I
CARLOTA
Mi madre se enoja cada vez que le digo que tener insomnio está de la verga. Pero es que está de la verga, no puedo describirlo de otra manera. Yo creo que por eso soy gorda: ni modo que, después de estar despierta durante horas, no sienta hambre a mitad de la madrugada. Así que de nada me sirve cenar verduras cocidas a las nueve de la noche si a las dos de la mañana estoy atacando el frasco de Nutella a cucharadas asesinas, devorando galletas, palomitas caramelizadas, todo acompañado de un litro de leche entera, multivitaminada y multigrasosa.
Por eso digo que tener insomnio está de la verga. O sea: es una conclusión vivencial, no nada más me estoy tirando al drama.
Y por eso soy gorda, o rellenita, como me dicen todos con tanto cariño. Métanse su cariño por el culo y déjenme en paz con el peso, en especial tú, mamá.
Cómo me hubiera gustado verte a los dieciséis años, a ver si es cierto que eras una belleza radiante como dices que eras. No es que mi mamá sea fea ahora que es mayor; de hecho, es guapa, y creo que eso me molesta. Es como la versión señora de mi tía Dalia, que es la más bonita de las dos hermanas: ojos grandes y llamativos, pelo negrísimo, nariz de pellizco y caras lindas. Así son ellas. Y yo parezco Sansón o cargador de almacén. Puf.
No la soporto. Hace tantas cosas mal mi mamá.
Llamarme Carlota, por ejemplo. La odio cada vez más.
Sencillamente una no puede ser una drama queen, tener dieciséis años y llamarse Carlota. Todo para que me digan Carli, Carlita, Carliux o hasta Carla. La gente es idiota. Solo mi amiga Federica comprendió desde el principio que pronunciar mi nombre como debe ser es una muestra de respeto, claro, porque tiene el mismo problema que yo: odia que le digan Fede. Me encanta cómo los ignora cuando la llaman así, pero ella puede darse esos lujos porque es bonita y flaca y porque sus papás no son un par de disfuncionales como los míos. Los de ella siempre están juntos, tomados de la mano, sobándose la espalda o los muslos por debajo de la mesa; los he visto. En cambio, mi mamá es tiesa como palo, no sabe qué hacer en público con mi papá. Y mi papá parece un zombi de oficina.
Y yo soy la peor parte de los dos y no tengo ningún hermano para compartir la tragedia: gorda, tetona y además hija única. Que alguien me mate porque mi vida apesta, lo digo muy en serio.
Hoy entré al baño de hombres en la escuela. Me gusta hacerlo porque como soy fea siento que me puedo dar ese lujo. Para ellos soy inofensiva, o invisible, que es peor. Si no fuera por mi corte de pelo de chica rara casi podría pasar por un hombre gordinflón. Me gusta la palabra gordinflón: si subrayas la efe al pronunciarla hasta puedes imaginar que estás inflando al gordo, o gorda, en este caso, como si fuera un globo.
El hecho es que estaba meando y leyendo sus grafiteos chafas en las paredes. Son unos trogloditas tarados hasta para la perversión, me cae, y además tienen una ortografía para convulsionar. Se sienten muy transgresores por escribir: «Fede es una sorra sin sentimientos pero la mama bien chido». ¿Sorra? Sí, con s en lugar de z. Pobres güeyes, que alguien les regale un diccionario y les haga el favor de explicarles cómo utilizarlo, porque además de ser brutos e iletrados, también son huevones.
Además no es cierto, Federica no es ninguna zorra, pero como no les hace caso aplican su venganza de niños de preprimaria escribiendo pendejadas sobre ella. El hombre de Cro-Magnon con iPhone, eso son.
Ni hablar de sus dibujos naïf que tratan de emular parejas cogiendo. Emular también me gusta, es una palabra sólida, de una pieza.
Están para morirse de risa; mis garabatos de cuando tenía cinco años son mucho mejores que lo que ellos esbozan en esas puertas; y, obvio, pintan unos penes inmensos como si así los tuvieran. ¿Habrán visto alguna ilustración de las paredes del prostíbulo de Pompeya? ¿Sabrán qué es Pompeya? Qué van a saber si no son más que unos ignorantes con pretensiones de malvados, pobres.
Pobre de mí, más bien. De qué me sirve tener excelente ortografía y saber de la Antigua Roma o de mitología griega si nadie me pela.
