
ASHLYNN ELLA SE DESPERTÓ AL AMANECER al escuchar el canto de los pájaros en su ventana. Pero, a sus oídos, no era un simple cántico, sino una conversación:
—¡Buenos días! ¡Ha salido el sol! ¡Levántate! Es hora de desayunar —decían los pájaros.
—Buenos días —respondió Ashlynn.
Escuchó un repiqueteo de zapatitos de cristal contra el suelo de madera y, en ese momento, su madre apareció por la puerta. Tenía el mismo cabello rubio cobrizo y los mismos ojos verdes que Ashlynn. Su madre ya se había vestido, pero Ashlynn no se fijó en lo que llevaba puesto. Como siempre, sus ojos se clavaron en sus zapatitos de cristal. Ay, cuánto le gustaban aquellos zapatos.
—Tienes que hacer tus tareas, cariño —dijo su madre al tiempo que se inclinaba para besar a Ashlynn en la coronilla—. Y luego tienes que hacer las maletas.
—Sí, madre.
Ashlynn se lavó la cara, se puso un delantal y abrió de par en par las puertas de su zapatero. A aquella princesa no le importaría tener que ponerse un saco de arpillera todos los días siempre y cuando tuviera una decena de opciones de calzado. Aquel día eligió un par de sandalias de tiras con cuña color verde azulado y fue a empezar con el desayuno. Aunque la enorme casa de su padre estaba bien provista de sirvientes, su madre creía que las tareas del hogar eran beneficiosas p
