Prefacio para la edición conmemorativa del décimo aniversario de Un mundo sin fin
A lo largo del tiempo, muchos lectores me pedían de forma insistente que escribiera una secuela de Los pilares de la Tierra, pero ¿qué significaba eso en realidad? No que escribiera otra historia sobre la construcción de una catedral, pues sería básicamente el mismo libro, pero con nombres diferentes. Contemplé la posibilidad de hablar sobre la construcción del primer rascacielos, sin embargo, no estaba seguro de poder recrear el Chicago de la década de los ochenta. La inspiración para escribir una novela que tratara sobre la peste negra me llegó después de pasar años devanándome los sesos y barajando distintas ideas.
La peste negra fue la plaga más devastadora en toda la historia de la raza humana. Acabó con la vida de al menos una de cada tres personas en Europa, Oriente Próximo y el norte de África. Supe reconocer de inmediato cómo una epidemia semejante habría asolado la ciudad de Kingsbridge, afectando absolutamente a todas las familias, tal como la construcción de la catedral, doscientos años antes, había transformado las vidas de sus habitantes.
Cuando esto sucede, cuando se me ocurre una gran idea para una gran historia, la sensación que me invade es una mezcla de entusiasmo y ansiedad —¿podré hacerle justicia?—, y me asalta la urgente necesidad de ponerme con ella enseguida, rápidamente, de inmediato.
Lo cierto es que sentí que aquello podría ser algo más que una gran historia. Los constructores de catedrales fueron grandes innovadores tecnológicos, impulsando constantemente los avances en el conocimiento humano. La peste negra, a pesar de lo terrible que fue para la humanidad, logró algo similar: provocó una revolución en el pensamiento médico. Los remedios supersticiosos tradicionales se dejaron de lado y fueron reemplazados por terapias basadas en la evidencia científica, por lo que, de ese modo, se sentaron las bases de la medicina moderna. Así pues, la epidemia no solo supuso un acontecimiento dramático de trágicas dimensiones, sino también un punto de inflexión en la historia intelectual de la humanidad.
Al principio, durante la primera etapa del proceso de escritura, hice un viaje a York para documentarme y ver los cimientos de la catedral. Esa noche, mi esposa Barbara y yo asistimos al oficio vespertino con acompañamiento del coro, una experiencia memorable. Muchos de los salmos terminaban con las palabras: «Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén». Como si el mundo no tuviera fin. A mitad del servicio, le susurré a Barbara: «¿Qué te parece Un mundo sin fin como título?».
«Me gusta», me contestó.
El libro que usted, mi querido lector, tiene en sus manos, o en su dispositivo, es mi novela más extensa, con 475.000 palabras, y tardé tres años en escribirla. Está a punto de sumergirse en el mundo del siglo XIV, un mundo violento, bárbaro y de olores nauseabundos. Permanecerá en él un buen rato. Que disfrute de la lectura.
KEN FOLLETT,
febrero de 2017
1
wenda sólo tenía ocho años, pero no le temía a la oscuridad. Todo estaba como boca de lobo cuando abrió los ojos, aunque no era eso lo que la inquietaba. Sabía dónde estaba, en el priorato de Kingsbridge, en el alargado edificio de piedra al que llamaban hospital, tumbada sobre la paja que había esparcida en el suelo. Por el cálido olor lechoso que llegaba hasta ella, imaginó que su madre, que descansaba a su lado, estaría amamantando al recién nacido, al que todavía no le habían puesto nombre. A continuación yacía su padre y, al lado de éste, el hermano mayor de Gwenda, Philemon, de doce años.
El hospital estaba abarrotado y aunque no llegaba a distinguir con claridad a las otras familias que ocupaban el suelo del recinto, hacinadas como ovejas en un redil, percibía el rancio hedor que desprendían sus cálidos cuerpos. Faltaba poco para que despuntaran las primeras luces del día de Todos los Santos, fiesta de guardar que ese año además caía en domingo, por lo que sería día de especial precepto. Por consiguiente, la víspera había sido noche de difuntos, azarosa ocasión en que los espíritus malignos vagaban libremente por doquier. Cientos de personas habían acudido a Kingsbridge desde las poblaciones vecinas, igual que la familia de Gwenda, a pasar la noche en el interior de los recintos sagrados del priorato para asistir a la misa de Todos los Santos con las primeras luces del alba.
A Gwenda le inquietaban los espíritus malignos, como a cualquier persona en su sano juicio, pero le preocupaba aún más lo que tendría que hacer durante el oficio.
Con la mirada perdida entre las sombras, intentó apartar de su mente el motivo de su angustia. Sabía que en la pared de enfrente se abría una ventana arqueada, y a pesar de que ésta carecía de cristal, pues sólo los edificios más importantes estaban acristalados, una cortinilla de hilo los protegía del frío aire otoñal. Sin embargo, ni siquiera alcanzaba a distinguir la débil silueta grisácea de la ventana. Se alegró; no quería que amaneciera.
Puede que no viera nada, pero sí llegaban hasta sus oídos multitud de sonidos distintos, como el de la paja que cubría el suelo y que susurraba constantemente cuando la gente se removía y cambiaba de postura durante el sueño. El murmullo de unas palabras cariñosas no tardó en acallar el llanto de un niño que parecía haber despertado de una pesadilla. De vez en cuando se oía a alguien farfullar, hablando en sueños. En algún lugar una pareja hacía eso que hacían los padres pero de lo que nunca hablaban, eso que Gwenda llamaba «gruñir» porque no sabía con qué otra palabra describirlo.
Vio una luz antes de lo esperado. En la puerta del extremo oriental de la alargada estancia, detrás del altar, apareció un monje con una vela en la mano. La dejó sobre el ara, encendió una pajuela con la llama y recorrió la estancia para acercarla a las lámparas de las paredes, donde su sombra se alzaba hasta el techo, como un reflejo; la pajuela se unía a su propia sombra en la mecha de la lámpara.
La luz fue avivándose deprisa e iluminó hileras enteras de figuras ovilladas desperdigadas por el suelo, envueltas en sus anodinas capas o acurrucadas junto a sus vecinos en busca de calor. Los enfermos ocupaban los camastros dispuestos cerca del altar, donde podrían beneficiarse mejor de la santidad del recinto. Una escalera en el extremo opuesto conducía al piso superior, donde se encontraban las habitaciones para las visitas de la nobleza, estancias ocupadas en ese momento por el conde de Shiring y otros miembros de su familia.
El monje se inclinó sobre Gwenda para encender la lámpara que quedaba justo encima de su cabeza. El hombre se fijó en ella y le sonrió. La niña observó su rostro bajo la vacilante luz de la llama y vio que se trataba del hermano Godwyn, un joven apuesto que la noche anterior había tratado a Philemon con mucha amabilidad.
Junto a Gwenda había otra familia de su aldea: Samuel, un próspero campesino con grandes extensiones de tierra, su esposa y sus dos hijos, el menor de los cuales, Wulfric, era un arrapiezo de seis años convencido de que lanzar bellotas a las niñas y salir corriendo era lo más divertido del mundo.
La prosperidad no sonreía a la familia de Gwenda. Su padre no tenía tierras, por lo que se ofrecía de jornalero a quien pagara por sus servicios. En verano nunca faltaba trabajo, pero tras la recogida de la cosecha y la llegada del frío, la familia solía pasar hambre.
Por eso Gwenda tenía que robar.
Solía imaginarse que la prendían: una mano robusta la agarraba por el brazo y la sujetaba con fuerza sobrehumana mientras ella trataba de zafarse sin éxito; una voz profunda y cruel le decía: «Vaya, vaya, una ladronzuela»; a continuación sentía el dolor y la humillación de un latigazo y después venía lo peor de todo, la agonía y la desesperación cuando le cortaban la mano.
Era el castigo que había sufrido su padre, al final de cuyo brazo izquierdo asomaba un muñón repugnante y arrugado. Se las arreglaba bien con la otra mano —podía cavar, ensillar un caballo, incluso tejer una red para cazar pájaros—, pero siempre era el último jornalero al que contrataban en primavera y el primero del que prescindían con la llegada del otoño. No podía abandonar la aldea y buscar trabajo en otro lugar porque el muñón lo delataba como ladrón y la gente se negaba a contratarlo. Cuando viajaba se ataba un guante relleno a la muñeca para que los extraños no lo rehuyeran, pero la engañifa no solía durar demasiado.
Gwenda no había presenciado el correctivo que le habían aplicado a su padre —todo había ocurrido antes de que ella naciera—, pero solía recrearlo en su imaginación, y ya no podía dejar de pensar que lo mismo iba a sucederle a ella. Veía cómo caía la hoja del hacha sobre su muñeca, cómo se abría camino entre la piel y los huesos y cómo le separaba la mano del brazo en un adiós definitivo… En esos momentos tenía que apretar los dientes para no gritar.
La gente empezó a desperezarse, y algunos se estiraban, otros bostezaban y otros se frotaban la cara. Gwenda se puso en pie y se sacudió la ropa. Todo lo que llevaba puesto había pertenecido en un momento u otro a su hermano mayor. Vestía un sayo de lana que le llegaba hasta las rodillas y una túnica por encima ajustada a la cintura con un cinto de cuerda de cáñamo. Los zapatos habían llevado cordones, pero como tenía los ojales rotos, los había perdido, así que se los sujetaba a los pies con paja trenzada. En cuanto se remetió el pelo en el gorro de cola de ardilla, dio por terminado el acicalamiento.
Su padre la miró en ese momento y le señaló con disimulo la familia que tenían enfrente, una pareja de mediana edad con dos hijos un poco mayores que Gwenda. El hombre era bajo y enjuto, y lucía una barba pelirroja y rizada. Estaba ciñéndose una espada, lo que significaba que era un hombre de armas o un caballero, puesto que a la gente normal y corriente no se le permitía portar espadas. Su esposa era una mujer escuálida y malhumorada de bruscos modales.
—Buenos días, sir Gerald, lady Maud… —los saludó el hermano Godwyn con un respetuoso ademán de cabeza mientras Gwenda los observaba con atención.
Gwenda descubrió lo que había llamado la atención de su padre. Sir Gerald llevaba una pequeña bolsa sujeta al cinturón por una correa de cuero. La bolsita abultaba. Daba la impresión de estar repleta de varios cientos de pequeños y finos peniques, medios peniques y cuartos de penique de plata, la moneda inglesa en circulación en esa época. Tanto dinero como el que su padre habría ganado en un año si hubiera encontrado patrón, suficiente para sustentar a la familia hasta la época de arar los campos, en primavera. Tal vez incluso contuviera algunas monedas de oro extranjeras; florines de Florencia o ducados de Venecia.
Gwenda escondía un pequeño cuchillo en una funda de madera que llevaba colgada del cuello con un fino cordón. La afilada hoja cortaría la correa sin problemas y la abultada bolsa caería en su mano… siempre que sir Gerald no notara algo extraño y la sorprendiera antes de que ella hubiera terminado su trabajo.
Godwyn alzó la voz para hacerse oír por encima del bullicio general:
—Por la gracia de Dios, quien nos inculca caridad, el desayuno se servirá después de la misa de Todos los Santos —anunció—. Mientras tanto, hay agua fresca en la fuente del patio. Por favor, no olvidéis utilizar las letrinas de fuera. ¡Nada de orinar aquí dentro!
Los hermanos y las monjas eran muy estrictos con la higiene. La noche anterior, Godwyn había sorprendido a un niño de seis años orinando en un rincón y había expulsado a toda la familia. Salvo que tuvieran un penique para una taberna, tendrían que pasar la fría noche de octubre tiritando en el suelo de piedra del pórtico oriental de la catedral. Tampoco se admitían animales. Al perro de tres patas de Gwenda, Brinco, le habían vetado la entrada y la niña se preguntaba dónde habría pasado la noche.
Una vez encendidas todas las lámparas, Godwyn abrió la pesada puerta de madera que daba al exterior. El aire nocturno frío y cortante heló las orejas y la punta de la nariz de Gwenda. Los huéspedes de esa noche se envolvieron en sus ropas y empezaron a salir arrastrando los pies. Cuando sir Gerald y su familia se pusieron en marcha, los padres de Gwenda se colocaron justo detrás, seguidos de la niña y de su hermano.
Philemon se había encargado de los hurtos hasta ese momento, pero el día anterior habían estado a punto de sorprenderlo en el mercado de Kingsbridge. Había birlado un pequeño tarro de un aceite muy caro del tenderete de un mercader italiano y se le había caído, por lo que todo el mundo lo había visto. Por fortuna, no se rompió al estrellarse contra el suelo. Philemon se había visto obligado a fingir que lo había derribado sin querer.
Hasta hacía poco Philemon era un niño diminuto que pasaba inadvertido, igual que Gwenda, pero en el último año había crecido varios centímetros, le había cambiado la voz y se había vuelto patoso y desmañado, como si no acabara de acostumbrarse a su nuevo cuerpo. La noche anterior, tras el incidente del tarro de aceite, el padre había anunciado que Philemon era demasiado grande para los hurtos que exigían sigilo y que, por consiguiente, esa responsabilidad recaería en Gwenda a partir de entonces.
Por eso la niña había permanecido en vela casi toda la noche.
El verdadero nombre de Philemon era Holger. Cuando el niño tenía diez años decidió hacerse monje, por lo que le comunicó a todo el mundo que se había cambiado el nombre por el de Philemon, que sonaba más religioso. Para sorpresa de todos, la mayoría de la gente respetó su deseo, aunque sus padres seguían llamándolo Holger.
Cruzaron la puerta y vieron dos hileras de monjas ateridas que sujetaban unas antorchas encendidas para alumbrar el camino desde el hospital hasta el gran portalón occidental de la catedral de Kingsbridge. Las sombras jugueteaban allí donde el resplandor de las antorchas no alcanzaba a iluminar, como si los diablillos y los duendes de la noche corrieran a esconderse haciendo cabriolas, y lo único que les impidiera abalanzarse sobre las gentes fuera la protección de las hermanas.
Gwenda albergaba la esperanza de que Brinco estuviera esperándola fuera, pero no lo vio por ninguna parte. Tal vez había encontrado un lugar caliente donde dormir. Por el camino hasta la iglesia, el padre de Gwenda procuraba no alejarse demasiado de sir Gerald. Alguien le dio un doloroso tirón de pelo a la niña, que lanzó un chillido imaginando la mano de un duende; sin embargo, cuando se volvió sólo vio a Wulfric, su vecino de seis años. El niño se puso rápidamente fuera de su alcance, riéndose.
—¡Compórtate como Dios manda! —gruñó el padre del bribonzuelo, y le dio un capón. El pequeño se echó a llorar.
La inmensa iglesia era una masa informe que se alzaba por encima de la apelotonada multitud. Sólo se distinguían con claridad las partes más bajas, los arcos y los parteluces resaltados en rojo y anaranjado por la vacilante luz de las antorchas. La procesión aminoró el paso al acercarse a la entrada de la catedral, donde Gwenda divisó a un grupo de personas del lugar que se aproximaba por el otro lado. La niña supuso que debían de sumar cientos, tal vez miles, aunque no estaba segura de cuánta gente se necesitaba para reunir a mil personas, ya que no sabía contar hasta un número tan alto.
La multitud atravesó el vestíbulo lentamente. La agitada luz de las antorchas alumbraba las figuras esculpidas en los muros, haciéndolas bailar como posesas. En el nivel inferior sobresalían los demonios y los monstruos. Atemorizada, Gwenda contempló de hito en hito dragones y grifos, un oso con cabeza de hombre y un perro con dos cuerpos y un morro. Algunos de los demonios luchaban con humanos: un diablo le ponía la soga al cuello a un hombre, un monstruo parecido a un zorro arrastraba a una mujer por el pelo, un águila con manos atravesaba a un hombre desnudo… Sobre esas escenas, los santos se alzaban en una hilera bajo los protectores doseletes; sobre ellos los apóstoles se sentaban en tronos y a continuación, en el arco de la puerta principal, san Pedro con su llave y san Pablo con un rollo de pergamino adoraban con mirada devota a Jesucristo en lo alto.
Gwenda sabía que Jesús le decía que no debía pecar o, de lo contrario, los demonios la torturarían, pero los humanos la asustaban más que los demonios. Si no conseguía robarle la bolsa a sir Gerald, su padre le propinaría una azotaina. Peor aún, su familia sólo tendría sopa hecha con bellotas para comer; Philemon y ella estarían hambrientos durante interminables semanas; a su madre se le secarían los pechos y el recién nacido moriría, como había ocurrido con los dos últimos, y su padre desaparecería durante días y volvería con una escuálida garza o como mucho un par de ardillas que echar a la cazuela. Tener hambre era peor que los latigazos: dolía durante más tiempo.
Le habían enseñado a hurtar desde muy pequeña; una manzana de un tenderete de fruta, un huevo recién puesto bajo la gallina de una vecina, el cuchillo de un borracho olvidado por descuido en la mesa de una taberna… Sin embargo, robar dinero era otra cosa. Si la sorprendían robando a sir Gerald, de nada le serviría echarse a llorar con la esperanza de que la trataran como a una niña traviesa, tal como había hecho una vez después de afanar un par de refinados zapatos de piel a una monja de corazón benévolo. Cortar la correa de la bolsa de un caballero no era una chiquillada, sino un delito de adulto en toda regla, y como tal sería tratada.
Intentó no pensar en ello. Era pequeña, ágil y rápida, y se haría con la bolsa sigilosamente, como un fantasma… siempre que dejara de temblar.
La amplia iglesia estaba abarrotada de gente. En los pasillos laterales, unos monjes encapuchados sujetaban antorchas que proyectaban un trémulo resplandor rojizo. Los pilares de la nave se perdían en la oscuridad que inundaba las alturas. Gwenda permaneció cerca de sir Gerald mientras la gente avanzaba hacia el altar. El caballero de la barba roja y su escuálida mujer no repararon en ella, y sus dos hijos le prestaron tanta atención como a los muros de piedra de la catedral. La familia de Gwenda se quedó atrás y los perdió de vista.
La nave se llenó rápidamente. La niña nunca había visto a tanta gente junta en un mismo lugar; estaba mucho más concurrido que el prado comunal de la catedral en un día de mercado. La gente se saludaba con alborozo, sintiéndose a salvo de los espíritus malignos en un lugar santo, y el rumor de sus conversaciones aumentó hasta convertirse en un clamor.
En ese momento se oyó el tañido de una campana y todo el mundo guardó silencio.
Sir Gerald estaba junto a una familia de la ciudad. Todos vestían ropas de primera calidad, por lo que probablemente se tratara de prósperos comerciantes de lana. Junto al caballero había una niña de unos diez años; detrás de ellos, esperaba Gwenda tratando de no llamar la atención. Sin embargo, para su consternación, la niña se volvió y le sonrió sin tapujos, como queriéndole decir que no tenía nada que temer.