Y por si fueran pocas desgracias, tener a los peores padres y ser gorda, debo sumar la mala suerte a mi apestosa existencia: salía de llevar a cabo mi observación antropológica en los baños de los cavernícolas y, por distraerme dictando mis conclusiones al teléfono, tropecé con el único tipo que vale la pena en este poblado de bárbaros. Ay, que alguien me mate dos veces.
Para colmo, Julián es guapo y también es amable. Después del tropezón me preguntó: «¿Estás bien?». No intentó chorearme o burlarse de mí por estar en el baño de hombres. Yo creo que me puse roja, morada y púrpura, en ese orden, y por más que trato de reproducir el momento no puedo recordar si de verdad me miró o solo vio un bulto con dos pechugotas, que es lo que en realidad soy.
Me gustaría estar contándole todo esto a Federica, pero ya casi no la veo porque cada vez tiene menos ganas de salir de su casa, y ni modo de seguir intenseándola para que nos topemos. Me duele cuando me ignora; haría lo que fuera por ella; haría cualquier cosa para que pudiera llamarla mi mejor amiga. Pero no me hago pendeja; supongo que ella no siente lo mismo por mí porque puede tener muchas amigas, las que quiera. Los raros estamos condenados a querer de un modo estúpido y eso es garantía de que todos nos van a romper el corazón: las amigas, los novios, los maestros, todos. O sea: soy patética. Una insomne patética reflexionando sobre la vida a mis dulces dieciséis cuando son las tres de la mañana.
Siento la cabeza tan vacía de sueño que a veces pienso que me voy a quedar despierta eternamente y voy a morir de no dormir. Sí puede ocurrir eso. El otro día vi un documental de una enfermedad que se llama insomnio fatal familiar y un pobre tipo duró seis meses en vigilia porque una proteína de la cadena genética tenía alguna falla y no le permitía apagar el interruptor durante la noche, hasta que su cerebro empezó a desconectar funciones y murió convulsionando en una cama. Qué pesadilla, y no me refiero a la muerte, sino a los seis meses despierto. El horror.
Insomnio también es una de mis palabras favoritas, es tan hermosa que suena bien al ser pronunciada casi por cualquier boca pestilente, y hasta el débil mental más anodino parece interesante al utilizarla en su discurso.
Aunque admito que esto de no dormir tiene sus ventajas; por ejemplo, aprovechar el tiempo para leer, pensar y analizar a los vecinos. No a todos, desde luego; aquí solo hay una persona interesante y con actividad nocturna; el resto tiene vidas tan insípidas y predecibles que su patrón puede adivinarse al segundo día de observación, sin que, por supuesto, den ganas de dedicarles medio minuto de estudio.
En cambio, ella invariablemente me da material. Regularmente a estas horas sale un tipo del penthouse donde vive la mujer perfecta, así le digo yo a la vecina: una rubia flaca de esas con cuerpo de revista que tiene un superpuesto ejecutivo en alguna empresa. Por más que intento no puedo calcular cuántos años tiene: no sé si será como mi mamá o tal vez más joven. Alguna vez llegué a sentir admiración por ella y a pensar que se me antojaba mucho más convertirme en ella que en mi madre al llegar a su edad, pero eso fue cuando yo era muy pequeñita y todavía no comprendía que el único destino que existe es el de la apariencia física, o sea, que para convertirme en la vecina tendría que volver a nacer con un código genético distinto. No hay manera.
Además, es obvio que la pobre está más sola que un perro callejero y algo dañadita de la cabeza. Eso de recibir a un tipo diferente cada noche y que ninguno se quede a dormir con ella o que ninguno regrese solo puede significar dos cosas: que está como una cabra y por eso nadie la tolera, o que está como una cabra y por eso ella no tolera a nadie.
¿Cómo hará para convivir con tantos tipos diferentes? Yo no podría ni en drogas.
Ahí va el de hoy: todos suelen salir así, como arrastrando su humanidad en cada paso para abordar el elevador y en un estado que a mí me parece más de resaca prematura que de ebriedad. Pero en la mañana ella aparece en la puerta de su penthouse radiante, perfectamente arreglada y dejando el rastro de su perfume flotando en el elevador.
