Nota de la autora sobre
La chica italiana
Escribí la historia de Rosanna y Roberto hace diecisiete años, y en 1996 se publicó como Aria bajo mi viejo seudónimo, Lucinda Edmonds. El año pasado, algunos de mis editores se interesaron por mis títulos antiguos. Les dije que todos estaban actualmente descatalogados, pero me pidieron algunos ejemplares. Me aventuré en el sótano y rescaté los ocho libros que había escrito durante esos años. Estaban cubiertos de telarañas y excrementos de ratón, pero los envié de todos modos, advirtiéndoles de que por aquel entonces yo era muy joven y que comprendería perfectamente que los tiraran a la basura. Para mi sorpresa, la reacción fue muy positiva y me preguntaron si me gustaría reeditarlos.
Eso significaba tener que empezar a leerlos yo también, y, como todo escritor que revisa sus obras del pasado, abrí la primera página de Aria con cierta inquietud. Fue una experiencia extraña, ya que apenas recordaba el argumento, y me dejé atrapar como hace un lector, pasando las páginas cada vez más deprisa para descubrir qué sucedía a continuación. Sentí que la novela necesitaba una actualización y algunas correcciones, pero la historia y los personajes estaban todos ahí. Así que trabajé durante varias semanas en ello y el resultado final es La chica italiana. Espero que os guste.
LUCINDA RILEY,
enero de 2014
A mi hijo Kit
Recuerda esta noche,
porque es el inicio de siempre.
DANTE ALIGHIERI
Metropolitan Opera House,
Nueva York
Mi queridísimo Nico:
Me resulta extraño sentarme a relatar una historia tan compleja sabiendo que quizá nunca la leas. Cariño, ignoro si escribir sobre los acontecimientos de los últimos años supondrá una catarsis para mí o un beneficio para ti, pero siento el impulso de hacerlo.
Así que aquí estoy, sentada en mi camerino, preguntándome por dónde debería empezar. Gran parte de lo que me dispongo a narrar sucedió antes de que nacieras, una sucesión de acontecimientos que comenzó cuando yo tenía menos años de los que tú tienes ahora. Por tanto, quizá debería empezar por el lugar. En Nápoles, la ciudad donde nací…
Recuerdo a mamá tendiendo la colada en una cuerda que se extendía hasta el piso del otro lado de la calle. Cuando caminabas por las callejuelas de Piedigrotta tenías la sensación de que sus residentes vivían en un estado de celebración permanente, con las coloridas ropas colgando de los tendederos por encima de nuestras cabezas y el ruido —siempre el ruido— tan presente en aquellos primeros años; ni siquiera por la noche reinaba el silencio. Gente cantando y riendo, bebés llorando… Los italianos, como bien sabes, son gente extrovertida y emotiva, y las familias de Piedigrotta compartían a diario sus penas y alegrías cuando se sentaban en la calle, junto a los portales, tostándose al sol como granos de café. El calor era insoportable, sobre todo en el punto álgido del verano, cuando las aceras te quemaban las plantas de los pies y los mosquitos se aprovechaban de tu piel expuesta para atacarla a hurtadillas. Todavía me llega la miríada de olores que se colaban por la ventana de mi cuarto: el de los desagües, que a veces me revolvía el estómago, pero sobre todo el delicioso aroma a pizza recién hecha procedente de la cocina de papá.
De pequeña éramos pobres, pero para cuando hice la primera comunión el modesto café de papá y mamá, Da Marco, nos había convertido en una familia próspera. Trabajaban día y noche sirviendo porciones de la pizza especiada hecha con la receta secreta de papá, que había adquirido fama en Piedigrotta a lo largo de los años. Durante el verano, el café se llenaba con la llegada de los turistas; había tantas mesas de madera en su abarrotado interior que era casi imposible caminar entre ellas.
Nuestra familia vivía en un piso diminuto, justo encima del café. Teníamos cuarto de baño propio, comida en la mesa y zapatos en los pies. Papá se enorgullecía de haber salido adelante y ser capaz de mantener a su familia. Yo también era feliz, y mis sueños no se extendían mucho más allá del siguiente atardecer.
Entonces, una calurosa noche de agosto, cuando tenía once años, sucedió algo que me cambió la vida. Resulta difícil creer que una niña que no ha alcanzado aún la adolescencia pueda enamorarse, pero recuerdo perfectamente la primera vez que mis ojos se posaron en él…
1
Nápoles, Italia, agosto de 1966
Rosanna Antonia Menici se agarró al lavamanos y se puso de puntillas para mirarse en el espejo. Tenía que inclinarse ligeramente hacia la izquierda por culpa de la grieta que le deformaba las facciones. De todos modos, solo alcanzaba a verse la mitad de la mejilla y el ojo derechos; todavía era demasiado baja para verse el mentón, ni siquiera de puntillas.
—¡Rosanna, sal del baño de una vez!
Suspiró, soltó el lavamanos, cruzó el suelo de linóleo negro y descorrió el pestillo. El picaporte giró de inmediato, la puerta se abrió y Carlotta pasó bruscamente por su lado.
—¿Por qué te encierras con pestillo, tontaina? ¿Qué tienes que esconder?
Abrió los grifos de la bañera y se recogió la larga melena de rizos morenos sobre la coronilla con un movimiento rápido de las manos.
Rosanna encogió tímida los hombros. Deseaba que Dios la hubiera hecho tan bonita como su hermana mayor. Su madre le había dicho que Dios concedía un don diferente a cada ser, y que el de Carlotta era la belleza. Con humildad, observó cómo su hermana se quitaba el albornoz y dejaba al descubierto un cuerpo perfecto, una piel lozana y cremosa, unos pechos turgentes y unas piernas largas y estilizadas. Todos los clientes que entraban en el café elogiaban a la bella hija de mamá y papá y auguraban que algún día se casaría con un hombre rico.
El vapor empezaba a inundar el cuarto de baño cuando Carlotta cerró los grifos y se metió en el agua.
Rosanna se sentó en el borde de la bañera.
—¿Vendrá Giulio esta noche? —le preguntó a su hermana.
—Sí.
—¿Crees que te casarás con él?