Los monjes que los rodeaban apagaron las antorchas, una tras otra, hasta que la gran iglesia quedó sumida en una oscuridad absoluta.
Gwenda se preguntó si la niña rica la recordaría más adelante. No se había limitado a intercambiar una mirada con ella y olvidarla al instante como hacía casi todo el mundo, sino que se había fijado en ella, había pensado en ella, había presumido que podía estar asustada y le había ofrecido una sonrisa amistosa. Con todo, había cientos de niños en la catedral, por lo que era imposible que hubiera retenido las facciones de Gwenda con toda precisión bajo aquella luz mortecina… ¿no? Intentó alejar las preocupaciones de su mente.
Invisible en la oscuridad, dio un paso al frente y se deslizó entre las dos figuras. Sintió la suave lana de la capa de la niña a un lado y al otro, la tela más basta de la vieja sobrevesta del caballero. Ahora ya tenía la bolsa a su alcance.
Se metió la mano en el escote y desenfundó el pequeño cuchillo.
Un chillido estridente quebró el silencio. Gwenda lo estaba esperando, pues su madre ya le había explicado lo que iba a suceder durante la misa, pero de todos modos le costó sobreponerse. Era como si estuvieran torturando a alguien.
Entonces la catedral resonó con estridencia, como si hubieran golpeado una plancha de metal, a lo que siguieron otros ruidos: quejidos, carcajadas demenciales, un cuerno de caza, griterío, animales, los tañidos de una campana… Un niño rompió a llorar entre los feligreses, imitado al poco por otros muchos. Varios adultos rieron con nerviosismo. Sabían que la algarabía era cosa de los monjes, pero no por eso dejaba de ser espeluznante.
Amedrentada, Gwenda pensó que no era el mejor momento para apoderarse de la bolsa. Todo el mundo estaba en tensión, despiertos los cinco sentidos. El caballero notaría hasta el más mínimo roce.
La barahúnda infernal aumentó de volumen hasta que sobrevino un nuevo sonido: música. Al principio era tan débil que Gwenda dudó si lo había oído en realidad y luego, poco a poco, fue haciéndose más audible. Las monjas estaban cantando. Gwenda sintió la tensión a flor de piel; se acercaba el momento. Se volvió hacia sir Gerald moviéndose como un fantasma, liviana como el aire.
Sabía de memoria qué llevaba el hombre: una pesada capa de lana sujeta a la cintura con un ancho cinturón tachonado del que colgaba la bolsa, atada con una correa de cuero. Encima de la capa lucía una sobrevesta bordada, cara pero desgastada, con amarillentos botones de hueso en la delantera. Se había abrochado unos cuantos, aunque no todos, tal vez a causa de la somnolienta desidia o porque el paseo del hospital hasta la iglesia había sido demasiado corto.
Apenas con un roce, Gwenda puso la mano sobre la capa imaginando que era una araña tan etérea que al hombre le sería imposible percibirla. Desplazó la mano arácnida por la parte de delante de la capa hasta encontrar la abertura, la deslizó por debajo de la orilla de la ropa y continuó sobre la voluminosa barriga hasta que dio con la bolsa.
El pandemonio fue apagándose a medida que la música tomaba el relevo. Un murmullo acongojado se alzó al frente de la congregación. Gwenda no veía nada, pero sabía que habían encendido una lámpara en el altar y que ésta iluminaba un recién aparecido relicario: una caja de marfil y oro de elaborada talla que contenía los huesos de san Adolfo. La gente avanzó en tropel con el deseo de acercarse a las reliquias sagradas, momento en que Gwenda, al sentirse comprimida entre sir Gerald y el hombre que tenía delante, levantó la mano y llevó el filo del cuchillo a la correa de la bolsa.
El cuero era duro y no pudo cortarlo de un solo tajo. Empezó a serrarlo impaciente, con la esperanza de que la escena del altar interesara lo suficiente a sir Gerald para que no reparara en lo que ocurría bajo sus narices. La niña levantó la vista unos instantes y se dio cuenta de que empezaba a distinguir el perfil de la gente que la rodeaba. Los monjes y las hermanas estaban encendiendo las velas, por lo que pronto todo se inundaría de luz, así que no tenía tiempo que perder.
Le propinó un fuerte tajo con el cuchillo y sintió que la correa cedía. Sir Gerald masculló algo. ¿Habría notado el tirón o sólo era una reacción a lo que ocurría en el altar? La bolsa se desprendió y cayó en la mano de Gwenda, pero era demasiado grande para asirla con facilidad y se le resbaló. Por un aterrador instante creyó que iba a aterrizar en el suelo, donde acabaría perdiéndola entre los pies despreocupados de la gente, pero la atrapó en el último momento y la agarró con fuerza.
Sintió un instante de jubiloso alivio: ya tenía el monedero.
No obstante, el peligro no había pasado. El corazón le latía con tanta fuerza que temía que los demás lo oyeran. Deslizándose la pesada bolsa por el interior de la parte delantera de la túnica, se volvió rápidamente para darle la espalda al caballero. Sabía que el bulto que despuntaba por encima del cinto como si fuera la barriga de un anciano parecería sospechoso, así que lo desplazó a un costado para disimularlo con el brazo. Aun así, sabía que sería muy evidente cuando la luz lo inundase todo, pero no tenía otro lugar donde esconderlo.
Enfundó el cuchillo. Había llegado el momento de desaparecer lo más rápido posible, antes de que sir Gerald se diera cuenta de su ausencia; sin embargo, la misma aglomeración de fieles que antes la había ayudado a hacerse con la bolsa subrepticiamente, ahora obstaculizaba su huida. Intentó retroceder con la esperanza de abrirse camino entre los cuerpos que tenía detrás, pero todo el mundo deseaba avanzar en la dirección opuesta para poder contemplar de cerca los huesos del santo. Estaba atrapada, incapaz de moverse, delante del hombre al que acababa de robar.
—¿Estás bien? —le preguntó alguien al oído.
Gwenda intentó dominar el pánico al comprobar que se trataba de la niña rica. Tenía que hacerse invisible, por lo que una niña solícita era lo último que necesitaba en esos momentos. No contestó.
—Id con cuidado —advirtió la chica a la gente que la rodeaba—. Estáis aplastando a esta pobrecilla.
Gwenda sintió deseos de gritar. La amabilidad de la niña rica le costaría una mano.
Desesperada por huir, apoyó las manos en el hombre que tenía delante y se dio impulso hacia atrás para abrirse camino, pero lo único que consiguió fue llamar la atención de sir Gerald.
—Ahí abajo no se ve nada, ¿verdad? —preguntó su víctima con voz amable.
Para consternación de Gwenda, el hombre la asió por debajo de los brazos y la alzó.
Estaba perdida. Apenas unos centímetros separaban la bolsa que ocultaba en la axila de la manaza del caballero. Gwenda volvió la cabeza hacia el altar para que el hombre sólo pudiera verle la nuca y por encima de la multitud vio que los hermanos y las monjas encendían más velas y cantaban al santo muerto. Detrás, en el extremo oriental del edificio, una débil luz se filtraba a través del enorme rosetón. El amanecer ahuyentaba los malos espíritus. El estruendo se había detenido y la catedral resonaba con los cantos. Un alto y apuesto monje, a quien Gwenda identificó como Anthony, el prior de Kingsbridge, subió al altar.
—Y así una vez más, por la gracia de Dios, la armonía y la luz de la santa casa del Señor destierran el mal y la oscuridad del mundo —anunció el prior en voz alta, alzando las manos en actitud de alabanza.
Los feligreses estallaron en clamoroso júbilo, recobrando el sosiego. El clímax de la ceremonia había pasado. Gwenda se removió y sir Gerald, comprendiendo el mensaje, la dejó en el suelo. La niña pasó por su lado en dirección al fondo, con el rostro vuelto hacia un lado. La gente ya no ansiaba ver el altar como antes, por lo que esta vez consiguió abrirse camino entre los feligreses. A medida que retrocedía, más fácil le resultaba, hasta que al final se encontró junto a la magnífica puerta del muro occidental, donde vio a su familia.
Su padre la esperaba con mirada expectante, pronto a montar en cólera si había fracasado. Gwenda se sacó el monedero de la camisa y se lo lanzó, aliviada por poder desembarazarse de él. El hombre lo atrapó en el aire, se volvió ligeramente y le echó un furtivo vistazo. Gwenda vio que se le iluminaba la cara. Acto seguido, vio también cómo le pasaba la bolsa a su madre, quien la remetió rápidamente entre los pliegues de la manta con que arropaba al recién nacido.
El tormento había pasado, pero no así el peligro.
—Una niña rica se ha fijado en mí —dijo Gwenda, percibiendo el miedo que le atenazaba la voz.
En los ojos pequeños y oscuros de su padre brilló la cólera.
—¿Te ha visto robando la bolsa?
—No, pero les ha dicho a los demás que no me pisaran y luego el caballero me ha levantado para que pudiera ver mejor.
La madre dejó escapar un lastimoso quejido.
—Entonces te ha visto la cara —concluyó el padre.
—Intenté darle la espalda.
—Aun así, será mejor que no vuelvas a cruzártelo. No regresaremos al hospital de los monjes. Iremos a almorzar a una taberna.
—No podemos escondernos todo el día —protestó la madre.
—No, pero podemos confundirnos entre la gente.
Gwenda empezó a sentirse mejor. Por lo visto su padre no creía que hubiese un peligro real. De todos modos, al menos se acababa de quitar un gran peso de encima al ver que su padre había vuelto a asumir el mando y la había descargado de responsabilidades.
—Además, me apetece un poco de pan y fiambre, en vez de esas gachas aguadas de los monjes —añadió el hombre—. ¡Ahora podemos permitírnoslo!
Salieron de la iglesia. La luz del amanecer teñía el cielo de nácar gris. Gwenda iba a darle la mano a su madre, pero el recién nacido rompió a llorar y reclamó toda la atención de la mujer. Entonces vio un perro de tres patas, blanco, con la cara negra, que entraba corriendo en el recinto de la catedral con una cojera que le resultaba familiar.
—¡Brinco! —lo llamó.
Lo izó para estrecharlo entre sus brazos.
2
Merthin tenía once años, uno más que su hermano Ralph, pero, para su inmensa frustración, Ralph era más alto y fornido. Aquello era motivo de discusión entre sus progenitores. Sir Gerald, su padre, era soldado y no conseguía ocultar su decepción cuando Merthin se revelaba incapaz de levantar una lanza pesada, cuando lo abandonaban las fuerzas antes de que acabara de talar un árbol o cuando volvía a casa llorando tras perder una pelea. Su madre, lady Maud, tampoco servía de gran ayuda, pues no hacía más que avergonzarlo mostrándose demasiado protectora con él, cuando lo que Merthin necesitaba era que no le prestara tanta atención. Cuando el padre se henchía de orgullo ante la fuerza de Ralph, la madre intentaba compensarlo criticando la simpleza del menor de los hermanos. Ralph era un poco corto de entendederas, pero nada podía hacer al respecto, y que lo regañaran por su tosquedad sólo conseguía enojarlo, lo que a su vez lo llevaba a enzarzarse en peleas con otros chicos.
Ambos estaban irritables esa mañana de Todos los Santos. El padre no quería ir a Kingsbridge, pero se había visto obligado a ceder, pues le debía dinero al priorato y no tenía con qué resarcir sus cuentas. La madre le había advertido que le quitarían las tierras. Era señor de tres aldeas en los alrededores de Kingsbridge. El padre le recordó que era descendiente directo de aquel Thomas que acabó convertido en conde de Shiring el año que el rey Enrique II mandó asesinar al arzobispo Becket. El conde Thomas era hijo de Jack Builder, el maestro constructor de la catedral de Kingsbridge, y de lady Aliena de Shiring, una pareja prácticamente legendaria cuya historia se relataba en las largas tardes de invierno junto a las heroicas proezas de Carlomagno y Rolando. Con semejante árbol genealógico, los monjes no podían confiscarle las tierras, vociferó sir Gerald, y mucho menos esa vieja quisquillosa del prior Anthony. Cuando empezó a gritar, el rostro de Maud adoptó una expresión de cansada resignación y la mujer se dio media vuelta, aunque Merthin la oyó musitar: «Lady Aliena tenía un hermano, Richard, que sólo valía para la guerra».
Tal vez el prior Anthony fuera una vieja quisquillosa, pero al menos había sido lo bastante hombre para reclamar las deudas pendientes de sir Gerald. Había acudido al señor de Gerald, el actual conde de Shiring, quien resultaba ser también primo segundo de éste. El conde Roland había emplazado a Gerald a Kingsbridge ese día para reunirse con el prior y hallar una solución. De ahí el mal humor del padre.
Y encima le habían robado.
Había reparado en la ausencia de la bolsa después de la misa de Todos los Santos. Merthin había disfrutado de la escena: la oscuridad, los ruidos extraños, la música que al principio apenas se oía y que luego había inundado la descomunal iglesia y, finalmente, el lento y progresivo alumbramiento de las velas. A medida que el edificio se iluminaba, también se había ido percatando de que algunas personas habían aprovechado la oscuridad para cometer pecadillos por los que deberían confesarse; había visto a dos monjes que interrumpían sus besuqueos apresuradamente y a un avispado mercader que retiraba la mano del generoso pecho de una sonriente mujerona que no parecía ser su esposa. Merthin seguía entusiasmado cuando volvieron al hospital.
Mientras esperaban a que las monjas sirvieran el almuerzo, un mozo de cocina atravesó la estancia y subió la escalera con una bandeja en la que portaba una enorme jarra de cerveza y una fuente de ternera ahumada.
—Tu pariente, el conde, ya podría invitarnos a almorzar con él en sus estancias privadas —rezongó la madre—. Después de todo, tu abuela era hermana de su abuelo.
—Si no quieres gachas, podemos ir a la taberna —contestó el padre.
Merthin aguzó el oído. Le encantaban los almuerzos de las tabernas, con su pan fresco y su manteca salada, pero enseguida oyó replicar a su madre:
—No podemos permitírnoslo.
—Sí podemos —repuso su padre, llevándose la mano a la bolsa, momento en que descubrió su ausencia.
Lo primero que hizo fue mirar al suelo, por si se le había caído, pero entonces notó los extremos cortados de la correa de cuero y soltó un bramido de indignación. Todo el mundo lo miró salvo su esposa, quien se volvió hacia otro lado.
—Era todo el dinero que teníamos —la oyó murmurar Merthin.
Su padre fulminó a los restantes huéspedes del hospital con una mirada acusadora. La ira oscureció la larga cicatriz que le recorría un lado de la cara, desde una sien hasta el ojo. Se hizo un tenso silencio en la estancia; un caballero enojado era peligroso, sobre todo uno que, a todas luces, pasaba por una mala racha.
—Te han robado en la iglesia, seguro —dijo la madre.
Merthin estaba de acuerdo. En la oscuridad se habían robado algo más que besos.
—¡Y encima sacrilegio! —se escandalizó el padre.
—Ya sabía yo que iba a suceder, en cuanto levantaste a esa niña… —insistió la madre, con una mueca de acritud, como si hubiera tragado algo amargo—. Seguramente el ladrón te asaltó por la espalda.
—¡Hay que encontrarlo! —rugió él.
—Lamento mucho lo ocurrido, sir Gerald —se disculpó el joven monje llamado Godwyn—. Iré a informar a John Constable* ahora mismo para que busque a algún aldeano pobre que se haya hecho rico de la noche a la mañana.
A Merthin se le antojó un plan muy poco prometedor. Había miles de aldeanos y cientos de feligreses que procedían de otros lugares. El alguacil no podía vigilarlos a todos.
Con todo, eso pareció apaciguar ligeramente a su padre.
—¡Ese golfo acabará en la horca! —exclamó, sin alzar la voz tanto como antes.
—Mientras tanto, tal vez nos haríais el honor de compartir la mesa dispuesta delante del altar con vuestra esposa e hijos —propuso Godwyn, zalamero.
El padre rezongó, aunque Merthin sabía que se sentía halagado por el hecho de que se le concediera un estatus superior al de los demás huéspedes, quienes no tendrían más remedio que sentarse en el mismo suelo donde habían dormido.
Merthin se tranquilizó en cuanto se cercioró de que la amenaza del estallido de violencia había pasado; no obstante, cuando la familia tomaba asiento, se preguntó con preocupación qué sería de ellos a partir de entonces. Su padre era un valiente soldado, o eso decía todo el mundo. Sir Gerald había luchado por el viejo rey en Boroughbridge, donde la espada de un rebelde de Lancashire le había obsequiado con aquella cicatriz en la frente. Pero la suerte no le sonreía. Algunos caballeros volvían a casa con un auténtico botín después de la batalla: joyas saqueadas, una carretada de dispendiosas telas flamencas y sedas italianas o el bienamado padre de una familia noble al que poder intercambiar por un rescate de un millar de libras. Sir Gerald nunca parecía participar de dichos botines y, sin embargo, debía costear las armas, la armadura y un carísimo caballo de batalla para poder cumplir con su obligación y servir al rey. Además, las rentas que le reportaban las tierras nunca eran suficientes. De modo que, en contra de los deseos de su esposa, el hombre había empezado a pedir préstamos.
Los mozos de cocina entraron con un caldero humeante. La familia de sir Gerald fue la primera en ser servida. Las gachas eran de cebada y estaban sazonadas con romero y sal. Ralph, que no entendía el porqué de las preocupaciones de la familia, empezó a charlar animadamente sobre la misa de Todos los Santos, pero el sombrío silencio con que eran recibidos sus comentarios lo hicieron callar.
Una vez dieron cuenta de las gachas, Merthin se dirigió al altar, detrás del cual había escondido el arco y las flechas. La gente se lo pensaría dos veces antes de robar algo de un altar. Puede que decidieran superar sus miedos si la recompensa era lo bastante tentadora, pero un arco casero tampoco era un gran reclamo, así que, por descontado, allí seguía.
Con todo, estaba orgulloso de su arco. Era pequeño, porque para doblar uno de los grandes, un arco de casi dos metros, se requería de toda la fuerza de un hombre adulto. El de Merthin no llegaba al metro y medio y era muy fino, pero por lo demás era idéntico al largo arco inglés que a tantos escoceses de las montañas, rebeldes galeses y caballeros franceses pertrechados de armadura había abatido.
Hasta el momento su padre no le había hecho ningún comentario respecto al arco y en ese instante lo miraba como si lo estuviera viendo por primera vez.
