Las cenizas de Pirandello
Un breve preámbulo necesario. En diciembre de 1936, cuando Luigi Pirandello falleció en su casa de Roma, sus familiares hallaron en un cajón un papel con unas pocas líneas escritas a mano: eran sus últimas voluntades. Pirandello deseaba que su cuerpo fuera incinerado y que las cenizas se llevaran a Agrigento, al barrio de Caos, donde tenía una pequeña parcela en la que se alzaba su casa natal junto a un gran pino, en una loma desde la que se divisaba el mar. Quería que sus cenizas se enterraran entre las raíces del pino o, en caso de que no fuera posible, se echaran al «gran mar africano». Si no podían incinerarlo (en aquellos tiempos la Iglesia era sumamente hostil a esa práctica), solicitaba que las exequias se hicieran con un coche fúnebre de tercera categoría, que nadie más que sus familiares siguiera al féretro y que después lo sepultaran envuelto en una sábana directamente en la tierra.
Cuando un alto jerarca fascista leyó aquel papel se quedó lívido. Era la época en que muchísimos intelectuales pedían que los enterraran vestidos con la camisa negra fascista.
—Se ha ido dándonos un portazo en las narices —murmuró el jerarca.
Acertaba y se equivocaba al mismo tiempo. Pirandello se había ido dando un portazo en las narices, sí, pero no al fascismo, sino a la propia vida. Tras superar infinitas dificultades, sus hijos lograron incinerarlo y las cenizas se guardaron en un ánfora griega preciosa que se encontraba en casa del escritor desde tiempo inmemorial y que posteriormente se depositó en el cementerio de Campo Verano. Fin del preámbulo.
Pasamos a 1942, cuando cinco bachilleres de Agrigento (Gaspare, Luigi, Carmelo, Mimmo y yo mismo) solicitamos una audiencia con el secretario federal de los grupos de combate fascistas de la época, un hombre rudo y expeditivo. Nos presentamos de uniforme, hicimos el saludo romano y nos quedamos clavados delante de su mesa en posición de firmes. El secretario federal contestó someramente a nuestro saludo con la mano izquierda, puesto que en la derecha tenía una hoja que leía con suma atención. Siguió leyendo un buen rato, luego dejó el papel, nos miró y nos preguntó:
—¿Qué queréis?
Habló Gaspare en nombre de todos:
—Camarada secretario federal, hemos venido a solicitar que las cenizas de Pirandello, actualmente en Roma, sean trasladadas aquí, a Agrigento, como era su voluntad. No queremos que Pirandello...
El secretario federal lo interrumpió dando un manotazo en la mesa y se levantó.
—¡No os atreváis a hablarme de Pirandello, tarugos! ¡Pirandello era un antifascista asqueroso! ¡Largo de aquí, dejad de tocarme los cojones!
Ejecutamos un saludo romano perfecto, dimos media vuelta y salimos de allí humillados y abatidos.
En 1945, una vez liberada Italia del fascismo, los mismos cinco, ya universitarios, nos presentamos, esa vez de paisano, ante el delegado provincial de Agrigento, que nos recibió con cordialidad.
—¿En qué puedo ayudaros, queridos muchachos?
Una vez más, Gaspare tomó la palabra:
—Señor delegado provincial, nos gustaría que las cenizas de Pirandello, actualmente en Roma, fueran trasladadas a Agrigento para...
—Huy, no —lo interrumpió el delegado provincial—. ¡De ninguna de las maneras!
—¿Por qué? —me atreví a preguntar yo.
—Porque Pirandello fue un fascista convencido, mi querido muchacho. Ni hablar del asunto.
Nos estrechó la mano y se despidió de nosotros.
Lo mejor era que los dos tenían razón, tanto el secretario federal como el delegado provincial; a decir verdad, la relación de Pirandello con el fascismo había sido cuando menos irregular.