A mí no me la pega: las ojeras en su rostro son cada vez más hondas, como amoratadas. A veces me da la impresión de que un día los ojos le van a empezar a llorar sin control para desahogar esa cosa que lleva dentro. Además, estoy convencida de esta verdad absoluta: así como no existen los gordos felices, no hay insomnes equilibrados; si lo sabré yo que sufro las dos variables como una penitencia. Y esa mujer duerme tan poco como yo, o tal vez menos.
Como sea, me deja intrigada, y últimamente siento tristeza cuando la veo o pienso en ella.
Uf, ya son las tres de la mañana otra vez. Y ahora me duele la panza por comer tanto: volví a acabar con la caja entera de galletas sin darme cuenta. Me voy a dormir con dolor de estómago por tragar como cerdo y faltan tres horas para que suene el despertador. Voy a amanecer desvelada, hinchada, que en realidad quiere decir más gorda, estreñida y más loca, si es que se puede.
Es horrible, soy horrible y mi vida apesta, lo digo en serio.
CLAUDIA
Mi hija tiene razón: soy tonta. Tiene razón cuando me lo dice, pero sobre todo cuando no me lo dice, cuando me mira con esos ojos de compasión pero mantiene la boca cerrada, no sé si para no herirme o porque le resulta demasiado incómodo hacerse cargo de que tiene por madre a una vaca aturdida.
Aquí estoy: sentada delante de esta bestia con cables, accesorios, instructivo en siete idiomas e ilustraciones para imbéciles. Yo solo quería una cafetera nueva. ¿Por qué JM y Carlota se empeñaron en comprar este animal mitológico, como ella lo llama?
Dios mío, ¿en qué momento me volví tan limitada, tan dependiente de mi marido, tan temerosa de mi propia hija? Antes no me lo preguntaba, desempeñaba mi papel de esposa y madre sin hacer cuestionamientos. Pero a todas nos llega el día en el que no se puede seguir ignorando eso que se nos revuelve dentro al pensar en el futuro.
Se me van a ir las horas tratando de instalar este aparato y cuando ella regrese me va a preguntar cómo me fue y va a pedir un café y no es posible que yo responda que no supe hacerlo. Voy a quedar como una tonta, otra vez. Qué injusto.
¿Por qué me convertí en esto?
No puedo hacer que funcione; he seguido paso a paso las indicaciones. Voy a empezar de nuevo pero me vuelven loca los botones de encendido y apagado, los de programación de horas y alarmas, las boquillas de vapor, el cable A, el cable B, la perilla de control, la tapa de presión, la tapa de protección, la opción manual y automática. Dios mío, quiero gritar que odio mi vida.
¿Cómo será la vida de mi vecina que se va todo el día o semanas enteras a trabajar? La he visto salir con sus abrigos y sus vestidos de ensueño, sus mil bolsos y maletas, dando órdenes, entregando paquetes al chofer o al asistente. Dudo mucho de que ella se ponga a condolerse como niña perdida delante de una cafetera nueva porque no sabe cómo usarla. A veces quisiera ser su amiga pero ni me mira; mejor, qué pena sentiría si pusiera atención en mi apariencia de ama de casa desvencijada. Exagero, lo sé; de algo servirán las cremas, los sueros, los tratamientos para el pelo y la ropa que firmo con la tarjeta de JM. Supongo que alguna vez fui bonita de verdad, bonita desde dentro. Ahora me parece que ya no, que solo intento parecer una esposa funcional y no puede haber belleza en eso.
Voy a llamar a Carlota para que venga a ayudarme. Mejor no; mejor sí; es que no quiero que JM llegue y tener que decirle que no pude. Lo odio; odio sus formas de alto ejecutivo, su permanente cansancio, sus hábitos ridículos, sus regalos abrumadores, sus respuestas displicentes de jefe venerado por todos los lamebotas que trabajan con él.
¿Por qué es más importante su trabajo que echar a andar esta cafetera para que él y la niña tomen café? Con un egoísta narciso como JM estoy condenada al trabajo de doméstica, que siempre será secundario comparado con la grandeza de sus responsabilidades. Lo odio.
No voy a llamar a mi hija, no; ya basta de depender también de ella. Me llamó «analfabeta digital» cuando le pedí que me explicara cómo descargar fotos en mi teléfono.
Es que soy torpe para todo, hasta para hacerle sexo oral a JM, por ejemplo. Más bien soy torpe para el sexo completo. Dios mío, ¿qué va a ser de mí?
