudad perseguidos sin piedad hasta los residentes no judíos que, avergonzados, intentaron ayudar; desde los recuerdos de adolescentes y escolares hasta las extraordinarias experiencias de algunos de los residentes más ancianos, el archivo contiene un retrato caleidoscópico no solo de una noche, sino de un momento histórico extraordinario en la vida de una ciudad no menos extraordinaria. Son multitud de voces que esperan ser escuchadas, muchas por primera vez.

Ha llegado el momento de mirar bajo las ruinas y los edificios restaurados para recrear el ambiente de una ciudad que otrora —antes de la indecencia del nazismo— fue inusualmente innovadora y creativa. De caminar por las calles que desaparecieron hace tiempo y volver a verlas como las vieron sus habitantes. La historia no versa solo sobre una destrucción pasmosa, sino también sobre el modo en que las vidas fragmentadas supieron regenerarse después.

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PRIMERA PARTE

 


 

La furia que se acerca

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1

LOS DÍAS PREVIOS

 

 

 

 

A principios de febrero de 1945, el aire fresco de Dresde olía a humo. Aunque en tiempos de guerra los suministros de carbón nunca estaban asegurados, las estufas y calderas de la ciudad luchaban contra las heladas matutinas. La nieve había desaparecido, pero el aliento seguía condensándose en el aire frío. El adoquinado húmedo en torno a la Frauenkirche era traicionero, un riesgo potencial para aquellos que caminaban con las manos metidas hasta el fondo en los bolsillos de sus abrigos. Por la mañana, los caballeros con sombrero pisaban con cuidado cuando, en un simulacro de normalidad pequeñoburguesa, iban a trabajar a los bancos y aseguradoras del mercado viejo.

Otros andaban con más ligereza por las calles estrechas; el adolescente Gerhard Ackermann, que esquivaba los tranvías eléctricos color crema y marrón y las carretillas de madera de los verduleros, había pasado buena parte del fin de semana anterior en el cine. A esas alturas, muchos alemanes se refugiaban en los mundos alternativos de celuloide, viendo películas con cierta avidez. La que vio Ackermann era In flagranti. Rodada unos pocos meses antes (una de las últimas películas producidas bajo el régimen nazi), era una comedia alocada, con muchos giros de farsa, centrada en una secretaria que se convierte en detective privada.[1]

Todo aquel invierno hubo proyecciones en las dieciocho salas de Dresde. Entre los cines más imponentes estaba el Universum Kino, un establecimiento con mil localidades orientado a la clientela de mayor categoría. El cinematógrafo era principalmente un pasatiempo para los dresdenses de clase trabajadora; pero salas como el Universum podían atraer a la clase media con dramas de época y adaptaciones de novelas clásicas.[2] In flagranti fue la última película que se proyectó en Dresde antes de que los nazis ordenaran que todos los cines de Alemania cerrasen sus puertas.[3] La entrada del joven Ackermann se convertiría en un souvenir.

Órdenes aparte, para muchos de los dresdenses mayores el escapismo no merecía la pena. Habían comprendido de manera instintiva y precipitada que el orden establecido, el mundo tal y como lo conocían, iba a desaparecer de un momento a otro. Aquellos ciudadanos podían ver con sus propios ojos que la ciudad vivía a un ritmo febril: un flujo constante de camiones que transportaban jóvenes soldados alemanes cruzaba las avenidas de la ciudad y luego los puentes hacia al este, mientras unos carros tirados por caballos exhaustos con familias de refugiados igualmente agotadas llegaban del campo, tras hacer el penoso viaje en sentido opuesto.

Aquel ajetreo respondía a un verdadero apremio. El Ejército Rojo, bajo las órdenes del mariscal Gueorgui Zhúkov, había cruzado el río Óder en Polonia, y el apabullante avance de los soviéticos continuaba sin pausa desde mediados de enero, cuando se habían abierto paso por entre las líneas alemanas como un hacha al hender una puerta podrida. En el oeste, los estadounidenses y los británicos ejercían mayor presión como consecuencia de la batalla de las Ardenas, e iban cruzando pueblos y bosques helados.

Muchos civiles alemanes empezaban a considerar la posibilidad de una ocupación estadounidense con una ambivalencia tácita, pero la amenaza de una conquista soviética inspiraba un miedo verdadero y expreso. Ya antes de su llegada se contaban historias sobre el placer sociopático con que el Ejército Rojo se había abalanzado sobre incontables mujeres, así como sobre algunos varones de la población civil del este. Al huir del avance ineludible, ninguno de los agricultores y trabajadores rurales alemanes de esas regiones (ni sus familias) tenía conciencia de que, en ese momento, su futuro y el de la nación se estaban decidiendo en un complejo del mar Negro, a unos dos mil kilómetros al este de Dresde. En un palacio otrora opulento de Yalta, Iósif Stalin, Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt —este último con ictericia y visiblemente enfermo—[4] debatían cómo se debería gobernar y dominar la Alemania derrotada; cómo el país se dividiría en cuatro zonas ocupadas —estadounidense, británica, francesa y soviética— y se gobernaría de acuerdo con escrupulosos principios democráticos. En la conferencia, los altos comandantes de Stalin solicitaron que los enlaces de transporte de Dresde, que quedaría en la esfera de influencia soviética, fuesen bombardeados por las fuerzas angloestadounidenses a fin de impedir los movimientos de los alemanes hacia el este.[5]

