Empieza a azulear el cielo del otro lado de la ventana del autobús. Apenas distingo el contorno oscuro del llano, las siluetas de los montes y de los árboles. Los audífonos suenan inútilmente entre mis piernas con voz de hormiga. Los apago y reviso la hora: 6:15, estamos por llegar. Ninguna llamada, ningún mensaje. Marco el número de mi padre, pero no contesta. Debió quedarse dormido. Le he dicho vez tras vez que puedo tomar un taxi, pero él no lo permite, insiste en ir a recogerme y en llevarme a la estación. En la secundaria, incluso en la prepa, cuando rogaba que me dejaran ir sola a la escuela para tener un poco de libertad, era lo mismo. Amar y controlar pueden llegar a confundirse.
De nuevo miro por la ventana: hay un instante, cuando despunta el alba, en que parece que las sombras jamás van a iluminarse y el sol saldrá sobre un mundo de siluetas recortadas en negro. Un segundo después la luz avanza también sobre las sombras y se puede sentir el alivio de la realidad con todos sus colores. Mi padre llama cuando el autobús va entrando a la ciudad. Voy para allá, dice. Tendré que esperarlo treinta o cuarenta minutos. Mientras tanto, llegará el amanecer.
Bailoteo y tiemblo en la banqueta por pura ansiedad, aunque quiero creer que se trata del frío acumulado en los huesos durante el viaje. Los taxistas de acento ranchero que me asediaron al salir ahora me miran de reojo esperando a que me arrepienta de mi negativa. Veo por fin el toldo color guinda del coche de mi padre en la entrada del circuito que bordea la terminal. Levanto el brazo para hacerme notar. Él se detiene y baja para ayudarme a subir la maleta. Me da un abrazo y percibo el aire pesado de su boca, su olor corporal, su cansancio. Subimos al coche y me pongo el cinturón, él no, él piensa que usar el cinturón de seguridad es una regla estúpida. Antes de acelerar me ofrece un termo de café con leche. Le doy las gracias y bebo un sorbo. No acostumbro tomar café soluble ni ponerle azúcar, pero la bebida dulce y tibia me reconforta.
Salimos a la avenida Lázaro Cárdenas. El sol se levanta a nuestras espaldas. ¿Cómo te fue de viaje, pudiste dormir?, pregunta y yo le respondo que más o menos. Me estrujo el cuello adolorido. Sé que la sensación de somnolencia no se me va a quitar en todo el día, los párpados pegajosos, la frente pesada. ¿Cómo van las cosas en el trabajo? Respondo vaguedades. Al dar vuelta en calzada Revolución el sol me da de lleno en el lado derecho del rostro y me adormece, pero a los pocos minutos se vuelve picante; antes de las nueve será insoportable. Calor, frío, calor frío. Hay algo en mi cuerpo, algo irracional que percibe la furia de este clima y se resiste a esta latitud: se me secan los labios, me sangra la nariz, se me dilatan las venas y aparece una leve pero constante sensación de asfixia. Apenas se nos agotan las preguntas superficiales, empiezo a sentir que se contraen los músculos de mi espalda, me sudan las manos, se me irrita el estómago. Quiero bajar del coche, volver a pie a la terminal y subir en el primer autobús que me lleve de regreso, pero me quedo quieta, con el cuerpo contenido como si en cualquier momento fuéramos a chocar.
El coche avanza entre camiones, ruido, resplandores metálicos y la grisura conocida de las avenidas de siempre. Oigo a mi padre soltar todo el aire de sus pulmones en un soplido lento. Esa es la señal. Sus palabras, sus silencios, van enredando en mí el hilo transparente que reprocha mi ausencia. Con la siguiente bocanada comenzará el recuento, el «informe puntual de la situación», para ello empleará un tono solemne y frío, repetirá algunos términos médicos, recurrirá a estrategias discursivas como la recapitulación, la enumeración o la exégesis. Dará cuenta de los procedimientos que tuvieron lugar en el cuerpo de mi madre, mientras que el hilo oculto entre sus palabras reprocha mi ausencia, desaprueba el equívoco que soy, el hecho de no ser lo que de mí se espera. Yo aprieto los puños y siento el cáñamo transparente que se me anuda por dentro y corta.
Así han sido estos últimos cuatro años: vivo en la ciudad de Oaxaca y viajo constantemente a la Ciudad de México para ir a la imprenta o hacer algún trámite de la editorial. Cada cinco o seis semanas, aprovecho esos viajes para escaparme unos días a Guadalajara y ver a mi madre. Tomo el autobús nocturno, mi padre pasa por mí, termo de café con leche, mal aliento, frío, calor, resplandores metálicos y estruendo. Contengo el cuerpo para escuchar el informe puntual de la situación, las reuniones con los especialistas y las decisiones que se tomaron. El recuento dura lo que el trayecto entre la terminal de autobuses y el hospital.