—¿De dónde has sacado la varilla? Son costosas.
—Ésta no, es demasiado corta. Me la dio un arquero.
Su padre asintió.
—Aparte de eso, es perfecta —comentó—. La sacan del interior del tejo, donde se juntan la albura y el duramen —dijo, señalando las distintas tonalidades de la madera.
—Lo sé —contestó Merthin entusiasmado; la oportunidad de impresionar a su padre no se le presentaba demasiado a menudo—. La albura es más dúctil, por eso es mejor para la parte frontal del arco, porque recupera su forma original, y el duramen, tan recio, es mejor para el interior de la curva, porque retrocede cuando se dobla el arco.
—Exacto —dijo su padre, devolviéndole la vara—. Pero recuerda que no es arma para un noble. Los hijos de los caballeros no se hacen arqueros. Dáselo a un campesino.
—¡Pero si ni siquiera lo he probado! —protestó Merthin, desmoralizado.
—Deja que jueguen —intervino la madre—. Son sólo niños.
—Tienes razón —convino su padre, interesándose en otras cosas—. ¿Crees que esos monjes nos traerían una jarra de cerveza?
—Pídesela —lo animó su esposa—. Merthin, cuida de tu hermano.
—Seguramente será al revés —rezongó sir Gerald.
Merthin se sintió herido. Su padre no tenía ni la menor idea de cómo eran sus hijos: Merthin podía cuidar de sí mismo, pero Ralph no hacía más que meterse en problemas. Con todo, el chico sabía muy bien que no le convenía empezar una discusión con su padre, sobre todo estando éste de tan mal humor, así que abandonó el hospital sin abrir la boca. Ralph lo siguió.
Cuando salieron del recinto de la catedral hacía un día frío y nítido, y el cielo estaba techado por nubes altas de un gris desvaído. Enfilaron la calle principal y dejaron atrás Fish Lane, Leather Yard y Cookshop Street. Al cruzar el puente de madera sobre el río al pie de la colina, abandonaron el casco antiguo y entraron en el barrio de las afueras llamado Newtown, donde las calles de casas de madera se distribuían entre pastos y jardines. Merthin guió el camino hacia un prado llamado Lovers’ Field, donde el alguacil de la ciudad y sus subordinados habían colocado los blancos, las dianas para los arqueros, ya que todos los hombres estaban obligados a realizar prácticas de tiro después de misa por orden del rey.
La gente no necesitaba que la animaran a cumplir el mandato, no era mucho pedir lanzar unas cuantas flechas una mañana de domingo, por lo que un centenar de jóvenes de la ciudad hacían cola a la espera de su turno, observados por las mujeres, los niños y otros hombres que se consideraban demasiado viejos o demasiado dignos para ser arqueros. Algunos contaban con sus propias armas. Para aquellos que eran muy pobres para poder permitirse un arco, John Constable disponía de económicos arcos de prácticas de fresno o avellano.
Era como un día festivo. Dick Brewer ofrecía picheles de cerveza de barril subido a un carro y las cuatro hijas adolescentes de Betty Baxter se paseaban con bandejas de panecillos especiados. Las gentes pudientes de la ciudad iban envueltas en capas de piel y calzaban zapatos nuevos; incluso las mujeres más pobres se habían arreglado el cabello y habían adornado sus vestidos.
Merthin era el único niño con arco, por lo que de inmediato atrajo la atención de los demás, que enseguida lo rodearon. Los niños le preguntaban con curiosa envidia mientras las niñas lo miraban con admiración o desdén, dependiendo del carácter.
—¿Dónde has aprendido a hacer arcos? —preguntó una.
Merthin la reconoció, la tenía al lado en la catedral. Calculó que tendría un año menos que él. La muchachita llevaba un vestido y una capa de cara lana tupida. Merthin solía encontrar fastidiosas a las niñas de su edad, que no hacían más que reírse tontamente y se negaban a tomarse nada en serio. No obstante, aquélla lo miraba a él y su arco con sincera curiosidad, y eso le gustó.
—Lo hice yo solo. Por intuición —contestó.
—Qué listo. ¿Y funciona bien?
—Todavía no lo he probado. ¿Cómo te llamas?
—Caris, de los Wooler. ¿Y tú?
—Merthin. Mi padre es sir Gerald.
Merthin retiró la capucha de su capa, rebuscó algo y sacó una cuerda de arco enrollada.
—¿Por qué llevas la cuerda en la capucha?
—Para que no se moje cuando llueva. Es lo que hacen los arqueros de verdad.
Pasó el cordel por las muescas de cada extremo de la varilla y dobló el arco ligeramente para que la tensión mantuviera la cuerda en su sitio.
—¿Vas a disparar a los blancos?
—Sí.
—No te dejarán —observó un niño.
Merthin lo miró. Tendría unos doce años y era alto y delgado, con manos y pies grandes. Lo había visto la noche anterior en el hospital del priorato con su familia. Se llamaba Philemon. Merthin se había fijado en que Philemon no había dejado de revolotear entre los monjes, haciéndoles preguntas y ayudándoles a servir la cena.
—Claro que me dejarán —contestó Merthin—. ¿Por qué no iban a hacerlo?
—Porque eres muy pequeño.
—Eso es una estupidez.
Merthin se arrepintió de lo que acababa de decir antes incluso de terminar la frase; los adultos solían ser estúpidos. Sin embargo, le había irritado que Philemon diera por hecho saber más que él, sobre todo después de haber mostrado tanta seguridad delante de Caris.
Se alejó de los niños y se acercó al grupo de adultos que esperaba su turno para disparar a las dianas. Conocía a uno de ellos, un hombre muy alto y corpulento llamado Mark Webber. Mark se fijó en el arco y se dirigió a Merthin:
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó con voz afable.
—Lo he hecho yo —contestó Merthin, ufano.
—Mira esto, Elfric —le dijo Mark a su vecino—. Buen trabajo.
El tal Elfric, un hombre fornido y de mirada astuta, estudió el arco de forma somera.
—Es demasiado pequeño —sentenció, desdeñoso—. Con eso es imposible disparar una flecha que traspase una armadura francesa.
—Puede que no —contestó Mark con suavidad—, pero espero que al muchacho le queden un par de años antes de tener que luchar contra los franceses.
—Estamos listos, empecemos —anunció John Constable—. Mark Webber, eres el primero.
El gigantón se acercó a la línea, escogió un arco de aspecto macizo y lo probó. Dobló la gruesa madera sin esfuerzo.
En ese momento el alguacil reparó en Merthin.
—Niños no —advirtió.
—¿Por qué no? —preguntó Merthin.
—Porque no. Sal de en medio.
Merthin oyó las risitas de los otros niños.
—¡Eso no es una razón! —repuso, indignado.
—No tengo por qué dar explicaciones a un niño —contestó John—. Muy bien, Mark, adelante.
Merthin se sintió enrojecer. Aquel sabelotodo de Philemon había demostrado ante los demás que se había equivocado. Se alejó de las dianas.
—Te lo advertí —dijo Philemon.
—Cierra la boca y vete de aquí.
—¿Quién me va a echar? ¿Tú? —se burló Philemon, quien le sacaba una cabeza a Merthin.
—No, yo —intervino Ralph.
Merthin suspiró. La lealtad de Ralph era inquebrantable, pero no se daba cuenta de que defendiéndolo de Philemon sólo conseguía hacer que pareciese un alfeñique además de un idiota.
—De todas maneras ya me iba —dijo Philemon—. Voy a ayudar al hermano Godwyn.
Y se marchó.
Los demás niños empezaron a dispersarse en busca de otros entretenimientos.
—Puedes ir a cualquier otro sitio a probar el arco —aconsejó Caris.
Era evidente que estaba ansiosa por saber si funcionaba. Merthin miró a su alrededor.
—¿Adónde?
Si lo sorprendían disparando sin la supervisión de un adulto, podían quitarle el arco.
—Podríamos ir al bosque.
Merthin no dio crédito. Los niños tenían prohibido ir al bosque, el lugar donde se ocultaban los proscritos, hombres y mujeres que vivían de las malas artes. Podían arrancarles las ropas o convertirlos en esclavos, y existían otros peligros que los padres sólo se atrevían a dejar entrever. Aunque consiguieran sortear todos esos peligros, los niños probablemente no escaparían a la buena reprimenda que sus padres les propinarían por desobedecer.
Sin embargo, Caris no parecía asustada y Merthin no estaba dispuesto a parecer menos decidido que ella. Además, el brusco desaire del alguacil lo animaba a la rebeldía.
—Muy bien —accedió—, pero será mejor que no nos vean.
La niña tenía la respuesta para eso.
—Conozco un camino.
Caris se dirigió hacia el río y Merthin y Ralph la siguieron. Un pequeño perro de tres patas renqueó tras ellos.
—¿Cómo se llama tu perro? —preguntó Merthin.
—No es mío, pero le he dado un trozo de beicon mohoso y ahora no hay manera de quitármelo de encima —contestó ella.
Avanzaron por la lodosa orilla del río y dejaron atrás varios almacenes, embarcaderos y gabarras. Merthin estudió con disimulo a la chica que con tanta desenvoltura se había convertido en la cabecilla del grupo. Tenía un rostro cuadrado de expresión decidida, ni hermoso ni feo, y había picardía en su mirada de ojos verdes moteados de castaño. Llevaba el cabello, de color castaño claro, recogido en dos trenzas, a la moda de las mujeres acaudaladas. Vestía ropas caras, pero calzaba unos prácticos borceguíes de cuero en vez de los zapatos bordados que solían preferir las damas de la nobleza.
Caris dejó el río a un lado, los condujo a través de un almacén de maderas y segundos después se encontraban en un bosque plagado de maleza. A Merthin lo embargó cierta desazón. Llegados al bosque, donde un proscrito podía estar acechándolos detrás de cualquier roble, empezó a arrepentirse de su bravuconería, aunque su amor propio le impidió echarse atrás.
Continuaron caminando en busca de un calvero lo bastante grande para practicar con el arco.
—¿Veis ese enorme acebo? —preguntó Caris con complicidad.
—Sí.
—En cuanto lo pasemos, agachaos igual que yo y no hagáis ruido.
—¿Por qué?
—Ya lo veréis.
Instantes después, Merthin, Ralph y Caris se escondieron en cuclillas detrás del arbusto. El perro de tres patas se sentó con ellos mirando esperanzado a Caris. Ralph iba a hacer una pregunta, pero Caris lo hizo callar.
Un minuto después apareció una niña. Caris salió de un salto de detrás del arbusto y se abalanzó sobre ella. La niña gritó.
—¡Cállate! —le advirtió Caris—. El camino no está muy lejos y no queremos que nos oigan. ¿Por qué nos sigues?
—¡Te has llevado a mi perro y no quiere volver! —gimoteó la niña.
—Te conozco, esta mañana te he visto en la iglesia —dijo Caris con voz suavizada—. Está bien, no llores, no vamos a hacerte daño. ¿Cómo te llamas?
—Gwenda.
—¿Y el perro?
—Brinco.
Gwenda levantó al perro y éste empezó a secarle las lágrimas a lametazos.
—Bueno, ya lo tienes, pero será mejor que vengas con nosotros, no sea que vuelva a escaparse. Además, tú sola podrías perderte de vuelta a casa.
Siguieron andando.
—¿Qué tiene ocho brazos y once piernas? —preguntó Merthin.
—Me rindo —contestó Ralph al instante. Siempre se rendía.
—Yo lo sé —dijo Caris, con una sonrisa—. Nosotros. Cuatro niños y el perro. —Se rió—. Ha estado bien.
Merthin se sintió halagado. La gente no siempre entendía sus bromas y las chicas en concreto, casi nunca. Instantes después oyó que Gwenda se lo explicaba a Ralph.
—Dos brazos más dos brazos más dos brazos más dos brazos son ocho —sumó—. Dos piernas…
No se encontraron con nadie; todo estaba saliendo bien. Las pocas personas con quehaceres reconocidos en el bosque —leñadores, carboneros y fundidores de hierro— libraban ese día y sería muy extraño encontrarse con una partida de caza en domingo. Si se topaban con alguien, con toda probabilidad se trataría de un proscrito. No obstante, había pocas posibilidades. El bosque era enorme, se extendía durante varios kilómetros. Merthin jamás se había adentrado lo bastante para saber hasta dónde llegaba.
Alcanzaron un amplio claro.
—Aquí está bien —opinó Merthin.
En el otro extremo, a unos quince metros, se alzaba un roble de ancho tronco. Merthin se puso de perfil, como había visto hacer a los hombres. Sacó una de sus tres flechas y encajó la muesca en la cuerda del arco. La fabricación de las flechas le había supuesto tanta dificultad como el arco. El astil era de madera de fresno y estaban adornadas con plumas de ganso. No había conseguido hierro para las puntas, así que se había limitado a afilar los extremos y luego había quemado la madera para endurecerla. Miró al árbol y tensó la cuerda, tirando de ella hacia atrás, para lo que necesitó de todas sus fuerzas. Luego soltó la flecha.
El proyectil cayó al suelo a pocos centímetros del objetivo. Brinco trotó por el claro para recuperarla.
Merthin estaba desconcertado. Esperaba que la flecha atravesara el aire y se incrustara en el árbol. Comprendió que no había tensado el arco lo suficiente.
Probó con la otra mano. Ésa era una de sus rarezas, que no era ni diestro ni zurdo, sino ambas cosas. Al segundo intento tiró de la cuerda todo lo que pudo y empujó el arco con todas sus fuerzas. Esta vez consiguió doblarlo más que antes. La flecha casi alcanzó el árbol.
Al tercer disparo apuntó el arco hacia arriba con la esperanza de que la flecha atravesara el aire dibujando una parábola y alcanzara el tronco. Sin embargo, quiso compensarlo en exceso, por lo que la flecha se perdió entre las ramas y cayó al suelo en medio de un susurro de hojas secas.
Merthin se sintió avergonzado. El tiro con arco era más difícil de lo que había imaginado. Supuso que al arco no le pasaba nada y que el problema radicaba en su destreza, o en su falta de ésta.
Una vez más, Caris no dio muestras de haber reparado en su turbación.
—Déjame probar —le pidió.
—Las niñas no saben disparar —dijo Ralph, y le quitó el arco a Merthin.
Se colocó de perfil, como Merthin, pero no disparó de inmediato, sino que estuvo doblando el arco varias veces, acostumbrándose a él. Igual que a su hermano, al principio le resultó más complicado de lo que esperaba, pero enseguida pareció habituarse a él.
Brinco había depositado las tres flechas a los pies de Gwenda. La niña las recogió y se las entregó a Ralph, quien apuntó hacia el tronco del árbol sin tensar el arco ni los músculos de los brazos. Merthin comprendió que debería haber hecho lo mismo. ¿Por qué se le ocurrían ese tipo de cosas a Ralph sin más? A él, que jamás era capaz de adivinar un acertijo. Ralph tensó el arco, no sin esfuerzo, en un movimiento acompasado, al parecer concentrando casi toda la fuerza en las piernas. Soltó la flecha, que alcanzó el tronco del roble y se hundió más de tres centímetros en la corteza. Ralph sonrió triunfante.
Brinco salió trotando detrás del proyectil, pero al llegar junto al árbol se detuvo desconcertado.
Merthin comprendió qué iba a hacer cuando vio que Ralph volvía a tensar el arco.
—No…
Demasiado tarde. Ralph le había disparado al perro y lo había alcanzado en la nuca. Brinco cayó al suelo y empezó a estremecerse.
Gwenda gritó.
—¡Oh, no! —exclamó Caris.
Ambas corrieron hacia el animal mientras Ralph sonreía satisfecho de sí mismo.
—¿Qué te parece eso? —preguntó, ufano.
—¡Le has disparado a su perro! —exclamó Merthin, enfadado.
—No es para tanto… Sólo tenía tres patas.
—A la niña le gustaba, cernícalo. Está llorando.
—Lo que pasa es que estás celoso porque no sabes disparar.
Ralph atisbó algo por el rabillo del ojo. Preparó una nueva flecha con un suave movimiento, dibujó un semicírculo con el arco preparado y abrió la mano. Merthin no vio a qué le disparaba hasta que la saeta alcanzó su objetivo y una rolliza liebre saltó en el aire con el asta hundida en las patas traseras.
El chico no pudo ocultar su admiración. Aun con práctica, no todo el mundo era capaz de alcanzar a una liebre en movimiento. Ralph tenía un don natural y Merthin estaba celoso, aunque jamás lo admitiría. Deseaba ser caballero, un hombre fuerte y audaz, y luchar por el rey como lo había hecho su padre, pero se desanimaba cuando comprendía lo inútil que era en cosas como el tiro con arco.
Ralph encontró una piedra con la que le aplastó el cráneo a la liebre para acabar con su agonía.
Merthin se arrodilló junto a las dos niñas y Brinco. El perro no respiraba. Caris le extrajo la flecha del cuello con suavidad y se la tendió a Merthin. La sangre no manó a chorros; Brinco estaba muerto.
Todos se quedaron callados. El grito de un hombre rompió el silencio que se había instalado entre ellos.
Merthin se puso en pie de un salto, con el corazón a punto de salírsele del pecho. Oyó un nuevo grito, una voz diferente; eran más de uno. Y por el tono, beligerante y airado, parecían en medio de una trifulca. Estaba aterrado, igual que los demás. Paralizados, alerta, oyeron algo más: un hombre que se abría camino entre la maleza a la carrera, partiendo ramas caídas, arrollando arbolillos y pisando hojas muertas a su paso.
Se dirigía hacia ellos.
Caris fue la primera en hablar.
—A los matorrales —dijo, señalando un macizo de arbustos.
Merthin imaginó que se trataba de la madriguera de la liebre que Ralph había matado. Segundos después se encontraba boca abajo, arrastrándose bajo el tupido ramaje. Le siguió Gwenda, acunando el cuerpo de Brinco. Ralph recogió la liebre muerta y los imitó. Merthin estaba en cuclillas cuando recordó que habían olvidado una flecha delatora clavada en el tronco del árbol. Atravesó el calvero sin perder tiempo, la extrajo de un tirón, regresó corriendo y se lanzó bajo los matorrales.
La respiración jadeante del hombre precedió a su aparición. Resollaba al correr, inhalando bocanadas irregulares de aire con tanto esfuerzo que parecía que estuvieran a punto de estallarle los pulmones. Sus perseguidores eran los que gritaban, intercambiándose indicaciones. Merthin recordó que Caris había dicho que el camino no estaba muy lejos de allí. ¿El hombre a la fuga sería un viajero huyendo de posibles salteadores?
Instantes después el hombre irrumpió en el claro.