A esas alturas de la guerra quedaba claro que los escuadrones de bombarderos pesados ya estaban obsoletos, pues el futuro de la guerra pertenecía a los físicos. Los estadounidenses estaban a punto de producir en secreto el arma nuclear que los nazis tanto se esforzaron por conseguir antes. Y Stalin estaba al corriente de la labor realizada en los laboratorios de Los Álamos, en Nuevo México, gracias a los informes igualmente secretos que le proporcionaba el científico y simpatizante del comunismo Klaus Fuchs.

Para la población civil alemana debió de ser difícil imaginar una destrucción mayor que la causada hasta entonces. O que la que se avecinaba. El 6 de febrero de 1945, la Octava Fuerza Aérea de Estados Unidos realizó ataques sumamente destructivos contra las ciudades de Chemnitz y Magdeburgo. El casco histórico de esta última, situada a orillas del río Elba, a doscientos veinticinco kilómetros al noroeste de Dresde, ya estaba reducido a polvo y escombros; un bombardeo del mes anterior, que apuntaba en gran medida a la refinería de petróleo, había producido incendios que consumieron parte de la majestuosa arquitectura cívica, así como innumerables casas y apartamentos.[6]

A pesar de los boletines radiofónicos que hablaban de una feroz resistencia alemana a las acometidas de los aliados, y los artículos periodísticos que aseguraban a los lectores que se frenaría la ofensiva angloestadounidense, todos los dresdenses sabían que la ciudad atraía cada vez más la atención del enemigo; los aviones de reconocimiento se recortaban «plateados contra el cielo», como los describió Dieter Patz, de once años en ese momento.[7] En la medida de lo posible, las madres procuraban proteger a sus hijos de la realidad de la guerra. Frieda Reichelt, que tenía una hija de diez años llamada Gisela, esperaba para marzo otro niño. «Yo aguardaba con entusiasmo la llegada de mi hermano —recordaría Gisela—. Dresde estaba lejos de la guerra y no nos preocupaban los ataques aéreos. Mi madre hizo que yo tuviera una infancia feliz, dentro de lo posible.»[8]

Pese a la calculada despreocupación de la que hacían gala muchos ciudadanos, Dresde ya había sido el blanco de dos ataques aéreos norteamericanos: uno en el otoño de 1944 y otro el 16 de enero de 1945. Los atacantes habían aparecido en el cielo a plena luz del día, y sus bombas habían matado a varios centenares de personas en cada ocasión. El objetivo principal había sido la enorme estación de clasificación que se hallaba cerca del hospital Friedrichstadt. Como si no fuera poca la tensión, casi todas las noches las sirenas de alerta temprana de Dresde aullaban neurótica e innecesariamente en la oscuridad, impidiendo que muchos durmieran bien. Aun cuando la ciudad parecía encontrarse desde hacía años lejos de la guerra, a los habitantes se les recordaba el conflicto sin pausa, incluso en sueños.

Los boletines de noticias afirmaban noche tras noche que la superioridad de las fuerzas alemanas estaba frenando a los rusos, pero corrían rumores de que Berlín caería de un momento a otro. Sin saberlo los dresdenses, las autoridades de Berlín habían clasificado su ciudad como una «fortaleza»,[9] lo que quería decir que, si llegaba a producirse una incursión soviética en masa, los soldados alemanes tenían instrucciones de convertir sus calles y plazas en un campo de batalla. Con una población de unos seiscientos cincuenta mil habitantes, más o menos la misma que Manchester o incluso Washington D. C., Dresde fue designada parte de la línea del Elba, bajo el mando del general Adolf Strauss, que se extendía a lo largo del río desde Praga y desde allí cruzaba Alemania hasta Hamburgo; un frente que, en teoría, los alemanes protegerían de forma sangrienta y hasta las últimas consecuencias.

