México roto (Ladrón de esperanzas 2)

Francisco Martín Moreno

Fragmento

Título

Advertencia al lector

México roto es una novela periodística redactada en tiempo presente. La considero uno de mis grandes retos como narrador de historias, no solo por los cambios abruptos en las políticas y estrategias erráticas, en su inmensa mayoría, de la 4T, sino por la velocidad con la que se han desarrollado los acontecimientos, unos más contradictorios y desconcertantes que los otros.

La catastrófica gestión del presidente no solo se advierte en su lenguaje destemplado, sino también en sus agresiones a los periodistas, a sus opositores en número creciente, a los graduados en universidades extranjeras, a los empresarios, en general, a los organismos tanto nacionales como internacionales, a los poderes federales, a la clase media “aspiracionista” y hasta a los pobres, a quienes califica de animalitos que requieren ser alimentados para poder sobrevivir. Aquí no se salva nadie… Su frustración se percibe en su rostro, en sus ojeras, en su mirada en ocasiones iracunda, en su espalda encorvada, en fin, en su comportamiento corporal; un fiel reflejo de los verdaderos datos a tres años cumplidos del inicio de la Cuarta Transformación.

AMLO empezó a gobernar desde el 1 de julio de 2018 al ganar las elecciones, en la inteligencia de que Enrique Peña Nieto abandonó cobardemente por la vía de los hechos sus obligaciones presidenciales, al mismo tiempo que traicionó al electorado que lo eligió para concluir formalmente su mandato el último día de noviembre de aquel año. La realidad se encargaría de demostrar la anterior afirmación cuando el nuevo jefe del Ejecutivo canceló en el mes de octubre, por medio de una consulta espuria, la construcción del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, a pesar de no haber tomado todavía posesión del cargo ni contar, por ende, con las facultades constitucionales para ejercerlo. Dicha decisión conmovió al mundo financiero y fue entendida como la primera señal ominosa de lo que sería México en los siguientes seis años en materia económica y social, en el marco de un absoluto desprecio por las instituciones republicanas.

Nunca, en la historia reciente de México, mandatario alguno había llegado al poder con el apoyo de 30 millones de compatriotas, con el control del Congreso de la Unión y de 19 congresos estatales, esto debido, en buena parte, a las maniobras desaseadas de la coalición en materia de representación proporcional. El triunfo arrollador se logró a razón de las promesas de campaña utilizadas para convencer a un pueblo engañado, manipulado y esperanzado, deseoso de disfrutar las mieles de la justicia social, un frustrado anhelo de imposible realización, ni siquiera a raíz de nuestro conflicto armado de 1910, en donde los mexicanos nos matamos inútilmente los unos a los otros sin poder erradicar la patética y dolorosa desigualdad heredada desde los años de la Colonia.

El inmenso y avasallador capital político de AMLO pudo haber sido utilizado para rescatar a millones de la pobreza, para lanzar al infinito la mágica marca México, para avanzar en la Reforma Educativa, para conquistar mercados, crear empleos y riqueza, captar inversiones de todo el mundo gracias a nuestra ubicación geográfica y a nuestra mano de obra, construir obras de infraestructura, disparar nuestras exportaciones, modernizar tecnológicamente al país, en fin, para materializar el viejo sueño de hacer de México el fabuloso cuerno de la abundancia…

La Cuarta Transformación fue considerada por millones de compatriotas como la última llamada antes de que la marginación y la corrupción, convertidas en desesperación, irrumpieran por las puertas y ventanas de la nación. ¿Resultado? ¡Por supuesto que AMLO fue, es y será un peligro para México! Los datos fidedignos están a la vista de quien desee consultarlos.

México roto se desarrolla en dos partes a lo largo de 2021: antes y después de las elecciones intermedias del mes de junio. La velocidad de los acontecimientos que se sucedían constituyó el gran desafío para concluir esta novela de gran actualidad. Los hechos se atropellaban los unos a los otros de tal modo que los ataques mañaneros desde el máximo púlpito del país, las acusaciones y los embustes del día, al siguiente amanecer ya eran historia.

Los próximos mil días del gobierno de AMLO no parecen ser promisorios; por un lado, al no contar con un moderno equipo de trabajo para materializar los justificados ideales mexicanos; por el otro, el propio presidente, debido a su concepción anacrónica de la economía, se encuentra imposibilitado de dar un golpe de timón orientado a la reconstrucción de su mandato por el bien de la República.