Se trataba de un caballero de veintipocos años con espada y daga larga colgadas al cinto. Iba bien vestido, con una túnica de viaje de cuero y botas altas con vuelta. El joven trastabilló y cayó al suelo, rodó sobre sí mismo, se puso en pie y apoyó la espalda contra el tronco del roble, resoplando mientras desenfundaba.
Merthin echó un vistazo a sus compañeros. Caris estaba pálida de miedo y se mordía el labio. Gwenda abrazaba el cadáver de su perro como si eso la hiciera sentirse más segura. Ralph también parecía asustado, pero no tanto como para no sacar la flecha de las ancas de la liebre y colar el animal muerto por la parte delantera de la túnica.
Merthin vio que el caballero miraba fijamente los arbustos un instante y, aterrorizado, creyó que los había descubierto. O tal vez le habían llamado la atención las ramas rotas y la hojarasca pisoteada a través de la que se habían abierto camino. Por el rabillo del ojo comprobó que su hermano colocaba una flecha en el arco.
En ese momento aparecieron los perseguidores. Eran dos hombres de armas, fornidos y de aspecto rudo, empuñando sendas espadas. Vestían una inconfundible túnica bicolor, mitad amarilla, mitad verde. Uno llevaba una sobrevesta de modesta lana marrón y el otro una mugrienta capa negra. Los tres hombres hicieron una pausa para recuperar el aliento. Merthin estaba convencido de que iba a presenciar el fin del caballero y sintió el mortificante y vergonzante impulso de romper a llorar, pero entonces, sin más, el caballero le dio la vuelta a la espada y la presentó a los hombres por la empuñadura en señal de rendición.
El mayor de ellos, el de la capa negra, dio un paso al frente y alargó una mano. Incómodo, aceptó la espada que le ofrecían, se la tendió a su compañero y a continuación tomó la daga del caballero.
—No son vuestras armas lo que queremos, Thomas de Langley —dijo entonces.
—Vosotros conocéis mi identidad, pero yo desconozco la vuestra —contestó Thomas. Si albergaba algún miedo, sabía disimularlo a la perfección—. Por vuestras ropas, debéis de ser hombres de la reina.
El de la capa descansó la punta de su espada en el cuello de Thomas y lo empujó contra el tronco.
—Tenéis una carta.
—Instrucciones del conde para el sheriff sobre cuestiones de impuestos. Podéis leerla si así lo deseáis.
El caballero se burlaba de ellos. Difícilmente los hombres de armas sabrían leer. Merthin pensó que Thomas debía de tener un gran temple para mofarse de unos hombres que parecían dispuestos a ajusticiarlo.
El segundo hombre de armas se agachó bajo la espada del primero y se hizo con el bolso que colgaba del cinturón de Thomas. Impaciente, cortó la correa con su propia espada y la lanzó a un lado para abrir el bolso, del que extrajo una bolsa más pequeña hecha con lo que parecía lana aceitada. A continuación sacó de ésta un pergamino enrollado y sellado con lacre.
Merthin se preguntó si aquella discusión podía deberse a una simple carta. Y si era así, ¿qué habría escrito en el rollo? Dudaba que se tratara de vulgares disposiciones sobre impuestos. El pergamino debía de guardar un terrible secreto.
—Si acabáis con mi vida, quienquiera que se oculta detrás de ese arbusto será testigo del asesinato —dijo el caballero.
El cuadro vivo restó paralizado una décima de segundo. El hombre de la capa negra mantuvo la punta de la espada presionada sobre el cuello de Thomas y resistió la tentación de volver la mirada. El de verde vaciló, pero acabó volviéndose hacia los arbustos.
En ese momento, Gwenda gritó.
El hombre de la sobrevesta verde alzó la espada y cruzó el claro de dos zancadas. Gwenda se levantó y echó a correr, saliendo repentinamente de entre los matorrales. El hombre de armas saltó detrás de ella, adelantando una mano para atraparla.
Ralph se alzó de improviso, levantó el arco, apuntó al hombre en un solo y acompasado movimiento y le disparó una flecha que le entró por un ojo y quedó hundida varios centímetros en su cabeza. El hombre se llevó una mano a la cara como si quisiera agarrar la flecha y sacársela, pero se tambaleó y cayó como un saco de grano, con un ruido sordo que hizo temblar el suelo bajo los pies de Merthin.
Ralph salió a la carrera detrás de Gwenda. Merthin vio por el rabillo del ojo que Caris los seguía. Merthin también quiso huir, pero tenía los pies clavados al suelo.
En ese momento oyó un grito al otro lado del claro y vio que Thomas había apartado la espada que lo amenazaba y que de algún lugar oculto había sacado un pequeño cuchillo con una hoja tan larga como la mano de un hombre. Aun así, el hombre de armas de la capa negra estaba atento y, tras dar un salto atrás para ponerse a salvo, levantó la espada y la descargó sobre la cabeza del caballero.
Thomas esquivó el golpe, pero no lo bastante rápido: el filo de la hoja lo alcanzó en un brazo, atravesó el jubón de cuero y se hundió en la carne. Lanzó un alarido de dolor, pero aguantó en pie. Con un rápido movimiento extraordinariamente grácil, levantó la mano con la que empuñaba el cuchillo y la descargó sobre el cuello de su oponente. A continuación, dibujó un arco, giró la hoja y le cercenó el cuello.
La sangre manó de la garganta del hombre como si de una fuente se tratara. Thomas retrocedió tambaleante tratando de esquivar las salpicaduras. El hombre de negro cayó al suelo con la cabeza colgándole del cuerpo por una tira de piel.
Thomas arrojó el cuchillo y se llevó la mano al brazo herido; acto seguido, se desplomó en el suelo. De repente parecía muy débil.
Merthin estaba solo con el caballero herido y los cadáveres de dos hombres de armas y el del perro de tres patas. Sabía que debía salir corriendo detrás de sus compañeros, pero la curiosidad le impidió moverse del sitio. Se dijo que en ese momento Thomas parecía inofensivo.
El caballero tenía una vista de lince.
—Ya puedes salir —dijo—. En este estado no represento ningún peligro para ti.
Vacilante, Merthin se puso en pie y se abrió paso entre los matorrales. Atravesó el claro y se detuvo a cierta distancia del caballero postrado.
—Si descubren que habéis estado jugando en el bosque os castigarán —dijo Thomas. Merthin asintió con un gesto—. Guardaré el secreto si tú guardas el mío.
Merthin asintió de nuevo. Era una aceptación sin concesiones. Ni él ni ninguno de los otros contaría lo que habían visto. No quería saber lo que les ocurriría si lo hacían. ¿Qué pasaría con Ralph, quien había matado a uno de los hombres de la reina?
—¿Serías tan amable de ayudarme a vendar esta herida? —preguntó Thomas.
A pesar de todo lo que había ocurrido, Merthin reparó en los corteses modales del hombre. El aplomo del caballero era digno de admiración y el niño decidió que así era como deseaba ser de mayor.
—Sí —acertó a contestar Merthin al fin, con un hilo de voz.
—Coge ese cinturón roto y hazme un torniquete en el brazo, si no te importa.
Merthin obedeció. Thomas llevaba la camisa empapada de sangre y la herida del brazo parecía un pedazo de carne marcado con un tajo inmenso sobre una tabla de carnicero. Merthin sintió náuseas, pero se obligó a retorcer el cinturón alrededor del brazo del hombre para cerrar la herida y detener la sangre. Hizo un nudo y Thomas utilizó la otra mano para tensarlo.
El caballero se puso en pie trabajosamente y miró los cadáveres.
—No podemos enterrarlos. Me desangraría antes de terminar de cavar los hoyos —aseguró—. Ni siquiera con tu ayuda —añadió, echando un vistazo a Merthin. Meditó unos instantes—. Por otro lado, no quisiera que los descubriera una pareja en pleno cortejo buscando un lugar donde… estar solos. Los arrastraremos hasta los matorrales donde os escondíais. Primero el de la capa verde.
Se acercaron al cuerpo.
—Una pierna cada uno —apuntó Thomas, agarrando el tobillo del hombre muerto con una mano. Merthin asió el otro pie sin vida con ambas manos y tiró de él. Juntos arrastraron el cadáver hasta los arbustos, junto a Brinco—. Así está bien —decidió Thomas. Estaba pálido de dolor. Al cabo de un momento, se agachó y sacó la flecha del ojo del cadáver—. ¿Es tuya? —preguntó, enarcando una ceja.
Merthin recuperó su flecha y la restregó contra el suelo para limpiar la sangre y los sesos adheridos al astil.
Del mismo modo remolcaron por el claro el segundo cuerpo, que arrastraba tras de sí la cabeza suelta, y lo dejaron junto al primero.
Thomas recogió las espadas de los hombres y las arrojó a los arbustos, al lado de los cadáveres. Luego recuperó sus armas.
—Ahora tendría que pedirte un gran favor —dijo Thomas, sacando su daga—. ¿Te importaría cavar un pequeño agujero?
—De acuerdo.
Merthin cogió la daga.
—Aquí mismo, delante del roble.
—¿Cómo de grande?
Thomas recogió el bolso de piel que llevaba colgado al cinturón.
—Lo bastante para que le sirva de escondite durante cincuenta años.
—¿Por qué? —preguntó Merthin, haciendo acopio de todo su coraje.
—Cava y te contaré lo que pueda.
Merthin dibujó un cuadrado en el suelo y empezó a remover la fría tierra con la daga y a retirarla con las manos.
Thomas recogió el rollo de pergamino y lo metió en la bolsa de lana, que luego introdujo en el bolso.
—Me confiaron esta carta para que se la entregara al conde de Shiring —dijo—, pero contiene un secreto tan delicado que enseguida comprendí que, a la entrega, el portador sería hombre muerto para asegurarse su silencio eterno. Así que tenía que desaparecer. Decidí acogerme a sagrado en un monasterio y tomar los hábitos. Estoy cansado de luchar y he cometido muchos pecados de los que arrepentirme. En cuanto repararon en mi ausencia, la gente que me entregó la carta empezó a buscarme… y la suerte no me asistió. Me descubrieron en una taberna de Bristol.
—¿Por qué os perseguían los hombres de la reina?
—Ella también desearía que el secreto no saliera a la luz.
Thomas le dijo que se detuviera cuando ya había cavado unos cincuenta centímetros y arrojó el bolso dentro.
Merthin empezó a echarle tierra por encima y Thomas lo camufló con hojas y ramitas hasta que quedó invisible a simple vista, imposible de distinguir de cuanto lo rodeaba.
—Si oyes que he muerto, quiero que desentierres la carta y se la entregues a un sacerdote. ¿Me harías ese favor? —preguntó Thomas.
—Sí.
—Hasta ese momento, no debes decírselo a nadie. Mientras sepan que tengo la carta, pero ignoren dónde, no se atreverán a hacer nada. No obstante, si desvelas el secreto, ocurrirán dos cosas: primero, que me matarán; y segundo, que luego irán a por ti.
Merthin se quedó sin respiración. Creía que era injusto hallarse en semejante peligro sólo por haber ayudado a un hombre a cavar un hoyo.
—Siento asustarte —se disculpó Thomas—, pero no tengo la culpa. Después de todo, yo no te he pedido que vinieras aquí.
—No —admitió Merthin, deseando con todas sus fuerzas haber obedecido las órdenes de su madre y haberse mantenido alejado del bosque.
—Voy a regresar al camino, y tú también deberías volver por donde has venido. Estoy seguro de que tus amigos te estarán esperando no lejos de aquí.
Merthin iba a ponerse en marcha cuando lo llamó el caballero.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó.
—Merthin, soy hijo de sir Gerald.
—¡No me digas! —dijo Thomas, como si conociera a su padre—. En fin, ni una palabra; ni siquiera a él.
Merthin asintió con un gesto y se fue.
Al cabo de unos metros vomitó, tras lo que se sintió algo mejor.
Como Thomas había supuesto, los demás estaban esperándolo en el linde del bosque, cerca del almacén de madera. Se agolparon a su alrededor y lo tocaron como si quisieran asegurarse de que estaba bien. Parecían aliviados aunque avergonzados, como si se sintieran culpables por haberlo dejado atrás. Todos temblaban, incluso Ralph.
—El hombre al que le disparé, ¿está herido de gravedad? —preguntó.
—Está muerto —contestó Merthin.
Le enseñó la flecha, que todavía estaba manchada de sangre.
—¿Se la sacaste del ojo?
A Merthin le habría gustado que así hubiera sido, pero optó por decir la verdad.
—La sacó el caballero.
—¿Qué le ocurrió al otro hombre de armas?
—El caballero le cortó el cuello y luego escondimos los cuerpos entre los arbustos.
—¿Y te ha dejado marchar?
—Sí.
Merthin no mencionó la carta enterrada.
—Tenemos que guardar esto en secreto —recalcó Caris—. Si lo descubren, nos habremos metido en un buen lío.
—Yo no pienso contarlo —aseguró Ralph.
—Deberíamos hacer un juramento —propuso Caris.
Formaron un pequeño corro. Caris estiró el brazo y su mano quedó en el centro del círculo. Merthin colocó la suya encima. Tenía la piel suave y cálida. Ralph añadió la suya, luego Gwenda imitó a los demás e hicieron un juramento por la sangre de Cristo.
Cuando volvieron a la ciudad las prácticas de tiro habían acabado y ya era hora de comer.
—Cuando sea mayor quiero ser como ese caballero —le confesó Merthin a Ralph cuando cruzaban el puente—. Cortés, valiente y mortífero en el combate.
—Yo también —convino Ralph—. Mortífero.
Al entrar en el casco antiguo de la ciudad, Merthin se vio asaltado por una sensación irracional de sorpresa al ver que la vida normal seguía su curso con toda naturalidad: el llanto de los niños, el olor a carne asada, los hombres bebiendo cerveza a la puerta de las tabernas…
Caris se detuvo delante de una casa enorme de la calle principal, enfrente de la entrada del priorato.
—Mi perro ha tenido cachorros —le dijo a Gwenda, pasándole un brazo por el hombro—. ¿Quieres verlos?
Gwenda todavía parecía asustada y llorosa, pero asintió entusiasmada.
—Sí, por favor.
Merthin pensó que era un gesto muy amable a la par que sutil. Los cachorros serían un consuelo para la niña… y una distracción. Cuando Gwenda regresara junto a su familia, les hablaría de los cachorros y olvidaría la tentación de comentar la escapada al bosque.
Se despidieron y las chicas entraron en la casa. Merthin se sorprendió preguntándose cuándo volvería a ver a Caris.
En ese momento sus otros problemas acudieron a su encuentro. ¿Qué iba a hacer su padre con las deudas? Merthin y Ralph volvieron al recinto de la catedral. Ralph seguía llevando el arco y la liebre muerta. Todo estaba en silencio.
El pabellón de los huéspedes se hallaba vacío salvo por unos cuantos enfermos.
—Vuestro padre está en la iglesia con el conde de Shiring —les informó una monja.
Entraron en la gran catedral. Sus padres estaban en el vestíbulo; la madre permanecía sentada al pie de un pilar, en la esquina sobresaliente donde la columna redonda se unía a la base cuadrada. Tenía una expresión calmada y serena bajo la fría luz que se colaba por los ventanales, casi como si estuviera tallada en la misma piedra gris del pilar contra el que apoyaba la cabeza. Su padre estaba al lado, alicaído, en actitud resignada, delante del conde Roland. El noble era mayor que su padre, pero el cabello oscuro y sus vigorosos ademanes le daban una apariencia más joven. El prior Anthony se encontraba junto al conde.
Los chicos esperaron junto a la puerta, pero su madre les hizo una señal para que se acercaran.
—Venid aquí —los llamó—. El conde Roland nos ha ayudado a llegar a un acuerdo con el prior Anthony que resuelve todos nuestros problemas.
—Y el priorato se queda con todas mis tierras —rezongó su padre, como si no agradeciera tanto como ella las gestiones del conde—. No os quedará nada que heredar.
—Vamos a vivir aquí, en Kingsbridge —anunció su madre, animada—. Seremos pensionistas del priorato.
—¿Qué es un pensionista? —preguntó Merthin.
—Quiere decir que los monjes nos darán techo y dos comidas al día durante el resto de nuestra vida. ¿No es maravilloso?
Merthin adivinó que en realidad no estaba tan encantada con la idea, que sólo lo fingía, y su padre se sentía claramente ultrajado por haber perdido sus tierras. Merthin comprendió que la desgracia hacía algo más que insinuarse por debajo de todo aquello.
—¿Qué será de mis hijos? —preguntó el padre, dirigiéndose al conde.
El conde Roland los miró.
—El mayor promete —dijo—. ¿Has matado tú esa liebre, muchacho?
—Sí, señor —contestó Ralph, orgulloso—. Le disparé una flecha.
—Que se presente ante mí de aquí a un par de años como escudero —se apresuró a decir el conde—. Haremos de él un caballero.
Su padre parecía encantado.
En cambio, Merthin se sentía desconcertado. Se estaban tomando decisiones importantes con demasiada rapidez y le indignaba que su hermano pequeño resultara tan favorecido cuando a él todavía ni siquiera lo habían mencionado.
—¡No es justo! —protestó con vehemencia—. ¡Yo también quiero ser caballero!
—¡No! —se negó su madre.
—¡Pero el arco lo hice yo!
Su padre suspiró con exasperación, como si estuviera fastidiado.
—Así que tú hiciste el arco, ¿eh, pequeño? —dijo el conde con expresión desdeñosa—. En ese caso serás aprendiz de carpintero.
3
El hogar de Caris era una lujosa casa de madera con suelos y una chimenea de piedra. Había tres estancias en la planta baja: la cámara principal, con una mesa de comedor de grandes dimensiones, la pequeña sala donde su padre discutía asuntos de negocios en privado y la cocina, en la parte de atrás. Cuando Caris y Gwenda entraron, la casa estaba inundada por el delicioso aroma del jamón cocido.
Caris guió a Gwenda a través de la cámara y subieron la escalera hacia el piso de arriba.
—¿Dónde están los cachorros? —preguntó Gwenda.
—Primero quiero ver a mi madre —contestó Caris—. Está enferma.
Entraron en la alcoba de la parte delantera, donde su madre descansaba en la cama de madera tallada. Era una mujer pequeña y frágil, más o menos de la misma altura que Caris; ese día parecía más pálida de lo habitual. Todavía no se había arreglado el pelo, que se le pegaba al rostro en mechones húmedos.
—¿Cómo estás? —le preguntó.
—Hoy me siento un poco débil.