Durante las noches silenciosas de oscurecimiento, muchos en Dresde imaginaban que oían el ruido de la muerte retumbando en las colinas lejanas. Se contaban horrendas historias de violaciones múltiples y mutilaciones, y eran ciertas. El Ejército Rojo se hallaba a poco menos de cien kilómetros. Hertha Dietrich, una mujer soltera que se alojaba en casa de un administrador de caballerizas jubilado, estaba angustiada porque no podría soportar que la ciudad cayera en manos de esa gentuza y al cabo declaró que se «llevaría al viejo a casa de unos conocidos», en un pueblo más al oeste.[10]

¿Y cuántos ciudadanos oyeron que, hacía solo unos pocos días, los soviéticos se habían topado en su avance con un campo de concentración nazi? Con toda seguridad, el profesor Victor Klemperer y su esposa tuvieron noticias terribles sobre Auschwitz; los soldados soviéticos habían hallado el campo abandonado y con miles de esqueletos vivientes, prisioneros a los que habían dejado para que murieran allí. Ese descubrimiento de pesadilla tuvo lugar el 27 de enero. Los rumores sobre el tema habían llegado hasta Dresde y le habían confirmado a Klemperer que sus temores previos eran justificados. En los últimos años, cada vez que la Gestapo ordenaba a amigos y vecinos que preparasen la maleta para un viaje, él había intuido que los enviaba en tren a la muerte.[11]

A los pocos judíos que quedaban en Dresde les habían confiscado sus bienes y vivían hacinados en casas especiales, que estaban deterioradas y habían sido divididas en apartamentos diminutos. Eran frías y rudimentarias; el suministro de gas fallaba tanto que apenas podía calentarse agua; y, en cualquier momento del día y la noche, los residentes podían verse sometidos a las violentas inspecciones de las autoridades. Klemperer había visto cómo entregaban a incontables judíos documentos para su «deportación»; y cómo una población de millares había quedado reducida a poco más de unas decenas. Muchos dresdenses albergaban sus mismas sospechas, pero todo el mundo sabía que era desaconsejable comentar esas cosas en público. La división regional de la Gestapo y la policía estaban facultadas para ejecutar a cualquier sospechoso de traición, y socavar la moral se consideraba como tal.

La vida cotidiana suponía el reto de ver sin ver y oír sin oír, pero la disolución de los valores habituales de la burguesía cobraba formas sorprendentes. Se veía a refugiados del campo, que se reunían en las inmediaciones de la enorme estación de ferrocarril, acuclillarse en los callejones aledaños y evacuar, porque las colas en los aseos de la estación eran demasiado largas; los quisquillosos dresdenses no estaban acostumbrados a presenciar tales situaciones.

El doctor Albert Fromme, de sesenta y cuatro años, veía llegar a su clínica un número creciente de refugiados de Silesia: enfermos, desconcertados, impedidos de seguir camino hacia el oeste. El doctor Fromme era el médico de mayor preeminencia en el hospital Friedrichstadt de Dresde, cuyos parques arbolados iban desde el río Elba hasta las estaciones de clasificación. (A pesar del conflicto, la institución seguía estando abierta para todo el mundo.) Entre las dificultades a las que se enfrentaba figuraban preocupaciones por la falta de suministros médicos y analgésicos, y el hecho de que el abastecimiento de combustible se realizaba de manera esporádica.

El doctor Fromme era uno de los ciudadanos más influyentes de Dresde. Solo un año antes, lo habían nombrado presidente de la Sociedad Alemana de Medicina y, en Dresde, había fundado una muy admirada academia médica. Sin embargo, no por eso era un miembro de la clase dirigente, pues nunca se había afiliado al Partido Nazi. La casa de los Fromme estaba llena de sobrias pinturas al óleo y una enorme variedad de libros. Según sus hijos, el doctor era una figura reservada (cuando llegaba a casa a diario para almorzar, esperaba tranquilidad y decoro), aunque esto tiene poco de notable en vistas de su experiencia como médico de campaña en la Primera Guerra Mundial; no solo había visto horrores en las trincheras, sino que había luchado desesperadamente por salvar a quienes habían padecido sufrimientos horrendos. ¿Cómo no iba a ser taciturno?

Su labor en Dresde ocupaba todo su tiempo. Cada día, en los pasillos del hospital, que olían a desinfectante fresco y penetrante, sus colegas más jóvenes y él se enfrentaban a dificultades logísticas que en tiempos de paz se habrían juzgado insalvables. Pero, como el resto de los dresdenses, el doctor Fromme se había adaptado de alguna manera al giro que había dado el viejo mundo.

 

 

No muy lejos del hospital abarrotado estaba otra venerable institución de Dresde: la pujante fábrica Seidel und Naumann, por cuyas puertas entraba y salía a diario una gran masa de trabajadores. Desde hacía tiempo una marca muy conocida —de hecho, el doctor Fromme tenía mucha fe en uno de sus productos de cuidadoso diseño: su máquina de escribir personal—, para febrero de 1945 había reorientado casi toda su producción a las labores bélicas.