Mi padre se detiene frente a la rampa de urgencias y me entrega un rectángulo de cartulina azul del tamaño de un separador de lectura, impreso con un sello de tinta violeta y escrito con garabatos ilegibles la vigencia, el número de cama, la firma de la jefa de Trabajo Social. Por favor, no vayas a perderlo, dice. Con el pase de visita en mano entro, tomo el elevador, me aprieto entre camillas con enfermos, sillas de ruedas, sondas, vendajes, bultos, rezos; camino por los corredores intentando aparentar aplomo, asomo hacia los otros cuartos y veo un catéter, una pierna desnuda, los pliegues marchitos de una espalda, respiro sin pudor el aire mórbido y me presumo fuerte, ningún temblor, ninguna duda. Entre las sábanas de una cama indistinta encuentro a mi madre, más o menos despierta, más o menos consciente; a veces me mira, a veces incluso llega a sonreír o pronuncia mi nombre. Otras veces permanece lejos.
En esta ocasión la ruta es distinta. Pasamos de largo la desviación al hospital. Estoy lista para oír el informe, pero mi padre sigue callado. Entiendo su juego: quiere obligarme a que sea yo quien pregunte, ponerme en evidencia, quiere que sea yo quien dé vueltas al cáñamo y me enrede sola.
–¿Cómo está mi mamá? –me escucho decir, ajena a la voluntad de mis labios. Las palabras «cómo está» no cumplen con la medida de la realidad que increpan. Es una pregunta simple, estúpidamente ingenua, como si ella en realidad estuviera.
Mi padre sigue callado. Llegamos al cruce de Circunvalación e Independencia. Nos detenemos frente a la luz roja y mi padre vuelve a tomar aire, a escupirlo despacio como si se fumara mi impaciencia.
Necesito salir a la superficie a respirar, pero el cáñamo me lo impide, me ata, me retiene en la asfixia. «Habla ya, carajo, di lo que tengas que decir», grito por dentro y volteo dispuesta a arrojarle mi desesperación.
Mi padre está plegado sobre sí. Su espalda se sacude en resuellos y se aprieta los ojos con el índice y el pulgar de la mano izquierda. Suena la bocina del coche de atrás. Él se limpia la cara, fija la mirada al frente y avanza. Es la primera vez que lo veo llorar.
Mi madre está en su casa esperando a la muerte. Un astrocitoma de células estrelladas del tamaño de un rambután enraizó entre el lóbulo frontal y el temporal izquierdo de su cerebro. Los últimos cuatro años habían sido una serie de sobresaltos que se alternaban con periodos de recuperación y recaídas, ranuras por donde asomaba la esperanza o la tragedia. Había que lidiar con lo inmediato, resolver una serie de necesidades, cumplir con los procedimientos médicos de la supuesta batalla. La lucha requería un ritmo de largo aliento: resistencia, esfuerzo, inercia. No podíamos detenernos a reparar en el significado de las cosas.
Entonces llegó la decisión de la cirugía: retiraron el tumor junto con la masa encefálica que lo rodeaba, los recuerdos, las palabras, las sinapsis. El mundo interior de mi madre se vio ocupado por el vacío. El tiempo de la lucha terminó, se agotaron los intentos por traer a mi madre de vuelta. Ahora sabemos que la expectativa de recuperación es nula, que el final puede llegar en cualquier momento, nadie puede decir cuándo. Esta vez no hay hospital ni reporte médico, lo único que queda es esta claridad que deslumbra y lastima, el sonido sordo del derrumbe.
«Toda mi escritura transcurre dentro de la soledad de una ballena.»
María Malusardi,
Una madre es un piano triste
1
Escribo estas notas en hojas blancas que tomo de una resma, a lápiz, sobre una tabla apoyada en las piernas, en un sillón raído con estampado de mariposas. Vivo en una cabaña, en San Miguel Ajusco. El predio tiene solo cuatro casas en lo alto de una ladera de pasto silvestre, el triángulo donde convergen dos ríos. En la margen crecen grandes cedros y encinos. Fuera de mi casa hay perales, ciruelos, magueyes. Las peras retumban en el tejado al caer, mordisqueadas por las ardillas. Los cacomixtles corretean por las noches sobre el techo de mi cuarto, puedo ver su cola anillada a través del tragaluz. Ajusco viene del náhuatl Axochco y significa «lugar donde florece el agua». Hay borregos y campos de maíz, los vecinos tienen gallinas, un gallo desafinado y una parvada de guajolotes. Los ríos están sucios, arrastran basura y muerte. Cuando llueve, el arroyo junto a mi ventana crece y su rugido se vuelve ensordecedor. El olor a drenaje es insoportable.