Carlotta empezó a enjabonarse.
—No, no me casaré con él.
—Pensaba que te gustaba.
—Y me gusta, pero no… Oh, eres demasiado pequeña para entenderlo.
—A papá le gusta.
—Ya sé que a papá le gusta. Giulio es de familia rica. —Carlotta enarcó la ceja y suspiró con dramatismo—. Pero me aburre. Papá me entregaría a Giulio en el altar mañana mismo si pudiera, pero primero quiero divertirme, pasarlo bien.
—Pensaba que casarse era divertido —insistió Rosanna—. Puedes llevar un vestido de novia precioso y te hacen un montón de regalos y tienes tu propio piso y…
—Una prole de chiquillos gritones y la cintura de una vaca —terminó Carlotta, deslizando distraída la pastilla de jabón por las esbeltas curvas de su cuerpo. Clavó sus ojos castaños en Rosanna—. ¿Qué estás mirando? Lárgate y déjame disfrutar de diez minutos de tranquilidad. Mamá te necesita abajo. ¡Y cierra la puerta!
Rosanna no replicó y salió del cuarto de baño para bajar por la empinada escalera de madera. Luego abrió la puerta y entró en el café. Las paredes estaban recién encaladas, y al fondo, detrás del mostrador, colgaba un cuadro de la Virgen María junto a un póster de Frank Sinatra. Habían sacado brillo a las mesas de madera oscura y colocado una botella de vino vacía con una vela en cada una de ellas.
—¡Ya era hora! ¿Dónde te habías metido? Llevo un buen rato llamándote. Ven y ayúdame con la banderola.
Antonia Menici estaba encaramada a una silla sosteniendo el extremo de una tela de vivos colores. La silla se tambaleaba peligrosamente bajo su considerable peso.
—Sí, mamá.
Rosanna cogió otra silla y la arrastró hasta el arco que había en el centro del café.
—¡Espabila, niña! ¡Dios te dio las piernas para correr, no para arrastrarte como un caracol!
Rosanna sujetó el otro extremo de la banderola y se subió a la silla.
—Cuelga el lazo en el clavo —le indicó Antonia.
La muchacha obedeció.
—Ahora ayuda a tu madre a bajar para que pueda ver si ha quedado recta.
Rosanna descendió de la silla y corrió a ayudar a Antonia a aterrizar sana y salva en el suelo. Su madre tenía las palmas húmedas y la frente cubierta de gotas de sudor.
—Bene, bene. —Antonia contempló la banderola con satisfacción.
Rosanna leyó en alto lo que había escrito:
—¡Feliz treinta aniversario, Maria y Massimo!
Antonia colocó los brazos alrededor de su hija y le dio un inesperado abrazo.
—¡Qué sorpresa se van a llevar! Creen que vienen para cenar con tu padre y conmigo. Estoy deseando verles la cara cuando se encuentren con todos sus amigos y parientes. —El rostro redondo de Antonia se iluminó de placer. Soltó a su hija, se sentó en la silla y se secó la frente con un pañuelo. Inclinó el torso hacia delante y le hizo señas a Rosanna para que se acercara—. Voy a contarte un secreto. Le he escrito a Roberto y va a venir a la fiesta desde Milán. ¡Cantará para sus padres aquí, en Da Marco! ¡Mañana todo Piedigrotta hablará de nosotros!
—Sí, mamá. ¿Y qué canta Roberto? ¿Baladas?
—¡Qué barbaridades dices, niña! Roberto Rossini es alumno de la escuela de música de La Scala de Milán. Un día será un gran cantante de ópera y actuará en el mismísimo escenario de La Scala.
Antonia juntó las manos sobre su pecho, igual que cuando rezaba en la iglesia durante la misa.
—Ahora ve a ayudar a papá y a Luca en la cocina. Todavía hay mucho que preparar antes de la fiesta y yo he de ir a ver a la señora Barezi para que me peine.
—¿Bajará Carlotta también a ayudar? —preguntó Rosanna.
—No, ella se viene a la peluquería conmigo. Esta noche tenemos que estar las dos deslumbrantes.
—¿Qué me pongo?
—Tienes tu vestido rosa de los domingos.
—Me queda enano. Estaré ridícula —protestó Rosanna con un mohín.
—¡Estarás perfecta! La vanidad es un pecado, niña. Si Dios oye tus pensamientos vanidosos, vendrá por la noche y te arrancará el pelo. Por la mañana te despertarás completamente calva, como le pasó a la señora Verni cuando dejó a su marido por un hombre más joven. Y, ahora, a la cocina.
Rosanna asintió y se encaminó a la cocina preguntándose por qué Carlotta no había perdido aún el pelo. Al abrir la puerta la abofeteó un calor abrasador. Marco, su padre, estaba preparando la masa para las pizzas en la larga mesa de madera. Era un hombre delgado y nervudo, el polo opuesto de su esposa, y el sudor le brillaba en la calva cabeza mientras trabajaba. Luca, su hermano mayor, alto y de ojos castaños, removía una gran olla humeante en los fogones. Hipnotizada, Rosanna observó a su padre girar hábilmente la masa sobre las yemas de los dedos, por encima de la cabeza, y estamparla al momento contra la mesa formando un círculo perfecto.
—Mamá me envía para que os ayude.
—Seca los platos del escurridor y apílalos en la mesa —le ordenó Marco sin detener su tarea.
Rosanna contempló la montaña de platos, asintió con resignación y sacó un trapo limpio del cajón.
—¿Qué tal estoy?
Carlotta se detuvo con gesto teatral en la puerta del café y el resto de la familia la observó maravillada. Lucía un vestido nuevo de raso amarillo claro, con el escote bajo y una falda que descendía ajustada por sus muslos hasta detenerse encima de las rodillas. La densa melena negra le caía sobre los hombros formando una lustrosa cascada de exuberantes rizos.
—Bella, bella! —Marco cruzó el café con una mano extendida y Carlotta la aceptó—. Giulio, ¿no está preciosa mi hija? —preguntó a continuación.
El joven, de facciones aniñadas que contrastaban con su cuerpo musculoso, se levantó de la mesa y sonrió con timidez.