Dos chimeneas destacaban sobre el perfil del complejo Seidel und Naumann: un reflejo de la industria a las agujas de la catedral situada ochocientos metros al este. Había también reminiscencias de elegancia. Las instalaciones de la fábrica tenían una dignidad austera y, desde fuera, parecían edificios de apartamentos. Las construcciones formaban una enorme plaza, en el medio de las cuales quedaba espacio abierto, lo que dejaba entrar la luz en cada sección. Desde antes de la guerra —de hecho, desde comienzos de siglo— la empresa había producido artículos domésticos de bello diseño y con detalles muy elaborados. Sus máquinas de escribir, comercializadas bajo las marcas Ideal y Erika, se exportaban a lo largo y ancho de Europa. Sus máquinas de coser se encontraban en los salones de todo el continente. Sus bicicletas seguían siendo muy populares. La empresa había demostrado ser igualmente innovadora y distinguida a la hora de mantener las relaciones con sus empleados. Seidel und Naumann no solo ofrecía a sus trabajadores un amplio comedor con comida nutritiva, sino también un sistema interno de salud y excursiones recreativas.

Antes del comienzo de la guerra, la sede de Dresde daba empleo a unas dos mil setecientas personas, pero la composición del personal que franqueaba a diario el portón de la fábrica en la Hamburger Strasse había cambiado mucho. En ausencia de hombres en edad militar, la gran mayoría de quienes trabajaban allí eran mujeres, muchas de ella trabajadoras forzadas: judías e incluso mujeres de la Unión Soviética. La degradación de la mano de obra se había producido lenta e inexorablemente durante la guerra, y en 1945 aquellas trabajadoras esclavas —demacradas, acosadas, con ropa deficiente— de algún modo habían sido aceptadas por los dresdenses como parte de la normalidad. La naturaleza del trabajo fabril también había cambiado drásticamente. Y el propósito de los productos finales —desde espoletas de granadas hasta detonadores de cargas de profundidad, pasando por cañones antiaéreos— se mantenía en estricto secreto incluso para quienes dedicaban largas horas a fabricar sus partes. La oferta y la demanda de artículos domésticos habían desaparecido, como es comprensible.

 

 

En Dresde quedaban algunos hombres en edad laboral que no servían en el ejército. El padre del niño de once años Dieter Patz trabajaba bastante cerca de casa en una metalúrgica especializada en instrumentos complejos. El niño estaba seguro de que su padre «trabajaba en una fábrica de tijeras».[12] Por supuesto, la verdad era otra: la planta se había reorientado años atrás al negocio mucho más elaborado de los componentes militares. Y los trabajadores cualificados tenían deberes adicionales, incluido el de asistir a las reuniones obligatorias del Volkssturm al final de cada jornada.

El Volkssturm, en su sentido más amplio, era el último recurso militar de Alemania: se componía de todos los hombres que, por la razón que fuese, no habían sido llamados a filas. Cada ciudad y distrito contaba con un pelotón de ellos, a menudo maduros o ancianos, pero el pelotón en sí no tenía vínculos oficiales con el ejército. La idea solo se había resucitado en 1944, y aquellos a los que se les exigía asistir a las reuniones sabían que existían pocas probabilidades de que un día les proporcionaran armas o equipo de verdad. En otras ciudades, se les había encargado a sus miembros llenar los baches y cráteres creados por los ataques aéreos. También había un carácter sectario en todo ello; las reuniones desbordaban de exhortaciones nazis relacionadas con la muerte, la sangre y el honor, puntuadas por invocaciones casi místicas sobre la patria ancestral. Patz solo recordaba que, cuando su padre por fin regresaba a casa, lo hacía «mucho después de la hora de cenar habitual, y parecía totalmente agotado».[13]

En términos de trabajadores forzados, una de las mayores plantillas estaba en la fábrica de cámaras Zeiss Ikon, situada en el sudeste de la ciudad, cerca del Grosser Garten. Ya en 1942, la empresa era muy importante en la fabricación de instrumentos de precisión y tecnología óptica para el ejército y la fuerza aérea. Muchos judíos de Dresde, incluido el profesor Victor Klemperer, fueron obligados a trabajar en ella.[14] En febrero de 1945, como muchos habían sido deportados a los campos de exterminio en el este, numerosos judíos de la fábrica debieron ser reemplazados por otros trabajadores forzados: mujeres traídas de Polonia y las fronteras de la Unión Soviética. Las instalaciones contaban con barracones para su descanso, pero las literas de tres pisos, la calefacción deficiente, la constante escasez de comida y el agotamiento socavaban el alma. Aun así, entre ellas circulaban empleadas libres y asalariadas, que llegaban al trabajo caminando o en tranvía desde los suburbios.

Esos grupos no deberían haberse mezclado sin un intenso resentimiento o piedad horrorizada. Pero lo hicieron. Había asalariados dresdenses, según recordaba Klemperer, que no parecían albergar ninguna inquina contra los judíos ni sentían necesidad de guardar las distancias, fuese por hostilidad o por compasión silenciosa. De hecho, a menudo el ambiente en la línea de producción era jocoso.

 

 

Así como la jornada laboral empezaba temprano para los ciudadanos libres de Dresde, sus hijos iban a la escuela para enterarse de si ese día estaba abierta, diligentes en sus estudios aun en el creciente caos que los rodeaba. Había habido muchas interrupciones en el calendario escolar, y las escuelas habían cerrado con frecuencia, a menudo para ahorrar combustible; a los niños, pues, se les permitía organizar juegos de invierno en los parques de la ciudad o en los alrededores arbolados. En algunas aulas se habían improvisado hospitales de campaña para los heridos que llegaban del frente oriental.