En 1924, justo después del secuestro y asesinato del político socialista Giacomo Matteotti, Pirandello solicitó directamente a Mussolini el carnet del Partido Fascista, un gesto a contracorriente que suscitó el desdén de muchos antifascistas, si bien cuatro años después tuvo una violenta discusión con el secretario nacional del partido, al término de la cual rompió el carnet y se lo tiró encima del escritorio. No contento con eso, se arrancó la insignia del ojal, la tiró al suelo y la pisoteó. Transcurridos unos años, sin embargo, no rechazó su nombramiento como miembro de la Real Academia de Italia, aunque poco después ya iba por ahí hablando mal de Mussolini y calificándolo de «hombre vulgar». Cuando en 1934 recibió el premio Nobel, el duce ni siquiera le mandó un telegrama de felicitación. La relación entre ambos parecía ya completamente rota, si bien en 1935, en un discurso de celebración de la campaña de Etiopía, Pirandello no dudó en referirse a Mussolini como «un poeta de la política». Aun así, al año siguiente volvía a ser de nuevo antifascista.
Pero volvamos a la posguerra. En 1946, en las primeras elecciones generales, salió elegido diputado por la Democracia Cristiana un siciliano de gran valía, el profesor Gaspare Ambrosini, que daba clase de Derecho Constitucional en la Universidad de Roma. Su competencia lo llevó a ser uno de los padres de la Constitución, de modo que decidimos mandarle una carta en la que explicábamos nuestras intenciones, esto es, trasladar las cenizas de Pirandello a Agrigento para cumplir así sus últimas voluntades. A fin de darnos importancia, escribimos la carta en una hoja que mi amigo Gaspare había encontrado por casualidad y que llevaba un membrete que rezaba «Corda Fratres – Asociación Universitaria». Después de haberla enviado, nos enteramos de que la Corda Fratres había sido una asociación universitaria muy próxima a la masonería y que el fascismo la había abolido. Gaspare Ambrosini nos contestó de inmediato aceptando nuestra petición, nos tuvo constantemente informados de sus progresos y, en cuestión de unos diez días, logró que localizaran el ánfora en el cementerio de Campo Verano y se la entregaran, para lo que tuvo que superar infinidad de obstáculos burocráticos. Transcurridos diez días más, nos anunció que iba a llegar a Palermo en un avión que había puesto a su disposición el ejército estadounidense. Sin embargo, el avión no llegó, ya que, cuando el piloto se enteró de que, además de al pasajero, tenía que transportar las cenizas de un difunto, se negó a despegar. Ni corto ni perezoso, el pobre Ambrosini consiguió que le hicieran una caja de madera para guardar la urna, donde la protegió con papel de periódico arrugado y emprendió el largo viaje en tren de Roma a Palermo, que duraba como mínimo dos días. Antes de salir, nos comunicó que en cuanto llegara daría señales de vida.
En un momento dado del viaje, Ambrosini tuvo que ausentarse para ir al servicio y cuando volvió a su asiento no vio la caja: había desaparecido. Desesperado, se puso a buscar por todos los compartimentos, abarrotados de gente, hasta que por fin dio con tres individuos que habían puesto la caja en el suelo y estaban echando una partida de cartas encima del muerto. Consiguió recuperarla y a partir de entonces la llevó bien agarrada sobre el regazo. Mientras tanto, nosotros fuimos a hablar con el director del Museo Cívico, que se mostró dispuesto a acoger la urna funeraria hasta que concluyeran los trámites para enterrarla debajo del pino. Todo aquello lo habíamos organizado nosotros sin pedirle nada ni al alcalde de Agrigento ni a ningún otro representante institucional y sin difundir la noticia del traslado de las cenizas. No obstante, la mañana en que llegó el vagón automotor que Ambrosini había solicitado en Palermo, la gran explanada de delante de la estación estaba absolutamente abarrotada.
De acuerdo con nuestras previsiones, el cortejo de la estación al museo debía estar compuesto por Mimmo y Carmelo en cabeza, seguidos por Gaspare y por mí, que llevaríamos el ánfora sosteniéndola cada uno de un asa, y detrás podía sumarse quien lo deseara.
Ambrosini nos esperaba en el vagón automotor. Sin embargo, cuando yo iba a subir, junto con los demás, me detuvo el comisario de Seguridad Pública y me dijo:
—Este cortejo no se puede llevar a cabo. Su Excelencia el obispo ha telefoneado hecho una furia al jefe superior de la policía, así que, mientras no me den vía libre, no podéis moveros.
Yo conocía al obispo Giovanni Battista Peruzzo, así que, ni corto ni perezoso, me fui a verlo. Discutimos un poco, pero siguió en sus trece. Y entonces se me ocurrió una gran idea.