—Sí —reconoció—, está tan hermosa como Sophia Loren en Arabesco.
Carlotta se acercó a su novio y le besó fugazmente en la bronceada mejilla.
—Gracias, Giulio.
—¿Y a que Rosanna también está guapa? —dijo Luca sonriendo a su hermana.
—Claro que sí —contestó rápidamente Antonia.
Rosanna sabía que su madre mentía. El vestido rosa, que tan bien le quedaba a Carlotta años atrás, hacía que su piel pareciera cetrina, y las apretadas trenzas destacaban sus orejas, que sobresalían más que nunca.
—Bebamos antes de que lleguen los invitados —propuso Marco con una rutilante botella de Aperol en la mano. La abrió con mucha floritura y sirvió seis vasos pequeños.
—¿Para mí también, papá? —preguntó Rosanna.
—Para ti también —asintió Marco mientras repartía los vasos—. Que Dios nos mantenga unidos, nos proteja del mal de ojo y haga que este día sea especial para nuestros grandes amigos Maria y Massimo. —Alzó su vaso y lo vació de un trago.
Rosanna le dio un sorbito al suyo y empezó a toser cuando el feroz licor de naranja amarga le golpeó la garganta.
—¿Estás bien, piccolina? —le preguntó Luca dándole palmadas en la espalda.
Rosanna sonrió.
—Sí.
Su hermano le cogió la mano y se inclinó hacia ella.
—Un día serás mucho más guapa que nuestra hermana —le susurró al oído.
Rosanna meneó la cabeza con vehemencia.
—Eso no es verdad, pero no importa. Mamá dice que tengo otros dones.
—Por supuesto que sí. —El joven rodeó el cuerpo flacucho de su hermana y lo abrazó contra su pecho.
—Mamma mia! ¡Ya están aquí los primeros invitados! Marco, trae el prosecco. Luca, ve a ver cómo va la comida, ¡deprisa! —Antonia se alisó el vestido y se encaminó a la puerta.
Sentada en un rincón, Rosanna observaba cómo el café se iba llenando de amigos y familiares de los invitados de honor. Carlotta estaba en medio de un corrillo de hombres jóvenes, sonriendo y agitando la melena. Comido por los celos, Giulio la observaba desde una esquina.
De pronto, el silencio se apoderó del café y todas las cabezas se volvieron hacia la figura que se había detenido en la puerta.
El recién llegado se inclinó sobre Antonia para besarla en las dos mejillas. Rosanna lo miró fijamente. Nunca antes se le había ocurrido describir a un hombre como bello, pero no se le ocurría otra palabra. Era increíblemente alto y ancho de espaldas, y su fuerza física se apreciaba en los músculos de los antebrazos, que asomaban por debajo de las mangas cortas de su camisa. Tenía el pelo liso y negro como el ala de un cuervo y lo llevaba peinado hacia atrás para realzar la elegante angulosidad de sus rasgos. Rosanna no podía ver el color de los ojos, pero eran grandes y brillantes, y sus labios, carnosos pero firmes y masculinos, contrastaban con una piel excepcionalmente blanca para un napolitano.
Rosanna experimentó una sensación extraña en el fondo del estómago, la misma agitación que sentía antes de un examen de ortografía. Se volvió hacia Carlotta. También ella tenía la mirada clavada en la figura que se había detenido en la entrada.
—Bienvenido, Roberto. —Marco le hizo señas a Carlotta para que lo acompañara cuando se abrió paso entre los invitados. Lo besó en las dos mejillas—. Me haces muy feliz honrándonos con tu presencia esta noche. Esta es mi hija Carlotta. Creo que ha crecido desde la última vez que la viste.
Roberto repasó a la joven con la mirada.
—Sí has crecido, sí.
Habló con una voz profunda y melodiosa que provocó otro revoloteo de mariposas en el estómago de Rosanna.
—¿Y qué hay de Luca y… eh…?
—¿Rosanna? —preguntó el padre.
—Eso, Rosanna. La última vez que la vi era un bebé.
—Los dos están bien y… —Marco se interrumpió de golpe cuando distinguió, por detrás de Roberto, dos figuras que se acercaban por la calle empedrada—. ¡Silencio todos, Maria y Massimo están llegando!
Los invitados callaron de inmediato. Al cabo de unos segundos, la puerta se abrió. Maria y Massimo se detuvieron en la entrada del café mirando sorprendidos el mar de rostros familiares.
—¡Mamá! ¡Papá! —Roberto dio un paso al frente y los abrazó—. ¡Feliz aniversario!
—¡Roberto! —Los ojos de Maria se llenaron de lágrimas cuando estrechó a su hijo—. No puedo creerlo, no puedo creerlo —repetía una y otra vez.
—¡Prosecco para todos! —ordenó Marco con una sonrisa de oreja a oreja, encantado por el éxito de la sorpresa.
Rosanna ayudó a Luca y a Carlotta a repartir el vino espumoso hasta que todos los invitados estuvieron servidos.
—Silencio, por favor. —Marco dio unas palmadas—. Roberto quiere decir unas palabras.
El hijo de Maria y Massimo se subió a una silla y sonrió a los presentes.
—Hoy es un día muy especial. Mis queridos padres celebran sus treinta años de casados. Como todos sabéis, han vivido toda la vida aquí, en Piedigrotta, triunfando con su panadería y amasando una gran cantidad de buenos amigos. Son conocidos tanto por su bondad como por su maravilloso pan. Cualquiera con un problema sabe que siempre encontrará un oído solidario y un consejo sensato detrás del mostrador de Da Massimo. No podría haber tenido unos padres más cariñosos. —Los ojos de Roberto se humedecieron al tiempo que su madre se enjugaba una lágrima—. Se sacrificaron mucho para enviarme a la mejor escuela de música de Milán y que pudiera formarme como cantante de ópera. Pues bien, mi sueño está empezando a hacerse realidad. Confío en que pronto cantaré en La Scala, y todo gracias a ellos. Brindemos por que sigan gozando de felicidad y buena salud. —Alzó su vaso—. Por mamá y papá, por Maria y Massimo.
—¡Por Maria y Massimo! —entonaron los comensales.