Los menores de trece años que vivían en Dresde en 1945 habían crecido sin conocer otra cosa que el régimen nazi; ese era para ellos el orden natural del mundo. Los pocos cuyos padres cuestionaban en secreto o puertas adentro el statu quo debieron de pasarlo mal ante la obligación de aprender y repetir la propaganda que sus compañeros asimilaban de buen grado. Entre los centros de mayor categoría de la ciudad —sin duda alguna en términos de excelencia y logros académicos— figuraba el Vitzthum Gymnasium, instituto al que asistía el hijo mayor del doctor Fromme, Friedrich. Los años anteriores, la institución había sufrido dos reveses importantes: primero, se requisó uno de sus edificios principales para uso militar, lo cual hizo que la escuela tuviese que compartir instalaciones con otra; luego, en 1944, estas quedaron reducidas a escombros bajo las bombas estadounidenses, que cayeron durante un ataque aéreo estratégico a plena luz del día.

Muchos de sus alumnos se convertirían más tarde en abogados, ingenieros, médicos y periodistas, pero un número cada vez mayor de muchachos de quince años eran reclutados por conducto de las Juventudes Hitlerianas para ocupar puestos militares en las baterías antiaéreas. Apuntaban los cañones al cielo nocturno no solo en Dresde, sino también en otras ciudades.

Todos los muchachos estaban obligados a participar en las Juventudes Hitlerianas, incluso los más tranquilos y estudiosos que no eran aptos para las tareas defensivas. Por ejemplo, Winfried Bielss tenía ciertas obligaciones a la salida del colegio, que, al parecer, no interferían demasiado con su pasatiempo principal: coleccionar sellos postales. Winfried vivía con su madre en un apartamento de un barrio residencial elegante en la margen norte del Elba. Su padre, que era soldado, se encontraba entonces en Bohemia, uno de los focos más despiadados del nazismo. Allí en Checoslovaquia, se había exterminado a la población judía casi por completo y también se perseguía a otros grupos, como los romaníes. El padre de Bielss no solo se enfrentaba al avance de las fuerzas de Stalin, sino a la resistencia de grupos locales que estaban luchando con verdadero vigor mientras, a poco menos de doscientos kilómetros de su padre, Winfried Bielss volvía a casa para cenar.

Incluso en aquellos tiempos de escasez, comían col lombarda y patatas fritas; y, como exclamaba su madre, no había razón para estar descontento cuando se podían «seguir saboreando las patatas fritas».[15] En efecto, en tiempos de paz, las recetas básicas de Sajonia siempre habían girado en torno a la sopa de patatas (con pepino y nata agria) y las croquetas de patatas (con suero de leche). Lo único que entonces faltaba de verdad eran los bizcochos azucarados, manjar tradicional en Dresde.

En los primeros días de febrero de 1945, los deberes de Bielss como miembro de las Juventudes Hitlerianas giraban en torno a la gran estación central del ferrocarril, y consistían en guiar a los muchos refugiados que se apeaban allí a sus residencias provisionales en las granjas y aldeas de los alrededores de Dresde. La arquitectura de la estación, con elegantes techos de cristal en curva y un impecable diseño en los andenes y vestíbulos, debió de dar a los recién llegados una idea de la ciudad que Dresde había sido hasta hacía poco. La estructura revelaba cierto cosmopolitismo: detalles paneuropeos en los espirales del herraje, y una luz que entraba por los techos acristalados, dando un halo romántico al humo de las locomotoras de vapor.[16] Hasta hacía poco también habían llegado refugiados de algunas ciudades bombardeadas del oeste. Además, había soldados alemanes que iban de visita con un permiso de asueto o para convalecer.

A los que se apeaban en la estación a menudo se les indicaba que siguiesen camino hacia el norte, a la ciudad nueva —Neustadt— al otro lado del río. La Neustadt tenía calles con un aire acusadamente parisino: terrazas largas y altas, tiendas y restaurantes en las plantas bajas, un laberinto de patios frondosos ocultos en su interior. Por su parte, como respuesta a esa sensación de elegancia, cerca de la estación se extendía la ciudad vieja —Altstadt—, donde destacaba la suntuosa calle comercial Prager Strasse, que, incluso durante la apretadísima economía de la guerra total, seguía ejerciendo una fuerte atracción sobre la imaginación y los deseos de muchos habitantes.