—¿Y si metemos la urna en un féretro normal y corriente?
—En ese caso, no tendría nada que objetar —contestó el obispo.
Me fui corriendo a ver a un fabricante de ataúdes.
—Necesitaría alquilar un féretro —le dije.
Me miró completamente perplejo.
—Pero es que los féretros no se alquilan...
Le expliqué de qué se trataba y me contestó que sólo tenía disponible un ataúd infantil. Me lo enseñó. A simple vista calculé que el ánfora entraba sin problemas. Me acompañó a la estación con la camioneta en la que transportaba el féretro. Una vez dentro del vagón automotor, abrimos la caja de madera; el ánfora estaba intacta y la traspasamos al pequeño ataúd. Y así el cortejo pudo llegar por fin al museo.
Entre aquellas cuatro paredes, las cenizas de Pirandello pasaron años y años, olvidadas.
Posteriormente, un nuevo comité decidió convocar un concurso nacional para erigir un monumento fúnebre al pie del pino. El ganador fue el escultor Marino Mazzacurati, que hizo una obra bellísima limitándose a recoger una gran roca que había en las inmediaciones y darle cuatro golpes de cincel para adecuarla. En la parte delantera colocó una pieza de bronce con dos máscaras pequeñas, la trágica y la cómica, el nombre de Luigi Pirandello y las fechas de su nacimiento y su muerte. Por detrás hizo un hueco profundo en el que introdujo un gran cilindro de cobre con una tapa. En una ceremonia solemne, las cenizas del ánfora se traspasaron al interior del cilindro, y el hueco se cubrió con una piedra que después se selló con cemento.
El asunto parecía cerrado desde hacía mucho cuando, unos diez años después, un vigilante del Museo Cívico se percató de que en el ánfora griega quedaban todavía cenizas pegadas a las curvas internas, a la altura de las asas.
¿Qué hacer? El director del museo, que se llamaba Zirretta, decidió que aquellos restos debían meterse también en el cilindro que estaba en la tumba, de modo que se dirigió a Caos seguido de un maestro de obras y el vigilante. El maestro de obras retiró el cemento, apartó la piedra y sacó el cilindro. Mientras tanto, Zirretta había extendido en el suelo un papel de periódico que había afianzado con cuatro piedras y luego había vertido encima los residuos de las cenizas rascando el interior del ánfora con una ramita. Una vez abierta la tapa, sin embargo, se dieron cuenta de que el cilindro estaba lleno hasta el borde y de que era imposible que aquel puñado de cenizas cupiera. Así pues, devolvieron el cilindro a su sitio, seguido de la piedra, y el maestro de obras la selló de nuevo con cemento. No quedaba otra solución más que echar el resto de las cenizas al mar. Zirretta retiró las piedras del papel de periódico, lo cogió con ambas manos y anduvo hasta el margen de la loma. Una vez allí, le pareció necesario pronunciar algunas palabras a modo de ritual, así que empezó a declamar:
—Oh, gran mar africano...
Pero una repentina ráfaga de viento le lanzó el papel contra la cara. Una parte de las cenizas acabó en la boca de Zirretta y el resto en su ropa. No tuvo más remedio que escupir y sacudírselas de encima.
Y entonces, por fin, las cenizas de Pirandello alcanzaron la paz eterna.
Vincenzo Cardarelli
Cuando estudiaba Dirección en la Academia Nacional de Arte Dramático de Roma, en los años 1949-1950, viví una temporada en un gran piso próximo al piazzale Flaminio con tres amigos que acabarían haciéndose famosos: el director Mario Ferrero, el comediógrafo y director Giuseppe Patroni Griffi y Bill Weaver, que por aquel entonces iniciaba su carrera de traductor del italiano al inglés. Al caer la tarde, empezaban a aparecer otros futuros personajes célebres, como el director Francesco Rosi, el escritor Raffaele La Capria, un joven Vittorio Gassman y muchos otros chicos y chicas. Teníamos un gramófono que poníamos a toda castaña y nos quedábamos hasta las tantas bailando, bromeando y riendo. Indefectiblemente, hacia la una de la madrugada sonaba el timbre, alguien iba a abrir la puerta y se encontraba al poeta Vincenzo Cardarelli, que vivía en el piso de abajo, quejándose en pijama de que no podía pegar ojo por el estruendo que montábamos. Una noche, Mario Ferrero lo invitó a unirse a nosotros e inesperadamente aceptó, se sentó en una silla en un rincón de la sala de estar y se puso a observarnos con desdén. Al cabo de una media hora nos pidió una manta porque temblaba de frío, aunque aquella noche hacía muchísimo calor, se envolvió en ella y se sentó de nuevo sin cambiar de expresión. Un rato después, se levantó y preguntó en voz alta:
—¿Puedo decir una cosa?