Vine aquí para estar cerca de la montaña y sentir su abrazo. Al principio no lo sabía, pero ahora me doy cuenta: vine aquí para escribir sobre esto, sobre el duelo, pero también sobre la vida, sobre la fractura, sobre mi madre y nuestras mutuas ausencias. La palabra derivar es origen y también es errancia. Han pasado trece años desde su muerte. Trece años y estoy aquí, como quien cumple con la maldición de un espejo roto.
Enciendo un poco de leña en la chimenea porque es invierno y este lugar puede llegar a ser helado. La humedad trasmina los muros y el frío se lleva constante en la punta de la nariz, en las manos, en las pantorrillas, desconcierta el tacto de los objetos: la tela del cojín, el lápiz, el asiento del baño. Es verdad que no estamos en el Yukón, pero el abrazo del Axochco hiela a un ritmo lento y sin tregua; se va colando a las raíces de las plantas y les impide crecer, ralentiza la velocidad de las lombrices que se demoran en dar cuenta de la composta, me contrae los vasos capilares de los pies y de las manos y los acerco al fuego hasta casi quemarme. Escribo con los dedos entumecidos. Lleno una hoja tras otra y las voy dejando de revés en una pila sobre el escritorio. Encima, como pisapapeles, pongo una piedra con forma de corazón humano, una piedra roja del tamaño de mi puño que recogí de las orillas del río Fuerte, en Sinaloa, el río junto al que creció mi madre, donde un año después de su muerte mi padre y yo esparcimos sus cenizas, entre las raíces sumergidas de un sauce. Nada de tumbas. Mi madre es un río, se aleja y no vuelve. Yo voy navegando a la deriva.
Conforme nos acercamos a la casa de mi madre voy reconociendo mis lugares de infancia: la avenida Circunvalación con su camellón sembrado de casuarinas grises, el edificio donde estuvo mi primer kínder y que ahora es un spa, la vieja y confiable Farmacia Guadalajara, donde no venden preservativos ni pastillas del día siguiente porque atenta contra la voluntad de Dios. Con cada regreso noto los cambios que van convirtiendo a la ciudad en otra, más plástica y decadente. Hay un Dormimundo en donde estaba antes la pastelería Cafin, el horrendo payaso de la mampara me hipnotizaba al pasar, y me quedaba lela mirando las muestras de pasteles decorados con picos, flores y cenefas de betún escandaloso, saboreando el anhelo de ver mi nombre escrito en letra de duya, de celebrar mi cumpleaños rodeada de amigos y familia como hacía todo el mundo. Todos, menos nosotros. A Jehová no le gustan los cumpleaños; soplar las velas de un pastel y pedir un deseo también atenta contra la voluntad de Dios.
Con cada regreso la memoria se traslapa y se sobrescribe. Hay un desfase entre las imágenes superpuestas que me hace sentir lejos aun cuando mi cuerpo se encuentra en este mismo sitio. El presente no se corresponde ya con el lugar al que pertenecí, no pertenezco tampoco a la ciudad donde ahora vivo, no del todo, no pertenezco a ninguna parte, el espacio que consideraba mío ahora solo habita en el recuerdo.
Sin embargo, mi cuerpo conoce de memoria el ritmo de la ruta, la inclinación de la vuelta en la glorieta de Tránsito, el tiempo del semáforo, la velocidad de arranque. Pasamos junto al supermercado, que primero fue Woolworth y después Gigante y después Soriana, el siguiente alto nos detiene junto a una serie de locales sin suerte en los que ningún negocio prospera; cortinas metálicas cerradas y grafiteadas, vidrios rotos, plafones caídos; donde había un banco ahora hay una tienda de cobijas por catálogo, donde había un Videocentro ahora hay una casa de empeños. En la siguiente esquina doblaremos a la derecha para entrar a nuestra colonia. El desfase también me hace ver las cosas que no cambiaron en la realidad, pero sí en mi percepción, como la casa de la esquina que me parecía inmensa y que ahora veo pequeña, o nuestra calle, ahora tan estrecha y que era mi mundo.
La casa de mi madre, la casa donde crecí y que no puedo llamar mía porque su sombra pesa demasiado, se encuentra en la privada de un fraccionamiento de interés social de clase media que se construyó en los años setenta a partir del mismo plano de 160 metros cuadrados con ligeras variantes. Casas de ladrillo de una planta, con cochera al frente y un pequeño recuadro de jardín. Un modelo de arquitectura simple, como hoja en blanco, al que cada propietario iría dando su propio carácter hasta convertir el fraccionamiento en un barrio variopinto donde cada fachada es más fea y pretenciosa que la siguiente, de acuerdo con las modas, el presupuesto y el remilgado sentido estético de los que viven aquí.
La casa de mi madre no es la más ostentosa, pero sí la más bonita de la privada. El tejabán sobre la cochera le da un aire colonial y campirano, aunque se puede percibir el deterioro que ha ido minando su encanto, el vitropiso color barro que mi padre mandó poner en la primera remodelación pasó de moda hace diez años.