Roberto bajó de la silla y corrió a los brazos de su madre entre vítores y aplausos.
—Rosanna, tenemos que ayudar a papá a servir la comida —dijo Antonia, llevándose a su hija a la cocina.
Más tarde, Rosanna observó a Roberto mientras este charlaba con Carlotta, y, cuando Marco empezó a poner discos en el gramófono que habían bajado del piso, reparó en que los brazos de Roberto rodeaban con naturalidad la estrecha cintura de su hermana al bailar.
—Hacen muy buena pareja —susurró Luca, dando voz a los pensamientos de Rosanna—. Giulio no parece muy contento.
La niña siguió la mirada de su hermano y vio que Giulio continuaba sentado en un rincón, observando en silencio cómo su novia reía en los brazos de Roberto.
—No —convino.
—¿Quieres bailar, piccolina? —le preguntó Luca.
Negó con la cabeza.
—No, gracias, no sé.
—Ya lo creo que sabes.
Luca la levantó de la silla y se abrió paso entre los invitados que estaban bailando.
—Canta para mí, Roberto, por favor —oyó Rosanna que Maria pedía a su hijo cuando terminó el disco.
—Sí, canta para nosotros, canta para nosotros —corearon los invitados.
Roberto se enjugó la frente y encogió los hombros.
—Haré lo que pueda, pero es difícil sin acompañamiento. Cantaré «Nessun dorma».
Se hizo el silencio y Roberto comenzó.
Rosanna escuchó embelesada la voz mágica de Roberto. Cuando extendió los brazos al aproximarse al clímax, sintió como si estuviera buscándola a ella.
Y fue en ese momento cuando supo que lo amaba.
Los invitados prorrumpieron en aplausos, pero Rosanna no podía imitarlos. Estaba demasiado ocupada buscando su pañuelo para secarse las lágrimas involuntarias que rodaban por sus mejillas.
—¡Otra! ¡Otra! —gritaba todo el mundo.
Roberto se encogió de hombros y sonrió.
—Lo siento, damas y caballeros, pero debo reservar mi voz.
Un murmullo de decepción recorrió la sala cuando Roberto regresó junto a Carlotta.
—Y ahora, Rosanna cantará el «Ave María» —anunció Luca—. Vamos, piccolina.
Con una expresión de horror en el rostro, Rosanna meneó vehemente la cabeza y sus pies permanecieron pegados al suelo.
—¡Sí! —Maria dio una palmada—. Rosanna tiene una voz preciosa y significaría mucho para mí oírle cantar mi oración favorita.
—No, por favor, no… —Pero Rosanna se vio aupada por los brazos de Luca y depositada en lo alto de una silla.
—Canta como cantas siempre para mí —le susurró.
Rosanna contempló el mar de rostros que le sonreían benévolos. Inspiró hondo y abrió la boca de manera automática. Al principio su voz sonaba tímida, apenas un susurro, pero cuando empezó a olvidarse de su nerviosismo y a dejarse llevar por la música, ganó fuerza.
Roberto, cuyos ojos estaban concentrados en el generoso escote de Carlotta, oyó la voz y levantó la vista de golpe. Era imposible que un sonido tan puro, tan perfecto, pudiera salir de la delgaducha chiquilla con el espantoso vestido rosa. Pero a medida que la observaba, dejó de ver su piel amarillenta o el hecho de que pareciera todo brazos y piernas. En lugar de eso, vio sus enormes y expresivos ojos castaños y reparó en el ligero rubor que brotó en sus mejillas cuando su exquisita voz se elevó hacia un crescendo.
Roberto sabía que no estaba escuchando a una colegiala en un festival de fin de curso. La facilidad con que acometía las notas, su control natural y su evidente musicalidad eran dones que no podían enseñarse.
—Si me disculpas —susurró a Carlotta cuando los aplausos reverberaron en la sala.
Cruzó el café y llegó junto a Rosanna, que acababa de emerger del abrazo entusiasta de Maria.
—Siéntate un momento conmigo, hay algo de lo que me gustaría hablarte.
La condujo hasta una silla, se sentó frente a ella y cogió las pequeñas manos entre las suyas.
—Bravissima, pequeña, has cantado esa preciosa oración a la perfección. ¿Estás recibiendo clases?
Demasiado azorada para mirarlo a los ojos, Rosanna clavó la vista en el suelo y negó con la cabeza.
—Pues deberías. Nunca es demasiado pronto para empezar. De hecho, si yo hubiera comenzado antes… —Roberto encogió los hombros—. Hablaré con tu padre. Hay un profesor en Nápoles que me daba clases de canto, es uno de los mejores. Tienes que ir a verlo de inmediato.
Rosanna levantó bruscamente la cabeza y le sostuvo la mirada por primera vez. Vio que sus ojos eran de un azul profundo y rebosaban ternura.
—¿Cree que tengo buena voz? —susurró incrédula.
—Buena es poco, pequeña, y las clases te ayudarán a cultivar y desarrollar tu don. Así un día podré decir con orgullo que Roberto Rossini te descubrió. —Sonrió y le besó la mano.
Rosanna creía que iba a desmayarse de placer.
—Tiene una voz muy dulce, ¿verdad? —dijo Maria, que apareció detrás de Rosanna y le puso una mano en el hombro.
—Es más que dulce, mamá, es… —Roberto agitó una mano—. Es un don divino, como el mío.
—Gracias, señor Rossini —fue cuanto pudo articular.
—Voy a buscar a tu padre.
Rosanna levantó la vista y vio que algunos invitados la miraban con la simpatía y admiración normalmente reservadas a Carlotta.
Una sensación de dicha le recorrió el cuerpo. Era la primera vez que alguien le decía que era especial.
A las diez y media, la fiesta seguía en pleno auge.
—Hora de acostarte, Rosanna —dijo su madre cuando apareció a su lado—. Ve a darles las buenas noches a Maria y Massimo.
—De acuerdo. —Se abrió pasó entre los bailarines—. Buenas noches, Maria. —Rosanna le dio dos besos.
—Gracias por cantar para mí. Roberto sigue hablando de tu voz.
