Con la oscuridad cayendo desde las alturas del Tacaná, Ximenus Fidalgo alza el rostro hacia los ojos de los Cristos colgados en las paredes del consultorio. Sabe que hoy es noche de viaje y que cuando el ferrocarril parte, ese viaje agita las aguas del río y trastoca la vida en la frontera.
Ximenus precisa echar a un lado todo lo que es ajeno a ese próximo movimiento del ferrocarril. Necesita traspasar los ruidos del aire enredados en los olores del pueblo. Ir más allá, meterse en las luces ojerosas de las farolas de las calles alrededor de los patios ferroviarios. Colocar su visión en las decenas de migrantes que esperan el sonido del silbato del tren para abandonar el lindero de la selva donde por horas se refugiaron esperando este momento.
Las miradas fijas de Cristo y de Ximenus ven a hombres y mujeres avanzar viboreantes por las callejuelas terregosas hacia las casuchas cercanas al edificio que alguna vez sirvió de estación. Los cuerpos doblados se desfiguran más al pasar bajo las luces de burdeles y cantinuchas. Se escuchan las respiraciones ardorosas. En voz baja los migrantes se animan unos a otros. Se electrizan con los siguientes silbatazos. A distancia rodean al ferrocarril que fuellea lento para absorber la fuerza que usará en un viaje humoso iniciado en esta frontera con un resuello final a casi mil kilómetros al norte, en el otro mar, el de la Vera Cruz.
Ximenus sabe que las sombras que ahora cercan al ferrocarril esperan el momento necesario para abordarlo mientras zigzaguean entre los desperdicios, sobre zacate y piedras, librando el mordisco de las ramas, afirmando la largueza del tranco en las cercanías del ferrocarril humoso, rojizo, largo en sus decenas de carros que transportaron natas químicas, polvos de cemento gris, harina cuyos residuos se desparraman en oleadas de viento, litros de aceite oscuro metido en cilindros plateados, ahora cerrados espacios vacíos todos, que usarán los migrantes que aún no se trepan a los furgones en que viajarán colgando de las escalas, en el hueco de entre los vagones, sobre los techos si es que alguien puede llegar a las alturas.
Pero aún nadie ha subido al tren. Todo tiene su tiempo y el del abordaje no ha llegado. La tensión soterrada sube cuando el convoy anuncia el inicio del viaje.
El fulgor lunero protege a los cientos que desparramados empiezan a correr al parejo de la mínima velocidad del tren cuya punta sale del pueblo clavando el ojo de luz en la soledad de la selva. Las sombras múltiples deshacen el semicírculo formado por sus cuerpos y a trancadas se acercan al ferrocarril, hasta que una de ellas, la de sobrada fiereza o la más desesperada, la de temor hirviente o la de mayor cercanía, y después el resto, se trepe al convoy de hierros.
Ximenus siente a la oscuridad excitarse con el movimiento de las sombras. Sabe que durante el trayecto el tren se detendrá tantas veces como estaciones existan, o como la policía migratoria lo decida, o como los tatuados lo ordenen para atajar a los que no conocen el poder de las aguas del río llamado Satanachia.
Los ojos de Cristo y de Ximenus no cambian su expresión mientras arriba de los carros de hierro se inicia el combate por obtener un mejor sitio. Se pistonean los pujidos. A un hombre se le desfigura el rostro por la patada lanzada desde una posición más alta en el ferrocarril.
Se escucha el desliz de los lamentos. Las amenazas y ofertas. Todo en voz baja, como si fuera un pacto nunca acordado.
Se escuchan los golpes que otro recibe en las manos sangrantes para desprenderlo de su asidero. Ahí, la pelea que uno sostiene contra los jalones a su ropa para quitarlo de la escalera. Allá, los golpes que recibe un tórax pegado al latido del que le dispara los puñetazos mientras el dolor se esconde en el bufido que defiende su posición.