Estoy segura de que tiene un romance con una puta de fijo o algo, no puede ser que se conforme con la poquísima actividad sexual que tiene conmigo.
¿Cómo se hace el sexo oral? ¿Rápido o despacio? ¿Con los ojos cerrados o abiertos? ¿Qué tan fuerte succionas para no lastimar? ¿Succionas o lames? Yo lo hago tan mal que JM debe ser el único hombre al que no le gusta que su esposa trate de agarrarle el pene para metérselo en la boca.
A veces me lo imagino con otra mujer en la cama; tengo sueños horribles en los que veo nombres y apellidos de las compañeras de oficina con las que me engaña; veo sus rostros, lo veo a él excitado, a punto de eyacular, y lo más terrible es que hasta en el sueño soy pudorosa porque no me atrevo a mirar la conclusión del acto.
Tal vez lo que no me atrevo a hacer es a mirarme a mí misma, como dice mi hermana. No sé: hay momentos en que se me ocurre que con todo y su locura ella es más sana que yo, que está más viva. En realidad, cualquier mujer me parece mejor que yo, que soy el colmo de lo ordinario.
Maldita cafetera; me rindo, necesito ayuda. Pero mi hija no tiene por qué resolver mis problemas; debería ser al revés, ya que se supone que yo estoy para ayudarla a ella, y no quiero reforzar la imagen que tiene de mí con el espectáculo de mi torpeza cotidiana. Mi nena; pobre de mi nena, refugiada en su cinismo adolescente para no revelar que tiene el alma más endeble que su padre y yo juntos. Veo su rostro redondo coronado con esas ojeras inmensas y se me estruja el corazón. Hasta para eso soy una redomada idiota, idiota genética, ¿por qué le heredé el insomnio y no mi buen metabolismo?
A ver, porquería, vas a funcionar y punto.
Levántate, Claudia, conecta esta cosa y ordeña un mísero café. Y no te quemes o fractures o lesiones las manos, tontita. Luego tienes que dar explicaciones inverosímiles para ocultar lo bruta que eres.
El despertador perfora el sistema nervioso de Carlota, o así le parece a ella. Tiene las manos entumecidas y un desagradable sabor amargo en el paladar y los dedos de los pies y la punta de la nariz helados. Es la batalla de todos los días: no quiere levantarse pero anticipar la voz de su madre del otro lado de la puerta le pone los pelos de punta, así que se levanta movida por la intolerable idea de tener a Claudia sentada en su cama y hablándole con una dulzura chocante, fingiendo una jovialidad y una ligereza que en realidad le son ajenas.
Culpa. Es la sensación que se extiende desde su abultado vientre hasta la garganta, hasta el fondo del alma y, movida por esa culpa, como un software eficientemente programado, cuenta las calorías que consumió durante la madrugada.
El arrepentimiento crece; los jugos gástricos queman en la lengua y no le queda siquiera el recurso del vómito, es demasiado tarde: el medio kilo de galletas, el litro de leche y el medio frasco de mermelada habitarán en su metabolismo a largo plazo.
Siente ganas de llorar, pero de nuevo la idea de verse dando explicaciones por las evidencias del llanto en su rostro la detienen.
Escucha el taconeo imperioso cerca de su habitación y de un salto se encierra en el baño, abre la regadera para que el sonido del agua tranquilice y aleje a Claudia. Siempre funciona: el plic-plic de la regadera aleja al clac-clac de los tacones que regresan al desayunador.
Corre el seguro de la puerta para asegurarse de que su madre no cometerá el atropello de asomarse durante la ducha, como suele hacer olvidando que ella ya no es una niña de siete años. Se sienta en el retrete y orina un chorro potente y ruidoso, luego se mira en el espejo y no puede contenerse. Gimotea descorazonada mientras se desnuda con asco, con rabia, con cansancio y finalmente se mete a la ducha; poco a poco la sensación del agua tibia la ayuda a controlarse.
—¿Por qué tienes los ojos rojos, mi amor?
—Buenos días, ma.
—Te pregunté…
—Porque me gusta el agua muy caliente y se me irritan, ¿ya?