El tiempo, sin embargo, tendrá, como siempre, la última palabra, al igual que la tendrá la paciencia del pueblo bueno y noble.

Valle de Bravo, Estado de México, 30 de agosto de 2021

Título

Primera parte

CUÁNTA RAZÓN TENÍA GROUCHO MARX CUANDO SOSTENÍA: La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados.

Un hombre con el que no se puede razonar es un hombre al que hay que temer.

ALBERT CAMUS

Los éxitos del diablo son más grandes cuando aparecen con el nombre de Dios en sus labios.

MAHATMA GANDHI

El gobierno despótico es aquel en el que uno solo, sin leyes ni frenos, arrastra a todo y a todos detrás de su voluntad y de sus caprichos…

MONTESQUIEU

Título

Aquella madrugada, la del 3 de mayo de 2021, Martinillo descansaba con una expresión beatífica en el rostro, la de quien parecía estar en paz con la vida. En su sueño sonreía y respiraba plácidamente sin delatar la menor ansiedad, a diferencia de las noches de insomnio, las de eterna luna inmóvil, cuando unas manos frías, mecánicas, inconmovibles, lo asfixiaban con los ojos desorbitados. En ese amanecer ya no movía desesperado la cabeza de un lado al otro en busca de aire, ni se despertaba sentado en la cama con la mirada crispada, después de haberse sacudido a patadas las sábanas como si se le hubieran enredado reptiles gelatinosos en las piernas. Padecía justificadas resistencias al tratar de dormir, porque una y otra vez soñaba con la terrible sensación de precipitarse en el vacío de grandes alturas para recuperar la conciencia justo cuando estaba a punto de estrellarse contra el piso. En cambio, en aquella alborada ya no se dolía, como en otras ocasiones, de los golpes descontrolados del corazón que amenazaban con romperle el pecho cuando un conjunto sucesivo de imágenes fantasiosas lo despertaban empapado en un charco de sudores helados.

En ese momento, ajeno a las pesadillas recurrentes, un conjunto de felices visiones empezó a hacer acto de aparición en su mente alucinada. El periodista finalmente dormía a placer sin somnífero alguno. Ese sueño, por lo visto, le regalaba un espacio de calma y reconciliación, una breve y dichosa vacación al margen de sus obsesiones periodísticas y literarias. ¡Cuántos malos ratos le hacían pasar también los protagonistas de sus novelas históricas, nacidos de su pluma incendiaria, al jugarse la existencia en cada párrafo, víctimas de arrebatos pasionales que el propio escritor, hecho de fuego, como él mismo decía, a veces tampoco podía controlar porque se le escapan como arena fina entre los dedos de las manos! Solo él y sus colegas podían entender e intercambiar los sentimientos venturosos o exasperantes entre quienes invertían lo mejor de sus días en la narrativa.

El ensueño comenzó cuando escuchó el himno nacional, verdadera música para sus oídos, interpretado con entusiasmo y rigor marcial por la banda de la marina armada. Los uniformes blancos, impolutos, le otorgaban una gran solemnidad al evento. Bastó con oír repentinamente las voces del coro y contemplar a los asistentes puestos de pie con la cabeza descubierta y la mano derecha cruzada sobre el pecho para alborozar hasta el último poro de su piel. Mientras se le rendían los honores a la bandera, trató inútilmente de distinguir el rostro del presidente de la República. No lo logró: en su pesada somnolencia alcanzaba a percibir un numeroso grupo de personas, todas ellas extraviadas en el anonimato, pero al llegar a la figura del jefe del Estado Mexicano solo reconocía la banda tricolor, la presidencial, en tanto su cara surgía difuminada, carente de nitidez. Mientras resonaban las notas motivantes de la máxima oda mexicana, de pronto entendió el significado de su sosiego al ver las colas de enormes aviones civiles, nacionales y extranjeros, estacionados en sus respectivos hangares. En ese momento se acomodó instintivamente sobre la almohada a la espera de más aspectos del evento. El nuevo mandatario inauguraba el aeropuerto de Texcoco y su impresionante diseño arquitectónico ultramoderno, el iniciado durante la administración de Ernesto Pasos Narro, uno a la altura de los más modernos del mundo. El de Santa Lucía, por otro lado, una central aérea similar a las viejas estaciones de camiones pueblerinas de mediados del siglo XX, había quedado reducido a una terminal de carga, según lo había propuesto él en sus columnas periodísticas.