—Ya lo creo. —Roberto apareció detrás de Rosanna—. Les he dado a tu padre y a Luca el nombre y la dirección del profesor de canto. Luigi Vincenzi enseñaba en La Scala y hace unos años se retiró aquí, en Nápoles. Es uno de los mejores profesores de Italia y todavía acepta a alumnos especialmente dotados. Cuando lo veas, dile que vas de mi parte.
—Gracias. —Rosanna se ruborizó bajo su mirada.
—Tienes un don muy especial, y has de aprender a valorarlo. Ciao, pequeña —Roberto se llevó la mano de Rosanna a los labios y la besó—. Volveremos a vernos, estoy seguro.
Arriba, en la habitación que compartía con Carlotta, Rosanna se puso el camisón, metió la mano debajo del colchón y sacó su diario. Cogió el lápiz que escondía en el cajón de la ropa interior, se subió a la cama y, arrugando la frente para concentrarse, empezó a escribir.
«16 de agosto. La fiesta de Massimo y Maria…».
Mordisqueó el extremo del lápiz y trató de recordar las palabras exactas que le había dicho Roberto. Después de anotarlas con sumo cuidado, sonrió con satisfacción y cerró el diario. A continuación, se recostó en la almohada, escuchando la música y las risas que llegaban de abajo.
Al cabo de unos minutos, incapaz de conciliar el sueño, se incorporó. Reabrió el diario, empuñó el lápiz y añadió otra frase.
«Algún día me casaré con Roberto Rossini».
2
Rosanna se despertó sobresaltada, abrió los ojos y vio que casi había amanecido. Oyó el estruendo del camión de la basura haciendo su ronda nocturna, se dio la vuelta y vio a Carlotta sentada en el borde de su cama. Todavía llevaba puesto el vestido amarillo, pero estaba muy arrugado, y el cabello le caía desordenado sobre los hombros.
—¿Qué hora es? —le preguntó Rosanna.
—¡Chiss! Vas a despertar a papá y mamá. Todavía es pronto, vuelve a dormirte.
Se quitó los zapatos y se bajó la cremallera del vestido.
—¿Dónde has estado?
—En ninguna parte.
—Tienes que haber estado en alguna parte porque acabas de llegar y está a punto de amanecer —insistió Rosanna.
—¡Cierra el pico! —Carlotta parecía enfadada y asustada mientras arrojaba el vestido sobre la silla y se ponía el camisón—. Si les dices a mamá y papá que he llegado tarde no volveré a dirigirte la palabra. Tienes que prometerme que no dirás nada.
—Solo si me cuentas dónde has estado.
—¡Vale! —Carlotta se acercó de puntillas a la cama de Rosanna y se sentó—. He estado con Roberto.
—Oh. —Rosanna la miró desconcertada—. ¿Haciendo qué?
—Pasear… solo pasear.
—¿Y por qué paseabais en mitad de la noche?
—Cuando seas mayor lo entenderás —respondió Carlotta; luego regresó a su cama y se metió bajo la sábana—. Ahora que ya te lo he dicho, cállate y vuelve a dormirte.
Toda la familia Menici se levantó tarde esa mañana. Cuando Rosanna bajó a desayunar, Marco estaba en la cocina con una terrible resaca y Antonia recogía los restos de la fiesta.
—Ven a ayudarme, Rosanna, o nunca abriremos —le pidió mientras contemplaba el caos reinante en el café.
—¿Puedo desayunar primero?
—Cuando hayamos terminado de limpiar. Lleva esa caja de basura al patio de atrás.
—Sí, mamá.
Rosanna cogió la caja y cruzó la cocina, donde su padre, que tenía muy mala cara, estaba pasando el rodillo sobre una masa de pizza.
—Papá, ¿te habló Roberto de mis clases de canto? —le preguntó—. Dijo que lo haría.
—Sí —asintió Marco cansinamente—, pero solo estaba siendo amable. Y si piensa que tenemos dinero para enviarte a un profesor de canto que vive en la otra punta de Nápoles, está muy equivocado.
—Pero, papá, Roberto cree… me dijo que tengo un don.
—Rosanna, cuando seas mayor te casarás y serás una buena esposa. En lugar de perder el tiempo con fantasías, debes aprender a cocinar y a hacer las tareas de la casa.
—Pero… —El labio inferior de Rosanna empezó a temblar—. Yo quiero ser cantante como Roberto.
—Roberto es un hombre, Rosanna, y ha de trabajar. Algún día tu dulce vocecita ayudará a dormir a tus bebés, lo cual es más que suficiente. Ahora saca la basura y, cuando vuelvas, ayuda a Luca a lavar los vasos.
Lloró mientras llevaba la caja hasta los cubos del patio de atrás. Nada había cambiado. Todo seguía igual. Era como si el día anterior, el mejor de su vida —en el que fue alguien especial—, no hubiera sucedido.
—¡Rosanna! —bramó la voz de Marco desde la cocina—. ¡Espabila!
Se secó la nariz con el dorso de la mano, dejó sus sueños en el patio, con la basura, y regresó a la cocina.
Cuando esa noche subía despacio las escaleras hasta su cuarto, exhausta después de un montón de horas sirviendo mesas, notó una mano en el hombro.
—¿A qué viene esa cara tan triste, piccolina?
Rosanna se dio la vuelta y miró a Luca.
—A que estoy cansada, supongo —respondió encogiéndose de hombros.
—Pues deberías estar contenta. No todas las niñas consiguen hacer llorar a toda una sala.
—Pero, Luca, no… —Rosanna se sentó bruscamente en el último peldaño de la estrecha escalera y su hermano se dejó caer a su lado.
—Cuéntame qué te pasa.
—Esta mañana le pregunté a papá lo de las clases de canto y dijo que Roberto solo pretendía ser amable, que no creía realmente que pudiera ser cantante.
—Vaya —farfulló Luca—. Eso no es verdad. Roberto le habló a todo el mundo de tu hermosa voz. Tienes que estudiar canto con ese profesor del que te habló.
—No puedo, papá dice que no tiene dinero para eso. Creo que las clases de canto son muy caras.