El esfuerzo de hablar la dejó sin aliento. Caris sintió la ya habitual y punzante mezcla de angustia e impotencia. Su madre llevaba un año enferma. Había empezado con dolores en las articulaciones y al poco aparecieron las úlceras en la boca y los moretones por todo el cuerpo. Estaba demasiado débil para moverse. La semana anterior se había resfriado y ahora tenía fiebre y le costaba respirar.
—¿Necesitas algo? —preguntó Caris.
—No, gracias.
La respuesta de siempre, la que hacía enloquecer de impotencia a Caris cada vez que la oía.
—¿Quieres que vaya a buscar a la madre Cecilia?
La priora de Kingsbridge era la única persona capaz de proporcionar solaz a su madre. Su extracto de amapola mezclado con miel y vino caliente conseguía calmarle el dolor durante un rato. Para Caris, Cecilia estaba por encima incluso de los ángeles.
—No necesito nada, cariño —aseguró su madre—. ¿Cómo ha ido la misa de Todos los Santos?
Caris se fijó en la palidez de sus labios.
—Ha sido espeluznante —contestó.
La mujer esperó unos segundos para reponerse antes de volver a preguntar.
—¿Qué has estado haciendo esta mañana?
—Mirando a los arqueros —contestó Caris, conteniendo la respiración ante el temor de que su madre adivinara su secreto, como solía hacer.
Sin embargo, la mujer miró a Gwenda.
—¿Y quién es esta amiguita?
—Gwenda. Ha venido para que le enseñe los cachorros.
—Muy bien.
De repente, pareció súbitamente agotada. Cerró los ojos y volvió la cara a un lado. Las niñas se sintieron invadidas por un silencioso terror. Gwenda estaba desconcertada.
—¿Qué tiene?
—Una enfermedad debilitante.
A Caris no le gustaba hablar de ello. La enfermedad de su madre le provocaba la angustiosa sensación de que no existían las certezas, de que podía ocurrir cualquier cosa, de que en ningún lugar se estaba a salvo. Esa convicción la acongojaba aún más que el enfrentamiento que había presenciado en el bosque. Sólo con pensar en lo que podía ocurrir y en la posibilidad de que su madre muriera, un pánico incontrolable se instalaba en su pecho y la impulsaba a gritar.
La estancia intermedia, que utilizaban en verano los italianos, compradores de lana de Florencia y Prato que los visitaban para hacer negocios con su padre, estaba vacía en esos momentos. Los cachorros ocupaban la habitación del fondo, la que Caris compartía con su hermana Alice. Tenían siete semanas y estaban a punto de destetarse, por lo que la madre ya no se mostraba tan solícita con ellos. Gwenda soltó un grito de júbilo e inmediatamente se lanzó a por ellos.
Caris cogió el más pequeño de la camada, una hembra muy juguetona a la que le gustaba aventurarse por su cuenta a explorar el mundo.
—Ésta es la mía —dijo—. Se llama Trizas.
Tener a la perrita en brazos parecía sosegarla y la ayudaba a olvidar sus preocupaciones.
Los otros cuatro cachorros se encaramaron a Gwenda, olisqueándola y mordisqueándole el vestido. La niña cogió un feo perrito castaño de morro alargado y con los ojos demasiado juntos.
—Me gusta éste —dijo.
El cachorro se hizo un ovillo en su regazo.
—¿Lo quieres? —preguntó Caris.
—¿Puedo quedármelo? —se sorprendió Gwenda, con lágrimas en los ojos.
—Nos han dicho que podemos darlos.
—¿De verdad?
—Mi padre no quiere más perros. Si te gusta, puedes quedártelo.
—Sí —contestó Gwenda en un susurro—. Sí, por favor.
—¿Cómo vas a llamarlo?
—Algo que me recuerde a Brinco. Igual lo llamo Tranco.
—Qué nombre tan bonito.
Caris vio que Tranco se había quedado dormido en los brazos de Gwenda.
Las dos niñas se sentaron en silencio con los perros. Caris pensó en los chicos que había conocido, en el pelirrojo de los ojos de color miel y en su alto y apuesto hermano pequeño. ¿Por qué los había llevado al bosque? No era la primera vez que se había dejado arrastrar por un impulso alocado. Solía ocurrirle cuando alguien con autoridad sobre ella le prohibía algo. Como dictadora, su tía Petranilla no tenía parangón. «No le des de comer al gato o no nos lo sacaremos nunca de encima», «Nada de jugar a la pelota en casa», «No quiero volver a verte con ese niño, es de una familia de campesinos». Las normas que constreñían su comportamiento la sacaban de sus casillas.
Con todo, nunca había llegado tan lejos. Se echó a temblar de sólo pensarlo. Habían muerto dos hombres, pero podría haber sido mucho peor, podrían haberlos asesinado a todos.
Se preguntó qué habría desencadenado la pelea y por qué los hombres de armas perseguían al caballero. Era obvio que no se trataba de un simple robo; habían mencionado una carta. Sin embargo, Merthin no había dicho nada al respecto. Seguramente porque tampoco se había enterado de más. Un misterio más de los muchos que rodeaban la vida de los adultos.
Merthin le había causado una grata impresión. En cambio, el aburrido de su hermano, Ralph, era como cualquier otro niño de Kingsbridge: un bruto, un memo y un fanfarrón. Merthin parecía diferente, por eso había llamado su atención desde el principio.
Mirando a Gwenda pensó que había hecho dos nuevos amigos en un solo día. La niña no era agraciada. Tenía los ojos de color castaño oscuro y muy juntos sobre una nariz aguileña. Divertida, Caris se dio cuenta de que había escogido un perro que se parecía un poco a ella. La niña vestía ropa vieja y muy usada; debían de haberla llevado muchos niños antes que ella. Gwenda parecía más tranquila. Ya no temía que se echara a llorar en cualquier momento. Los cachorros también le habían servido de consuelo.
En ese momento oyó unas familiares pisadas renqueantes en el salón de abajo, seguidas instantes después por un vozarrón:
—Traedme una jarra de cerveza, por amor de Dios, me bebería hasta el agua de los abrevaderos.
—Ése es mi padre —dijo Caris—. Ven, que te lo presento. —Al ver que Gwenda parecía cohibida, añadió—: No te preocupes, siempre grita así, pero es muy bueno.
Las niñas bajaron con sus cachorros.
—¿Qué les ha pasado a mis sirvientes? —rugió su padre—. ¿Han huido con los duendes? —Salió de la cocina dando fuertes pisotones, arrastrando la contrahecha pierna izquierda como siempre y con una enorme jarra de madera de la que se vertía cerveza—. Hola, mi rosita —saludó a Caris con voz suave. Tomó asiento en la imponente silla a la cabeza de la mesa y le dio un largo trago a la jarra—. Así está mejor —dijo, limpiándose la barba desgreñada con la manga. En ese momento reparó en Gwenda—. ¿Una margarita acompañando a mi rosita? ¿Cómo te llamas?
—Gwenda, de Wigleigh, mi señor —contestó ella, cohibida.
—Le he dado un cachorro —dijo Caris.
—¡Buena idea! —la felicitó su padre—. Los cachorros necesitan cariño y las niñitas saben cómo cuidarlos.
Caris vio una capa de tela de color escarlata en el taburete que había al lado de la mesa. Tenía que ser importada, porque los tintoreros ingleses no sabían cómo conseguir un tinte rojo tan subido.
—Es para tu madre —se explicó su padre, reparando en lo que había llamado la atención de su hija—. Siempre ha querido una capa de rojo italiano. Espero que eso la anime a restablecerse para que pueda ponérsela.
Caris la tocó. La lana era suave y muy tupida, como sólo los italianos sabían hacerlo.
—Es muy bonita —comentó.
Tía Petranilla entró de la calle. Se daba un ligero aire a su padre, pero todo lo que el hombre tenía de campechano lo tenía ella de arisca. Se parecía más a su otro hermano, Anthony, el prior de Kingsbridge. Ambos eran altos, de presencia imponente, mientras que su padre era bajo, fornido y cojo.
A Caris no le gustaba Petranilla. La mujer era inteligente a la vez que mezquina, una funesta combinación en un adulto, pues Caris jamás podía burlarla. Gwenda percibió la incomodidad de su amiga y miró con aprensión a la recién llegada. El único que se alegró de verla fue el hombre.
—Entra, hermana. ¿Dónde están mis sirvientes?
—No sé por qué crees que iba yo a saberlo, viniendo como vengo de mi casa, al otro extremo de la calle, pero si me pides conjeturas, Edmund, diría que tu cocinera está en el gallinero buscando un huevo con que hacerte un pudín y que tu doncella está arriba ayudando a tu mujer a sentarse en la tabla del retrete, el cual suele visitar hacia el mediodía. En cuanto a tus aprendices, espero que ambos estén de guardia en el almacén del río procurando que a ningún borracho ocioso se le meta en su embotada cabeza encender una hoguera a dos pasos de tu almacén de lana.
Ésa era su forma de hablar, soltaba un pequeño sermón como respuesta a una pregunta sencilla. Sus modales eran altaneros, como siempre, pero al hombre no le importó, o fingió que no le importaba.
—Mi valiosísima hermana —dijo—. Está claro quién heredó la sabiduría de padre.
Petranilla se volvió hacia las niñas.
—Nuestro padre era descendiente de Tom Builder, padrastro y mentor de Jack Builder, maestro constructor de la catedral de Kingsbridge —explicó—. Padre juró entregar su primogénito a Dios pero, por desgracia, su primogénito fue una niña, yo. Me puso Petranilla por la santa, que como ya sabréis era hija de san Pedro, y rezó para que el siguiente fuera un varón. Pero el primer varón nació con deformaciones y no quiso entregar a Dios una ofrenda imperfecta, así que educó a Edmund para que se encargara del negocio de la lana. Por fortuna, su tercer hijo fue nuestro hermano Anthony, un joven obediente y temeroso de Dios, que siendo niño entró en el monasterio del que hoy nos enorgullece decir que es el prior.
De haber sido varón, Petranilla habría tomado los hábitos, pero no siendo así, había intentado compensarlo educando a su hijo, Godwyn, para que entrara como monje en el priorato. Igual que el abuelo Wooler, había entregado un hijo a Dios. Caris siempre había sentido lástima de Godwyn, su primo mayor, por tener a Petranilla de madre.
La tía reparó en la capa roja.
—¿De quién es? —preguntó—. ¡Pero si es de carísima tela italiana!
—La he comprado para Rose —contestó Edmund.
Petranilla lo fulminó con la mirada. Caris sabía que estaba pensando que era un loco por comprar una capa así para una mujer que hacía un año que no salía de casa. Sin embargo, el único comentario de su tía fue:
—Eres muy bueno con ella.
Lo que tanto podría ser un cumplido como una crítica velada, aunque al hombre no pareció importarle.
—Sube a verla —la animó—, se alegrará de verte.
Caris lo dudaba; no así Petranilla, que desapareció escalera arriba.
En ese momento entró Alice por la puerta, la hermana de Caris, y se quedó mirando a Gwenda. Tenía once años, uno más que ella.
—¿Quién es? —preguntó.
—Mi nueva amiga, Gwenda —contestó Caris—. Se va a quedar un cachorro.
—¡Pero si ha cogido el que quería yo! —protestó Alice.
Hasta ese momento no se había pronunciado al respecto.
—¡No lo habías elegido! —repuso Caris, indignada—. Sólo lo dices porque eres mala.
—¿Por qué tiene que llevarse uno de nuestros cachorros?
—Vamos, vamos —intervino su padre—, hay cachorros de sobra.
—¡Caris tenía que haberme preguntado primero cuál quería!
—Sí, debería haberlo hecho —convino su padre, a pesar de saber fehacientemente que Alice sólo quería llamar la atención—. No vuelvas a hacerlo, Caris.
—Sí, papá.
La cocinera salió de la cocina con jarras y vasos. Cuando Caris estaba aprendiendo a hablar la llamaba Tutty, nadie sabía por qué, y Tutty se le había quedado.
—Gracias, Tutty —dijo el padre—. Sentaos a la mesa, niñas.
Gwenda vaciló sin saber si la invitación la incluía a ella, pero Caris le hizo un gesto de asentimiento, consciente de que ésa había sido la intención de su padre. El hombre solía invitar a comer a todo el que tuviera delante.
Tutty llenó la jarra de cerveza del padre y luego sirvió a las niñas, aunque rebajada con agua. Gwenda se bebió la suya de una sentada, con deleite, por lo que Caris adivinó que debía de probarla a menudo. Los pobres bebían sidra obtenida de las manzanas silvestres.
A continuación, la cocinera puso delante de ellos una gruesa hogaza de pan de centeno. Caris se dio cuenta de que la niña nunca se había sentado a comer a una mesa cuando Gwenda cogió la suya para hincarle el diente.
—Espera —le dijo en voz baja.
Gwenda soltó el pan. Tutty entró el jamón en una tabla y un plato de col. El padre cogió el cuchillo grande y cortó lonchas de jamón, que fue apilando en las rebanadas de pan. Gwenda miraba de hito en hito la cantidad de comida que le estaban sirviendo. Caris se sirvió una cucharada de col encima del jamón.
La doncella, Elaine, bajó apresurada la escalera.
—La señora parece que está peor —anunció—. La señora Petranilla dice que debería mandar a buscar a la madre Cecilia.
—Entonces corre al priorato y suplícale que venga —dispuso el padre. La sirvienta salió corriendo—. Comed, niñas —dijo, y pinchó una loncha de jamón caliente con el cuchillo, aunque por la mirada perdida, Caris adivinó que la comida había dejado de procurarle placer.
—Es maná del cielo —comentó Gwenda en un susurro, saboreando la col.
Caris la probó. Estaba cocinada con jengibre. Seguramente la niña no había probado nunca el jengibre, que sólo podían permitirse los ricos.
Petranilla bajó, se sirvió un poco de jamón en un plato de madera y se lo subió a su madre, pero al cabo de unos minutos regresó con la comida intacta. Se sentó a la mesa y la cocinera le sirvió una hogaza de pan.
—Cuando era niña, éramos la única familia de Kingsbridge que podía permitirse comer carne a diario —comentó—. Salvo los días de ayuno, claro, porque mi padre era muy devoto. Fue el primer mercader de lana de la ciudad que comerció directamente con los italianos. Hoy en día lo hace todo el mundo, aunque mi hermano Edmund sigue siendo el más importante.
Caris había perdido el apetito y tenía que masticar mucho la comida antes de poder tragarla. Por fin llegó la madre Cecilia, una mujercilla vivaracha de maneras autoritarias, que inspiraba confianza. La acompañaba la hermana Juliana, una persona sencilla y de buen corazón. Caris se sintió mejor al verlas subir la escalera, un alegre gorrión seguido de una gallina con andares de pato. Lavarían a su madre con agua de rosas para bajarle la fiebre y la fragancia le levantaría el ánimo.
Tutty llevó manzanas y queso. El padre mondó una de las piezas distraídamente con su cuchillo. Caris recordó que cuando ella era más pequeña, él solía pelarle la manzana y dársela en trocitos y que luego él se comía la piel.
La hermana Juliana bajó la escalera con una expresión preocupada en su rechoncho rostro.
—La priora quiere que el hermano Joseph vea a la señora Rose —anunció. Joseph era el médico más antiguo del monasterio; se había educado con los maestros de Oxford—. Voy a buscarlo —dijo, y salió corriendo por la puerta principal.
El padre dejó la manzana pelada en la mesa.
—¿Qué va a pasar? —preguntó Caris.
—No lo sé, rosita mía. ¿Va a llover? ¿Cuántos sacos de lana necesitan los florentinos? ¿Contraerán las ovejas la morriña? ¿Nacerá una niña o un niño con una pierna inútil? Son cosas que nunca se saben, ¿verdad? Eso es… —Desvió la mirada—. Por eso la vida es tan dura.
Le dio la manzana. Caris se la pasó a Gwenda, quien se la comió entera, corazón y pepitas incluidos.
El hermano Joseph llegó pocos minutos después, acompañado de un joven ayudante que Caris conocía. Era Saul Whitehead y se llamaba así porque tenía el cabello muy claro, el poco que le quedaba después de cortárselo según las normas monásticas, de color rubio ceniza.
Cecilia y Juliana bajaron al salón para no estorbar a los dos hombres en la pequeña alcoba. Cecilia se sentó a la mesa, pero no probó bocado. Tenía una carita pequeña de rasgos angulosos: una naricilla afilada, ojos llenos de vida y una barbilla que parecía la proa de una barca. Miró a Gwenda con curiosidad.
—Bien, veamos, ¿quién es esta chiquilla? ¿Y ama a Jesús y a su Santa Madre? —preguntó con voz alegre.
—Me llamo Gwenda, soy amiga de Caris.
La niña miró angustiada a su amiga, como si temiera haber sido demasiado presuntuosa al suponer una amistad entre ellas.
—¿La Virgen María hará que mi madre se ponga mejor? —preguntó Caris.
—A eso le llamo yo no andarse por las ramas. —Cecilia enarcó una ceja—. Qué fácil habría sido adivinar que eres hija de Edmund.
—Todo el mundo le reza, pero no todos sanan —insistió Caris.
—¿Y sabes por qué es así?
—Tal vez no ayuda a nadie y lo que pasa es que los fuertes se restablecen y los débiles no.
—Vamos, vamos, no digas tonterías —intervino su padre—. Todo el mundo sabe que la Santa Madre nos asiste.
—No pasa nada —aseguró Cecilia—. Es normal que los niños hagan preguntas, en especial los más avispados. Caris, los santos son todopoderosos, pero algunas oraciones tienen más efecto que otras. ¿Lo entiendes?
Caris asintió de mala gana, sintiéndose más engañada que convencida.
—Debe asistir a nuestra escuela —dijo Cecilia.
Las hermanas dirigían una escuela para las hijas de la nobleza y los ciudadanos más prósperos. Los monjes tenían una aparte para los chicos.
El padre no parecía demasiado dispuesto a acceder.
—Rose les ha enseñado a leer —repuso—. Y Caris sabe contar igual que yo, de hecho me ayuda en el negocio.
—Debería aprender mucho más. Estoy segura de que no deseas que pase su vida a tu merced.
—Los libros no tienen nada que enseñarle —intervino Petranilla—. Es un gran partido. A ambas les sobrarán pretendientes. Los hijos de mercaderes, incluso de reyes, harán cola a la puerta de casa para emparentarse con esta familia. Aunque Caris es muy terca; debemos velar por que no se eche a perder en los brazos de un menesteroso juglar.
Caris comprendió que Petranilla no preveía que la obediente Alice le diera ningún problema; seguramente se casaría con quien le eligieran.
—Puede que Dios llame a Caris a su servicio —comentó Cecilia.