Ximenus y los Cristos ven el ángulo de los codazos punzantes por obtener los mejores lugares, o si el desplazado por un cabezazo, ahora tumbado junto al terraplén del camino, fue el mismo que minutos antes fumara el último cigarrillo compartido.
Nadie más que Ximenus recordará si esa mujer, la que extiende la mano para trepar al movimiento del tren y no halla por dónde, es la misma que durante la espera, y desde la timidez de su rostro, contara parte de su vida.
Nadie más recordará a aquel otro hombre, el mismo que en la espera tras los muretes del burdel de la esquina recordara los afectos del paisanaje y después un manotón le impidió colgarse de alguna esquina sin conseguir unirse al triunfo de los guerreros que, salidos de las sombras, se han logrado asir untándose a lo corrugado de las paredes y así viajar los mil kilómetros que faltan para llegar hasta la Vera Cruz, a donde muy pocos han llegado porque el trayecto es enorme y las dificultades sin número, los calores ardidos, las sierras sin frontera, las neblinas hondas, el país acechando para tumbar del tren a los migrantes.
Hasta los dominios de Ximenus Fidalgo llega el sonido del silbato unido a los ruidos que el tren despide como si despertara de una siesta muy larga. Son los pitidos finales antes de que el cabuz deje atrás las cercanías de la estación de Ciudad Hidalgo. Es la señal del último momento posible para trepar al tren o quedarse de nuevo junto al Suchiate-Satanachia en espera de otros intentos.
Ximenus sabe lo que sucederá a lo largo del viaje. Desde la semisombra de su consultorio puede ver persecuciones, atracos, romances, huidas y mucha sangre, pero esa cinta de oscuridades a flor de viaje aún no la conocen aquellos a quienes la esperanza obliga a seguir corriendo tras las luces finales del convoy.
Tampoco lo saben los que han logrado adherirse y van ya dentro del viaje, sienten el bamboleo que por momentos aumenta haciendo más difícil sostenerse en las grietas del hierro, en las escaleras rasposamente hollinosas, en la angustia retemblante del espacio entre vagón y vagón, en lo estrecho que son ahí los sostenes, en la suicida terquedad de no dejar su espacio golondrinero.
Ximenus ve a los que van sobre el tren. Percibe la envidia que aflora desde las otras sombras que, corriendo a los lados, siguen en su terco empeño de subirse, evitando el jirón de los arbustos, los desniveles del suelo, el filo de los peñascos, y con doble revire en las acciones buscan con vista y tacto un lugar donde quepa la mano, un resquicio donde introducir el pie, un brazo de auxilio, un jadeo menos opresivo, un aliento a los pulmones que se rebelan, un grito más hondo que penetre a la insensibilidad del tren marcado por las linternas del último de los carros oscilando por la prisa que aumenta al penetrar al rumor de la selva, caliente aún a esa hora de la noche.
El tren incrusta su frente en la oscuridad que enmarca el trazo de los árboles. Arriba, ellos afirman sus posiciones buscando la mínima posibilidad de adquirir una mejor. El olor de los furgones vacíos y el revolotear de los desperdicios recuerdan las mercancías que transportaron. Ni siquiera el viento que despide los rencores de la selva amansa el calor del esfuerzo. Atrás, las luces del pueblo que les dio cobijo hacen guiños con el traqueteo. Al frente, el norte sin saber dónde se inicia.
Los migrantes sólo saben de lo largas que serán las noches. Ruegan por tener la suficiente fortaleza para seguir aferrados a su reducto, que defenderán con malévola fibra. Como lo hacen al atardecer las aves en los árboles, temen a todo aquello que altere el orden establecido. Durante la espera terrestre aprendieron los apelativos de algunas de las estaciones donde el tren se detendrá. Han repetido la fama de los trechos que habrán de cruzar: nombres que antes, salvo el de Chiapas, les eran ajenos: Oaxaca, y por fin Veracruz, al amparo de la cruz.