—Ah, piccolina. —Luca le pasó un brazo por los hombros—. ¿Por qué cuando se trata de ti, papá se muestra tan ciego? Si hubiese sido Carlotta… En fin… —Suspiró—. Escúchame, no debes perder la esperanza. Mira. —Rebuscó en el bolsillo de su pantalón y sacó un trozo de papel—. Roberto también me dio a mí el nombre y la dirección de ese profesor. Da igual lo que diga papá. Tú y yo iremos juntos a verlo, ¿de acuerdo?
—No serviría de nada, no tenemos dinero para pagarle.
—No te preocupes por eso ahora, déjalo en manos de tu hermano mayor. —Luca la besó en la frente—. Que duermas bien.
—Buenas noches, Luca.
Mientras bajaba y cruzaba el café, Luca dejó escapar un suspiro al pensar en otra larga noche en la cocina. Sabía que debería sentirse agradecido por tener el futuro más asegurado que otros jóvenes napolitanos, pero su trabajo no le llenaba. Entró en la cocina, caminó hasta la mesa y empezó a trocear una montaña de cebollas con los ojos irritados por los intensos gases. Tras echarlas en la sartén, pensó en la negativa de su padre a consentir que su hermana pequeña recibiera clases de canto. Rosanna tenía un don y Luca no iba a permitir que lo tirara por la borda.
La primera tarde que tuvo libre en el café, Luca y Rosanna tomaron el autobús hasta el exclusivo barrio de Posillipo, encaramado sobre una colina con vistas a la bahía de Nápoles.
—¡Qué bonito, Luca! ¡Cuánto espacio! ¡Qué aire tan fresco! —exclamó Rosanna al bajar del autobús. Inspiró hondo y soltó el aire muy despacio.
—Muy bonito —convino él, deteniéndose a contemplar la bahía.
El titilante mar azulado estaba tachonado de barcos, unos faenando, otros fondeados en sus amarraderos cerca de la costa. Justo delante, la isla de Capri flotaba como un sueño en el horizonte. A la izquierda, siguiendo la curva de la bahía, se divisaba el monte Vesubio.
—¿En serio que el señor Vincenzi vive aquí? —Rosanna giró sobre sus talones y contempló las elegantes casas blancas enclavadas en la ladera—. Caray, debe de ser muy rico —añadió cuando emprendieron el ascenso por la sinuosa carretera.
—Creo que su casa es una de estas —dijo Luca mientras pasaban junto a varias entradas majestuosas. Se detuvo en la última—. Aquí está, Villa Torini. Vamos.
Cogió a su hermana de la mano y subieron por el camino particular hasta la puerta principal, que apareció ante ellos enmarcada por un porche cubierto de buganvillas. Tras un breve titubeo por culpa de los nervios, Luca tocó finalmente el timbre.
La puerta se abrió y una criada de mediana edad asomó la cabeza.
—Sì? Cosa vuoi? ¿Qué quieres?
—Venimos a ver al señor Vincenzi, señora. Ella es Rosanna Menici y yo soy su hermano Luca.
—¿Tienes cita?
—No, pero Roberto Rossini…
—El señor Vincenzi no recibe a nadie sin cita. Adiós. —Y les cerró la puerta en las narices.
—Vámonos a casa, Luca. —Rosanna tiró del brazo de su hermano—. Este no es sitio para nosotros.
De algún lugar de la casa les llegaba el sonido de un piano.
—¡No! Hemos venido hasta aquí y no nos iremos sin que el señor Vincenzi te haya oído cantar. Sígueme.
Luca apartó a su hermana de la puerta.
—¿A dónde vamos? Quiero irme a casa —le suplicó Rosanna.
—No. Confía en mí, por favor.
La agarró del brazo con firmeza y siguió el sonido de la música, que los condujo a lo largo del costado de la casa hasta la esquina de una elegante terraza decorada con macetones de barro repletos de violetas y geranios rosados.
—Quédate aquí —le susurró Luca.
Se agachó y avanzó a gatas por la terraza hasta una puerta vidriera con las hojas abiertas para dejar entrar la brisa vespertina. Asomó un segundo la cabeza y la escondió de nuevo.
—Está ahí dentro —dijo cuando regresó junto a su hermana—. Ahora canta, Rosanna, ¡canta!
Lo miró sin comprender.
—¿Qué quieres decir?
—Canta el «Ave María». ¡Vamos!
—Pero…
—¡Hazlo! —insistió él.
Rosanna, que nunca había visto a su cariñoso hermano tan inflexible, abrió la boca e hizo lo que le pedía.
Luigi Vincenzi acababa de coger su pipa y se disponía a dar su paseo vespertino por el jardín cuando oyó una voz. Cerró los ojos y prestó atención unos segundos. Incapaz de contener su curiosidad, cruzó despacio la estancia y salió a la terraza. En la esquina había una niña de no más de diez u once años con un gastado vestido de algodón.
La chiquilla dejó de cantar en cuanto lo vio y el pánico cruzó por su rostro. Un joven, sin duda emparentado con la pequeña a juzgar por el parecido, estaba a su lado.
Luigi Vincenzi juntó las manos y aplaudió despacio.
—Gracias, querida, por tan encantadora serenata. No obstante, ¿puedo preguntarles qué hacen en mi terraza?
Rosanna se escondió detrás de su hermano.
—Lo siento, señor, pero es que su sirvienta no nos ha dejado entrar —comenzó Luca—. Intenté explicarle que Roberto Rossini le había pedido a mi hermana que viniera a verlo, pero nos cerró la puerta en las narices.
—Entiendo. ¿Pueden decirme sus nombres?
—Ella es Rosanna Menici y yo soy su hermano Luca.
—Bien, será mejor que entren —les invitó Luigi.
—Gracias, señor.
Cruzaron la puerta vidriera hasta una espaciosa estancia dominada por un piano de cola blanco colocado en el centro de un suelo de lustroso mármol gris. Sobre la repisa de la chimenea había numerosas fotografías en blanco y negro de Luigi vestido de esmoquin, rodeando los hombros de personas cuyos rostros les eran familiares por haberlos visto en periódicos y revistas.
Luigi Vincenzi se sentó en la banqueta situada frente al piano.