—Dios ya ha reclamado a dos miembros de esta familia: mi hermano y mi sobrino —repuso el padre de mal humor—. Yo diría que por ahora está satisfecho.
—¿Tú qué dices? —preguntó Cecilia a Caris—. ¿Quieres ser comerciante de lana, la esposa de un caballero o monja?
La idea de ser monja la horrorizaba. Tendría que acatar las órdenes de los demás a todas horas. Sería como seguir siendo niña el resto de su vida y tener a Petranilla de madre. Igual de malo le parecía ser la esposa de un caballero, o de cualquier otro hombre, dado que las mujeres debían obedecer a sus maridos. De las tres poco apetecibles opciones, ayudar a su padre y luego tal vez sustituirlo al frente del negocio, cuando se hiciera mayor, era la que menos le repelía, aunque, por otro lado, no era con lo que soñaba.
—Ninguna de las tres —contestó.
—Entonces, ¿hay algo que desees ser? —preguntó Cecilia.
Lo había, aunque Caris no se lo había dicho a nadie. De hecho, hasta ese momento ni siquiera ella se había dado cuenta, pero la ambición había tomado forma y de repente supo sin lugar a duda cuál era su destino.
—Seré médico —anunció.
Se hizo un breve silencio, tras el cual todos se echaron a reír.
Caris se sonrojó, ignorando qué les hacía tanta gracia. Su padre se apiadó de ella.
—Sólo los hombres pueden ser médicos. ¿No lo sabías, rosita mía?
Caris estaba desconcertada. Se volvió hacia Cecilia.
—¿Y vos?
—No soy médico —contestó Cecilia—. Las monjas cuidamos de los enfermos, pero seguimos las instrucciones de hombres instruidos. Los monjes que han estudiado con los grandes sabios conocen el funcionamiento de los humores del cuerpo, cómo se desequilibran en los enfermos y cómo se devuelven a sus proporciones correctas para que sanen. Saben qué vena conviene sangrar para curar las migrañas, la lepra o la dificultad para respirar; o dónde aplicar ventosas y cauterizar; o si utilizar cataplasmas o baños.
—¿Y una mujer no puede aprender esas cosas?
—Tal vez, pero ésos no son los designios del Señor.
A Caris le sacaba de quicio el modo en que los adultos echaban mano de ese tópico cada vez que se encontraban en un atolladero. Antes de que pudiera responder, el hermano Saul bajó la escalera con un cuenco lleno de sangre y atravesó la cocina para tirarla en el patio trasero. Las lágrimas acudieron a los ojos de Caris ante esa visión. Todos los médicos utilizaban la sangría como remedio, por lo que debía de ser efectiva, pero de todas formas no soportaba ver la fuerza vital de su madre arrojada como un desecho.
Saul regresó a la habitación de la enferma y, al poco, Joseph y él bajaron al comedor.
—He hecho todo lo que he podido por ella —le dijo Joseph solemnemente a Edmund—. Se ha confesado.
«¡Se ha confesado!» Caris sabía lo que eso significaba. Se echó a llorar.
Su padre sacó seis peniques de plata de un saquito y se los entregó al monje.
—Gracias, hermano —dijo, con voz ronca.
Al tiempo que los hermanos salían por la puerta, las monjas subieron al piso de arriba.
Alice se sentó en el regazo de su padre y hundió la cara en su cuello. Caris lloraba y se abrazaba a Trizas. Petranilla ordenó a Tutty que despejara la mesa. Gwenda observaba todo con los ojos abiertos como platos. Permanecieron sentados a la mesa, en silencio, a la espera.
4
El hermano Godwyn se moría de hambre. Había dado cuenta de su almuerzo, un guiso a base de nabos en rodajas y pescado a la sal, que no lo había satisfecho. Incluso en los días en que el ayuno no estaba prescrito, los monjes solían contentarse con pescado y cerveza rebajada para comer.
No todos los monjes, por supuesto; el prior Anthony disfrutaba de una dieta privilegiada y, dado que ese día tenía a la madre Cecilia de invitada, se regalaría con algo especial. La priora era una mujer habituada a la buena mesa. Las monjas, quienes siempre parecían estar en mejor posición que los hermanos, sacrificaban un cerdo o una oveja cada varios días y lo acompañaban con vino de Gascuña.
Godwyn era el encargado de supervisar la comida, ardua tarea cuando su estómago no dejaba de protestar. Habló con el cocinero del monasterio y le echó un vistazo al orondo ganso que se estaba asando y a la olla de compota que hervía en la lumbre. Le pidió al despensero una jarra de sidra del barril y fue a buscar una hogaza de pan de centeno al horno, duro, pues no se horneaba en domingo. Sacó los platos y las copas de plata del arcón cerrado con llave y los dispuso en la mesa de la cámara principal de la casa del prior.
Los priores comían juntos una vez al mes. El monasterio y el convento eran instituciones individuales, cada una con sus propios edificios y diferentes fuentes de ingresos. Los priores debían rendir cuentas por separado ante el obispo de Kingsbridge. Sin embargo, compartían la gran catedral y varias construcciones entre las que se encontraba el hospital, donde los monjes desempeñaban la labor de médicos mientras las hermanas cuidaban de los enfermos. Por dicha razón nunca faltaban detalles que discutir: las misas de la catedral, los huéspedes y los pacientes del hospital o la política municipal. Anthony siempre andaba maquinando maneras de hacer que Cecilia compartiera costes que, en rigor, debían correr a partes iguales entre las dos instituciones, como el vidrio de las ventanas de la sala capitular, los camastros del hospital o repintar el interior de la catedral, peticiones a las que ella solía acceder.
No obstante, esta vez seguramente sería la política la que coparía la conversación. El día anterior, Anthony había regresado de un viaje de dos semanas a Gloucester, donde había asistido al sepelio del rey Eduardo II, quien había perdido el trono en enero y su vida en septiembre. La madre Cecilia se deleitaría con todos los chismes por mucho que fingiera estar por encima de esas cosas.
Sin embargo, a Godwyn le preocupaban otras cuestiones. Deseaba hablar con Anthony sobre su futuro y desde que el prior había vuelto a casa llevaba esperando el momento adecuado con nerviosismo. A pesar de haber ensayado el discurso, todavía no había encontrado la ocasión, pero había depositado sus esperanzas en esa tarde.
Anthony entró en el salón cuando Godwyn estaba colocando un queso y un cuenco de peras en una mesa auxiliar. El prior parecía una versión envejecida de Godwyn. Ambos eran altos, de rasgos armoniosos, cabello castaño claro y, como toda la familia, ojos verdes con motas doradas. El prior se acercó a la lumbre. La habitación era fría y unas ráfagas de viento helado recorrían el viejo edificio. Godwyn le sirvió un vaso de sidra.
—Padre prior, hoy es mi cumpleaños —le informó mientras Anthony bebía—. Cumplo veintiuno.
—Así es —dijo Anthony—, recuerdo muy bien el día que naciste. Yo tenía catorce años. Mi hermana Petranilla gritaba como un verraco con una saeta en las entrañas cuando estaba dándote a luz. —Alzó la copa en un brindis, mirando a Godwyn con afecto—. Y ahora ya eres todo un hombre.
Godwyn decidió que había llegado el momento que había estado buscando.
—Llevo diez años en el priorato —dijo.
—¿Ya ha pasado tanto tiempo?
—Sí, como escolano, novicio y monje.
—¡Válgame Dios!
—Espero haber sido motivo de orgullo, tanto para mi madre como para ti.
—Ambos nos sentimos muy orgullosos de ti.
—Gracias. —Tragó saliva—. Me gustaría ir a Oxford.
Desde hacía mucho tiempo, la ciudad de Oxford era el centro neurálgico donde se reunían los grandes estudiosos de la teología, la medicina y las leyes. Sacerdotes y monjes acudían a Oxford a estudiar y debatir con maestros y estudiantes. En el último siglo, los maestros se habían constituido en comunidades, o universidades, con permiso del rey para realizar exámenes y otorgar títulos. El priorato de Kingsbridge sufragaba una delegación o colegio mayor en la ciudad, conocido como Kingsbridge College, donde ocho monjes llevaban una vida de oración y sacrificio mientras estudiaban.
—¡A Oxford! —exclamó Anthony, con una mezcla de preocupación y desagrado—. ¿Por qué?
—Porque quiero aprender. Es lo que se supone que hacen los monjes.
—Yo nunca fui a Oxford y soy prior.
Era cierto, pero por esa misma razón a veces se descubría en desventaja frente a sus cofrades más antiguos. El sacristán, el tesorero y algún que otro monje del monasterio con cargo especial —los llamados obedientiarius— habían estudiado en la universidad, como todos los médicos. Eran de mente despierta y duchos en el arte de la oratoria, por lo que, en comparación, a veces parecía que Anthony no supiera hilvanar un argumento, sobre todo durante el capítulo, la asamblea diaria de los monjes. Godwyn deseaba aprender la lógica irrebatible y adquirir la confiada superioridad que observaba en los hombres de Oxford. No quería ser como su tío, aunque no podía decirlo.
—Deseo aprender —insistió.
—¿Quieres aprender herejías? —se burló Anthony—. ¡Los estudiantes de Oxford cuestionan las enseñanzas de la Iglesia!
—Para comprenderlas mejor.
—Inútil y peligroso.
Godwyn se preguntó por qué a Anthony le había molestado tanto su petición. Las herejías no parecían haber preocupado nunca antes al prior y Godwyn no podía estar menos interesado en cuestionar las doctrinas aceptadas.
—Creía que tanto mi madre como tú aspirabais a grandes cosas para mí —dijo, frunciendo el ceño—. ¿No queréis que progrese, que me convierta en obedientiarius y tal vez algún día en prior?
—Por supuesto, algún día, pero no tienes por qué abandonar Kingsbridge para conseguirlo.
«No quieres que haga progresos demasiado rápido por miedo a que te deje atrás, y no quieres que me vaya de la ciudad para poder seguir controlándome», pensó Godwyn, viéndolo todo súbitamente claro, y deseó haber previsto aquella contingencia.
—No quiero estudiar teología.
—Entonces, ¿qué?
—Medicina. Es una parte muy importante de nuestro trabajo en el priorato.
Anthony frunció los labios. Godwyn había descubierto la misma expresión desaprobadora en el rostro de su madre.
—El monasterio no puede permitírselo —dijo Anthony—. ¿Sabes que un solo libro ya cuesta un mínimo de catorce chelines?
Ese argumento cogió a Godwyn desprevenido. Sabía que los estudiantes podían alquilar los libros por el sistema de la pecia, pero ésa no era la cuestión.
—¿Y los que ya están allí? —repuso el joven—. ¿Quién los mantiene?
—A dos, sus familias, y a otro, las monjas. El priorato se hace cargo de los otros tres, pero ya no nos podemos permitir ni uno más. De hecho, hay dos plazas vacantes en el colegio por falta de fondos.
Godwyn sabía que el priorato no estaba pasando por sus mejores momentos, a pesar de disponer de amplios recursos: miles de hectáreas de tierra, molinos, lagos, bosques y los ingentes ingresos que reportaba el mercado de Kingsbridge. No podía creer que su tío le estuviera negando el dinero para ir a Oxford. Se sentía traicionado. Anthony era su pariente y su mentor, y siempre lo había favorecido ante los demás monjes. Sin embargo, ahora estaba intentando retenerlo a su lado.
—Los médicos traen dinero al priorato —intentó rebatir—. Si no instruyes a hombres jóvenes, los viejos acabarán muriendo algún día y el priorato será aún más pobre.
—Dios proveerá.
El exasperante tópico al que Anthony solía recurrir como respuesta. Los ingresos anuales del priorato procedentes de la feria del vellón se reducían año tras año. La gente de la ciudad le había pedido a Anthony que invirtiera en mejoras para los laneros —puestos, barracas, letrinas, incluso una lonja de lana—, pero él siempre se había negado aduciendo la escasez de recursos. Cuando su hermano Edmund le decía que la feria acabaría por desaparecer, él se limitaba a contestar: «Dios proveerá».
—Bueno, entonces tal vez provea el dinero para que pueda ir a Oxford —dijo Godwyn.
—Tal vez.
Godwyn había sufrido una gran decepción. Sentía la acuciante necesidad de salir de aquella ciudad y respirar aires nuevos. Era consciente de que en Kingsbridge College se vería sujeto a la misma disciplina monástica, pero pese a ello la perspectiva de hallarse tan lejos de su tío y de su madre era muy tentadora.
Todavía no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.
—Será una gran decepción para mi madre.
Anthony dio muestras de desasosiego; no deseaba despertar la ira de su temible hermana.
—Entonces que ore para encontrar el dinero.
—Puede que lo encuentre en otro sitio —repuso Godwyn, improvisando.
—Y ¿cómo lo harás?
Buscó una respuesta y halló inspiración.
—Haciendo lo que tú haces: pidiéndoselo a la madre Cecilia.
No era tan descabellado. Aunque Cecilia lo ponía nervioso y podía llegar a ser tan intimidante como Petranilla, también era más receptiva a sus encantos pueriles, de modo que tal vez podría persuadirla para que costeara la educación de un joven y brillante monje.
La proposición cogió a Anthony por sorpresa. Godwyn adivinó que su tío estaba intentando hallar una réplica, pero su principal objeción se había basado en la falta de dinero, por lo que no le sería fácil cambiar de argumentación.
Cecilia llegó en esos momentos de vacilación.
Era una mujercita vivaracha y muy perspicaz, vestida con una gruesa capa de la mejor lana, el único lujo que se permitía, pues era extremadamente friolera. Saludó al prior y se volvió hacia Godwyn.
—Tu tía Rose está gravemente enferma —le informó. Tenía una voz melodiosa—. Es posible que no pase de esta noche.
—Que Dios la bendiga —contestó Godwyn, con una punzada de pesar. En una familia donde todos tenían madera de líder, Rose era la única a quien no importaba someterse a la autoridad de los demás. Sus pétalos parecían más frágiles al estar rodeada de zarzas—. No es ninguna sorpresa —añadió—. Pero será muy duro para mis primas, Alice y Caris.
—Por fortuna, tu madre está allí para consolarlas.
—Sí. —Godwyn pensó que el consuelo no era el punto fuerte de su madre, precisamente, porque se le daba mucho mejor llevar a la gente por la senda de la rectitud y procurar que no volvieran a apartarse del redil, pero no corrigió a la priora. En su lugar, le sirvió una copa de sidra—. ¿No hace un poco de frío, reverenda madre?
—Estoy helada —contestó sin rodeos.
—Encenderé el fuego.
—Mi sobrino Godwyn se muestra así de solícito porque quiere que le pagues los estudios en Oxford —anunció Anthony maliciosamente.
Godwyn lo fulminó con la mirada. Al joven le habría gustado elaborar un esmerado discurso y escoger el momento propicio para plantear la cuestión a la madre superiora, pero Anthony había expuesto la petición a bocajarro sin recato alguno.
—Creo que no podemos permitirnos la manutención de nada menos que dos estudiantes —contestó Cecilia.
—¿Alguien más te ha solicitado dinero para ir a Oxford?
Esta vez era Anthony el sorprendido.
—Será mejor que no diga nada más —dijo Cecilia—, no deseo meter a nadie en líos.
—No te preocupes —aseguró Anthony de mal humor, aunque enseguida se recompuso—. Tu generosidad siempre será bien recibida.
Godwyn alimentó el fuego y salió de la estancia. La casa del prior se encontraba en el ala norte de la catedral, mientras que los claustros y los demás edificios del priorato se distribuían al sur. El aterido Godwyn atravesó el césped de la catedral en dirección a las cocinas.
Había imaginado que Anthony se opondría a lo de Oxford, porque se oponía a todo por naturaleza, escudándose en que debía esperar a ser un poco mayor o a que uno de los actuales estudiantes se licenciara. Sin embargo, era el protegido de su tío y estaba convencido de que al final lo habría apoyado. La rotunda negativa seguía desconcertándolo.
Se preguntó quién más habría solicitado su manutención a la priora. De los veintiséis monjes, seis tenían la edad de Godwyn, por lo que pensó que podría tratarse de uno de ellos. Theodoric, el despensero menor, estaba ayudando al cocinero en las cocinas. ¿Sería él el otro aspirante al dinero de Cecilia? Godwyn lo observó mientras colocaba el ganso en una bandeja con un cuenco de compota de manzana. Theodoric tenía cabeza para los estudios, de modo que podía ser uno de sus rivales.
El atribulado Godwyn llevó la comida a la casa del prior. Si Cecilia optaba por ayudar a Theodoric en vez de a él, se le acababan las opciones, y las ideas.
Ambicionaba ser algún día prior de Kingsbridge. Estaba convencido de que podía desempeñar esa labor mucho mejor que Anthony y si conseguía que el priorato prosperara, podía aspirar a cargos de mayores prebendas, podía llegar a ser obispo, arzobispo o incluso funcionario de la corte o consejero real. No tenía una idea demasiado precisa de lo que haría con tanto poder, pero creía firmemente estar destinado a ocupar una posición elevada. Con todo, sólo había dos caminos hacia esas alturas: uno era la cuna; el otro, la educación. Godwyn procedía de una familia de mercaderes de lana, por lo que la universidad era su única esperanza; esperanza para la que necesitaría el dinero de Cecilia.
Dejó la comida en la mesa.
—Pero ¿cómo murió el rey? —preguntaba la priora.
—Sufrió una caída —contestó Anthony.
Godwyn trinchó el ganso.
—¿Pechuga, reverenda madre?
—Sí, por favor. ¿Una caída? —repitió, escéptica—. Ni que el rey fuera un viejo senil, ¡pero si solo tenía cuarenta y tres años!
—Es lo que dicen sus carceleros.
Una vez depuesto, el antiguo rey había sido mantenido prisionero en el castillo de Berkeley, a un par de jornadas a caballo de Kingsbridge.
—Ya, sus carceleros, los hombres de Mortimer.
Cecilia no miraba con buenos ojos a Roger Mortimer, el conde de March. No sólo había encabezado la rebelión contra Eduardo II, sino que además había seducido a la esposa del rey, la reina Isabel de Francia.
Empezaron a comer. Godwyn se preguntó si sobraría algo.
—Por lo que parece, sospechas algo truculento —apuntó Anthony.
—Claro que no… Pero hay gente que sí. Se dice que…
—¿Lo asesinaron? Ya lo sé, pero vi el cadáver, desnudo. Su cuerpo no presentaba signos de violencia.
Godwyn sabía que no debía interrumpir, pero no pudo reprimirse.
—Los rumores dicen que cuando el rey murió, sus gritos agónicos se oyeron por toda la ciudad de Berkeley.
Anthony lo miró con desaprobación.
