Fui amigo y confidente de Blas cuando ambos éramos colegiales en el instituto de la ciudad provinciana donde transcurrió mi adolescencia. Lo recuerdo como un muchacho extravertido, vivaracho y feliz que sorprendía a los profesores con palabras inusitadas o al menos desconocidas por la mayoría de nosotros. Siempre estuvo sobrado de ellas. Tenía buena memoria y se le quedaban con facilidad. Con apenas trece años componía romances en octava rima, escribía cuentos de costumbres y armaba crucigramas crípticos que vendía luego al periódico local.
Su pasión era la ambigüedad del lenguaje, sus juegos, sus matices y la perplejidad a que nos someten sus significados ocultos. Las palabras y los camaleones, decía, tienen atributos en común. Solo se necesita observarlos con atención.
Su otra pasión era el fútbol. Jugaba de defensa izquierdo, pero como deportista no era más que un rompebotas. Lo suyo eran las letras. Se sabía de memoria larguísimos poemas que recitaba con pasión y hondura y siempre que le visitaba en su casa lo encontraba leyendo alguna novela de Verne o de Salgari.
Era también socarrón, rebelde y un tanto ácrata. Detestaba la autoridad y solía canturrear sotto voce irreverencias contra el poder eclesiástico tanto o más que contra el poder político.
A lo largo de aquellos años, compartí con él una amistad apretada y fraterna. Era su mayor virtud. Más de una vez me salvó la vida, pasándome las respuestas de un examen de literatura. A mí y a otros compañeros, me apresuro a decir. Incluso llegó a encabezar una protesta por un castigo injusto a uno de ellos que estuvo a punto de costarle la expulsión del instituto.
Su padre era oculista y su madre, abogada, aunque no ejercía. Llevada por «el afán de servir», tópico que le encantaba repetir en público, había alcanzado la posición de concejal en el Ayuntamiento y aspiraba a ser alcaldesa.
Cuando Blas terminó el bachillerato, les dijo a ambos que quería estudiar Filología, pero la buena señora se había empeñado en que su hijo fuese doctor y no paró hasta conseguirlo. Le arguyó al bueno de Blas que aquellos no eran tiempos para la literatura, sino para ganarse la vida como Dios manda. Así que Blas estudió medicina y, al concluir la carrera, su madre (que para entonces ya empuñaba la vara del Ayuntamiento) logró conseguir una beca oficial para que su hijo estudiara un posgrado en el Baylor College of Medicine, en Houston, Texas.
Fue entonces que nuestros caminos se separaron. Y en las cinco décadas que siguieron no supe de él mayor cosa, salvo que había seguido la oscura carrera de investigador en unos importantes laboratorios de Austin y contraído matrimonio con una joven californiana de quien había tenido dos hijas.
Hace cosa de un año, empero, recibí un abultado paquete con papeles y carpetas en desorden en el que se apilaban recibos de supermercados, servilletas de un bar de Dallas, hojas de papel rayado arrancadas de un cuaderno de espiral, varios tapetes de papel de algún McDonald’s, un boarding pass de American Airlines, dos tickets de un partido de béisbol entre los Dodgers y los Red Socks y otros extraños papeles, todos ellos escritos por el envés, junto con dos dietarios repletos de notas en letra pequeña.
También venían dos fotos. Una era de los días del instituto en la que estábamos ambos tomados de los hombros. La otra, muy sonriente, era del día en que un grupo de amigos nos reunimos con él para despedirle.

Blas Bielsa a la edad en que armaba crucigramas abstrusos y componía romances en octava rima
Ver a Blas otra vez cuando estaba —estábamos— en la flor de la edad fue un shock que me duró varios días. De repente me sentí empapado de una húmeda nostalgia y conmovido por el recuerdo de una amistad genuina que no me había abandonado ni, por lo visto, a Blas tampoco.
Con las fotografías y los papeles venía también una emotiva carta de Helen Bielsa, su hija mayor, donde esta me contaba que su padre había fallecido en fecha reciente, víctima de una enfermedad mental irreversible, y que, poco antes de que su cerebro cayera en el total marasmo, le había pedido que me localizara y me enviase el cartapacio con los papeles.
La tarea había sido difícil, después de tantos años sin comunicarnos ni vernos, pero Helen había conseguido trazar con paciencia el sendero de mi vida hasta encontrarme. Y encantada de saber que yo había sido un tiempo editor, me rogaba que cumpliera la última voluntad de Blas, la cual consistía en publicar aquel revoltijo de textos que venía en el paquete.