Veracruz que es símbolo, también un puerto y al mismo tiempo un territorio. Un puerto junto al Golfo de México, igual al título del país por donde el tren corre como si fuera aprendiendo a caminar igual a ellos, los que no saben del rosario de trampas en las estaciones, comenzando en una a la que le dicen La Arrocera.
Ellos son extranjeros que nunca han olido esas brisas nocheras ni los peligros que cargan desde los primeros momentos, porque más adelante, o ahí mismo, en alguna cuesta, en cualquier curva, el ferrocarril va a ser detenido por los hombres de la ley, no sombras sino realidades, armados con pistolas y placas y toletes y furia, y van a cobrar cara su osadía, a aprehenderlos, a meterlos en prisiones estrechas, a devolverlos a sus patrias, a quitarles lo que tienen, a reclamar violentos la insolencia de irrumpir en un país desconocido que es necesario cruzar para colarse al otro más al norte del norte.
Al rozar los contornos de los crucifijos, Ximenus Fidalgo va mirando la historia que dialoga con los ojos del Cristo. Desliza los pasajes mientras se pierde en la mirada del inmenso redentor colgado frente a su mesa de plegarias. Percibe los olores y los ruidos del tren y lo que sucederá durante el viaje: La perforación de los mosquitos del dengue. Las pulgas. El mordisco de las ratas. El hambre sin tapujos. La terquedad de las niguas entre los dedos. Lo que las ruedas de hierro apachurrarán cuando alguno de ellos se canse y caiga. Lo que harán los maras tatuados.
Ximenus sabe eso y más. Sabe del arco de la vida. De los territorios insoñables. Cómo y dónde actúa la Mara Salvatrucha.
Ximenus lo sabe, pero no los que viajan. Los que van adentrándose a una tierra que es de paso. A un país que huele extraño. A una oscuridad que lame y grita y espanta y que no se ilumina con los rezos.
Ellos, los migrantes, pese a los dichos que circularon en las horas previas al abordaje, desconocen casi todo. Las consejas y leyendas dividen las creencias que no tienen sustento.
¿Qué cuentero más hábil —de esos que charlan mientras muerden carne de coco, a pellizcadas arrancan trozos de pescado frito, a buches gozosos beben cerveza helada, lían tabaco fresco— puede enhebrar una historia parecida?
¿Qué contador de relatos podría inventar uno donde narre que a los lados de este mismo ferrocarril de avanzar asmático por entre la selva ajena, seres de tatuajes enramados en el cuerpo y lágrimas estáticas viajan por senderos oscuros esperando que el tren se detenga?
Los migrantes, que lucharon como si en ello les fuera la vida y ahora respiran con tranquilidad momentánea, tampoco han descubierto que disimulados entre los hierros y la oscuridad, mezclados entre ellos, en alguna parte de este tren ruidoso y trampero, van algunos de esos seres con el cuerpo oculto para no ser reconocidos y atacarán en los exactos lugares en que la ley espera.
Ninguno de los viajeros sabe que esos seres llegados de los mismos pueblos de abajo de Tecún Umán se esconden tras las líneas que configuran sus tatuajes. Los caminantes del igual sur del sur no conocen la fiereza de unos colmillos ocultos, salivando el momento preciso, que no tardará en llegar.
Qué se van a imaginar los horizontes que cruza el camino largo, ni que en cada rejuego está la caída, la pérdida de los brazos, las piernas cortadas, la deportación, la cárcel, el ulular de las anfetaminas y el polvo de la coca. No lo imaginan porque es más terrible regresar hacia sus países quemados que sufrir las desventuras hacia el norte.
Aún falta la numeración traquetosa del avance rueda a rueda. Todavía no han llegado a las estaciones abandonadas. No han visto los ojos de los animales ni las lluvias sin final, ni siquiera han saboreado la totalidad del hambre, la desolación y el abandono. No conocen lo que cada kilómetro les irá diciendo en estas sus historias, mil como mil los kilómetros que Ximenus sí conoce, pero los demás, los que viajan aferrados al tren, esos aún no lo saben.