Por curioso que parezca, en los años previos los escaparates de las tiendas de la Prager Strasse no solo habían ofrecido productos de una belleza centelleante —sedas de intensos índigo y esmeralda, alta costura, gruesas pieles de lujo, el fuerte relumbre de las joyas—, sino que también habían sugerido una forma de estabilidad social: a diferencia del marco alemán, sometido a la salvaje inflación de la década de los veinte, los bienes suntuarios conservaban su valor, lo cual proporcionaba a sus dueños seguridad y protección. Pero muchos tenderos no gozaban de tal seguridad; en 1935, después de la aprobación de las Leyes de Núremberg, que imponían el antisemitismo en el centro constitucional de la vida alemana, los comerciantes descubrieron con amargura que esos bienes podía robarlos —expropiarlos— el Estado. No obstante, aun muy avanzada la guerra, las damas más elegantes de la sociedad de Dresde acudían a aquella calle para comprar, cenar y tomar café, aun cuando este fuese un sucedáneo con regusto a avena.

Los dresdenses más sencillos elegían comercios cercanos como la tienda de ropa Böhme, que en 1945 era un próspero mercado de cotilleos y teorías sobre la guerra. También había grandes almacenes modernos: Renner, en el Altmarkt (mercado viejo), ofrecía incluso en los años flacos de la guerra un surtido muy variado, desde ropa para niños hasta utensilios domésticos. Y unas calles más allá había una tienda innovadora que tiempo atrás se llamaba Alsberg. En contraste con el encanto anticuado de las calles aledañas, el sitio era un templo del modernismo futurista, construido con una geometría bien calibrada de líneas horizontales y curvas sutiles. Alsberg presumía de suaves escaleras mecánicas para que los compradores de mayor categoría no se cansaran. Como muchos otros negocios de la ciudad y de toda Alemania, había sido confiscada a sus propietarios judíos por las autoridades nazis, que la rebautizaron como «Möbius».[17] Lo cierto es que, con el correr de la década, el negocio no les habría servido de mucho a los propietarios; el boicot de los nazis a las tiendas judías fue muy riguroso.

Es posible que la ostentación de las tiendas más imponentes fuese considerada con cierto sarcasmo por las dresdenses de clase trabajadora como Anita Auerbach, entonces de diecisiete años, que era camarera en El lazo blanco, un restaurante barato y concurrido situado a pocas calles del centro. En años anteriores, el establecimiento había estado lleno de radicales de izquierdas abstemios, y había dado cabida a discursos, mítines encendidos y largos debates a voz en grito. Una de las comunistas dresdenses destacadas de entonces, una joven madre llamada Elsa Frölich, había sido encarcelada por las autoridades nazis y luego liberada. Ahora trabajaba como contable en una fábrica cercana de cigarrillos que se había reorientado a la manufactura de munición. Frölich era una de las pocas personas en Dresde que, en febrero de 1945, deseaba ver las fuerzas de Stalin en las calles.[18] El lazo blanco, sin embargo, ahora estaba lleno de soldados alemanes, y de vez en cuando había un desertor solapado que buscaba pasar desapercibido. Las ventanas se empañaban cuando se servía caldo de verdura.

En el sudoeste de la ciudad, otra joven de diecisiete años, Margot Hille, había acabado hacía unos meses una formación que no hubiera estado a su alcance en tiempos de paz: ahora tenía un puesto a tiempo completo en la cervecería Felsenkeller, una de las muchas que prosperaban en toda la ciudad.[19] Fundada a mediados del siglo XIX, la empresa había mandado cavar túneles especiales para utilizarlos como almacenes de cerveza. Debido a la guerra, se había instalado una nueva línea de producción de componentes sumamente técnicos de maquinaria militar. Era un oscuro secreto que se ocultaba en lo profundo de la fábrica. Pero seguía habiendo cerveza. Felsenkeller se especializaba en una cerveza rubia fuerte, anunciada con la imagen de un sonriente muchacho de pelo dorado con pantalones a cuadros que sostenía en alto una jarra espumeante.

 

 

Si parecía haber algo ligeramente irreal en el hecho de que las fábricas y los productores de bebida de la ciudad siguiesen abiertos como si la situación del mundo no fuese inestable, la sensación se acrecentaba en la Altstadt, donde los bancos y aseguradoras continuaban con sus negocios de siempre. Al igual que los grandes almacenes, muchos bancos de Dresde fueron expropiados por los nazis. Una de las entidades financieras más destacadas, propiedad de la familia judía Arnhold, fue engullida por la «arianización» de 1935; el banco quedó subsumido en el Dresdner Bank, que conservó importantes oficinas en la ciudad, aun después del traslado de su sede a Berlín.

La cartera del Dresdner Bank estaba completamente relacionada con la guerra, y sus tentáculos llegaban a cada rincón de la Europa oriental dominada por los nazis. Cabe especular que, en aquellos meses de oscuridad, algunos altos dirigentes del banco sin duda sabían y comprendían con certeza qué había ocurrido en los campos de concentración situados en las profundidades de los bosques del este. Parte de sus negocios consistían en financiar esas instalaciones y buscar la manera de sacarles provecho. En las calles donde operaban los directivos del Dresdner Bank, el rojo fuerte y el negro de la bandera nazi flameaban en el viento invernal, y la esvástica se recortaba contra la mampostería gris.