Helen me contó también, entre otras cosas, que su padre había quedado viudo un año antes y que eso le había sumido en un profundo abatimiento. Decidió entonces anticipar su jubilación y recluirse en una pequeña casa que tenía en Galveston a poca distancia de la playa. Su mente, sin embargo, comenzó a deteriorarse pocos meses después y las hijas dispusieron internarlo en un hospital para enfermos mentales.
En las últimas cuatro semanas de su vida, me contaba Helen, Blas llegó a confundir las dos lenguas que hablaba, el español y el inglés. Dormía poco, se pasaba el día enfundado en un albornoz amarillo con pajaritos de color verde botella y, ya en el ocaso de su natural lucidez, sufrió una rara metamorfosis. A semejanza de Gregor Samsa, el célebre personaje de Kafka que amaneció un día transformado en insecto, Blas Bielsa lo haría durante casi un mes solo que creyéndose un día la j, otro la z, al siguiente la f, y así hasta agotar el alfabeto.
Si es verdad que lo primero que aprendemos es lo último que olvidamos, el caso de Blas Bielsa es sin duda un paradigma de este aserto. Blas amaba las palabras, sus sonidos y su encanto. Y es probable que al final de su vida se encontrara sin haber satisfecho los sueños de su adolescencia. Conque, obedeciendo el mandato olvidado de los que acaso fueron los mejores años de su vida, lo retomó al enviudar y volvió a la que un día había sido su vocación primera.
Mas para entonces ya era tarde. Lo digo por el contenido del paquete que recibí de él; unos textos de los cuales, después de trabajarlos y editarlos, no podría decir si los escribió en serio o en broma, si de golpe había descubierto el lenguaje reversible o si, en fin, la enfermedad había afectado ya severamente su cerebro, que es la hipótesis por la que más me inclino. De otro modo no se explica la sarta de extravagancias, tergiversaciones y desvaríos que escribió seguramente en aviones, juegos de béisbol, salas de espera o cualesquiera otros lugares donde se le pasaba por las mientes algún disparate.
Sospecho que fue el mucho leer la causa de que se le trastornara su equilibrio mental y que ya no fuera capaz de ponerlo a derechas. O que le ocurriera lo que a don Quijote y que, luego de pasar innumerables noches de claro en claro, con sus respectivos días de turbio en turbio, diera en un estado de enajenación del cual le fue imposible salir si no en su lecho de muerte.
Perdida en el desorden de palabras dispersas entre servilletas con manchas de salsa de tomate y mostaza, facturas de Walgreens y el manual de un horno de microondas, hallé sin embargo una frase que quizás revele lo que Blas se había propuesto hacer el último año de su vida. Hela aquí:
Las palabras no son pétreas. Tienen, como las monedas, cara y cruz; como las hojas, haz y envés; y como los gatos, uñas y dientes. Mucho cuidado con ellas.
Es muy posible que fuera este rasgo del lenguaje —mostrar una cara y esconder la otra— lo que trastornó a Blas Bielsa. Convencido de que buen número de voces habían perdido su original significado, si es que no se habían vuelto mudas (signo claro de que ya no estaba bien de la cabeza), Blas dispuso, en sintonía con Derrida y Heidelberg, deconstruirlas, vale decir, desarmarlas y volverlas a armar conforme a lo que él consideraba su sentido primigenio.
Me explico. Si condonar es un verbo que significa perdonar una deuda, Blas lo reduce a la «acción propia de ciertas instituciones del Estado y grupos consistente en regalar preservativos para prevenir el sida y detener la explosión demográfica». He aquí otro ejemplo. Hacer las cosas con los pies, escribió, «es expresión grosera e injuriosa para quienes se ganan el pan de cada día utilizando dichas extremidades, como sería el caso de futbolistas, patinadores, atletas, carteros y balletistas, entre otros oficios dignos de respeto».
Blas Bielsa se había propuesto renovar el contenido de cuanta voz, locución y frase ambigua encontraba. Debió de descubrir que la realidad es a menudo equívoca, que a menudo los sentidos nos engañan y que siempre hay una manera distinta de ver las cosas. Y con el noble y deseable fin de desnudarlas, se dedicó sin freno ni pausa a la tarea justo cuando su cerebro le empezaba a fallar.
Si las cosas no son como creemos que son, escribió, sino como las percibimos, y las personas no son lo que parecen, ¿cómo pretender que las palabras lo