¿Quién es capaz de navegar en los adentros de una guaracha que retiembla en la habitación oscura? Sólo quien tumbado en sus dudas la escucha en la hamaca, oyendo ritmos iguales todo el tiempo.
La música trepa en el olor a mierda de la calle. Rebasa la masculinidad del nombre del hombre de la hamaca. Del nombre de él, que es Nicolás. Masculino. Nada de Nicolasa, que sólo es una guaracha oída alguna vez en los cabaretes del rumbo.
Nicolás. Sí, Nico. Más bien, don Nico. Ese es el nombre de él. Nicolás, don Nico, quien da oídos a: Nicolasa, dime dime qué te pasa.
…meterse desde la Avenida 3: ahí, a un lado, muy cerca de donde él está mirando la pantalla del televisor con las rayas y los ruidos súbitos de la guaracha que no sabe si su título es Nicolasa o se trata de otra de las estridencias que requiebran durante todo el santo día por las calles del pueblo.
Las mismas o parecidas que cubren la noche sin ser amansadas por la brisa del Suchiate en su correr de agua a unas calles de su casa, entre los dos países: el suyo después del río, y este otro que sin ser suyo es parte de su vida sin serlo, porque los guatemaltecos no quieren a los mexicanos, y él no es cachuco aunque use la manera que ellos tienen y sepa de sus zalamerías cuando quieren obtener algo: un préstamo, un trago o algo más importante: una visa, una vida.
Visa y vida, tan juntas las letras. Tan obvias. Tan brillantes las miradas de los que buscan con ahínco la visa. Esos cachucos que cortan la conversación y miran de ribete amargo a los mexicanos, y don Nico lo es, nació en el país del otro lado del río que corre cerca de su casa, de su hamaca, de los alacranes en el techo, de las cucarachas en el piso, del televisor con las imágenes desteñidas por las rayas.
Nicolasa —cree percibir el nombre de la guaracha—… Nicolasa, dime dime qué te pasa…
¿Alguna vez él le entregó alguna visa a una mujer que así se llamara?
Quién lo sabe.
¿A cuántas personas les entregó visas sin cobrar en dinero lo que ahí se cobra por documentos que no tienen ninguna seguridad de pasar por buenos?
Entregó la visa sólo por meter los ojos en el cuerpo de una chiquita.
¿Sólo por eso, don Nico?
El pago fue más del alma. El alma no tiene precio. El alma de una Nicolasa que puede ser cualquiera de las que pululan de día y se desparraman como sombras por las noches en Tecún Umán o por las riberas del río.
¿Qué aspecto podría tener alguien que se llamara Nicolasa?
¿Pudiera ser alguna morena de caderas que botan en su ir y venir entre los dos países?
¿O la rubia madurona de diente brillando como el río a la luz del mediodía?
¿Quizá la jovencita de ojos caídos, faldita corta desteñida?
¿La madre de unos niños que la esperan en la calle?
¿La pintarrajeada cachuca que masca chicle mientras le dice en voz baja de los gritos que le hará que se eche si la deja hacer lo que en susurros le matiza?
Las visas son las vidas. Las requieren para subir hacia la otra frontera. Las vidas son el pago de las visas. ¿Quién es el poderoso para negarlas?
Él no. Él no quiso tomar el papel de Dios que es dueño de un terreno diferente al de la frontera. Don Nico no puede suplir a nadie, y menos a alguien tan poderoso. Por eso las visas las dio sin alharacas. Cuidó que el dinero ganado nunca se floreara en tonterías. La tentación de sentir el poder del invite o la altanería del que trae los pesos a flor de bolsillo es mucha, pero don Nico fue cauto.