Bajo del coche para abrir el cancel y mi oído reconoce su canción de metales, el compás del cerrojo, el rechinido familiar de las bisagras. En la jardinera crecen las margaritas rastreras y el agapanto que sembró mi madre de unos bulbos que le pidió al jardinero de una hacienda que visitaba. Sentía especial aprecio por las cosas que le habían salido gratis. Esperó paciente durante muchos años a que floreciera, este verano dará sus primeros racimos de flores violeta, pero ya no podrá verlos.
2
«Mujeres que escriben para explicarse cosas acerca de sí mismas», escribe Brenda Ríos en una línea de chat mientras conversamos acerca de este género híbrido entre ensayo personal, crónica, novela de sí, desarticulación de los espejismos que nos hemos inventado para sobrevivir, y que para mí es ahora este desmontar pieza por pieza para poner sobre el escritorio, en una resma de hojas, bajo una piedra con forma de corazón humano, los recuerdos, las preguntas, las ideas, las citas de los libros que me hacen pensar, y analizarlos hasta encontrar el sentido, la explicación, una versión al menos, una lógica que haga encajar de nuevo las piezas y eche a andar el mecanismo. Entonces podré seguir con la vida. Antes no.
Mi nana abre la puerta de la casa para recibirnos y su cara se llena de una alegría pueril, los ojos muy abiertos: ya llegaste, mija, qué bueno, Jehová bendito. Se le quiebra la voz. La abrazo y siento el calor de su cuerpo blando y amplio, un cuerpo en el que me fundo y dejo de ser yo. Su pecho es una masa tibia que me envuelve. Me fundo de fundir, me fundo de fundar. La madre de mi madre es la fuente primigenia, a ella pertenezco, el verdadero regreso son sus brazos.
La cocina huele a ajo y a frijoles. La olla exprés silba en la estufa. Viene a recibirnos mi tía Marthita, la única hermana de mi madre. Ellas dos están aquí desde hace un año. Dejaron su casa en el pueblo, dejaron el negocio de la pizzería junto a la plazuela, allá en El Fuerte, para venir junto a mi madre y cuidarla. Ellas hicieron lo que yo no pude, renunciaron a su vida para cuidar de otra. Yo decidí quedarme a la distancia, como si eso pudiera salvarme de este fuego. Ahora estamos completas, soy con ellas la tercera moira.
Mi nana llora siempre que alguien llega o se va de viaje. Ante la mínima provocación sus ojos se inyectan de sangre, su boca hace una mueca, le tiembla la barbilla, se le quiebra la voz. Desde niña he sentido vergüenza de ver que el llanto le brote así, como la carcajada o el disgusto. Me endurezco y una risa nerviosa me anuda el rostro, miro hacia otro lado, quiero esconder la cara, mis ojos secos. Yo no puedo llorar. Quizá sea mi modo de guardar silencio. Mis ojos dicen no. Mis ojos callan.
Mi tía Marthita no llora, aunque parece agotada y los cristales de sus lentes están llenos de puntitos blancos. Dice: pásale, mija, para que veas a tu mami. Dejo mis cosas en el comedor y voy al fondo de la casa, entro a la recámara y me acerco a mi madre sin dramatismos, le acaricio el pie derecho que asoma fuera de la sábana, sonrío como si pudiera verme a través de los párpados, como si pudiera sentir el tacto de mis manos. Hay quien dice que las personas en el estado en que se encuentra mi madre pueden percibir lo que sucede a su alrededor. Háblale, mija, tu mami puede escucharte, insistía una señora en el hospital. Yo prefería quedarme callada. Mi madre no me escuchaba entonces y tampoco me escucha ahora, no sabe que estoy aquí, mi madre está ausente. Un oxímoron. Permanece su respiración, permanecen algunos reflejos, su piel sigue estando tibia, pero no la siento conmigo, no puedo hablarle.
Mi padre, en cambio, le habla todo el tiempo. Entra a la habitación a paso rápido, sin detenerse, se inclina para llenarla de besos y le dice ¿qué pasó, chiquita linda?, ¿cómo está, eh? Envidio su capacidad para vivir el estado de las cosas y soportar. Se incorpora y dice que tiene que hacer varias llamadas. Sale del cuarto y nos deja de nuevo solas.
Observo la habitación: la cortina color melón, los espejos donde se reflejó su mirada, el tocador, la silla donde dejaba su ropa, la de trabajo, la de salir, la de media mugre, la bata japonesa con que cubría el camisón en las mañanas. El mueble de la cabecera parece huérfano recargado contra el muro, sin base ni colchón, mi padre quitó su cama king size para adecuar la recámara a las nuevas necesidades. En la alfombra quedó dibuj