México se convertía en el gran ombligo del mundo. Llegaban aeroplanos supersónicos de Estados Unidos, de Canadá, de América del Sur, líneas aéreas con diversas banderas provenientes de Asia y Europa llenas de turistas y de carga. Los dólares, euros, yuanes, yenes y divisas de distinta naturaleza entraban en las tesorerías de las empresas y en las arcas nacionales para convertirse en empleos, en utilidades para comerciantes e industriales, en abundante riqueza para provocar una brutal expansión económica en beneficio de toda la nación. Nadie se quejaba. El pan y las tortillas alcanzaban y sobraban para todos. En la prensa se encontraban letreros con los siguientes textos: “Se buscan meseros, recamareras, jardineros, cantineros, cocineras, chefs, soldadores, especialistas en redes sociales, enfermeras, camilleros, albañiles, azulejeros, plomeros, residentes de obra, chalanes, choferes de Uber, proyectistas, pasantes de Derecho, escenógrafos, músicos de diversas especialidades, maestros, sobre todo de civismo, telefonistas, expertos en informática y robótica, diseñadores gráficos, guionistas, contadores, fiscalistas, ingenieros y ayudantes de taquero o pasantes de arquitectura”, es decir, había trabajo para todo aquel que quisiera ganarse la vida con dignidad y ambición. No solo se habían cancelado los despidos, sino que se solicitaba personal para llenar vacantes a lo largo y ancho del país. México se llenaba de inversionistas nacionales y extranjeros, volvíamos a ser el país de la oportunidad, ninguna nación podía competir con nosotros, gracias a la construcción de un Estado de derecho. Se respetaban las reglas del juego en relación con la división de poderes. Las exportaciones se disparaban al infinito, junto con las reservas monetarias.

Para un guerrero del periodismo, un feroz crítico de Antonio M. Lugo Olea, AMLO, como lo era Martinillo, su plácida sonrisa no requería de mayores explicaciones. Las imágenes positivas se sucedían las unas a las otras. Aun dormido, estaba a punto de estallar en una y mil carcajadas. Podía ver y leer las primeras planas de casi todos los periódicos, que evidenciaban a ocho columnas, con sorprendentes fotografías y en diversos idiomas, la realidad de una auténtica transformación, de una optimista y efectiva revolución social. Si los gobiernos de China habían logrado rescatar de la miseria a más de 300 millones de chinos en menos de 15 años, ¿por qué razón México, en su justa proporción, no podía igualar y hasta superar semejante proeza, sobre todo si contaba con todos o casi todos los recursos para lograrlo?

Pocos diarios en el mundo dejaban de consignar en sus columnas políticas y financieras la existencia del nuevo México. Se festejaba la suscripción de un nuevo Tratado de Libre Comercio que concedía más oportunidades económicas al socio más pobre de América del Norte, y, por otro lado, se aprovechaban las rivalidades comerciales y arancelarias entre Estados Unidos y China en beneficio de México. Se había iniciado ya la construcción de enormes puertos de altura en el Pacífico y en el Golfo de México para recibir tanto barcos de carga como cruceros con pasajeros dispuestos a gastar su presupuesto en las costas mexicanas. El turismo arribaba por la vía aérea, por mar y por tierra, una invasión de extranjeros nunca antes vista. El país estaba lleno de enormes aerogeneradores, al igual que de grandes superficies cubiertas por celdas solares productoras de energía eléctrica limpia y barata. El sol y el viento sobraban en México y había que aprovecharlos. Era claro que se había recurrido finalmente a la tecnología del fracking para extraer gas y petróleo con ayuda técnica y financiera foránea. La prosperidad se advertía, de nueva cuenta, en el famoso cuerno de la abundancia, mientras que las obras de la refinería de Dos Bocas y el Tren Maya lucían abandonadas: finalmente se había detenido la hemorragia económica que había devastado a la nación en episodios de vesania incomprensibles.