—Siempre hay rumores a la muerte de un rey —contestó.
—Este rey no ha muerto sin más —replicó Cecilia—. Primero lo depuso el Parlamento, algo que nunca había pasado hasta ahora.
—Sus poderosas razones tuvieron —insistió Anthony, bajando la voz—. Cometió pecados de impureza.
El hombre pretendía ser enigmático, pero Godwyn sabía muy bien a qué se refería. Eduardo se había rodeado de «favoritos», hombres jóvenes por los que parecía mostrar una predilección antinatural. Al primero, Peter Gaveston, se le había concedido tanto poder y privilegios que despertó los celos y el resentimiento entre los barones y al final acabó ejecutado por traición. Sin embargo, había habido otros. La gente decía que no era de extrañar que la reina se hubiera buscado un amante.
—Me niego a creer una cosa así —protestó Cecilia, alentada por sus pasiones monárquicas—. Puede que los proscritos que viven en el bosque se entreguen a ese tipo de repugnantes prácticas, pero un hombre de sangre real jamás caería tan bajo. ¿Sobra un poco de ganso?
—Sí —dijo Godwyn, ocultando su decepción.
Trinchó el último trozo de carne del ave y se lo sirvió a la priora.
—Al menos el nuevo rey no ha de enfrentarse a ningún rival —opinó Anthony.
Eduardo III, hijo de Eduardo II e Isabel de Francia, había sido coronado rey.
—Tiene catorce años y ha sido Mortimer el que lo ha subido al trono —repuso Cecilia—. ¿Quién crees tú que será el verdadero soberano?
—A los nobles les place la estabilidad actual.
—Sobre todo a los amigotes de Mortimer.
—¿Te refieres al conde Roland de Shiring, por ejemplo?
—Hoy estaba exultante.
—No estarás sugiriendo…
—¿Que tuvo algo que ver en la «caída» del rey? Por supuesto que no. —La priora dio cuenta de la vianda—. Sería muy peligroso sostener una idea así, ni siquiera entre amigos.
—Ya lo creo.
Alguien llamó a la puerta y Saul Whitehead entró en la estancia. Tenía la misma edad que Godwyn. ¿Sería él su rival? Era inteligente y tenía aptitudes, además de la gran ventaja de estar emparentado con el conde de Shiring, aunque fuera de lejos. Aun así, Godwyn dudaba que el joven deseara ir a Oxford. Era devoto y tímido, el tipo de hombre cuya humildad no hablaba de virtud, pues ya era natural en él. No obstante, todo era posible.
—Ha acudido al hospital un caballero herido de gravedad —les informó Saul.
—Interesante, pero tal vez no lo bastante fuera de lo común para justificar la interrupción de la comida de los priores —lo amonestó Anthony.
Saul parecía sobresaltado.
—Os ruego me perdonéis, padre prior, pero existe un desacuerdo en cuanto al tratamiento —balbució.
—Bueno, ya hemos acabado el ganso —dijo Anthony con un suspiro mientras se ponía en pie.
Cecilia lo acompañó, seguida por Godwyn y Saul. Entraron en la catedral por el crucero norte y salieron por el del sur, atravesaron los claustros y llegaron al hospital. El caballero herido estaba postrado en el camastro dispuesto junto al altar, acorde a su rango.
El prior Anthony lanzó un involuntario gruñido de sorpresa. Por un momento el asombro y el miedo lo traicionaron, pero recuperó rápidamente la compostura y mantuvo el rostro impávido.
Sin embargo, a Cecilia no se le había escapado nada.
—¿Conoces a este hombre? —le preguntó.
—Creo que sí. Es sir Thomas de Langley, uno de los hombres del conde de Monmouth.
Ante ellos descansaba un joven apuesto de anchos hombros y largas piernas. Estaba desnudo de cintura para arriba, lo que dejaba al descubierto un pecho musculoso surcado por cicatrices antiguas. Estaba pálido y exhausto.
—Lo asaltaron en el camino —les informó Saul—. Consiguió rechazar a sus asaltantes, pero ha tenido que arrastrarse más de dos kilómetros hasta la ciudad. Ha perdido mucha sangre.
El caballero tenía una herida abierta que iba del codo a la muñeca en uno de los brazos, un corte limpio con el sello de una espada afilada.
El médico más veterano del monasterio, el hermano Joseph, estaba de pie junto al paciente. Joseph tendría unos treinta años, un hombre bajito, de nariz prominente y pésima dentadura.
—Debemos dejar la herida abierta y tratarla con un ungüento para que supure. De ese modo expulsará los humores malignos y la herida sanará de dentro afuera.
Anthony asintió.
—¿Dónde está el desacuerdo?
—Matthew Barber es de otra opinión.
Matthew era uno de los cirujanos barbero de la ciudad. Se había mantenido apartado por deferencia, pero en ese momento dio un paso al frente con el estuche de cuero que contenía sus caros y afilados utensilios en una mano. Era un hombre bajo y delgado, de brillantes ojos azules y expresión solemne.
—¿Qué está haciendo él aquí? —preguntó Anthony a Joseph, sin prestar atención al cirujano.
—El caballero lo conoce y mandó a buscarlo.
—Si queréis que os hagan una carnicería, ¿por qué habéis acudido al hospital del priorato? —preguntó el prior a Thomas.
La sombra de una sonrisa afloró a los pálidos labios del caballero, pero parecía demasiado extenuado para contestar.
Matthew tomó la palabra con sorprendente aplomo, aparentemente inmune al desdén del prior.
—He visto muchas heridas como ésta en el campo de batalla, padre prior. El mejor tratamiento es el más sencillo: limpiar la herida con vino caliente, coserla y vendarla.
No era tan deferente como parecía.
—Me gustaría saber si nuestros dos jóvenes tienen alguna opinión al respecto —intervino la madre Cecilia.
Anthony dio muestras de impaciencia, pero Godwyn comprendió las intenciones de la mujer: se trataba de una prueba. Tal vez Saul era el otro aspirante a su dinero.
La respuesta era fácil, así que Godwyn se apresuró a contestar el primero.
—El hermano Joseph ha estudiado a los antiguos maestros —dijo—. Él tiene razón. Mucho me temo que Matthew ni siquiera sabe leer.
—Sé leer, hermano Godwyn —se defendió Matthew—. Incluso tengo un libro.
Anthony rió. La idea de que un barbero poseyera un libro era tan absurda como la de un asno con cofia.
—¿Qué libro?
—El Canon de Avicena, el gran médico del islam, traducido del árabe al latín. Lo he leído entero, poco a poco.
—¿Y tu remedio procede de Avicena?
—No, pero…
—Entonces está todo dicho.
—Pero he aprendido mucho más sobre el arte de sanar viajando con ejércitos y tratando a hombres heridos de lo que jamás aprendí de ese libro.
—Saul, ¿tú qué piensas? —preguntó la madre Cecilia.
Godwyn esperaba que Saul respondiera lo mismo que él, por lo que la prueba no sería concluyente; sin embargo, a pesar de que parecía nervioso y cohibido, Saul contradijo a Godwyn.
—Puede que el barbero tenga razón —contestó. Godwyn estaba encantado. Saul siguió defendiendo la postura equivocada—. El tratamiento propuesto por el hermano Joseph estaría más indicado en heridas que se hubieran producido a causa de un aplastamiento, como las que vemos entre los albañiles, en que la piel y la carne alrededor del corte están magulladas y cerrar la herida antes de tiempo podría encerrar los humores malignos dentro del cuerpo. En cambio, lo que aquí tenemos es un corte limpio y cuanto antes lo cerremos antes sanará.
—Pamplinas —protestó el prior Anthony—. ¿Cómo va a saber más un barbero de ciudad que un monje instruido?
Godwyn esbozó una sonrisa triunfante.
La puerta se abrió de par en par y un joven vestido con hábito irrumpió en la estancia. Godwyn reconoció a Richard de Shiring, el menor de los dos hijos del conde Roland. El saludo deferente en dirección a los priores fue tan fugaz como para poder ser tachado de grosero. Se acercó directamente al camastro y se dirigió al caballero.
—¿Qué demonios ha ocurrido? —preguntó.
Thomas alzó una débil mano y le hizo un gesto para que se acercara. El joven sacerdote se inclinó sobre el paciente y el caballero le susurró algo al oído.
El padre Richard se retiró, escandalizado.
—¡Imposible! —exclamó.
Thomas volvió a indicarle que se aproximara y se repitió la misma escena. Nuevos cuchicheos y consiguiente reacción desmesurada.
—Pero ¿por qué? —preguntó esta vez Richard. Thomas no contestó—. Estáis pidiéndome algo que no está en mis manos poder concederos.
Thomas asintió con energía, como queriendo decir que no le creía.
—No nos dejáis otra elección.
El caballero negó con la cabeza débilmente.
Richard se volvió hacia el prior Anthony.
—Sir Thomas desea tomar los hábitos en este priorato.
Se hizo un breve y elocuente silencio, que Cecilia se encargó de romper.
—¡Pero si es un hombre que vive de la violencia!
—Por favor, no es la primera vez que un hombre de armas decide abandonar su vida militar y busca el perdón de sus pecados —repuso Richard.
—Puede que cuando se acerca a la vejez, pero este hombre no ha cumplido ni siquiera los veinticinco. Está huyendo de algún peligro. —Miró a Richard con dureza—. ¿Quién amenaza su vida?
—Ponedle freno a vuestra curiosidad —contestó Richard con brusquedad—. Desea entrar en el monasterio, no en el convento, por lo que vuestras preguntas están de más. —No era corriente que se dirigieran a una priora en aquellos términos, pero los hijos de los condes podían permitirse ciertas insolencias. Se volvió hacia Anthony—. Debéis admitirlo.
—El priorato es demasiado pobre y no puede dar acogida a más monjes… Salvo que algún donativo sufragara el dispendio…
—No habrá problema.
—Tendría que adecuarse a la necesidad…
—¡No habrá problema!
—Muy bien.
Cecilia no las tenía todas consigo.
—¿Sabes alguna cosa sobre este hombre que no me estés diciendo? —le preguntó a Anthony.
—No veo ninguna razón para darle la espalda.
—¿Qué te hace pensar que su arrepentimiento es sincero?
Todo el mundo miró a Thomas. Tenía los ojos cerrados.
—Tendrá que demostrar su sinceridad durante el noviciado, como todo el mundo —contestó Anthony.
La respuesta no satisfizo a Cecilia, pero al menos por una vez en la vida Anthony no le estaba pidiendo dinero, así que tampoco podía hacer nada al respecto.
—Será mejor que nos ocupemos de esa herida —dijo la priora.
—Se negó a someterse al tratamiento del hermano Joseph —intervino Saul—. Por eso tuvimos que ir a buscar al padre prior.
Anthony se inclinó sobre el paciente.
—Debéis aceptar el tratamiento prescrito por el hermano Joseph, quien sabe lo que se hace —dijo alzando la voz, como si le hablara a un sordo. Thomas parecía inconsciente—. Ya no se niega —decidió, volviéndose hacia Joseph.
—¡Podría perder el brazo! —protestó Matthew Barber.
—Será mejor que te vayas —le avisó Anthony. Matthew abandonó la estancia, enojado. El prior se volvió hacia Richard—. ¿Os apetecería tomar un vaso de sidra en la casa del prior?
—Gracias.
—Quédate aquí y ayuda a la madre priora —le dijo a Godwyn mientras salían—. Ven a verme antes de vísperas e infórmame de la evolución del caballero.
Por lo general, el prior Anthony no solía preocuparse por la recuperación de los pacientes, con lo que desvelaba un interés especial en éste.
Godwyn observó mientras el hermano Joseph aplicaba el ungüento en el brazo del caballero inconsciente. Creyó que con toda probabilidad se había granjeado el apoyo financiero de Cecilia al contestar correctamente a la pregunta, pero ansiaba obtener su beneplácito explícito.
—Espero que hayáis estimado favorablemente mi petición —le dijo, una vez que el hermano Joseph hubo acabado.
Cecilia estaba limpiando la frente de Thomas con agua de rosas. Lo miró a los ojos.
—Más vale que lo sepas cuanto antes: he decidido concederle el dinero a Saul.
Godwyn se quedó desconcertado.
—¡Pero si fui yo quien contestó correctamente!
—¿De verdad?
—¿No estaréis de acuerdo con el barbero?
Cecilia enarcó las cejas.
—No pienso someterme a un interrogatorio, hermano Godwyn.
—Disculpadme —se apresuró a decir—. Es que no lo entiendo.
—Lo sé.
Si la mujer deseaba continuar mostrándose tan enigmática, no tenía sentido seguir hablando con ella. Godwyn salió de la estancia, contrariado, temblando de frustración. ¡Le iba a dar el dinero a Saul! ¿Era porque estaba emparentado con el conde? Godwyn lo dudaba, pues Cecilia no se dejaba influenciar por ese tipo de cosas. Concluyó que la beatería de Saul era el factor que había hecho inclinar la balanza. No obstante, Saul jamás despuntaría en nada. Qué desperdicio… Godwyn se preguntó cómo iba a darle la noticia a su madre. Se pondría hecha una furia. Además, ¿a quién le echaría las culpas? ¿A Anthony? ¿A él? Lo invadió una aprensión muy familiar al imaginar la ira de su madre.
En éstas estaba cuando la vio entrando en el hospital por la puerta del fondo, una mujer alta de busto generoso. Su madre se fijó en él y se quedó junto a la puerta, esperando a que se acercara. Godwyn se aproximó despacio, tratando de encontrar el modo de explicárselo.
—Tu tía Rose se está muriendo —dijo Petranilla en cuanto lo tuvo a su lado.
—Que Dios la bendiga. Me lo ha dicho la madre Cecilia.
—Pareces conmocionado, pero ya sabías lo enferma que estaba.
—No es por tía Rose. Tengo más malas noticias. —Tragó saliva—. No puedo ir a Oxford. Tío Anthony no va a sufragarlo y la madre Cecilia también se ha negado.
Para alivio de Godwyn, su madre no estalló. Sin embargo, sus labios apretados dibujaron una fina línea.
—Pero ¿por qué? —preguntó.
—Él no tiene dinero y ella va a enviar a Saul.
—¿A Saul Whitehead? Pero si ese hombre nunca llegará a nada…
—Bueno, al menos será médico.
Petranilla lo fulminó con la mirada y Godwyn se estremeció.
—Creo que no has sabido manejar el asunto —concluyó su madre—. Tendrías que haberlo consultado primero conmigo.
Godwyn temía que tomara ese camino.
—¿Cómo puedes decir que no he sabido manejarlo? —protestó.
—Tendrías que haberme dejado hablar con Anthony a mí primero. Yo lo hubiera ablandado.
—De todos modos te habría dicho que no.
—Y tendrías que haber averiguado si alguien más se lo había pedido antes de dirigirte a Cecilia, así podrías haber desautorizado a Saul antes de hablar con ella.
—¿Cómo?
—Debe de tener sus puntos débiles. Podrías haber descubierto cuáles son y haber procurado que ella los conociera. Luego, cuando se sintiera desilusionada con él, te habrías erigido en su nuevo candidato.
Godwyn empezó a comprender la estrategia.
—Nunca se me habría ocurrido —admitió, bajando la cabeza.
—Tienes que anticiparte a esa clase de cosas —le reprendió con rabia contenida—, así es como los condes planifican las contiendas.
—Ahora lo veo claro —dijo Godwyn, sin atreverse a mirarla a los ojos—. No volveré a cometer el mismo error.
—Eso espero.
La miró.
—¿Y ahora qué hago?
—No pienso darme por vencida. —En su rostro se dibujó una expresión familiar de determinación—. Yo pondré el dinero —decidió.
Godwyn vio un rayo de esperanza, pero no alcanzaba a imaginar cómo iba su madre a cumplir la promesa.
—¿De dónde lo sacarás? —preguntó.
—Venderé la casa y me mudaré con mi hermano Edmund.
—¿Y a él le parecerá bien?
Edmund era un hombre generoso, pero a veces chocaba con su hermana.
—Creo que sí. Pronto se quedará viudo y alguien tendrá que llevar la casa. Aunque a Rose tampoco es que se le diera demasiado bien.
Godwyn sacudió la cabeza.
—Seguirás necesitando dinero.
—¿Para qué? Edmund me proporcionará techo y comida, y sufragará lo poco que pueda necesitar. A cambio, gobernaré a sus sirvientes y cuidaré de sus hijas. Y tú tendrás el dinero que heredé de tu padre.
Petranilla hablaba con determinación, pero Godwyn adivinó su cuita en el rictus de amargura que se dibujaba en sus labios. El joven sabía muy bien el sacrificio que eso supondría para su madre. Petranilla estaba muy orgullosa de su independencia; era una de las mujeres más prominentes de la ciudad, hija de un hombre acaudalado y hermana del mercader de lana más importante de Kingsbridge. Valoraba su posición social. Disfrutaba invitando a los hombres y mujeres poderosos de la ciudad a comer y beber el mejor vino en su casa. Esa mujer era la que ahora estaba pensando en mudarse a casa de su hermano para vivir como un pariente pobre, trabajar como una especie de sirvienta y ser dependiente de él para todo. Sería una terrible humillación.
—Es un sacrificio demasiado grande —protestó Godwyn—. No puedes hacerlo.
Su madre endureció la expresión y sacudió los hombros, como si se preparara para aguantar el peso de una terrible carga.
—Ya lo creo que sí —contestó.
5
Gwenda se lo contó todo a su padre. Había jurado por la sangre de Cristo que guardaría el secreto, por lo que ahora iría derecha al infierno, pero temía más a su padre que al diablo.
El hombre empezó preguntándole de dónde había sacado a Tranco, el nuevo cachorro, y al verse obligada a explicarle cómo había muerto Brinco, acabó contándole toda la historia.
Para su sorpresa, no recibió una azotaina. De hecho, su padre parecía encantado y le pidió que lo llevara al claro del bosque donde se había producido la pelea. No le resultó fácil volver a encontrarlo, pero cuando llegaron hallaron los cuerpos de los dos hombres de armas vestidos con sus distintivos colores de verde y amarillo.
Lo primero que hizo su padre fue abrir sus saquillos de monedas, los cuales contenían unos veinte o treinta peniques. Las espadas lo animaron aún más si cabe, pues valían más que unos cuantos peniques. Empezó a desnudar a los cadáveres, tarea ardua para un hombre manco, por lo que le pidió a Gwenda que lo ayudara. Los cuerpos sin vida eran muy pesados y extraños al tacto. Su padre le dijo que les quitara todo lo que llevaran, incluidos las calzas embarradas y los sucios calzones.