Aun así, cerca había muestras de una ciudad no del todo sumida en la guerra. Estaba (y sigue estando) la Pfunds Molkerei, una lechería absurdamente pintoresca, abundantemente decorada con los azulejos decimonónicos pintados a mano de la compañía Villeroy & Boche, que representaba un espíritu dresdense más antiguo: travieso, alegre, un pequeño templo dedicado a las virtudes del dulce.[20] Allí, una atracción turística en tiempos de paz, se encontraban pastas y suero de leche: un manjar no solo para los niños, sino también para los padres que nunca habían olvidado del todo sus intensos placeres infantiles. Río abajo, al pie de las colinas del Schloss Eckberg —una edificación del siglo XIX de grandioso esplendor, encargada siguiendo el estilo y el espíritu de un castillo inglés por un comerciante adinerado de la zona—, había unos viñedos.[21] Se decía que en ellos, como en muchos otros de la zona, la tierra era excelente. Con toda certeza, allí se producía un riesling muy sutil, con la ligereza y la acidez de las manzanas de otoño. El viñedo Eckberg tenía vistas al río y al puente de principios de siglo XX conocido en la región como la «maravilla azul»: el puente que muchos residentes mencionaban cuando hablaban del avance del Ejército Rojo. En esas conversaciones, se preguntaban si la estructura, que se consideraba un ejemplo revolucionario de ingeniería de suspensión y era una fuente de orgullo local, debía sacrificarse para frenar a los soviéticos.

Los temores subyacentes a la brutalidad y a la violencia imparable eran indisociables de otros miedos profundos. Para todos y cada uno de los dresdenses, la ciudad tenía una belleza única y quizá sagrada: las catedrales, las iglesias y los palacios que con los siglos se habían ido sucediendo en la curva del Elba estaban llamados a representar una forma de eternidad. Pero se temía que los bárbaros redujeran a polvo la belleza. Ese sentido religioso de la estética encontró una manera de coexistir con las esvásticas de color rojo sangre.

Con todo, la verdadera sombra sobre la ciudad no la proyectaban los soviéticos; la amenaza, en general insospechada, residía en los planes e intenciones secretos de los aliados, en el oeste.

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2

EN LOS BOSQUES DEL GAULEITER

 

 

 

 

Hacía tiempo que las discusiones, acaloradas y amargas, habían dejado atrás la ética, quizá también la pura racionalidad. Los meticulosos cálculos de las operaciones militares estaban dando paso a algo más azaroso y más indiferente a la mortandad humana: la finalización de la guerra global. Esta necesidad era especialmente patente para quienes recordaban con horror el primer conflicto del siglo. Pero la idea de que la población civil podía ser un blanco legítimo no era nueva. Tres años antes, en 1942, Iósif Stalin se había reunido con Winston Churchill y lo había alentado a que los bombarderos británicos se centraran en las viviendas alemanas, no solo en la industria del país. Por entonces, seguía habiendo quienes, sobre todo en el alto mando estadounidense, creían que la sutil distinción ente objetivos militares y civiles era posible y, de hecho, moralmente necesaria. Pero Churchill no necesitaba de las exhortaciones de Stalin; los altos comandantes y políticos británicos ya aceptaban como un hecho la guerra total. Antes de que Stalin comunicara sus opiniones, había hombres como lord Cherwell, asesor científico particular del primer ministro, que insistían en que los ataques aéreos contra Alemania debían tener por objeto «desahuciar» a las poblaciones de las grandes ciudades; de ese modo, se empezaría a paralizar la industria y las infraestructuras de todo el país.[22] El término «desahuciar» tenía un regusto calculadamente suave y tecnocrático.

El partidario más entusiasta de esa idea era el mariscal del aire y comandante en jefe del Mando de Bombardeo, sir Arthur Harris, cuyo nombre quedaría vinculado para siempre al destino de Dresde. Harris, un hombre que solo parecía exhibir una veta sentimental ante los bellos paisajes rurales y los agricultores que los cultivaban, no dudó en ningún momento de que las ciudades alemanas debían destruirse. Los destinos de las poblaciones civiles lo dejaban absolutamente indiferente. Y, sin embargo, podía justificar sus planes con facilidad en el plano moral. En una conferencia impartida en 1942, insistió en que no tenía intención de tomar «represalias» por los estragos que habían causado los bombarderos alemanes en Reino Unido.[23] A su entender, el objetivo era simplemente poner fin a la guerra con rapidez; defendía esa convicción con fervor religioso.