Por alguna razón inexplicable, de pronto, vio Martinillo al presidente Biden puesto de pie, de espaldas a su escritorio, contemplando sonriente, muy sonriente, con los brazos cruzados, muy a su estilo, los jardines de la Casa Blanca. Tan pronto el periodista despertara de su sueño tendría que interpretar sus visiones para entender esa expresión satisfactoria y enigmática del presidente de los Estados Unidos que se reflejaba abiertamente en su rostro y, sobre todo, entender por qué aparecía guiñando el ojo derecho…

La promulgación de una serie de reformas constitucionales y la derogación de leyes y reglamentos echaron por tierra las disposiciones y ordenamientos jurídicos suicidas impuestos por Lugo Olea con el ánimo probado e irrefutable de destruir el país y la República para crear una nueva dictadura comunista en pleno siglo XXI.

Ahí aparecían en páginas completas y a todo color las fotografías de la mayor parte del gabinete de AMLO tras las rejas, encerrados en prisiones federales, acusados obviamente de corrupción y de diversas complicidades al haber ignorado las leyes, así como por haberse negado a ejecutar las sentencias de amparo dictadas por los tribunales para proteger los derechos de los ciudadanos. Atrás habían quedado los embargos impuestos por los países afectados por la violación de convenios internacionales suscritos ceremoniosamente por México antes de la llegada del “monstruo”, según se refería Martinillo al ciudadano presidente de la República. La cadena de delitos era interminable, así como las noticias entusiastas que revelaban la reconstrucción de México. No todos los seguidores de AMLO habían sido encarcelados, pero les resultaba imposible caminar siquiera por las calles o asistir a un lugar público, en donde el pueblo sabio les chiflaba sonoras tonadas insultantes o simplemente les escupían o hasta los agredían físicamente sobre todo por el descaro de pensar siquiera en volver a tratar de disfrutar un puesto público. La sociedad había reaccionado y distinguía con meridiana claridad a los siniestros cómplices de la debacle en todos los órdenes de la vida nacional. Sí, pero no solo las cárceles estaban llenas de militantes de Morea, sino también los manicomios se encontraban saturados de enfermos de delirios de persecución, entre otros tantos que decían ser unos iluminados, los “hijos del Hombre…” ¡Todos al bote o al manicomio!, rezaba la prensa popular, ¡que no quede ni uno libre!

Martinillo soltó una tremenda carcajada a pesar de estar dormido, absolutamente dormido. ¡Qué manera de disfrutar su descanso, y no podía ser para menos, claro que no…! De pronto contempló a López Gatiel, el matasanos, sentado en una pequeña silla, esposado, enfundado en un uniforme amarillo, cuestionado por un tribunal en el que los magistrados vestían togas y birretes negros, todo un escenario solemne rodeado por banderas tricolores, para juzgar al famoso “doctor muerte”. El fiscal, puesto de pie, encaró al acusado para leerle los cargos en su contra:

Aquí tenemos, señoras y señores, al peor criminal de México a lo largo de toda la historia. Su irresponsabilidad y su ausencia de estructura ética les costó la vida a cientos de miles de compatriotas. ¿Cuándo se había visto que una sola persona fuera la causante de la muerte de una aberrante cantidad de mexicanos inocentes víctimas de la decrepitud moral? ¡Claro que no mandó matar a nadie!, pero su insolvencia moral y su ambición política fueron determinantes para enlutar a decenas de familias mexicanas que se han resignado inexplicablemente a su suerte, en lugar de protestar ante esta autoridad judicial, como afortunadamente lo demandaron unas personas con el debido valor civil.

El ciudadano López Gatiel, nada de doctor, movido por la soberbia, la vanidad y la lambisconería ante el jefe de la nación, amputó sus conocimientos científicos adquiridos en México y en el extranjero, anuló la labor encargada al Consejo de Seguridad Nacional y decidió encargarse de la salud de los mexicanos para conducir a la nación a un desastre sanitario de proporciones trágicas e históricas, en lugar de haber convocado a la sociedad civil especializada en la materia para que viniera a auxiliar en esta pavorosa realidad nunca antes vista.

He aquí a este prófugo de la escuela de Hipócrates que se negó a aceptar ayuda económica para la compra de equipos y para la contratación de personal calificado. Morea, ese partido político podrido, se abstuvo de discutir el tema en la Comisión Permanente para aprobar un presupuesto destinado a solventar los gastos de una pavorosa pandemia que ya causaba estragos en México al igual que en el extranjero. Gatiel, aquí sentado, subestimó la importancia del cubrebocas, que según él solo daba una “falsa sensación de seguridad”, cuando en realidad era una posición político-ideológica, compró vacunas tardíamente, no las utilizó de i

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