Cualquiera sabe que en estas tierras a quien ha logrado un seguro para los tiempos malos, y que torpemente verboso lo galanea, alguien más fuerte, y de un solo golpe, le tumba la relumbrera. Sabe que tiene que guardar no sólo los recuerdos sino los amarres para lo que venga. Así dio las visas. Con discreción en el pago y en el gasto, aunque ¿quién de la Secretaría le iba a decir algo? ¿Quién, si el mundo entero se inicia de ahí a miles de kilómetros? Nadie, porque la Secretaría no utilizó ese dato para perjudicarlo; fue la sombra de los asesinatos lo que lo tumbó del puesto.
Pero a los tatuados nunca les dio papel alguno. Chacales paridos de la oscuridad. A ésos los evita si se atraviesan en su camino. Percibe sus ojos en la negrura de los bailaderos. Oye su voz en el pitido del tren. En la estación donde tienen su madriguera. Para ellos la visa no es vida, es la calavera del demonio. Nunca hizo eso y tampoco tuvo nada que ver con la noche en el Carrizal. Eso bien lo sabe, aunque haya gente que lo dude.
Y se mete al ruido de la calle. A la guaracha que cubre tatuajes. De existir alguien con el nombre de la guaracha sabría que don Nico es mexicano por más que haya vivido años en Tecún Umán y sólo un par de meses haya viajado al Distrito Federal. Dos meses y ni siquiera seguidos. Sesenta días que no tienen validez contra los 3,650 de diez años, sin que contabilice las ocasiones en que fue a Tapachula, porque eso no es el Distrito Federal.
Tapachula es parte de su esfera, es de ahí, es del hemisferio de ellos: de él y de los guatemaltecos que atascan las calles de esa ciudad mexicana, tan diferente a como la vio la primera vez que llegó en el ferrocarril que entonces también era de pasajeros y se bajó en la estación, asustado por el calor, los verdes lapidarios del paisaje y por los olores tan distintos a sus conocidos.
Tapachula se hace lejano aunque esté a cuarenta kilómetros de carretera: trazo de línea que se mete en la selva y pasa por los pueblos y sus apelativos que don Nico se tuvo que aprender uno a uno en ese territorio del Soconusco tan lleno de giros, de mentiras, de historias ciertas o leyendas como la que se cuenta, ¿verdad cónsul don Nicolás?, sobre don Miguel de Cervantes Saavedra sujeto a calores y enredijos que jamás se enteró que existieran, pues su imaginación desbordada nunca tuvo siquiera la oportunidad de construir un paisaje de molinos en el entorno selvático que tanto desconcertó al cónsul Nicolás cuando bajó en la estación hoy rota, basural, refugio de canallas tatuados, llena de mierdas humanas, días antes de que en la hamaca, ya en Tecún Umán, una vez que su antecesor le entregara la oficina con la responsabilidad de sus tres empleados, leyera que la historia, tímida, dice que Cervantes, estando en Sevilla y en medio de brutal depresión, pidiera el cargo de gobernador del Soconusco.
—Carajo —se dice don Nico en contra de su costumbre de no decir palabras duras—, don Miguel no sabía lo que estaba pidiendo, a dónde diablos se iba a ir a meter.
Al leerlo varias veces, el cónsul de México en la población más al norte de Guatemala supo que el simple hecho de vivir en ese pueblo en algo lo hermanaba con el creador del Quijote, que quizás en ninguna de sus obras hubiera inventado algún personaje llamado
…Nicolasa, dime dime qué te pasa…
…y eso es lo que dice la guaracha que no lo deja dormir, que lo mantiene engarruñado en la casa de la Avenida 3, muy cerca de la Calle de Las Barras, donde están los bailaderos, la apretada retahíla de burdelitos: el Gitanos’s, el Oro Mascado, el Maracaibo, el Tijuanita, donde reconoció a la hondureña Sabina, la del cabello crencho, la de los pies finos. Eso y más, todo eso del lado del sur, junto al Suchiate que mece sus aires y lo tiende en la hamaca vestido con una piyama deshilada y sucia, a él, a don Nicolás Fuentes, excónsul…
…no, no, por favor nada de ex…
…él será siempre el cónsul de México en Tecún Umán, jubilado de la Secretaría de Relaciones Exteriores apenas hace un año.