—Bien, Rosanna Menici, ¿por qué la envió a mí Roberto Rossini?
—Porque… porque…
—Porque creía que mi hermana debería recibir clases de canto con usted —respondió Luca por ella.
—¿Qué otras canciones conoce, señorita Menici? —preguntó Luigi.
—Eh… no muchas. Sobre todo los himnos de la iglesia —tartamudeó Rosanna.
—¿Por qué no canta de nuevo el «Ave María»? Parece que se lo sabe muy bien. —Luigi sonrió y se sentó frente al piano—. Acérquese más, muchacha. No muerdo, ¿sabe?
Rosanna avanzó unos pasos y vio que, si bien el bigote y el rizado pelo gris le conferían un aire severo, sus ojos brillaban afables bajo las gruesas cejas.
—Adelante, cante. —Luigi procedió a tocar los acordes iniciales del himno en el piano de cola.
El sonido era tan distinto del de los demás pianos que había oído hasta el momento que Rosanna se olvidó de entrar en el momento adecuado.
—¿Tiene algún problema, señorita Menici?
—No, señor, estaba escuchando el sonido tan bello que produce su piano.
—Entiendo. Esta vez concéntrese, por favor.
Inspirada por el piano de cola, Rosanna cantó como nunca. Luca pensó que el corazón iba a estallarle de orgullo y supo que había hecho lo correcto al llevarla a esa casa.
—Bien, bien. Ahora probaremos algunas escalas. Sígame mientras toco.
Luigi condujo a Rosanna a lo largo de las teclas comprobando su registro. No era dado a emplear superlativos, pero tenía que reconocer que la muchacha poseía el potencial más grande con el que se había cruzado en todos sus años de docencia. Su voz era excepcional.
—Bien, he oído suficiente.
—¿Le enseñará, señor Vincenzi? —preguntó Luca—. Tengo dinero para pagarle.
—Sí, le enseñaré. Señorita Menici —Luigi se volvió hacia Rosanna—, vendrá aquí cada dos martes a las cuatro. Le cobraré cuatro mil liras la hora. —Era la mitad de lo que solía cobrar, pero el hermano parecía un joven orgulloso, aunque sin blanca.
El rostro de Rosanna se iluminó.
—Gracias, señor Vincenzi, gracias.
—Y los días que no venga a verme, practicará como mínimo dos horas. Trabajará duro y no se saltará ninguna clase a menos que haya una muerte en la familia. ¿Lo ha entendido?
—Sí, señor Vincenzi.
—Muy bien. La veré el martes que viene, ¿de acuerdo? Y ahora se marcharán por la puerta principal. —Luigi los acompañó hasta la salida—. Ciao, Rosanna Menici.
Los dos hermanos se despidieron y descendieron tranquilos por el camino particular. En cuanto hubieron cruzado la verja, Luca cogió en brazos a Rosanna y empezó a dar vueltas.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! Solo tenía que oír tu voz. Estoy muy orgulloso de ti, piccolina. Sabes que este ha de ser nuestro secreto, ¿verdad? Puede que mamá y papá no lo aprueben. No debes contárselo a nadie, ni siquiera a Carlotta.
—No se lo contaré a nadie, te lo prometo. Pero, Luca, ¿puedes pagar las clases?
—Claro que sí. —Luca pensó en el dinero que había ahorrado durante dos años para comprarse una motocicleta, el primer paso hacia su tan ansiada libertad—. Claro que sí.
Cuando el autobús se acercaba, Rosanna abrazó con fuerza a su hermano.
—Gracias, Luca. Te prometo que me esforzaré todo lo que pueda. Y un día te recompensaré por tu bondad.
—Sé que lo harás, piccolina, sé que lo harás.
3
—Ve con cuidado, Rosanna. El conductor del autobús sabe dónde tienes que bajarte, por si no te acuerdas.
Rosanna sonrió a su hermano desde los escalones del autobús.
—Me lo has repetido cien veces. Ya no soy una niña. Y no voy tan lejos.
—Lo sé, lo sé. —Luca le dio dos besos mientras el conductor arrancaba el motor—. ¿Llevas el dinero en un lugar seguro?
—¡Sí! Estaré bien, no te preocupes, por favor.
Rosanna se instaló en uno de los asientos de delante y se despidió de su hermano con la mano a través de la mugrienta ventanilla cuando el conductor se dispuso a salir de la estación. El agradable trayecto la sacaba del bullicio de la ciudad y la trasladaba a la frescura de las colinas. El corazón se le aceleró al bajar en la parada correcta y echar a andar hacia la casa. Llamó al timbre con recelo, recordando el frío recibimiento de la vez anterior, pero cuando la puerta se abrió fue recibida por una sonrisa de la sirvienta.
—Pase, señorita Menici, por favor. Soy la señora Rinaldi, el ama de llaves del señor Vincenzi. El profesor la espera en la sala de música.
La mujer la condujo por un pasillo hasta la parte de atrás de la casa y llamó a una puerta.
—Rosanna Menici, bienvenida. Siéntate, por favor. —Luigi señaló una silla frente a una mesa en la que descansaba una jarra de limonada helada—. Debes de estar sedienta después del trayecto. ¿Te apetece un refresco?
—Gracias, señor.
—Por favor, si vamos a trabajar juntos, debes llamarme Luigi. —Sirvió dos vasos de limonada y Rosanna bebió del suyo con avidez—. Este tiempo es de lo más incómodo. —El profesor se secó la frente con un pañuelo a cuadros.
—Pues en esta habitación se está fresquito —comentó Rosanna—. Ayer, en la cocina, papá dijo que estábamos a cincuenta grados.
—¿En serio? Esas temperaturas son solo para beduinos y camellos. ¿En qué trabaja tu padre?
—Mamá y él tienen un café en Piedigrotta. Vivimos encima —explicó Rosanna.
—Piedigrotta es uno de los barrios más antiguos de Nápoles, como imagino que sabrás. ¿Tu padre nació allí?
—Toda la familia.
—Entonces sois napolitanos de pura cepa. Yo soy de Milán. Solo he tomado prestada vuestra encantadora ciudad.