Madre e hija se entregan al ritual matutino calladas y tensas; su incomunicación es el más palpable de los desamparos porque Carlota tiene ganas de no ir a la escuela, de quedarse abrazada al cuello de su mamá, de decirle que necesita ayuda, de pedirle que la lleve al nutriólogo, que venga a dormir a su cama las noches en que sabe que no podrá controlar su ansiedad, de preguntarle si alguna vez la relación con la comida se le volvió un huracán inclemente. Y Claudia no sabe cómo decirle que sabe lo que finge que no sabe, contarle que la ha visto sentada en el piso de la cocina, con la puerta del refrigerador abierta, comiendo con tal agresividad que daría lo mismo que se golpeara o se hiciera cortes en las piernas y las manos. Quiere decirle también que logró, en cinco minutos, preparar el café en la máquina nueva movida por un amor insuperable hacia ella y que durante toda la tarde anterior no había podido conseguir siquiera que el botón de encendido cambiara de rojo a verde.
Pero no dicen nada; los cercos amarillos bajo sus ojos y la piel punto menos que transparente de las dos se alteran apenas por los movimientos de sus músculos faciales al masticar los coloridos trozos de sandía que contrastan de un modo casi vampírico con esas caritas cetrinas.
Claudia detiene el auto un par de calles antes de llegar a la puerta de la escuela, sabe que su hija odia que se acerque hasta la entrada y que se pone frenética si intenta darle un beso delante de los demás estudiantes. Recibe por despedida un «adiós, ma» que es cortado de tajo por el sonido de la puerta que Carlota cierra con un empujón seco.
MAGDALENA
Después del sexo, los hombres siempre preguntan si te gustó, qué necedad. No saben que la mejor manera de coronar un orgasmo es con el silencio. Y desde luego tampoco saben que las mujeres responderemos sí, y que, por supuesto, estaremos mintiendo. ¿Acaso no se han dado cuenta? Mentimos porque no nos atrevemos a decir que no o porque el sí auténtico hubiera sido mucho menos entusiasta; mentimos para no hacerlos sentir mal. Qué tontas nosotras y qué tontos ellos, así nunca elevaremos el estándar de las artes amatorias.
Con los años he aprendido que después del sexo se puede saber perfectamente quién es el tipo que está a tu lado en la cama, porque los hombres dicen de un modo transparente con sus acciones todo lo que no dicen con palabras. Lo que pasa es que a veces las mujeres nos empeñamos en no leer las señales que ellos mandan después de eyacular, que se convierten en una radiografía masculina de una nitidez escalofriante y fascinante.
Tomemos, por ejemplo, este tipo que duerme en mi cama, para el que todavía tengo que montar el numerito de dulce gatita y echarlo con suavidad antes de que sea más tarde. Es guapo, enorme y velludo, como me gustan, pero bruto; resulta un espectáculo casi gracioso ver un ejemplar de estos, rayano en la bestialidad, con carita de borrego extraviado y sin saber cómo manejar esa humanidad inmensa que podría proporcionar tanto placer: una lástima. Estoy casi triste, no pude llegar al orgasmo porque no había manera de manipular el cuerpo de este garañón. Y todavía estoy caliente, ansiosa, ya veo venir la larga noche de insomnio si no hago algo para desahogarme. Voy a terminar masturbándome montada sobre su muslo, qué más.
Caray, cómo me gustan los hombres. Ojalá lo hubiera comprendido y aceptado sin tapujos antes de llegar a esta edad en la que las hormonas están por abandonarme. Tener cuarenta y nueve años pero verse más joven y seductora es una maldición cuando estás sola. Para colmo, el garañón ronca y no puedo evitar apretar la mandíbula al ritmo de sus estertores. No quiero ponerme de malas; no me gusta estar enojada porque me hace recordar los peores días de mi madre cuando vivíamos juntas.
¿Por qué será que las mujeres estamos permanentemente enojadas? Al principio de todo contacto somos encantadoras, chispeantes, madres amantísimas o exploradoras sexuales radiantes, pero luego, inevitablemente, mutamos en supervisoras regañonas, expertas detectoras de fallas, amargadas e inapetentes sexuales. Qué tristeza que la amargura se haga más densa con los años, que el carácter sea cada vez más agrio. Pero no quiero seguir por el camino de la rabia y arruinarme aún más el momento, así que mejor vuelvo a pensar en el performance del Minotauro. Después de soltar el chorro de semen, los hombres son lo que son, sin filtro, y es por eso que la mayoría, sin ningún pudor, deja salir a su niño eterno que necesita una siesta reparadora porque no puede aplazar sus necesidades básicas —como este ejemplar de carne y testosterona con déficit d