¿Jubilado? ¿Esa sería la palabra?
Hace más de un año fue lo del Carrizal. Nada de tiempo en comparación a los diez que ocupó el cargo en esa misma población que lo vio caminar por las calles llenas de hoyos, de olores que él identifica como si fueran parte de su cuerpo sin bañar, con la pestilencia de los orines y el sudor que se clava en la piyama de don Nico, que sabe que tiene que comer aunque la pereza lo aplaste en la hamaca y el televisor lo hunda en esa imagen incompleta, enredada en los ruidos de la estática y las rayas de la visión de hechos que están sucediendo en alguna parte del mundo y que el cónsul no comprende por qué se cuelan entre la guaracha que no cesa y en la imagen que no se construye por más que Coquimbo haya venido a poner en su sitio la antena con la consigna de que
…cuando llegue bolo, don, no le agarre la clavija…
…cuál clavija, Coquimbo…
…si él no sabe de aparatos, menos de darle sentido a la imagen que pasa y pasa y pasa y hace que sus ojos se mareen en la visión, se apelmacen en el cansancio peor que en la mañana de ayer en que salió a la plaza principal a buscar a uno que dicen es amigo de Jovany para que le vendiera la tercera pistola del mes.
Una cada 10 días.
Iguales los años de trabajo a los días que no pasan, porque don Nico no ve los sucesos en los noticiarios; nada quiere saber de noticias de muertes, con lo del Carrizal ya tuvo suficiente, y si no quiere ver los noticieros nada sabe de México tan cerca y tan rayado en la pantalla del televisor derrumbado como don Nico, quien siente que es hora de irse, que ha llegado el tiempo, la voz de Ximenus lo ha confirmado, que las nubes marcan caminos hacia el norte porque la sangre del Carrizal le llena la cabeza y tres han sido los robos en un tiempo tan corto; tres cuando antes nadie se hubiera atrevido ni siquiera a pensarlo, quién iba a meterse contra el cónsul de México que decidió quedarse ahí, no regresar como lo hicieron sus antecesores y él no, don Nico se aferró al umbral de la selva, a la pestilencia de las casuchas donde duermen enredados los puercos y los niños, al ruido de los balazos, al calor sin sombra, a la rabia escondida bajo la calma de las tardes.
Aferrado a eso por no querer penetrar en directo a la historia de los hombres tatuados, semidesnudos, dispuestos a hendir hasta el silencio, de odio encanijado, de muerte en los ojos. Tampoco a los alijos de cocaína, por más que Julio el Moro Sarabia, y el Burrona, cada quien por su lado, lo camelaran, lo siguieran por meses para decirle que no fuera tonto:
…don, el gobierno ni se da cuenta…
Y no, el cónsul no iba a transar en lo de la droga, otra cosa son las visas, eso da más que suficiente, ni con droga ni con los transbordos de armas que siempre supo que corrían como si fueran flores navegando por el río que taja a Ciudad Hidalgo y Tecún Umán, donde fue testigo de tantas cosas a lo largo del tiempo: el cambio de billetes en la plaza de armas, las trifulcas en las esquinas, la realidad en los negocios disfrazados, el cuartel lleno de soldados niños que encerrados como presos jamás intervenían en los asuntos del pueblo y desde adentro de las instalaciones militares miraban a la gente como perros ajenos al corral propio, la ausencia de policía en las calles…
…pa qué la ley, esos nomás quieren su mochada…
…era el decir del pueblo y de don Nico, como parte del territorio, y por más cónsul que fuera, nunca quiso ni pudo cambiar la vida ni borrar la ira de los que llegaban a manadas del sur, llegaban y llegan a todas horas.