—Por supuesto, maestro —contestamos.
—Sois unos jóvenes de mierda —soltó con aire solemne.
Acto seguido, se dirigió hacia la puerta todavía envuelto en la manta y se marchó.
A partir de aquella noche no volvió a subir a protestar. Un día me lo encontré en la escalera y me contó que se había provisto de unas bolitas de algodón y cera blanda que se ponía en los oídos, y que con ese sistema conseguía conciliar el sueño.
Cardarelli no tenía un carácter fácil. Por ejemplo, cuando se supo en Roma que los partisanos habían ejecutado a Alessandro Pavolini, secretario del Partido Fascista Republicano, Cardarelli se encontró a su sobrino y le espetó:
—Dile a tu padre que disfruto con su desgracia.
Pasaba frío incluso en plena canícula, y de hecho yo una vez asistí a una escena increíble. Estaba en la piazza del Popolo, delante del Bar Luxor, que después sería el Canova, era casi la una del mediodía, caía un sol de justicia y el calor y el bochorno eran difíciles de soportar cuando, desde la Porta del Popolo, vi avanzar a Cardarelli: llevaba guantes, sombrero, una bufanda de lana al cuello y un abrigo de invierno muy grueso, y caminaba como si pisara placas de hielo. En aquella época podían cruzar el Corso hasta los vehículos pesados, y en esto que llegó un camión que se topó con el poeta justo en mitad de la piazza del Popolo. El conductor frenó de golpe y bajó. Iba en calzoncillos y era evidente que estaba fuera de sí por la temperatura que debía de soportar dentro de la cabina. Al ver a Cardarelli vestido de aquel modo, primero tuvo un ataque de rabia y se hincó de hinojos entre gritos y maldiciones, y luego se levantó de golpe, se abalanzó sobre él y se puso a desvestirlo. De un manotazo le arrancó el sombrero y a continuación empezó a desabrocharle el abrigo, mientras el poeta, con voz muy aguda, pedía auxilio. Me precipité a socorrerlo junto con algunos transeúntes, pero resultó muy difícil rescatarlo de los vigorosos brazos del camionero, que comenzaba a mostrar intenciones homicidas.
Una vez liberado, Cardarelli no manifestó la más mínima gratitud, me apartó con un brazo y se alejó abrigándose de nuevo.
Cuentan, aunque no sé si se trata de una leyenda urbana, que en su lecho de muerte las últimas palabras del poeta fueron:
—Tengo mucho calor.
El ingeniero «Comerdione»
El ingeniero Paolo Afflitto, nacido en un pueblo del centro de Sicilia, había ido a la universidad en Palermo y durante unos cuarenta años había trabajado en Eritrea, Somalia y Libia. Se había establecido en mi pueblo, junto con su mujer, en febrero de 1939, en una casita de una planta situada en Marinella, prácticamente a la orilla del mar. Era un hombre alto, enjuto, con gafas y de maneras en extremo corteses, mientras que su señora era bajita y rolliza. Unos tres meses después de su llegada, se asoció con el también ingeniero Ernesto Malinconico. Nadie se sorprendió ni se rió del binomio que formaban esos dos señores llamados «Afligido» y «Melancólico»; el pueblo ya había sido testigo del enlace entre una mujer «En Cama» y un hombre «Enfermo» al casarse Rina Alletto y Stefano Malato, y desde tiempo inmemorial existía el binomio «Viuda» y «Alegre» en el bufete de los abogados Giovanni Vedova y Andrea Allegra.
Lo cierto era que, en la nueva empresa, el ingeniero Afflitto desempeñaba funciones de asesor experto, de modo que básicamente