El Mando de Bombardeo de la Real Fuerza Aérea británica (RAF, por sus siglas en inglés) tenía su sede en las verdes colinas de Chiltern, a unos cincuenta kilómetros al noroeste de Londres. Harris, dos veces casado, con el pelo rubio plateado, trabajaba en un despacho sencillo, decorado con un fino reloj de pie y un amplio escritorio con un solo teléfono negro y un flexo; en una de las paredes colgaba un cuadro con un paisaje nocturno, en otra un enorme mapa de Europa, y por la ventana se veían unos finos álamos. Todo contrastaba marcadamente con el futurismo intenso de la sala de control de la base. Harris era muy sociable; por las tardes, cuando podía alejarse de su escritorio, él y su esposa, Therese, invitaban a cenar en su casa cercana a distintas personalidades, incluidos altos comandantes de la Fuerza Aérea de Estados Unidos y diplomáticos de ese país, que siempre les enviaban una nota de agradecimiento por su estupenda hospitalidad.[24] Tras ponerse al frente del Mando en 1942 a los cincuenta años de edad, Harris alcanzó dos objetivos apremiantes: convencer al primer ministro de que el bombardeo continuo de las ciudades alemanas era tan vital como los demás teatros de operaciones (cuando sus críticos argumentaban lo contrario); e incrementar enormemente el número de aviones y tripulaciones, con los subsiguientes avances en tecnología e ingeniería. Su naturaleza en extremo combativa, dirigida a sus superiores y subordinados por igual, era famosa; sus humillaciones —siempre elocuentes, a veces cargadas de humor negro— eran sanguinarias. Todo aquel que expresara escrúpulos o dudas morales sobre la labor del Mando de Bombardeo era un «quintacolumnista».[25]

Pero quizá una de las razones de su permanente intensidad era el pasmoso número de aviadores que habían perdido la vida bajo su mando y el de su predecesor. Hasta entonces, unos cincuenta mil tripulantes y pilotos habían muerto en ataques aéreos, y sus cuerpos en llamas habían caído en picado de los negros cielos. «No existe comparación para tal coraje y determinación ante el peligro durante un periodo tan prolongado, un peligro a veces tan enorme que solo un hombre de cada tres podía esperar sobrevivir a las operaciones», escribió Harris.[26] Además, como señalaría él mismo más tarde, muchos morían en los entrenamientos, incluso entre los mecánicos especializados destinados a las bases aéreas de la costa este, que estaban expuestos sin pausa a los duros inviernos ingleses y trabajaban bajo presiones tan horrendas que sucumbían a enfermedades que solo suelen afectar a los ancianos.

Harris formó parte del Real Cuerpo Aéreo en la Primera Guerra Mundial y, en cierto modo, su brújula moral respondía a los campos sangrientos que había visto desde el aire; en los años de entreguerras, continuó en la RAF y demostró ser un gestor brillante e incisivo cuando el servicio luchaba por mantener su independencia del ejército y la marina; y su opinión de los alemanes, tanto militares como civiles, era inflexiblemente hostil. Pero negaba el deseo de llevar a cabo un «bombardeo de terror»; afirmó que nunca había «entrado en esas cosas».[27] Su razonamiento quizá era un poco más frío que esa frase despectiva: le interesaba «destruir ciudades alemanas, matar trabajadores alemanes, perturbar la vida comunitaria civilizada», pero solo como un modo de abreviar el conflicto y prevenir una matanza mayor. Lo cierto es que no consideraba la muerte por bombardeo la peor manera de perder la vida. Cuando sus superiores, como el jefe del Estado Mayor del Aire, sir Charles Portal, insistían en que se utilizasen los bombarderos para blancos industriales concretos, la paciencia de Harris, siempre escasa, se agotaba. Más tarde diría que quienes «tanto hablaban» de «pequeños blancos particulares» claramente nunca se habían parado a pensar en el «clima europeo»; y que «la gente que decía esas cosas» nunca «había salido» ni «mirado por la ventana».[28] Esta opinión habría divertido o solo azorado al comandante de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, mayor general Carl «Tooey» Spaatz, cuyo «plan del petróleo», consistente en enviar cientos de aviones estadounidenses desde aeródromos ingleses para cruzar el continente de día y descargar sus bombas sobre plantas y refinerías concretas para impedir el suministro alemán de combustible, fue considerado por muchos un gran éxito, sobre todo en el otoño de 1944.

A principios de febrero de 1945, los bombarderos de Harris, en colaboración con la Octava Fuerza Aérea de Estados Unidos, habían atacado lo que él llamó despectivamente «objetivos panacea»: sobre todo refinerías de carburante sintético (que, cuando se inutilizaban como era debido, no se ajustaban a la descripción de Harris, pues los daños causaban verdaderas dificultades en las cadenas de suministro).[29] El 3 de febrero se bombardeó Dortmund con la intención de demoler su fábrica de benceno. También se atacaron plantas similares en Osterfeld y Gelsenkirchen sin éxito, pero en esos días hubo misiones estratégicas efectivas. Por ejemplo, el 7 de febrero, cuando los ejércitos aliados buscaban cruzar los densos bosques de Reichswald en la frontera holandesa, los bombarderos atacaron a las tropas alemanas apostadas en Goch y Cléveris, destrozando caminos y averiando vías férreas, lo cual dejó el camino libre

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