De todo ha sido testigo, menos de aquello por lo que su nombre se llenó de estiércol sin poder hacer nada, porque ni siquiera los vaticinios de Ximenus son capaces de amansar a la muerte o de detener a los inmigrantes, lo sabe don Nico, porque hay cosas que no tienen remedio y él no va a luchar contra lo que es imposible.
Él jamás cobró en exceso por lo de las visas y siempre lo pensó dos veces al poner su firma por una acostada con las niñas que se le ofrecían ahí mismo, o en su oficina con clima artificial, cuando tenía oficinas hace un año, ha contado uno a uno los meses, los ha visto pasar en el sobre de la pensión que le depositan en el Banco de Ciudad Hidalgo, allá mismo, enfrente, pasando el río, del lado de su país que ahora olfatea con el rostro alzado porque Sabina anda en la niebla del tiempo.
¿La muchacha se habrá largado de regreso a la escandalera del Monavento? ¿De nuevo se marchó a trabajar en el Ranchito? ¿Lleva viajando días en el tren cuyo silbato escucha en los anocheceres? ¿Será cierto que la contaban como uno más de los cadáveres del Carrizal? ¿Alguna vez le dio una visa a Sabina y hace años que está ausente?
No está seguro. ¿No lo sabe? Cierra los ojos, escucha el silbato que como culebra cruza la frontera y deja su pitido en las luces de Tecún Umán que se estremece, se retuerce, se calienta al oír los trancos de los que corren para alcanzar el tren largo, de hierro sucio, rojizo como demonio, que puja y jala bufido a bufido para ir hacia el norte, hacia donde Sabina Rivas dijo siempre que se debía ir, y de no poder hacerlo era preferible que la enterraran en Tecún a regresar al barrio de Suncery de San Pedro Sula.
El cónsul recién bañado, vestido con saco de lino blanco, espantando al calor con el abanico del sombrero, mira a la mujer sentada a su lado.
—Prefiero que me entierren aquí —masca Sabina dejando ver los muslos ardidos por las luces neón del Tijuanita. El aliento es de cerveza y cebolla, de amareto y popusas tiernas, de carne de coco y plátano machacado. La mujer se estira. Se aprieta. Hace galopar los dedos en la mesa redonda. Mueve las manos. El corte de la camiseta cubre apenas el pezón de un pecho caoba que refleja y tiñe el baile de otra mujer desplegado en la pasarela.
El cónsul, don Nicolás Fuentes, soba apenas el saco, abanica al calor con el sombrero jipijapa, sentado frente a la mesa bebe en silencio. Escucha el ir y venir de las palabras de la hondureña que sin fijarse, o a propósito, lo mismo da, toma cerveza Gallo o de los vasos de plástico que Ruperto, El Ecua, va poniendo sobre la mesa y don Nico sabe que es una revoltura de amareto y agua mineral.
Don Nico ahonda en la horrenda combinación de cada trago en que se halla el valor de las fichas acumuladas frente a Sabina Rivas, quien juega con los plásticos redondos sin importar que al final de la noche algunos hayan caído al suelo, o que las chicas al pasar se los embolsaran.
Pero para eso está el cónsul, para cuidarla de la rapiña y, sobre todo, para escucharle la queja repetida, la misma historia recalentada que esta noche parece pudiera salir más allá de los frenos que la misma bailarina le ha puesto a lo largo de las copas.
El cónsul mexicano lleva horas oyendo los lamentos y maldecires que la catracha levanta sobre el ruido de la música disco. Ella ha repetido la historia de la mamá de una amiga suya que cada vez que le llegaba el periodo decía que esa sangre chorreaba como una maldición al marido por sus golpes y borracheras.