—Creo que se está mucho mejor aquí arriba que allá abajo, sobre todo con todos esos turistas.
—¿Trabajas en el café?
—Cuando no estoy en el colegio, sí. —Rosanna torció el gesto—. No me gusta.
—Pues si no te gusta, Rosanna Menici, por lo menos debes sacarle partido. Seguro que muchos ingleses visitan vuestro café durante el verano.
—Sí, un montón.
—En ese caso, debes escucharles e intentar aprender algo de inglés. Lo necesitarás en el futuro. ¿Estudias francés en el colegio?
—Soy la primera de la clase —respondió ella con orgullo.
—Algunas de las grandes óperas están escritas en francés. Si empiezas a hablar ambos idiomas ahora, eso que tendrás ganado en el futuro. ¿Qué piensan tus padres de la voz de su hija?
—No lo sé. No… no saben que vengo a clase. Roberto Rossini le dijo a mi padre que debería estudiar con usted, pero mi padre consideró que no teníamos dinero para eso.
—Entonces ¿esto lo paga tu hermano?
—Sí. —Rosanna se sacó unos cuantos billetes del bolsillo del vestido y los dejó sobre la mesa—. Hay suficiente para tres clases. Luca quería pagarle por adelantado.
El profesor cogió el dinero con un elegante asentimiento de cabeza.
—Ahora, necesito saber si te gusta cantar.
Rosanna pensó en lo especial que se había sentido después de cantar en la fiesta de Maria y Massimo.
—Me encanta. Cuando canto estoy en otro mundo.
—Bueno, ese es un buen comienzo. Debo advertirte de que eres demasiado joven como para poder afirmar que tu voz evolucionará de la manera adecuada. No debemos forzar tus cuerdas vocales, tenemos que educarlas poco a poco, averiguar cómo funcionan y cuál es la mejor manera de cuidarlas. Yo enseño un método llamado Bel Canto, que comprende una serie de ejercicios de voz que van incrementando su dificultad, y cada uno de ellos está diseñado para aprender un aspecto concreto del canto. Cuando los domines, habrás estudiado cada posible problema vocal antes de que aparezca en la partitura. Callas aprendió de este modo. No era mucho mayor que tú cuando comenzó. ¿Estás preparada para un trabajo tan duro?
—Sí, Luigi.
—Debo recalcar que aún falta mucho para que cantes las grandes arias. Primero nos familiarizaremos con los relatos de las óperas e intentaremos comprender los personajes. Los mejores intérpretes son aquellos que, además de tener una voz maravillosa, dominan el arte de actuar. Y no creas que dos clases al mes bastarán para mejorar tu voz —le previno—. Debes practicar los ejercicios que te dé todos los días sin falta. —Se interrumpió al reparar en la cara de susto de Rosanna y se le escapó la risa—. Y tú debes recordarme de vez en cuando que todavía eres una niña. Por favor, acepta mis disculpas por haberte asustado. Lo mejor de tu juventud es que tenemos mucho tiempo por delante. Bien, empecemos. —Luigi se levantó, caminó hasta la banqueta y dio unas palmaditas en el espacio que tenía a su lado—. Ven, aprenderemos las notas en el piano.
Una hora después, Rosanna se marchó de Villa Torini un tanto desinflada. No había cantado ni una sola nota durante la clase.
Cuando llegó a casa, agotada por el calor bochornoso del autobús y la tensión de la tarde, fue directa a su cuarto. Luca la siguió con las manos cubiertas de harina.
—Veo que has sabido volver.
—¿Acaso no estoy aquí? —Rosanna sonrió al ver su cara de preocupación.
—¿Cómo ha ido?
—Muy bien. Luigi es muy simpático.
—Me alegro de…
—¡Luca! —bramó Marco desde la cocina de abajo.
—Tengo que irme, hay mucho trabajo.
Besó a su hermana en la mejilla y corrió escaleras abajo. Rosanna se tumbó en la cama, sacó el diario de debajo del colchón y empezó a escribir. Al rato, Carlotta entró en el cuarto.
—¿Dónde estabas? Mamá quería que la ayudaras pero no te encontramos. Me he pasado la tarde sirviendo mesas.
—Estaba… por ahí con una amiga. Tengo hambre. ¿Hay algo de comer?
—No lo sé, pregúntale a mamá, yo voy a salir.
—¿Con quién?
—Oh, con Giulio —respondió Carlotta con cara de aburrimiento.
—Creía que te gustaba, que era tu novio.
—Lo era… o sea, lo es. ¡Oh, deja de hacer preguntas! Voy a darme un baño.
Cuando su hermana se hubo marchado, Rosanna terminó de escribir su diario y lo devolvió a su escondite. Hecho esto, entró en la pequeña cocina de arriba y se sirvió un vaso de agua de la nevera. Sabía que si bajaba a buscar algo de comer sus padres le endilgarían alguna tarea y estaba muy cansada. Cruzó de puntillas el rellano y abrió la puerta que daba a la escalera de hierro que descendía hasta la calle. Solía sentarse allí cuando necesitaba estar sola, aunque las vistas fueran los cubos de basura del patio trasero. Se instaló en el escalón superior y, entre pequeños sorbos de agua, revivió cada momento de su clase con Luigi. Aunque se había pasado la hora aprendiendo a leer las notas de la partitura en lugar de cantarlas, adoraba el tranquilo hogar de Luigi. Y le parecía emocionante tener por fin su propio secreto.
Regresó a la habitación y se puso el camisón. Su hermana estaba echándose un chal sobre los hombros, lista para marcharse.
—Pásalo bien —le dijo Rosanna.
—Gracias.
Carlotta esbozó una sonrisa que semejaba más bien una mueca y se marchó dejando a su paso la estela de su perfume.
Rosanna se acostó dándole vueltas a cómo lograría escaparse a casa de Luigi cada dos martes por la tarde sin que la echaran de menos. Al final decidió que se inventaría una amiga. La llamaría Isabella y sus padres tendrían dinero, porque eso impresionaría a su padre. Así podría ir a casa de Isabella cada dos martes sin meterse en problemas. En cuanto a lo de practicar, tendría que intentar levantarse una hora antes por las mañan