El hombre envolvió las armas con la ropa para que pareciera que llevaban un atado de harapos. Luego Gwenda y él volvieron a arrastrar los cuerpos desnudos al amparo de los matorrales.
De camino a Kingsbridge, el padre estaba exultante. Llevó a Gwenda a Slaughterhouse Ditch, una calle cerca del río, y entraron en una enorme aunque sucia taberna llamada White Horse. Hizo que le sirvieran a su hija un vaso de cerveza mientras él desaparecía en la parte de atrás con el posadero, a quien se dirigió como Davey. Era la segunda vez que Gwenda bebía cerveza en un mismo día. Su padre reapareció unos minutos más tarde sin el atado.
Regresaron a la calle principal y fueron a encontrarse con su madre, Philemon y el pequeño en la posada Bell, junto a las puertas del priorato. Su padre le guiñó un ojo a su madre, sin recato alguno, y le dio un puñado de dinero para que lo escondiera entre las mantas del recién nacido.
Era media tarde y la mayoría de los feligreses habían regresado a sus aldeas, pero ellos se habían demorado demasiado para partir hacia Wigleigh, de modo que la familia decidió pasar la noche en la posada. Tal como su padre no dejaba de repetir, a pesar de las atribuladas peticiones de su esposa para que no lo hiciera, ahora se lo podían permitir.
—¡Que la gente no se entere de que tienes dinero!
Gwenda estaba rendida. Había madrugado y había recorrido un largo camino, por lo que se quedó dormida en cuanto se tumbó en su camastro.
La despertó un violento portazo. Asustada, al levantar la vista vio que dos hombres de armas irrumpían en la posada. Por un momento creyó que eran los espíritus de los hombres asesinados en el bosque, y el pánico se apoderó de ella unos segundos, pero enseguida comprendió que se trataba de personas distintas con el mismo uniforme bicolor, mitad amarillo y mitad verde. El más joven llevaba un atado de harapos que le resultó familiar.
—Eres Joby de Wigleigh, ¿verdad? —preguntó el mayor de ellos directamente a su padre.
El miedo atenazó la garganta de Gwenda. La voz del hombre estaba cargada de un contundente tono beligerante. No fingía, hablaba con total determinación, por lo que la niña tuvo la impresión de que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para cumplir lo que lo había llevado hasta allí.
—No —mintió su padre sin pensárselo dos veces—. Te has equivocado de hombre.
No lo creyeron. El más joven dejó el atado en la mesa y lo abrió. Dentro había dos túnicas bicolor, una mitad verde y la otra amarilla, que envolvían dos espadas y dos puñales.
—¿De dónde ha salido esto? —le preguntó a su padre, mirándolo directamente.
—No lo había visto nunca, lo juro sobre la cruz.
Aterrada, Gwenda pensó que era una estupidez negarlo; le sacarían la verdad como su padre había hecho con ella.
—Davey, el dueño del White Horse, dice que se lo compró a Joby Wigleigh —dijo el mayor en un inquietante tono amenazador.
El puñado de clientes que había en la posada se levantó de sus asientos y salió discretamente del local, dejando sola a la familia de Gwenda.
—Joby se fue hace un rato —respondió su padre a la desesperada.
El hombre asintió.
—Con su mujer, dos niños y un recién nacido.
—Sí.
El mayor reaccionó con súbita rapidez. Agarró a su padre por la camisa con una única mano y lo empujó contra la pared. Su madre gritó y el recién nacido rompió a llorar. Gwenda vio que el hombre llevaba un guante acolchado en la otra mano, cubierto por una malla metálica. Entonces echó la mano hacia atrás y golpeó a su padre en el estómago.
—¡Auxilio! ¡Asesinos! —gritó su madre.
Philemon se puso a llorar.
Su padre palideció de dolor y quedó inerme, pero el hombre lo sujetó contra la pared, impidiéndole caer, y volvió a golpearlo, esta vez en la cara. Joby empezó a sangrar por la nariz y la boca.
Gwenda hubiera querido gritar, y por eso tenía la boca abierta, pero ningún sonido le acudió a la garganta. Creía que su padre era todopoderoso, aun cuando ingeniosamente solía fingirse inútil o cobarde para ganarse las simpatías de la gente o para aplacar su enojo, y la aterrorizó verlo tan impotente.
El posadero, un hombre corpulento de unos treinta años, apareció en el umbral de la puerta que daba a la parte de atrás del establecimiento. Una rechoncha niña asomó la cabeza por detrás de él.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó el hombre con voz autoritaria.
El hombre de armas no se dignó mirarlo.
—Mantente al margen de esto —le advirtió, y volvió a golpear a Joby en el estómago.
El padre de Gwenda vomitó sangre.
—Detente —dijo el posadero.
—¿Quién te crees que eres? —preguntó el hombre de armas.
—Paul Bell, y ésta es mi casa.
—Muy bien, Paul Bell, será mejor que te metas en tus asuntos si sabes lo que te conviene.
—Supongo que crees que puedes hacer lo que te venga en gana sólo por llevar ese uniforme.
El desdén se dejaba entrever en el tono de voz de Paul.
—Tú lo has dicho.
—Bueno, ¿y a quién pertenecen esos colores?
—A la reina.
—Bessie, ve a buscar a John Constable —mandó a su hija, volviendo la cabeza hacia ella—. Si van a ajusticiar a un hombre en mi posada, quiero que lo presencie el alguacil.
La niñita desapareció.
—Aquí nadie va a ajusticiar a nadie —repuso el hombre de armas—. Joby ha cambiado de opinión y ha decidido llevarme al lugar en que robó a dos hombres muertos, ¿verdad, Joby?
El padre de Gwenda no podía hablar, por lo que asintió con la cabeza. El hombre soltó a Joby, quien cayó de rodillas, tosiendo y con arcadas, y miró al resto de la familia.
—¿Y el crío que presenció la pelea…?
—¡No! —chilló Gwenda.
El hombre asintió satisfecho.
—La niña con cara de rata, es obvio.
Gwenda se abrazó corriendo a su madre.
—María, madre de Dios, salva a mi hija —rogó su madre.
El hombre agarró a Gwenda por el brazo y la separó de su madre de un tirón. La niña gritó.
—Cierra esa boca o recibirás igual que el canalla de tu padre —le advirtió. Gwenda apretó las mandíbulas para dejar de gritar—. Arriba, Joby. —Lo levantó del suelo—. Cálmate, hombre, que vamos a dar un paseíto.
El más joven recogió las ropas y las armas.
—¡Haced todo lo que os digan! —gritó su madre, histérica, cuando salían de la posada.
Los hombres traían caballos. A Gwenda la sentaron delante del mayor y a su padre lo colocaron del mismo modo en la montura del más joven. Su padre no podía hacer nada, no dejaba de gimotear, así que fue Gwenda quien los guió. La niña, después de haber recorrido dos veces el mismo camino, lo recordaba con toda claridad. Avanzaron veloces a caballo, pero pese a ello empezaba a anochecer cuando alcanzaron el claro.
El más joven vigilaba a Gwenda y a su padre mientras el otro tiraba de los cuerpos de sus compañeros para sacarlos de los matorrales.
—Ese Thomas debe de ser un rival excepcional para haber matado él solo a Harry y a Alfred —opinó el mayor, mirando los cadáveres.
Gwenda comprendió que no sabían nada sobre los demás niños. De no haber estado tan aterrada como para haberse quedado muda, habría confesado la compañía de los demás y que Ralph había acabado con uno de los hombres.
—Casi le ha cortado la cabeza de un solo tajo a Alfred —comentó el hombre. Se volvió hacia Gwenda—. ¿Se dijo algo sobre una carta?
—¡No lo sé! —contestó, recuperando la voz—. ¡Cerré los ojos porque tenía miedo y no oí lo que decían! ¡Es verdad, te lo diría si lo supiera!
—De todos modos, si llegaron a quitarle la carta, la habría recuperado después de matarlos —le dijo el hombre a su compañero. Miró hacia los árboles que bordeaban el calvero, como si pudiera estar esperándolo entre las hojas secas—. Seguramente la guarda en el priorato, donde no podemos llegar hasta él sin violar el suelo sagrado del monasterio.
—Al menos podemos informar con más exactitud de lo que ha pasado —repuso el otro— y llevarnos los cadáveres para darles cristiana sepultura.
De repente se produjo una pequeña refriega. El padre de Gwenda se zafó del brazo del hombre que lo retenía y echó a correr hacia el bosque. Su captor fue tras él, pero su compañero lo detuvo.
—Déjalo ir, ¿para qué íbamos a matarlo ahora?
Gwenda empezó a llorar quedamente.
—¿Qué hacemos con la niña? —preguntó el joven.
Gwenda estaba segura de que iban a matarla. No veía nada a través de las lágrimas, y sollozaba demasiado fuerte para suplicar por su vida. Moriría e iría al infierno. Esperó el final.
—Deja que se vaya —decidió el mayor—. No vine a este mundo a matar niñas.
El joven la soltó y le dio un empujón. Gwenda trastabilló y cayó al suelo. Se levantó, se secó las lágrimas para poder ver y se alejó tambaleante.
—Vamos, corre —dijo el hombre a su espalda—. ¡Es tu día de suerte!
Caris no podía dormir. Se levantó de la cama y entró en la alcoba de su madre. Su padre estaba sentado en un taburete, contemplando la figura inmóvil de la cama.
Su madre tenía los ojos cerrados y una película de sudor hacía brillar su rostro a la luz de las velas. Casi no se oía su respiración apagada. Caris le cogió una pálida mano; estaba muy fría. La sostuvo entre las suyas para que entrara en calor.
—¿Por qué le sacaron sangre? —preguntó.
—Creen que la enfermedad a veces se debe a un exceso de uno de los humores y esperan sacarlo con la sangre.
—Pero no ha mejorado.
—No. En realidad, parece peor.
Las lágrimas acudieron a los ojos de Caris.
—Entonces, ¿por qué se lo has permitido?
—Los sacerdotes y los monjes estudian las obras de los antiguos filósofos. Ellos saben más que nosotros.
—No lo creo.
—Es difícil saber qué creer, mi rosita.
—Si yo fuera médico, sólo haría cosas que pusieran buena a la gente.
Su padre no la escuchaba, estaba concentrado en su madre. Se inclinó hacia delante y deslizó la mano bajo la manta para tocarle el pecho justo por debajo del seno izquierdo. Caris distinguió la forma de su manaza bajo la fina lana. Su padre ahogó un sollozo, movió la mano y apretó con mayor firmeza, deteniéndose, como si esperara algo.
Cerró los ojos.
Se dejó resbalar lentamente hacia delante hasta quedar de rodillas junto a la cama, como si rezara, con la frente sobre el muslo de su esposa y la mano en su pecho.
Caris comprendió que estaba llorando. Jamás había presenciado nada más aterrador que aquello, mucho más que ser testigo de la muerte de un hombre en el bosque. Los niños lloraban, las mujeres lloraban, los débiles y los desahuciados lloraban, pero su padre jamás. Creyó que el mundo tocaba a su fin.
Tenía que ir a buscar ayuda. Soltó la fría mano de su madre y ésta resbaló inerte sobre la manta, inmóvil. Regresó a su dormitorio y zarandeó a la dormida Alice para que despertara.
—¡Tienes que levantarte!
Alice no abrió los ojos.
—¡Padre está llorando!
Alice se incorporó.
—No es posible —dijo.
—¡Levántate!
Alice salió de la cama. Caris tomó la mano de su hermana mayor y juntas entraron en la alcoba de su madre. Su padre se estaba levantando y, con la cara bañada por las lágrimas, contemplaba el rostro sereno sobre la almohada. Alice se lo quedó mirando, paralizada.
—Te lo he dicho —le susurró Caris.
Su tía Petranilla estaba al otro lado de la cama.
Cuando Edmund vio a las niñas en la puerta, se separó de la cama y se acercó a ellas. Las rodeó con los brazos y las estrechó contra él.
—Vuestra madre está ahora con los ángeles —dijo en voz baja—. Rezad por su alma.
—Sed valientes, niñas —dijo Petranilla—. De ahora en adelante, yo seré vuestra madre.
Caris se secó las lágrimas y miró a su tía.
—Ni lo sueñes.
6
l día de Pentecostés del año en que Merthin cumplió los veintiuno, llovió a cántaros sobre la catedral de Kingsbridge. Enormes goterones rebotaban contra el tejado de pizarra, las alcantarillas estaban inundadas, el agua salía a borbotones de las bocas de las gárgolas, las cortinas de lluvia se desdoblaban sobre los contrafuertes mientras caudalosos regueros recorrían los arcos y se derramaban por las columnas, calando las estatuas de los santos. El cielo, la gran iglesia y los alrededores de la ciudad no eran más que manchurrones grisáceos de pintura fresca.
El día de Pentecostés conmemoraba la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesús, el séptimo domingo después de Pascua, por mayo o junio, poco después del esquileo de la mayoría de las ovejas de Inglaterra, motivo por el cual coincidía con el primer día de la feria del vellón de Kingsbridge.
Merthin tuvo que atravesar la feria para llegar a la misa de la mañana en la catedral, chapoteando bajo el aguacero y tirando de la capucha hacia delante, sobre la frente, en un vano intento por no mojarse la cara. En el ancho prado al oeste de la iglesia, cientos de comerciantes habían dispuesto esos mismos tenderetes que ahora estaban cubriendo a marchas forzadas con sábanas de arpillera aceitada o fieltro para resguardarlos de la lluvia. Los mercaderes de lana eran las figuras clave de la feria, desde los pequeños laneros que recogían la producción de unas cuantas aldeas desperdigadas a los grandes comerciantes, como Edmund, que poseían un almacén lleno de sacos de lana preparados para su venta. A su alrededor se agolpaban tenderetes adicionales donde se vendía casi todo lo que el dinero podía comprar: vino dulce de Renania, brocados de seda tejidos con hilo de oro de Lucca, recipientes de cristal de Venecia, jengibre y pimienta de lugares recónditos de Oriente que pocos conocían. Finalmente estaban los proveedores habituales de todos los días, los que cubrían las necesidades básicas de los visitantes y los dueños de los puestos: panaderos, cerveceros, confiteros, adivinos y prostitutas.
Los tenderos respondieron a la lluvia con gran disposición de ánimo, bromeando unos con otros e intentando crear un ambiente festivo, a pesar de que el tiempo supondría un descalabro para sus finanzas. Había gente obligada a hacer negocios lloviera o tronara, como los compradores italianos y flamencos, que necesitaban la suave lana inglesa para miles de atareados telares repartidos por Florencia y Brujas. Sin embargo, los clientes más esporádicos se quedarían en casa: la esposa del caballero se convencería de que podía pasar sin nuez moscada o canela, el próspero campesino estiraría su viejo abrigo un invierno más y el letrado decidiría que su amante no necesitaba una pulsera de oro.
Poco iba a comprar Merthin sin dinero en los bolsillos. Era aprendiz sin sueldo y vivía con su maestro, Elfric Builder. Comía en la mesa con el resto de la familia, dormía en el suelo de la cocina y vestía la ropa vieja de Elfric, pero no recibía paga. En las largas tardes de invierno, tallaba ingeniosos juguetes que vendía por unos pocos peniques —un joyero con compartimientos secretos, un gallo que asomaba la lengua cuando se le apretaba la cola—, pero en verano no le sobraba tiempo para nada, pues los artesanos trabajaban de sol a sol.
Con todo, el período de aprendizaje estaba a punto de concluir. En menos de seis meses, el primer día de diciembre, cumpliría veintiún años y ese mismo día pasaría a convertirse en miembro de pleno derecho del gremio de carpinteros de Kingsbridge. No cabía en sí de emoción.
Los portalones del ala oeste de la catedral estaban abiertos para facilitar la entrada a los miles de feligreses, ciudadanos de Kingsbridge y visitantes que asistirían a la misa de ese día. Merthin entró y se sacudió el agua que le mojaba las ropas. El suelo de piedra estaba resbaladizo, salpicado de lluvia y barro. Cuando el tiempo acompañaba, los rayos de sol que se colaban en su interior iluminaban la iglesia, pero ese día tenía un aspecto lúgubre, las vidrieras no permitían el paso de la luz y los feligreses estaban envueltos en la oscuridad, empapados.
¿Adónde iba toda esa agua de lluvia? No había zanjas alrededor de la iglesia para canalizarla, así que el suelo debía absorberla, miles y miles de litros de agua. ¿Se adentraría en la tierra cada vez más hasta que volvía a caer en forma de lluvia en el infierno? No. La catedral se había erigido en una ladera. El agua corría bajo tierra, filtrándose a lo largo de la colina, de norte a sur, por lo que los cimientos de los grandes edificios de piedra estaban diseñados para que fluyera a través de ellos. Si hubieran hecho un dique de contención habría sido peligroso. Con el tiempo, el agua de lluvia alimentaba el cauce del río en la linde meridional de los terrenos del priorato.
Merthin se imaginó sintiendo en las plantas de los pies las resonantes vibraciones que la corriente de agua subterránea transmitía a través de los cimientos y las losas del suelo.
Una perrita negra se acercó correteando hasta él, meneando la cola, y lo saludó alegremente.
—Hola, Trizas —la saludó Merthin, dándole unas palmaditas.
Al levantar la vista, vio a la dueña de la perra, Caris, y el corazón le dio un vuelco.
Caris llevaba una capa de color rojo vivo que había heredado de su madre, la única pincelada de color en la penumbra. Merthin sonrió de oreja a oreja, feliz de verla. Habría resultado difícil decir qué la hacía tan bella; tenía una cara redonda de rasgos proporcionados y regulares, cabello castaño y ojos verdes con motas doradas. No se diferenciaba demasiado de otras tantas jóvenes de Kingsbridge, pero llevaba el tocado inclinado en un ángulo desenfadado, se adivinaba una inteligencia burlona en sus ojos y lo miraba con una sonrisa picarona que prometía inciertos aunque seductores placeres. Se conocían desde que eran niños, pero apenas hacía unos meses que se había dado cuenta de lo enamorado que estaba de ella.
Caris lo atrajo detrás de una columna y lo besó en la boca. Recorrió sus labios con la punta de la lengua.
Se besaban en cuanto se les presentaba la ocasión: en la iglesia, en el mercado, cuando se encontraban en la calle y, lo mejor de todo, cuando la visitaba en su casa, a solas. Vivía únicamente para esos momentos. Besarla era su último pensamiento antes de irse a dormir y el primero al despertar.
Acudía a su casa dos o tres veces por semana. El padre, Edmund, lo apreciaba; lo contrario de su tía Petranilla. Edmund, un hombre muy sociable, solía invitar a Merthin a cenar, ofrecimiento que