Sabina alza la voz sobre la del locutor que glorifica las curvas de cada una de la veintena de chicas con nombres de estrellas que se mueven medio desnudas por el bailadero en que Sabina habla a gritos:
—No don, yo no me cambio de nombre porque al rato van a querer que me cambie la vida…
Y su vida es de ella sola, de Sabina Rivas, a mucho orgullo, de ella que tiene que dejar su charla y subir al escenario. En esta noche por tres ocasiones ha bailado. Ha esperado en el vestidor oscuro atrás de la pasarela para oír que Peredo anunciara con el mismo tono de voz el paso de las chicas y al preciso silencio de la música, oír y saber que es el momento de salir:
—El cuerpo señorial llegado de Panamá, la morena que ha sobrecalentado a media Colombia, la vestal que levanta olas de amor en Venezuela, la bella Sabina Sabia, que hace su arribo directamente a su centro preferido…
…el Tijuanita…
…y quitarse la ropa, usando la mirada sin matices, con la oscuridad del sexo como mancha rabiosa, sin siquiera pulsar los desfiguros que causa su baile entre los diez, doce hombres muy jovencitos, todos de gorra beisbolera, que esa noche borronean las mesas del Tijuanita, como la misma gente del pueblo, o los recién llegados, llaman a Tecún.
Tijuanita le dicen a Tecún Umán, igual al nombre del bailadero, del cogedero, del divertidero, del mejor centro nocturno del norte de Guatemala, como lo anuncia Peredo, salvadoreño que tiene contactos del otro lado de la frontera, en Cacahoatán, allá en Huixtla, en Pijijapan o Ciudad Hidalgo, allá en Tapachula…
¿Quién no tiene contactos en todas partes? ¿Quién no dice haber bailado en todo el mundo y ni siquiera conocer más allá de Tapachula?
…en el mero Tapachula para que me entiendan, niñas —dice el guanaco a las coristas que se apiñan junto a la pasarela deslavada por la luz de las horas muertas, las anima cuando percibe sonrisas incrédulas, las pulsa al escuchar murmullos, las arrebata de ilusiones de ir hacia el norte…
…del otro lado del Suchiate, todo es el norte…
…a Tecún Umán le dicen Tijuanita, que es el sur de este norte, porque el otro, el de verdad, está en Tijuana sin diminutivos, donde se halla la real espera antes de cruzar, dar el brinco al otro norte, al grande, al luminoso, al de los dólares, la Tijuana enorme que se traga a los que no saben.
…aquí es el sur, mis niñitas —se oye la voz de Peredo en un morder de disco rayado del mismo discurso cada vez que ayateadas por doña Lita, amansadas por doña Lita, llegan las chicas con los ojos de hambre del camino del sur, del sur de ese norte donde está Tecún Umán, o Tijuanita, mismo nombre del bailadero de luces moradas y amarillas, con la fila de cuartos cuadrados y pequeños, olorosos a venidas y vomitadas, esperando a los clientes en el traspatio, del lado contrario al letrero del sitio en que Nicolás Fuentes, cónsul de México, cuida de las manchas al saco de lino, y mantiene cerca el sombrero…
—Tejido en las cuevas de Békal, en Campeche, conocido como jipijapa, mis amigos…
…según dice cada vez que se lo pone, escucha las quejas de Sabina Rivas, quien nunca quiso cambiar su nombre por el que el guanaco Peredo insistía para convertirla en figura del escenario…
…la fama, niñita, para que me entiendas…
Que con un buen nombre es más fácil lanzarla como cabeza de cartel en los bailaderos al norte de ellos, los del otro lado del Suchiate…
…los que de verdad valen la pena.
Una pena, más bien una vergüenza, pena o vergüenza, nada de ese sentimiento Sabina niña logró que se reflejara en el espejo que cuelga como media luna del clavo de atrás de la puerta del cuarto del baño fuera de su casa en San Pedro.
Ella acepta el olor de la letrina de tablas húmedas y sin pintura. El espejo le muestra con descaro un rostro salpicado de acné, delgado, de pómulos altos, ojos pequeños. Las crenchas enmarañadas. Un c
